ANITA VI

“Muchacha Bonita” dejó de sonar, Anita y García quedaron unidos para poco a poco separar los cuerpos, quedaron mirando al suelo, el alumno tomó con una mano la barbilla de la profesora, “tengo que irme”. Con este pensamiento Anita miró al chico y huyó corriendo por entre los jóvenes.

-¡Ana! ¡Ana!- gritaba García en la acera, pero ella ni paraba ni giraba la cabeza. Pero el chico corrió hasta ella.

Una vez a su altura, pusóse delante de la profesora.

-Ey, ¿qué pasa? ¿Por qué te vas?-

-Déjame, tengo que irme-dijo con desdén.

-¿He hecho algo o dicho algo?- preguntó el joven ansioso de saber.

-No es por ti, por favor déjame marchar- volvió a decir sin levantar la cara del suelo.

-Pero… –

-Déjame, recuerda que ante todo soy tu profesora- Lo apartó con un ademán y siguió su camino. García quedó de pie en la acera mirando como Anita se marchaba.

8´00h de la mañana siguiente:

¿Por qué dudo de todo? Dudo de mí, de mis actos y está García y Carlos Alemán”, pensaba la profesora recién despertada. Tenía la cabeza hecha un lío, sabía que el alumno era eso, un alumno y quizá un capricho. Pero el señor Alemán era un hombre hecho y derecho y también la atracción hacia el hombre maduro le provocaban pensamientos que luego tenía que confesar al cura de la parroquia.

-Buenos días abuela, ¿y mamá?- preguntó sentándose a la mesa para desayunar.

-Ha salido a comprar unas cosas. ¿Cómo estuvo la fiesta hija?- preguntó para saber si su nieta lo había pasado bien en la fiesta yé-yé.

-Bien, había mucha gente más joven y de mi edad también-

-¿Conociste gente?-

-Alguna, al estar la música muy alta no hablé mucho la verdad- dijo tomando una magdalena.

-Me alegro por ti. Ojalá conozcas a un hombre hecho y derecho, como deben ser, hombres y no niñatos del régimen, borregos más que borregos-

-¡Abuela! No hables así por favor-

-¿Qué no hable así? Llevo más de veinte años callada, callando traiciones, callando insultos, callando miradas delatadoras hacia mí. Estoy cansada hija mía, a mi edad como se suele decir, a perro flaco todo son pulgas. ¿Qué me pueden hacer a mis años?- dijo desahogándose.

-No sé lo que te pueden hacer, pero los de la DGS son capaces de todo-

-Ya lo sé Anita, hablo por no callar-

8´50h del lunes siguiente:

-Señores los brazos en línea recta, el derecho Martínez, está usted dormido todavía-, reñía la señorita Pérez a los alumnos antes de entrar en el aula.

La mañana pasó ligera, aunque los pensamientos de Anita eran bastante traicioneros. A García lo tenía en el pensamiento y en el aula estaba aplicado como siempre en los ejercicios. Sentada en la misma silla de siempre a la misma mesa desde que entró a trabajar en el centro miraba a los alumnos mientras repasaba algunas tareas. De repente miró al frente y García la miraba o mejor dicho la observaba como queriendo adivinar por qué se marchó de la fiesta de El Local de Paco. Un cruce furtivo y efímero de miradas, los ojos marrones de García clavaron en la silla a la señorita Pérez, un súbito rubor cubrió el pálido rostro de la joven profesora. Ésta bajó la cabeza y espiando al joven alumno lo descubrió sonriendo haciendo los ejercicios de matemáticas. Ésta actitud de García la sucumbió en un ardor frenético y sin dar cuenta de sus actos bajó una mano entre sus tersos muslos, levantó la falda sin que nadie lo intuyera y ahí en el interior de sus mulos comenzó a darse un placer prohibido sin tener marido.

Nadie en el aula se dio cuenta de lo que Anita había hecho, pero García si pareció ver el cambio de color en la piel de la profesora de sus ardores. La sonrisa del joven no paró de articular gestos, esto a la profesora la dispuso en un estado momentáneo de nervios porque no conocía lo bastante al joven y no se fiaba de que contara lo sucedido a alguien. Siempre podría negarlo porque sólo a él le pareció ver algo.

16´00h de la tarde en la misma semana:

En la biblioteca la señorita Pérez corregía trabajos del alumnado en una mesa compartida con García, Gutiérrez y otros. El jefe de estudios estaba en la mesa de siempre trabajando y trabajando sin levantar la vista del papel, sólo a veces la levantaba por encima de las gafas por si algún alumno hacía algo impropio de aquel instituto de mea pilas.

-Señorita por favor venga un momento- susurró el jefe de estudios al oído de la señorita Pérez. Cuando se levantaba de la silla era para decir en privado a alguien, el señor Alemán respetaba siempre el silencio del estudio y el trabajo. Para él, el silencio era algo primordial en la concentración del estudio, era de lo poco bueno que albergaba su espíritu cobarde y maquiavélico.

Anita lo miró y fue tras el.

-Usted dirá- dijo Anita.

-No es nada Anita, ¿le parece cenar conmigo esta noche?- preguntó susurrando.

-Bueno pues, no sé, mañana trabajamos señor- dijo dubitativa.

-Invito yo, hoy es un día especial para mi y no quiero cenar sólo, por favor, acepta-

-¿Por qué es especial para usted?-

-Si aceptas te lo diré inmediatamente-

-Bueno…, acepto- dijo con un sol en el rostro.

-Hoy es mi cumpleaños-

-No lo sabía, felicidades señor-

-Paso por tu casa a las ocho- dijo el jefe de estudios.

-Si le parece bien me gustaría salir antes de las cinco para hacer un recado- pidió la profesora.

-Claro que si, ve donde tengas que ir Anita-

-Hasta la noche- Despidiéndose recogió los enseres del trabajo y una vez en la calle sonreía como una adolescente en la primera cita. Iba a ser la segunda vez que vería al jefe de estudios fuera del trabajo, estaba ilusionada.

17´00h de la tarde:

-Disculpe señorita, ¿dónde están los discos de música clásica?- preguntó en la zona de discos de Galerías.

-Venga conmigo- ordenó amablemente la dependienta. -Aquí los tiene-

-Gracias- Comenzó a buscar alguno que le fuera familiar, solo sabía que al jefe de estudios le gustaba la música clásica, ¿pero cuál compositor?-

Mirando portadas de discos, Beethoven, Mozart, Bach, Falla, no sabía cual comprar para el jefe de estudios. De pronto vio El pájaro de fuego de Stravinsky. Le sonaba de algo, quizá escuchó alguna pieza en la radio, lo compró. Enfundado para regalo, metido en la bolsa de Galerías fue a coger el tranvía de vuelta a casa.

18´00h de la misma tarde:

Enfrascada en su armario debía vestir púdicamente aunque le apetecía ponerse de nuevo el vestido que le había prestado Laura la vecina, pero no debía vestir así en la cita con el señor Alemán. Se había sentido tan llena vestida de yé-yé, tan deseada cuando por la calle la miraban y piropeaban los hombres, pero debía ataviar su joven y apetecible cuerpo con la misma ropa con la que iba a trabajar.

Un baño relajante en silencio, para Anita era imprescindible en algunos momentos del día esa relajación. Dentro del agua tibia no pensaba, sólo la soledad y la relajación del momento estaban con ella. Por un momento pensó en la juventud y la lozanía de García, tan joven, tan niño. Quizá fuera eso lo que la atraía hacia el alumno, por otro lado el olor de García la ensimismaba cuando no se lo esperaba. Sumergida en el agua, la espuma tapaba lo prohibido y sintió un impulso eléctrico de gozar aunque solo fuera un instante, esto hizo, gozar bajo el agua. En el silencio más absoluto, casi sepulcral, eclesiástico, ese silencio de las santas cuando rezan. Con el cabello recogido y el agua por los hombros Anita ardía en deseos de ser una mujer completa, amar y ser amada, corresponder y ser correspondida. Pero, la imagen del jefe de estudios mirándola como trabajaba en la biblioteca bajó los deseos más íntimos a la altura de los talones.

20´00h la misma tarde:

-¡Anita te falta mucho, me orino!-, gritaba la madre.

-Salgo ya mamá- Un instante después salió del baño totalmente arreglada.

-¿Dónde vas hija?-

-He quedado a cenar con mi jefe- dijo con la mirada baja.

-Por fin quedas con un hombre, nada más y nada menos que con tu jefe. Podrías traerlo algún día a casa-, decía la madre. Anita no hacía mucho caso a los comentarios de su madre, ésta era el talón de Aquiles de la profesora. No la odiaba pero la línea era sumamente fina.

21´00h de esa noche:

-Me voy mamá llaman al timbre-, dijo besando a su madre en la mejilla.

-Si llegas tarde pide la llave al sereno. Pásalo bien hija-

-Si mamá-

-Anita cariño dame un beso-, pidió la abuela. La profesora paró un segundo y le doy un beso muy tierno a la vieja en la mejilla con abrazo incluido.

-Sabes igual que yo que ese hombre no te conviene-, susurró la abuela. Anita la miró con la mirada que sólo ellas sabían interpretar y salió de la vivienda hacia la calle.

-Anita que guapa estás-, piropeó el señor Alemán.

-Gracias señor, pero voy vestida como siempre-, dijo de golpe.

-Pues, tan guapa como siempre-, alagó abriendo la puerta del acompañante de su Seat 600.

-Gracias señor. Tome un humilde regalo-, dijo ofreciendo la bolsa del regalo.

-Muchas gracias, no tenías que haberte molestado- . Allí mismo sacó el disco envuelto desgarrando el papel. -El pájaro de fuego de Stravinsky, muchas gracias Anita-

-De nada señor-

-Carlos Anita, llámame Carlos- .

Ella nada dijo, solamente entró en el coche. El jefe de estudios pensaba mientas conducía por qué le había regalado esa obra del compositor ruso, ¿por qué ruso? ¿Es que su Anita era roja? No podía ser eso, pero por otra parte, ¿por qué no? Podría ser una infiltrada del partido. Arqueando las cejas pensó en vigilar de cerca todos los pasos de la atractiva profesora de mates.

-¿Te parece ir al Ateneo a tomar una copa? Tenemos la reserva en el restaurante para las diez-, comentó él.

-Me parece bien-

Llegaron al Ateneo, las noches de fin de semana estaba lleno de gente, bueno, gente adinerada, abogados, médicos, políticos y gente bien situada como el señor Alemán. Su trabajo de mea pilas en tiempo de guerra y posguerra le había granjeado muchos amigos en el régimen. La falsedad y la mentira eran sus armas.

-Buenas noches, ¿qué van a tomar los señores?-, preguntó el camarero perfectamente uniformado con pantalones negros, chaqueta blanca y pajarita negra, ah y perfectamente afeitado.

-Yo quiero un coñac, ¿y tú Anita?-, preguntó muy galante.

-Un refresco-, dijo.

El camarero se fue a por las bebidas, Anita estaba muy nerviosa, como fuera de lugar. Se sentía como una presa muerta de miedo esperando a que el depredador atacase.

-Esta es la segunda vez que quedamos Anita-

-Si, lo es-, dijo jugando con los pulgares debajo de la mesa.

-Cuéntame, ¿cómo estuvo la fiesta de los alumnos?-, preguntó inquisidor.

-¿Qué?-, estaba en otra parte, su mente la traicionaba por momentos.

-Qué como estuvo la fiesta. ¿Estás aquí?- El jefe de estudios hablaba con ella como si fuera un interrogatorio de la DGS.

-Perdón, estoy distraída- El señor Alemán la miraba fijamente a los ojos grises, tan bellos, tan tristes. -Bueno, había mucha gente, muy jóvenes-

-Pero, ¿viste algo extraño en su comportamiento?-

-No vi nada raro, sólo jóvenes divirtiéndose-, dijo defendiendo su postura y sin querer la de los alumnos.

-Saben esconderse muy bien. ¿No viste carteles ni panfletos?-, insistió.

-Carteles si vi-, el jefe de estudios arqueaba las cejas. -Eran carteles de conjuntos de música y de fiestas de los alumnos-

-De todas maneras sigue yendo a esas fiestas, algo harán para poder acusarlos y quitarles la licencia para organizar esas fiestas de subversión- Como siempre que lanzaba un discurso de este tipo la vena del cuello se le hinchaba y se le enrojecían los ojos de la pasión que desbordaba.

-Estaré atenta-, dijo.

De pronto un giro inesperado surgió.

-Anita si tu quisieras-, dijo en voz baja tomando una mano de la joven profesora y mirándola- Anita no dijo nada, estaba muda aunque sabía que saldría ese tema.

-Tu sabes que… –

-Lo sé, no hace falta que lo digas-, atajó.

-¿Entonces?-, preguntó ansioso.

-No lo sé la verdad. Mi madre quiere que me case, pero yo no estoy segura de casarme. Necesito otras cosas-, dijo apartando la mano de la del jefe de estudios.

-Buscas un príncipe azul, ¿verdad?-, preguntó intentando saber algo más.

-No lo sé Carlos, estoy descubriendo más cosas que tiene la vida, quizá no esté hecha para casarme, no lo sé-, dijo con sosiego.

-Anita…, Anita yo te quiero-

-Carlos por favor, dame tiempo y te daré una respuesta- El jefe de estudios asintió, albergaba una esperanza de que la profesora se dejara atrapar.

Tras la cena en un restaurante muy caro, la sencillez de Anita se vio atentada por tanta grandeza barroca en el local, nuevamente se sintió fuera de lugar. El señor Alemán no acertaba una, no veía que la profesora era sencilla, pulcra y de pocos alardes:

-Anita, ¿pensarás de verdad en mi proposición?-, preguntó mirándola fijamente frente a la casa de ella.

-Si Carlos, no me atosigues por favor-, dijo mirando a los limpísimos zapatos del jefe de estudios.

-Anita, Anita-, susurró tomando a la joven por los hombros.

-Por favor, déjame marchar-

El señor Alemán haciendo caso omiso a la petición la besó, quizá pensó que besando a la profesora obtendría alguna respuesta. Ella, pálida como la cera y fría como el hielo se dejó besar. Con la separación de los labios el silencio cortaba el aire.

-Adiós Carlos-, despidiéndose llamó al sereno y entró en casa.

-Pero… Anita-

Allí plantado y de pie Carlos Alemán quedóse sólo mirando como Anita entraba en casa sin haber obtenido respuesta. ¿Obtendrá alguna respuesta mañana o pasado? Sólo el tiempo lo dirá, ¿verdad querido lector?

Miércoles, ocho de Abril de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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