Henry y Anaïs XIII

Dos almas color rojo sangre

Imagen: Los escritores Henry Miller (1891-1980) y Anaïs Nin (1903-1977).

Y el suicidio volvió a mí como un amigo inesperado. Marché hacia la estación de ferrocarril como un sonámbulo. Bajo el sol acuciante del mediodía viajé con los pies ardiendo en dirección a las vías donde meditaría sobre la existencia de Aníbal Haze. Anaïs me había dado la respuesta a todas mis preguntas. Ya no era necesario seguir con la farsa. Había llegado el momento de dar paso a los que vienen. Sabía que Helena me volvería a romper el corazón. ¿Vale la pena sufrir por eso? Yo creo que no. No vale la pena ni siquiera nacer.

La caminata me dio sed. Tenía la lengua de a palmo. Necesitaba beber algo, aunque fuera agua. «¿No hay fuentes públicas en esta tierra?» No sé en qué mundo vivo. Antes había fuentes en los parques donde la gente podía refrescarse. Intenté buscar algún sitio donde beber. Entré en un bar rebelándome contra el consumo extremo. Fui al baño y bebí en el lavabo. Aparte de que no tenía un euro en el bolsillo no quería pagar por un botellín de agua. No me daba la gana.

Seguí mi camino hasta la estación de tren. Entré y me quedé en un andén sentado en un banco. Los viajeros, a lo suyo, iban y venían. Nadie reparaba en mí, era invisible. En algún lugar escuché que cuando quieres ser invisible solo tienes que desearlo. Menuda tontería ¿no? Pero funcionó, eso es lo importante. Los guardias de seguridad me miraban pero pasaban de largo. Tuve ganas de mear y a ello fui.

Después de miccionar me senté en el mismo banco. No me apetecía comer ni beber ni fumar. Miraba como llegaba el tren: un vagón, dos vagones, tres vagones. Unos bajaban y otros subían. Premura, locura, calor. ¿Y si me atropellara un tren? ¿Qué pasaría? ¿Quedarían mis sesos esparcidos por ahí? ¿Iría al cielo o al infierno? Los suicidas no van al cielo, eso dicen. Si los políticos van al cielo, yo también. No he hecho daño a nadie.

Muchas veces a lo largo de mi vida he pensado que mi existencia es una broma de los dioses. De los griegos, sí, de Dionisos y de Zeus. Seguro que fui engendrado por Dionisos. Tal vez violara a mi madre, una pobre mortal: atractiva, rubia, piel blanca y ojos azules. Le echaría el polvo de su vida y se quedaría preñada de un dios del Olimpo. Algo pasó que nací yo. Por eso mi padre, Dionisos, ha pasado de mí porque soy un negado. Un estorbo, escoria, un paria; eso soy. Un pseudo escritor que no ha sabido adaptarse a los tiempos y otros le han comido la merienda. En la adolescencia tenía melancolía porque sabía que nadie me entendía. Pero ahora, tras vivir todo lo que he vivido siento desdicha; esto no es bueno. La tristeza mata por dentro hasta que decides acabar con todo.

Hace mucho que no me dan brotes suicidas. He sabido olvidarlo con la escritura o sacando una sonrisa con una mujer al echar un polvo. Lo he ido olvidando y pudriéndome por dentro como un trozo de carne: vieja y destrozada por las fauces de la sociedad.

Entré en la cafetería de la estación. En el baño volví a beber un poco de agua en el lavabo.

El local estaba a rebosar de viajeros. Un tipo joven y vestido de manera informal leía el periódico. Miré el titular. No hice caso, ni lo medité aunque dijera que los mandos de la Guardia Civil iban a salir a la calle de paisano y con el arma reglamentaria; ante la amenaza del Estado Islámico y los últimos atentados en occidente. Uno de los dos últimos atentados fue la muerte de cuatro marines americanos en Tennesee (EEUU) a manos de uno de estos llamados terroristas islámicos.

Reflexionemos:

La palabra Terror según la Real Academia Española significa varias cosas pero me quedo con dos para entender la noticia:

Uno: Persona o cosa que produce terror.

Dos: Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.

¡Voilá! Las dos definiciones entran perfectamente en el significado de lo que están haciendo estos lumbreras árabes. Entonces, sí son terroristas, porque usan el miedo como principal arma para obtener lo que desean (terror).

Me levanté del banco y me dispuse a seguir la vía en dirección sur. Poco a poco bajo los rayos del sol fui perdiendo de vista a la gente. En un momento solo tenía ante mí hierro y grava. A mi alrededor veía los edificios y las casas bajas de la huerta, pocas, en realidad. Caminaba al lado de la vía, el tren pasó a mi lado; el viento que generó me refrescó. El monstruo mecánico dejó un hedor a hierro oxidado como de chatarrería o algo parecido.

Seguí andando y pensando en mi vida y en como la había llevado: he sido un desastre, una jodida y auténtica calamidad. Me senté en una piedra bastante grande. Esa piedra no había nacido debajo de mi trasero. Algún camionero la trajo de una cantera y una máquina la depositó allí para que alguien como yo se sentara. Cuando ves pasar un tren es como si la vida pasara ante ti en diapositivas: rápido, muy rápido. Esto me recuerda a Pasa la vida de Pata Negra, una buena canción.

Me situé más alto, ya que la vía y toda la mecánica de construcción había generado una loma. Desde lo más alto divisaba mi pequeño «reino». Me senté en el suelo, reflexioné.

«Y ahora pienso y repienso en el Nuevo Orden Mundial (NOM). Hace poco leí algo sobre ello en un locutorio sentado frente a un ordenador. Mientras bebía una lata de cerveza leí algo sobre que la Iglesia Católica se ha aliado con los masones de Bilderberg para metamorfosear ante el NOM. La institución necesita adaptarse a los nuevos tiempos. Alguien dijo una vez que el animal que sobrevive no es el más fuerte, sino el que mejor se adapta al medio en el que vive. ¿Y por qué me importa esto? Básicamente porque con este NOM se han cargado la familia como núcleo de la sociedad. Y no me gusta nada. Por otro lado está la unidad de España como bien explica nuestra Carta Magna, esa que usan nuestros políticos para limpiarse el culo. No soy un patriota porque me llamarían facha. Lo que soy es un ciudadano preocupado porque su país se va al garete. Sí, amigos, nos vamos por el sumidero. Nos convertiremos en heces de otra época a favor de la anarquía inducida por las grandes corporaciones.

¿Y a mí qué? Si no me afecta directamente no es mi problema. El principal problema del español es la apatía ante las adversidades. Nos han adormecido y aborregado tanto que nada nos afecta y no debería ser así. ¿No os dais cuenta que están aleccionando a vuestros hijos en algo malsano llamado borreguismo? Me he permitido inventarme este apelativo para que se me entienda.

Desde que apareció la Nueva Democracia allá por los últimos años del XIX, el adormecimiento y el borreguismo se ha ido adaptando a la educación y a la evolución de la sociedad. La democracia es, para entendernos, el sistema esclavista más perfecto que existe creado por el hombre. Eres libre, claro que sí, pero hasta cierto punto. Puedes votar, puedes elegir pero en el mismo cuadro que con el cristianismo. El libre albedrío, al igual que las urnas es una falacia. La democracia no es más que una copia barata del cristianismo. Eres libre pero debes serlo según mis leyes y normas, así que no eres libre; me perteneces. ¿Entendéis? La educación, las leyes, la forma de vida, la subida del salario para tener un mejor poder adquisitivo; todo, todo forma parte de la maquinaria para que seamos felices y libres en una jaula con barrotes de oro. Vivimos en una cárcel, señores. Aunque es la única vida que conozco y conoceré.

Cuando eres consciente de que toda tu vida, tu educación; tu forma de vida ha sido en favor de un plan para aleccionarte y adormecerte para ser manejable ante la Serpiente te dan ganas de vomitar. Pero es así. Somos marionetas del Poder y siempre lo seremos. Porque todos los sistemas políticos e ideologías pretenden la esclavitud del pueblo llano. Trabajar, comprar, vender; cualquier movimiento dentro de un sistema político es una forma de esclavitud. Nos dominan hasta en nuestra casa con la publicidad en televisión.

Hagamos una pequeña reflexión y tendremos claro el porqué de esta crisis, sí, la famosa crisis. ¿Recordáis que los políticos nos echaron la culpa diciendo que gastábamos mucho? Lo hicimos porque los sueldos eran altos y porque había dinero para comprar. Se compra porque hay oferta y había mucha. Sobre todo de vivienda, electrodomésticos, muebles, coches. Nos llenaban los ojos y desembocó en que si no tenías eso no estabas en el rollo. Había que tener y endeudarse con tarjetas de crédito, préstamos rápidos e hipotecas. Y siguen haciéndolo. Siguen diciendo que para estar en el rollo hay que consumir y gastar más de lo que tienes. Hoy en día el nivel de vida es muy alto; digamos que equiparado con Alemania. Pero ¿y los sueldos? Son nefastos comparados con los de hace veinte años. Hace dos décadas el poder adquisitivo era mayor porque el dinero entrante y el saliente estaban mucho más equiparados que hoy día.

Vivimos en una mentira. Sí, en una Gran Estafa inducida por el Poder. No olvidemos que el Poder es un enorme elemento alimentado por la codicia y la ambición de tener y poseer. Y el ser humano es su fiel servidor. El dinero es la herramienta que tiene el Poder de seducir a sus vasallos, los llamados poderosos.

¡Basta ya de política barata! Vayamos a la acción.

Aquí sentado, encima de esta piedra me viene a la cabeza aquella chica. Yo era muy joven, ella también. Le dije: —me tienes, tú me haces real, tú me haces sentir. Lo tenía ensayado. No voy a mentir en algo tan nimio. Fue el mejor polvo de mi vida para un chico tan joven. Viéndolo ahora me parece tan lejano. Es como si fuera la vida de otra persona.

Viene un tren. Desde mi atalaya me siento invencible. Soy un dios, sí, un dios. Soy un gusano, soy un dios. El futuro inmediato me llama a ser un esbozo, algo que pudo ser y no fue. ¿Por qué no ser una madeja de sangre y sesos repartidos por el suelo y aplastados por una enorme máquina? Me sitúo en el extremo de mi atalaya. El sol cae. La noche se acerca con lentitud. Yace el día. Despierta la oscuridad. Me aterra. Respiro hondo, salivo; quiero saltar y golpearme la cabeza con el hierro del tren. ¿Me dolerá? Siempre he tenido pavor al dolor. Pienso en el instante en que choque con el bloque metálico. No creo que encuentren nada potable de mí. Solo desperdicio y muerte. No dista mucho de lo que veo en mí ahora mismo.

Estoy en la misma posición varias horas. Han pasado varios trenes y no me he tirado. El suicido es cosa difícil. Hay que tener huevos. ¿Y yo no tengo? Me defraudo de mí mismo. Decido volver a la buhardilla. Mañana lo intentaré, me digo.

Una hora más tarde estaba en la cama, sudando y salivando. Puede que tuviera la rabia. No recordaba que me hubiera mordido nada ni nadie. El sueño de ser alguien se había esfumado. Ser escritor ¡já! Qué risa me da. Hay que ser imbécil para querer dedicarse al arte en este mundo infecto de hideputas y farsantes. Valle-Inclán dijo que en España triunfan los mentirosos y los ladrones. No le faltaba razón. Sufro. Todo me afecta. Ay, el todo. El todo me mata. Intento ser alguien y muero en el intento. Pretender seguir a sabiendas de lo que hay es de esclavos y tontos.

Hace tiempo me consideré un espía de este Sistema podrido. Incluso me creí un mesías. Un jesús que viene a salvaros con palabra escrita. La verdadera, me dije. Ilusiones de un perdedor y un borracho.

Cerré los ojos y algo que leí hace tiempo me vino a la cabeza:

«Porque mi historia era cierta. De eso estaba seguro. Y era de la máxima importancia, creía yo, que el significado de nuestro viaje quedase clarísimo»

A veces hay citas que por algo se quedan en la mente. Esta es de Hunter S. Thompson de su Miedo y asco en las Vegas. Se quedó grabada en mi mente durante años. Vaya suicida, el tipo. Él si le echó cojones al asunto. A mí, algo me para. Me dice: —Stop.

Solo un verano, solo un verano indio con chamanes, mujeres nativas, peyote y lluvia habría precisado para ser el jodido escritor que necesitaba ser para no morir en el intento. He muerto muchas veces y he renacido otras tantas, pero esta es la definitiva.

No pienso dejar ninguna nota de suicidio. No estoy orgulloso de hacerlo. Vosotros me abocáis a ello. He dejado de luchar. La guerra está perdida y no pienso perder otra vez. Quizá fuera un cobarde o un valiente.

Miro a la izquierda y ahí está la botella de whisky del chino de 5€. Le doy un lingotazo. Necesito anestesiarme para no sentir más este dolor en el pecho. Me ahoga.

Enróllate, enróllate, nena. Hazlo por mí. Enróllate cual serpiente a mi tronco y ahógame, mátame; revienta mis músculos. ¡Hazlo!

Estoy solo. Nadie lo va a hacer por mí. Sería tan fácil que un par de perdedores como yo entraran y me pegaran un par de tiros. Sería tan rápido que es imposible que sea verdad.

«No creo en Dios, no creo en los políticos, no creo en la Iglesia, no creo en la globalización, no creo en la vida, no creo en la muerte, no creo en Bunbury, no creo en Morrison, no creo en Miller, no creo en Hank, no creo en la… literatura. No creo en mí. Ya no creo en nada» Y me dormí pensando en estas palabras.

Los días siguientes estuve yendo a mi atalaya. Vi pasar muchos trenes durante unas doce horas. No tuve los arrestos suficientes para tirarme al convoy. Algo me decía desde dentro que no lo hiciera. ¿Quieres callarte? Le pedía. La voz no se callaba. Me sentaba en la misma piedra una y otra vez y lloraba mirándome los zapatos. Volví a intentarlo. Los pies estaban fijos al suelo. No podía moverlos. Lo intentaba pero no se inmutaban. No me hacían caso.

Sin aspiraciones de ningún tipo estaba muerto en vida. En la buhardilla me dejaba ir poco a poco. Buscaba la situación para suicidarme. El momento perfecto, sí, ese instante donde lo ves todo claro. Lo buscaba. Debía ser paciente. Mientras tanto, esperaría yaciendo en aquella cama pequeña y estrecha.

¿Qué estará haciendo Anaïs? ¿Por qué pienso en esa embustera? ¿La he amado? ¿Me ha amado ella? No lo sé. Echamos el último polvo. Pensé que por ella podría ser mejor persona. Creí que merecía la pena, pero a la mínima me traicionó. Así es la vida y así son algunas mujeres.

Me desperté sobresaltado y sudado. Hoy es el día. Me levanté y caminé el mismo trecho hasta la atalaya encima de la vía. Cuando llegué, encendí una colilla que me encontré en el suelo de camino hasta allí. Le pegué una larga calada y se consumió. Hacía fresco aquella mañana. Se me erizó el vello. Miré a mi izquierda y ahí venía el monstruo metálico.

Las luces me cegaban. Agudicé los ojos y lo vi claro. Ahora o nunca, pensé. Respiré hondo y flexioné las rodillas. Estiré las piernas. La máquina venía lentamente. Como si supiera que yo estaba allí y no quisiera que pasara lo que estaba dispuesto a hacer.

Abrí los brazos. En cruz los tenía al tiempo que el tren llegaba. En el instante que estuvo frente a mí, me dejé caer al vacío. Volé, viajé en el tiempo y lo vislumbré clarísimo. Era un gusano, un perdedor. Era un dios sumergido en una botella de whisky.

El golpe ha sido tremendo. Creo que me he abierto la cabeza. Joder, me duele todo el cuerpo. Muevo las piernas, los brazos. Estoy bien. Estoy vivo. ¿Por qué lo estoy si me he tirado hacia el monstruo mecánico? Debí saltar con más fuerza, o correr y lanzarme con un buen impulso. ¿La verdad? No me desagrada estar vivo. Me levanto con todos los músculos doloridos. Tremendo golpetazo me he dado.

Comencé a caminar en dirección a la ciudad.

«Estoy seco. Necesito una trago», pensé.

Así es la historia de mi vida. Una pérdida. Yo mismo lo soy. Un perdedor, un borracho y un inútil con aspiraciones de ser alguien.

FIN

Sábado, diecinueve de agosto de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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Henry y Anaïs XII

Imagen: Sylvia Kristel (1952-2012) fue la mítica protagonista de la película Emmanuelle (1974). La cinta está basada en la novela homónima de Emmanuelle Arsan publicada clandestinamente en Francia en 1959.

Dos almas rojo sangre

Me desvestí. Me quedé en calzoncillos encima de la cama, miraba al techo y recordé un sueño que tuve unas semanas atrás. Puede que fuera cuando pensaba todo el día en suicidarme, todavía lo pienso, pero no todo el tiempo. «Hoy tengo algo por lo que vivir, voy a echar un polvo»

«La sensualidad contiene el camino de las curvas sinuosas que me lleva desde la profundidad del cisne que tienes por cuello, de las colinas separadas por la anchura de Excalibur; de la sinuosa pradera y el desierto ardiente y caluroso hasta llegar ahí, al pequeño oasis. El pequeño estanque llamado tu ombligo.

Por carreteras secundarias conduzco al anochecer. Pronto la noche esclarecerá mis sentidos y me convertirá en un no muerto para convivir con los seres de la noche. Para alimentarme de vosotros, sí, de vosotros, los humanos. Me alimento de vuestras almas, vuestros pensamientos y vuestros deseos. Soy el Rey de la Noche. ¿Quién te ama? ¿Quién te hace daño? ¿Quién osa desafiarte, Señor?…»

Miré a mi alrededor, la calle estaba silenciosa, callada; solo algún vehículo chirriaba y se quejaba del tremendo calor de aquella tarde de junio. Me levanté, abrí el mini frigorífico y para mi pesadumbre y aburrimiento no había cerveza. Me puse la camiseta, blanca, por supuesto. Bajé a la calle para ir al chino de la esquina a comprar cerveza.

Como el hombre de detrás de la puerta caminé sigiloso por la acera. El suelo quemaba, los pies me ardían dentro de las zapatillas de deporte. Joder, no aguanto el verano; es un infierno.

Entré en la tienda, oscura, lúgubre y pequeña. El chino me miró con aprobación. Me conocía, iba por allí a diario. Cogí un paquete de seis latas de cerveza de la nevera. Las pagué y con la bolsa de plástico en la mano emprendí el camino de regreso a la buhardilla.

Con el sol en la cara, me abrasaba, presencié en la acera de enfrente una pelea en una terraza. Un tipo árabe increpaba a un hombre, supuse que sería cristiano-español. Me paré a ver la escena. El hombre cristiano fue agredido, se alejaba del tipo árabe. Éste esquivó un puñetazo del cristiano, intentó marcharse pero el moro lo agarró por la camisa; se la desgarró y le arreó una hostia. El camarero intentó defender al hombre pero el árabe le dio un tremendo botellazo en la cabeza. El tío estaba bien armado. Soy un hombre no violento, aunque me he peleado muchas veces; pero siempre ha sido por una cuestión de honor. Los borrachos también tenemos honor, ¡eh! Este tipo de cosas me afectan porque no me gustan esas actitudes mal sanas. Afiné el oído y escuché que el árabe dijo literalmente: «Tú eres español, eres de aquí y me tienes que tener miedo, soy árabe»

Primero, me quedé perplejo y luego me asaltaron un montón de sentimientos. Puede que alguno de animadversión ante las palabras del musulmán. Sentí un poco de miedo. ¿Por qué no tenerlo cuando el mundo en el que vives se tambalea?

En la buhardilla recopilé mentalmente todo lo que pude de los artículos que había leído en periódicos digitales independientes sobre la islamización de Europa. Un caso curioso para los que hemos estudiado historia y un caso alarmante donde el miedo es el protagonista para los que no la tienen en cuenta.

¿Por qué desde el último gobierno socialista favorecen a los inmigrantes árabes en el tema de ayudas estatales por encima del español nativo? No soy un erudito, pero últimamente la izquierda cree que es mejor acabar con nuestra cultura; empezando por la religión. Y yo pienso, históricamente lo que ha unido a la gente y a los ejércitos en una fe común es la religión. Al igual que a los moros los une Alá y su Guerra Santa (Yihad). La institución puede caer pero, ¿y la Fe? Esta es inquebrantable para el verdadero creyente. Soy ateo pero respeto la libertad de culto. Vivimos en un país democrático ¿no? Sé de dónde vengo y no reniego de ellos, aunque mis creencias son otras. El primer pilar de nuestra sociedad está siendo atacado desde dentro: la religión o más bien la institución de la Iglesia. Es fácil atacar cuando se ha perdido la percepción entre Iglesia y creencia.

Si hacemos creer a la gente que las dos cosas son lo mismo será muy simple alejarlos de su cultura. El segundo pilar que están atacando es la familia. ¿Cómo se puede atentar contra el núcleo familiar? Pues no teniendo hijos. ¿Por qué? Porque los precios están por las nubes y los sueldos cada vez son más bajos. Si consigues que la gente no tenga hijos tendrás el control de las familias. Muy simple, sin hijos no hay familia ni por lo que luchar. En este país concebir un bebé es muy caro. Todo lo que rodea a un niño es un abuso tremendo.

Y ¿si a las familias con hijos les quitamos el control y hacemos que odien a sus padres? Es la política de divide y vencerás. Desde pequeños en cuanto entran en primaria les cuentan el cuento de que sus padres no tienen autoridad frente a ellos. Solo les falta decirles a los pobres infantes que el Estado cuidará de ellos y no tendrán que preocuparse por nada. Y para más inri les dicen que hasta los maestros no tienen ninguna autoridad con ellos. Entonces el niño se convierte en un tirano frente a la sociedad. Se convierte en un ser mal nutrido emocionalmente, una bomba de relojería.

Los padres no pueden con ellos porque aparte los emborrachan con posesiones absurdas y caprichos mal sanos para el crecimiento emocional, el más importante. Les hacen creer que son los reyes de la casa y solo son meros príncipes que tienen que ganarse el puesto en la familia con respeto y amor. Si se consiguen romper esos pilares fundamentales en la sociedad, esa sociedad se volverá vulnerable y será fácilmente atacada y consumida por una más fuerte. Lo que no entiendo es el afán de los políticos europeos en este tema. Prefieren dar alas al que viene antes del que está. Es preocupante este comportamiento.

Pero y ¿si pensamos en una mano negra superior con más poder que los políticos? Pensemos. Entonces la ecuación es perfecta. Tenemos un Nuevo Orden Mundial en marcha, sí, señor. Acabando con todo lo establecido: creencias, formas de vida. Inoculando un virus mortal para que nosotros nos autodestruyamos y otros vengan a rematarnos. Parece que todos somos víctimas de ese NOM. Somos marionetas de un juego macabro. En la antigüedad les podríamos haber echado la culpa a los dioses, pero no; son personas de carne y hueso los que quieren acabar con nuestra forma de vida.

Paré de escribir un momento, tenía la garganta seca. Encendí un cigarrillo y di un trago a la cerveza, la acabé. Al día siguiente leí la noticia de la pelea en un periódico. Un escalofrío recorrió mi espalda.

Llamaron a la puerta.

—Hola, Aníbal.

Acababa de llegar Helena. La bella diosa de la antigüedad había llegado a mi morada y entraba con elegancia, ataviada en aquel vestido blanco de lino. Estaba bellísima.

—Hola. Entra —pedí.

—No me ha costado nada encontrar el edificio pero subir ha sido una odisea. Estoy sudando —comentó sentándose en el borde la cama. Se daba aire con un abanico de imitación de nácar.

—Toma, refréscate —invité dándole una lata de cerveza. La abrió.

Se me ha olvidado mencionar que llegó a la buhardilla con dos bolsas. Una con dos hamburguesas para cenar y otra con whisky y hielo. Una mujer realmente completa.

Me senté a su lado. Mis ojos admiraban su belleza del sureste. Su piel, pálida pero rojiza por el sol abrasador de junio. El cabello castaño en verano y oscuro en invierno. Sus ojos oscuros y resplandecientes llenos de vida. Los labios, pálidos, gruesos y deseando ser besados, por mí. La besé tímidamente. Por alguna razón estaba nervioso. Se tumbó en la cama boca arriba. Su mirada decía lo que tenía que hacer. Alcé el vestido y me zambullí bajo él. Ella misma me desabotonó el vaquero mientras nos besábamos. Se la metió de una sola estocada. Tenía tantas ganas de ella que en un santiamén me corrí. No le importó. Me dijo que le gustaba estar conmigo porque mi picha y yo éramos auténticos. Luego comimos y bebimos.

—He presenciado una pelea. Un moro le ha pegado a un hombre. Le ha dicho que tiene que tenerle miedo porque él es árabe —dije sentado en la cama con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared.

—Joder, estamos rodeados de odio.

La miré y ciertamente tenía razón. Y mucha. La abracé como si estuviéramos ciertos de que el desastre estaba cerca.

Nos besamos de nuevo y le dimos al asunto un buen rato. Esa vez si aguanté la zambullida como un jabato.

Rememoro sentimientos, es lo que de verdad importa para sobrevivir ¿no? No me creo las astucias de los iluminados sobre el futuro, el estado del bienestar y esas patrañas de tíos con polla pequeña y mujeres con el coño reseco. Hablando de coños:

«Como Edmund Hillary1 me siento al ascender por las columnas que a un semi dios permitieron separar. ¡Y al fin Livingstone2 descubrió las cataratas! Y yo descubro con los ojos empequeñecidos la bravura escarpada del Monte separado por la cascada de lava. La lava del volcán de tu amor» Lo llamaré Poema entre las piernas y el coño.

1: Hillary fue el primero en llegar a la cima del Everest y regresar con vida, el 29 de mayo de 1953.

2: Explorador británico del siglo XIX. Descubrió las cataratas Victoria y los lagos Bangweulu y Moero entre otros.

He tenido tantas mujeres, mejor dicho, ellas me han tenido. Helena me tiene. Desde que hemos vuelto a encamarnos la deseo a todas horas. He rechazado a otras de estofa menor, aunque al fin y al cabo son mujeres. Tiene raja, como todas. Pero no, prefiero esperar a Helena. Prefiero zambullirme en la sabiduría de su sexo experimentado y deseoso de mí. No sé si la quiero, pero es más de lo que he sentido por una mujer en mi vida. Tal vez quise a Alicia, la pelirroja por la que perdí la cabeza. Posiblemente la amé. Hace mucho de eso, no lo recuerdo. Quizá quise a Mona. Cristina, oh Cristina. La pequeña locuela, amante de toda sustancia que la sacara de su tediosa vida. M.A. y sus tonterías de ser superior y mediocre. Detesto a las personas de su clase. Se creen aristócratas y claro, por creerse eso ya piensan que pueden dar consejos a diestro y siniestro. Odio a las personas que por estudiar se creen lo mejor de lo mejor. Yo soy el mejor escritor de este siglo y no me creo mejor que nadie. Ahí está la diferencia. Y ellas, ¿me han amado a mí? Tampoco lo sé.

Solo deseo una matriz en la que vivir y en la que estar protegido y ser feliz. Helena no posee esa matriz. Nunca abandonará su vida cómoda de madre y mujer casada con un imbécil. Es un idiota pero es su marido, no la culpo. ¿Seguiré buscando? Ahora mismo no tengo ni idea. Me podría suicidar por no haber encontrado el amor verdadero. Una maravillosa opción. La mejor, creo.

Imagino acabar mis días agonizando lentamente. No temo al dolor. Follar y estar con Helena me ha dado fuerzas. Miento, ella sola no me ha dado al fortaleza necesaria. Es este mundo, es la gente, es la podredumbre que me rodea la que me da la fuerza que me falta. Helena, oh, Helena. Sé que pronto partirás porque te enamorarás. Volverás a tus quehaceres diarios y ¿yo qué? La falta de amor es la manera más cruel de morir. Te consumes día a día. Tu espíritu muere poco a poco entre tristezas y recuerdos.

Una mañana como otra cualquiera, tediosa y calurosa, vagaba por la ciudad pensando en ir a la Biblioteca Regional a perderme un poco. Pasaba por una terraza con la cabeza gacha y embutido en mis pensamientos cuando levanté la testa y allí estaba: ¡Anaïs! Era ella, estaba sola, bebiendo un café y fumando, como siempre. La miré de reojo y seguí mi camino pero ella debió conocer mis andares cuando:

—¡Aníbal! —gritó a mi espalda.

Me volví y allí estaba, de pie. Bellísima y sonriente ante mí. Anaïs, Anaïs, de nuevo te veo, ardor de mis ardores.

¿Por qué no la he nombrado cuando he hecho un recuento de mis mujeres? Creo que la había olvidado. En un punto de mi vida reciente me hizo daño y creí olvidarla. Pero al verla de nuevo todo volvió de golpe. La aventura y el peligro me llamaban, de nuevo.

—Hola, Anaïs —dije ante ella.

—¿Cómo te va? —preguntó.

—Bien.

—¿Quieres un café?

Dudé un momento.

—Por qué no —acepté a sabiendas de que podía sufrir en manos de aquella mujer extremadamente bella por dentro y por fuera.

Me senté con ella a la mesa.

—Hace mucho que no nos vemos —añadió para quedar bien.

—No seas condescendiente, conmigo no, por favor.

—Vale. Tienes razón. ¿Cómo estás? —corrigió.

—No me va mal. Nada cambia, así que va bien, supongo.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó mirándome con aquellos ojos que me enloquecieron unos meses atrás.

—Café solo.

Pidió el café al camarero y me invitó a fumar.

—Tengo una exposición nueva en la galería. Podrías ir a verla. Me gustaría que fueras —pidió con un brillo especial en los ojos que me conocía muy bien.

—Vale. Quizá vaya.

Fumé, bebí el café de un trago y eso que estaba ardiendo. Quería largarme de allí. No me encontraba bien.

—Tengo que irme, Anaïs. Me ha gustado verte —dije apagando el cigarrillo.

—No te vayas, por favor —pidió agarrando mi mano.

—Tú dirás.

—No seas tan brusco, por favor. Bueno, en este tiempo que no nos vemos han cambiado aspectos de mi vida. Y todo te lo debo a ti…

«¿Ah, sí?» pensé incrédulo.

—Aníbal, me enseñaste a verme como realmente era. Me hiciste ver que soy una mujer especial pero también una frívola. Me enseñaste mucho en poco tiempo. Nadie me ha mirado como tú lo hacías, eras sincero y te fallé. Intenté obligarte a hacer algo que no querías. Quise convertirte en un artista sin saber que ya lo eres. Te juzgué sin saber qué sentías y qué pensabas. ¿Podrás perdonarme?

—El perdón es ambiguo. Incluso es superficial. Te he perdonado pero no he olvidado. Yo sentía algo por ti y lo machacaste de una patada. Creía en ti. Pensé que eras mi musa y yo tu inspiración. Podríamos haber sido como los dioses de la mitología.

—Lo sé. Y lo siento —dijo apenada y con los ojos vidriosos—. También rompí con Malena. Me di cuenta que me hacía daño su cercanía y mi relación con ella. Tú has sido mi guía, me has respetado sin querer cambiar nada de mí.

—Hemos sido como el cielo y el infierno, Anaïs. La artista que llevas dentro te posee y te crees esa diosa de la que hablaba hace un momento. Quizá te quise y me mataste. Me fui porque no sabía cómo pudo pasar aquello. Lamento haber desaparecido sin decir nada.

—Te entiendo. ¿Quieres dar un paseo? —preguntó pidiendo la cuenta.

—Pensaba ir a la biblioteca, pero iré más tarde.

—No cambies tus planes por mí. ¿Puedo acompañarte? —preguntó con interés.

Aquella mujer tenía de mí algo que yo desconocía. Su cabello ondulado y oscuro, sus ojos brillantes y sus labios gruesos y pálidos me hicieron sucumbir por segunda vez y accedí a que me acompañara.

Llegamos a la biblioteca y fui directo a los ordenadores a buscar algo que tenía en mente: Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu. Un cuento de terror que tenía muchas ganas de leer. Estaba probando «sustancias» nuevas. Algo saldría de mi pluma, estaba cierto de ello.

Fuimos a la zona de los clásicos en la planta baja. Busqué el libro por orden numeral y allí estaba, esperándome. Anaïs me miraba con admiración como en los viejos tiempos. Durante el instante que leí la sinopsis de la obra miraba de soslayo la vestimenta de la fotógrafa: falda negra de vuelo y blusa negra con escote y botones. Me gustó antes y me gustaba en ese momento. Me sentí hipnotizado por ella.

La miré a los ojos. Me miró. Nos acercamos y la abracé por la cintura. Se aupó buscando mis labios, la besé, me besó.

—Estaba deseando que me besaras —susurró.

—Yo también lo deseaba.

Volvimos a besarnos y la alcé del suelo. La apoyé en la estantería y aquello vislumbraba algo más que un beso. Levanté el vestido, ladeé la ropa interior y ella bufó en mi boca deseándome sin importarle donde estábamos y si podían vernos. Del culo la agarré con fuerza, la besaba como si nunca lo hubiera hecho. Bajó la cremallera de mi pantalón y sacó la picha y yo la apreté más fuerte contra mí. La penetré con saña. Nos inundamos de besos, alientos encontrados y fluidos. Una estocada, otra, otra… y acabé, dejándola mientras recomponía su ropa; a sabiendas de que yo no volvería. No miré atrás.

Continuará…

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Viernes, once de agosto de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

En brazos de… V

Andaba más perdido que encontrado, deambulaba mental y físicamente por las calles de mi mente y de la ciudad. Aquella noche caminaba por una calle oscura, fea, mugrienta y solitaria. Levanté la cabeza, miré al frente, había coches aparcados en la calzada y un letrero de un bar a unos metros.

Pensé en las semanas que había estado vagabundeando con la cabeza gacha, la vergüenza que sentía por mí mismo, algo insólito. He sido un cara dura, un vagabundo y escritor borracho. ¿Y ahora qué? Ahora ¡MIERDA! Me siento jodidamente mal, he perdido, ya no veré cómo gané la guerra*. La gran mierda que me rodea me ha comido y camino con la testa agachada cual avestruz. Aunque dentro de mi infierno personal encuentro siempre un aliciente para vivir unas horas más. Y mientras, Aníbal Haze vivirá intentando ser un escritor, borracho, sí, pero escritor.

*(El autor hace un juego de palabras con el título de la película de Richard Lester Cómo gané la guerra de 1967).

Paré la caminata en seco. Hacía bastante calor, registré mis bolsillos y encontré un desgastado billete de diez euros en los vaqueros. No acertaba a recordar cuánto tiempo llevaba allí. Me estaba volviendo un cerdo, pero estaba bien para mí. Miré al frente por segunda vez y aquel luminoso rojo decía: La gatita. «Veamos que se cuece en La gatita». Al entrar en el bareto, una canción que siempre me ha gustado estaba sonando. Dumb de Nirvana lucía mis oídos en una escasa y breve felicidad. Me entraron ganas de beber. Pedí una cerveza. La gatita era un antro normal y corriente, sí, de esos que la música es lo de menos y el tipo de detrás de la barra parece hasta un poco grunge; aunque descafeinado.

El corte siguiente: ¡El hombre que vendió el mundo! En la voz de Kurt y en la composición del recientemente muerto y enterrado David Bowie, fue y es una canción maravillosa en ambas voces. «Creo que fue su tercer álbum» pensé mientras daba el primer trago a la cerveza previo pago de la consumición, claro está.

Encendí el último Benson, realmente estaba en bancarrota, y no hacía nada para remediarlo. Estaba en el filo de la navaja al igual que Cobain, pero él tuvo huevos para suicidarse, yo aún no. Lo admiro por eso. Llevo tanto tiempo queriendo hacerlo que he llegado a pensar que mi manera de suicidarme es escribiendo. Creo que es mi forma de despedirme poco a poco. ¿La verdad? No lo sé, ahora mismo solo quiero beber. He nacido para beber y no hacer nada, beber, beber y escribir inmundicias sobre este mundo putrefacto y falto de sentido. Otras veces he pensado en marcharme a la selva, la amazónica, por ejemplo, pero enseguida se me pasa.

No tengo miedo a volar, tengo pavor al cambio, al igual que todo español medio. Simplemente son pensamientos de esta salida de la treintena, indecente y mala influencia para cualquiera.

Mis ojos vieron entrar a una gachí  que no estaba nada mal. No parecía de aquel lugar, debía ser de mi edad año arriba, año abajo. Se sentó en un taburete en el otro extremo de la barra .Pidió una pinta de cerveza. La miré un momento, la observaba, siempre me ha gustado observar a la gente. Me pilló mirándola, llamó al camarero y éste me dijo que fuera a sentarme con la chica. Allí fui sin saber que posiblemente me podía cambiar la vida. Lo digo porque conocer a alguien te puede mejorar o terminar de joder la vida y más en un lugar como aquel.

Me senté a su lado mirando al frente.

─¿Por qué me mirabas? ─preguntó la chica rubia con mechas.

─Te observaba porque no pareces de este lugar ─respondí sin mirarla.

─¿Por qué no te parezco de este sitio? Cualquiera puede ser de donde quiera.

─Si tú lo dices, a mí particularmente me da igual. Es mi forma de decirte que eres la mujer más atractiva que he visto en mucho tiempo ─expuse mirándola de soslayo.

Sacó un cigarrillo Malboro, miré el pitillo fijamente…

─¿Quieres uno?

─Sí.

Me dio uno y lo prendí. Al dar la primera calada me sentí desdichado. Más triste de lo normal. En tiempos pasados mataba la tristeza hincándome en un coño. Me refugiaba allí. Últimamente no me satisface. No digo que todos los coños sean iguales, me refiero a que todas las mujeres son portadoras de un coño. Conoces uno, conoces a fondo a una mujer y luego te parecen todos iguales. Después de haberme zambullido en cientos de ellos ya no les encuentro aliciente, por no decir que todas las mujeres con las que he vivido (que han sido unas cuantas) han abusado de mí. Me han sacado el dinero porque soy un buen tipo. La verdad es que soy tan confiado que soy gilipollas perdido, pero algo hay que ser en esta vida ¿verdad papá?

─Oye, ¿estás bien? ─me preguntó la chica sin nombre.

─Sí, estaba distraído.

El cigarro se consumió entre mis dedos, me quemé y lo tiré al suelo.

─¿Distraído? Estabas en otro mundo, melón.

─Bueno, tienes razón. Estaba embutido en mis pensamientos, no estoy pasando por lo mejor de mi vida.

─Querido, yo tampoco estoy en mi mejor momento. ¿Cómo te llamas, melón? ─dijo mirándome a los ojos.

─Melón está bien.

─Ja, ja, ja, como quieras, melón.

Pedí otras dos consumiciones y las pagué.

─Bueno, se ha acabado el dinero ─comenté bebiéndome el tercio de cerveza de un trago.

Me miró y sonreía levemente, encendió otro cigarrillo, recogió la cajetilla y la metió en el bolso.

─Ven conmigo, melón.

Sin dudarlo la seguí, no tenía nada mejor que hacer. Salimos fuera del bareto.

─Sígueme ─lo hice pero andaba más rápido que yo en aquellos vaqueros blancos. Tenía un buen culo, era bonito verla caminar con los pantalones de cintura alta.

Me llevó a un chino justo en la acera de enfrente de La gatita.

─Hola, Chen ─saludó al chino-dependiente.

El tipo no saludó, levantó la vista del ordenador para ver quién era. Se me quedó mirando y siguió a lo suyo.

Conocía como se llamaba el tío, para conocerlo debía ir con mucha frecuencia. Me quedé esperando en el mostrador y ella agarró unos litros de cerveza de la más cara y unas bolsas de patatas fritas. Chen dejó de ver en el ordenador la típica película de artes marciales. La miró esperando a que pidiera la cuenta, o pidiera más cosas.

─Ponme también un cartón de Malboro, una botella de White Label y un saco de cubitos. Apúntalo en la cuenta de Antonio. Ayúdame con las bolsas, melón ─me pidió amablemente.

─Irene, debo llamarlo, espera.

Chen tomó el móvil y llamó al tal Antonio. Irene me miraba de arriba abajo y yo simplemente pasaba de ella, del chino y del tío al que llamaba.

─Antonio dice que vale y pregunta si vas a ir a su casa esta semana.

─Dile que iré mañana ─puso cara de asco al decirlo.

─Dice que va mañana. Está bien. Adiós, Antonio ─dijo Chen con agrado.

─Adiós, Chen.

Nos largamos de allí cargados como mulas.

─¿Dónde vamos con todo esto? ─pregunté.

─A mí casa, melón.

─¿Andando? ─pregunté cansado nada más empezar.

─No, en mi coche. ¿Ves como eres un melón?

Llegamos a su coche en la calle perpendicular a la tienda del chino. Dejó las bolsas en el suelo, rebuscó en su bolso, tomó las llaves del coche y lo abrió. Su coche estaba peor del que tuve hace unos años. Estaba realmente desvencijado y destrozado con todo tipo de abolladuras. Era un Nissan Almera sin portón.

En unos minutos llegamos a la casa de mi acompañante. Aparcó en la calle, no muy bien que digamos. Bajamos las bolsas, vivía en un apartamento de esos que parecen nichos. El edificio de apartamentos era enorme. Las viviendas parecían distribuidas como en una colmena. El ascensor no funcionaba, eso me sonaba. Subimos cinco pisos andando, al llegar a la quinta planta estaba cansado, sudoroso y sediento. Al entrar dejé las bolsas encima de una mesita de formica y me senté en el sofá. Me retrepé quitándome el sudor de la frente con la manga de la camiseta de color negro. Irene se quitó los zapatos en el dormitorio y se sentó a mi lado.

—¿Vas a servir las bebidas?

Estaba demasiado cansado para contradecirla. Por su mirada supe que no lo íbamos a hacer. Abrí un litro de cerveza, fui a la pequeña cocina y cogí cuatro vasos; dos para la cerveza y dos para dos culines de White Label. Aquella escena parecía un viejo blues de carretera, polvorienta y solitaria. Un cuatro por cuatro lento y siniestro como las canciones de Howlin´ Wolf.

—Y tú ¿a qué te dedicas, melón? —preguntó sin mirarme. Solo miraba el vaso con el whisky en el interior, lo admiraba.

—Pues… últimamente no me dedico a nada. He tomado la decisión de solo estar. Solo ocupo sitio, no hago nada, bueno, ahora sí. Te he conocido, hemos bebido y seguimos bebiendo aquí, en tu casa. ¿Y tú?

Abrí el cartón de tabaco, rompí el precinto de una cajetilla y encendí dos cigarrillos con el mechero de Irene.

—Solo bebo, esa es mi profesión, beber y beber.

—Beber está bien, es un trabajo a tiempo completo —Hubo un silencio—. Y el tipo ¿Cómo se llama? ¿Antonio? —dije sirviendo más bebida de las Tierras Altas en ambos vasos.

—Digamos que es mi benefactor, me mantiene. Es un viejo loco, pianista de conciertos retirado. Tiene mucho dinero y lo gasta con mujeres como yo.

Me recosté aún más en el sofá.

—Me voy a la cama —dijo Irene.

Sin más se levantó del sofá y se largó. Me quedé allí sentado. Busqué en una cómoda pequeñísima papel y boli, lo encontré en uno de los cajones y volví al sofá; pensé un momento y comencé a escribir.

«La vida, la muerte, todo en uno. 5 a 1 a que le gano la partida a la muerte, o a la vida, quién sabe. Hace un tiempo quería suicidarme, sin darme cuenta deseché la idea. El hastío, la vieja tristeza aparece cuando más tranquilo estoy. No me va a dejar en paz, no me va a dejar vivir. Ojalá fuera melancolía, se mata bebiendo, o follando. Pero la tristeza, mi vieja amiga, mi antigua amante desde la adolescencia no quiere abandonarme y este curtido y malogrado cuerpo pocos embates puede soportar ya».

Miré el vaso vacío en la mesita de formica, cerré los ojos y clavé la frente en la mesa encima del papel recién escrito. Me dormí.

Para leer En brazos de IV pincha aquí No es una continuación pero lo mismo te ahorro buscar el anterior.

Miércoles, diecinueve de julio de dos mil diecisite.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs XI

Dos almas rojo sangre

Imagen: Lauren Bacall le da fuego a Humphrey Bogart.

«Los polvos, el alcohol, las drogas, cualquier cosa que funcione para escapar o adornar la vida de algo humano para no perder el equilibro. A veces estar todo el día colocado y borracho es bueno para el alma, ayuda a que no se pudra. Encima de todo esto me he dedicado a escribir, ¿para qué? Quizá quería ser un gran escritor, al final soy un paria más. Un perdedor, un fracasado. Soy una piedra en el camino de cualquiera, a la que pisotear y dar una patada cuando se pone en medio. Hace tiempo publiqué dos libros de relatos eróticos. En un pis pás mataron mi ilusión, la ignorancia y la falta de respeto entraron de golpe y yo soy un tipo demasiado sensible para aguantar los embates violentos de la mediocridad de este país. Por ello decidí dejar de publicar, no lo voy a hacer más. Aunque haya gente empeñada en que lo haga. Nunca he querido ser nada, ni nadie siquiera, solo ser yo y seguir mi camino, lo demás es paja. ¿Publicar? Siempre he pensado que los artistas son exhibicionistas porque se muestran, yo no lo seré más, no puedo luchar eternamente contra la mediocridad y la ignorancia. Prefiero tener el culo pegado a esta cama y dejarme morir, o simplemente yacer al margen de lo que se cuece fuera, no me interesa. No me interesas, ignorante, me importa un bledo si vives o mueres, igual que yo te importo una mierda. He conocido a tanta gente miserable que me da asco, también borrachos ilustres como Juan o Charlie «Parker». Soy sincero y claro conmigo mismo y con la gente, no me escondo tras una máscara, salgo a pecho descubierto, nada me acojona, no tengo miedo, sé quién soy, un gilipollas, un fracasado ¿y qué? Soy yo, Aníbal Haze, un paria, no me arrepiento de nada porque soy responsable de mí mismo».

No tengo ni pajolera idea del tiempo que pasé encerrado en la buhardilla, no sé si he contado que regresé a la buhardilla por 20€ a la semana. Manolo, el propietario no me echaría si no pagaba o tardaba en hacerlo, era buen tipo. Y como yo era silencioso y no armaba bronca le daba igual tenerme allí gratis o pagando cuando pudiera. Mucho de lo que he escrito en este viejo ordenador se ha evaporado por un virus o algo que cogió este cabrón. Pero como creatividad no me falta escribo de nuevo. No soy un mediocre cagao de miedo porque no tiene inspiración ni creatividad. Y esos son los buenos, ¿cómo serán los malos? Jajajá.

Tenía las articulaciones entumecidas, estaba al borde del colapso, tenía que salir de la buhardilla, aún tenía que perpetrar mi suicidio, já. Me duché, me puse lo primero que alcancé y salí a la calle. Tenía hambre, pero no tenía un chavo, mala cosa. Las tripas me rugían, no había comido en unos siete días, las hijas de puta aullaban desesperadas. —Debéis esperar —me dije.

Paseaba por una calle llena de bares y confiterías, me paraba delante del escaparate viendo esos milhojas, los pasteles de carne, joder, la boca segregaba más saliva de la que podía retener en la boca. Agachaba la cabeza y seguía caminando como un zombi en busca de algo, comida, montones de comida, carne, pescado, verdura, cualquier cosa que callara mis jodidas entrañas. Quizá debiera buscar un trabajo, puede que sí porque el INEM no me daba ni para pipas peladas. Quería morirme, y no trabajar para darle lo suyo al Gran Hermano. Paseando con el sol en la testa, cabeza gacha, el hambre me estaba matando, pensaba entrar en una tienda y robar una manzana o algo que me alimentara. A todo esto levanté la cabeza y una morenaza de treinta y tantos estaba encuadrada en mi campo de visión frontal, conforme venía hacia mí creí conocerla, me era familiar. Al llegar a mi altura…

─¡Aníbal! ¿Eres tú? ─preguntó la morenaza de piel blanquecina.

─Sí, soy yo ─dije pensativo.

─Soy Helena, la mujer de Michel.

Me miraba con ojos radiantes, negros, enigmáticos. Llevaba el cabello suelto, ligeramente rizado, una falda de tubo negra, camisa blanca con escote, estaba preciosa.

─Helena, joder, perdona, no te he reconocido. Estoy muy despistado últimamente ─que coño, el hambre no me dejaba pensar.

─No importa, ¿cómo estás? ─preguntó mirándome a los ojos.

─Estoy fatal, llevo una semana sin comer, ¿me puedes prestar algo? ─pregunté humildemente dando lástima tomándola del brazo amigablemente.

─Joder, Aníbal, ¿no vas a cambiar nunca? Ven, vamos a ese bar, yo invito, y así hablamos.

Lo que más me gustaba de Helena era su carácter humilde, no trataba a la gente como inferiores, al contrario, yo le gustaba. Entramos en el bar, un buen bar de tapas me pareció. Miré la vitrina y la magra con tomate llevaba mi nombre, nos sentamos a pie de barra. Pedí una cerveza, un bocata de magra con tomate y olivas partidas. Helena pidió un vermut y unas patatas fritas con limón, pimienta y aceitunas rellenas.

─¿Cuánto hace que no nos vemos? ─ preguntó Helena.

─¿Un año? Ni idea la verdad.

─Más o menos un año, sí. Te he echado de menos, eres un hombre admirable, escribes con el corazón, las entrañas gritan cuando creas, eres muy hombre, Aníbal.

─Si tú lo dices. Soy esto que ves, un despojo, un paria. Tienes una familia, tienes dos hijas que te quieren, tienes un marido, un poco gilipollas pero te ama. Tienes suerte.

─Todo eso que dices desaparecía cuando estaba contigo. Tú, Aníbal Haze me has hecho sentir más mujer y más hembra que Michel en todo el tiempo que estamos juntos.

─No sé qué decir. Puede que deseemos lo que no tenemos, Helena. No te tengo y te deseo, no me tienes y me deseas. Tienes lo que yo no tengo, y deseo tu casa y tu comida, el marido y las hijas no, jajajá.

Hincaba el diente al bocata, estaba riquísimo, aunque hubiera sido un bocata con saltamontes me lo habría comido igual, llevaba demasiado tiempo sin comer.

Helena y yo tuvimos una pequeña relación pseudo amorosa un año atrás; se escapaba de casa para verme en la habitación que tenía alquilada. Bebíamos, follábamos toda la tarde y se marchaba. Me miraba cuando escribía, le leía lo que creaba y otra vez le dábamos al asunto. Fue una temporada verdaderamente bonita a su lado; sabíamos que no podía durar. Ella no dejaría nunca su vida por mí y yo tampoco abandonaría la mía por ella. De lo que más me satisfizo de estar con Helena fue ponerle los cuernos al estirado de Michel.

Acabamos la comida, yo mi bocata y ella sus patatas con olivas. Nos miramos y pidió dos cafés. Una vez servidos, cortado para ella y solo para mí, se levantó del taburete y me indicó ir a la terraza para poder fumar. Hacía un día soleado pero no caluroso.

─¿Te has enterado que Michel ha publicado un nuevo libro? ─ comentó Helena con el sol dándole en el pelo color negro.

─No lo sabía. Michel es muy valiente auto publicando sus libros ─dije importándome un pimiento si el imbécil de su marido publicaba nuevo libro o no.

─Es valiente, en eso lo admiro, pero…

Se quedó muda un instante, sacó dos pitillos mentolados, me ofreció uno. Los encendí con mi mechero.

─¿Pero? ─pregunté.

─¿Qué?

─Antes de ofrecerme el cigarro has dicho pero y te has quedado callada.

─¡Ah, sí! Perdona, me he quedado en blanco. Bueno, está muy bien que Michel escriba y publique, aunque me cansa, esa es la verdad. Estoy harta de ser la mujer de. Se cree alguien importante y solo es un payaso. Me es insoportable últimamente.

Su rostro encolerizaba tímidamente, aunque Helena sabía cómo sujetar sus impulsos. Se le notaba que su marido la tenía bastante harta.

─¿Tú qué quieres? ─le dije mirándola a los ojos, oscuros, imposibles de alcanzar, bellos.

─No lo sé. Ahora mismo quiero estar contigo, creo que me enamoré de ti.

Miró hacia otro lado, concretamente hacia la acera donde la gente iba y venía con premura.

─Estamos juntos ahora, ya estuvimos juntos una vez y acabó como tenía que acabar. No soy hombre para una mujer como tú ─dije apurando mi café.

─Acabas de decir lo mismo que Michel, no me seas cutre, por favor.

─No, no, no he acabado de hablar. Quiero decir que eres una mujer con apetitos muy diferentes a los míos. Necesitas cosas materiales y yo no. Por lo demás eres perfecta; por esto mismo no podemos proponernos nada más allá que una buena amistad y buena cama.

─Lo sé. Y eso te hace maravilloso y único para mí, querido mío. ¿Dónde vives ahora?

Formuló la pregunta mirándome a los ojos, me intimidó. «Cada vez que me miraba con aquellos ojos negros me temblaba todo el cuerpo, creo que mi cuerpo era un pene cuando ponía sus pupilas en él». En ese momento recordé este párrafo que escribí tiempo atrás sobre la primera noche que estuvimos juntos Helena y yo.

─Estoy viviendo en una buhardilla, pago poco, y no está tan mal.

─Estoy pensando que esta tarde podría pasarme a visitarte, ¿te parece?

─Me parece bien. Trae algo de bebida.

─Descuida. Ahora debo irme, dame la dirección sino no sabré ir a la buhardilla.

─Claro, ja, ja, ja. En la Plaza de Santo Domingo, justo encima de la Sirvent, cuarto piso, y luego tendrás que subir la escalera andando un piso más.

─Vale, me marcho.

Antes de levantarse me dio dos besos en las mejillas. Nos miramos a los ojos un instante.

─Hasta luego, Aníbal.

─Hasta luego.

La vi marchar con aquella falda de tubo de color negro, tenía unas piernas preciosas, rosadas, torneadas.

Me largué caminando a la buhardilla, pero pasé por la plaza donde la Galería de Arte; no sé por qué fui hasta allí, pero allí estaba bajo un sol acuciante mirando el escaparate. No había cartel de ninguna exposición de Clara Mendoza, la de Las Sabinas estuvo bien. Agaché la cabeza y me dirigí hacia la buhardilla bajo el sol primaveral de junio.

Continuará…

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Miércoles, veinte y ocho de junio de dos mil diecisiete

Región de Murcia

Pedro Molina

Henry y Anaïs X

Dos almas rojo sangre

«¿De verdad hay que ser alguien? ¿Y si no quiero ser nada? Te empujan desde la niñez a ser alguien, un obrero, funcionario, lo que sea para integrarte en la sociedad. Nunca he querido ser nada, y si dicen que vivimos en un país libre ¿por qué tenemos que ser algo? Cuando era niño los mayores nos preguntaban qué queríamos ser de mayores; algunos respondían futbolistas, otros querían ser lo mismo que sus padres, otros maestros, médicos y un sinfín de profesiones. Cuando me preguntaban me quedaba en blanco. Era un niño, no pensaba que profesión quería tener de mayor. Quería jugar, saltar, quería ser niño. A los trece años tuve una revelación, descubrí que quería ser escritor; los escritores leen mucho, pensé. Yo leía poco pero no me costaba mucho escribir una redacción para el colegio, o una historia corta.

Escribir me ha jodido la vida, el arte te jode la vida, te convierte en un ser demasiado listo, te das cuenta de donde te mueves, la ignorancia y la podredumbre que te rodea. Ves a todo el mundo como un amasijo de tontos e ineptos y tú demasiado listo para un mundo mediocre, el arte te jode la vida, nunca he querido ser demasiado listo, pero es lo que hay. Una jodienda, la verdad. Escribir te inquieta e induce a buscar lecturas que te hagan crecer como autor, y ahí reside la verdadera jodienda del asunto, creces y creces a una velocidad que los demás no lo hacen y te das cuenta de cuáles autores son verdaderos y cuáles son falsos. Te encierras en la burbuja de los clásicos porque son los únicos que dicen verdades, unos más directos, otros más espesos pero todos dicen la verdad a través de la ficción o contando realidades biográficas o semi biográficas, pero la cuestión es contar historias con verdad y sentimiento. Eso soy, un escritor en peligro de extinción, un ejemplar a punto de extinguirse porque no encajamos en un mundo falso y falto de sentimiento».

Uno busca ayuda en la administración porque se encuentra desvalido y piensa que la Serpiente puede tener algo preparado para uno, y lo único que tienen son cursos  que no sirven para nada. Ni una mísera ayuda, pero si yo fuera un inmigrante, osea, un moro, sí tendrían cheques para ayudarme a integrarme, pero como soy español nativo me dan una patada en los riñones, así es este Sistema corrupto y podrido. Caminé un rato calentándome la cabeza bajo los rayos del sol; llegué al Bar de Miguel, cabizbajo, triste, amargado, estaba fatal, regresó a mí la idea del suicidio. Ya vería la manera de hacerlo, no sabía cómo pero estaba dispuesto a hacerlo. Al entrar en el bar no sabía cuánto dinero llevaba encima. Si no tenía le pediría fiado a Miguel, siempre me ayudaba cuando estaba realmente mal. Registré mis bolsillos, ni un mísero euro, ni calderilla, nada, estaba en bacarrota, otra vez.

—Miguel, ponme un quinto. Oye, no tengo dinero, ¿me fías?

—Aníbal, Aníbal, no puedo fiarle a todo el mundo. Tú siempre pagas, pero el negocio no va tan bien como yo quisiera, no puedo tío, lo siento.

—Entiendo, entonces me voy. Adiós —Cuando estaba dispuesto a marcharme con el gaznate reseco alguien dijo mi nombre a mi espalda.

Me giré…

—Aníbal, ¿dónde vas hombre? —preguntó un hombrecillo escuálido y viejo.

—Hola, me marcho. No tengo dinero y si Miguel no me fía me largo.

—Quédate hombre, yo invito. Ven a mi mesa.

El tipo en cuestión era Charlie “Parker”, un saxofonista de jazz de Barcelona que no sé por qué acabó en Murcia tocando en la calle, pidiendo limosna, pero esa vez tenía dinero. Seguía llevando el pelo largo y blanco, tan delgado como siempre, parecía tener una leve cojera.

Me senté a la mesa con Charlie.

—¿Qué tomas, Aníbal?

—Un quinto de cerveza, gracias.

Pidió mi cerveza, él seguía con su café con leche.

—Cuéntame, hace mucho que no nos vemos. ¿Sigues escribiendo? —preguntó el bueno de Charlie.

—No sé hacer otra cosa, así que escribo. Ya no publico, es una pérdida de tiempo, soy escritor no un mono de feria exhibiéndose como un mendigo para que te compren un libro —dije desvirgando el quinto de rubia bien fría.

—Te entiendo perfectamente. La sociedad es mediocre y muy analfabeta. Veo que hay demasiados autores, aunque buenos muchos menos. Recuerdo que tú eras bueno, tienes huevos para decir las cosas. Hace tiempo que no toco en la calle, me he retirado, ahora vivo con una mujer, una viuda con dinero. Se quedó prendada de mí y mira por donde que ahora soy un tío que viste adecuadamente, toco en bares, tengo una banda y todo, como en los buenos tiempos en Barcelona.

—Me alegro por ti, amigo. Yo estoy destrozado, nada me sale bien, no paro de beber, deseo morir, la verdad. Es un sinsentido —expuse apurando el quinto.

—Sé cómo te encuentras, he pasado por eso. No sabes las noches que he tenido la cuchilla de afeitar en la muñeca, sí, me he cortado pero nunca he tenido huevos para acabar con todo. No te rindas, la vida te sonreirá.

—¿Tú crees? Ya no creo en quimeras ni gilipolleces de esas. Bueno, gracias por la cerveza, me tengo que ir para seguir mi camino sin rumbo. Me alegro de verte, adiós.

—Cuídate.

Salí del bar como metido en un caparazón, ojalá hubiera tenido uno de verdad. A veces quiero meterme en un caparazón como el de las tortugas y los caracoles y desaparecer, pero soy un ser humano, no gasto esas cosas. Andaba bajo el sol, notaba como se me tostaba el careto, estaba sediento, decidí ir para la buhardilla a esconderme de mí mismo. Como siempre estaba huyendo, era lo único que podía hacer en ese momento.

La cabeza baja, las mangas de la camisa subidas a la altura del codo, las manos en los bolsillos, literalmente estaba asándome. Pasé por una plaza en la que había una fuente. Me acerqué y me eché agua en la cara. Las viejas y viejos me miraban con asco y con desaprobación. Los miré con mala hostia y les solté algo así como: ¡no han visto asearse nunca a un hombre! Apareció por allí un hombrecillo de la autoridad vestido de azul. Me miró muy serio y yo lo miré desafiante. Se me acercó y conforme venía me incorporé y me peiné con las manos, no dijo nada, solo me miraba. Lo reté con la mirada y seguí mi camino. No miraba a nadie, ni siquiera los escaparates para hacer mis juicios absurdos sobre el consumo.

Con la cabeza gacha llegué a la buhardilla, me tiré en la cama, miraba al techo, deseaba pasarme las horas así, mirando al techo, sin comer, sin beber, sin moverme. Saqué lo que tenía en los bolsillos, las llaves y el teléfono móvil. Lo miré, lo palpé, lo acaricié, me levanté de la cama, abrí la ventana y lo lancé con todas mis fuerzas, bajé la ventana. Seguramente cayó por ahí en algún coche o en la cabeza de alguien. Me la trajo al pairo.

Me tumbé de nuevo boca arriba, los brazos a los lados, me quité el calzado con los pies y lo tiré al suelo, volví a levantarme, cerré la puerta por dentro y me acosté de nuevo. Cerré los ojos, me dejé llevar por los pensamientos, me dormí. Cuando desperté fui a mear, sentía un gran impulso de escribir, lo reprimí, volví a la cama, adopté la misma posición. Creo que a los dos o tres días el hambre mordía mis entrañas, las ganas de beber arañaban el gaznate, me levanté, en el baño bebí agua del grifo y regresé a la cama. No tenía frío ni calor, estaba en un estado de consciencia en el que no notaba nada físico en mí. Comencé a reflexionar, puede que por la falta de alimento y toxicidad.

Continuará…

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Jueves, uno de junio de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs IX

Dos almas rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película El Amante (1991). Basada en la novela del mismo nombre de la autora francesa Marguerite Duras. En la imagen Jane March y Tony Leung. Dirigida por Jean-Jacques Annaud.

He bajado al chino a comprar cerveza, unos cartones de vino y cigarrillos. He estado escribiendo toda la tarde, abro una lata de cerveza, enciendo un cigarrillo, me siento en la cama y veo La campana de cristal, lo cojo y sigo leyendo por donde iba.

«Existen libros que huelen a muerte, hay canciones con tal hedor a muerte que asusta, he visto cuadros mortíferos y maravillosos». Así es La campana de cristal, una obra muerta antes de nacer. Sylvia Plath ya estaba muerta antes de pensar siquiera en escribir. Esa mortandad la hacía maravillosamente buena en lo suyo, su ingenio fue incomprendido como el Klimt, Kafka, Van Gogh o incluso el propio Cervantes. Si el escritor de El Quijote hubiera nacido en Inglaterra o Francia no habría muerto en la miseria, habría sido reconocido en vida. Otros han desistido del suicidio escribiendo como Emil M. Cioran, el tipo escribió una novela como terapia y olvidó el suicidio como arte de la muerte. Siempre es mejor vivir que morir, ¡Mentira! Alguna vez he pensado lo mismo que el protagonista de la novela de Vázquez Figueroa, Tierra Virgen. Resulta que el tipo huye al Amazonas donde se encuentra a sí mismo en medio de la naturaleza. Una buena novela, sí señor. Hay escritores que son tan buenos que dan miedo. Imagino esas plumas cargadas de tinta, esas que acojonan a los poderosos. Las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito perdura, aunque lo quemen. Hablando de quemar, los nazis quemaron libros, el Ku Klux Klan quemó discos de The Beatles. En la historia los mediocres han destruido el arte por miedo, han asesinado grandes mentes como la de Miguel Servet, lo condenaron en la hoguera por hereje y por descucbrir la circulación pulmonar. Lo paradójico es que lo condenaron los reformistas, aquellos que aplaudían a Calvino. No hemos sabido reconocer el verdadero talento de nuestros genios. Casi se cargan a Galileo, pero el tío era demasiado avispado para morir en la hoguera. La Iglesia es un enjambre de notables y mediocres. Los notables están en la sombra manejando los hilos y los bufones mediocres son los que dan la cara. Así ha sido siempre tanto en la religión como en la política. La religión es política y la política fue una religión. Ahora son un negocio. Hablando de la muerte en el arte puede que los grandes se hayan sentido morir en numerosas ocasiones al no ser escuchados como deseaban o creían merecer. Otros como Oscar Wilde escribieron una única y grandiosa novela como El retrato de Dorian Grey. El propio Wilde era un efebo, como Dorian. Él mismo asistía a fiestas y estaba en el candelero como un escritor de nombre, hasta que la sociedad del alto copete descubrió su secreto: la homosexualidad. Ahí empezó la verdadera muerte del poeta y escritor inglés. Nunca fue como Dorian Grey, aunque estuvo cerca.

Hubiera preferido nacer enfermo como Kafka, así me habría dado cuenta de todo mucho antes. El dolor te hace más fuerte, sentirte morir abre las fosas nasales y las venas del cerebro. Según algunos genios de la literatura la enfermedad te da la visión que la salud no te da. La enfermedad es el verdadero estado de la clarividencia. Ojalá hubiera tenido la claridad de Nietzsche, lo mismo no sería tan perdedor o quizás sí. El sufrimiento es la clave, mirar a los ojos a Belzebú te convierte en el tío más inteligente de todos. Beethoven fue un ejemplo muy claro, la sordera le convocó ante la música celestial y compuso la mejor obra de todas: La Novena, joder la novena es la hostia. Puede que sea la obra más amorosa y violenta jamás compuesta. Una genialidad sin duda. Otro personaje notable no entendido en vida fue Jim Morrison, el tío era tan inteligente que no se pudo aguantar a él mismo. Miró a los ojos al demonio, su padre lo era y por eso huyó de él. Cuando se dio cuenta de lo que realmente había conseguido con la fama decidió mutilarse y de ahí a la auto destrucción. No quería fama, no lo hacía feliz y con los medios menos dolorosos consiguió quitarse del medio, pero yo no lo consigo. Quizás en mi fuero interno no deseo matarme. Lo averiguaré. Si en verdad descubro que no deseo suicidarme será la broma más pesada que me habrán gastado los dioses.

Recuerdo en este momento la ocasión que tuve hace unos meses de publicar de manos de Malena, quizá debiera llamarla y hacerlo, quizá debería llamar por teléfono al tipo de la gomina, no lo sé. Puede que deba dar al mundo una obra genial, sí, un Dorian Grey, una Metamorfosis o una Novena, pero no soy tan genial. No tengo nada verdaderamente genial que dar al mundo para después suicidarme. ¡Jodéos, hijos de puta! Os regalo la mejor obra escrita de todas y me mato, iros a tomar por culo. Sería la mejor manera de despedirme, pero no soy tan bueno; solo soy un papel arrugado y sucio en la acera, al que todos los peatones pisan y re-pisan.

Hace mucho que no sé nada de Anaïs, no he vuelto a verla. Sé que espera que la llame, o la visite. No tengo ganas de hacerlo, me ha desilusionado mucho, pensé que podría ser la mujer perfecta para mí, puede que lo sea, o no. Puede que yo esté ciego y no sepa apreciar lo que puede hacer en mi alma, pero ya no tengo alma, la maté. En esta ciudadela espero a la señora de la guadaña, pero no llega, tendrá cosas mejores que hacer. Me largo, me voy por ahí, ya no aguanto más este sabor a muerte en la boca. Voy a comer algo con lo poco que me queda. Antes dije que me iba a volcar en el trabajo de vigilante, he ignorado que me despidieron, buscaré otro curro para olvidarme de escribir.

Mientras me vestía, alguien llamó a la puerta.

—¿Será la muerte? Voy a ver —dije en voz baja.

Abrí la puerta y Flanagan apareció con su habitual sonrisa blanca. El tío no sé cómo hace para ser feliz si se ha vendido al corporativismo. Antes era un hombre auténtico, ahora es una sombra de lo que fue, un hombre manoseado por la ambición de ser alguien estable. El payaso en el que se ha convertido no me agrada, 1984 se hace realidad en Flanagan. El Hermano Mayor (dictador de la novela 1984 de George Orwell de 1949) pudo con él, dejó la lucha para ser lo que quieren que sea, un esclavo, un monigote sin vida con ojos vidriosos y sonrisa blanca como la nieve.

—Hola, Aníbal —saludó plantado en la puerta.

—Hola…

—Que mala cara tienes, tío. Necesitas salir de aquí. Ponte algo decente y vayámonos —ordenó entrando en el habitáculo.

—¿Adónde? No quiero ir a ningún sitio —mentí deliberadamente. No quería ir a ningún lugar con él ni con nadie.

—Por ejemplo, a cenar algo y luego a tomar unas copas. Hace mucho que no nos vemos, amigo.

—Ya. Tendrás que pagar tú, estoy sin un chavo.

—No hay problema.

—Vale, pero te aviso que no soy buena compañía —avisé oliendo una camisa. No olía mal, me la puse.

Fuimos a un restaurante chino cercano, nos sentamos en una mesa y la camarera vino a tomar nota, pedimos cerveza para empezar, nos trajeron pan chino y cortezas con salsa de color naranja aparte. Nunca he sabido cómo se llama esa salsa. Mi cerveza la tomé de un trago, pedí otra.

—Estás sediento —dijo Flanagan. —Cuéntame, ¿cómo estás?

—Mal, estoy aburrido de todo. Vivo en un bucle y no sé qué hacer para salir de él —dije cogiendo una corteza, la mojé en la salsa.

—Todos vivimos en un bucle, quizá debieras aceptarlo, o hacer algo para salir de él.

—Es fácil decirlo, muy fácil para un tipo como tú. Yo no me he vendido, tuve la oportunidad y no lo hice. ¿Sabes que dicen los chinos? —Aproveché el lugar para fardar un poco de mi sabiduría pasada de moda.

—No, ¿qué dicen?

—Dicen que antes de ir hacia delante hay que ir hacia atrás y tomar impulso. Quizá deba hacer eso.

—Puede, pero mientras bebamos y comamos. Brindemos por nuestra amistad—brindamos con los tercios de cerveza holandesa. —Oye, la última vez que nos vimos estabas con una tía, ¿sigues con ella?

—Nunca he estado con ella, solo follábamos y nos admirábamos. Me traicionó y me olvidé de ella.

—Vaya, lo siento. Eres un superviviente, sabes arreglártelas solo.

La camarera trajo lo que pedimos, cerdo agridulce y pollo no sé qué. Nunca presto atención a los nombres de los platos, sencillamente porque no me interesa la comida, comer es una pérdida de tiempo.

—¿Sabes? Me pregunto qué hago aquí contigo. No tengo ni idea de por qué he accedido venir a este restaurante —dije apurando mi cerveza.

—Ja, ja, ja. Porque somos amigos, aunque lo niegues. Mira, no puedes seguir en ese estado de aislamiento, debes salir a que te vean, debes experimentar, siempre lo has hecho. Creo que debes publicar un libro. Aníbal te estás dejando morir.

—¡Bingo! Ahí le has dado, quiero morir. Estoy hasta los cojones de la mediocridad que veo y huelo todos los días. Estoy harto de vivir en la mierda. Estoy cansado que la gente a la que hago caso me traicione. Prefiero morir.

—Te entiendo, todo está podrido.

—Tú que vas a saber. El primero que ha huido dejándose caer en los brazos del Poder eres tú. No me vengas con sermones. ¿Qué eres ahora? Eres como todos ellos, un monigote del Sistema.

—Sí, lo soy, y tú deberías hacer lo mismo. No sirve de nada seguir nadando contra corriente. Ahora vivo bien, trabajo en lo que amo, la radio. A veces me putean porque hay que ser políticamente correcto, ¿y qué? —expuso pinchando trozos de pollo del plato del centro de la mesa.

—Te has convertido en todo lo que odio; mírate pareces Winston Smith (protagonista de la novela 1984) totalmente vencido. Has olvido lo que eras, te han arrebatado la savia, la fuerza, incluso la virilidad. En una cosa tienes razón, he dejado de luchar, pero no me voy a dejar seducir ni hipnotizar por los encantos de la Serpiente, antes me mato.

—Tú mismo, amigo. A mis cuarenta estoy cansado de luchar, me merezco la recompensa y la tengo. No lo cambio por lo que tenía antes. La juventud quedó atrás, ahora la madurez ha llegado y la tomo con responsabilidad.

—Escúchate, hablas como tu padre. Te has convertido en él. Te crees un progre porque sigues vistiendo como un payaso, todos creen que eres un moderno, pero no eres más que un retrógrado, eres lo que ellos han querido que seas. Mírame y escúchame atentamente: Nos dejan patalear, nos dejan ser subversivos para luego enviarnos señales de amiguismo, luces sensuales convertidas en encantadores manjares que nunca hemos tenido y nos seducen hasta caer en los brazos de la comodidad. Eso ha matado al genio, una vez creí que lo eras. Estaba equivocado.

—O el equivocado eres tú. Soy eso que dices, lo sé. Pero tú qué eres. Eres un intento de ser escritor, eres bueno, pero lo desechas. Prefieres beber hasta emborracharte, te escondes en tu mísera habitación, huyes del mundo, no lo afrontas y ahora mírate, estás acabado sin dinero y sin trabajo. Creí que eras inteligente.

—Ya tengo un trabajo, no hacer nada. Lo he decidido por mí mismo. Nadie me ha dicho lo que tengo que hacer. Afronto mi mundo, soy responsable de mis actos, a nadie culpo de lo que soy, ¿por qué? Porque soy consciente de mis limitaciones que son muchas. Bueno Flanagan, que te vaya bonito, me marcho a mi mísera habitación. Adiós —dije despidiéndome sin mirarlo a los ojos. Me levanté.

—Como desees, yo pago la cuenta, ve tranquilo.

Esa vez sí lo miré a los ojos. Como les gusta recordar a los que tienen dinero que todo está bien, puedes ir tranquilo, ellos cuidan de ti. Iros a la mierda, no os necesito.

Caminé hasta casa y pensé que necesitaba dinero, no iba a pedir trabajo, me negaba a servir al Sistema, así que a la mañana siguiente iría a la oficina de empleo a pedir alguna ayuda, algo habría para mí. Había decidido suicidarme, intentaría sacarle todo lo que pudiera al Gran Hermano antes de mostrarles el dedo para huir con la muerte a mi lado.

Muchas personas son ignorantes del término Gran Hermano, o Hermano Mayor, no hablo del programa de televisión. Hace muchos años un periodista y escritor inglés llamado George Orwell publicó una novela llamada 1984, la mejor novela distópica, sin duda. Para dejarlo más claro el Gran Hermano es un líder en la novela de Orwell. Es el presidente del Partido que gobierna la nación. Así que ya sabemos que el Gran Hermano es mucho más que un programa de televisión donde los concursantes se exhiben. Bueno, creo que tengo que explicar que es una novela distópica, voy al diccionario y busco en la D la palabra distopía: «Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». ¿Queda claro? A todo esto, reflexiono sobre la ignorancia y la apatía del español medio, pero antes debo poneros en antecedentes para que sepáis porqué cuento este rollo. Hace años leí a un tipo llamado Friedich Niezstche, un escritor alemán al que la historia se ha empeñado en tildarlo de filósofo. Niezstche es el anti filósofo, aunque se exprese de manera filosófica, ahí reside la maravillosa contradicción del alemán. Este gran pensador y crítico social de su tiempo escribió una obra llamada Más allá del bien y del mal, una de sus últimas obras para más información. El tema es que en esa obra hay un capítulo llamado Pueblos, nombra muchos pueblos, pero cuando llega al alemán el autor es consciente de las carencias del pueblo alemán, los criticó con elegancia hasta morder. Incluso habla de la raza aria dejando patente lo que después llegaría con el Tercer Reich. Al leerlo me abrió la mente aún más y me di cuenta de lo condescendiente que era con mi pueblo, el español. En consecuencia, esto pienso y creo que el pueblo español en estas primeras décadas del veinte y uno es un pueblo acomodado, demasiado cómodo, le dan por el dorso y se acopla para que entre mejor. Que bien han sabido hacerlo los democráticos arrebatándonos la espuma de la sangre para dejarla más clara que el agua. Sin fuerza, sin virilidad, muerta en vida. No pienso tener descendencia, pero la herencia que les va a quedar a los que hoy son niños es para mear y no echar gota. Nos quitan el plato de encima de la mesa y aplaudimos, vaya cosa ¿no? A estas alturas da igual lo que algunos clarividentes de la política hayan dicho, por ejemplo, la cita de que si al pueblo le das bienestar le puedes hacer de todo, como oprimir, recortar derechos, apretar al máximo, aunque sangre. Han maniobrado con maestría individualizando a la gente. Yo me crié en un ambiente muy diferente, había respeto entre los vecinos, nos ayudábamos los unos a los otros. Pero poco a poco la democracia ha convertido eso en recelo y la individualidad ha entrado para quedarse. Me acuerdo cuando era adolescente, en los noventa se impulsaba la competitividad, el individualismo, en favor de conseguir la meta anhelada por el individuo. Al final, de tanto repetirlo han conseguido que así sea. Muchos de los adolescentes de los noventa ahora son padres y esa es la educación que dan a sus hijos. Lo que han olvidado es que el ser humano no sabe sobrevivir solo, necesita estar en manada. Solo los necios olvidan, así que mis compatriotas son necios, aunque me duela es así.

Lo único que voy a añadir es que el pueblo español lo ha perdido todo, aquel aguerrido pueblo de antaño es historia, nada más que eso. Nos han castrado, pero esto ya viene desde la dictadura, y ahora con la democracia es más de los mismo. Nos hemos convertido en un pueblo pasivo, indolente y necio. En lugar de hacer lo que hay que hacer vemos el fútbol como si de un espectáculo de circo romano se tratara. Nos venden con malnutrida y mala publicidad un sistema de vida mentiroso, nos venden el consumo como si fuera una religión. Y sí, esa mala fe es una nueva religión, la publicidad. La publicidad no es nuestra amiga, es el enemigo. Es la culpable de que nos endeudemos, hace real el refrán de que «comemos» por los ojos. La corrupción hace estragos y ¿qué hacemos? El gilipollas, eso hacemos. Pero bueno yo seguiré mi camino, primero porque es mío. Segundo porque soy libre de elegir y tercero porque no soy ciego y criticaré mientras me queden fuerzas. Da lo mismo que me censuren, da lo mismo que me recluyan en una buhardilla de veinte por veinte. Seguiré en la lucha, o me suicidaré, ni yo mismo lo sé con certeza.

Después de la discusión con Flanagan regresé andando a la buhardilla, no me apetecía beber, no quería meterme en ningún bar. En mi reducido habitáculo escribí los pensamientos que me han traído hasta aquí. Escribí, ¿por qué escribía si me había jurado dejar de hacerlo? Porque aún no había encontrado ninguna ocupación para dejar de lado la escritura. No iba a morirme de aburrimiento, mientras tanto prefería escribir, ya encontraría otra cosa que hacer que me diera satisfacción. Por unas horas olvidé el suicidio, estaba demasiado enfadado con Flanagan y conmigo mismo, acababa de perder un amigo, así que escribía para olvidarlo, o despedirlo, elegid vosotros por mí.

Aquella noche hacía calor, no me quité la cazadora vaquera, ya quedaba poco para llegar a la buhardilla. A los pies de las escaleras miré hacia arriba y pensé, joder, aún me quedan cuatro pisos. A mitad de camino me quité la cazadora y la puse en mi hombro. Bufaba, sudaba, estaba cansándome, pero al llegar arriba Mamen me estaba esperando.

—¿Qué haces aquí? —pregunté jadeando.

—Esperarte. Los cuatro pisos se pegan al lomo, ¿eh? —comentó apoyada con la espalda en la pared. Tenía pinta de auténtica meretriz de pico esquina (expresión murciana. Se refiere a una esquina).

—¿Cómo has sabido que vivo aquí?

—Esta ciudad es muy pequeña, chato. Manolo me lo ha dicho en cuanto le he dejado invitarme a beber y tocarme un poco.

—Joder con el Manolo, no puede saber nada. ¿Tienes sed? —pregunté sacando la llave del bolsillo para abrir la puerta.

—¿No te has dado cuenta de la bolsa que hay junto a la puerta? He traído priva.

Miré la bolsa y entré dentro, Mamen entró detrás de mí.

—He traído whisky del bueno y cerveza. ¿La nevera?

—Ahí —dije señalando con el dedo la mini nevera a los pies de la cama.

Metió las cervezas, del lavabo cogí los dos únicos vasos que tenía, serví dos copazos de whisky, el primero me lo bebí de un trago, estaba sediento. Me serví otro, me senté en la silla en la que solía escribir, Mamen se sentó en medio de la cama con la espalda apoyada en la pared.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Aníbal? —me preguntó buscando no sé qué en su bolso.

—Pues no sé, ¿por qué? —dije alcanzando la cajetilla de Benson & Hedges del improvisado escritorio.

—Porque de todos los hombres que conozco tú eres el único que me respeta, y eso que a veces soy una cabrona contigo. Eres un buen tipo por eso estoy aquí.

—Ah, gracias. Es un alivio que creas que soy un buen tipo porque yo también lo creo —Me levanté y me senté a su lado.

—¿Por qué te has mudado aquí? Tú habitación estaba mejor que esto. Anda, dame una calada.

—Necesitaba un cambio, demasiada mierda acumulada. ¿Otra copa?

—Por favor.

Me levanté y serví dos más, me llevé la botella más cerca de mí para no tener que levantarme.

—A veces cambiar es bueno. Le tengo miedo a los cambios, prefiero quedarme como estoy. Soy muy miedosa.

—Mamen, ¿por qué estás aquí? Nunca me buscas sin una razón —dije mirándola a los ojos.

—He discutido con mi novio y antes de que me pegue me he ido. No he recogido mis cosas, iré mañana cuando esté trabajando y las recogeré. Lo que no sé, ahora que lo pienso es donde voy a vivir —Me miró.

—Ah no, a mí no me mires. Mira esto, es muy pequeño para más personas que no sean yo. Lo siento.

—No pensaba pedirte nada, solo compañía, tú me entiendes. Aunque me mintieras seguiría volviendo porque eres un verdadero amigo.

—Las apariencias engañan, querida —rellené mi copa y me levanté por dos latas de cerveza para bajar el whisky.

—A esto me refiero, tus modales, son de alguien educado y no el de los tipos que se cruzan en mi camino.

—Querida, eso es porque no te propones mejorar tu vida. Seamos claros, odias la vida que llevas, cámbiala.

—¿Cómo se hace eso?

—No lo sé, si lo supiera no estaría aquí contigo en esta buhardilla. Estaría en un sitio mejor te lo aseguro.

—Y encima se me ha acabado el puto subsidio. ¿Crees que alguien querrá contratarme para trabajar? —dijo cogiendo un cigarrillo de su cajetilla.

—Seguro que sí, siempre hay algún trabajo que nadie quiere hacer.

—¿Tienes trabajo?

—No, quiero ir mañana a la oficina de empleo a pedir una ayuda. Algo habrá para mí, lo mismo deberías preguntar en el INEM por si cae alguna cosa.

—Iré mañana contigo si no te importa —añadió quitándose la prenda de abrigo.

—¿Tienes calor?

—Sí, bastante.

—Espera voy a poner el aire acondicionado —Me levanté, fui a la única ventana de la buhardilla y la abrí.

—¿Mejor? —pregunté sentándome en la cama.

—Ja, ja, ja. ¿A eso llamas aire acondicionado? Eres la hostia, Aníbal. Me has hecho reír.

Carcajeamos un buen rato, nos mirábamos y reíamos, necesitábamos reír. Parecíamos dos tontos riéndose por nada. Siempre es mejor reír que apoyar las manos en la frente y lamentarse. Cuando nos pimplamos la botella de whisky ya estábamos borrachos, Mamen se durmió. La tapé con la única manta que tenía. Me senté en la silla a escribir en mi viejo portátil, debía ser bueno porque aún funcionaba. Estuve escribiendo un buen rato, mi compañera roncaba, estaba muy cocida. No la culpo.

Cuando me había bebido casi todas las cervezas me entraron ganas de mear, al volver del baño me acosté al lado de Mamen a dormir un poco, quería estar presentable para ir a la oficina de empleo. No me gusta pedir, siempre digo que no quiero más jamones, pero debía hacerlo para seguir con mi plan. De repente la idea del suicidio volvió a mi mente, ¿por qué la había olvidado durante unas horas? ¿Ya no quería quitarme del medio? Puede que sí, pero soy un hombre que aprovecha las circunstancias de la vida tan bien que olvida sus miserias. Siempre hay algo en la vida que me provoca una sonrisa y olvido las penas. En esta ocasión las penas eran muchas, demasiada miseria, angustia ¿melancolía? No, la melancolía es la antesala a la tristeza, y yo estaba muy triste. Hace unos años el futuro me importaba muy poco, pero hoy me inquieta, siento que me hago viejo y las hostias son demasiado fuertes para no hacerles caso. ¿Vivir merece la pena? Hoy merece un poco más que ayer. No sé cómo lo hago para reponerme de mis males, no tengo nada físico a lo que agarrarme, pero lo hago. Quizá me agarro a la escritura, será eso. Creo que si dejara de escribir sí tendría huevos para matarme, pero puede que lo haga de todas formas.

A la mañana siguiente me desperté sobre las once, Mamen aún dormía, roncaba. Me levanté, me duché y cuando me vestí fui caminando a la oficina de empleo. Llegué a la puerta de la oficina, entré. Hacía mucho que no iba por allí, había muchos desempleados esperando su turno. No sabía a cuál mesa debía dirigirme. Me acerqué a una que rezaba el letrero de INFORMACIÓN. Le pregunté a la funcionaria, me miró fijamente un momento. Tecleó no sé qué y me dio un papel con un número. Me senté en los asientos de la sala de espera. Me fijé que había muchos inmigrantes, árabes, latinos y algún español perdido. Yo era de esos españoles perdidos. Me retrepé en el asiento a esperar. El olor era bastante extraño, mucha gente de la que allí había no usaba desodorante, llegué a esa conclusión cuando una mujer con chilaba y hiyab pasó delante de mí. Aunque también algunos españoles no lo usan, pero en aquella ocasión fue la mujer aquella la que olía fuerte. Miraba la pantalla donde anuncian los turnos por número, el mío se hacía de rogar, salí a la calle a fumar un cigarro. Pensé en Mamen, me estaba haciendo la anchoa, se quedaría conmigo como el que no quiere la cosa. ¿Me voy a suicidar? ¿Tengo los suficientes arrestos para ello? ¡Claro que no! Soy un cobarde, siempre lo he sido. No me importa serlo, gracias a ello estoy sobreviviendo. Si fuera un valiente estaría muerto. Me encontraba mejor, pero yo sabía que era un espejismo, tenía que rumiar alguna otra forma de terminar por fin con mi sufrimiento. Nunca me ha gustado la violencia, y no quería acabar con mi vida de esa forma, es bastante trágico, da mucho juego y morbo, pero no, quería acabar con luminosidad y vistosidad, no como cualquier colgao al uso. Seguiría pensando. Mientras tanto, entré en la oficina de empleo a ver que se cocía.

Volví a sentar mi culo en aquel asiento de hierro tan frío, los que esperaban no tenían cara de felicidad, es un coñazo esperar y más en los sitios burocráticos, es muy aburrido. No menguaba la cantidad de personas que esperaban, seguramente los funcionarios se habrían ido a desayunar. No entiendo el afán de hacer esperar a la gente, parece que les guste ver cómo se nos va poniendo cara de mala hostia, será un estudio sociológico del gobierno. Una hora después llegó mi turno.

El número 0099 era el mío, salté del asiento y con gallardía me dirigí a la mesa en la que un cartel luminoso rezaba mi número. El tío sentado al otro lado de la mesa parecía tener cuarenta y tantos, medio calvo, pelo canoso, muy delgado, el rostro amarillento, parecía un cadáver. A este me lo llevo al huerto, pensé.

—Buenos días —dije sentándome en la silla frente al funcionario muy delgado de nariz aguileña y carácter serio.

—Buenos días, usted dirá —saludó el tipo con rostro agrio. Seguramente no le dio tiempo a desayunar. Tenía cara de estreñido.

—Bueno pues… Estoy en paro, vivo solo y me gustaría saber cuántas opciones tengo de que me den una ayuda, económica, claro —dije con sarcasmo.

El tío me miró muy serio, joder, daba miedo.

—Deme su DNI, por favor.

Se lo di.

—Está caducado —soltó sin ninguna empatía.

Ya lo sé, pensé. Intenté ser educado, me estaba empezando a hartar la indiferencia del tipo.

—¿Le interesaría hacer algún curso para seguir formándose? —preguntó mirándome por encima de las gafas redondas, no le pegaban nada. El hombre no tenía gusto para las gafas.

—Hombre, depende de qué sean los cursos. Busco trabajo, o una ayuda, ya que yo solo no puedo mantenerme —Lo escudriñaba con atención. No me iban a dar nada. Lo adiviné por la expresión facial del funcionario impasible.

—Le pondré en contacto con la orientadora laboral, rellene este formulario para pedir una ayuda. Pida cita con la orientadora en aquella máquina, rellene el formulario y pida cita para venir otro día con la documentación. Le deseo suerte, amigo. Buenos días.

—¿Ya está?

—Sí, vuelva cuando lo tenga todo, no olvide pedir cita con la orientadora.

Lo miré fijamente, no entendía nada, me mandan a casa y tengo que volver a pedir cita para todo. Joder con la burocracia. No me despedí, simplemente me levanté, miré al tipo con cara de hostiarle y me marché. Al pasar por delante de la máquina de cita previa vacilé, pensé pedir cita, pero pasé. Volví a casa.

¿Quieren que me matricule en un curso? Yo quiero una ayuda, es mi decisión. O quizá un trabajo a mi medida. Pero en este país quieren que nos sigamos formando con  mediocridad para seguir siendo un país de tercera. Dame un trabajo y que me forme el empresario, o dame una ayuda para seguir siendo quién soy.

Mamen se había refugiado en la buhardilla, donde años atrás habíamos tenido una pseudo relación, ¿y ahora? La tipa se sentía sola y abandonada y Aníbal tenía que socorrerla, ¿por qué? Porque soy un buen tío, por eso.

Paseaba por la calle quedándome mirando los escaparates y el consumo como forma de vida. ¿De verdad nos hace falta todo ese material? No sé, yo no los necesito, soy demasiado sencillo para tener nada.

Sábado, ocho de abril de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs VIII

Imagen: Fotograma de la película Factótum (2005). Protagonizada por Matt Dillon, Lili Taylor y Marisa Tomei. Dirigida por Bent Hamer. En la imagen Matt Dillon y Lili Taylor.

Creo recordar que he mencionado alguna vez que tuve que comprarme un teléfono móvil para estar localizable por si pasaba algo en el trabajo (las empresas modernas no ponen nada, tú mismo lo tienes que poner todo de tu bolsillo). Creo que estaba haciendo la ronda al anochecer, no hacía frío, era primavera e iba de manga corta. O llevaba puesto un suéter; el tema es que me llamó una vieja amiga de idas y venidas. La vi a ver una semana antes en un bar y le di mi número, no sé por qué lo hice, pero lo hice, y a lo hecho pecho.

—Aníbal, ¿qué haces? —me preguntó al descolgar el móvil.

—Estoy trabajando.

—Ah, pero ¿trabajas? ¿Dónde?

Ya empezamos con las preguntas, las odio.

—Estoy de vigilante en una obra en construcción, ya ves, yo trabajando —dije paseando por la obra.

—Me apetece verte, las chicas no quieren salir y mi amigo se ha ido con otra, creo.

Esto es lo que pasa cuando estás al final de la cadena alimenticia, los que están arriba desechan lo que ya no quieren, lo tiran abajo para que los tipos como yo, los borrachos y pendencieros tomemos las migajas que ellos dejan. Las usan y cuando se cansan de esos coñitos gastados nos los dejan probar porque ya están manoseados y marcados. Y menos mal que hay migajas, sino ya sabéis…

—¿Tienes coche? —pregunté.

—Sí. ¿Dónde estás?

Le di la dirección.

—Trae whisky, ron o lo que sea, solo tengo algo de cerveza.

—Cuenta con ello. Hasta ahora. Chao, Aníbal.

Me despedí y colgué. Mamen siempre me buscaba cuando la dejaban tirada. No era mala chica, un poco loca, pero ¿quién no está loco? Todos lo estamos para aguantar esta vida antinatural. La conocí hará unos dos o tres años en un afterhour, íbamos muy pasados de todo; fui a la barra a pedir bebidas para mi amigo y para mí, Mamen no tenía dinero, así que se «colgó» de nosotros hasta que nos fuimos a casa. Resulta que frecuentábamos los mismos bares y nos hicimos amigos, amantes y ese rollo que hacemos cuando contaminamos el cuerpo. Recuerdo el primer polvo con ella, fue en una buhardilla en la que estuve viviendo durante un tiempo. Flanagan estaba dormido en el sofá, Mamen y yo nos habíamos pimplado una botella de Negrita y habíamos fumado bastante kosto, nos enrollamos en el colchón que tenía en el suelo a modo de cama. Cuando palpé su coño estaba bastante poblado, Mamen era poco curiosa, pero qué coño, quería metérsela y ella parecía querer. Se lo acaricié, le hice dedos y espetó con mala hostia —la vas a meter o qué —así que se la metí. Tenía una vagina estrecha, pequeña y aquello rozaba por todas partes, tenía un polvo espectacular. Con ella tenía que pensar en otras cosas aparte del sexo para no correrme enseguida. Lo mejor no era su coño que lo tenía divino, lo mejor de Mamen era su boca, sus labios en forma de corazón me volvían loco. No era nada del otro mundo, tenía bastante celulitis, caderas anchas y pechos pequeños. Era y es un poco amorfa, pero da igual, me gustaba. Solía llevar el cabello sin lavar, como si se lo hubieran chupado las cabras; la mirada triste, como melancólica, todo lo dicho me atraía hacia ella, me gustaba, creo que ya lo he dicho. Debido a su higiene nunca le comí el conejo, me daba repelús, ella tampoco me la chupó nunca, no me importó. Besaba tan bien que pasaba por alto todos los inconvenientes de su escaso aseo.

A la hora más o menos de la llamada tocó el claxon varias veces. Corrí hasta la puerta de la obra, la abrí, metió el coche, cerré. Nadie la vio entrar, era más de las diez de la noche y no había mucha gente paseando, aún refrescaba por las noches.

—No tenías que pitar tanto tiempo, habrán oído ese pito insidioso hasta en Tombuctú —dije mientras Mamen bajaba del coche.

—¿Dónde? Perdona hombre, no sabía que trabajas de incógnito —dijo en tono jocoso.

—Olvídalo no lo entenderías. ¿Has traído la bebida?

—Sí, y el hielo.

Perfecto, dije agarrando las bolsas de lo que había comprado Mamen. Tenía las llaves de todas las dependencias del colegio, inclusive había luz eléctrica en casi todos los edificios. Entramos en un edificio del centro del recinto y nos colocamos en la sala que iba a ser destinada a la vigilancia por cámaras de seguridad. Había una sola silla, yo me senté en el suelo. Serví dos copazos de Negrita con cola en dos vasos de plástico con hielo grande. Mamen sacó una cajetilla de Chester y me invitó a fumar. Saqué mi móvil y puse música que acerté a descargarme, la primera en sonar fue What I´d say de Ray Charles interpretada al pelo por John Mayall and The Bluesbreakers, a la guitarra por la «bestia» de Clapton, joder como suena esa música cincuenta años después, y sin sombras raras, directo al corazón.

—¿Te gusta este curro? —preguntó Mamen sosteniendo su vaso con la mano derecha apoyada sobre sus piernas cruzadas.

—No está mal. Lo mejor es que no hago nada, no pagan mucho, pero no está mal.

—Ya veo, puedes traer amiguitas y todo. ¿Bailas?

—Sí.

A Mamen le gustaba bailar y contonearse para ponerte a tono. Siempre llevaba falda, tenía unas piernas muy bonitas, aunque a mí me chiflaban sus rodillas tan redondas y esbeltas. Bailamos a una distancia prudencial, al cabo de un par de minutos sonaba otro tema bastante sensual, Sex Machine de James Brown. Se fue acercando a mí, nos abrazamos suavemente, colocó la rodilla entre mis piernas, las abrí para darle mejor acceso. El contoneo fue desacelerando, nos arrimamos más y ¡voilá! Nos besamos, la tomé del culo y la levanté en el aire depositándola encima de la mesa de la sala de vídeo vigilancia. El morreo fue creciendo y la excitación también, le eché mano entre las piernas y palpé el coño, estaba un poco húmedo. Me aparté de ella, la miré y sonreí pícaro, me fui agachando y paré justo delante donde las columnas se separan en dos ramas mitológicas a las puertas del árbol de la vida. La miré desde abajo a los ojos, me zambullí en la vulva de Mamen, estaba bastante rico al gusto, era como comer pescado frito, y me gusta el pescado frito. Estuve un rato dándole lengua y dedos, concretamente tres, creo que se corrió. Me puse de pie.

—Eres tan complaciente… Aníbal —susurró con las piernas abiertas mirándome delante de ella con la picha en la mano.

Sin apartar la vista de Mamen me acerqué poniéndome entre sus piernas, la tomé de los muslos con firmeza y la penetré de una vez. Cuando acabamos seguimos bebiendo, nos sentamos en el suelo.

—Hace mucho que no me follaban así —dijo preparando las copas.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —le dije.

—¿Estás con alguien? —preguntó.

Las alarmas de mi defensa personal saltaron, no tenía ganas de vivir con nadie y menos con la hedionda de Mamen. Para un rato estaba bien, no solo ella me cargaba, últimamente aguantaba muy poco a la gente. ¿Me estaría volviendo un misántropo?

—No, estoy solo.

—¿Me puedo quedar en tu casa un tiempo? Mi novio me ha echado, el muy hijo de puta ha metido a una niñata de veinte años y me ha puesto de patitas en la calle.

—Lo siento pero no puedes quedarte conmigo. Vivo en la habitación de una pensión, los dos no cabemos, no estaríamos cómodos —alegué encendiendo un cigarrillo.

—No te preocupes, me buscaré la vida como siempre.

—Será lo mejor.

A partir de la negativa a vivir conmigo no me dejó ni siquiera meterle mano. Cuando nos pimplamos la botella de Negrita me sentía muy borracho, demasiado borracho.

—¿Sabes lo que eres? —le pregunté sentado en el suelo.

—No, ¿qué soy?

—Una zorra, eso es lo que eres.

—Pero qué dices. Estás borracho.

—Sí, estoy borracho pero tú eres una puta. Vienes aquí porque no tienes adónde ir. Me buscas para beber, te follo como hace tiempo que nadie lo hace del género que sea y como me niego a que vivas conmigo ya no quieres nada de mí. Si cobraras lo entendería; te comportas como una puta. Me das asco —Me abofeteó.

La miré sin maldad y desde mi posición en el suelo le di una patada levantando el culo para tomar impulso. La patada fue a su costado.

—¡Largo de aquí! ¡Vete so puta! —exclamé ya de pie.

—¡Eres un hijo de puta! Me voy —dijo agarrando su bolso y las bragas.

Salió pitando, a paso ligero fui tras ella para abrir la puerta del recinto, aceleró y si no me hubiese apartado habría pasado por encima de mí con el coche. Cerré la puerta y me fui otra vez dentro. No quedaba ron pero se olvidó llevarse la cerveza. Me senté en el suelo pensando hacer la ronda, pasé de ello. Tomé la libreta y el bolígrafo. Me dispuse a escribir.

«Vivimos en la sociedad de la apariencia. Creí que las Redes Sociales traerían libertad, pero han traído más de lo mismo, apariencia y mediocridad. No necesito más de lo mismo, necesito sinceridad, necesito gente como yo; no la gente plástica y mentirosa que van de escritores, artistas y grandes lectores; si son esto último son críticos de  calibre de baja estofa.

Soy un suicida, un suicida del amor, del trabajo, del sexo, pero sobre todo del amor. Con el suicidio físico se mata el cuerpo, acabas de un plumazo con todo pero con el suicidio espiritual se acaba con la verdadera vida, una muerte en vida; y para colmo tienes que vivir con el cuerpo, una tortura».

Durante los días posteriores pensaba en el suicidio como solución, ¿por qué no? Vivía en un barco de cristal aislado del mundo, hastiado de Ser, sí, de ser un perdedor, —yo no he nacido para perder, joder —pensaba tumbado en la cama sin hacer nada. Solo pensaba y el contramaestre decía: —Señor Haze, único pasajero del Barco de Cristal suba a cubierta.

Estaba enloqueciendo por momentos, no me apetecía salir a la calle, no recordaba la última vez que me había duchado. Me había convertido en un mendigo, mendigaba un amor inexistente, nadie me quería, sentía lo que siente un perro cuando es abandonado, y yo me había abandonado también. Escribir me parecía el trabajo más duro del mundo y el peor pagado. Me jubilé del oficio durante un tiempo. Me dedicaba a trabajar de vigilante y a yacer en la cama mirando al techo, pensando cuál era la forma más digna de suicidarme. Ya había matado mi espíritu mediante el suicidio, mi alma se fue de vacaciones, así que me quedaba asesinar el cuerpo, la corteza que envuelve el Ser, el Ser que detesto, odio ser algo, no quiero ser persona, no quiero ser un obrero, no quiero ser nada, ni siquiera un muerto cuando me suicide. Algo le debo a esa depresión porque al final fue eso, la maldita depresión de un perdedor, un borracho que intentaba ser escritor, pero aún no lo sabía, no había llegado a esa conclusión. La palabra suicidio nunca me sedujo, solamente me atrajo esas semanas de hastío de mí mismo y de mi propia e insignificante existencia. Pero, encontré la motivación para salir de la cama, la palabra suicidio fue la culpable. Había intentado matarme por todos los medios no dolorosos, me emborrachaba todos los días, esnifaba coca, conducía a todo lo que daba mi desvencijado coche, pero no hubo manera, seguía vivo. Planeé otra manera más brutal y violenta, pero soy un cobarde, no me atrevía a dañar mi cuerpo, me acobardaba el dolor. Simplemente no tenía huevos, así que me duché y me preparé para salir a la «jungla», en la que tan integrado me había sentido, aunque eso formaba parte del pasado. Ahora, parecía más un tipo con agorafobia que un tirao de la calle, un borracho, un escritor de tercera clase hundido por su propia naturaleza en una habitación de 20 metros cuadrados.

Pensé que en la Biblioteca Regional habría libros sobre suicidios y suicidas. No quería hacerlo de cualquier forma, quería instruirme en el arte del auto asesinato, ¿por qué no? Mi cuerpo se merecía algo más que una simple y llana muerte. Iba a morir por todo lo alto, con mucho ruido, hasta con fuegos artificiales y todo.

Llegué a los aledaños de la biblioteca y estacioné el coche sobre la acera, lo compré con el primer sueldo de vigilante, lo cerré. Entré en el Templo de los libros y en uno de los ordenadores me dispuse a buscar, tecleé la palabra suicidio; ninguna de las obras de la primera página del buscador me decía nada, era todo ensayos y biografías sobre artistas suicidas. Seguí pinchando en las demás páginas. —¿Es qué no hay un libro decente que pueda enseñarme algo? —Me pregunté. Me acordé de Sylvia Plath, nunca la había leído, pero todo el mundo sabe que fue una escritora suicida. La busqué y aparecieron algunos títulos de su obra. Recordé que Flanagan me hablaba de vez en cuando de ella, La campana de cristal estaba disponible, una novela que mi amigo estrafalario insistía que leyera. En nuestras largas charlas solía hablar de Plath sobre todo al principio, cuando nos conocimos. Le hice caso y lo tomé prestado. En la misma biblioteca me senté en una silla, me retrepé y comencé a leer:

«Era un verano extraño, sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg y yo no sabía qué estaba haciendo en Nueva York»*. La primera línea de la novela me sedujo por su sencillez y la protagonista no sabía qué hacía en Nueva York. Seguí leyendo. (* Primer fragmento de la novela de Sylvia Plath, La campana de cristal (1963).

La tarde pasaba y las trescientas y pico páginas de la única novela de Sylvia Plath me tenía absorbido en la silla, no podía parar de leer, ni siquiera me apetecía fumar.

Acababa de empezar el capítulo doce y este dialogo me dio que pensar: «—Hay montones de gente ciega en el mundo. Te casarás con un amable ciego algún día».

Sí, la gente está ciega, cierto, pero me voy a suicidar, es la única forma de que esta inmersión en el subconsciente acabe. Antes de volverme loco debo terminar con este sufrimiento perpetuo enmascarado con alcohol, drogas y mujeres. Desde que tengo uso de razón, o más bien cuando me di cuenta de que «mi pequeño amigo» se ponía duro las mujeres y yo hemos tenido una guerra personal que ni entendía ni entiendo. A nadie culpo de ser como soy; existe una gran diferencia entre los suicidas normales y corrientes y yo: Ellos lo hacen culpando de su propia responsabilidad a otros y yo sé quién soy, y cómo soy: un tipo que eligió un camino a sabiendas de que no saldría bien. Demasiado tiempo he durado en las calles, en los bares, he ganado y perdido peleas. He tenido novias, casi todas no me han respetado, yo no he respetado algunas, incluso las he abofeteado en alguna ocasión (no a todas). No estoy desesperado, eso se lo dejo a los hipócritas y a los cobardes, nunca he eludido mi responsabilidad para conmigo mismo; me siento cansado, viejo, hastiado de ser y de existir, quiero quitarme del medio. ¿Qué más puedo hacer? ¿Seguir enganchado al alcohol y dejando que Satanás acabe conmigo de cualquier manera indigna? Me niego, Aníbal Haze es mucho más que un vagabundo y borracho al uso. Es un puto genio, pero la gente no lo sabe. En estos tiempos de las primeras décadas del veinte y uno los genios no interesan. Todo el mundo puede ser un genio con un ordenador o un dispositivo móvil y conexión a Internet, cualquier imbécil con paciencia puede ser un maldito genio. Vivimos la época de los mediocres, los de medio pelo son los genios hoy en día. Hay más mediocres que personas notables en el mundo por metro cuadrado; ¿entonces yo qué hago aquí? Nada, no hago nada, solo matarme poco a poco y sufrir. Odio el dolor, huyo de él pero no paro de sufrir.

Pensando un poco mientras escribo esto puede que sea una carta de despedida, pero no tengo a quién decirle adiós, así que puede que sea más una terapia que otra cosa. Bueno, pienso que esos personajes pequeños que agitan las manitas para ser vistos y escuchados son demasiados, hacen piña en contra del notable, empujan con el codo al bueno y ellos se apoyan unos a otros. Alguien dijo una vez que los mediocres llegarían al poder, ahí los tienes mandando en todos los gobiernos del mundo. Los notables hemos caído en la trampa de la comodidad, hemos huido del exceso para acomodarnos en una casa, la familia, un trabajo, dos coches, responsabilidades… La vida normal, la vida del esclavo mata la genialidad. En favor de la estabilidad las genialidades han caído en manos equivocadas y malvadas. Yo soy de los pocos que ha conseguido ver con claridad mi calidad de genio y he trabajado en consecuencia, bebiendo, follando, escribiendo, viviendo, sí, viviendo joder. Los verdaderos genios han sido los grandes locos e hideputas que han puesto al revés el mundo dándole belleza a los actos más normales de la vida. Y yo soy uno de esos, pero la morralla y la mierda no dejan que se me vea. No soy de hacer ruido, no es lo mío. Parece que busco reconocimiento, ¿verdad? No hablo solo por mí, hablo de esos tipos que no medran por culpa del mediocre. Estos personajes calzan mejor que cualquier notable y su inmenso pie te aplasta. Incluso he leído casos de plagio, robo, insultos y enardecimiento de la violencia para quitar a notables del medio. A mí nadie me va a quitar de la circulación, ya me quito yo solo. ¿Para qué sufrir más en esta vida tan insana y mortífera? Una vida llena de muerte, podredumbre, miseria.

Creí que las mujeres me salvarían follándolas sin cuartel, pero no ha sido así. Ha sido todo lo contrario, ellas me han chupado la sangre y la savia espiritual. Me han dejado seco; ni escribir ni leer ni beber me ha llenado. Cuando era joven me llenaba leyendo a Miller, Bukowski, y escribiendo durante horas. Me bebía una botella de whisky o unas cuantas botellas de vino barato y coño, escribía genialidades, era mejor que el mejor polvo, o la mejor paja. Así que he decidido suicidarme, me ha costado mucho matar el espíritu, he asesinado la lucha por la existencia del espacio, solo ocupo espacio, no pienso aportar nada a este mundo, ni bueno ni malo. Mi hora ha llegado, la marcha del guerrero hacia otro lugar, no sé si será mejor o peor, pero es desconocido para mí. Y un lugar nuevo siempre agrada. Empezar de nuevo es reconfortante, los descubrimientos, las personas desconocidas, todo un mundo de nuevas sensaciones será menos doloroso que lo que ya conozco.

Martes, catorce de marzo de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.