ANITA VII

00:00h de la misma noche:

Anita pensaba en el beso con Carlos, el jefe de estudios. No estaba segura de haberle gustado el contacto labial. Un enorme embrollo contenía su mente. Primero la represión, no la dejaba saber qué estaba bien o qué estaba mal. Por otro lado el dragón de su interior le rugía rebelión, le rugía que besara a García, que fumara, que escuchara rock…

Por otro lado el señor Alemán, el prototipo de hombre en la represiva y gris España de los sesenta. Carlos le pedía formalizar una relación con miras al matrimonio, y ¿ella? ¿Qué quería Anita? Ni ella misma lo sabía.

Mientras tanto la semana pasaba, la señorita Pérez evitaba al jefe de estudios, éste intentaba acercársele pero ella lo evadía con la seductora feminidad que irradiaba la propia profesora de mates. Encerrada en su propia represión habitaba Anita entre lo que había aprendido y la subversión que poco a poco su alma le pedía a gritos, como ella lo llamaba, “mi dragón”.

11´00h una semana después del beso:

-¿Cómo llevamos el dinero para el concierto?-, preguntó García a Gutiérrez.

-Nos falta una fiesta más, en la última recaudamos mucho dinero-

Anita pasaba por donde estaban los alumnos charlando a la hora del recreo:

-Chicos no os he preguntado, ¿cómo fue la recaudación de la fiesta?-

-Muy bien-, respondió García muy seco.

Desde la fiesta en el local de Paco ni el alumno ni la profesora habían mediado palabra, pero la despiadada mirada de García enmudecía a la profesora. Desde la breve conversación en la calle, Anita sentía al alumno como a un hombre, se había comportado con ella como un caballero. Le había pedido explicaciones sin ella dárselas, tampoco lo habría hecho, pero le pareció muy varonil para su edad, y eso la atraía, y he aquí el dilema. ¿Por qué sentía aquella atracción por su alumno? La atracción con el jefe de estudios podría ser normal, un hombre de su posición, viudo y aún atractivo podía atraer a una joven soltera como Anita.

21´00h del mismo día:

-Abuela cuando estemos acostadas quiero preguntarte algo-

-Claro hija-, respondió la abuela mientras recogían los enseres de la cena.

-Me voy a bañar-, dijo Anita a su madre y a su abuela.

En el cuarto de baño despojada de todo ropaje, mirándose en el espejo mientras la bañera se llenaba de agua corriente y potable, Anita sostenía ambos senos con ambas manos, el cabello suelto, los ojos grises mirando los senos en el espejo. “Soy joven, soy atractiva y me siento presa de mi propia vida”, pensaba mirándose en el espejo, poco a poco se empañaba por el vapor del agua caliente.

Sumergida en el agua rociada con gel de baño cerró los ojos, imaginaba una botella de vino, en el agua bebía el divino licor en una copa, despacio, muy despacio lo tragaba. Abierta a los sentidos el joven alumno entró en la bañera, ella lo recibió con las piernas y el deseo abiertos. Él la besaba, desnudos friccionaban los cuerpos y los genitales sin premura. Las lenguas danzaban la misma música, bebían vino, el vino de la unión de los dioses. Colores diferentes en aquella habitación, sólo la bañera la habitaba, paredes blancas, enanos danzando alrededor de ellos dos, una música divina sonaba, el ritmo candoroso y armonioso de la música, el baile de los enanos, la embriaguez, la sensualidad y la voluptuosidad los llevó en volandas hasta el mismísimo Dionisos, y allí el dios los tomó en su muslo al igual que su padre Zeus hizo con él mismo cuando era un feto. -En mi muslo engendraréis a vuestro hijo- Les dijo el dios de dioses. Los timbales sonaban tan fuerte que el eco se escuchaba a cientos de kilómetros, los enanos seguían bailando, la música cada vez más frenética, percusión, cuerda y vientos llevaban a los amantes al éxtasis, hasta la unión perfecta, la simbiosis sensual más divina, mística y engendradora del amor más puro y a la vez más lascivo entre mortales.

-¡Anita hija! ¿Estás bien?-, preguntó la madre al otro lado de la puerta.

-Si…, si mamá…, es…, estoy bien, ya salgo-, dijo Anita exhausta o amedrentada por el sueño, auto sorprendida por tener ambas manos en la entrepierna. Satisfecha se sentía, como si algo la hubiera penetrado con tanto amor al que fuera imposible resistir, solo sentir. Llena, plena, no sabía por qué había soñado con García en la bañera, nada entendía la pobre profesora. “Ahora sé lo que sintió Sémele”.

-Anita, ¿qué me querías preguntar?-, preguntó la abuela.

-Pues…, me da vergüenza, pero…, tengo tal maraña de dudas que tengo que sacarlo cuanto antes-

-Dime-

-No quiero parecer una fresca, pero me gustan dos hombres-

-Me alegro hija, ya era hora-, dijo la abuela alcanzando el paquete de tabaco.

-A mi no me alegra porque me agobia y no sé que hacer. Mira abuela, me gusta mi jefe, el señor Alemán y un alumno-

-Vaya hija, ¿cuál te gusta más?-

-Los dos, uno tiene la arrogancia, la juventud y la fuerza. Mi jefe posee la experiencia, la belleza de las arrugas de la vida-

-¿Y quién es el otro?-, preguntó exhalando humo del celtas sin boquilla.

-Un alumno, y sé que no es lo correcto-, dijo agachando la cabeza.

-Hija, tus demonios son tus prejuicios. No está bien tontear con un alumno, te juegas el trabajo. Pero disfrutar de esa atracción es maravilloso-

-¿Disfrutar abuela?-

-Si, digo que disfrutes de la voluptuosidad que genera la atracción con un hombre, en este caso un chico. Algo tendrá para ti-

-Tiene muchas cosas, pero debo sacar de mi cabeza a García-

-¿Y el señor Alemán?-

-No lo sé abuela. Me ha pedido ser mi novio-

-¿Qué? Viéndolo bien visto, ese hombre te conviene por su posición, pero tiene algo que no me gusta nada. Es un perro del régimen, y no te haría feliz, a ti no. Eres de otra pasta-

-La verdad abuela, a veces no te entiendo-

-Ya me entenderás. Ahora a dormir Anita-

Buenas noches abuela-

11´00h del día siguiente:

La señorita Pérez comía un pequeño bocadillo en el claustro del instituto rodeada de alumnos. Casi nunca hablaba con los demás profesores, retraída, pensativa, infeliz y su ojos grises la acompañaban en la perpetua soledad.

-Señorita, ¿le puedo preguntar algo?-, preguntó García. Hasta Anita llegó el embriagador olor a colonia, las fosas nasales de la profesora aspiraban y hacían disfrutar su cerebro brillándole las niñas de los ojos ante el joven.

-Si García, pregunta-

-Aquí no, mejor a la salida de la tarde. ¿Le parece vernos en el bar de Paco a las cinco y media?-

-Pero García, soy tu profesora-

-Lo que tengo que decirle no lo puedo decir aquí dentro. Es mi profesora en el instituto, fuera somos un hombre y una mujer-, dijo de pie, desafiante. Anita estaba estremecida por la imagen del alumno, le parecía el hombre más atractivo del mundo, el carácter imperativo y al tiempo delicado de García la atraía impúdicamente.

-Allí estaré, pero sólo un rato que tengo que llegar a casa temprano-

-Allí nos veremos. Hasta luego señorita-, dijo García marchando con los demás alumnos.

Eludía al jefe de estudios, éste intentaba acercarse, pero Anita evitaba cualquier contacto que no fuera profesional, debía tomar tiempo porque su futuro estaba en juego. Lo único claro que tenía  era que no quería errar en las decisiones de cualquier índole, siempre lo pensaba y pensaba hasta encontrar la decisión correcta. García era diferente, el chico la ponía nerviosa, la impulsaba a hacer locuras, avivaba su fuego. De momento podía apagar ese fuego a tiempo, la desconcertaban la miradas del joven, nerviosa estaba siempre que las miradas se cruzaban.

17´00h en El Local de Paco:

-Buenas tardes, ¿me pone una Mirinda?- Nerviosa, avergonzada por entrar en un bar sola. Cabeza gacha, manos temblorosas, cualquiera podía tomarla por una cualquiera, aún más este pensamiento la ponía más nerviosa con el corazón acelerado.

-Marchando señorita-, dijo el camarero, Paco.

García entró en el bar con unas discos bajo el brazo.

-Hola Ana-, saludó el alumno.

-Ho…, hola. ¿No me llamas señorita?-, dijo temblorosa.

-Estamos en un bar, somos iguales Ana-, dijo dejando los discos encima de la barra.

-Antonio, ¿estos son los discos que me dijiste?-, preguntó Paco.

-Si, he traído unos cuantos que le ha pasado un americano a mi hermano en Torrejón. Mira este es Mr Tambourine Man de The Bydrs, Freewhelinn´de Bob Dylan y Folk Singer de Muddy Waters. Te los presto unos días porque son de mi hermano. Si te interesa le digo a mi hermano que venga, le das dinero y trae discos americanos-, dijo García resuelto.

-Vale, dile a tu hermano que se pase por aquí, esta música me interesa mucho-

-Paco, esta música es lo mejor, por no decir la inglesa-

-Yo no conozco a ninguno de esos artistas-, dijo Anita.

-Es normal. Paco pon el disco de Muddy. Ya verás que genio del blues es Muddy Waters-, dijo García.

-Marchando una de blues-, exclamó Paco. Anita comenzó a reír, nunca había estado en un ambiente tan desenfadado y amigable. Estaba descubriendo que necesitaba reír y divertirse. My home is in The Delta comenzó a sonar.

-Escucha Ana, escucha como toca este tío, es un dios-, decía el alumno extasiado.

-No blasfemes García. Calla que escuche-

Con una señal García pidió un botellín de cerveza a Paco.

La calidez de los acordes, el ritmo machacón y sosegado iba entrando en el cerebro de Anita, sin darse cuenta balanceaba sus caderas al ritmo de la música de los campos de algodón.

-Y que el blues lo inventaran los esclavos de los campos de algodón-, dijo García.

-¿De verdad García?-

-Aquí no soy García, soy Antonio. ¿Cómo te llaman los tuyos, Ana?-

-Me llaman Anita, me va a costar llamarte Antonio-, dijo avergonzada. Mientras My Captain sonaba, otra vez balanceaba las caderas la joven profesora. La falda de tablas, el aspecto viejuno ya no parecía tan reaccionario a los ojos de García. La miraba fijamente, ella evadía mirarlo directamente, pero algo primario la impulsaba a disfrutar con Antonio del momento, el terror de errar la atormentaba…

El cruce furtivo de miradas acentuaba el nerviosismo de Anita, mientras los blues sonaban la profesora movía sutilmente las piernas y las caderas, Antonio dejó el botellín encima de la barra después de beber, acercóse a Anita tomándola con delicadeza de la cintura balanceándose los dos cuerpos al unísono. Antonio tomó la barbilla de Anita provocando que lo mirara, los ojos estaban plantados los del uno en los del otro. Los grises ojos de Anita brillaban y saltaban de dicha, sin darse cuenta el joven del peinado beatle y largo la estaba seduciendo sin mediar palabra. Acabando Big Leg Woman, Anita se separaba de Antonio…

-Me tengo que ir a casa-, dijo con premura.

-¿Te puedo acompañar?-

-No hace falta…, pero si quieres si- dijo vergonzosa.

Antonio García pagó los dos servicios y marcharon a la calle a coger el tranvía.

-¿Qué me querías preguntar?-, preguntó Anita recordando una vez subidos al tranvía.

-En realidad no era nada. Quería tomar algo contigo-, dijo riendo.

-Eres un fresco Antonio-

-Si, lo sé, era la única manera de verte fuera del instituto- Agarrado a la barra de sujeción de pie, no cesaba de mirar a la profesora de sus pensamientos. Anita nada dijo, ella sabía ser coqueta, lo había heredado de su abuela, agachó la cabeza y río por lo bajo. Le halagaba que un alumno le dedicara tantas miradas y palabras.

La parada de Anita llegó, Antonio bajó con ella para acompañarla.

-¿Qué haces? En el barrio me conoce todo el mundo-, dijo mirando a todos lados.

-Sólo te acompaño. Me voy enseguida-, dijo el joven-

-Bueno, como quieras- Sin hablar paseaban uno al lado del otro. Los pensamientos lanzaban estocadas silenciosas a los pensamientos de cada uno…

-Es aquí, aquí vivo. Bueno, hasta mañana-, dijo la profesora nerviosa por despedirse no fuera que alguien los viera juntos y los criticaran.

-Ya veo-, dijo Antonio mirando a un lado. Vio un callejón estrecho, tomó a Anita de la mano y la llevó al callejón. Ella no tuvo tiempo de decir nada, solo fue con él. Allí Antonio la miró un segundo, la tomó del rostro y la besó muy suave. Anita por primera vez en su vida cerró los ojos ante un beso cálido lleno de pasión comedida e inexperiencia. No lo abrazó físicamente pero sí lo abrazó con los labios.

Al separarse nada se dijeron con los labios pero sí con las miradas. En el callejón, el joven estudiante vio como Anita marchaba hacia su casa.

Martes, cinco de Mayo de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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