ANITA III

Al salir del baño Anita esperaba al jefe de estudios con la espalda apoyada en la baranda del claustro. Pensativa mordiéndose las uñas intentaba que no se le notase la atracción que sentía por su superior.

5´30h de la tarde.

-Señorita Pérez, lo mejor es que vaya al concierto de esos melenudos ingleses, vaya a las fiestas que organizan los alumnos, pero siempre con los ojos muy abiertos- comentaba el jefe de estudios perfectamente peinado hacia atrás. Ese aire distinguido atraía a Anita.

-Como usted mande señor, así lo haré- dijo con la taza de té caliente entre las manos.

-Estamos fuera del trabajo, podemos tutearnos. ¿Le parece que la llame Anita?- preguntó. Un punto de sumisión por su parte, estaba pidiendo algo.

-Si claro, así me llaman en casa-

-¿Cómo es la relación con tu familia? Vives con tu madre y tu abuela ¿verdad?-

-Si señor… perdón Carlos. Si, vivo con ellas- Al ruborizar su blanco rostro Carlos la tomó de ambas manos invitándola a relajarse. Anita fue retirando las manos…

El Ateneo estaba tranquilo aquella tarde, la perfección en todo su esplendor, trajes bien planchados con la raya bien recta en el pantalón, perfectamente peinados hablaban y charlaban con buen coñac, mientras otros pasaban penurias. Todo este lujo y distinción incomodaban a la profesora, era muy humilde y sencilla para tanta falsedad, porque en su interior sabía lo falso y gris que era todo.

-Anita vayámonos, se está haciendo tarde y quiero hacer unas compras en Galerías- Dijo llamando con una señal al camarero para pagar la cuenta. Dio un último trago al coñac exquisito que estaba bebiendo, pagó y salió a la calle con la profesora.

-¿Cómo vas a casa?- preguntó el jefe de estudios mirando a la profesora.

-En tranvía-

-Te acompaño a esperarlo si no te importa- En plan donjuanesco o quizá muy educado habló. Todas estas atenciones atraían mucho más a la señorita, aunque bastante mayor que ella, los modales, la ejecución de las normas en el instituto llegaban a humedecer las piernas de la joven Anita.

-Ya está aquí el tranvía. Hasta mañana señor.. perdón Carlos- dijo mirando al señor Alemán.

-No te preocupes, hasta mañana Anita-. Subió al tranvía y él allí se quedó mirando como se alejaba el tranvía.

10´00h de la noche del mismo día.

-Anita trae un vaso de agua cuando vengas a acostarte- ordenó su abuela desde la cama.

-Si abuela, ahora voy cuando salga del baño- contestó entrando al aseo.

Allí con el pestillo echado por dentro la profesora sentóse en el váter, no para hacer ninguna necesidad, sino a pensar en lo que sentía como mujer hacia el señor Alemán, ahora Carlos en la intimidad. Aún no se había puesto el pijama, con las piernas abiertas sin medias, solo con la falda de tablas, las bragas y los zapatos de mínimo tacón. Se levantó y se miró en el espejo, con semblante serio pasó las manos por su rostro, algo quería ocultar, algo que no debía aflorar intentaba tapar con sus manos. Volvió a la taza del váter, allí sentada sintió una necesidad, la necesidad de ser mujer, a los veinte y cuatro años no había tenido novio formal, estuvo enfrascada en sus estudios y en el trabajo, ahora que todo cuadraba deseaba un compañero ¿pero cuál si tenía fama de arisca y de bicho raro?

De pronto una imagen le apareció en la mente, olfateaba al joven García, no sabía por qué pero el alumno le atraía de manera distinta al jefe de estudios. Solos estaban en los pensamientos de Anita, lo olía por detrás, el joven estaba de pie muy quieto y ella aspiraba profundamente el rastro de colonia en la nuca de García, acercando la nariz y la boca besaba con suavidad la piel juvenil, poco a poco abría más los labios acaparando más piel y succionaba despacio, lo abrazaba acariciando el pecho masculino. Lo estrujaba contra ella, deseaba desnudarlo, dañarlo, hacerlo sentir su hombre…

-Anita hija ¿estás bien? Date prisa que tengo que entrar- dijo su madre al otro lado de la puerta.

-Si mamá ya salgo- respondió subiéndose las bragas.

11´00h de la mañana siguiente.

Los alumnos estaban en el recreo comiendo sus bocadillos en el patio, unos de salchichón, otros de mortadela y otros con lo podían acompañar el pan en tiempos difíciles.

-Ya lo sabéis, el viernes en el local del Paco. La entrada cuesta veinte y cinco pesetas- comentaba Gutiérrez a unos compañeros.

-¿Para qué es esa entrada Gutiérrez?- preguntó la profesora.

-Ah señorita, no la he visto llegar. Una de las fiestas que vamos a hacer para recaudar dinero para el concierto de Los Beatles- respondió el alumno creyendo que algún castigo les caería aunque muchas precauciones tomaran.

-Ah eso, si. ¿Habéis vendido muchas?-

-Si unas cuantas, allí tendremos bebidas y un grupo amigo mío que va a amenizar la noche. ¿Se apunta?- preguntó el joven.

-Pues lo mismo si. Hace tiempo que no salgo y me apetece conoceros en vuestro ambiente- comentó Anita teniendo en menta la vigilancia contra la subversión.

-Le apunto las señas- dijo García. Ella esperaba sin apartar la vista de los trazos de tinta en la hojita de papel.

-Tome señorita- ofreció García, al tomar el papel Anita rozó con el índice la piel del joven y un estremecimiento sintió desde los pies al cabello de la cabeza.

La represión, la religión, el qué dirán, todo esto eran parte del dogma impreso en el gen español de aquel tiempo. Peor que la dictadura era la propia gente, entre lo absurdo del típico curica de pueblo chivando y espiando, la típica vieja del visillo corriendo la voz sobre los vecinos, la búsqueda incesante de rojos, sumando la falta de libertad hacían asfixiante vivir en las capitales. Mucho más felices eran los habitantes de los pueblos, el aire puro, el trabajo duro en el campo, las necesidades básicas eran mucho más importantes que preocuparse por las libertades, ya que viviendo en el campo el ser humano es libre aunque el cacique de turno quiera mandar y mande, pero sentirse libre caminando con un rebaño de ovejas es imposible de arrebatar.

15´00h del mismo día.

-Señorita Pérez, acompáñeme a mi despacho, si no me equivoco no tiene clase ahora- comentó el jefe de estudios.

-No señor, hasta dentro de una hora no tengo clase-

Siguió al señor Alemán al despacho de la jefatura de estudios, ella entró delante y él cerró la puerta tras ella. La invitó a sentar su divino trasero en la silla correspondiente al otro lado del escritorio:

-Verás Anita ¿cuánto hace que trabajamos juntos?-

-Dos años exactamente- respondió con una clase y educación intachables.

-Eso mismo, es mucho tiempo ¿no te parece?-preguntó mirándola a los ojos.

-Señor, no estoy muy cómoda tuteándome aquí en el colegio- dijo con la cabeza a 45º hacia abajo.

-Anita estamos solos, pero si te incomoda no la tutearé. Lo que quiero decirle es que nos conocemos muy poco, solo por cuestión de trabajo… ¿Le parezco hermético?-

-¿Debo responder con confianza señor?-

-Completamente, diga lo que piense de mi- ordenó.

-Usted es un hombre viudo sin hijos, en una edad madura. Está volcado en su trabajo, y claro que parece hermético pero es su trabajo, poner distancia como jefe de estudios. Aunque sus ojos no dicen que sea un hombre cerrado, al contrario-

-¿De verdad lo cree usted? Intento ser lo más educado y cordial y cercano pero me cuesta mucho. He estado demasiado tiempo solo, necesito una compañera Anita- dijo acercando sus manos a las de la profesora, las de ésta descansaban con los dedos entrelazados encima del escritorio.

-No se le dará mal encontrar una mujer a su altura señor- dijo.

-No necesito buscar, he encontrado a la compañera ideal- comentó tomando ambas manos de Anita, mirándola fijamente a los ojos:

-Anita tu eres la compañera que necesito- al decir esto besó las suaves manos femeninas, un beso cándido, casi trémulo.

Ella miraba al jefe de estudios y no sabía que decir al respecto, simplemente calló.

-¿Qué me dices Anita? Si necesitas tiempo toma el que necesites-

-Gracias señor. Es un decisión importante y debo reflexionar si no le importa-

-No me importa, el tiempo que te haga falta y espero que decidas afirmativamente- dijo apretando las manos de la profesora.

-Señor, debo preparar mi clase-

-Si, si. No quiero distraerte, ve a hacer lo que mejor sabes Anita… enseñar-

Martes, diecisiete de Febrero de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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