Jackie y el celador

La historia que voy a contarle, querido lector, llegó a mis oídos hace un tiempo. Estaba acodado en la barra de un bar, emborrachándome por un mal de amores que sufría; ella me puso los cuernos con un tipo que conoció una noche loca. Ella no me lo dijo, la vio un amigo mío morreándose con el susodicho. Llegó un tío no mucho menos borracho que yo, había estado en un parque leyendo ‘Factótum’ del gran Hank, y luego decidí llenar mi estómago de alcohol para darle caña a mi hígado. El tío recién llegado enseguida comenzó a mirarme de lado, pidió una copa y siguió mirándome como si me conociera, pero no era así, no lo había visto en mi vida. De reojo me miraba como si quisiera decirme algo, ya que no nos conocíamos. De repente, me habló y comenzó a contarme una historia de él y una chica que conoció en el hospital donde trabaja de celador. Lo contaré en primera persona, es el celador quien lo cuanta, no yo:

Tengo un nombre como cualquier español bautizado y sin bautizar, pero no os voy a decir mi nombre, prefiero seguir en el anonimato; en el relato seré el celador o un nombre cualquiera que se me ocurra.

Trabajo en un hospital de una ciudad de provincias, aprobé las oposiciones de celador y allí trabajo desde hace casi doce años. Soy un tipo normal, he tenido pareja estable, pero en la actualidad estoy soltero, vivo con mis padres. Pueden ver que soy un hombre de treinta y tantos totalmente normal, llevo una vida tranquila y bastante mediocre. Me gusta el fútbol como a muchos españoles, salgo algunos fines de semana con algún amigo tan aburrido como yo.

Suelo trabajar en maternidad, da gusto ver las caras de los papás y los familiares al ver al nuevo miembro de sus familias, uno se da cuenta de lo milagrosa que es la naturaleza. Una mañana cualquiera yo estaba en maternidad, las visitas iban y venían y yo, llevaba sillas de ruedas con parturientas para la sala de paritorio y a las distintas habitaciones. La mañana pasaba bastante rápido y me olvidé de mi cigarrillo de media mañana. Pedí a un compañero que me sustituyera y me largué al sitio de fumadores que es el lateral del hospital. Hacía un día soleado, así que me puse al sol a disfrutar de mi cigarro. Fumaba tranquilamente cuando alguien me distrajo de mi labor fumadora. La miré descaradamente, le di los «buenos días», ella me los devolvió. Sacó un cigarrillo y lo encendió. La miraba de vez en cuando, era muy atractiva, más joven que yo me parecía, morena, de estatura media, bastante bonita y de piel tostada, parecía latina, pero no me atreví a preguntarle nada. Acabé mi cigarro, la miré de soslayo y volví al trabajo. Ella también me miró y se quedó fumando.

Mi turno acabó y no volví a ver aquel día a la chica del lateral de fumadores.

Al día siguiente la rutina siguió su curso, pero vi otra vez a la chica morena del cigarro; la contemplaba desde que la vi entrar por el pasillo, en cuanto me vio me siguió con la mirada y eso me puso nervioso. Después de tomar un café de la máquina, una vez que todas las pacientes estaban atendidas me permití fumar un cigarrillo, era media mañana. Al entrar en el ascensor, ella entró detrás de mí. Nos miramos y agaché la cabeza.

—¿Vas a fumar? —, me preguntó la chica de aspecto latino.

—Sí, ahora puedo hacerlo, hay poco trabajo. ¿Y tú? —.

—Sí, estar aquí es muy aburrido y me gusta fumar —. La miré y aprobé lo que decía con la cabeza, llegamos a nuestro destino y salimos juntos.

—Soy Alfredo, perdona por no presentarme antes —. Llegamos al lateral y nos protegimos del sol en la sombra de la pared.

—Me llamo Jaqueline, pero todos me llaman Jackie. ¿Tienes fuego, Alfredo? Creo que he perdido el encendedor —.

—Tu bolso es muy grande, parece una maleta, ja, ja, ja —, le ofrecí el mechero entre risas.

—¿Eres celador o enfermero? Disculpa, pero no sé diferenciar muy bien entre uno u otro —.

—Soy celador, nos confunden porque vamos de blanco, ja, ja. ¿Tu acento es de? —.

—De Colombia. Vine hace unos años, vivo con mi hermana, cuando se separó de su marido me vine a estar con ella. Tiene otra pareja que es el padre de la niña que dio ayer a luz—.

La miraba sin cesar, era realmente bella y hablaba conmigo, con un tío aburrido, triste y muy normal, me estaba gustando, pero seguro que yo no le gustaba, nunca he gustado a las mujeres. Solo mi ex me dijo que yo le gustaba, tuvimos una relación de cinco años y ¡cómo no! Me dejó por otro, lo veía venir, estaba ciego de amor por ella.

—¿Tienes trabajo?­ —, la miraba absorto en pensamientos sexuales, estaba soñando que la besaba, que le metía mano allí mismo, ¿soy un salido o un hombre que siente y necesita sentir?

—Ya no, me despedí de la casa donde cuidaba de unos niños, mi ex jefe quería, ya sabes… acostarse conmigo —.

—Suele pasar eso en este país, hay mucho machismo —, agregué.

Acabé mi cigarro, me despedí con un «hasta luego» y seguí mi camino.

Debido a las complicaciones del parto de la hermana de Jacqueline sus visitas se alargaron un par de semanas. Ya no era lo mismo ir al trabajo, tenía un porqué: ver a Jackie por la mañana o por la tarde, fumar el pitillo ritual, las miradas de mí hacia ella, y las sonrisas que me devolvía me ilusionaban, me daban fuerzas en mi aburrida vida. Para un tipo como yo era una pequeña esperanza de que la vida no es tan jodida, había un atisbo de optimismo o lo que fuera, amistad, un polvo o una relación, algo había entre los dos.

Mis noches solitarias en mi cama de noventa comenzaban con la imagen de Jackie, tan morena, tan sonriente con el cabello alborotado cuando hacía un poco de viento, sus ojos de color miel me enloquecían, en ese momento agarraba mi pene y lo tocaba con los ojos cerrados pensando en los labios en forma de corazón de la fémina que me provocaba arder.

Una mañana estábamos Jacqueline y yo fumando donde siempre, al amparo de la sombra que ofrecía el edificio del hospital, hablábamos de cómo estaba la situación laboral, ella no encontraba nada decente, solo le ofrecían puestos de camarera y ella los desechaba. La miraba con ardor, la deseaba y no lo escondía, mis ojos me delataban. No sabía si ella me deseaba, tenía que forzar la máquina, pero…

—Alfredo, desde que nos conocemos hace un par de semanas sé que te gusto. Se te nota, aunque intentes ocultarlo, me halagan mucho tus miradas y pavoneos. Debo decirte que tú también me gustas, eres atractivo y un cielo de hombre —, expuso mirándome a los ojos. Me flojeaban las piernas, pero no podía apartar mis tristes ojos de los suyos del color de la miel.

Seguimos mirándonos, mi boca segregaba saliva en exceso, se me hacía la boca agua con tan solo pensar en besarla.

—¿Me vas a besar, tonto? —. Me esperaba y esas palabras rompieron el hielo; me acerqué a su boca y la besé, por primera vez posé mis labios en los suyos en forma de corazón. Eran tan esponjosos que creí que me absorbería cuando nuestras lenguas se unieron. El beso fue muy largo, me pasé de tiempo de escaqueo, pero merecía la pena. Nos pasamos los teléfonos.

Aquella noche no pudimos quedar para conocernos mejor, se quedó a pasar la noche en el hospital acompañando a su hermana. Le mandé un mensaje instantáneo para darle las «buenas noches». Comenzamos a charlar, le dije que besarla fue increíble, ella me dijo lo mismo. Seguimos la charla y empezó a calentarse. Le dije sin tapujos que la deseaba a más no poder. Seguramente se lo dije porque no estábamos cara a cara. Me dijo que también me deseaba y esa noche si no hubiera estado en el hospital habríamos quedado, necesitaba tener mi miembro dentro de ella.

—Te apetece que vaya un rato y nos tomamos un café —, le pregunté.

—Sí —. Quedamos en que le mandaría un mensaje cuando aparcara el coche en el aparcamiento del hospital.

Hice lo pactado al llegar, subí y me estaba esperando en la habitación, fuimos a la máquina de café, compramos uno para cada uno, para mí con leche, para ella solo largo.

—Vamos a fumar —, ordenó.

Al llegar al resguardo de la gran pared, el lugar donde intimábamos con la mirada, nos besamos café en mano. Ahí noté que me deseaba sobremanera, me apretó el culo con una mano, y yo hice lo mismo. Nos separamos, nos miramos, la invité a fumar. Coqueteábamos con los labios y la mirada…

—Lo que te dicho por mensaje es cierto —, aclaré.

—Yo también. Me gustas mucho Alfredo —. Sellamos esas palabras con un beso, tiré al suelo el vaso del café y el cigarro. Mis manos amasaban su trasero, llevaba un vestido hasta las rodillas. Jacqueline metió sus manos por dentro de mi camiseta de mercadillo, nos magreamos un rato. Mi falo estaba listo, duro, macizo como una piedra deseando a aquella hembra del otro lado del mar. Le metí mano entre las piernas, y sí, estaba húmeda, lista para clavar mi pene, pero decidimos dejarlo por si alguien nos veía. Entramos en el hospital de nuevo, yo tenía una erección descomunal y ella estaba excitadísima, se lo notaba en la mirada y en los gestos de sus labios, salivaba como loca. Entramos al ascensor, como era tarde íbamos solos en el transporte. Nos miramos y comenzamos a morrearnos, le metí mano en el coño, ella atrapó mi paquete con su mano, la otra la tenía en mi nuca. Le di al botón del último piso. Sacó mi pene mientras no parábamos de besarnos. La masturbaba con los dedos índice y corazón. Llegamos al último piso y paré el ascensor sin cesar de comerle la boca, era deliciosa, un manjar. Me meneaba la polla con suavidad, pero intenso porque estaba muy caliente, yo la puse así y deseaba ponerla más. Nunca había estado con una mujer así, es más, no recordaba la última vez que estuve con una mujer en circunstancias sensuales. Seguimos con el magreo, levanté su vestido, mientras mordisqueaba su fino y tostado cuello le arranqué el tanga de un tirón, se quejó de dolor, pero no le importó.

—Métela —.

Tomé mi miembro en el punto álgido, le subí una pierna a mi cadera, coloqué mi ansiosa polla en la entrada y se la clavé con furia, la deseaba tanto que no medí la entrada en su vagina. Arremetí desde abajo hacia arriba con saña, deseaba partirla. Noté un río entre sus piernas, estaba eyaculando, nunca había visto nada igual, pero me encendió más saber que ese orgasmo se lo había provocado yo. No conseguí correrme, mis piernas y mis brazos se cansaron antes de llenarla de mí. No le importó en absoluto, otro día en un lugar más tranquilo, me dijo.

Nos despedimos en la habitación de su hermana con un tímido y puro beso.

En la actualidad seguimos viéndonos un par de veces por semana, no somos pareja, no lo necesitamos, Solo necesitamos salir un rato, mirarnos, acariciarnos y hacer el amor hasta el amanecer.

Miércoles, ocho de Junio de 2016.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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