EN BRAZOS DE… II

A veces, cuando escribo en solitaria compañía, un «culo» de whiskey, unos cigarrillos baratos comprados en el «chino» de la esquina; pienso en la decadencia de la literatura a principios de este siglo, donde la comunicación ha cambiado totalmente y evoluciona a pasos agigantados, creo que los humanos no estamos hechos para tanta rapidez, no sé, de verdad.

Cuando leo en Internet todos esos blogs con faltas de ortografía y con tanto desorden, acabas casi tirando el ordenador por la ventana, pienso; «el mundo está lleno de analfabetos que escriben».

Quizá Zaratustra habría dicho algo así, «venid incautos, venid, os enseñaré a tomar por culo como es debido, panda de imbéciles».

Los días en esta habitación cochambrosa, mísera, sólo me rodea miseria, hambre y muerte. Miro las paredes, antes eran blancas, ahora son casi negras. La mugre me rodea, nos rodea a todos. Sólo que la mugre puede ser visible o invisible, como la guerra sucia a la que nos enfrentamos con las agencias de capital-riesgo, los lobbyes y demás cabrones llenadores de bolsillos ajenos y vaciadores de tantos otros.

—Tendrías que frecuentar más el ambiente literario de la ciudad, Humberto—.
—¿Para qué? Las veces que he ido a alguna presentación me he aburrido tanto hasta tener que emborracharme. No soporto a los «dícese escritores». Eso no es para mí, querida—.
—Te crees la leche, ¿verdad?—.
—M.A. mírame, soy una mierda aplastada en la calle. Soy como soy, la gente me importa un bledo, esta conversación no me aporta nada. Esos escribientes que publican en Internet y en papel me importan aún menos. ¿Sabes lo que me mantiene vivo? Lo que me tiene en pie en esta habitación de mierda es pensar que soy la hostia, el más guapo, el que la tiene más grande de todos y el que mejor escribe. De no ser así me habría suicidado hace años—.
—No deberías ser tan pesimista, eso te mata poco a poco—.
—Todos morimos poco a poco desde que nacemos. No pienso estar aquí eternamente. Pertenezco a la calle, soy de los suburbios. Ratas, sapos, chaperos, putas, delincuentes, ese es mi mundo, sobre eso escribo. Los polvos, las drogas, el alcohol, son pura gasolina para aguantar a los que mandan. No soy pesimista, veo la suciedad de la realidad, la realidad que vosotros no veis ocultando las cabezas en la tierra como avestruces. El positivismo es el consuelo de los pobres holgazanes que buscan quien les saque las castañas del fuego. ¡A la mierda todos! ¿Me oís? ¡A LA MIERDA!—, dije sacando medio cuerpo por la ventana.

La gente miraba hacia arriba y me apuntaban con los índices mientras yo decía toda clase de exabruptos.
—No hay quien pueda contigo, Humberto. Te hace tan atractivo ser como eres…, ven—.

Nos revolcamos, le dimos un buen rato al asunto. Después salimos a dar un garbeo y acabamos donde siempre. En un bar repleto de borrachos, mujeres en busca de unos euros para una copa a cambio de una mamada o una raya.

La gente es rara, somos raros, cuando éramos raros, realmente raros, éramos más felices. Estudiábamos, trabajábamos, comíamos, follábamos sin importar el mañana. ¿Cuándo nos volvimos esclavos e imbéciles? Yo no lo sé, por eso lo escribo ahora, creo que leyéndolo quizá encuentre una jodida respuesta.

Una tarde, de paseo por las calles del centro de la ciudad, solo miraba escaparates, no tenía un céntimo en el bolsillo. Esperaba encontrar a alguien conocido para pedirle algo prestado o que me invitara a comer algo. El estómago me rumiaba como un pollo piando a su madre. Cuando más jodido estás por el hambre no paras de encontrarte a gente comiendo por la calle y eso aviva más el hambre. El estómago es insaciable, siempre necesita comer, de verdad. Y como por arte de magia, me encontré a uno de esos «escritores». Venía de frente y no pudo escapar de mi. El tipo en cuestión era uno de esos funcionarios (profesor de universidad y todo). El zagal escribía como afición. Primer punto, no se escribe por afición, se escribe porque se necesita, la pluma y la musa son insaciables, son ninfómanas. Escribía novelas, eran malísimas y con gusto asquerosamente garrulo y barriobajero. Lo peor es que se creía mejor que yo y que todos, cuando las faltas ortográficas y las escenas inconclusas y mal redactadas de sus novelas solo servían para dos cosas. Una, para limpiarte el culo cuando no tengas papel higiénico y dos, para calentarte en invierno. A lo que iba…

—¡Hombre Humberto! Cuanto tiempo, amigo—, me saludó con aquella sonrisa irritante Cuanto positivismo y cuanta mierda barata de coaching. ¿Amigo tuyo? ¿De qué imbécil? Ahora verás, te voy a dejar sin un céntimo, listillo.
—Hola Michel, ¿paseas o consumes como todos estos?—.
—Las dos cosas, ya sabes. Mi mujer me encarga de todo. Vamos a tomar algo y nos contamos—. Ya lo tenía donde quería. Debía de ser mi cara demacrada de indigente o mis maneras correctas, no sé.
—¿Pagas tu?—, pregunté.
—Si claro, vamos tío—.

Esa camaradería me toca los huevos un tanto. No entiendo esas ganas de agradar, esa hipocresía. A la gente así habría que darle una paliza de vez en cuando. Entramos en un bar, el pidió un zumo de naranja y una tostada de aceite y yo con mi hambre mortal pedí un bocadillo de magra con tomate y una cerveza. Por fin aplacaría mi estómago un buen rato.

—¿Cuánto hace que no comes?—. Y a ti que te importa, joder, pensé.
—Desde anoche—, era mentira. La conversación tenía toda la pinta de convertirse en una obra de caridad, y por ahí no paso. Tenía y tengo mi dignidad y ese cabrón no me la iba a quitar.
—¿No crees que deberías cambiar de vida, Humberto?—.
—Si vas a empezar a darme sermones te doy una hostia—. Eso lo calmó.
—Vale, vale, solo quiero ayudarte—.
—Cuando la necesite te la pediré. ¿Cómo está tu mujer? ¿Y tus hijas?—.
—Muy bien, gracias. ¿Te apetece venir a casa a comer?—, eso es lo que más me gustaba de Michel. Aunque fuera gilipollas le gustaba agradar a la gente y era hasta capaz de meter en su casa a tipos como yo. «No puedo desaprovechar la oportunidad». —Vale, me encantará saludar a tu mujer—.

Lo acompañé a acabar sus compras y fuimos a su casa en su coche. Michel no vivía mal, tenía una familia y un trabajo. Pero como escritor era nefasto, aunque gustaba a mucha gente. Eso ocurre cuando el escritor busca gustar, gusta a muchos pero las letras están vacías, sin alma.

Llegamos a su piso de la periferia, entramos y saludamos a su mujer, Helena se llamaba. Las niñas estaban en casa de los abuelos, era sábado y quizá la parejita había pensado en un día sin hijas para follar y eso.

—Humberto, ¿quieres más asado? —, me preguntó Helena. La verdad que sí quería más, estaba famélico, o como se suele decir, me había quedado hecho una sílfide. —Yo te sirvo, acércame el plato —.
—Cuéntame, ¿escribes algo nuevo, Humberto? —, preguntó el listillo de Michel.
—Yo siempre escribo, aunque no tenga un ordenador ni un boli siempre escribo, se queda grabado en mi cerebro —.
—¿Y cómo lo recuerdas? —, preguntó Helena.
—Si no lo recuerdo intento apuntarlo donde sea —.

Helena era una mujer guapísima, siempre me gustó. Tan morena, tan blanca de piel, al haber parido dos niñas tenía las caderas anchas, prietas. Cada vez que me miraba con aquellos ojos negros me temblaba todo el cuerpo, creo que mi cuerpo era un pene cuando ponía sus pupilas en él.

—Cariño, tengo que salir a hacer un recado. Humberto quédate, en un par de horas estaré de vuelta, tenemos mucho de qué hablar, amigo —, dijo Michel.
La parejita se despidió con un pudoroso «pico» y el imbécil se marchó.

—¿Te apetece una copa? Michel no bebe y tampoco me deja—.
—Siempre me apetece —.
—¿Whiskey? —.
—Sólo por favor —.

Primero una copa, después otra, nos fumamos entre los dos una cajetilla de cigarrillos. Como consecuencia, abrimos las ventanas y Helena echó ambientador.
—Dime una cosa, ¿tú y Michel os queréis? Me explico, ¿sigue siendo el amor que os profesasteis cuando disteis el sí quiero? —.
—La verdad que no, todo cambia, se acaba la pasión y adiós al amor. El amor es pasión, no lo que nos venden —. Nunca había visto beber a Helena, estaba tremendamente atractiva, medio borracha, hacer lo que su marido no le permitía me la estaba poniendo muy dura. La miraba intentando adivinar si pensaba lo mismo que yo. Quería tirármela, es la pura verdad. Me daba un morbazo hacerlo con ella en su casa mientras Michel hacía recados como un buen chico.

—¿Cuánto hace que no has echado un buen polvo? —, me arriesgué preguntando.
—Ja, ja, ja. Con las copas que llevo te lo voy a contar. Años Humberto, años. Michel nunca ha sido un gran amante, me enamoré de su labia, escribía poemas y me enamoré del poeta, no del hombre —.

—Entiendo—­, seguí jugándomela. Me senté al lado de ella en el sofá. Aproveché que llevaba puesta una mini falda, paseé mis dedos por las piernas cruzadas, deslicé los dedos por los muslos y al llegar al lugar sin retorno la miré…

—Si decides seguir no te acojones —, dijo retándome con mirada de pantera negra.

Acepté el reto, fui más arriba con los dedos, abrió ligeramente las piernas, le metí mano sobando por encima de las bragas. El canario lo tenía muy duro y comencé a besarla en la boca, la abrió recibiendo mi lengua, me apretaba contra ella, sentía como sus pezones taladraban mi pecho. La tumbé en el sofá sin parar de besarla, ladeé sus bragas, saqué mi canario y la embestí con todas mis fuerzas, se la clavava hasta el fondo apretando en cada embate.

Fue un gran polvo, me estaba tirando a la mujer de un rival literario y también gilipollas, que a gusto me quedé cuando me corrí en su vagina.

Quedamos en que iría a buscarme a mi cochambroso apartamento una vez por semana, pero eso es otra historia.

Sábado, ocho de Agosto de dos mil quince.

Región de Murcia.

¿Pedro Molina o Humberto Haze? Decide tu quien soy.

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