En brazos de… V

Andaba más perdido que encontrado, deambulaba mental y físicamente por las calles de mi mente y de la ciudad. Aquella noche caminaba por una calle oscura, fea, mugrienta y solitaria. Levanté la cabeza, miré al frente, había coches aparcados en la calzada y un letrero de un bar a unos metros.

Pensé en las semanas que había estado vagabundeando con la cabeza gacha, la vergüenza que sentía por mí mismo, algo insólito. He sido un cara dura, un vagabundo y escritor borracho. ¿Y ahora qué? Ahora ¡MIERDA! Me siento jodidamente mal, he perdido, ya no veré cómo gané la guerra*. La gran mierda que me rodea me ha comido y camino con la testa agachada cual avestruz. Aunque dentro de mi infierno personal encuentro siempre un aliciente para vivir unas horas más. Y mientras, Aníbal Haze vivirá intentando ser un escritor, borracho, sí, pero escritor.

*(El autor hace un juego de palabras con el título de la película de Richard Lester Cómo gané la guerra de 1967).

Paré la caminata en seco. Hacía bastante calor, registré mis bolsillos y encontré un desgastado billete de diez euros en los vaqueros. No acertaba a recordar cuánto tiempo llevaba allí. Me estaba volviendo un cerdo, pero estaba bien para mí. Miré al frente por segunda vez y aquel luminoso rojo decía: La gatita. «Veamos que se cuece en La gatita». Al entrar en el bareto, una canción que siempre me ha gustado estaba sonando. Dumb de Nirvana lucía mis oídos en una escasa y breve felicidad. Me entraron ganas de beber. Pedí una cerveza. La gatita era un antro normal y corriente, sí, de esos que la música es lo de menos y el tipo de detrás de la barra parece hasta un poco grunge; aunque descafeinado.

El corte siguiente: ¡El hombre que vendió el mundo! En la voz de Kurt y en la composición del recientemente muerto y enterrado David Bowie, fue y es una canción maravillosa en ambas voces. «Creo que fue su tercer álbum» pensé mientras daba el primer trago a la cerveza previo pago de la consumición, claro está.

Encendí el último Benson, realmente estaba en bancarrota, y no hacía nada para remediarlo. Estaba en el filo de la navaja al igual que Cobain, pero él tuvo huevos para suicidarse, yo aún no. Lo admiro por eso. Llevo tanto tiempo queriendo hacerlo que he llegado a pensar que mi manera de suicidarme es escribiendo. Creo que es mi forma de despedirme poco a poco. ¿La verdad? No lo sé, ahora mismo solo quiero beber. He nacido para beber y no hacer nada, beber, beber y escribir inmundicias sobre este mundo putrefacto y falto de sentido. Otras veces he pensado en marcharme a la selva, la amazónica, por ejemplo, pero enseguida se me pasa.

No tengo miedo a volar, tengo pavor al cambio, al igual que todo español medio. Simplemente son pensamientos de esta salida de la treintena, indecente y mala influencia para cualquiera.

Mis ojos vieron entrar a una gachí  que no estaba nada mal. No parecía de aquel lugar, debía ser de mi edad año arriba, año abajo. Se sentó en un taburete en el otro extremo de la barra .Pidió una pinta de cerveza. La miré un momento, la observaba, siempre me ha gustado observar a la gente. Me pilló mirándola, llamó al camarero y éste me dijo que fuera a sentarme con la chica. Allí fui sin saber que posiblemente me podía cambiar la vida. Lo digo porque conocer a alguien te puede mejorar o terminar de joder la vida y más en un lugar como aquel.

Me senté a su lado mirando al frente.

─¿Por qué me mirabas? ─preguntó la chica rubia con mechas.

─Te observaba porque no pareces de este lugar ─respondí sin mirarla.

─¿Por qué no te parezco de este sitio? Cualquiera puede ser de donde quiera.

─Si tú lo dices, a mí particularmente me da igual. Es mi forma de decirte que eres la mujer más atractiva que he visto en mucho tiempo ─expuse mirándola de soslayo.

Sacó un cigarrillo Malboro, miré el pitillo fijamente…

─¿Quieres uno?

─Sí.

Me dio uno y lo prendí. Al dar la primera calada me sentí desdichado. Más triste de lo normal. En tiempos pasados mataba la tristeza hincándome en un coño. Me refugiaba allí. Últimamente no me satisface. No digo que todos los coños sean iguales, me refiero a que todas las mujeres son portadoras de un coño. Conoces uno, conoces a fondo a una mujer y luego te parecen todos iguales. Después de haberme zambullido en cientos de ellos ya no les encuentro aliciente, por no decir que todas las mujeres con las que he vivido (que han sido unas cuantas) han abusado de mí. Me han sacado el dinero porque soy un buen tipo. La verdad es que soy tan confiado que soy gilipollas perdido, pero algo hay que ser en esta vida ¿verdad papá?

─Oye, ¿estás bien? ─me preguntó la chica sin nombre.

─Sí, estaba distraído.

El cigarro se consumió entre mis dedos, me quemé y lo tiré al suelo.

─¿Distraído? Estabas en otro mundo, melón.

─Bueno, tienes razón. Estaba embutido en mis pensamientos, no estoy pasando por lo mejor de mi vida.

─Querido, yo tampoco estoy en mi mejor momento. ¿Cómo te llamas, melón? ─dijo mirándome a los ojos.

─Melón está bien.

─Ja, ja, ja, como quieras, melón.

Pedí otras dos consumiciones y las pagué.

─Bueno, se ha acabado el dinero ─comenté bebiéndome el tercio de cerveza de un trago.

Me miró y sonreía levemente, encendió otro cigarrillo, recogió la cajetilla y la metió en el bolso.

─Ven conmigo, melón.

Sin dudarlo la seguí, no tenía nada mejor que hacer. Salimos fuera del bareto.

─Sígueme ─lo hice pero andaba más rápido que yo en aquellos vaqueros blancos. Tenía un buen culo, era bonito verla caminar con los pantalones de cintura alta.

Me llevó a un chino justo en la acera de enfrente de La gatita.

─Hola, Chen ─saludó al chino-dependiente.

El tipo no saludó, levantó la vista del ordenador para ver quién era. Se me quedó mirando y siguió a lo suyo.

Conocía como se llamaba el tío, para conocerlo debía ir con mucha frecuencia. Me quedé esperando en el mostrador y ella agarró unos litros de cerveza de la más cara y unas bolsas de patatas fritas. Chen dejó de ver en el ordenador la típica película de artes marciales. La miró esperando a que pidiera la cuenta, o pidiera más cosas.

─Ponme también un cartón de Malboro, una botella de White Label y un saco de cubitos. Apúntalo en la cuenta de Antonio. Ayúdame con las bolsas, melón ─me pidió amablemente.

─Irene, debo llamarlo, espera.

Chen tomó el móvil y llamó al tal Antonio. Irene me miraba de arriba abajo y yo simplemente pasaba de ella, del chino y del tío al que llamaba.

─Antonio dice que vale y pregunta si vas a ir a su casa esta semana.

─Dile que iré mañana ─puso cara de asco al decirlo.

─Dice que va mañana. Está bien. Adiós, Antonio ─dijo Chen con agrado.

─Adiós, Chen.

Nos largamos de allí cargados como mulas.

─¿Dónde vamos con todo esto? ─pregunté.

─A mí casa, melón.

─¿Andando? ─pregunté cansado nada más empezar.

─No, en mi coche. ¿Ves como eres un melón?

Llegamos a su coche en la calle perpendicular a la tienda del chino. Dejó las bolsas en el suelo, rebuscó en su bolso, tomó las llaves del coche y lo abrió. Su coche estaba peor del que tuve hace unos años. Estaba realmente desvencijado y destrozado con todo tipo de abolladuras. Era un Nissan Almera sin portón.

En unos minutos llegamos a la casa de mi acompañante. Aparcó en la calle, no muy bien que digamos. Bajamos las bolsas, vivía en un apartamento de esos que parecen nichos. El edificio de apartamentos era enorme. Las viviendas parecían distribuidas como en una colmena. El ascensor no funcionaba, eso me sonaba. Subimos cinco pisos andando, al llegar a la quinta planta estaba cansado, sudoroso y sediento. Al entrar dejé las bolsas encima de una mesita de formica y me senté en el sofá. Me retrepé quitándome el sudor de la frente con la manga de la camiseta de color negro. Irene se quitó los zapatos en el dormitorio y se sentó a mi lado.

—¿Vas a servir las bebidas?

Estaba demasiado cansado para contradecirla. Por su mirada supe que no lo íbamos a hacer. Abrí un litro de cerveza, fui a la pequeña cocina y cogí cuatro vasos; dos para la cerveza y dos para dos culines de White Label. Aquella escena parecía un viejo blues de carretera, polvorienta y solitaria. Un cuatro por cuatro lento y siniestro como las canciones de Howlin´ Wolf.

—Y tú ¿a qué te dedicas, melón? —preguntó sin mirarme. Solo miraba el vaso con el whisky en el interior, lo admiraba.

—Pues… últimamente no me dedico a nada. He tomado la decisión de solo estar. Solo ocupo sitio, no hago nada, bueno, ahora sí. Te he conocido, hemos bebido y seguimos bebiendo aquí, en tu casa. ¿Y tú?

Abrí el cartón de tabaco, rompí el precinto de una cajetilla y encendí dos cigarrillos con el mechero de Irene.

—Solo bebo, esa es mi profesión, beber y beber.

—Beber está bien, es un trabajo a tiempo completo —Hubo un silencio—. Y el tipo ¿Cómo se llama? ¿Antonio? —dije sirviendo más bebida de las Tierras Altas en ambos vasos.

—Digamos que es mi benefactor, me mantiene. Es un viejo loco, pianista de conciertos retirado. Tiene mucho dinero y lo gasta con mujeres como yo.

Me recosté aún más en el sofá.

—Me voy a la cama —dijo Irene.

Sin más se levantó del sofá y se largó. Me quedé allí sentado. Busqué en una cómoda pequeñísima papel y boli, lo encontré en uno de los cajones y volví al sofá; pensé un momento y comencé a escribir.

«La vida, la muerte, todo en uno. 5 a 1 a que le gano la partida a la muerte, o a la vida, quién sabe. Hace un tiempo quería suicidarme, sin darme cuenta deseché la idea. El hastío, la vieja tristeza aparece cuando más tranquilo estoy. No me va a dejar en paz, no me va a dejar vivir. Ojalá fuera melancolía, se mata bebiendo, o follando. Pero la tristeza, mi vieja amiga, mi antigua amante desde la adolescencia no quiere abandonarme y este curtido y malogrado cuerpo pocos embates puede soportar ya».

Miré el vaso vacío en la mesita de formica, cerré los ojos y clavé la frente en la mesa encima del papel recién escrito. Me dormí.

Para leer En brazos de IV pincha aquí No es una continuación pero lo mismo te ahorro buscar el anterior.

Miércoles, diecinueve de julio de dos mil diecisite.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs XI

Dos almas rojo sangre

Imagen: Lauren Bacall le da fuego a Humphrey Bogart.

«Los polvos, el alcohol, las drogas, cualquier cosa que funcione para escapar o adornar la vida de algo humano para no perder el equilibro. A veces estar todo el día colocado y borracho es bueno para el alma, ayuda a que no se pudra. Encima de todo esto me he dedicado a escribir, ¿para qué? Quizá quería ser un gran escritor, al final soy un paria más. Un perdedor, un fracasado. Soy una piedra en el camino de cualquiera, a la que pisotear y dar una patada cuando se pone en medio. Hace tiempo publiqué dos libros de relatos eróticos. En un pis pás mataron mi ilusión, la ignorancia y la falta de respeto entraron de golpe y yo soy un tipo demasiado sensible para aguantar los embates violentos de la mediocridad de este país. Por ello decidí dejar de publicar, no lo voy a hacer más. Aunque haya gente empeñada en que lo haga. Nunca he querido ser nada, ni nadie siquiera, solo ser yo y seguir mi camino, lo demás es paja. ¿Publicar? Siempre he pensado que los artistas son exhibicionistas porque se muestran, yo no lo seré más, no puedo luchar eternamente contra la mediocridad y la ignorancia. Prefiero tener el culo pegado a esta cama y dejarme morir, o simplemente yacer al margen de lo que se cuece fuera, no me interesa. No me interesas, ignorante, me importa un bledo si vives o mueres, igual que yo te importo una mierda. He conocido a tanta gente miserable que me da asco, también borrachos ilustres como Juan o Charlie «Parker». Soy sincero y claro conmigo mismo y con la gente, no me escondo tras una máscara, salgo a pecho descubierto, nada me acojona, no tengo miedo, sé quién soy, un gilipollas, un fracasado ¿y qué? Soy yo, Aníbal Haze, un paria, no me arrepiento de nada porque soy responsable de mí mismo».

No tengo ni pajolera idea del tiempo que pasé encerrado en la buhardilla, no sé si he contado que regresé a la buhardilla por 20€ a la semana. Manolo, el propietario no me echaría si no pagaba o tardaba en hacerlo, era buen tipo. Y como yo era silencioso y no armaba bronca le daba igual tenerme allí gratis o pagando cuando pudiera. Mucho de lo que he escrito en este viejo ordenador se ha evaporado por un virus o algo que cogió este cabrón. Pero como creatividad no me falta escribo de nuevo. No soy un mediocre cagao de miedo porque no tiene inspiración ni creatividad. Y esos son los buenos, ¿cómo serán los malos? Jajajá.

Tenía las articulaciones entumecidas, estaba al borde del colapso, tenía que salir de la buhardilla, aún tenía que perpetrar mi suicidio, já. Me duché, me puse lo primero que alcancé y salí a la calle. Tenía hambre, pero no tenía un chavo, mala cosa. Las tripas me rugían, no había comido en unos siete días, las hijas de puta aullaban desesperadas. —Debéis esperar —me dije.

Paseaba por una calle llena de bares y confiterías, me paraba delante del escaparate viendo esos milhojas, los pasteles de carne, joder, la boca segregaba más saliva de la que podía retener en la boca. Agachaba la cabeza y seguía caminando como un zombi en busca de algo, comida, montones de comida, carne, pescado, verdura, cualquier cosa que callara mis jodidas entrañas. Quizá debiera buscar un trabajo, puede que sí porque el INEM no me daba ni para pipas peladas. Quería morirme, y no trabajar para darle lo suyo al Gran Hermano. Paseando con el sol en la testa, cabeza gacha, el hambre me estaba matando, pensaba entrar en una tienda y robar una manzana o algo que me alimentara. A todo esto levanté la cabeza y una morenaza de treinta y tantos estaba encuadrada en mi campo de visión frontal, conforme venía hacia mí creí conocerla, me era familiar. Al llegar a mi altura…

─¡Aníbal! ¿Eres tú? ─preguntó la morenaza de piel blanquecina.

─Sí, soy yo ─dije pensativo.

─Soy Helena, la mujer de Michel.

Me miraba con ojos radiantes, negros, enigmáticos. Llevaba el cabello suelto, ligeramente rizado, una falda de tubo negra, camisa blanca con escote, estaba preciosa.

─Helena, joder, perdona, no te he reconocido. Estoy muy despistado últimamente ─que coño, el hambre no me dejaba pensar.

─No importa, ¿cómo estás? ─preguntó mirándome a los ojos.

─Estoy fatal, llevo una semana sin comer, ¿me puedes prestar algo? ─pregunté humildemente dando lástima tomándola del brazo amigablemente.

─Joder, Aníbal, ¿no vas a cambiar nunca? Ven, vamos a ese bar, yo invito, y así hablamos.

Lo que más me gustaba de Helena era su carácter humilde, no trataba a la gente como inferiores, al contrario, yo le gustaba. Entramos en el bar, un buen bar de tapas me pareció. Miré la vitrina y la magra con tomate llevaba mi nombre, nos sentamos a pie de barra. Pedí una cerveza, un bocata de magra con tomate y olivas partidas. Helena pidió un vermut y unas patatas fritas con limón, pimienta y aceitunas rellenas.

─¿Cuánto hace que no nos vemos? ─ preguntó Helena.

─¿Un año? Ni idea la verdad.

─Más o menos un año, sí. Te he echado de menos, eres un hombre admirable, escribes con el corazón, las entrañas gritan cuando creas, eres muy hombre, Aníbal.

─Si tú lo dices. Soy esto que ves, un despojo, un paria. Tienes una familia, tienes dos hijas que te quieren, tienes un marido, un poco gilipollas pero te ama. Tienes suerte.

─Todo eso que dices desaparecía cuando estaba contigo. Tú, Aníbal Haze me has hecho sentir más mujer y más hembra que Michel en todo el tiempo que estamos juntos.

─No sé qué decir. Puede que deseemos lo que no tenemos, Helena. No te tengo y te deseo, no me tienes y me deseas. Tienes lo que yo no tengo, y deseo tu casa y tu comida, el marido y las hijas no, jajajá.

Hincaba el diente al bocata, estaba riquísimo, aunque hubiera sido un bocata con saltamontes me lo habría comido igual, llevaba demasiado tiempo sin comer.

Helena y yo tuvimos una pequeña relación pseudo amorosa un año atrás; se escapaba de casa para verme en la habitación que tenía alquilada. Bebíamos, follábamos toda la tarde y se marchaba. Me miraba cuando escribía, le leía lo que creaba y otra vez le dábamos al asunto. Fue una temporada verdaderamente bonita a su lado; sabíamos que no podía durar. Ella no dejaría nunca su vida por mí y yo tampoco abandonaría la mía por ella. De lo que más me satisfizo de estar con Helena fue ponerle los cuernos al estirado de Michel.

Acabamos la comida, yo mi bocata y ella sus patatas con olivas. Nos miramos y pidió dos cafés. Una vez servidos, cortado para ella y solo para mí, se levantó del taburete y me indicó ir a la terraza para poder fumar. Hacía un día soleado pero no caluroso.

─¿Te has enterado que Michel ha publicado un nuevo libro? ─ comentó Helena con el sol dándole en el pelo color negro.

─No lo sabía. Michel es muy valiente auto publicando sus libros ─dije importándome un pimiento si el imbécil de su marido publicaba nuevo libro o no.

─Es valiente, en eso lo admiro, pero…

Se quedó muda un instante, sacó dos pitillos mentolados, me ofreció uno. Los encendí con mi mechero.

─¿Pero? ─pregunté.

─¿Qué?

─Antes de ofrecerme el cigarro has dicho pero y te has quedado callada.

─¡Ah, sí! Perdona, me he quedado en blanco. Bueno, está muy bien que Michel escriba y publique, aunque me cansa, esa es la verdad. Estoy harta de ser la mujer de. Se cree alguien importante y solo es un payaso. Me es insoportable últimamente.

Su rostro encolerizaba tímidamente, aunque Helena sabía cómo sujetar sus impulsos. Se le notaba que su marido la tenía bastante harta.

─¿Tú qué quieres? ─le dije mirándola a los ojos, oscuros, imposibles de alcanzar, bellos.

─No lo sé. Ahora mismo quiero estar contigo, creo que me enamoré de ti.

Miró hacia otro lado, concretamente hacia la acera donde la gente iba y venía con premura.

─Estamos juntos ahora, ya estuvimos juntos una vez y acabó como tenía que acabar. No soy hombre para una mujer como tú ─dije apurando mi café.

─Acabas de decir lo mismo que Michel, no me seas cutre, por favor.

─No, no, no he acabado de hablar. Quiero decir que eres una mujer con apetitos muy diferentes a los míos. Necesitas cosas materiales y yo no. Por lo demás eres perfecta; por esto mismo no podemos proponernos nada más allá que una buena amistad y buena cama.

─Lo sé. Y eso te hace maravilloso y único para mí, querido mío. ¿Dónde vives ahora?

Formuló la pregunta mirándome a los ojos, me intimidó. «Cada vez que me miraba con aquellos ojos negros me temblaba todo el cuerpo, creo que mi cuerpo era un pene cuando ponía sus pupilas en él». En ese momento recordé este párrafo que escribí tiempo atrás sobre la primera noche que estuvimos juntos Helena y yo.

─Estoy viviendo en una buhardilla, pago poco, y no está tan mal.

─Estoy pensando que esta tarde podría pasarme a visitarte, ¿te parece?

─Me parece bien. Trae algo de bebida.

─Descuida. Ahora debo irme, dame la dirección sino no sabré ir a la buhardilla.

─Claro, ja, ja, ja. En la Plaza de Santo Domingo, justo encima de la Sirvent, cuarto piso, y luego tendrás que subir la escalera andando un piso más.

─Vale, me marcho.

Antes de levantarse me dio dos besos en las mejillas. Nos miramos a los ojos un instante.

─Hasta luego, Aníbal.

─Hasta luego.

La vi marchar con aquella falda de tubo de color negro, tenía unas piernas preciosas, rosadas, torneadas.

Me largué caminando a la buhardilla, pero pasé por la plaza donde la Galería de Arte; no sé por qué fui hasta allí, pero allí estaba bajo un sol acuciante mirando el escaparate. No había cartel de ninguna exposición de Clara Mendoza, la de Las Sabinas estuvo bien. Agaché la cabeza y me dirigí hacia la buhardilla bajo el sol primaveral de junio.

Continuará…

Para leer Henry y Anaïs X pincha aquí

Miércoles, veinte y ocho de junio de dos mil diecisiete

Región de Murcia

Pedro Molina

Henry y Anaïs X

Dos almas rojo sangre

«¿De verdad hay que ser alguien? ¿Y si no quiero ser nada? Te empujan desde la niñez a ser alguien, un obrero, funcionario, lo que sea para integrarte en la sociedad. Nunca he querido ser nada, y si dicen que vivimos en un país libre ¿por qué tenemos que ser algo? Cuando era niño los mayores nos preguntaban qué queríamos ser de mayores; algunos respondían futbolistas, otros querían ser lo mismo que sus padres, otros maestros, médicos y un sinfín de profesiones. Cuando me preguntaban me quedaba en blanco. Era un niño, no pensaba que profesión quería tener de mayor. Quería jugar, saltar, quería ser niño. A los trece años tuve una revelación, descubrí que quería ser escritor; los escritores leen mucho, pensé. Yo leía poco pero no me costaba mucho escribir una redacción para el colegio, o una historia corta.

Escribir me ha jodido la vida, el arte te jode la vida, te convierte en un ser demasiado listo, te das cuenta de donde te mueves, la ignorancia y la podredumbre que te rodea. Ves a todo el mundo como un amasijo de tontos e ineptos y tú demasiado listo para un mundo mediocre, el arte te jode la vida, nunca he querido ser demasiado listo, pero es lo que hay. Una jodienda, la verdad. Escribir te inquieta e induce a buscar lecturas que te hagan crecer como autor, y ahí reside la verdadera jodienda del asunto, creces y creces a una velocidad que los demás no lo hacen y te das cuenta de cuáles autores son verdaderos y cuáles son falsos. Te encierras en la burbuja de los clásicos porque son los únicos que dicen verdades, unos más directos, otros más espesos pero todos dicen la verdad a través de la ficción o contando realidades biográficas o semi biográficas, pero la cuestión es contar historias con verdad y sentimiento. Eso soy, un escritor en peligro de extinción, un ejemplar a punto de extinguirse porque no encajamos en un mundo falso y falto de sentimiento».

Uno busca ayuda en la administración porque se encuentra desvalido y piensa que la Serpiente puede tener algo preparado para uno, y lo único que tienen son cursos  que no sirven para nada. Ni una mísera ayuda, pero si yo fuera un inmigrante, osea, un moro, sí tendrían cheques para ayudarme a integrarme, pero como soy español nativo me dan una patada en los riñones, así es este Sistema corrupto y podrido. Caminé un rato calentándome la cabeza bajo los rayos del sol; llegué al Bar de Miguel, cabizbajo, triste, amargado, estaba fatal, regresó a mí la idea del suicidio. Ya vería la manera de hacerlo, no sabía cómo pero estaba dispuesto a hacerlo. Al entrar en el bar no sabía cuánto dinero llevaba encima. Si no tenía le pediría fiado a Miguel, siempre me ayudaba cuando estaba realmente mal. Registré mis bolsillos, ni un mísero euro, ni calderilla, nada, estaba en bacarrota, otra vez.

—Miguel, ponme un quinto. Oye, no tengo dinero, ¿me fías?

—Aníbal, Aníbal, no puedo fiarle a todo el mundo. Tú siempre pagas, pero el negocio no va tan bien como yo quisiera, no puedo tío, lo siento.

—Entiendo, entonces me voy. Adiós —Cuando estaba dispuesto a marcharme con el gaznate reseco alguien dijo mi nombre a mi espalda.

Me giré…

—Aníbal, ¿dónde vas hombre? —preguntó un hombrecillo escuálido y viejo.

—Hola, me marcho. No tengo dinero y si Miguel no me fía me largo.

—Quédate hombre, yo invito. Ven a mi mesa.

El tipo en cuestión era Charlie “Parker”, un saxofonista de jazz de Barcelona que no sé por qué acabó en Murcia tocando en la calle, pidiendo limosna, pero esa vez tenía dinero. Seguía llevando el pelo largo y blanco, tan delgado como siempre, parecía tener una leve cojera.

Me senté a la mesa con Charlie.

—¿Qué tomas, Aníbal?

—Un quinto de cerveza, gracias.

Pidió mi cerveza, él seguía con su café con leche.

—Cuéntame, hace mucho que no nos vemos. ¿Sigues escribiendo? —preguntó el bueno de Charlie.

—No sé hacer otra cosa, así que escribo. Ya no publico, es una pérdida de tiempo, soy escritor no un mono de feria exhibiéndose como un mendigo para que te compren un libro —dije desvirgando el quinto de rubia bien fría.

—Te entiendo perfectamente. La sociedad es mediocre y muy analfabeta. Veo que hay demasiados autores, aunque buenos muchos menos. Recuerdo que tú eras bueno, tienes huevos para decir las cosas. Hace tiempo que no toco en la calle, me he retirado, ahora vivo con una mujer, una viuda con dinero. Se quedó prendada de mí y mira por donde que ahora soy un tío que viste adecuadamente, toco en bares, tengo una banda y todo, como en los buenos tiempos en Barcelona.

—Me alegro por ti, amigo. Yo estoy destrozado, nada me sale bien, no paro de beber, deseo morir, la verdad. Es un sinsentido —expuse apurando el quinto.

—Sé cómo te encuentras, he pasado por eso. No sabes las noches que he tenido la cuchilla de afeitar en la muñeca, sí, me he cortado pero nunca he tenido huevos para acabar con todo. No te rindas, la vida te sonreirá.

—¿Tú crees? Ya no creo en quimeras ni gilipolleces de esas. Bueno, gracias por la cerveza, me tengo que ir para seguir mi camino sin rumbo. Me alegro de verte, adiós.

—Cuídate.

Salí del bar como metido en un caparazón, ojalá hubiera tenido uno de verdad. A veces quiero meterme en un caparazón como el de las tortugas y los caracoles y desaparecer, pero soy un ser humano, no gasto esas cosas. Andaba bajo el sol, notaba como se me tostaba el careto, estaba sediento, decidí ir para la buhardilla a esconderme de mí mismo. Como siempre estaba huyendo, era lo único que podía hacer en ese momento.

La cabeza baja, las mangas de la camisa subidas a la altura del codo, las manos en los bolsillos, literalmente estaba asándome. Pasé por una plaza en la que había una fuente. Me acerqué y me eché agua en la cara. Las viejas y viejos me miraban con asco y con desaprobación. Los miré con mala hostia y les solté algo así como: ¡no han visto asearse nunca a un hombre! Apareció por allí un hombrecillo de la autoridad vestido de azul. Me miró muy serio y yo lo miré desafiante. Se me acercó y conforme venía me incorporé y me peiné con las manos, no dijo nada, solo me miraba. Lo reté con la mirada y seguí mi camino. No miraba a nadie, ni siquiera los escaparates para hacer mis juicios absurdos sobre el consumo.

Con la cabeza gacha llegué a la buhardilla, me tiré en la cama, miraba al techo, deseaba pasarme las horas así, mirando al techo, sin comer, sin beber, sin moverme. Saqué lo que tenía en los bolsillos, las llaves y el teléfono móvil. Lo miré, lo palpé, lo acaricié, me levanté de la cama, abrí la ventana y lo lancé con todas mis fuerzas, bajé la ventana. Seguramente cayó por ahí en algún coche o en la cabeza de alguien. Me la trajo al pairo.

Me tumbé de nuevo boca arriba, los brazos a los lados, me quité el calzado con los pies y lo tiré al suelo, volví a levantarme, cerré la puerta por dentro y me acosté de nuevo. Cerré los ojos, me dejé llevar por los pensamientos, me dormí. Cuando desperté fui a mear, sentía un gran impulso de escribir, lo reprimí, volví a la cama, adopté la misma posición. Creo que a los dos o tres días el hambre mordía mis entrañas, las ganas de beber arañaban el gaznate, me levanté, en el baño bebí agua del grifo y regresé a la cama. No tenía frío ni calor, estaba en un estado de consciencia en el que no notaba nada físico en mí. Comencé a reflexionar, puede que por la falta de alimento y toxicidad.

Continuará…

Para leer la entrega anterior Henry y Anaïs IX pincha aquí

Jueves, uno de junio de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs IX

Dos almas rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película El Amante (1991). Basada en la novela del mismo nombre de la autora francesa Marguerite Duras. En la imagen Jane March y Tony Leung. Dirigida por Jean-Jacques Annaud.

He bajado al chino a comprar cerveza, unos cartones de vino y cigarrillos. He estado escribiendo toda la tarde, abro una lata de cerveza, enciendo un cigarrillo, me siento en la cama y veo La campana de cristal, lo cojo y sigo leyendo por donde iba.

«Existen libros que huelen a muerte, hay canciones con tal hedor a muerte que asusta, he visto cuadros mortíferos y maravillosos». Así es La campana de cristal, una obra muerta antes de nacer. Sylvia Plath ya estaba muerta antes de pensar siquiera en escribir. Esa mortandad la hacía maravillosamente buena en lo suyo, su ingenio fue incomprendido como el Klimt, Kafka, Van Gogh o incluso el propio Cervantes. Si el escritor de El Quijote hubiera nacido en Inglaterra o Francia no habría muerto en la miseria, habría sido reconocido en vida. Otros han desistido del suicidio escribiendo como Emil M. Cioran, el tipo escribió una novela como terapia y olvidó el suicidio como arte de la muerte. Siempre es mejor vivir que morir, ¡Mentira! Alguna vez he pensado lo mismo que el protagonista de la novela de Vázquez Figueroa, Tierra Virgen. Resulta que el tipo huye al Amazonas donde se encuentra a sí mismo en medio de la naturaleza. Una buena novela, sí señor. Hay escritores que son tan buenos que dan miedo. Imagino esas plumas cargadas de tinta, esas que acojonan a los poderosos. Las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito perdura, aunque lo quemen. Hablando de quemar, los nazis quemaron libros, el Ku Klux Klan quemó discos de The Beatles. En la historia los mediocres han destruido el arte por miedo, han asesinado grandes mentes como la de Miguel Servet, lo condenaron en la hoguera por hereje y por descucbrir la circulación pulmonar. Lo paradójico es que lo condenaron los reformistas, aquellos que aplaudían a Calvino. No hemos sabido reconocer el verdadero talento de nuestros genios. Casi se cargan a Galileo, pero el tío era demasiado avispado para morir en la hoguera. La Iglesia es un enjambre de notables y mediocres. Los notables están en la sombra manejando los hilos y los bufones mediocres son los que dan la cara. Así ha sido siempre tanto en la religión como en la política. La religión es política y la política fue una religión. Ahora son un negocio. Hablando de la muerte en el arte puede que los grandes se hayan sentido morir en numerosas ocasiones al no ser escuchados como deseaban o creían merecer. Otros como Oscar Wilde escribieron una única y grandiosa novela como El retrato de Dorian Grey. El propio Wilde era un efebo, como Dorian. Él mismo asistía a fiestas y estaba en el candelero como un escritor de nombre, hasta que la sociedad del alto copete descubrió su secreto: la homosexualidad. Ahí empezó la verdadera muerte del poeta y escritor inglés. Nunca fue como Dorian Grey, aunque estuvo cerca.

Hubiera preferido nacer enfermo como Kafka, así me habría dado cuenta de todo mucho antes. El dolor te hace más fuerte, sentirte morir abre las fosas nasales y las venas del cerebro. Según algunos genios de la literatura la enfermedad te da la visión que la salud no te da. La enfermedad es el verdadero estado de la clarividencia. Ojalá hubiera tenido la claridad de Nietzsche, lo mismo no sería tan perdedor o quizás sí. El sufrimiento es la clave, mirar a los ojos a Belzebú te convierte en el tío más inteligente de todos. Beethoven fue un ejemplo muy claro, la sordera le convocó ante la música celestial y compuso la mejor obra de todas: La Novena, joder la novena es la hostia. Puede que sea la obra más amorosa y violenta jamás compuesta. Una genialidad sin duda. Otro personaje notable no entendido en vida fue Jim Morrison, el tío era tan inteligente que no se pudo aguantar a él mismo. Miró a los ojos al demonio, su padre lo era y por eso huyó de él. Cuando se dio cuenta de lo que realmente había conseguido con la fama decidió mutilarse y de ahí a la auto destrucción. No quería fama, no lo hacía feliz y con los medios menos dolorosos consiguió quitarse del medio, pero yo no lo consigo. Quizás en mi fuero interno no deseo matarme. Lo averiguaré. Si en verdad descubro que no deseo suicidarme será la broma más pesada que me habrán gastado los dioses.

Recuerdo en este momento la ocasión que tuve hace unos meses de publicar de manos de Malena, quizá debiera llamarla y hacerlo, quizá debería llamar por teléfono al tipo de la gomina, no lo sé. Puede que deba dar al mundo una obra genial, sí, un Dorian Grey, una Metamorfosis o una Novena, pero no soy tan genial. No tengo nada verdaderamente genial que dar al mundo para después suicidarme. ¡Jodéos, hijos de puta! Os regalo la mejor obra escrita de todas y me mato, iros a tomar por culo. Sería la mejor manera de despedirme, pero no soy tan bueno; solo soy un papel arrugado y sucio en la acera, al que todos los peatones pisan y re-pisan.

Hace mucho que no sé nada de Anaïs, no he vuelto a verla. Sé que espera que la llame, o la visite. No tengo ganas de hacerlo, me ha desilusionado mucho, pensé que podría ser la mujer perfecta para mí, puede que lo sea, o no. Puede que yo esté ciego y no sepa apreciar lo que puede hacer en mi alma, pero ya no tengo alma, la maté. En esta ciudadela espero a la señora de la guadaña, pero no llega, tendrá cosas mejores que hacer. Me largo, me voy por ahí, ya no aguanto más este sabor a muerte en la boca. Voy a comer algo con lo poco que me queda. Antes dije que me iba a volcar en el trabajo de vigilante, he ignorado que me despidieron, buscaré otro curro para olvidarme de escribir.

Mientras me vestía, alguien llamó a la puerta.

—¿Será la muerte? Voy a ver —dije en voz baja.

Abrí la puerta y Flanagan apareció con su habitual sonrisa blanca. El tío no sé cómo hace para ser feliz si se ha vendido al corporativismo. Antes era un hombre auténtico, ahora es una sombra de lo que fue, un hombre manoseado por la ambición de ser alguien estable. El payaso en el que se ha convertido no me agrada, 1984 se hace realidad en Flanagan. El Hermano Mayor (dictador de la novela 1984 de George Orwell de 1949) pudo con él, dejó la lucha para ser lo que quieren que sea, un esclavo, un monigote sin vida con ojos vidriosos y sonrisa blanca como la nieve.

—Hola, Aníbal —saludó plantado en la puerta.

—Hola…

—Que mala cara tienes, tío. Necesitas salir de aquí. Ponte algo decente y vayámonos —ordenó entrando en el habitáculo.

—¿Adónde? No quiero ir a ningún sitio —mentí deliberadamente. No quería ir a ningún lugar con él ni con nadie.

—Por ejemplo, a cenar algo y luego a tomar unas copas. Hace mucho que no nos vemos, amigo.

—Ya. Tendrás que pagar tú, estoy sin un chavo.

—No hay problema.

—Vale, pero te aviso que no soy buena compañía —avisé oliendo una camisa. No olía mal, me la puse.

Fuimos a un restaurante chino cercano, nos sentamos en una mesa y la camarera vino a tomar nota, pedimos cerveza para empezar, nos trajeron pan chino y cortezas con salsa de color naranja aparte. Nunca he sabido cómo se llama esa salsa. Mi cerveza la tomé de un trago, pedí otra.

—Estás sediento —dijo Flanagan. —Cuéntame, ¿cómo estás?

—Mal, estoy aburrido de todo. Vivo en un bucle y no sé qué hacer para salir de él —dije cogiendo una corteza, la mojé en la salsa.

—Todos vivimos en un bucle, quizá debieras aceptarlo, o hacer algo para salir de él.

—Es fácil decirlo, muy fácil para un tipo como tú. Yo no me he vendido, tuve la oportunidad y no lo hice. ¿Sabes que dicen los chinos? —Aproveché el lugar para fardar un poco de mi sabiduría pasada de moda.

—No, ¿qué dicen?

—Dicen que antes de ir hacia delante hay que ir hacia atrás y tomar impulso. Quizá deba hacer eso.

—Puede, pero mientras bebamos y comamos. Brindemos por nuestra amistad—brindamos con los tercios de cerveza holandesa. —Oye, la última vez que nos vimos estabas con una tía, ¿sigues con ella?

—Nunca he estado con ella, solo follábamos y nos admirábamos. Me traicionó y me olvidé de ella.

—Vaya, lo siento. Eres un superviviente, sabes arreglártelas solo.

La camarera trajo lo que pedimos, cerdo agridulce y pollo no sé qué. Nunca presto atención a los nombres de los platos, sencillamente porque no me interesa la comida, comer es una pérdida de tiempo.

—¿Sabes? Me pregunto qué hago aquí contigo. No tengo ni idea de por qué he accedido venir a este restaurante —dije apurando mi cerveza.

—Ja, ja, ja. Porque somos amigos, aunque lo niegues. Mira, no puedes seguir en ese estado de aislamiento, debes salir a que te vean, debes experimentar, siempre lo has hecho. Creo que debes publicar un libro. Aníbal te estás dejando morir.

—¡Bingo! Ahí le has dado, quiero morir. Estoy hasta los cojones de la mediocridad que veo y huelo todos los días. Estoy harto de vivir en la mierda. Estoy cansado que la gente a la que hago caso me traicione. Prefiero morir.

—Te entiendo, todo está podrido.

—Tú que vas a saber. El primero que ha huido dejándose caer en los brazos del Poder eres tú. No me vengas con sermones. ¿Qué eres ahora? Eres como todos ellos, un monigote del Sistema.

—Sí, lo soy, y tú deberías hacer lo mismo. No sirve de nada seguir nadando contra corriente. Ahora vivo bien, trabajo en lo que amo, la radio. A veces me putean porque hay que ser políticamente correcto, ¿y qué? —expuso pinchando trozos de pollo del plato del centro de la mesa.

—Te has convertido en todo lo que odio; mírate pareces Winston Smith (protagonista de la novela 1984) totalmente vencido. Has olvido lo que eras, te han arrebatado la savia, la fuerza, incluso la virilidad. En una cosa tienes razón, he dejado de luchar, pero no me voy a dejar seducir ni hipnotizar por los encantos de la Serpiente, antes me mato.

—Tú mismo, amigo. A mis cuarenta estoy cansado de luchar, me merezco la recompensa y la tengo. No lo cambio por lo que tenía antes. La juventud quedó atrás, ahora la madurez ha llegado y la tomo con responsabilidad.

—Escúchate, hablas como tu padre. Te has convertido en él. Te crees un progre porque sigues vistiendo como un payaso, todos creen que eres un moderno, pero no eres más que un retrógrado, eres lo que ellos han querido que seas. Mírame y escúchame atentamente: Nos dejan patalear, nos dejan ser subversivos para luego enviarnos señales de amiguismo, luces sensuales convertidas en encantadores manjares que nunca hemos tenido y nos seducen hasta caer en los brazos de la comodidad. Eso ha matado al genio, una vez creí que lo eras. Estaba equivocado.

—O el equivocado eres tú. Soy eso que dices, lo sé. Pero tú qué eres. Eres un intento de ser escritor, eres bueno, pero lo desechas. Prefieres beber hasta emborracharte, te escondes en tu mísera habitación, huyes del mundo, no lo afrontas y ahora mírate, estás acabado sin dinero y sin trabajo. Creí que eras inteligente.

—Ya tengo un trabajo, no hacer nada. Lo he decidido por mí mismo. Nadie me ha dicho lo que tengo que hacer. Afronto mi mundo, soy responsable de mis actos, a nadie culpo de lo que soy, ¿por qué? Porque soy consciente de mis limitaciones que son muchas. Bueno Flanagan, que te vaya bonito, me marcho a mi mísera habitación. Adiós —dije despidiéndome sin mirarlo a los ojos. Me levanté.

—Como desees, yo pago la cuenta, ve tranquilo.

Esa vez sí lo miré a los ojos. Como les gusta recordar a los que tienen dinero que todo está bien, puedes ir tranquilo, ellos cuidan de ti. Iros a la mierda, no os necesito.

Caminé hasta casa y pensé que necesitaba dinero, no iba a pedir trabajo, me negaba a servir al Sistema, así que a la mañana siguiente iría a la oficina de empleo a pedir alguna ayuda, algo habría para mí. Había decidido suicidarme, intentaría sacarle todo lo que pudiera al Gran Hermano antes de mostrarles el dedo para huir con la muerte a mi lado.

Muchas personas son ignorantes del término Gran Hermano, o Hermano Mayor, no hablo del programa de televisión. Hace muchos años un periodista y escritor inglés llamado George Orwell publicó una novela llamada 1984, la mejor novela distópica, sin duda. Para dejarlo más claro el Gran Hermano es un líder en la novela de Orwell. Es el presidente del Partido que gobierna la nación. Así que ya sabemos que el Gran Hermano es mucho más que un programa de televisión donde los concursantes se exhiben. Bueno, creo que tengo que explicar que es una novela distópica, voy al diccionario y busco en la D la palabra distopía: «Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». ¿Queda claro? A todo esto, reflexiono sobre la ignorancia y la apatía del español medio, pero antes debo poneros en antecedentes para que sepáis porqué cuento este rollo. Hace años leí a un tipo llamado Friedich Niezstche, un escritor alemán al que la historia se ha empeñado en tildarlo de filósofo. Niezstche es el anti filósofo, aunque se exprese de manera filosófica, ahí reside la maravillosa contradicción del alemán. Este gran pensador y crítico social de su tiempo escribió una obra llamada Más allá del bien y del mal, una de sus últimas obras para más información. El tema es que en esa obra hay un capítulo llamado Pueblos, nombra muchos pueblos, pero cuando llega al alemán el autor es consciente de las carencias del pueblo alemán, los criticó con elegancia hasta morder. Incluso habla de la raza aria dejando patente lo que después llegaría con el Tercer Reich. Al leerlo me abrió la mente aún más y me di cuenta de lo condescendiente que era con mi pueblo, el español. En consecuencia, esto pienso y creo que el pueblo español en estas primeras décadas del veinte y uno es un pueblo acomodado, demasiado cómodo, le dan por el dorso y se acopla para que entre mejor. Que bien han sabido hacerlo los democráticos arrebatándonos la espuma de la sangre para dejarla más clara que el agua. Sin fuerza, sin virilidad, muerta en vida. No pienso tener descendencia, pero la herencia que les va a quedar a los que hoy son niños es para mear y no echar gota. Nos quitan el plato de encima de la mesa y aplaudimos, vaya cosa ¿no? A estas alturas da igual lo que algunos clarividentes de la política hayan dicho, por ejemplo, la cita de que si al pueblo le das bienestar le puedes hacer de todo, como oprimir, recortar derechos, apretar al máximo, aunque sangre. Han maniobrado con maestría individualizando a la gente. Yo me crié en un ambiente muy diferente, había respeto entre los vecinos, nos ayudábamos los unos a los otros. Pero poco a poco la democracia ha convertido eso en recelo y la individualidad ha entrado para quedarse. Me acuerdo cuando era adolescente, en los noventa se impulsaba la competitividad, el individualismo, en favor de conseguir la meta anhelada por el individuo. Al final, de tanto repetirlo han conseguido que así sea. Muchos de los adolescentes de los noventa ahora son padres y esa es la educación que dan a sus hijos. Lo que han olvidado es que el ser humano no sabe sobrevivir solo, necesita estar en manada. Solo los necios olvidan, así que mis compatriotas son necios, aunque me duela es así.

Lo único que voy a añadir es que el pueblo español lo ha perdido todo, aquel aguerrido pueblo de antaño es historia, nada más que eso. Nos han castrado, pero esto ya viene desde la dictadura, y ahora con la democracia es más de los mismo. Nos hemos convertido en un pueblo pasivo, indolente y necio. En lugar de hacer lo que hay que hacer vemos el fútbol como si de un espectáculo de circo romano se tratara. Nos venden con malnutrida y mala publicidad un sistema de vida mentiroso, nos venden el consumo como si fuera una religión. Y sí, esa mala fe es una nueva religión, la publicidad. La publicidad no es nuestra amiga, es el enemigo. Es la culpable de que nos endeudemos, hace real el refrán de que «comemos» por los ojos. La corrupción hace estragos y ¿qué hacemos? El gilipollas, eso hacemos. Pero bueno yo seguiré mi camino, primero porque es mío. Segundo porque soy libre de elegir y tercero porque no soy ciego y criticaré mientras me queden fuerzas. Da lo mismo que me censuren, da lo mismo que me recluyan en una buhardilla de veinte por veinte. Seguiré en la lucha, o me suicidaré, ni yo mismo lo sé con certeza.

Después de la discusión con Flanagan regresé andando a la buhardilla, no me apetecía beber, no quería meterme en ningún bar. En mi reducido habitáculo escribí los pensamientos que me han traído hasta aquí. Escribí, ¿por qué escribía si me había jurado dejar de hacerlo? Porque aún no había encontrado ninguna ocupación para dejar de lado la escritura. No iba a morirme de aburrimiento, mientras tanto prefería escribir, ya encontraría otra cosa que hacer que me diera satisfacción. Por unas horas olvidé el suicidio, estaba demasiado enfadado con Flanagan y conmigo mismo, acababa de perder un amigo, así que escribía para olvidarlo, o despedirlo, elegid vosotros por mí.

Aquella noche hacía calor, no me quité la cazadora vaquera, ya quedaba poco para llegar a la buhardilla. A los pies de las escaleras miré hacia arriba y pensé, joder, aún me quedan cuatro pisos. A mitad de camino me quité la cazadora y la puse en mi hombro. Bufaba, sudaba, estaba cansándome, pero al llegar arriba Mamen me estaba esperando.

—¿Qué haces aquí? —pregunté jadeando.

—Esperarte. Los cuatro pisos se pegan al lomo, ¿eh? —comentó apoyada con la espalda en la pared. Tenía pinta de auténtica meretriz de pico esquina (expresión murciana. Se refiere a una esquina).

—¿Cómo has sabido que vivo aquí?

—Esta ciudad es muy pequeña, chato. Manolo me lo ha dicho en cuanto le he dejado invitarme a beber y tocarme un poco.

—Joder con el Manolo, no puede saber nada. ¿Tienes sed? —pregunté sacando la llave del bolsillo para abrir la puerta.

—¿No te has dado cuenta de la bolsa que hay junto a la puerta? He traído priva.

Miré la bolsa y entré dentro, Mamen entró detrás de mí.

—He traído whisky del bueno y cerveza. ¿La nevera?

—Ahí —dije señalando con el dedo la mini nevera a los pies de la cama.

Metió las cervezas, del lavabo cogí los dos únicos vasos que tenía, serví dos copazos de whisky, el primero me lo bebí de un trago, estaba sediento. Me serví otro, me senté en la silla en la que solía escribir, Mamen se sentó en medio de la cama con la espalda apoyada en la pared.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Aníbal? —me preguntó buscando no sé qué en su bolso.

—Pues no sé, ¿por qué? —dije alcanzando la cajetilla de Benson & Hedges del improvisado escritorio.

—Porque de todos los hombres que conozco tú eres el único que me respeta, y eso que a veces soy una cabrona contigo. Eres un buen tipo por eso estoy aquí.

—Ah, gracias. Es un alivio que creas que soy un buen tipo porque yo también lo creo —Me levanté y me senté a su lado.

—¿Por qué te has mudado aquí? Tú habitación estaba mejor que esto. Anda, dame una calada.

—Necesitaba un cambio, demasiada mierda acumulada. ¿Otra copa?

—Por favor.

Me levanté y serví dos más, me llevé la botella más cerca de mí para no tener que levantarme.

—A veces cambiar es bueno. Le tengo miedo a los cambios, prefiero quedarme como estoy. Soy muy miedosa.

—Mamen, ¿por qué estás aquí? Nunca me buscas sin una razón —dije mirándola a los ojos.

—He discutido con mi novio y antes de que me pegue me he ido. No he recogido mis cosas, iré mañana cuando esté trabajando y las recogeré. Lo que no sé, ahora que lo pienso es donde voy a vivir —Me miró.

—Ah no, a mí no me mires. Mira esto, es muy pequeño para más personas que no sean yo. Lo siento.

—No pensaba pedirte nada, solo compañía, tú me entiendes. Aunque me mintieras seguiría volviendo porque eres un verdadero amigo.

—Las apariencias engañan, querida —rellené mi copa y me levanté por dos latas de cerveza para bajar el whisky.

—A esto me refiero, tus modales, son de alguien educado y no el de los tipos que se cruzan en mi camino.

—Querida, eso es porque no te propones mejorar tu vida. Seamos claros, odias la vida que llevas, cámbiala.

—¿Cómo se hace eso?

—No lo sé, si lo supiera no estaría aquí contigo en esta buhardilla. Estaría en un sitio mejor te lo aseguro.

—Y encima se me ha acabado el puto subsidio. ¿Crees que alguien querrá contratarme para trabajar? —dijo cogiendo un cigarrillo de su cajetilla.

—Seguro que sí, siempre hay algún trabajo que nadie quiere hacer.

—¿Tienes trabajo?

—No, quiero ir mañana a la oficina de empleo a pedir una ayuda. Algo habrá para mí, lo mismo deberías preguntar en el INEM por si cae alguna cosa.

—Iré mañana contigo si no te importa —añadió quitándose la prenda de abrigo.

—¿Tienes calor?

—Sí, bastante.

—Espera voy a poner el aire acondicionado —Me levanté, fui a la única ventana de la buhardilla y la abrí.

—¿Mejor? —pregunté sentándome en la cama.

—Ja, ja, ja. ¿A eso llamas aire acondicionado? Eres la hostia, Aníbal. Me has hecho reír.

Carcajeamos un buen rato, nos mirábamos y reíamos, necesitábamos reír. Parecíamos dos tontos riéndose por nada. Siempre es mejor reír que apoyar las manos en la frente y lamentarse. Cuando nos pimplamos la botella de whisky ya estábamos borrachos, Mamen se durmió. La tapé con la única manta que tenía. Me senté en la silla a escribir en mi viejo portátil, debía ser bueno porque aún funcionaba. Estuve escribiendo un buen rato, mi compañera roncaba, estaba muy cocida. No la culpo.

Cuando me había bebido casi todas las cervezas me entraron ganas de mear, al volver del baño me acosté al lado de Mamen a dormir un poco, quería estar presentable para ir a la oficina de empleo. No me gusta pedir, siempre digo que no quiero más jamones, pero debía hacerlo para seguir con mi plan. De repente la idea del suicidio volvió a mi mente, ¿por qué la había olvidado durante unas horas? ¿Ya no quería quitarme del medio? Puede que sí, pero soy un hombre que aprovecha las circunstancias de la vida tan bien que olvida sus miserias. Siempre hay algo en la vida que me provoca una sonrisa y olvido las penas. En esta ocasión las penas eran muchas, demasiada miseria, angustia ¿melancolía? No, la melancolía es la antesala a la tristeza, y yo estaba muy triste. Hace unos años el futuro me importaba muy poco, pero hoy me inquieta, siento que me hago viejo y las hostias son demasiado fuertes para no hacerles caso. ¿Vivir merece la pena? Hoy merece un poco más que ayer. No sé cómo lo hago para reponerme de mis males, no tengo nada físico a lo que agarrarme, pero lo hago. Quizá me agarro a la escritura, será eso. Creo que si dejara de escribir sí tendría huevos para matarme, pero puede que lo haga de todas formas.

A la mañana siguiente me desperté sobre las once, Mamen aún dormía, roncaba. Me levanté, me duché y cuando me vestí fui caminando a la oficina de empleo. Llegué a la puerta de la oficina, entré. Hacía mucho que no iba por allí, había muchos desempleados esperando su turno. No sabía a cuál mesa debía dirigirme. Me acerqué a una que rezaba el letrero de INFORMACIÓN. Le pregunté a la funcionaria, me miró fijamente un momento. Tecleó no sé qué y me dio un papel con un número. Me senté en los asientos de la sala de espera. Me fijé que había muchos inmigrantes, árabes, latinos y algún español perdido. Yo era de esos españoles perdidos. Me retrepé en el asiento a esperar. El olor era bastante extraño, mucha gente de la que allí había no usaba desodorante, llegué a esa conclusión cuando una mujer con chilaba y hiyab pasó delante de mí. Aunque también algunos españoles no lo usan, pero en aquella ocasión fue la mujer aquella la que olía fuerte. Miraba la pantalla donde anuncian los turnos por número, el mío se hacía de rogar, salí a la calle a fumar un cigarro. Pensé en Mamen, me estaba haciendo la anchoa, se quedaría conmigo como el que no quiere la cosa. ¿Me voy a suicidar? ¿Tengo los suficientes arrestos para ello? ¡Claro que no! Soy un cobarde, siempre lo he sido. No me importa serlo, gracias a ello estoy sobreviviendo. Si fuera un valiente estaría muerto. Me encontraba mejor, pero yo sabía que era un espejismo, tenía que rumiar alguna otra forma de terminar por fin con mi sufrimiento. Nunca me ha gustado la violencia, y no quería acabar con mi vida de esa forma, es bastante trágico, da mucho juego y morbo, pero no, quería acabar con luminosidad y vistosidad, no como cualquier colgao al uso. Seguiría pensando. Mientras tanto, entré en la oficina de empleo a ver que se cocía.

Volví a sentar mi culo en aquel asiento de hierro tan frío, los que esperaban no tenían cara de felicidad, es un coñazo esperar y más en los sitios burocráticos, es muy aburrido. No menguaba la cantidad de personas que esperaban, seguramente los funcionarios se habrían ido a desayunar. No entiendo el afán de hacer esperar a la gente, parece que les guste ver cómo se nos va poniendo cara de mala hostia, será un estudio sociológico del gobierno. Una hora después llegó mi turno.

El número 0099 era el mío, salté del asiento y con gallardía me dirigí a la mesa en la que un cartel luminoso rezaba mi número. El tío sentado al otro lado de la mesa parecía tener cuarenta y tantos, medio calvo, pelo canoso, muy delgado, el rostro amarillento, parecía un cadáver. A este me lo llevo al huerto, pensé.

—Buenos días —dije sentándome en la silla frente al funcionario muy delgado de nariz aguileña y carácter serio.

—Buenos días, usted dirá —saludó el tipo con rostro agrio. Seguramente no le dio tiempo a desayunar. Tenía cara de estreñido.

—Bueno pues… Estoy en paro, vivo solo y me gustaría saber cuántas opciones tengo de que me den una ayuda, económica, claro —dije con sarcasmo.

El tío me miró muy serio, joder, daba miedo.

—Deme su DNI, por favor.

Se lo di.

—Está caducado —soltó sin ninguna empatía.

Ya lo sé, pensé. Intenté ser educado, me estaba empezando a hartar la indiferencia del tipo.

—¿Le interesaría hacer algún curso para seguir formándose? —preguntó mirándome por encima de las gafas redondas, no le pegaban nada. El hombre no tenía gusto para las gafas.

—Hombre, depende de qué sean los cursos. Busco trabajo, o una ayuda, ya que yo solo no puedo mantenerme —Lo escudriñaba con atención. No me iban a dar nada. Lo adiviné por la expresión facial del funcionario impasible.

—Le pondré en contacto con la orientadora laboral, rellene este formulario para pedir una ayuda. Pida cita con la orientadora en aquella máquina, rellene el formulario y pida cita para venir otro día con la documentación. Le deseo suerte, amigo. Buenos días.

—¿Ya está?

—Sí, vuelva cuando lo tenga todo, no olvide pedir cita con la orientadora.

Lo miré fijamente, no entendía nada, me mandan a casa y tengo que volver a pedir cita para todo. Joder con la burocracia. No me despedí, simplemente me levanté, miré al tipo con cara de hostiarle y me marché. Al pasar por delante de la máquina de cita previa vacilé, pensé pedir cita, pero pasé. Volví a casa.

¿Quieren que me matricule en un curso? Yo quiero una ayuda, es mi decisión. O quizá un trabajo a mi medida. Pero en este país quieren que nos sigamos formando con  mediocridad para seguir siendo un país de tercera. Dame un trabajo y que me forme el empresario, o dame una ayuda para seguir siendo quién soy.

Mamen se había refugiado en la buhardilla, donde años atrás habíamos tenido una pseudo relación, ¿y ahora? La tipa se sentía sola y abandonada y Aníbal tenía que socorrerla, ¿por qué? Porque soy un buen tío, por eso.

Paseaba por la calle quedándome mirando los escaparates y el consumo como forma de vida. ¿De verdad nos hace falta todo ese material? No sé, yo no los necesito, soy demasiado sencillo para tener nada.

Sábado, ocho de abril de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs VIII

Imagen: Fotograma de la película Factótum (2005). Protagonizada por Matt Dillon, Lili Taylor y Marisa Tomei. Dirigida por Bent Hamer. En la imagen Matt Dillon y Lili Taylor.

Creo recordar que he mencionado alguna vez que tuve que comprarme un teléfono móvil para estar localizable por si pasaba algo en el trabajo (las empresas modernas no ponen nada, tú mismo lo tienes que poner todo de tu bolsillo). Creo que estaba haciendo la ronda al anochecer, no hacía frío, era primavera e iba de manga corta. O llevaba puesto un suéter; el tema es que me llamó una vieja amiga de idas y venidas. La vi a ver una semana antes en un bar y le di mi número, no sé por qué lo hice, pero lo hice, y a lo hecho pecho.

—Aníbal, ¿qué haces? —me preguntó al descolgar el móvil.

—Estoy trabajando.

—Ah, pero ¿trabajas? ¿Dónde?

Ya empezamos con las preguntas, las odio.

—Estoy de vigilante en una obra en construcción, ya ves, yo trabajando —dije paseando por la obra.

—Me apetece verte, las chicas no quieren salir y mi amigo se ha ido con otra, creo.

Esto es lo que pasa cuando estás al final de la cadena alimenticia, los que están arriba desechan lo que ya no quieren, lo tiran abajo para que los tipos como yo, los borrachos y pendencieros tomemos las migajas que ellos dejan. Las usan y cuando se cansan de esos coñitos gastados nos los dejan probar porque ya están manoseados y marcados. Y menos mal que hay migajas, sino ya sabéis…

—¿Tienes coche? —pregunté.

—Sí. ¿Dónde estás?

Le di la dirección.

—Trae whisky, ron o lo que sea, solo tengo algo de cerveza.

—Cuenta con ello. Hasta ahora. Chao, Aníbal.

Me despedí y colgué. Mamen siempre me buscaba cuando la dejaban tirada. No era mala chica, un poco loca, pero ¿quién no está loco? Todos lo estamos para aguantar esta vida antinatural. La conocí hará unos dos o tres años en un afterhour, íbamos muy pasados de todo; fui a la barra a pedir bebidas para mi amigo y para mí, Mamen no tenía dinero, así que se «colgó» de nosotros hasta que nos fuimos a casa. Resulta que frecuentábamos los mismos bares y nos hicimos amigos, amantes y ese rollo que hacemos cuando contaminamos el cuerpo. Recuerdo el primer polvo con ella, fue en una buhardilla en la que estuve viviendo durante un tiempo. Flanagan estaba dormido en el sofá, Mamen y yo nos habíamos pimplado una botella de Negrita y habíamos fumado bastante kosto, nos enrollamos en el colchón que tenía en el suelo a modo de cama. Cuando palpé su coño estaba bastante poblado, Mamen era poco curiosa, pero qué coño, quería metérsela y ella parecía querer. Se lo acaricié, le hice dedos y espetó con mala hostia —la vas a meter o qué —así que se la metí. Tenía una vagina estrecha, pequeña y aquello rozaba por todas partes, tenía un polvo espectacular. Con ella tenía que pensar en otras cosas aparte del sexo para no correrme enseguida. Lo mejor no era su coño que lo tenía divino, lo mejor de Mamen era su boca, sus labios en forma de corazón me volvían loco. No era nada del otro mundo, tenía bastante celulitis, caderas anchas y pechos pequeños. Era y es un poco amorfa, pero da igual, me gustaba. Solía llevar el cabello sin lavar, como si se lo hubieran chupado las cabras; la mirada triste, como melancólica, todo lo dicho me atraía hacia ella, me gustaba, creo que ya lo he dicho. Debido a su higiene nunca le comí el conejo, me daba repelús, ella tampoco me la chupó nunca, no me importó. Besaba tan bien que pasaba por alto todos los inconvenientes de su escaso aseo.

A la hora más o menos de la llamada tocó el claxon varias veces. Corrí hasta la puerta de la obra, la abrí, metió el coche, cerré. Nadie la vio entrar, era más de las diez de la noche y no había mucha gente paseando, aún refrescaba por las noches.

—No tenías que pitar tanto tiempo, habrán oído ese pito insidioso hasta en Tombuctú —dije mientras Mamen bajaba del coche.

—¿Dónde? Perdona hombre, no sabía que trabajas de incógnito —dijo en tono jocoso.

—Olvídalo no lo entenderías. ¿Has traído la bebida?

—Sí, y el hielo.

Perfecto, dije agarrando las bolsas de lo que había comprado Mamen. Tenía las llaves de todas las dependencias del colegio, inclusive había luz eléctrica en casi todos los edificios. Entramos en un edificio del centro del recinto y nos colocamos en la sala que iba a ser destinada a la vigilancia por cámaras de seguridad. Había una sola silla, yo me senté en el suelo. Serví dos copazos de Negrita con cola en dos vasos de plástico con hielo grande. Mamen sacó una cajetilla de Chester y me invitó a fumar. Saqué mi móvil y puse música que acerté a descargarme, la primera en sonar fue What I´d say de Ray Charles interpretada al pelo por John Mayall and The Bluesbreakers, a la guitarra por la «bestia» de Clapton, joder como suena esa música cincuenta años después, y sin sombras raras, directo al corazón.

—¿Te gusta este curro? —preguntó Mamen sosteniendo su vaso con la mano derecha apoyada sobre sus piernas cruzadas.

—No está mal. Lo mejor es que no hago nada, no pagan mucho, pero no está mal.

—Ya veo, puedes traer amiguitas y todo. ¿Bailas?

—Sí.

A Mamen le gustaba bailar y contonearse para ponerte a tono. Siempre llevaba falda, tenía unas piernas muy bonitas, aunque a mí me chiflaban sus rodillas tan redondas y esbeltas. Bailamos a una distancia prudencial, al cabo de un par de minutos sonaba otro tema bastante sensual, Sex Machine de James Brown. Se fue acercando a mí, nos abrazamos suavemente, colocó la rodilla entre mis piernas, las abrí para darle mejor acceso. El contoneo fue desacelerando, nos arrimamos más y ¡voilá! Nos besamos, la tomé del culo y la levanté en el aire depositándola encima de la mesa de la sala de vídeo vigilancia. El morreo fue creciendo y la excitación también, le eché mano entre las piernas y palpé el coño, estaba un poco húmedo. Me aparté de ella, la miré y sonreí pícaro, me fui agachando y paré justo delante donde las columnas se separan en dos ramas mitológicas a las puertas del árbol de la vida. La miré desde abajo a los ojos, me zambullí en la vulva de Mamen, estaba bastante rico al gusto, era como comer pescado frito, y me gusta el pescado frito. Estuve un rato dándole lengua y dedos, concretamente tres, creo que se corrió. Me puse de pie.

—Eres tan complaciente… Aníbal —susurró con las piernas abiertas mirándome delante de ella con la picha en la mano.

Sin apartar la vista de Mamen me acerqué poniéndome entre sus piernas, la tomé de los muslos con firmeza y la penetré de una vez. Cuando acabamos seguimos bebiendo, nos sentamos en el suelo.

—Hace mucho que no me follaban así —dijo preparando las copas.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —le dije.

—¿Estás con alguien? —preguntó.

Las alarmas de mi defensa personal saltaron, no tenía ganas de vivir con nadie y menos con la hedionda de Mamen. Para un rato estaba bien, no solo ella me cargaba, últimamente aguantaba muy poco a la gente. ¿Me estaría volviendo un misántropo?

—No, estoy solo.

—¿Me puedo quedar en tu casa un tiempo? Mi novio me ha echado, el muy hijo de puta ha metido a una niñata de veinte años y me ha puesto de patitas en la calle.

—Lo siento pero no puedes quedarte conmigo. Vivo en la habitación de una pensión, los dos no cabemos, no estaríamos cómodos —alegué encendiendo un cigarrillo.

—No te preocupes, me buscaré la vida como siempre.

—Será lo mejor.

A partir de la negativa a vivir conmigo no me dejó ni siquiera meterle mano. Cuando nos pimplamos la botella de Negrita me sentía muy borracho, demasiado borracho.

—¿Sabes lo que eres? —le pregunté sentado en el suelo.

—No, ¿qué soy?

—Una zorra, eso es lo que eres.

—Pero qué dices. Estás borracho.

—Sí, estoy borracho pero tú eres una puta. Vienes aquí porque no tienes adónde ir. Me buscas para beber, te follo como hace tiempo que nadie lo hace del género que sea y como me niego a que vivas conmigo ya no quieres nada de mí. Si cobraras lo entendería; te comportas como una puta. Me das asco —Me abofeteó.

La miré sin maldad y desde mi posición en el suelo le di una patada levantando el culo para tomar impulso. La patada fue a su costado.

—¡Largo de aquí! ¡Vete so puta! —exclamé ya de pie.

—¡Eres un hijo de puta! Me voy —dijo agarrando su bolso y las bragas.

Salió pitando, a paso ligero fui tras ella para abrir la puerta del recinto, aceleró y si no me hubiese apartado habría pasado por encima de mí con el coche. Cerré la puerta y me fui otra vez dentro. No quedaba ron pero se olvidó llevarse la cerveza. Me senté en el suelo pensando hacer la ronda, pasé de ello. Tomé la libreta y el bolígrafo. Me dispuse a escribir.

«Vivimos en la sociedad de la apariencia. Creí que las Redes Sociales traerían libertad, pero han traído más de lo mismo, apariencia y mediocridad. No necesito más de lo mismo, necesito sinceridad, necesito gente como yo; no la gente plástica y mentirosa que van de escritores, artistas y grandes lectores; si son esto último son críticos de  calibre de baja estofa.

Soy un suicida, un suicida del amor, del trabajo, del sexo, pero sobre todo del amor. Con el suicidio físico se mata el cuerpo, acabas de un plumazo con todo pero con el suicidio espiritual se acaba con la verdadera vida, una muerte en vida; y para colmo tienes que vivir con el cuerpo, una tortura».

Durante los días posteriores pensaba en el suicidio como solución, ¿por qué no? Vivía en un barco de cristal aislado del mundo, hastiado de Ser, sí, de ser un perdedor, —yo no he nacido para perder, joder —pensaba tumbado en la cama sin hacer nada. Solo pensaba y el contramaestre decía: —Señor Haze, único pasajero del Barco de Cristal suba a cubierta.

Estaba enloqueciendo por momentos, no me apetecía salir a la calle, no recordaba la última vez que me había duchado. Me había convertido en un mendigo, mendigaba un amor inexistente, nadie me quería, sentía lo que siente un perro cuando es abandonado, y yo me había abandonado también. Escribir me parecía el trabajo más duro del mundo y el peor pagado. Me jubilé del oficio durante un tiempo. Me dedicaba a trabajar de vigilante y a yacer en la cama mirando al techo, pensando cuál era la forma más digna de suicidarme. Ya había matado mi espíritu mediante el suicidio, mi alma se fue de vacaciones, así que me quedaba asesinar el cuerpo, la corteza que envuelve el Ser, el Ser que detesto, odio ser algo, no quiero ser persona, no quiero ser un obrero, no quiero ser nada, ni siquiera un muerto cuando me suicide. Algo le debo a esa depresión porque al final fue eso, la maldita depresión de un perdedor, un borracho que intentaba ser escritor, pero aún no lo sabía, no había llegado a esa conclusión. La palabra suicidio nunca me sedujo, solamente me atrajo esas semanas de hastío de mí mismo y de mi propia e insignificante existencia. Pero, encontré la motivación para salir de la cama, la palabra suicidio fue la culpable. Había intentado matarme por todos los medios no dolorosos, me emborrachaba todos los días, esnifaba coca, conducía a todo lo que daba mi desvencijado coche, pero no hubo manera, seguía vivo. Planeé otra manera más brutal y violenta, pero soy un cobarde, no me atrevía a dañar mi cuerpo, me acobardaba el dolor. Simplemente no tenía huevos, así que me duché y me preparé para salir a la «jungla», en la que tan integrado me había sentido, aunque eso formaba parte del pasado. Ahora, parecía más un tipo con agorafobia que un tirao de la calle, un borracho, un escritor de tercera clase hundido por su propia naturaleza en una habitación de 20 metros cuadrados.

Pensé que en la Biblioteca Regional habría libros sobre suicidios y suicidas. No quería hacerlo de cualquier forma, quería instruirme en el arte del auto asesinato, ¿por qué no? Mi cuerpo se merecía algo más que una simple y llana muerte. Iba a morir por todo lo alto, con mucho ruido, hasta con fuegos artificiales y todo.

Llegué a los aledaños de la biblioteca y estacioné el coche sobre la acera, lo compré con el primer sueldo de vigilante, lo cerré. Entré en el Templo de los libros y en uno de los ordenadores me dispuse a buscar, tecleé la palabra suicidio; ninguna de las obras de la primera página del buscador me decía nada, era todo ensayos y biografías sobre artistas suicidas. Seguí pinchando en las demás páginas. —¿Es qué no hay un libro decente que pueda enseñarme algo? —Me pregunté. Me acordé de Sylvia Plath, nunca la había leído, pero todo el mundo sabe que fue una escritora suicida. La busqué y aparecieron algunos títulos de su obra. Recordé que Flanagan me hablaba de vez en cuando de ella, La campana de cristal estaba disponible, una novela que mi amigo estrafalario insistía que leyera. En nuestras largas charlas solía hablar de Plath sobre todo al principio, cuando nos conocimos. Le hice caso y lo tomé prestado. En la misma biblioteca me senté en una silla, me retrepé y comencé a leer:

«Era un verano extraño, sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg y yo no sabía qué estaba haciendo en Nueva York»*. La primera línea de la novela me sedujo por su sencillez y la protagonista no sabía qué hacía en Nueva York. Seguí leyendo. (* Primer fragmento de la novela de Sylvia Plath, La campana de cristal (1963).

La tarde pasaba y las trescientas y pico páginas de la única novela de Sylvia Plath me tenía absorbido en la silla, no podía parar de leer, ni siquiera me apetecía fumar.

Acababa de empezar el capítulo doce y este dialogo me dio que pensar: «—Hay montones de gente ciega en el mundo. Te casarás con un amable ciego algún día».

Sí, la gente está ciega, cierto, pero me voy a suicidar, es la única forma de que esta inmersión en el subconsciente acabe. Antes de volverme loco debo terminar con este sufrimiento perpetuo enmascarado con alcohol, drogas y mujeres. Desde que tengo uso de razón, o más bien cuando me di cuenta de que «mi pequeño amigo» se ponía duro las mujeres y yo hemos tenido una guerra personal que ni entendía ni entiendo. A nadie culpo de ser como soy; existe una gran diferencia entre los suicidas normales y corrientes y yo: Ellos lo hacen culpando de su propia responsabilidad a otros y yo sé quién soy, y cómo soy: un tipo que eligió un camino a sabiendas de que no saldría bien. Demasiado tiempo he durado en las calles, en los bares, he ganado y perdido peleas. He tenido novias, casi todas no me han respetado, yo no he respetado algunas, incluso las he abofeteado en alguna ocasión (no a todas). No estoy desesperado, eso se lo dejo a los hipócritas y a los cobardes, nunca he eludido mi responsabilidad para conmigo mismo; me siento cansado, viejo, hastiado de ser y de existir, quiero quitarme del medio. ¿Qué más puedo hacer? ¿Seguir enganchado al alcohol y dejando que Satanás acabe conmigo de cualquier manera indigna? Me niego, Aníbal Haze es mucho más que un vagabundo y borracho al uso. Es un puto genio, pero la gente no lo sabe. En estos tiempos de las primeras décadas del veinte y uno los genios no interesan. Todo el mundo puede ser un genio con un ordenador o un dispositivo móvil y conexión a Internet, cualquier imbécil con paciencia puede ser un maldito genio. Vivimos la época de los mediocres, los de medio pelo son los genios hoy en día. Hay más mediocres que personas notables en el mundo por metro cuadrado; ¿entonces yo qué hago aquí? Nada, no hago nada, solo matarme poco a poco y sufrir. Odio el dolor, huyo de él pero no paro de sufrir.

Pensando un poco mientras escribo esto puede que sea una carta de despedida, pero no tengo a quién decirle adiós, así que puede que sea más una terapia que otra cosa. Bueno, pienso que esos personajes pequeños que agitan las manitas para ser vistos y escuchados son demasiados, hacen piña en contra del notable, empujan con el codo al bueno y ellos se apoyan unos a otros. Alguien dijo una vez que los mediocres llegarían al poder, ahí los tienes mandando en todos los gobiernos del mundo. Los notables hemos caído en la trampa de la comodidad, hemos huido del exceso para acomodarnos en una casa, la familia, un trabajo, dos coches, responsabilidades… La vida normal, la vida del esclavo mata la genialidad. En favor de la estabilidad las genialidades han caído en manos equivocadas y malvadas. Yo soy de los pocos que ha conseguido ver con claridad mi calidad de genio y he trabajado en consecuencia, bebiendo, follando, escribiendo, viviendo, sí, viviendo joder. Los verdaderos genios han sido los grandes locos e hideputas que han puesto al revés el mundo dándole belleza a los actos más normales de la vida. Y yo soy uno de esos, pero la morralla y la mierda no dejan que se me vea. No soy de hacer ruido, no es lo mío. Parece que busco reconocimiento, ¿verdad? No hablo solo por mí, hablo de esos tipos que no medran por culpa del mediocre. Estos personajes calzan mejor que cualquier notable y su inmenso pie te aplasta. Incluso he leído casos de plagio, robo, insultos y enardecimiento de la violencia para quitar a notables del medio. A mí nadie me va a quitar de la circulación, ya me quito yo solo. ¿Para qué sufrir más en esta vida tan insana y mortífera? Una vida llena de muerte, podredumbre, miseria.

Creí que las mujeres me salvarían follándolas sin cuartel, pero no ha sido así. Ha sido todo lo contrario, ellas me han chupado la sangre y la savia espiritual. Me han dejado seco; ni escribir ni leer ni beber me ha llenado. Cuando era joven me llenaba leyendo a Miller, Bukowski, y escribiendo durante horas. Me bebía una botella de whisky o unas cuantas botellas de vino barato y coño, escribía genialidades, era mejor que el mejor polvo, o la mejor paja. Así que he decidido suicidarme, me ha costado mucho matar el espíritu, he asesinado la lucha por la existencia del espacio, solo ocupo espacio, no pienso aportar nada a este mundo, ni bueno ni malo. Mi hora ha llegado, la marcha del guerrero hacia otro lugar, no sé si será mejor o peor, pero es desconocido para mí. Y un lugar nuevo siempre agrada. Empezar de nuevo es reconfortante, los descubrimientos, las personas desconocidas, todo un mundo de nuevas sensaciones será menos doloroso que lo que ya conozco.

Martes, catorce de marzo de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Henry y Anaïs VII

Dos almas rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película Fuego en el cuerpo (1981). Dirigida por Lawrence Kasdan y protagonizada por Kathleen Turner y William Hurt. En la foto los dos protagonistas del film.

Durante toda mi vida he observado los movimientos de la Serpiente* y de la Masa*, los he estudiado y los estudio (el autor llama en aspecto simbólico Serpiente al Gobierno y Masa a la gente). La responsabilidad como todo en esta vida evoluciona e involuciona, se engrandece o se degrada. Cualquier cosa le podría haber pasado a la responsabilidad, pero no señores, a la señorita responsabilidad la han degradado a soldado raso. Me explico (creo que por mis ansias de ser escritor y ser el mejor de todos soy más filósofo que nunca, aunque jamás barato), mirando a mi alrededor veo a los papás de los nenes como fariseos que toman propia la responsabilidad de sus hijos, pobrecitos que no sufran, craso error. ¡Cómo van a ser hombres y mujeres de provecho si no les dejáis desarrollarse! Leo en la prensa a profesores indignados y muy enfadados, los Pás* y Más* se han convertido en reclamadores de notas y de comportamientos del docente para con sus hijos (* quiño a la novela La naranja mecánica, e incluso el autor se permite inventar una palabra nueva Más). Y es normal que los docentes estén cansados de que no los dejen hacer su trabajo por tres flancos: políticos, Pás, Más y alumnos. Cada pocos años con los cambios de gobierno nuevas leyes de educación entran en vigor y la locura de no saber cómo desempeñar el trabajo entra en escena. Hijos que están en la universidad pidiendo a sus progenitores que vayan a hablar con el profesor de turno porque no están de acuerdo con la nota o porque los han suspendido. Vamos a ver, ¿cómo hemos llegado a que un chico o chica entre dieciocho y veinte tantos años necesite que el Pá hable con su profesor de universidad? Es un gran atraso, igual que cuando calló el Imperio Romano, la Iglesia se adueñó del Conocimiento; dejó de ser patrimonio de todos.

Con el pretexto de que no sufran y no tengan excedente de trabajo les quitáis responsabilidad, pobres. Yo creo que cuanto antes sepan que toda acción tiene consecuencias tanto positivas como negativas antes se darán cuenta que esto no es un juego. Soy un paria por decisión propia, nadie me ha abocado a serlo, he sido yo solito. El sufrimiento curte y el trabajo dignifica y endurece la piel, la convierte en un callo, sensible también y te abre los ojos a lo que pueda venir. Incluso, una azada en un momento dado, el sol en la testa, el sudor en los ojos y las ampollas reventándose en las manos abren la mente al conocimiento si sabes verlo. ¡Ah no, sois ciegos! ¡Já!

Pasé el día deambulando por la periferia de la ciudad. A un margen del río miraba a los runners avanzar por la pista con los aparatos al hombro para medir los pasos y las pulsaciones, equipados hasta los dientes con la ropa adecuada, mallas, camisetas y zapatillas. No importa que no sepas correr, si vas equipado eres un runner = corredor. De todo ese equipamiento solo las zapatillas ayudan a no lastimarte los pies ni las rodillas, lo demás es paja. Me senté en ese margen, encendí un Benson, miré al frente, a los lados, la tarde caía y pronto saldrían los demonios a flote y yo me convertiría en un vampiro del whisky. El licor ambarino es la vida, el alcohol entra por mis venas convirtiéndome en un ser de la oscuridad, las arterias se abren, el alma se ensancha; borracho soy capaz de escribir tres días sin descanso, luego duermo otros tres días. Eso hice, una semana después desperté vestido igual que seis días antes y con una resaca de quince galones por barba. Al séptimo día desperté y descansé.

Me quedaba café, me serví uno, encendí un cigarro, me serví otro, fumé de nuevo, la operación se repitió tres veces. Tras una ducha y ropa limpia tuve la idea de visitar a Anaïs, no podía estar mucho tiempo alejado de aquella mujer, pero tampoco muy cerca. Al igual que me beneficiaba estar con ella también me lastimaba estar demasiado cerca. Tenía la sensación que chupaba mi energía y no solo la de la polla, la energía en general digo. Fui caminando, el sol me acompañaba, ignoraba a los indolentes, me daba y me da igual que haya una catástrofe natural o química, la gente me importa poco, son ignorantes de una realidad que a todos nos afecta, si no la veis no os lo voy a decir, es vuestra responsabilidad ser felices y hacer felices a los demás; el guerrero está cansado de pelear contra el muro, así que buscaos las habichuelas. En un rato alcancé el edificio de Anaïs, llamé al portero automático, no abrió, esperé un rato. Llamé de nuevo. —¿Quién es? —Aníbal —abrió. Salí del ascensor y la puerta estaba abierta. Anaïs y Malena tomaban café con batines de seda, el cabello revuelto y con rostros de haber sentido mucho placer; no me sentí traicionado, me sentí feliz de que la fotógrafa diera rienda suelta a su sexualidad; algo imposible para mí, no me gustan los hombres.

—Buenos días, Aníbal. ¿Un café? —preguntó Anaïs levantándose de la silla y yendo a darme un beso en los labios. Malena apartó la vista. Eso me tocó los cojones, que ladeara la cabeza habiéndome acostado con las dos, ella sabía lo que Anaïs y yo teníamos. Recordé a Henry, Anaïs y June* (se refiere a la relación entre los escritores Henry Miller, Anaïs Nin y la mujer de él, June).

—No, gracias, ya he tomado.

—Hola Aníbal. ¿Te has pensado lo de publicar? —preguntó Malena.

—¿Te llevas comisión con la publicación? Lo pregunto por tu insistencia, solo esa explicación encuentro —dije mirándola a los ojos.

—Pero… ¿qué dices? Lo hago por ti, porque quiero que te muestres, quiero que la gente vea todo lo que tienes dentro. No me hace falta una comisión para saber que eres bueno —No apartó sus ojos de los míos en todo el rato que estuvo hablando.

—Já, ahora ¿te lo tengo que agradecer? Qué risa María Luisa, no necesito que nadie valore lo que escribo. Sé que soy el que la tiene más grande.

—Aníbal, por favor. Malena intenta… —intentó decir la fotógrafa.

—Sé perfectamente lo que la señorona intenta decir. Me está diciendo en mi cara que solo ella ha visto mi talento y quiere explotarlo haciéndome un favor, y por ahí no paso; seré un paria, pero tengo mi orgullo —expuse encolerizándome cada vez más.

—Te crees la hostia, ¿verdad? Con ese porte de gran hombre, con esa mezcla de mendigo e intelectual, con esos aires de gañán disfrazado de tío listo y gran escritor… —añadió Malena.

—Sí, sé lo que soy, sé quién soy y no me arrepiento porque he elegido esta vida, no engaño a nadie. Y tú, ¿estás contenta engañando a tu marido? ¿Te gusta mostrarte como una muñeca de feria rica e inexpugnable? Te he visto, eres una pobre ricachona con el coño tan ancho y tan insatisfecho que tienes que seducir a Anaïs para sentirte alguien, y por qué no, seduzcamos al patán de Aníbal, jajajá.

El rostro de Anaïs cambió por completo por las palabras dañinas que nos estábamos diciendo; le importaba un pimiento que Malena y yo hubiésemos follado, seguramente lo sabría.

Las miré y me dirigí a la puerta…

—No te vayas, por favor —rogó Anaïs con voz temblorosa.

—Perdóname, pero debo irme. Adiós.

Cuando cerraba la puerta detrás de mí escuché decir a Malena: —Deja que se vaya, ¿no ves que es un cobarde?

Estuve una semana sin ver a Anaïs y mucho menos a Malena. Me sentía una marioneta en manos de ambas, un títere al que poder decir cómo escoger su camino, odio a la gente así; y yo que me llamaba libre, paradójico. Que equivocación más grande, cuando estás en manos de una mujer no eres libre, eres su muñeco de trapo, el hombre deja de ser hombre para ser en sus manos un muñeco de ventrílocuo. Y me negaba una vez más ser un trozo de madera en manos de una mujer. Puede que fuera la edad, puede que fuera la soledad, puede que fuera que la metamorfosis no estaba completada, puede que fuera la falta de amor, puede que necesitara esa mentira llamada Amor.

Cambié de domicilio, necesitaba huir, siempre he huido. Escapé de mi adolescencia convirtiéndome en un lacayo del Sistema, huí de mi familia, eludí mi responsabilidad marital, he desertado toda mi vida, hasta de mí mismo. Soy un superviviente de mí mismo. Puedo permitirme muchos lujos porque sé quién soy, un cobarde y un hombre sin hombría; ni siquiera soy escritor. Soy un esbozo, un dibujo mal pintado en una hoja de papel para luego arrugarla y tirarla a la basura. Soy un adicto a mí, a mi ego, soy un adicto a la vida, a la mala vida, la de las mentiras, la de la huída sin cuartel y sin mirar atrás porque me da pavor volver la cabeza y verme reflejado en medio de la nada.

En el Bar de Miguel vi a Manolo, un tipo al que durante un tiempo le alquilé una buhardilla. Me cobraba veinte euros por semana. Así que le pregunté y me dijo que estaba libre, al día siguiente me mudé. Me entregó la llave. Le pagué una semana por adelantado. Era una buhardilla con entrada exterior desde la calle, en pleno centro de la ciudad. El edificio mantenía el ascensor propio de las fincas antiguas de madera y hierro. Yo no podía entrar en el portal, solo alguna vez que me colé. Subir a pie por la escalera de servicio cuatro pisos depende en qué condiciones te encuentres para hacerlo.

Anaïs estuvo llamándome al móvil durante días, una o más veces al día, no respondí. Estaba dolido, estada jodidamente mal porque intentó manejar mi destino, hacerme creer que lo mejor para mí era publicar en ese momento, y ahí me di cuenta de su necedad, lo que necesitaba yo en esos momentos era estar cerca de ella, cerca de ti, Anaïs.

Dediqué todo el tiempo a escribir, me sentía lleno de letras y las vomitaba, la mayoría sin sentido, puede que fuera una terapia. Casi una semana estuve enclaustrado en aquella buhardilla de veinte por veinte, casi no comía, no bebía ni whisky, solo escribir y escribir. Necesitaba dejar salir todo lo que contenía mi alma y plasmarlo en letras, desordenadas u ordenadas, daba igual.

Sábado por la tarde. Está anocheciendo. Miro por la minúscula ventana de la buhardilla y la señora noche abraza a los transeúntes llenándolos de vida, vida nocturna, exceso, plácido exceso que me abrazas y no me dejas dormir. Te adoro, querido exceso, amado tedio. Decido bajar a la calle, tengo que comer, pienso. Estaba en calzoncillos, los mismos desde hace una semana, me lavo los cojones y me pongo calzoncillos nuevos, me lavo los sobacos, me visto con otra camiseta y encima me pongo la fea y vieja sudadera de poliéster. Me coloco los vaqueros azules y gastados; tomo los veinte euros que me quedan y salgo a la calle a comprar algo de fruta, embutido y una barra de pan. Cerca había un supermercado de esos grandes en los que hay de todo. Entré, compré, hice cola aguantando los cuchicheos de las marujas y de sus revoltosos hijos. Volví a la buhardilla.

Al par de días desperté como de un sueño, no había dormido nada, solo escribía. Podría haber escrito una novela, pero no me equivoqué, así que había escrito unos cuantos relatos. Creo que las novelas surgen por equivocación. Las buenas novelas no son pensadas, son vomitadas en un relato corto y luego otro y otro, hasta que se han escrito suficientes páginas para llamarlo novela. Es la única explicación que encuentro para la cantidad de nuevos novelistas que surgen todos los días en las Redes Sociales, es algo insólito. Jamás ha habido tantos «escritores» como hoy en día, y todo gracias al montuoso llamado Internet. Prefiero llamarlos pseudo-escritores, porque ser escritor no es sentarte a escribir y ya está. No señor no, escribir es un arte, es el arte de la palabra; el escritor plasma sentimientos y sensaciones. Escribir debe ser sincero para ser verdadero, sino es y será siempre papel higiénico para limpiarte el culo. Ser escritor es un acto suicida. Ningún tipo de arte exige tanta dedicación sin devolverte nada. Escribir es un acto de devoción a la literatura, y nada más. No esperes nada de la escritura, escribe si lo necesitas, si no es así dedícate a otra cosa.

Esperando, esperando, ¿a qué? Alcancé un cigarrillo, lo puse entre los labios y lo encendí. Me senté en la cama desnudo, totalmente, el cenicero estaba en mi regazo. Unos dedos robaron el cigarro de mis labios, lo devolvieron cuando el cuerpo hubo fumado.

—¿En qué piensas? —preguntó mi compañera de cama.

—No pienso nada en particular. ¿Sabes? Siento que he desperdiciado mi vida. ¿Por qué andas con un tipo como yo?

—Me gustas, me gustas mucho, Aníbal. Tu inteligencia me seduce, tu fuerza, tu virilidad, no sé, me gustas y punto.

La miré a los ojos, joder, ¿qué hacía en mi cama una mujer veinte años menor que yo? Angelina me gustaba, no era muy inteligente, pero sí muy amable y cariñosa. Respetaba mis silencios, creo que yo era el padre que nunca tuvo, o quizá el hermano mayor con el que alguna vez soñó con tirarse.

—Tú también me gustas. ¡Cómo no me vas a gustar!… —Me tumbé boca arriba.

—Repítelo, repite mi nombre.

Lo repetí y me besó, se sentó encima de mí, lo hicimos de nuevo.

—¿Te apetece salir un rato? —preguntó la joven.

—No me apetece, me apetece escribir. Si quieres salir puedes hacerlo, no me importa. ¿Piensas volver? —pregunté mirándola sentado en la silla frente al escritorio.

—No puedo volver esta noche, él espera que vuelva. Ya hace una semana que me marché de casa, cuando desaparezco más de siete días se preocupa por mí y me busca por todos los sitios que conocemos.

—Vale, vuelve con él. Ya sabes dónde estoy. Ahora vuela, vuela pajarillo.

—¿Por qué eres así? Me conoces, no te he mentido, desde el principio te lo dejé claro. Soy muy insatisfecha, al igual que tú. Debo volver con él, es mi protector, mi benefactor.

—Me importa una mierda qué significa él para ti. Lo pasamos bien, no quiero una novia y ni mucho menos reclamarte nada. Solo te invito a que vayas con él —Le di la espalda y comencé a escribir. No vi su cara, seguramente estaba muy enfadada. Cerró de un portazo.

Conocí a Angelina en un bar, en un antro que suelo frecuentar de vez en cuando. Estaba sola, creo que desamparada, me equivoqué; solo buscaba una presa a la que chuparle la sangre y así huir de ella misma. Me eligió, caí en sus redes. Poco me importa ser su víctima, me gusta ser la víctima de unos brazos jóvenes y tiernos. Lo que más me gusta de Angelina es que con ella no tengo que pensar. Tiene el cerebro del tamaño de un cacahuete, me satisface su simplicidad, me permite descansar, recupero las fuerzas con ella.

Durante los días posteriores me dediqué a buscar trabajo, necesitaba dinero. Imprimí en una librería unos cuantos currículos, paseé dejándolos en bares, almacenes, cualquier trabajo que me diera dinero y no necesitara de mi más de un tercio de mi inteligencia. Pienso que el trabajo es una pérdida de tiempo, nunca le he dedicado mucho de mí. Hacía calor, entré en un chino y compré un botellín de agua, me quedaban cincuenta euros de apostar al fútbol. Recuerdo que aposté diez euros a que ganaría el Madrid y ganó. ¿Qué podía hacer con cincuenta pavos? Seguí andando, pensé en Anaïs, quería verla. Quizá le pidiera disculpas por mi comportamiento la última vez que la vi, quizá me quedara inmóvil admirándola, quizá me abofeteara, quizá folláramos. Caminé un buen rato, llegué a su portal, pulsé el botón de su piso, sonó muy agudo, taladró mi mente. Abrió.

La puerta estaba abierta, entré.

—Hola, Aníbal —dijo Anaïs. Iba vestida con batín, olía a sexo, me empalmé.

—Hola —dije.

—Entra no te quedes ahí. ¿Te apetece beber algo? —preguntó con aire voluptuoso y satisfecho.

—Cerveza.

Malena salió del baño, así que eran amantes. Las había «pillado» por segunda vez. No me importó, sabía que Anaïs no me debía exclusividad ni yo a ella tampoco.

Anaïs me dio una lata de cerveza, nos miramos a los ojos. La abrí y le di un sorbo.

—¡Hombre! El escritor melancólico —exclamó Malena en plan sarcástico.

—Yo también te quiero, Malena —dije a modo de saludo.

—Siéntate, Aníbal. Cuéntame, ¿cómo estás? —Como siempre la fotógrafa calmaba mis demonios con una sonrisa y buenos modales.

—Estoy bien, he estado escribiendo y buscando trabajo. ¿Y tú? —Me comportaba como si Malena no existiera.

—Trabajando mucho, preparo una nueva exposición, ¿quieres ver las obras? —asentí, fui tras ella.

Malena se quedó sentada en el sofá vestida con una bata, seguro que no llevaba nada debajo. Seguía empalmado.

Anaïs me mostró las obras, eran fascinantes, en blanco y negro, con brillo y sin brillo. Escalas de grises, escalas de negro, abanico de blancos. Había otro cuerpo femenino, puede que fuera Malena. Dos cuerpos retratados, Anaïs y Malena. También estaban las mías con una descripción breve bajo la foto, sonreí. Mirando las fotos tomé de la mano a Anaïs, la traje hacia mí y la besé. Solo la besé, nos despegamos y sonreímos. Fuimos con la ricachona madura.

Acabé la cerveza y me largué de allí. Anaïs me pidió que me quedara a comer, decliné la invitación alegando que tenía cosas que hacer.

Ni Anaïs ni Malena sacaron el tema de publicar, parece que la señorona tuvo bastante con la discusión de la semana anterior.

Haciendo un alto en el camino porque los hechos aquí contados pertenecen al pasado reciente y no al presente me salto a la torera la cronología simplemente porque es divertido. Como ya dije hace unas páginas atrás estuve trabajando un tiempo como segurata (sin título) en una obra en construcción, era un colegio público. Algo que no entiendo es que en España nuestros magníficos gobiernos recientes se han quejado de la escasa natalidad frente a la gran población de ancianos, ¿por qué construyen un colegio en un pedanía donde ya hay varios colegios? Creo que puede ser para llevárselo calentito y luego hacerse la foto, así quedan como que bueno soy ante los votantes. ¡Mirad al alcalde que bien se porta edificando un colegio al que no van a ir niños a estudiar! Es mi criticona opinión, pero estas cosas dan que pensar. Nací con cerebro, y lo uso, no como otros que solo lo usan para llevar pelo. Durante esos meses trabajaba bastante de noche, la verdad que era un rollo tremendo estar doce horas dando vueltas alrededor del perímetro vigilando y sentado en una silla. Las cosa es que la empresa para la que yo trabajaba estaba subcontratada por la constructora que era un empresa la hostia de grande. Para ser tan grande la constructora nos tenía como esclavos sin un sitio donde cobijarnos por si hacía frío, o llovía. Me pareció un trato tercermundista, pero España es un país subdesarrollado con empresas tercermundistas en cuanto al trabajador se refiere. Por un mísero sueldo de 4,50€ la hora tenía que aguantar doce horas pasando calamidades, frío, lluvia y encima los fines de semana si tocaba había que estar allí. Desde la famosa crisis los sueldos han bajado hasta picos de hace veinte años y la vida sigue subiendo. Consecuencia: si gastas más de lo que ganas porque todo lo que compras vale más que tu insignificante sueldo te endeudas cada vez más, he aquí la principal cuestión señores. Desde hace unos años nos tienen cogidos por los huevos con el miedo de que si te endeudas más de lo que puedes pagar te embargo. La política del miedo no deja de asombrarme y la gente no aprende. Mientras que los esclavos intentaban pagar sus facturas a costa de dar su vida a cambio de nada yo me dedicaba a pasarlo chachi piruli leyendo libros en el trabajo de vigilante, un libro de doscientas y poco páginas como es La sonrisa etrusca del gran Sampedro me lo leía en las doce horas de una sentada. Encontré algunos libros buenos como el que mencionado, Cartero de Bukowski, Trópico de Cáncer de Henry Miller. Cuando tenía servicio solía prepararme un par de bocadillos de embutido y mucha cerveza, un paquete de seis o doce latas recubiertas con hielo dentro de una nevera portátil para que estuvieran bien frías. Bastante tabaco y alguna vez algo de María para amenizar un poco las noches. Vivía en la habitación que le tenía alquilada a la señora Emilia, una mujer muy gorda y sucia, pero no era mala gente, me trataba bien y se preocupaba por mí: —No deberías emborracharte tanto —solía decirme cuando subía las escaleras a gatas porque iba demasiado borracho para caminar erguido. ¿Y qué iba hacer en los días libres? Escribir y beber. No pensaba ni pienso quedarme mirando la televisión como un autómata, ya me mataba doce horas en el curro perdiéndome la vida de la calle, tenía que salir a palpar lo que se cocía en el asfalto.

Miércoles, ocho de marzo de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

La buena samaritana

—¿Qué piensas? —me preguntó moviendo el café con la cucharilla. Lo tomaba cortado con leche.

—Nada en particular —respondí.

—Te conozco, suéltalo, venga, cariño —dijo con tanta dulzura que se me encogió el corazón, temblaba.

—Bueno, estoy aquí contigo tres meses, me recogiste de la calle, estaba bastante mal y no tengo nada que ofrecerte, excepto mi gratitud.

Miraba la mesa camilla, hacía mucho frío, el brasero de debajo de la mesa calentaba mis piernas.

—Me das mucho, Aníbal. Has llenado mi casa de alegría, aunque no seas un hombre alegre, lo percibo así. Eres la primera persona que se preocupa por mí. Yo sí te debo gratitud y mucha. Que te encontrara en la calle muerto de frío y herido no quiere decir nada, algo me llevó a encontrarte aquella noche —expuso mirándome con más amor del que nadie me ha profesado nunca.

María me encontró una noche invernal tirado en un callejón, me había atropellado un coche en la calzada y como pude me arrastré hasta la acera refugiándome en un callejón oscuro. Esa noche había bebido más de costumbre y no calculé la distancia del automóvil y al intentar cruzar la calle me mareé, creo que fue por las luces del coche, me pasó por encima. Aullaba de dolor, me dolían las costillas, la piel me ardía, el frío atenazaba mis músculos, me sentía moribundo, estaba machacado y no solo por el golpetazo con el coche. El conductor no paró, seguramente tendría algo que esconder, no le culpo. ¿Por qué auxiliar a un perdedor borracho cómo yo? María me encontró cuando andaba por la calle, iba de compras y escuchó mis quejidos, se acercó adónde yo estaba, me vio cubierto de sangre y ni lo pensó, llamó a una ambulancia.

Me desperté en urgencias con el cuerpo dolorido, realmente estaba hecho un cristo. Abrí los ojos y creí que estaba en el otro lado porque ante mis ojos un rostro de otro mundo estaba tomándome la mano.

—¿Dónde… estoy? —balbuceé. Me costaba respirar.

—En el hospital. Algo te pasó por encima, ¿fue un coche? Te vi muy mal, estabas tirado en un callejón y te traje a urgencias. Trata de descansar—dijo la voz del rostro de otro mundo. Me dormí.

Volví a despertar, allí seguía la imagen, difuminada, inmóvil. Estaba sentada en un sillón al lado de mi cama, leía una revista.

—¿Cómo te encuentras?

—Aturdido, creo. ¿Sigo en el hospital?

—Sí, te subieron a planta, estabas totalmente destrozado, tenías varias costillas rotas y magulladuras por todo el cuerpo.

—¿Tú quién eres? ¿Una buena samaritana, un ángel, una ninfa? —pregunté intentando verla con claridad. Estaba más drogado que nunca por la medicación.

—Ja, ja, ja, ni una cosa ni otra. Te vi en la calle y necesitabas ayuda, y yo te la presté. La verdad es que no tengo por qué estar aquí contigo, pero no me habría sentido nada bien yéndome a mi casa. Esperaba a que despertaras y a que estés mejor. Aquí no saben tu nombre porque no tenías la documentación en la cartera, llamaron a la policía, pero para evitar que metieran las narices les dije a los médicos que yo me encargaba de todo. ¿Tienes tarjeta de la Seguridad Social?

—Sí, tengo, pero no sé si aún es válida. Hace mucho que no trabajo.

Entró una enfermera en la habitación, primero fue a atender al otro enfermo, mi compañero de dolores, corrió la cortina. Tenía ganas de mear.

—¿Cómo se encuentra el enfermo hoy? Ha estado dos días durmiendo —dijo la enfermera rubia dirigiéndose a mí. Tendría unos cincuenta.

—Me siento fatal. Tengo ganas de mear —dije.

—Tenga la cuña, cuando acabe me llama pulsando aquí —explicó con profesionalidad.

—No pienso mear en este chisme. Si no me ayuda a ir al baño iré solo.

—Conque tenemos un enfermo rebelde. Hágalo en la cuña y no me dé más trabajo de la cuenta. Vigílelo y si se pone follonero llámeme y lo calmaré con un buen pinchazo —Se marchó girando sobre sus talones.

—Ayúdame a levantarme, por favor —pedí a la buena samaritana.

—¿No has oído a la enfermera? Hazlo en la cuña si no quieres que la llame y te agujeree el culo.

Me tuve que joder y mear en la puta cuña. Me costó dios y ayuda, pero al final lo hice.

—Bueno, cuando venga la enfermera tendrás que decirle tu nombre para ver si tienes tarjeta de la Seguridad Social. ¿Cómo te llamas? Soy María.

—Me llamo Aníbal, te estoy muy agradecido, María. Si no llega a ser por ti lo mismo habría muerto en aquel callejón. Aunque para un tipo como yo es una muerte bastante digna —dije intentando incorporarme. María me ayudó. —Cuando me desperté la primera vez creí que había muerto y que eras una divinidad.

—¿Griega?

—Sí, la religión no me va, soy pagano, alcohólico, drogadicto, un partidazo, jajajá.

—Todos tenemos problemas, Aníbal. Soy pagana, como tú.

—Somos dos paganos —reímos.

Pasó la noche conmigo, cenamos, vimos algo de televisión previo pago de una tarjeta por 5€. El compañero de habitación no cesaba de quejarse y su mujer (eso creo) intentaba calmarlo, se dormía y al despertar otra vez se quejaba. María, entabló conversación con la mujer y le explicó que el hombre era bastante quejica, odiaba los hospitales, las agujas, los médicos, las enfermeras y a ella. Dormí plácidamente toda la noche.

Al día siguiente después del desayuno llegó el médico, me preguntó por mi tarjeta sanitaria, la tengo en casa, creo, le dije. Pidió con excesiva amabilidad mi nombre y mi número de DNI, al rato volvió.

—Aníbal, su DNI está caducado y su tarjeta sanitaria no es válida porque hace más de un año que no trabaja, así que no cotiza a la S.S. Y si no cotiza no tiene derecho a ser atendido, son las nuevas órdenes del Ministerio. Tendrá que pagar la estancia en el hospital, el tratamiento, las comidas, tiene que pagarlo todo, lo siento —el tipo soltó todo eso y se quedó tan a gusto que si hubiera tenido un caramelo se lo habría dado.

—¿Pagar? ¿Tengo cara de tener dinero? ¿Acaso tengo la culpa de que un hijoputa me atropellara? No tengo dinero para pagar, ¿no se supone que la atención médica en España es gratuita para todo el mundo? —pregunté totalmente enfadado.

—Bueno, si ha visto las noticias están haciendo recortes. Este es uno de ellos, quien no tenga la tarjeta sanitaria en vigor debe pagar la factura del hospital —Allí estaba el tipo de la bata blanca como un monigote soltando aquello y jodiéndome la vida.

—Pues estoy jodido, doctor… Martínez. O ustedes están jodidos, no tengo dinero, es igual a que no voy a pagar.

—En ese caso por ética profesional le atenderemos, pero informaré de su situación con una denuncia y tendrá que pagar de todos modos.

El tío me miraba desafiante y yo estaba a punto de echar espuma por la boca.

—Aníbal, cielo, yo pagaré la cuenta. Doctor no lo denuncie, está muy afectado por todo lo que ha pasado. Yo me hago cargo —dijo María. Me sentí aliviado por ella, pero prefería deberle al Estado que no a la mujer que me arrancó de las garras de la señora de la guadaña.

—Está bien —dijo el médico. Se marchó. Cuando salía por la puerta lo llamé a grito pelado.

—¿Puedo pedir el alta voluntaria? Me encuentro bastante bien —María me miró extrañada.

—En realidad le iba a dar el alta mañana, pero si quiere irse está en su derecho, no veo por qué no. Prepararé el alta. Buenos días.

Se largó, no podía estar en aquel hospital sabiendo que María se haría cargo de todo. No podía consentir que gastara de esa manera su dinero. Yo no valía tanto.

María intentó hacerme entrar en razón, enseguida descubrió que soy un ser testarudo. Nos marchamos esa misma mañana, al mediodía. Se empeñó en ir a su casa, quería vigilarme y tenerme cerca. Aparte de ser muy buena conmigo era más joven que yo, atractiva, de cabello castaño oscuro y ojos pardos, piel blanca y de figura delgada. Hicimos el viaje a su casa en su coche, vivía en al campo, en una especie de granja con muchos animales, perros, gatos, un poni, un burro, conejos, gallinas, un pequeño zoo, pero parecía acogedor. Me acomodó en una de las habitaciones, la casa era amplia, muy acogedora. Me tumbé en la cama, estaba cansado. Antes de llegar paramos en una farmacia y ella compró lo que hacía falta para los dolores de mis costillas. Me dormí inmediatamente.

Cuando desperté no sabía qué hora era, me levanté. María estaba en la cocina.

—¿Qué estás cocinando? —pregunté en el quicio de la puerta.

—¡Te has despertado! Acércate, ven siéntate —pidió vuelta hacia mí. Estaba resplandeciente. —Hago cocido, ya que no has comido nada desde el desayuno, un plato de sopa te hará bien —dijo sonriente. Su dentadura era muy blanca. Se notaba que era una mujer muy limpia.

—Gracias. La casa es grande, ¿puedes tú sola con todo?

—Me las apaño bastante bien. Prueba el caldo y dime si está a tu gusto de sal.

—Eso está bien. ¿Tienes un cigarrillo? —pregunté después de probar el caldo, estaba en el punto exacto de sal, como me gusta.

—En el cajón de debajo de la mesa hay cigarrillos.

Encendí uno, aspiré hondo, el humo me llegó a los pies. María se sentó a mi lado, encendió un cigarro.

—Aníbal.

La miré a los ojos.

—Quiero que te quedes, te necesito.

—¿Por qué?

—Me gustas, me gusta tu aplomo y como te has enfrentado al doctor en el hospital, los tienes bien puestos —expuso acariciando las cicatrices de mi rostro.

—Soy demasiado viejo, estoy cansado. No soy un hombre que siente el culo demasiado tiempo en ningún sitio.

—Bueno, dime quién es Aníbal.

Se levantó a echarle un vistazo al guiso de pollo con albóndigas.

—Soy un tipo cualquiera que se emborrachó y un coche lo atropelló porque iba demasiado cocido para ver las luces cuando lo tuvo encima.

La miraba cocinar, tenía el trasero respingón, en ella se notaba la vitalidad de la juventud.

—Entiendo. Has dicho que eres viejo, no te veo viejo, pero sí cansado como has dicho. Y me pareces muy guapo, verdaderamente guapo. El azul de tus ojos es atrayente, como enigmático —dijo con el cucharón en la mano frente a mí.

—Soy viejo y me siento viejo. Creo que a mis cuarenta y nueve años he vivido demasiadas vidas. Necesito descansar, si hubiera muerto en el callejón en el que me encontraste no me habría importado.

—No digas eso, nadie se merece una muerte indigna, aunque esté borracho y no le importe a nadie, pero a mí me importas.

Cenamos pronto, tomé un plato de sopa. Ayudé a María con los platos y me acosté. Dormí como un lirón.

Al día siguiente más de lo mismo, me encontraba mejor, ayudé en la cocina, necesitaba sentirme útil.

—Te las arreglas muy bien entre los fogones y los cacharros. ¿Has vivido solo?

—He vivido solo toda mi vida —respondí mientras fregaba unos vasos.

Uno de sus perros, uno pequeño y peludo me seguía a todos lados, intentaba colarse en mi habitación, pero yo cerraba la puerta en sus narices. Cuando me sentaba donde fuera, el chucho venía donde estaba yo y pedía que lo acariciara dándome con la pata en la pierna. Al final consiguió que lo acariciara y nos hicimos amigos. Nunca había tenido perro y me estaba gustando caerle bien al chucho. El perro se llamaba Tobi, el resto de perros y gatos deambulaban por la casa, pero el pequeño Tobi era el más afortunado de todos. Hacía su vida en la casa, los otros entraban y salían, pero no estaban tan mimados como mi nuevo amigo.

Una mañana María fue al pueblo a comprar comida, husmeé por la casa y en una habitación a modo de despacho vi un viejo ordenador; necesitaba escribir, me notaba decaído y no era por la salud porque cada día estaba mejor y más fuerte. Mi alma se marchitaba, necesitaba plasmar los sentimientos sobre el papel o sobre aquel ordenador. Miré si había conexión a Internet, la encontré detrás de la mesita del teléfono. Volví al despacho y el ordenador tenía conectado el cable de red, lo encendí. Tardó en encender un cigarrillo entero.

Abrí una hoja de Word y comencé a escribir párrafos sueltos para calentar las neuronas, pensamientos, algunos vagos y otros menos.

«María es mi salvadora, si no hubiera sido por ella habría muerto sin dignidad, como ella misma dice. Me siento viejo, acabado, de aquí para allá, sin un techo fijo, ni trabajo ni beneficio. ¿He tirado mi vida al sumidero? La habría tirado si hubiera sido el hijo que mis Pás* (palabra con la que Alex, el protagonista de la novela La Naranja Mecánica llama a sus padres) esperaban. Dolorido, ignorante y silencioso ante los manda mases de la Serpiente* (palabra con la que el autor nombra al sistema), pero no, yo me rebelé contra la esclavitud convertida en una sociedad que asiente pacíficamente porque ser pacífico y mudo es lo correcto. Solo el derecho a votar y las manifestaciones son permitidas en un país democrático. Una vez, a los diecisiete años me dije: —Si ser democrático es ser un cagado sin cojones para enfrentarse a las injusticias de la vida yo me jubilo de esta vida —Un par de días después me largué de casa de mis padres.

Ella, una divinidad griega me acogió en su seno, curó mis heridas, me trajo a su Templo, proveyó mi apetito con deliciosos manjares. Ella, Ninfa Hespéride, el enorme huerto y el espléndido jardín solo podía cuidarlo una Ninfa como ella, María, una Hespéride perdida en este mundo. Su porte elegante, delicado y delicioso descubre a una mujer sensible, sentimental con todo lo que la rodea, por eso solo puede ser una Ninfa enviada para cuidar de estos animales y ya de paso de un vagabundo borracho como yo».

—¡Aníbal! He llegado, cielo.

—Estoy aquí, María —dije leyendo lo que había escrito.

—¡Estás aquí! Este despacho pertenecía a mi padre, trabajaba aquí durante horas. De pequeña solía sentarme en aquella butaca y lo veía trabajar. De vez en cuando me dejaba leer alguno de los libros de la estantería —comentó situándose detrás de mí para ver que escribía.

—He visto el ordenador y lo he encendido, espero que no te moleste —me excusé mirando la pantalla.

—No me molesta, considera esta casa como tuya. ¿Puedo leer lo que escribes?

—Adelante.

Leyó lo que acababa de escribir… Acabó.

—Aníbal, es muy hermoso, es precioso. ¿Eso piensas de mí?

—Sí, pienso eso y creo que no eres de este mundo. Nadie hace por nadie lo que estás haciendo por mí —La miré a los ojos. Estaba inclinada sobre mi hombro, miré su escote por accidente, la piel, blanca, tersa, joven, me pareció un atractivo y turgente canalillo.

—Gracias, pero no soy tanto, como tú mismo dices. Ven conmigo —invitó ofreciendo su mano.

La mano era cálida, casi maternal, la apreté con fuerza. Me llevó a la cocina y me mostró los manjares que había comprado. Cocinamos y mientras comíamos…

—Aunque papá me dejó una buena herencia he pensado que podemos cultivar nuestras propias hortalizas, así nos podemos entretener. He comprado árboles frutales también —comentó antes de dar un trago a su cerveza.

—Me parece bien. De pequeño ayudaba a mi padre en su huerto y no se me daba mal. El pescado está delicioso. No sé qué me pasa, pero últimamente tengo mucha hambre.

—Debe ser el campo que te abre el apetito, cielo.

Por la tarde sembramos las hortalizas, lechuga, rábanos, ajos, cebollas, puerros… También plantamos los frutales, un peral, dos tomateras, un manzano, un naranjo y un limonero. Nos divertimos mucho haciéndolo, acabé bastante cansado, pero alegre por ayudar a mi benefactora. Una vez acabado el trabajo nos sentamos en el porche y nos bebimos una cerveza cada uno. Mirábamos el huerto con satisfacción.

—Estaba harta de tanta planta de ornamentación. Necesitaba un cambio, ¿no crees? —preguntó mirándome.

—Sí, creo que sí.

Después de cenar me acosté, estaba reventado. Me desperté de madrugada, había dormido lo suficiente, tenía sed, fui a la cocina por un vaso de agua. Cuando cruzaba el pasillo entre las habitaciones y la cocina oí gemidos, era la voz de María. La puerta de su habitación estaba abierta. Ella estaba a cuatro patas sobre la cama y el pastor alemán, Lobo creo que se llamaba, era un animal huraño, debía serlo porque era el guardián. Lobo estaba detrás de ella, la rodeaba con las patas delanteras, abrazaba las caderas de María y su picha rosada la penetraba o lo intentaba, no lo pude ver con claridad, me apoyé en el marco de la puerta sin hacer ruido. Ella gemía, el perro también. No me pareció para nada una escena dantesca, me dio lo mismo, no me importó. En la penumbra, el cuerpo desnudo de María se veía bello, delicado y delicioso, sus gemidos de placer eran suaves, muy coquetos, la verdad. Nunca había visto de cerca un cuerpo tan perfecto y bello. Los senos se balanceaban al son de las embestidas de Lobo, era divino verlos con la casi extinguida luz. Me marché a mi habitación.

Al día siguiente desayunamos, no dije nada de lo que vi la noche anterior, me comí la tostada, el café y salí al huerto a echar un vistazo. Me senté en la hamaca a fumar.

─Aníbal, voy al pueblo a comprar harina para hacer pan, ¿te vienes? ─dijo con sonrisa resplandeciente.

─Prefiero quedarme a escribir un poco.

La miraba sonreír y me pareció el animal más bello del mundo.

─Vale, nos vemos pronto ─Antes de irse besó mi cabello justo encima de la cabeza.

Mientras apuraba mi cigarro pensé que antes nunca una mujer ni persona había sido tan cariñosa conmigo, ni siquiera mi madre. Me sentía muy a gusto con María, debía ser el campo, el aire puro, o simplemente mi edad.

El día pasó muy rápido, cenamos pronto y en la sala de estar encendimos la televisión, empezaba una película en blanco y negro con un Gary Cooper jovencísimo, Adiós a las armas era la película, una buena película, la verdad.

─Me encantan las películas antiguas, ¿y a ti? ─preguntó.

─Sí, algunas sí. ¿Has visto esta?

─No, ¿es buena?

─A mí parece buena. Te gustará ─Encendí dos pitillos al mismo tiempo.

El pequeño Tobi estaba sentado sobre mis pies, respiraba con satisfacción y no sé por qué. Los gatos también entraron en la sala y cada uno fue buscando su lugar para descansar.

La película avanzaba, María tomó mi mano con tibieza, la miré de soslayo, la besé en la mejilla, giró el cuello hacia mí, la besé tímidamente en los labios, la abracé suavemente, abrió la boca y la besé con más ardor, la pegué fuertemente a mí. Me abrazó, bajé besando su cuello, tenía la piel más suave y perfumada del mundo, era como oler una flor de jazmín, me empalmé. Mi mano bajó a la vulva, la acaricié con mimo por encima de la ropa, intenté desabrochar el botón del vaquero…

─Espera, por favor, aún no. Entiéndeme, eres el primer hombre que me gusta en años. Dame tiempo y cuando sea el momento te lo haré saber.

─Está bien, sigamos viendo la película ─La rodeé con el brazo, se acurrucó entre mi brazo y el sobaco.

En compañía de María el tiempo pasaba rápidamente, no tenía noción alguna del espacio-tiempo. Me sentía en plenitud total y eso se notaba en mi forma de escribir, lo hacía más redondo  que nunca, las palabras brotaban solas, estaba fluyendo, me sentía ligero como el agua, creo que feliz. Una de esas noches me desperté de madrugada, la habitación de María estaba abierta, no estaba allí. Fui a la cocina, me preparé un té de bolsita, miré por la ventana y la luz de la cuadra estaba encendida. Dejé el agua al fuego y salí afuera, caminé hasta la cuadra, por una pequeña ventana que daba al interior pude ver como María masturbaba al poni, tenía una gran picha. Me quedé un rato y entré de nuevo en la casa. Me senté a la mesa un momento, me llevé el té al despacho y me dispuse a escribir. Cuando María entró en la casa fue directamente a la ducha, no me vio.

No me importaba que María realzara su sexualidad con los animales, ella era una Hespéride, amaba a sus animales y como tal debía amarlos.

Una mañana después de trabajar en el huerto sació mi sed con limonada recién hecha de los primeros limones del huerto. Secó mi sudor con un trapo que llevaba en la mano, me miró a los ojos…

─Tienes unos ojos muy bonitos, cariño ─susurró tomando mi rostro con ambas manos.

Hacía muchísimo calor, el sudor manaba y manaba por mi frente, ella, en cambio, estaba radiante, bella ante mis ojos, la estreché entre mis brazos y la besé, la besé con ardor, un ardor nuevo en mí. Poco a poco caímos sobre la tierra y allí levanté su falda, ladeé la braguita y María bajó mi cremallera…

─Penétrame, por favor, ámame…

Y como ella pidió entré; yacimos lentamente como si fuéramos vírgenes. Me sentí torpe, no atinaba a hacérselo cómodamente, pero al mismo tiempo estaba feliz de zambullirme en aquel coño lleno de amor. Padecí la felicidad de estar dentro de María, la besaba dulcemente tomando sus labios con los míos, entraba y salía sin cesar, pero con tal parsimonia que el sol dio color a mi nuca. Así estuvimos hasta la hora de comer, me corrí cuando me lo pidió.

Tres meses después habíamos reformado la casa, cada día arreglábamos algo más, tapé las goteras del techo, pintamos el exterior, pintamos la valla de madera que rodeaba el huerto. Sin darme cuenta estaba creando un hogar, algo que nunca había tenido. Por eso me sentía pleno, pero al mismo tiempo sentía mis pies pegados a aquella fértil tierra. Y no me gustaba saber que estaba echando raíces.

─Somos dos solitarios que se han encontrado, bueno, tú me encontraste y yo te he encontrado día a día, aquí, en esta casa alejada del mundo. Dices que me debes gratitud, ¿por qué? ─pregunté retrepado en la hamaca del porche cerveza en mano.

─En todo este tiempo no te he hablado de mí, aunque tú tampoco de ti. Tengo treinta años, siempre he vivido aquí, con mis padres, mi madre murió cuando yo tenía quince años, mi padre falleció hace dos años. Solo él ha sido mi compañía, todo mi amor se lo daba a él y mis animales. He tenido amigas, claro que he tenido, pero nunca he sido una frívola, no me gustaba salir con chicos, solo tuve un amante a los veinte y cinco y fue un amigo de mi padre. Solía venir los domingos a comer y me hizo el amor uno de aquellos domingos. Solo esa vez lo hicimos. Luego mi padre se enteró porque yo inocentemente se lo conté y su amigo no vino nunca más. Me encerré aquí con mis animales y mi padre, aprendí a amar la naturaleza y aislarme del mundo. Incluso cuando voy al pueblo a comprar sigo en mi mundo, es lo único que me hace feliz. Tú llegaste en un momento en el que la soledad y la tristeza me estaban sumergiendo en una apatía eterna. Me salvaste. Y yo te salvé de la muerte. Quiero que sepas que he dejado que te quedes porque la primera vez que me miraste vi pureza en tus ojos, sabía que no me ibas a juzgar por ser una ermitaña, sabía que no me mirarías como si estuviera loca. Desde aquel momento te amé.

─María, vivimos en un mundo de locos, es posible que seamos los más cuerdos del país de los locos. Yo no sé si te amo, pero aquí contigo soy algo que nunca he sido, feliz, aunque no estoy seguro de serlo plenamente. Para mí la bebida llegó a ser un problema, era alcohólico y medio drogadicto y aquí he aprendido a beber sin emborracharme. Mi gratitud va a ser eterna, pero no te voy a mentir, siento la necesidad de salir de aquí, necesito estar con más gente, tengo que contaminarme para volver a tus faldas a limpiarme y amarte sin cuartel.

─Mi amor, puedes irte cuando quieras, si dices que volverás te creo. Quiero que vuelvas contaminado de la vida real y que te limpies aquí conmigo y me hagas el amor hasta que me llenes de esa contaminación ─dijo mirándome a los ojos. En los suyos había tímidas lágrimas. El corazón se me encogió. La tomé en brazos y a la cama la llevé. Le hice el amor sin tregua, la follé con saña, el animal que llevo dentro entró en María. Nos unimos, nos fundimos antes de mi marcha.

No sabía cuando me iría, lo que sí sabía es que volvería, de eso no tenía duda alguna.

Una mañana me desperté y sentí el impulso de marcharme. Me vestí, María hacía el desayuno, desayunamos en silencio, ella sabía que era la hora. Me acompañó a la puerta, nos besamos.

─Vuelve, por favor. Te amo, Aníbal.

No dije nada, solo asentí. Me marché caminando.

Me dirigía al pueblo, un camión pasó a mi lado, me reconoció de verme con María por el pueblo.

─Amigo, ¿necesita que lo lleve?

─Sí.

Condujo hasta el pueblo, no hablamos, me apeé en la gasolinera, compré cigarrillos con el dinero que María metía en mi cartera a escondidas. Nunca supe por qué lo hacía, nunca pregunté. Caminé sin rumbo, no me apetecía ir más lejos, era como si un cordón umbilical me uniera a María, y si me alejaba demasiado se podía romper y no deseaba romperlo. Llegué a la puerta de un bar, entré, mi gaznate pedía whisky a gritos.

─¿Qué le pongo? ─preguntó la camarera.

─Whisky solo, por favor.

El local era el típico bar donde todos se conocen, servían tapas, bocadillos, café, lo típico en un bar español de tercera. Sirvió el whisky, estaba sentado en la barra, saqué un Benson & Hedges, miré a la camarera, aprobó que fumara. La mujer debía tener unos cuarenta, tenía las tetas caídas, creo que no llevaba sujetador. Tenía cara de comérselas a pares, normal; en un pueblo como aquel si no te diviertes mueres. Morena, cabello largo y tintado de negro azabache, raya en los ojos al estilo cani. Ojos grandes, me dio la impresión que tenía sangre gitana.

─¿Me invitas a fumar? ─preguntó la camarera.

Le ofrecí un cigarrillo directamente de la cajetilla, le di fuego con el mechero que acababa de comprar en la gasolinera.

─¿Tú eres el que vive con la loca de la granja? ─preguntó despectivamente.

─María no está loca, lo que pasa es que no la entendéis porque no os dais el permiso de conocerla, la tildáis de loca cuando está más cuerda que todos vosotros. Por vivir sola y aislada del mundo la llamáis así, que pena ─expliqué tranquilamente con el vaso en la mano.

─No te enfades, hombre. Aquí todo el mundo la llama así, antes éramos amigas. De vez en cuando la veo pasar con la camioneta, siempre pasa de largo. ¿Cómo está?

─Quizá debieras comprobarlo tú misma.

─Quizá sí, o quizá no. ¿Te pongo otro?

─Sí.

Rellenó el vaso, saqué mi libreta, pedí un bolígrafo a la camarera criticona. Comencé a escribir, sin darme cuenta se hizo la hora de comer. Pedí un par de tapas y cerveza, comí y salí a las mesas de la escasa terraza a fumar y tomar café. Comencé a escribir. Estaba aislado de todo, al igual que hacía antes de conocer a María.

─¿Puedo hacerte compañía? ─preguntó la camarera de cabello azabache.

─Puedes ─respondí sin mirarla.

─He acabado mi turno, me releva mi hija, es nuestro negocio familiar. Abrí el bar cuando mi marido me abandonó por una prima suya más joven. Si vives con María, ¿qué eres su novio? ─dijo tomando su copa de cerveza. Tenía las uñas largas, de color rosa chillón, me pareció de muy mal gusto.

─Vivo con ella, pero no soy su novio. Me rescató de las garras de la muerte.

─Ella siempre ha tenido voluntad de ayudar a la gente, no entiendo por qué ahora está alejada de todo.

No paraba de mirarme, cuando me miran fijamente me pongo nervioso, incluso un poco agresivo. Intenté no serlo.

─Cada cual toma su camino. Yo tomé el mío y me desvió aquí, a este pueblo apartado del mundo en casa de María. ¿Fumas?

─Por favor, eres muy galante, ya no hay hombres así.

Tomó el Benson acariciando mi mano, se lo encendí. La verdad que aquella mujer era bastante guapa, pero ni el pelo ni el maquillaje eran de buen gusto.

─Soy como soy y punto.

─¿Puedo saber tu nombre hombre galante? ─preguntó cruzando las piernas enfundadas en unas mallas negras.

─Aníbal.

─Yo me llamo Isa. No suelen venir muchos forasteros por aquí, solo camioneros que están de paso y gente que para en la gasolinera. Me gustaría salir de aquí, me crié en estas calles, es mucho tiempo en este sitio, mis raíces están aquí. Sin embargo me gustaría poder ofrecerle algo más a mi hija. Si conociera a un hombre que nos respetara, puede que reuniera el valor de marcharme.

─Eres una persona dependiente, antes dependías de tus padres, después de tu marido, ahora dependes de este lugar y de tus deseos ─expuse apurando mi café solo.

─No me conoces, pero puede que tengas razón. El tiempo me ha atrapado en este pueblo. Hablas muy bien, se nota que no eres de por aquí. Yo también intento hablar bien, aunque mi aspecto no es el de una persona que hable bien.

─Una contradicción, Isa. A veces las contradicciones son maravillosas. Creo que me quedaré aquí hasta la noche, estoy a gusto. Voy a pedir un whisky.

─Ya voy yo, y me pido un cubata para acompañarte ─Se levantó, le miré el culo, era bastante grande, lo tenía en su sitio.

Empecé a sentirme muy yo, en verdad necesitaba salir de la granja, estaba pensando en volver a la noche. Ya me había divertido y contaminado lejos de María, en cuanto anocheciera volvería entre sus faldas como había prometido.

Hablamos durante toda la tarde, Isa coqueteaba conmigo, rozaba su rodilla contra mi pierna, apartaba su pelo ondulado del cuello, reía frívolamente y a mí no me parecía mal, siempre me ha gustado gustar a las mujeres, aparte de ser divertido, es un polvo seguro. No estaba cierto de si quería liarme con ella, así que decidí averiguarlo. Quería saber si María me había «castrado». Anocheció.

─Debería irme, ya es de noche y quiero volver a la granja ─dije dejando el vaso en la mesa. Estaba borracho.

─¿Tienes coche?

─He venido andando.

─No puedes irte caminando con esa borrachera, te llevo en mi coche.

─Está bien ─acepté levantándome de la silla. Durante un segundo todo me dio vueltas, pero enseguida el mundo dejó de girar y pude caminar.

Isa condujo despacio hasta la granja, me dio la impresión de que no quería llegar al destino. También estaba muy oscuro y no había farolas. Aparcó antes de llegar a la granja. Puso el freno de mano y se volvió hacia mí, sus labios eran carnosos, bonitos. Me miraba con deseo y yo la besé, sentí ese impulso. Comenzó a darme lengua y a desabrochar mi camisa, me agarró los cojones y desabrochó el botón del vaquero, metió su mano entre mis piernas.

─Te deseo desde que te he visto ─susurró en mi boca.

Sigilosamente y con maestría hizo hacia atrás el respaldo de mi asiento, se quitó las mallas, las bragas y a horcajadas se situó encima de mí. La miré un instante, introduje las manos debajo de la blusa, amasé los senos y ella introdujo mi picha en ella de golpe, sentí un espasmo entre las piernas, su vagina hambrienta y devoradora me mordió. Saltaba encima de mí, destrozándome, quitándome la energía que había adquirido durante el día, mordía mis orejas, los labios, el cuello, emanaba un río de ella y me mojaba, no paraba de saltar, una y otra vez notaba que me rompía, cada vez más fuerte. Me uní a los destrozos y le mordí las tetas fuertemente, devoré los pezones y ella gritaba y gritaba. Salió de mí y me dio la espalda.

─Métela en el culo.

Lo hice, su estrechez me dio placer desde los pies a las canas de mi cabello, me corrí. Desaceleró lentamente los saltos, se salió dejándose caer encima de mí. La rodeé con los brazos acariciando los senos caídos. Nos despedimos con un beso.

La vi desaparecer en la noche, las luces del auto desaparecieron por completo dejando que reinara la oscuridad. Entré en la casa después de fumar un cigarro.

La casa estaba oscura, el silencio recordaba que los cuerpos estaban dormidos. En la alcoba María dormía, dormía plácidamente bajo las sábanas, me desnudé y me acosté a su lado. Su olor llenó mis fosas nasales, aspiré el perfume con la nariz pegada a su espalda; mi mano, como si tuviera vida propia viajó hasta su monte, lo acaricié, gimió. Se dio la vuelta, pero quedándose boca arriba, me sumergí entre las sábanas y entre sus piernas me dediqué a besar y adorar su húmedo sexo. No se despertó, cuando la tuve dispuesta sumergí el miembro poco a poco. Aquella situación en la que María parecía dormida y yo me aprovechaba de la situación me excitaba sobremanera. Daba igual haber estado con Isa unos minutos antes. La indiferencia de mi salvadora consiguó ponerme a tono para darle lo mejor de mí. Zambullida tras zambullida me dejé vencer por Afrodita y me vacié de vida y muerte. María fue portadora de mis miserias a partir de aquella noche.

En la casa, en el campo, la noción del tiempo no importaba mucho, solo ella, los animales y yo. Desde que empezamos a tener relaciones no volví a verla enredada con los animales, quizá su falta de amor la completaba conmigo. Nunca la juzgué, le tenía cariño, me había ganado.

Tiempo después me dijo que estaba embarazada, no dije nada, solo sonreí, creo que me hizo feliz. Nueve meses después nació la niña, pesó tres kilos y pico. Se parecía a María, por suerte. Comencé a hacer trabajos a los vecinos del pueblo, reparaba enchufes, pintaba paredes, de vez en cuando le hacía un «arreglo» a Isa. No echaba de menos mi vida anterior, las calles, la bebida, las mujeres, no extrañaba la mugre. Sin darme cuenta pasaron dos años. La niña caminaba y me llamaba papá, la primera vez que lo dijo lloré. María hablaba de casarnos, tiempo después lo hicimos, Nadia, nuestra hija fue la madrina.

Diez años después y no sé por qué sentí el impulso de publicar, tenía suficiente material para hacerlo y seguir escribiendo a mi aire, sin presiones. Una mañana cogí el autobús con una carpeta con manuscritos bajo el brazo para entregar en las editoriales que había buscado por Internet. Regresé un año después con Cañerías Atascadas recién publicado; para mí solo fueron unas horas fuera de casa.

No volví a la ciudad, salvo a presentar el libro acompañado de María y Nadia o, a ver a mi editor.

Martes, veinte y ocho de febrero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.