EN BRAZOS DE… I

LA MUJER MADURA

Aquélla noche estaba demasiado cansado para pensar en salir a pasear como hacía todas las noches. El trabajo que desempeñaba de vigilante en turnos de doce horas me estaba machacando, y apenas me dejaba tiempo para escribir, por lo menos podía leer, porque la vigilancia te da tiempo suficiente para ilustrarte.

Intenté dormir pero el cansancio no me permitía conciliar el sueño, me dolía hasta el alma. Sentía los músculos y los huesos entumecidos. Daba vueltas en la cama, era verano y el calor era asfixiante, el ruido de la noche no era música esa noche, el ruido me ayudaba a dormir, empecé a sudar y enfurecí por el cansancio, el maldito trabajo y el verano, todo esto me enfadó. Fui al baño y me volvía a duchar.

Como un autómata me sequé el agua de la ducha, me vestí y salí a la calle. Me hacía falta despejarme, y en el cochambroso apartamento donde vivía no podía hacerlo. Ni el ventilador me daba el suficiente fresco para poder dormir un poco. Paseé por la avenida desde casa hacia el centro, mientras pasaba al lado de las terrazas miraba a la gente charlar, noctámbulos sufriendo de insomnio tomando helados y copas para pasar el tiempo. Estaba embutido en mis pensamientos, deseaba dejar aquel trabajo que me había encarcelado en la cárcel de la realidad como a un esclavo, y yo solo quería escribir, lo demás en importaba un bledo. De repente comencé a pensar en la vida tediosa de mis amigos y de la gente que vi en las terrazas de las cafeterías y heladerías. “La verdad que ser español en el siglo veinte y uno es un coñazo”. La mitad de la gente no trabajaba en nada bien pagado, el otro tercio cobraba un mísero subsidio, la pequeñísima parte de la tercera parte eran putos funcionarios, parecía que vivieran en otro mundo, “claro, esos tienen sueldo fijo y bien pagado”. A mi me importaban una mierda los funcionarios, pero a veces me gustaba meterme con ellos, ver su particular visión de la vida. Siempre he disfrutado analizando las vidas y costumbres de los demás, es una manía que tengo.

Entre pensamientos y un par de cigarrillos llegué a la puerta de un bar al que solía frecuentar. Miré el dinero en mi cartera, me daba para unos whiskey´s. Entré.

-¡Hombre Humberto! ¿Cómo tu por aquí?-, exclamó el camarero detrás de la barra.

-Ya ves-, respondí. Me senté en un taburete al fondo de la barra.

Había poca gente en el local, aún era temprano, miré la pantalla del móvil, eran las doce y cuarto de la noche. Alrededor de la barra como moscas en la miel, los borrachos bebían sus copas y sus botellines de cerveza, casi no hablaban entre ellos. Sólo se miraban, asentían a algún comentario y seguían metidos en sus miserables vidas y en sus bebidas. La gente es así, bebe para olvidar y para ser quien quisieran ser, yo también era de esos, pero con una diferencia. Yo bebo porque me gusta, me gusta ser un borracho, me gusta ser un cabrón y cuando me emborracho escribo y escribo. El alcohol es mi dilatador de inspiración, dispara mi ingenio en letras. Es lo único de lo que me ha dotado la naturaleza, escribir porque como orador me es imposible ganarme la vida, me agota hablar demasiado, la gente me aburre, me exasperan sus gilipolleces.

-¿Qué te pongo?-, preguntó el camarero con camaradería.

-Whisky solo, con hielo-.

-Buenas noches señor Haze-, me saludó un viejo borracho, estaba cerca de mi pero no me vio. El, tío aparte de ser medio indigente era de esos hombres con los que podías charlar aunque estuviera borracho. “El carretero”, así lo llamaban. Había tenido una vida difícil, su oficio de transportista le granjeó gran cantidad de “cuernos”, según contaba él, su mujer era la tía más puta que había conocido, incluso dudaba si sus hijos los había “fabricado” él. La vida de los demás no me importa una mierda, pero “el carretero” era un ser inofensivo, siempre empezaba la conversación igual a como me había saludado, pero era un buen tipo, de lo mejor de aquel antro de borrachos e hideputas.

Cuando iba por el segundo whisky entró la primera mujer en todo el rato. La miré, no tenía la pinta de las otras que frecuentaban el garito, parecía limpia y eso. Se sentó a mi lado, primero escudriñó la barra, creo que pensó que yo parecía más inofensivo que los demás, o menos embriagado. Pidió un whisky sin hielo, a palo seco, empezaba a caerme bien, las mujeres valientes me encantan. No encontraba el mechero en su bolso, así que yo le di fuego. Se quedó mirando el contenido alcohólico de su vaso y yo allí pasmado como un imbécil, en aquella época me costaba iniciar una conversación con nadie, de verdad.

-No me mires tanto, me vas a desgastar-, dijo la mujer.

-¿Es a mi?-, respondí como si no fuera conmigo.

-Es a ti, me miras de reojo. No te voy a comer, si te apetece hablar, hablemos. Soy Cintia-, dijo ofreciendo la mano para estrecharla. Las Estrechamos.

-Soy Humberto, encantado-.

-Iguamente-, dijo Cintia.

Cuando la miré a los ojos me quedé prendado por el color miel y la profundidad de su mirada, era impactante, pero la pillé buscando algo en mis ojos.

-Voy a pedir otra copa, ¿te apetece?-, pregunté.

-Si, otra de lo mismo-.

Mientras bebíamos en silencio miré su escote, tenía un gran escote, los pechos querían salir por encima de la blusa, tenía la piel tersa, Cintia era muy atractiva o quizá estaba atractiva aquella noche.

-¿Sueles venir mucho por aquí?-, me preguntó girándose hacia mi. Con un movimiento rápido de mis ojos vi sus rodillas redondas, las piernas de piel morena y los muslos, me encantan las mujeres con falda, me gustan femeninas.

-Antes si venía bastante, ahora de vez en cuando-.

-Nunca he venido aquí, no está mal este antro-.

-A veces se pone peor, cuando empiezan a llegar borrachos cierra-bares, ya sabes-.

Seguimos charlando de nada importante, las típicas preguntas de a qué te dedicas o si vives solo…

-Ahora estoy en paro, cuidaba de un viejo, pero se ha muerto-, explicó ella dejando el vaso en la barra.

-Lo siento, el trabajo está muy mal-.

-Dímelo a mí, con dos niñas y sin trabajo tu me dirás-.

-Te entiendo. ¿Con quién has dejado a tus hijas?-.

-Con una vecina, necesitaba salir de casa y beber algo a solas-.

-Pues…, si necesitas soledad me marcho-, dije.

-No hombre, no me molestas, eres agradable-.

Le ofrecí un cigarrillo, pedí la cuenta de los dos.

-¿Te apetece salir de aquí?-, pregunté.

-Si-.

En la calle, caminamos buscando un bar pero le comenté si le parecía bien que fuéramos a mi casa, ya que tenía bebida, dijo que si. Llegamos a mi aparcamiento en un santiamén, subimos en el ascensor.

-Ponte cómoda, voy a preparar las bebidas-, dije.

-Tienes buena música, Deep Purple, The Beatles…-, dijo Cintia agachada frente al equipo de música.

-Si claro, es lo que me gusta-, dije ofreciéndole el vaso con whisky.

-¿Puedo poner un disco?-.

-Si, pon lo que quieras-.

Me senté en el sofá con el vaso en la siniestra con las piernas cruzadas. Child in time comenzó a sonar, el contoneo de las caderas de Cintia me provocó una media sonrisa. Vino hacia mí bailando, felinamente me ofreció sus manos para bailar. Bailamos muy pegados, despacio, una danza sensual, el rito precedente a lo que parecía iba a pasar en breve. No nos tocábamos, solo bailábamos lentamente, escuchando la música, ella tenía los ojos cerrados y yo, tenía el canario dispuesto y alegre. Cintia parecía poseer alpiste de primera. Al terminar la canción la tomé de la mano y nos sentamos en el sofá. Durante el baile sus movimientos me excitaron muchísimo, hasta ese instante no me había dado cuenta de las generosas caderas de Cintia. Durante unos segundos la imaginé ofreciéndome las caderas para que la penetrara a mi antojo.

Bebimos al unísono, no dejábamos de mirarnos, sus ojos color miel, grandes, un poco rasgados me intimidaban, la mujer madura intimidaba al señor Haze, el trotamundos, el escritor borracho y demente. Posé una mano en sus rodillas, redondas, de piel tersa, la miré, la atraje hacia mi y la besé, desde aquel instante ni beso ni ná. Metió su lengua en mi boca con avidez, casi violaba mi pobre boca. Inmediatamente me montó, comenzando a restregar su coño contra mi entrepierna. Levanté la falda, apreté su culo de madre y mujer necesitada de un buen polvo. Sin dejar de morrearnos echó mano a mi paquete, bajó la cremallera del vaquero, sacó mi picha adormecida por el alcohol, pero en cuanto la rodeó con sus dedos el canario cantaba por seguidillas. Con una maestría deslumbrante ladeó sus bragas y se la metió tan fuerte, creí que me había roto la polla, ¡pero no!, estaba en perfecto estado.

Follamos en el sofá durante un rato, después la llevé a la cama en volandas y seguimos dándole al asunto no sé cuanto tiempo más.

Cintia y yo fuimos amantes durante un tiempo hasta que decidí marcharme a otra ciudad, pero eso es otra historia.

Viernes, tres de Julio de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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