ANITA IX

23´30h de la misma noche:

El «600» desapareció en la noche y el cuerpo inmóvil de Anita descansaba sobre la acera con la nariz rota y una brecha en la cabeza. Con los ojos abiertos aún, pudo ver como el coche desaparecía ante sus ojos. Apenas tenía consciencia de lo que había pasado, había sido tan rápido que…, quizá su mente ocultaba la evidencia, haber sido violada por su «jefe» en un Seat 600.
Por suerte el sereno de su calle la vio yaciendo en el suelo mientras hacía la ronda. Tocó el silbato para alertar a los serenos colindantes, le tomó el pulso, «está viva», pensó. Cuando llegó otro sereno, el primero que la vio y atendió entró en el edificio donde vivía Anita, llamó a su madre y su abuela, llamaron por teléfono a la Casa de Cocorro desde el piso de una vecina. En un santiamén la ambulancia estilo ranchera llegó, y en una camilla la tumbaron y la introdujeron en la ambulancia arrancando de urgencia con la sirena sonando.

En la Casa de Socorro, una monja la atendía una vez que fue curada. La nariz entablillada, la brecha de la cabeza cosida…

—Mamá, ¿qué le habrá podido pasar a Anita?—. Parecía como si la madre no quisiera ver lo evidente.
—¿Es qué no lo ves? De todas maneras veamos que nos cuenta luego el doctor—, comentó la abuela muy tranquila al respecto.
—¿Qué tengo que ver, mamá?—.
—Nada, ya lo dirá el doctor cuando venga—.

00´00h de la misma madrugada:

En casa, el Señor Alemán se servía un brandy después de lavar las manos con las que había ultrajado a la profesora de mates. En silencio pensaba en lo que había hecho, no sentía remordimientos, sentía satisfacción por haber dado una lección a Anita, al final la había hecho suya por la fuerza, aplastando los sentimientos de la profesora, pasando como un rodillo por sus pensamientos y por su virginidad, la había hecho suya. Ahora solo debía infundirle miedo para que callara, aunque nadie creería a una vulgar profesora sobre que un jefe de estudios la había forzado, y si ocurría tal hecho solo tenía que negarlo y dejarla como una cualquiera, estas artimañas funcionaban muy bien en el régimen.

Mientras tanto, el doctor informó a los familiares de Anita, efectivamente había sido forzada, se usaba más esta palabra que violada. Debería pasar unos días en la Casa de Socorro al cuidado de las monjas y tratar las heridas como requería el diagnóstico médico.

—¿Forzada? ¿Mi hija? ¿Por quién?—, se auto preguntaba la madre en voz alta en la habitación donde descansaba Anita.
—A veces no pareces mi hija, ¿eres tonta o te lo haces?—. La abuela estaba demasiado irritada, cabreada y enfadada para que su propia hija fuera tan «ciega».
—¿Qué tengo que ver?—, preguntó molesta.
—Ya lo dirá tu hija, estoy segura de que sé quien ha sido—.

El médico extendió un parte de baja por unos días, la madre de Anita lo llevó al instituto.

12´00 del día siguiente:

La madre llegó al despacho del jefe de estudios, él estaba dentro trabajando, tocó la puerta…

—Pase—.
—Buenos días, Señor Alemán—.
—Buenos días, señora, dígame—.
—Soy la madre de Anita, le traigo este parte de baja—, dijo extendiendo el papel al jefe de estudios.
—La recuerdo, anoche estuve en su casa, señora. Cuando dejé a Anita en el portal estaba bien, ¿sabe que tiene su hija?—, preguntó el jefe de estudios en un plan cínico insoportable
—Se cayó por las escaleras, debió marearse, se ha abierto la cabeza. En unos días estará recuperada y trabajando—. Mintió por «el que dirán» tan en boga en aquellos días de represión.
—No se preocupe, señora. Lo importante es que Anita se recupere para dar siempre lo mejor de sí misma en su trabajo. Ande, vaya con ella, la necesita—, pidió el jefe de estudios levantándse y acompañando a la madre a la puerta del despacho. La mujer se marchó agradeciendo el trato.
«Primer obstáculo salvado. La madre tiene miedo a las habladurias y miente sobre la causa vedadera del estado de Anita», pensaba el Señor Alemán mientras alcanzaba del primer cajón de su escritorio una botella de brandy.

14´00h de la misma mañana:
—Mi hija forzada, le han arrebatado la inocencia, ¿ahora quién querrá casarse con ella?—, comentaba la madre a la abuela.

—¿De verdad te preocupa eso? A mi me preocupa como vamos a denunciar el suceso, ese cabrón debe pagar por lo que ha hecho—.
—¡Mamá!, no hables asi´. No lo podemos denunciar, ¿qué pensara la gente? Quita, quita, los vecinos que pensarían de nosotras. Que horror—.
—Eso es lo que te preocupa, vaya. Como su abuela que soy me preocupa como va a salir adelante después de este trance—.
—Trabajando en el instituto, ya verás como sale bien parada. El Señor Alemán sabrá guiarla—.
—No te enteras de nada, hija. Ese jefe de estudios es el que la violó, fue la última persona que estuvo con ella—, dijo la abuela tajante.
—¿De verdad crees que ese hombre la forzó? Vamos mamá, si vino con ella a casa, es su benefactor, imposible—.

La conversación quedó zanjada, «no hay quien te saque punta, hija mía», pensó la abuela..

9´00h de la mañana. Unos días más tarde:

Anita se encontraba mejor desde la noche del ingreso en la Casa de Socorro. Podía comer e incluso hablar casi con normalidad. La nariz le dolía y las magulladuras también, pero mejoraba día a día.

—Ana, han venido unos señores a hablar contigo—, comentó una monja.
—¿Quiénes son?—.
—Creo que de la policía—.
—Que pasen, Sor Juana—.

Los hombres trajeados entraron en la habitación:

—Buenos días, señortia—, saludó el más bajito de los dos. —Somos de la policía, su médico denunció su ingreso, dijo en el informe que la habían forzado—.
—Bueno, todo pasó muy rápido, pero me olbigó a hacer lo que yo no quise—, contó angustiada.
—¿Qué no quiso hacer usted?—, preguntó el más alto.
—Acostarme con él—.
—Entonces, usted no quería y él la forzó. Está segura de que no lo engatusó, ya sabe…, con armas de mujer—, el más bajito quería poner cebo y que la profesora picara.
—¿Engatusar? ¿Por quién me toma?—.
—Señorita, lo que mi compañero quiere decir es que si usted primero le puso el pie y luego…, se echó atrás. Suele pasar entre las parejas—, dijo el más alto.
—Ese hombre no es mi novio ni mi marido, es mi jefe. Yo no quería acostafrme con él, me reventó la nariz de un puñetazo, me violó y después me tiró a la calle, ¿cómo llaman ustedes a eso?—. Los policías apretaban las tuercas demasiado fuerte, Anita desfallecía por momentos.
—Nosotros solo queremos ayudarla. ¿Va a denunciar los hechos?—. El agente más bajito ya tenía sus cábalas en la cabeza, Anita engatusó al violador y éste no pudiendo resistir sus ardores la forzó.
—Claro que voy a denunciar—.
—Cuando le den el alta pase por comisaría. Buenos días, señorita—.

Anita quedó sola en la habitación, una lágrima cayó por su mejilla derecha. La tristeza y la impotencia hicieron mella en su pecho, empezaba a sentir asco y repulsión de ser mujer.

Martes, veinte y uno de Julio de dos mil quince.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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