En el río

 

Querido lector, el relato que voy a contarle le provocará estremeciento en el corazón, y ¡por qué no! en el vello púbico.

Hace muchos años en una aldea muy lejana habitaban labriegos, artesanos, los mandamases y un sinfín de niños correteando por el lugar. ¡Ah! Se me olvidaba mencionar al cura, tan necesario en cualquier lugar cristiano.

No solían pasar forasteros por la aldea, pero de vez en cuando algún vendedor ambulante o soldados apeaban en el pueblo para vender enseres o descansar.

Una mañana soleada un charlatán pasaba por el poblado con un carro tirado por una vieja mula, gritaba a pulmón tendido algo sobre un elixir de la juventud. Lo clamaba de pie en el pescante del carro, la muchedumbre se acercaba a escuchar al viejo charlatán.

Los pobladores del lugar fueron acercándose al carro, en letras muy grandes con pintura roja unas letras anunciaban: «El Elixir de la Juventud». ¡Acérquense y rejuvenecerán! Los más crédulos asentían ante la disertación del viejo, los incrédulos regresaban a sus quehaceres haciendo una mueca de disgusto al escuchar el precio del famoso elixir.

Mirando a la muchedumbre y parlotear al charlatán sobre su milagroso brebaje pasaba de largo una moza con paso firme, saludaba a los vecinos que encontraba a su paso.

Buenos días, Isabel —.

Buenos días —, respondía cada mañana.

Isabel iba todas las mañanas al río a por agua; en el poblado había un pozo, pero prefería ir al río, el agua estaba fresca y aprovechaba para asearse también. Era la joven casadera más anhelada de la aldea, hija del alcalde, esbelta, de facciones suaves y una simpatía y gracia sin parangón. Todos los jóvenes casaderos del lugar la rondaban, le regalaban flores y joyas artesanales, pero ella, altanera y caprichosa desechaba los halagos soñando con un príncipe azul que la rescatara del poblado y la llevara a su castillo a lomos de un corcel blanco.

Poseía talento para ser la futura señora más tirana de cualquier lugar, pero para eso faltaba mucho aún.

Contenía la gracia lisonjera y embustera de las damas de culo gordo de Rubens. Entrañaba el descaro de la Venus del Espejo; su donaire era venerado por los «duendes» del bosque. Los pajarillos cantaban a su paso al son de las cancioncillas que Isabel entonaba. Su sonrisa iluminaba el bosque cuando lo penetraba; su boca contenía una blanca dentadura y una lengua bífida y traicionera, pero eso no le arrebataba belleza. Era desdeñosa, altanera, tenía razones para serlo siendo la hija del rico del poblado.

Una noche acamparon unos soldados, venían de hacer la guerra en otro país. El alcalde les dio cobijo y comida para que pasaran la noche. Los soldados, fieles a su forma de vida acamparon más de una noche y más de dos, entre otras razones por la cantidad de mozas del lugar.

De entre la tropa había dos mandos, un coronel y un capitán. Este último era el más apuesto, rubio, alto, de piel blanca y ojos color del mar. No era muy joven, pero las cicatrices de su rostro le daban un aspecto enigmático. En la aldea más de una joven lo miró con lascivia .

El capitán daba largos paseos por el poblado, hablaba con los lugareños ganándose su confianza. Al alcalde pronto se lo metió en las alforjas. El padre de Isabel masculló que el rubio capitán podría ser un buen marido para su casta hija.

Los soldados se acomodaron demasiado bien en la entrada de la aldea, alegaban esperar provisiones y mientras protegían el lugar de invasores y ladrones. Los lugareños se sentían bien custodiados por tener una tropa de combatientes de su amado país.

El capitán pronto empezó a observar a Isabel, mientras ésta iba de caminata por las mañanas, el rubio oficial la admiraba menear las caderas con la gracia y esbeltez de toda una dama de alta alcurnia.

Durante unos días la observaba caminar, hasta el alcalde sonreía agitando la bolsa porque el capitán había reparado en su hija. Decidió seguirla, escondido entre arbustos la observaba andar con el cántaro vacío al costado. La veía coger flores, se las ponía en el pelo y canturreaba cancioncillas infantiles. Agazapado tras un arbusto la observaba llenar el cántaro de agua del río. Cuando estuvo lleno, Isabel comenzó a desvestirse. Primero desabrochó la blusa dejándola caer en la hierba fresca; el capitán abrió los ojos, atónito ante la escena. Solo divisaba la espalda de la joven. Dejó caer la falda de un solo color, descalzó los pies finos y blancos como la nieve. A esas alturas el capitán segregaba saliva y apretaba su hombría con la mano. Al dejar su culo al fresco mañanero el soldado pudo ver la finura y artesanal forma de aquel trasero, joven, erguido; apreciaba ver los hoyuelos de tan inmaculado culo. Metióse en el agua con delicadeza, hasta sumergirse y nadar como una Sirena.

Al día siguiente el capitán decidió esperar a Isabel bajo un árbol en la misma orilla del río donde ella llenaba el cántaro y se bañaba cada mañana. Con los ojos cerrados descansaba las posaderas en la hierba. Isabel llegó, no lo vio. Llenó el cántaro, se desvistió y una vez estuvo en el agua sorprendió al capitán observándola. Ella no dijo ni hizo nada, solo miraba como la observaba  fijamente. Miraba la profundidad de los ojos azules del soldado cuarentón, él podía ver los luceros oscuros de Isabel. Así estuvieron un rato, observándose, coqueteando con la mirada, hasta que Isabel se sumergió de nuevo, quizá lo hizo por pudor.

Una misiva llegó a la aldea, los soldados debían esperar la visita de un mensajero del Rey; nuevas órdenes parecían. La tropa estaba dos semanas acampada en la aldea y siete días eran los que el capitán había estado visitando a la joven casadera. Nunca hablaban, solo se observaban y admiraban hasta que ella decidía ocultarse bajo el agua.

Una de esas mañanas el ritual seguía su curso. No cesaban las atentas miradas de ambos hacia el otro, hasta que el capitán se levantó de su asiento en forma de hierba fresca; acercóse a la orilla. Isabel lo seguía con sus luceros oscuros. El soldado comenzó a retirar su ropaje de su guerrero cuerpo; ella nunca había visto a un hombre en tales condiciones. Temblaba, no de frío, sino de emoción. No alcanzaba a sentir, no sabía si el capitán le interesaba, solo jugaba a mirar a un hombre apuesto, sentimientos encontrados. El capitán, una vez desnudo se internó en el agua. Se fue acercando a Isabel mientras ésta veía las cicatrices de guerra del soldado, una brecha cruzaba el torso del capitán desde la base del cuello hasta la ingle. Una vez sus ojos estaban lo bastante cerca del otro no acertaban a articular palabra, solo se miraban. El soldado la tomó del rostro, la besó en la frente, la abrazó levemente y ella, palpó con timidez sus hombros fornidos por las batallas. Acto seguido la besó en las mejillas con la parsimonia del amante cauteloso y sigiloso. Se abrazaban lentamente, él la miró a los ojos y posó sus labios en los de Isabel, púdicos y vírgenes. La volvió a mirar y ella lo abrazó posando la cabellera morena en el hombro masculino. Quiso decir algo, pero el capitán la tomó del rostro besándola apasionadamente callando las palabras femeninas en su boca.

La abrazó con fuerza entre los brazos y el pecho. La tomó en brazos y salieron del agua, la depositó en la hierba con dulzura, la miró un instante, los labios pudorosos de la virgen estaban amoratados e hinchados. Los pezones rosados pasaron al color de la violeta en flor, estaban listos para amarlos. Todo el cuerpo de Isabel temblaba, tenía una mezcolanza de pánico, frío y pudor.

Tomó una de las delicadas manos femeninas, curtidas por el trabajo artesanal de una época en que la tecnología era rudimentaria; la posó en su virilidad, firme y erecta, invitó a la joven a acariciar su badajo. Y así comenzó de nuevo a besarla, le devoraba la boca con sus labios curtidos por el sol, el mostacho invadía toda la boca de Isabel. La asfixiaba sobremanera, pasó a besar el cuello, delgado y púdico, —caballero, por favor, pare —. Él la miró haciendo una mueca silenciosa.

Pasó a besar los pezones, los adoró, los mamó y ella, la pobre niña de los ojos de su papá comenzó a sucumbir al deseo; el capitán había sido su confidente de miradas y encuentros licenciosos y callados; y ahora, la estaba agasajando de un placer desconocido pero impúdico. Tomando el cabello del amante lo enmarañó con sus dedos.

Un largo gemido trinó de la voz pajarera de Isabel, un dedo del capitán la estaba acariciando allá donde ella solo se había tocado para lavarse.

Se abrazó a él con toda la fuerza que contenía su joven cuerpo; la montó; no cesaba de besar sus sedosos senos, y de golpe la desgarró desde fuera hacia dentro con toda la potencia de su virilidad. Isabel gritó, se aferró a él pidiendo clemencia, el dolor le era insoportable; la estrechez vaginal de la joven fue desgarrada de una estocada como el guerrero ensarta con su espada a los enemigos, de súbito, sin previo aviso y así, con salidas y entradas fuertes, embestidas con el ímpetu del soldado. Sentía dolor desde las entrañas hasta lo más hondo de su joven ser, lloraba de dolor, lloraba por no estar siendo amada como ella pensó que sería. La desvirgó sin preguntar, sin amarla, la rompió por el ansia del soldado tras la batalla.

«Es demasiado doloroso» pensaba Isabel mientras él la fornicaba. A veces el placer es caprichoso, el capitán derramó toda su hombría en la matriz de la no virgen, había dejado de ser una niña. La miró, se miraron. Ella tenía la mirada perdida, nunca había imaginado de esa manera su desfloración. Al ver que él la miraba con ternura se turbó.

En la próxima ocasión sentirás más placer —, susurró el capitán en el oído de Isabel.

Dicen las malas lenguas que el Capitán pidió la mano de Isabel al alcalde, el padre de la joven. Le arrancó el virgo, de cuajo la arrebató de la aldea para nuca más volver a ser la bella y virginal Isabel.

Martes, diecinueve de Julio de 2016.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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8 comentarios en “En el río

  1. ¡Hola Pedro! He leído un trozo y está bien la trama. Yo creo, bajo mi punto de vista, que si escribes sobre más géneros que erótica, además de éste, ganarías más lectores. ¡Feliz verano! :-))

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