ANITA VIII

22´00 del mismo día:

Anita llamó al sereno para que abriera el portal de su casa, había estado toda la tarde trabajando en la biblioteca del instituto corrigiendo exámenes. En ese instante…

-Anita, buenas noches-, saludó una voz familiar.

-Ah, buenas noches Carlos, me has asustado-. -Diculpa, no era mi intención. ¿Has cenado?-, preguntó el jefe de estudios mirando a los ojos de la profesora.

-No, he estado trabajando-.

-¿Aceptas que te invite a cenar?-.

-Muchas gracias, pero es tarde y en casa estarán pensando donde estoy-.

-Si claro, pero si me dejas subir le explicaré a tu familia que vamos a cenar fuera-, propuso gesticulando para entrar.

-Mejor no, otro día, estoy muy cansada-, comentó haciendo ademán de entrar en el portal.

-Insisto-, dijo Carlos tomando con firmeza el brazo de Anita. La profesora para no ser grosera aceptó que el jefe de estudios entrara en su casa.

-Buenas noches señoras-, saludó el jefe de estudios con una sonrisa resplandeciente y falsa como pensaba la abuela. Las dos mujeres respondieron educadamente. La madre de Anita tenía una sonrisa de satisfacción porque su hija estaba haciendo lo correcto, no dejaba de sonreír como una pava.

-Buenas noches-, respondió la madre. -¿Le puedo ofrecer algo?-.

-No se preocupe, nos vamos a cenar su hija y yo-, dijo mirando hacia el pasillo por el cual Anita había entrado a la habitación donde dormía con su abuela.

-¿Vamos Carlos?-, preguntó la profesora. La insistencia del jefe de estudios provocó pensamientos a Anita, nunca lo había visto agresivo con ella. A los alumnos era normal tratarlos con autoridad, pero con la profesora de mates siempre había sido educado y correcto. Pronto las sospechas de la joven serían disipadas.

En el viaje hacia el Ateneo en el “600” del jefe de estudios, Anita pensó durante un momento en qué haría García, el besador del callejón. El pensamiento fue interrumpido por “el tren de la costa” en la radio. Ese “Mi” rasgado por “Sol” y el bombo tocado sin cesar la trasladaron a la fiesta en El Local de Paco, la música, la juventud bailando y disfrutando de unas horas de “libertad” le provocaron mover los pies en el asiento del conductor.

-¿Y a esto lo llaman música?-, dijo Carlos apagando la radio.

-Deja esa canción, me gusta-, ordenó Anita.

-¿Eres yé-yé?-. -No, pero me gusta ese blues-.

-Si tu lo dices-, volvió a poner la canción.

En el Ateneo pidieron de cenar, una botella de vino tinto…, tomando una mano de la profesora, el jefe de estudios…

-Anita, quiero verte todos los días, quiero despertarme en mi cama y verte dormir…, quiero que te cases conmigo-, dijo candoroso.

-Carlos, por favor no insistas. No me voy a casar contigo. Hace unos meses eras el candidato perfecto…, pero ahora no quiero comprometerme con nadie, quiero vivir-, expuso apartando la mano de la del jefe de estudios.

Carlos, el hombre intachable, el delfín del fascismo no encajaba bien las derrotas, al igual que sus compañeros del régimen, la cobardía, la “gracia” de los hombres de camisa azul, la superioridad del Dios de la represión y la pusilanimidad fue enrojeciendo su rostro impasible, blancuzco y falso.

-¿Es por mi edad?-, preguntó incrédulo.

-No es tu edad, eres muy atractivo, soy yo, no me quiero casar tan joven-.

-Eres joven sí, pero, ¿y dentro de unos años?-, preguntó sorbiendo un trago de vino.

-No pienso en el mañana, solo puedo ofrecerte mi amistad, Carlos-, dijo con ternura sin saber como salir del atolladero.

-¿Amigos? Solo puedo ser dos cosas para ti, tu jefe y tu prometido-, dijo imponiendo su criterio.

-Entonces, serás mi jefe. Tengo que marcharme, pide un taxi-.

-Yo te acerco a tu casa, no te disgustes-. El jefe de estudios tenía la destreza de cambiar de estado de ánimo como el que cambia de chaqueta. ¡Ay, esta España nuestra!

-Como quieras, pero llévame a casa, por favor, no me siento bien-. Con una sonrisa malévola llamó al camarero, pidió la cuenta. Con “caballerosidad” apartó la silla a la profesora, salieron hacia el aparcamiento. Una calle antes de la del piso de Anita, Carlos paró el coche paralelo a la acera…

-Esta no es mi calle, Carlos-, dijo sin entender por qué paraba una calle antes.

-Ya lo sé, ¿no te apetece hablar ni pensarte mi proposición?-, preguntó girando el tronco hacia Anita apoyando el brazo derecho encima del asiento del acompañante.

-Ya está pensado. Debes aceptar mi negativa, Carlos-.

-No pienso aceptar un “no”, serás mía-, dijo nervioso.

-Pero…-, al tiempo que decía esta palabra los labios de Carlos sellaron su boca violentamente, con el brazo derecho agarraba la nuca de la profesora con fuerza masculina desmedida. Anita intentaba luchar en vano, el jefe de estudios hacía acopio de su superioridad física. La lengua de Carlos invadía la boca de la profesora de mates sin poder pelear por salir del pequeño vehículo. De repente la mano izquierda del jefe de estudios palpó el fruto prohibido, rasgo las bragas de algodón haciendo que la pobre profesora gritara y sollozara en la boca del amante-ultrajador. Con las manos pecadoras, represivas, penetró con fuerza salvaje en la vulva aún virgen, desgarrando, violando. Anita, en un impulso de auto ayuda mordió la lengua de Carlos, éste gritó, de la boca emanaba sangre, roja, pérfida, como un resorte abofeteó varias veces a Anita, acabó con un puñetazo reventándole el tabique nasal. Ya no había vuelta atrás, Anita se rindió como el cuerpo se rinde a la anestesia en la mesa de operaciones. Ante la rendición, Carlos echó hacia atrás el asiento del acompañante. Montó a la profesora semi inconsciente, con su mini falo la penetró salvajemente, sudoroso, acalorado porque la juventud lo estaba abandonando, folló, violó a la mujer que había pedido matrimonio, corriéndose dentro de la pobre veinteañera la llenó de mierda de un hombre cobarde, hacedor de las perversiones más impúdicas y lascivas dentro del cuerpo maltratado de Anita. Acabada la repulsiva primera vez de la profesora…

-Esto no ha pasado, ¿entiendes? Por otro lado no te creerán en la vida-, dijo irónico, riendo de la “hombrada” que había hecho. Abrió la puerta del acompañante, empujó a Anita fuera del coche en estado inerte, calló a la acera golpeándose la cabeza contra el bordillo. La “hombría”, el acobardamiento de un medio hombre de camisa azul destrozó la inocencia y el futuro de una mujer que un día creyó en un régimen que ya estaba haciendo aguas.

Lunes, trece de Julio de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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