ANITA V

22´00h del mismo día.

-Abuela estoy pensando en salir alguna noche a alguna fiesta- comentó Anita acostada de lado mirando a la cama de la abuela.

-Me parece muy bien hija, debes salir con gente de tu edad- dijo la abuela sacando un pitillo sin boquilla de debajo de la almohada.

-Necesito salir y aparte mis alumnos están haciendo fiestas privadas para recaudar dinero para ir al concierto de esos melenudos ingleses- dijo con desdén.

-Ah si, esos que están tan de moda, no se les entiende lo que cantan pero la música es muy animada- dijo la abuela encendiendo el celtas sin boquilla.

-No exageres abuela, no valen nada, yo solo quiero conocer el mundo yé-yé para saber hasta que grado de subversión son capaces de alcanzar los chicos-

-Anita definitivamente te han sorbido el seso, subversión dice. ¿Pero que subversión van a tener esos estudiantes? Son niños hija- comentó exhalando humo.

-Abuela me vas a ahogar con el cigarro- dijo tosiendo haciendo un ademán.

-Anita no me gusta tu actitud, esos jóvenes son los españoles del mañana. Franco no va a vivir toda la vida hija. Algún día morirá y la república llegará-

-Bueno abuela no vamos a discutir de política, yo solo hago mi trabajo, salvaguardar a los alumnos de pensamientos opuestos al régimen- dijo dándose la vuelta en la cama, dando la espalda a su abuela.

17:00h del viernes de la fiesta en el local de Paco.

La Señorita Pérez cerraba su carpeta de trabajo disponiéndose a salir para casa. En su mente estaba ir a la fiesta de los alumnos para conocer su ambiente. No tenía la menor intención de ir al concierto de los melenudos pero a la fiesta si. “No sé que ropa ponerme para no desencajar con ellos” pensaba mientras salía por el claustro.

-Señorita Pérez- dijo alguien detrás de ella.

-Si, diga señor Alemán- dijo dándose la vuelta esperando a que el jefe de estudios llegara a su altura.

-¿Ya se va?-

-Si, voy a casa y a preguntar a una vecina qué ropa ponerme para la fiesta de los alumnos- expuso apretando la carpeta contra su pecho.

-Al final ha decidido ir, me alegro. Téngame al tanto de todo-

-Por supuesto señor- dijo obediente.

-¿Le apetece antes de marcharse una copa en el Ateneo?- preguntó mirándola fijamente a los ojos.

-No puedo señor, no quiero que se me haga tarde-

-Entiendo… ¿Le parece que la llame mañana por teléfono a casa y me cuenta?-

-Si claro, lo que usted mande. Debo marcharme, hasta mañana-

-Hasta mañana… Anita- La vio marchar con paso acelerado, miraba como se meneaba la falda de tablas, el movimiento le pareció muy sensual al jefe de estudios.

En el tranvía pensaba en la disposición del jefe de estudios para con ella. Aparte de ser atento, lo descubría cada vez más veces mirándola, a Anita le incomodaban un poco las miradas, por otro lado se sentía halagada porque ella también sentía atracción por el señor Alemán. Antes de llegar a casa fue a la vivienda de una vecina, Laura se llamaba, no eran amigas pero el trato cordial existía, aunque Laura era muy yé-yé, pero muy educada y buena chica.

-Hola Ana, ¿en qué te puedo ayudar?- preguntó Laura, era de esas personas que pensaba si ibas a su casa era para pedir algo, y ella se ofrecía para que comprobaran su hospitalidad e intención de ayudar.

-Quería pedirte consejo sobre que ropa ponerme para una fiesta- dijo totalmente avergonzada.

-Pasa mujer pasa- Anita entró y quedóse de pie mirando en derredor suyo.

-¿Quieres un café? Iba a prepararme uno- 

-Si claro, gracias-

-Siéntate ahí, en la mesa camilla- Sonriendo fue a preparar el café.

Que bien viste esta chica, ya me gustaría atreverme a vestir como ella”, pensaba aún con la carpeta en el pecho encogida entre los hombros. Laura siempre vestía minifaldera como solían llamar a las chicas que vestían modernas. La chica era rubia, el pelo de media melena por encima de los hombros, peinado al estilo de Carnaby Street, muy inglesa en realidad, art pop, maquillada, educada y muy cordial. Siempre llevaba sujetador de copa para realzar sus pequeños senos.

-Aquí está el café vecina- dijo portando una bandeja con la cafetera, dos tazas, dos platitos, dos cucharillas y el azúcar.

-Gracias, permite que te sirva- Anita siempre tan correcta, pero esa corrección la hacía temblar, dudar de todo y ser muy introvertida.

-Dime qué necesitas de mí, vecina-

-Pues…, necesito que me ayudes con el vestuario para una fiesta esta noche- dijo tomando la taza de café con dos dedos.

-Si has venido a mi casa será una fiesta moderna, ¿verdad?- Anita asintió. -Pues tenemos trabajo, porque no hay más que verte, de moderna no tienes nada. Bebamos el café, por lo que veo usamos la misma talla, veré que te puedo prestar-

-No Laura, no quiero que me prestes nada, dime que necesito y lo compraré-

-No mujer, no seas tonta. La idea de ayudar a modernizar a una estirada como tu es todo un reto- dijo dejando la taza de café.

-Vaya, no creía que pensaras eso de mi- agachando la cabeza vio como Laura encendía un cigarrillo.

-¿Qué quieres que piense de ti? Si pareces uno de la secreta, huidiza y con esa ropa que vistes. Perdona no quise ofenderte. Venga vamos a mi habitación- Se levantó, Anita la siguió.

-Laura ¿y tu madre dónde está?-

-¿Lo ves? Pareces de la secreta, está trabajando- Abriendo el armario miraba que poder prestar a la profesora.

-¿No trabajas?- preguntó la señorita estirada.

-He trabajado esta mañana, en Galerías vamos por turnos, esta semana estoy por las mañanas. A ver este…, pruébatelo-

-No sé Laura, es muy corto- dijo mirando el vestido minifaldero, corto por encima de las rodillas, blanco con dibujos Art Pop-

-Ana, has venido a mi casa a pedir ayuda, así que mando yo o te vas- dijo con el brazo alargado para que se probara el vestido.

-Vale me lo pruebo, ¿el baño?- dijo dejando la carpeta en la cama de Laura.

-¡Estamos solas por Dios! Pruébatelo aquí, tranquila no me gustan las mujeres-

Anita enrojeció de súbito, no dijo nada, solo comenzó a desvertirse para probarse el vestido pop.

Una vez puesto el vestido…

-Te queda mejor que a mi, tienes un cuerpo precioso, debes sacarle más partido- Dijo mirando a Anita de arriba hacia abajo y viceversa.

-¿Tu crees? No te rías de mi- dijo con la cabeza gacha.

-No tonta, como dirían los hombres, “estás muy buena”, ja, ja, ja. Ahora vamos a ver que zapatos te presto, y el maquillaje también- dijo buscando por las cajas de zapatos.

-No he dicho que me vaya a poner este vestido, pero es muy bonito la verdad-

-Te queda muy bien, adjudicado. Pruébate estas botas de medio tacón- dijo poniendo el calzado a los pies de la profesora.

Vestida y preparada para la fiesta quedaba el toque final.

-Ahora te voy a peinar y maquillar para que vayas moderna- dijo Laura.

-¿No voy a ir demasiado moderna Laura? No estoy acostumbrada- dijo mirándose en el espejo. -La verdad que me queda muy bien el vestido…, y me gusta-

-Estás muy guapa Ana. Mírame voy a maquillarte- Primero colorete, después rimmel, sombra de ojos, cepillo de pelo, secador ¡et voilá! lista para fundirse entre los jóvenes yé-yé´s. -Espera, si vas a ser yé-yé tienes que escuchar música pop- Dicho esto puso en el picú un disco…

Las guitarras afiladas y saturadas comenzaron y un tipo cantando en inglés…

-¿Qué es? Es ruidoso- dijo Anita mientras Laura terminaba de maquillarla.

-Es un disco de contrabando, es un grupo inglés que se llaman The Kinks, creo que la canción se llama You Really Got Me o algo así. ¿Te gusta?-

-No es mi estilo, pero he de decir que es muy sensual, perdona por el atrevimiento- dijo sonrojada.

-No seas tonta, en mi casa esa palabra se puede decir, es muy sensual, ja, ja, ja- Rieron un rato, las risas inocentes no le parecían tan subversivas a la profesora.

Preparada, lista para sumergirse en el mundo pop de los alumnos. Esa tarde fue la tarde de las primeras veces, el primer vestido moderno, el primer peinado yé-yé, el primer maquillaje más allá de un poco de colorete para disimular la palidez, la primera vez que escuchaba rock poniendo atención, la primera conversación que tuvo con Laura, la vecina loca y moderna. ¿Habrán más primeras veces?

-Hola abuela- dijo entrando por la puerta de casa dando un beso en la mejilla a la vieja.

-¿Anita? ¿Qué te ha pasado? ¿Y esa ropa?- preguntó la abuela levantando la vista de la costura mirando por encima de las gafas de cerca.

-Es mi disfraz para la fiesta de esta noche. Voy a vigilar a los chicos, y para no llamar la atención debo disfrazarme- dijo tomando un vaso para llenarlo de agua.

-Sea un disfraz o no estás muy guapa nieta. Pero que bien te queda, debes lucir tu cuerpo, ya quisieran otras- Miraba a su nieta y deseaba arrebatarle de un plumazo la idea fascista del control, chivar y espiar a los jóvenes, la abuela sabía que esos jóvenes eran el futuro y nadie los podría despojar de las ideas revolucionarias de libertad.

-Gracias abuela, pero debo lealtad a quien me ha dado un buen trabajo, sabes lo que me ha costado ganarme el respeto en un mundo de hombres. Sé en que mundo vivo, por eso intento pasar desapercibida. Aunque por otro lado disfruto vigilando a los alumnos, me parecen fascinantes escondiéndose de todos para hacer lo que hagan, sea subversivo o no. ¿Y mamá?- preguntó sentándose en una silla al lado de la abuela.

-Tu madre ha ido a llevar un arreglo a una clienta, como bien sabes se dispersa hablando y criticando con las clientas-

La hora de salir a la fiesta llegó, la madre aún no había llegado. Anita decidió marchar, besó a su abuela en la mejilla, tomó el bolso que Laura le prestó y salió por la puerta. Al salir a la calle la profesora ya no pasaba desapercibida, las miradas masculinas iban directas a ella, el vestido ceñido, las piernas luciéndose en aquellas botas realzando la figura de la profesora de mates. Al caminar el trasero bamboleaba haciendo muy divino el paso, y así las miradas la perseguían y algún piropo le dijeron.

Nunca le habían dicho un piropo, nunca la habían mirado como a una mujer, siempre había sido un bicho raro, pero ahora la admiraban, la seguían con los ojos. Incómoda, insegura pero al mismo tiempo contenta por recibir los primeros halagos, más femenina se sentía y con más placer se contoneaba disfrutando y meneando con más ahínco las caderas.

Delante de El local de Paco, Anita sintió pudor, vergüenza de entrar en el bar y que sus alumnos la vieran totalmente “disfrazada” como le había comentado a su abuela un rato antes. Ataviada con el vestido prestado por Laura, calzado y bolso aparte del peinado y el maquillaje. “Ya que estoy aquí voy a entrar” pensó justo antes de santiguarse esperando y rezando porque la noche fuera tranquila y satisfactoria en su investigación del comportamiento de los alumnos.

Una vez dentro la densidad del humo y las luces rojas, azules aturdían a la joven profesora, guiñaba los ojos porque casi no podía ver. “La música está muy alta, espero poder tomar algo ya que he pagado la entrada” pensaba mirando a su alrededor intentando ver a alguien conocido.

-Oye García, mira a aquella chica- dijo Gutiérrez.

-¿Qué chica?- preguntó García.

-SI hombre, aquella que está a la entrada, la del vestido blanco a lo Warhol- dijo casi chillando.

-Ah si, ¿la conoces?-

-No, para nada-

-Voy a ver quién es- dijo García acercándose entre la gente. Pero justo al verla más de cerca retrocedió sobre sus talones. Gutiérrez estaba esperándolo con el cuello estirado intentando ver algo entre las personas del local.

-¿Quién es?-

-Adivina- dijo García sonriendo.

-No sé, tu la has visto de cerca-

-Es la señorita Pérez. Hasta en nuestras fiestas nos vigilan- dijo García un poco enfadado por tener tanta vigilancia y tan poca libertad, o ninguna más bien.

22´00h de la misma noche.

Anita decidió beber algo y fue a la barra. Allí todo era alcohol menos algún refresco tipo Mirinda y ¡como no! el clásico Trinaranjus. A ella no le gustaba el alcohol así que una Mirinda pidió. Allí estaba escuchando música pop, no le disgustaba pero no era el tipo de música que escuchaba en la radio. Con los ojos bien abiertos intentaba ver algo subversivo, pero nada “malo” para el régimen establecido había en el local, solo jóvenes charlando, bailando de manera yé-yé, jóvenes fumando y bebiendo sin hacer ningún mal a nadie.

De repente la muchedumbre se dispuso a saltar, a cantar y todos en el centro del local estaban, empujaron a Anita aprisionándola contra la barra. La melodía de la canción que sonaba le era familiar a la profesora, estaba segura de haberla escuchado en la radio pero no sabía quien cantaba…

-Oiga, ¿quién canta esta canción?- preguntó al camarero “aplastada” en el borde de la barra.

-¿En qué mundo vive señorita? Son Los Beatles, vienen a España a tocar- dijo el camarero meneando la cabeza al son de los afilados acordes de la canción.

Concentrándose en la canción pensó que no estaba tan mal aquella música interpretada con guitarras eléctricas en un idioma desconocido para ella. Melenudos, elegantes, fumadores, bebedores y vendían millones de discos en todo el mundo. Poco a poco durante los dos minutos de la canción las piernas de Anita empezaron a moverse discretamente. A hard day´s night acababa con el riff solista de Harrison bajando el volumen y la muchedumbre en éxtasis estaba y…

Metida en el meollo de la fiesta la desinhibición se iba adueñando de Anita, las piernas comenzaron a moverse con más alegría conforme I Try to Find sonaba, las guitarras y los rugidos la fueron poseyendo. A cada segundo que pasaba la gente, enlatada como sardinas saltaba y bailaba con más brío, la profesora estaba disfrutando por primera vez en su vida de ser joven.

-Hola señorita, ¿usted por aquí?- dijo casi gritando García al oído de Anita.

-Hola García, no tenía nada que hacer y decidí venir a vuestra fiesta- dijo sin parar de bailar.

-¿Le gusta esto señorita?-

-La verdad que me está gustando, sabéis pasarlo bien- García se unió al baile y mirándose con pudor y mucho tiento se acercaban cada vez más, sobre todo porque la muchedumbre los apretaba hasta que el pincha discos dijo -¡Muchacha bonita! Y todos se dispusieron a bailar juntos por parejas. El blues, el ritmo machacón era divino para bailar apretados, la sensualidad, esa magia recién encontrada por Anita en esos momentos. Y allí estaba el joven alumno con su cabello cortado a lo bitel, sus granos y el olor que lo caracterizaba que tan húmeda volvía a la profesora los días lectivos. Las manos en la cintura de la señorita Pérez, por primera vez un humano del género masculino la tocaba y agarraba ahí, las miradas inquisitivas buscando la aprobación para el beso. Ella no sabía qué hacer, sentía atracción por el joven pero sabía que no debía, pero en aquellos momentos la atracción, la sensualidad, el deseo y la admiración ante lo desconocido mandaban en la recta y dictatorial señorita Pérez.

Jueves, diecinueve de Marzo de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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