ANGIE I

Angie era una mujer, bueno, la típica mujer de capital de provincias. Casada diez años, tuvo una preciosa hija, en la época que voy a relatar tenía seis años. Su marido de nombre Antonio era un buen trabajador, amó a su esposa como el que más, pero al nacer su hija olvidó sus quehaceres maritales y Angie se sentía sola, ya no se sentía amada, sólo por su bonita hija, pero para una mujer como ella las relaciones sensuales eran muy importantes, y aquí comienza su historia:

Como cada día Angie levantaba a su hija temprano para llevarla al colegio, el marido a esa hora ya se había marchado a trabajar. Todos los días eran tediosos para Angie, no trabajaba porque cuidaba de su hija, la pequeña María. Antonio ganaba suficiente para los tres, pero un día a Angie le ofrecieron un puesto en una oficina como contable, y aceptó antes de comentarlo en casa, su particular cárcel. Habló con el encargado de la oficina, sólo iba a ser media jornada, pero para ella fue un regalo ese trabajo. Quedó para el lunes siguiente para empezar.

El lunes llegó y allí estaba Angie impecable con unos pantalones anchos estilo oriental, una blusa blanca también de estilo asiático y maquillada muy sutil como a ella le gustaba. El atuendo realzaba su físico indio, ojos rasgados, estatura mediana más bien menuda, labios gruesos acompañando una boca grande y unos ojos negros rasgados, grandes para un rostro tan menudo, pero de todas formas, Angie era muy hermosa y eso lo notó en las braguetas de sus nuevos compañeros de trabajo, incluido el encargado la boca se le quedó desencajada al verla entrar aquella mañana. Poco tardó en granjearse celos por parte de la única mujer que trabajaba en la oficina aparte de ella misma. Caridad creíase la única fémina agasajada de ardores y miradas obscenas, incluso algún magreo tuvo con el encargado y el jefe para conseguir sus objetivos, Angie advirtió este comportamiento y la censuró, ella no tragaría ese machismo.

En secreto trabajaba cada día, nada al respecto sabía su “amado” esposo. El dinero que ganaría lo destinaría a sus gastos y a los de su hija y también guardaría algo entre su ropa interior por si acaso lo necesitaba.

Angie comenzó a renacer como el ave Fénix, la felicidad la recorría de pies a cabeza, la acción la estaba renovando y cada día sonreía más, algo que su marido no advertía, demasiado ciego estaba, pero sus compañeros si lo advertían y al pasar por al lado de alguno con carpetas o cuando iba al baño la miraban pasar volviendo sus cabezas para ver el atractivo trasero de Angie.

-Es la última en llegar y ya se cree alguien-, comentaba para sí la envidiosa Caridad.

La resignación de Angie incrementaba cuando llegaba la noche, a solas con su esposo en la cama esperaba que él se acercara, pero el libro que leía cada noche era su distracción del mundo real. Una vez me contó la misma Angie tomando un café que la última vez que intentó acercarse, pues el deseo la consumía, amado lector, Angie solo contaba con treinta y un años. Se aproximó a Antonio llenándolo de palabras excitantes y tocamientos buscando sus labios y la llegar al pantalón del pijama él espetó: -déjame, solo piensas en lo mismo-. A partir de estas palabras nunca más se acercó Angie a su marido.

La transformación de Angie comenzaba a notarse descaradamente, su liberación estaba a punto de completarse. No pensaba dejar a su marido, su hija era lo más importante, pero sí vivir su verdad, porque querido lector, vivir así es una mentira, sin amor y no se engañe, sin echar un polvo con tu pareja, eso es demencial aparte de triste.

Reía, jugaba constanmente con su cabello enredándolo en su dedos mientras trabajaba, reía ella sola, solamente de felicidad, tenía un trabajo y una independencia económica relativa, pero eso no importaba, estaba haciendo lo que quería y eso es lo que de verdad importa para ser feliz. Pero como todo estado febril de felicidad tiene algún inconveniente, y ese inconveniente fue una mañana en la oficina de patentes.

Angie se levantó de su puesto para ir al baño y entrando en el mismo, un compañero, un tipo menudo, algo mayor que ella, no muy agraciado, pero lo que inquietaba a Angie era su cara, perverso, la miraba por encima de sus gafas graduadas “y seguro que se la restriega mientras me mira”, pensaba ella intentando no vomitar de asco. Pues este tipo, Alfonso se llamaba el elemento, la agarró del brazo con fuerza y la estampó contra la puerta del baño:

-Concédeme el deseo de cenar contigo esta noche-, susurró al oído de Angie apestando a cerveza y metiendo la mano por debajo de la falda de nuestra Angélica. Del susto no atinó a articular palabra y Alfonso más mano metía, que cabrón el tipo, -¿qué dices putita?, invito yo- .

Angie solo asintió y el tipo le dijo que le dejaría una nota en su mesa con la hora y la dirección del lugar de la cena. En el baño bajó su estupenda falda negra por encima de las rodillas y lloró, lloró por lo ultrajada que se sentía, atacada por un ser asqueroso, no sabía por qué aceptó la cena, pero así fue. Pensó en decirle lo ocurrido al encarggado, pero temía que la tomaran por una cualquiera, de esas que van calentando al personal, esas mujeres que tanto detesto. Debe saber querido lector que odio ese veneno pérfido de avivar el fuego de un hombre por una de esas putas (no tienen otro nombre), esas mujerzuelas que restriegan sus inmundas manos por nuestro paquete para luego dejarte empalmado como un caballo listo para meneártela a solas en tu casa, eso es un crimen contra la masculinidad, debe saberlo y ahora, volvamos con Angélica. Por esta razón calló el ultraje y toda la tarde de ese soleado día estuvo pensando en la escena con Alfonso, le magreó la vulva y le soltó su aliento a cerveza, “dios que asco de tío”, pensó mientras su hijita jugaba en los columpios del parque.

Llegó la hora de la cena, las ocho y media, quedaba media hora para llegar al restaurante y mirándose en el espejo una lágrima salío del lagrimal, porque pensaba que tenía que acostarse con él. A su marido dijo que había quedado con una amiga de la capital para cenar, -¿de improviso?-, preguntó el marido. -Regresa mañana, no volveré tarde-. Cerró la puerta y marchó con las llaves del cohe en la mano.

Esperó en el coche hasta las nueve y cinco fumando un cigarrillo, temblando, mucha aversión sentía por el elemento menudo. Decidida salió del coche y entró al restaurante, no lo vio ni en la barra ni en las mesas y preguntó al Maitre. Éste le dijo que dejó una nota en la barra, dio su nombre y la nota:

Angie me ha surgido un imprevisto y no puedo ir a la cena. No te librarás de mi.

Suspiró, pensó, pidió una copa. Un Martini con aceituna, decidió cenar en el restaurante. Un homenaje se dio, un filete, una botella de vino tinto y un buen café. Hora y media más tarde llegó a su casa cenada y limpia de las manos de Alfonso, el mejor plan. A partir de aquí Angie evitaba cualquier mirada o acercamiento con Alfonso, pero éste muy insistente y asquerosamente pesado la sorprendió mientras ella disfrutaba de un café con leche y una tostada en el bar de enfrente de la oficina de patentes.

-Sentémonos en aquélla mesa-, invitó el menudo elemento.

-Estoy bien aquí-, soltó Angie. Agarrándola del brazo le susurró al oído que hiciera caso. Angie con gesto de dolor aceptó ir a la mesa, pero una lágrima se le escapó., a lo que el camarero, un chaval más joven que ella, advirtió la escena y estuvo alerta con un ojo pendiente de la mesa en la que se sentaron.

-Sé que no ganas mucho en la oficina, las de tu clase no servís para un trabajo así, ni para ser madres y mucho menos esposas-.

-¡Qué dices animal!-, espetó Angie soltando el brazo derecho a lo cual la mano golpeó en la cara de Alfonso con fuerza, las gafas de éste cayeron al suelo, podrían haberse roto pero no lo hicieron. Alfonso la miró, el rostro de Angie demostraba mucho temor, pues la cara de Alfonso enrojeció por la ira y la vergüenza de que una mujer lo abofeteara. Se levantó de su silla e intentó golpearla pero algo agarró con mucha fuerza su brazo.

-¡Váyase de aquí!. ¡Fuera!, no quiero verte más por aquí-, gritó el camarero a Alfonso, agachó su menuda cabeza, agarró su chaqueta de mala gana y se largó.

-¿Está bien señorita?-, preguntó el apuesto camarero de veinte y pocos años. Angie dijo en voz baja un quedo -si- . Fue al baño a llorar un rato. Lavó su cara, alistó su cabello oscuro, pintó sus labios de carmín y salió agradeciendo al camarero la intervención y volvió a su puesto de trabajo. Nadie supo lo ocurrido en el bar, pero Angie se preguntaba por qué le pasaba algo así, solo quería trabajar y ser feliz. ¿Por qué un elemento como Alfonso le hacía la vida más difícil? Quiso averiguarlo y días después lo llamó y lo citó en una cafetería del centro. Tamopoco esto lo comentó a su marido que parecía vivir en un mundo aparte absorvido por su trabajo y la lectura nocturna.

En la cafetería de la cita con el asqueroso y maltratador de Alfonso esperaba a que llegara el tipo en cuestión y llegó con su chaqueta de mercadillo y andares de borracho.

-¿Qué quieres de mi?-, preguntó Angie con la taza de café con leche entre las manos.

-Buena pregunta. Quiero que trabajes para mi-. Angie arqueó una ceja, no deseaba pensar en que le iba a proponer.

-Mira, tienes trazas de puta y quiero que seas eso, una puta-, dijo con una sonrisa de medio lado mirando a los bultos que hacían los senos de Angie.

-No te cruzo la cara por no montar un escándalo, estás loco si crees que seré tu puta-, afirmó Angie con aires reafirmantes.

-¿Ah no?, ¿te apuestas algo? Conozco a las de tu calaña con esos aires de superioridad dando por sentado vuestra feminidad y atractivo. Te puedo sacar mucho partido y dinero, tu también ganarías mucho aireando ese coño tuyo-. Angie reflexionó, no sabía que pensar, estaba muy sorprendida por la proposición.

-Tengo que irme Alfonso, esto es demasiado, no puedo aceptar-, dijo cogiendo su bolso.

-Espera mujer, espera y acaba el café. No me dejes plantado, deja que te explique-. Angie no supo por qué se quedó pero lo hizo.

-Imagina Angie. Una mujer como tú, casada, con una hija pequeña, poder tener lo que quieras, regalos, un buen coche, una estabilidad, aparte de estar rodeada de hombres con mucho poder. ¿Crees que vivo de mi miserable sueldo de administrativo?-.

Angie no dijo nada, solo pensaba, -tómate tu tiempo, pero el tiempo es oro, dame una respuesta pronto, sino te la sacaré yo a mi manera, y ya las conoces. Puedes irte… Puta-.

Angie lo miró con asco e ira, deseaba abofetearlo hasta la saciedad.

Tumbada mirando al techo en su cama al lado del inerte esposo pensaba en su “castidad”, en las ansias de ser amada, o simplemente follada por un hombre, un macho que la hiciera gritar. En su intimidad mientras el agua caliente caía por su espalda daba rienda suelta a sus deseos pensando en ese hombre viril que la follara allí mismo en la ducha, por detrás, tanto lo deseaba que llegaba al orgasmo dos o tres veces.

No parece mala idea, pero gano bastante para ahorrar un poco. No quiero ser puta”, pensaba antes de que Morfeo la atrapara en sus brazos.

Los días posteriores la proposición no la dejaba en paz, veía a Alfonso en su mesa y éste levantaba la vista y sonreía mirándola de lo más asqueroso. No sabía qué hacer ni qué decirle al elemento menudo al respecto. Esa mañana mientras la neblina de confusión la distraía el encargado la llamó a su despacho. Tocó la puerta, abrió y sentado frente a la mesa del encargado allí estaba Alfonso, -¿me ha llamado?, ¿qué hace aquí este?-

-Siéntate Angie-, le indicó el encargado. Sentada al lado de Alfonso esperaba descubrir por qué había sido llamada al despacho.

-Angie, estamos muy contentos con tu trabajo, tanto el jefe como yo. Alfonso me estaba contando lo buena compañera que eres, dice que siempre estás atenta ante las necesidades laborales de la plantilla. Así que hemos decidido agradecer tus atenciones y eficacia-, dijo situado detrás de la silla de Angie posando sus manos en ambos hombros de ella. Desconcertada no atinaba su intuición femenina a qué había ido al despacho en realidad. El encargado masajeaba los hombros de Angie, el masaje la forzó a la relajación, inmóvil, no podía moverse, estaba paralizada ante la friega tan delicada. Alfonso reía y miraba la escena con ojos lujuriosos tocándose el paquete por encima del pantalón. Angie adivinó por qué estaba allí y sintió repugnancia, pero al mismo tiempo una tremenda dicha por ser el centro del deseo de dos hombres, bueno, un hombre y un elemento de los más repugnante. El encargado dio la vuelta a la silla giratoria donde Angie estaba sentada, el encargado acarició el rostro de ella y dio un tímido beso en sus labios, recibió el beso con pudor pero entreabrió los labios, el ardor y la situación la embriagaban por momentos. A estas alturas Alfonso ya tenía la polla fuera meneándosela como salido un hijo puta.

-Meneásela Angie-, ordenó el encargado. Angie giró la cabeza y dudó-, hazlo no muerde-, dijo el encargado y Alfonso reía deseando que la mano de Angie masturbara su miembro erecto. Vaciló pero poco a poco su mano llegó al pene y lo rodeó con los dedos y comenzó a subir y bajar muy despacio. Alfonso cerró los ojos dejándose llevar, -así puta, así, no pares-, murmuraba el cabrón.

Angie solo miraba al encargado, alto, atractivo, delgado, de su misma edad más o menos, casado como ella y parecia tener un buen paquete. Bajó la cremallera del pantalón leyendo en los ojos de éste las intenciones lascivas. Metió la mano libre y sacó el miembro casi preparado, -una buena verga-, susurró admirando tal portento de la naturaleza. La acogió en su mano encerrándola en ella y miró al encargado esperando la aprobación, el encargado asintió levemente y Angie la introdujo en su boca comenzando la mamada, dentro, fuera, la meneaba despacio y los gemidos de ambos hombres llenaban la habitación. Alfonso sentía como le llegaba el picor y pidió que Angie se la chuapara, -trágate mi leche, vamos puta-. Angie hizo lo propio sin dejar de menear la polla del otro. Introdujo en su boca la polla de Alfonso mamando con avidez hasta que éste descargó en la boca de Angie, y tragó hasta la última gota. Con Alfonso en fase recuperatoria condujo todos los sentidos en el encargado, siguió mamando hasta que su deseo, el deseo que la había abandonado en la masturbación silenciosa…., -Carlos, fóllame por favor-, rogó al encargado. Éste sonrió levantándola y apoyándo las manos en el escritorio, Angie notó como su falda era levantada, las bragas apartadas y así recibió la mejor estocada de la verga de Carlos, de golpe la penetró soltando Angie un gemido, el gemido del placer. Carlos embestía con ganas, deseaba follarla desde que la entrevistó. La excitación, el placer, la dominación de aquéllos hombres abrió una nueva puerta a Angie, se sentía dichosa por sentir el placer olvidado:

-Alfonso, pon tu polla en mi boca…, ven-, pidió Angie. Detestaba a aquel tipo, pero poseída por los ardores poco le importaba en ese momento como era Alfonso, estaba desatada y quería mucho más. Con la polla de Carlos en la vagina y la de Carlos en la boca se dejó llevar ante Dionisos y allí bebió el vino tan ansiado.

-Me corro-, susurró Carlos acelerando los embates.

-Hazlo dentro por favor, quiero tu leche en mi-, rogó Angie.

Casi al mismo tiempo los hombres la llenaron de la esencia de la vida. Angie sintió como le llegaba la leche hasta la matriz, se retorcía de placer aún con el pene dentro, la matriz bailaba alrededor succionando hasta la última gota de deseo. Ahora, llena por la boca y por la gruta del placer estaba lista. Se había estrenado como Puta.

Alistados de nuevo y sentados donde comenzó este episodio…

-Querida, espero que aceptes la proposición de Alfonso-, dijo Carlos.

Angie asintió apretando la pierna de Alfonso. Había aprobado el “examen” y estaba lista para ser una mujer del Placer.

Aquélla mañana fue reveladora, Caridad parecía haberse percatado y más aún cuando vio a Angie arreglarse la falda cuando salía del despacho. Los ojos de Caridad eran un poema, envidia, ansiaba haber sido ella la vilmente follada, pero no, eso se lo reservaron a Angie, la nueva estrenada puta.

Continuará…

Martes, veinte y cuatro de Marzo de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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8 comentarios en “ANGIE I

  1. Hace unos días me han regalado su libro, HISTORIAS INCONFESABLES y antes de leer he buceado en el autor y he descubierto su blog.
    Me he sentido golpeada al leer este relato, aparte de previsible -joven camarero consuela y se lía con la protagonista y el marido acaba enterándose al contratar los servicios de una puta, o algo parecido-, denota por parte del autor en el comentario previo del comienzo de la historia, un profundo resentimiento, odio y desconocimiento profundo de la mujer, fruto supongo de una relación anterior.
    Tantos esfuerzos por parte de la sociedad y en particular de los colectivos de mujeres, en lucha de los derechos nuestros en contra del acoso en el trabajo por parte de la posición de fuerza de los jefes varones hacia las empleadas, con las posteriores secuelas brutalmente traumáticas a nivel de autoestima personal, haciéndonos creer que somos unas putas que no valemos nada, que por experiencia sufrí.
    Este desagradable y despreciable relato no pasa por ser una fantasía erótica para el disfrute, sino una apología del trato machista y vejatorio hacia la mujer como parte de los efectos a erradicar de esta imperfecta sociedad.
    Por supuesto no leeré su libro y daré cuenta convenientemente de él.
    Este relato machista denigra no sólo a las mujeres, también al sexo masculino de bien y califica a usted como autor del mismo.

    1. Muchas gracias por comentar. Todo comentario con respeto como en tuyo es fantástico para mi. Angie como historia no ha acabado. Hay más entregas y por supuesto te invito a seguir la historia porque te sorprenderá. Gracias.

  2. El respeto es fundamental y es lo que no ha tenido el autor con este relato. A mi no me parece tampoco erótico y no vale que emplace a seguir leyendo porque el daño está hecho y mucho. Haga un ejercicio de reflexión y si le quita el componente erótico que usted a tratado de agregar, se convierte en lo que es, un denigrante escrito hacia la mujer. En internet como en la vida no vale todo.

    1. Querido lector su opinión me parece maravillosa. Angie es una invención y no quiero denigrar mi maltratar a nadie. De todas formas muchas gracias por leer, es muy importante para mi que me haya leído usted. Me ha animado a seguir escribiendo. Gracias.

  3. Me gustó sin embargo tengo que pedirte que le des una leida más, ya que hay al menos dos inconsistencias en el texto (no lo digo en mal tono, a mi me pasa muy a menudo)

  4. Puedo decir que este relato me resulto realmente excitante, no me parece que denigre a la mujer ni nada, creo que as personas que opinan eso es porque no saben que existen mujeres que disfrutan al maximo el ser tratadas de una manera ruda, los gustos sexuales son infinitos. Deseo leer lo que sigue en la historia de Angie.

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