LA LLAMADA DE LO PRIMARIO II

Los días posteriores al consentimiento de ser el juguete de Ángela pasaron lentos, agotadores por las continuas conversaciones sobre mi nueva condición, la de ser usado a capricho por sus “amigos”, Ingrid y Charles y por ella misma. Venían a casa casi a diario, unas a castigarme por mi desobediencia y otras solamente a seguir avanzando en mi aprendizaje. Mi amor por Ángela era lo que más importaba, ella y sólo ella, mi razón de vida, por esta razón consentí a ser maltratado, violado y usado como un trozo de carne. No dejé de amarla ni un instante aunque les contara mis rebeldías para después ajusticiarme por mis pecados. Ángela no me fustigó la primera vez que fui apaleado como un perro callejero. Nunca había experimentado tal mezcla de dolor y placer, al tiempo, los odiaba, incluida Ángela en los instantes de dolor. Aunque ella debía aprender a castigarme, su amor por mi se lo impedía, por eso, ellos lo hacían en su lugar; en cambio verme maltratado en manos de otros la excitaba y me felicitaba por avanzar en las reglas del juego, un juego perverso…

Durante una sesión de salvajismo en casa, me ataron a una columna situada entre el salón y el pasaje, desnudo y con el torso adherido a la piedra de mármol recibí mi castigo por levantar la voz a mi amante. Una serie de golpes de fusta en la espalda y en los muslos dejaron marcas y restos de sangre, gritos de clemencia, sudor y lágrimas arrastraban por mi rostro. Al abrir los ojos advertí a Ángela sentada en un sillón observándome, daba la impresión que en cualquier momento saltaría para devorarme. Calmado pero dolorido, Ángela comenzó a besar mis heridas levemente, Ingrid me desató y caí al suelo doliente, entonces, mi amor, arrodillada ante mí me besó, -te quiero mi vida-.

-Tráelo-, ordenó Charles a mi amante. Me ayudó a llegar al dormitorio y una vez allí tumbado boca arriba, Ángela me besaba, acariciaba mi cuerpo con delicadeza dejándome amar por ella.

-Esperaremos en el salón-, dijo Ingrid y cerró la puerta del dormitorio. Hicimos el amor como nunca, pausado, relajado fue el arte amatorio, muy lento nos dejamos en nuestros cuerpos para yacer unidos por el ardor y el deseo que nos confesábamos, la amaba, realmente la amaba. Mirándola desde abajo, acariciaba su cuerpo blanquecino, la pasión afloraba y provocó convulsiones latiendo en ríos de placer. Ángela insistía en poseerme por detrás, algo que repugnaba mi ser atormentado, me negué a ser atravesado por tal bestialidad a lo que ella, mi amor, mi vida decidió el castigo que merecía por la negativa a ser abierto como un cordero.

Ella misma eligió el útil de cuero y tiras para dañarme, para ser la curandera y amante tras mi “muerte”. La primera vez que el látigo de seis colas con nudos en las puntas penetró la carne, sangré, derramando un poco más de mi. El regocijo de Ángela con cada latigazo fue espeluznante, su disfrute no tenía límites. Charles ante mi fortaleza y gritos ahogados cambiaba de mano el látigo y seguía azotándome ante la insistencia de Ángela, el propio Charles prefirió parar y mi amante por primera vez me fustigó arrebatándole el utensilio a Charles para propinarme una buena ración de latigazos. Yací boca abajo y atado a la cama por las extremidades, dormí, soñé atrocidades hasta el día siguiente.

Mi salvación pasajera fue un viaje a Tenerife por trabajo, así pude disfrutar de un merecido descanso de Ángela y sus perversiones. Cuan perversa puede ser una mujer atormentada por su falta y sus miedos. A través de mí resplandecía su ser oscuro al que no era capaz de dar permiso para presentarse ante ella como parte de su cuerpo.

La resistencia de mi ser interior no terminaba de aceptar las violaciones y palizas por amor, un sentimiento al que me sentía atado, ansiaba amar con libertad…

A partir de mis vacaciones obligadas en Nivaria nada fue igual, nada pasado recuperé con Ángela.

En cambio la relación salió fortalecida dejando mi cuerpo al servicio de ellos y muchos otros…

erotismo

Veinte y ocho de Octubre de dos mil trece.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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