ANITA I

8:55 de la mañana.

Dos filas de jóvenes adolescentes guardaban distancia con el brazo derecho.

-Guarden bien la distancia señores-, decía la profesora. El jefe de estudios pasaba revista a los alumnos y al trabajo de la profesora.

-Señorita Pérez, venga por favor-, ordenó el jefe de estudios mirando el brazo de un alumno.

-¿Le pesa el brazo Gutiérrez?-, preguntó la señorita Pérez.

-No señorita-, respondió Gutiérrez.

-Entonces guarde bien la distancia si no quiere pasar la mañana en la jefatura de estudios-

Gutiérrez colocó bien el brazo, derecho como una vela.

-Pueden entrar en el aula señorita Pérez-, ordenó el jefe de estudios.

-Si señor Alemán, ahora mismo- Con estas palabras obedientes y castas sonó el timbre de entrada en las aulas.

El instituto de Bachiller quedó en silencio fuera de las clases, y en éstas el estudio y la obediencia eran lo más importante. Cada mañana diez minutos exactos de reloj, la señorita Pérez, “la de matemáticas” como la llamaban los alumnos y alumnas en la intimidad pasaba revista al uniforme prenda por prenda, revisaba el corte de pelo de los chicos y en lo que refiere a las alumnas debían llevar el cabello recogido en una cola de caballo o en un moño si lo llevaban largo, y si el corte fuera corto, debían llevarlo perfectamente arreglado como mandaban los cánones del régimen.

Primera clase del día, matemáticas, la lógica perfecta del régimen en detrimento de las letras o humanidades, aquéllas que permiten que las letras entren sin pedir permiso en la mente del estudiante, abriendo los ojos a un mundo nuevo, al espíritu crítico. Pasaba lista con perfecta pronunciación, a los alumnos solo se les permitía decir “presente” No es que la señorita Pérez no supiera si faltaba algún alumno, porque previamente había dedicado diez minutos en revisarlos a todos y todas. Simplemente reglas absurdas de una cárcel llamado instituto.

Día tras día lo mismo acontecía en el instituto y en la vida de la señorita Pérez, Anita como la llamaban en casa. La corrección, la obediencia, la religión y el silencio todo ensartado en la piel a base de miedo, ese hierro candente que paraliza los músculos entumeciendo los huesos y empequeñeciendo el alma. Por las tardes algunos alumnos hacían sus tareas en la biblioteca bajo la vigilancia de Anita y el señor Alemán, el jefe de estudios antes mencionado. El señor Alemán escudriñaba a los alumnos para que todo fuera correcto y la señorita Pérez compartía mesa con algunos alumnos, allí repasaba las lecciones y los ejercicios de su alumnado, como cada día acompañada de una taza de café de la cantina del instituto. Con la taza entre las manos pensaba o quizá dejara la mente en blanco, miraba a los alumnos, de vez en cuando a alguno en particular, y también miraba al jefe de estudios, y cuando éste la miraba ella ladeaba la mirada y volvía a su tedio particular.

Cada mañana y cada tarde Anita regresaba a casa en tranvía, la mirada ausente o fija en algún punto, pero nunca sin determinarlo. Agarrando su carpeta con las dos manos jugueteaba con los pulgares en la misma carpeta, y así llegaba a la parada de todos los días y a casa se dirigía.

La señorita Pérez era una mujer joven, veinte y cuatro años contaba, provenía de familia humilde, vivía con su madre y su abuela. Anita pese a su juventud no se comportaba como tal, debía ser su educación, férrea en el catolicismo y en la obediencia ciega al régimen. Casta y pura hasta que encontrara a un apuesto joven en caballo blanco o quizá en una moto Guzzi.

Corría 1965, España estaba inmersa en un régimen militar, el franquismo desató el vicio del chivato, tanto civil como del clérigo, un clásico. La represión, motivo de insatisfacción e infelicidad. Ningún ciudadano del territorio español podía comportarse fuera de lo correctamente establecido, el bien moral, el de la dictadura y el de el catolicismo. “El qué dirán” era más importante que cualquier otra cosa, -no salgas con esos pelos a la calle-, -no vistas así que las vecinas hablan-, -no vengas después de tal hora- Todo esto a la vez que una educación estricta y basada en una doble moral fomentaba jóvenes subversivos o fieles militantes de la represión dictatorial.

La vida en casa de Anita era de lo más aburrida. Por la noche cenaba con su única familia, su madre y su abuela. Escuchaban un rato la radio y a eso de las once de la noche marchaban a descansar. Las tres mujeres vivían en un piso pequeño, la señorita Pérez dormía en el mismo cuarto que su abuela.

7:00 de la mañana.

Anita lavaba su cara en el baño, frente al espejo se peinaba y recogía el cabello en un moño. Al mirarse veía a una mujer joven, atractiva y de largas pestañas. Le encantaba mirar su rostro en el espejo, los ojos grises, un poco tristes pero enigmáticos y muy expresivos, gozaba arreglándose el pelo castaño. Con el atuendo requerido por el instituto, blusa blanca con botones, falda lisa o de tablas siempre por debajo de las rodillas, calcetas altas y zapatos con el tacón justo, como una vieja salía todos los días a trabajar, eso si, sin perder un ápice el atractivo, porque Anita querido lector era una joven sumamente guapa.

Tras el ritual de revisión a los alumnos y tomar algún nombre porque no iba acorde con lo mandado en el instituto en lo referente al uniforme. En clase de matemáticas se encontraba la señorita Pérez con sus alumnos de entre quince y dieciséis años. Paseaba entre los pupitres revisando y ayudándolos con los ejercicios cuando el director del centro se presentó en el aula.

-Alumnos en pie-, ordenó la señorita Pérez. Todos con firmeza militar se levantaron en señal de respeto al director. Mientras el director comunicaba al alumnado lo que fuere, Anita estaba de pie frente a los alumnos muy cerca del director, y mientras éste hablaba ella miraba al frente, esta vez no tenía la mirada ausente, escudriñaba el rostro angelical de un alumno de la última fila, el chico coincidió con la mirada de la profesora e hizo una mueca con los labios, ligeramente parecía que sonriera e inmediatamente la profesora apartó la mirada trasladándola al director en señal de escuchar lo que decía.

La profesora Pérez cumplía su trabajo con puntualidad alemana y con obediencia suprema, nunca tuvo que recriminarle nada el jefe de estudios, su conducta era intachable, un perfecto monigote del régimen escolar y militar.

21´00.

-Abuela, ¿desde cuando fumas?-, preguntó mientras su abuela cosía en la vieja máquina un vestido de una clienta. Su madre y su abuela eran modistas y así se ganaban la vida en un mundo oscuro e irreal.

-Desde los dieciocho años-, respondió la abuela.

Anita sonrió y siguió leyendo un libro de los tantos que tenía.

La señorita Pérez aparte de enseñar mates solía espiar al alumnado en el claustro y en el patio. Los vigilaba para que la conducta fuera la apropiada, sino era así les tomaba el nombre y los acompañaba al despacho del señor Alemán. Entre ellos solía pasear poniendo el oído a cualquier conversación que se pudiera tachar de subversiva. Era complicado pillar a los alumnos con las manos en la masa, sabían esconderse aunque a veces tuvieran que dar cuentas al jefe de estudios porque eran pillados in fraganti.

Como todos y todas las jóvenes, Anita tenía un mentor, una figura a quien seguir, admiraba su carácter inflexible y su inteligencia, el señor Alemán era su tipo a imitar. Un hombre por y para el régimen, no luchó en la guerra pero sus hermanos mayores si. El luchó en casa, ayudando a su madre a no pasar hambre. Hijo de una familia primero falangista y luego fascista porque les interesaba fue un gran chivato en su etapa de estudiante y en la de educador. Así ascendió pronto a la jefatura de estudios. -Hay que salvaguardar a los jóvenes de la subversión-, solía decir a los profesores. Este era el señor Alemán, un tipo estricto hasta el limite extremo. A Anita la seducían las maneras pulcras del jefe de estudios, la impecabilidad de los trajes que vestía y las atenciones que profesaba a todo el mundo. Bastante mayor que ella pero bien educado y un buen partido. Anita lo miraba a escondidas, porque cuando una persona quiere ser invisible lo consigue.

Una tarde en la biblioteca del centro, el señor Alemán conversaba con un profesor en su mesa y Anita levantó la vista de su tarea y sus ojos grises acabaron en el rostro del jefe de estudios, éste también miró a la profesora creyendo que algo o alguien lo observaba. Miradas furtivas, acercamiento visual, una medio sonrisa por parte de el y pudor por parte de la joven profesora.

10´00 de la mañana de cualquier día lectivo.

La señorita Pérez paseaba entre los pupitres viendo como los alumnos hacían la tarea, por la última fila estaba cuando llegó al pupitre del joven de la mueca unas líneas atrás, García se llamaba el chico. Ella desde atrás miraba como trabajaba el alumno en los ejercicios, un impulso la llevó a situar su nariz casi pegada al cabello del joven, cerró los ojos y aspiró profundamente. El olor embriagador a colonia y a juventud la tuvieron unos segundos absorta en el disfrute de ese particular olor.

La represión en todos los sentidos, la religiosidad y el qué dirán eran elementos de infelicidad e insatisfacción. Sobre todo para las mujeres, ya tenían bastante con trabajar para tener encima libertad e igualdad como los hombres. Cuantas más conquistas tenía un hombre más macho era, en cambio una mujer era una puta. Pero no se puede ir contra la naturaleza humana por más que nos empeñemos en frenarla. Anita tenía apetencias como cualquier mortal y por eso “flagelaba” su mente y cuerpo con ideas contrarias a los impulsos que sentía como mujer viva. Deseaba al señor Alemán, deseaba a García, el alumno del olor a colonia. La culpabilidad la atormentaba, se sentía culpable de sentir y desear, la coartada perfecta para el régimen, la culpabilidad y el miedo a sentir.

Continuará…

Viernes, seis de Febrero de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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