Bela

Leía concentrada en el libro, la biblioteca estaba casi vacía aquel sábado por la tarde. Ella subrayaba lo que le parecía más importante del tema que estudiaba. Era maestra y a sus cuarenta y tantos no necesitaba estudiar, ya tenía un puesto fijo como funcionaria de la enseñanza. Siempre le había apasionado la filosofía; ahora, en la cuarentena había decidido estudiarla, le apasionaba. Se matriculó en una universidad a distancia, estaba en segundo de carrera. Iba los sábados y domingos a estudiar a la biblioteca, entre semana trabajaba como maestra en un colegio. Allí estaba a las cuatro de la tarde con su larga cabellera azabache, enredada, con sus gafas de pasta, hundida en el libro de texto. Nada ni nadie a su alrededor la perturbaba, leía, subrayaba, estaba concentrada en la labor del conocimiento. Solo levantaba la vista para ir a por agua, al baño o cuando se marchaba a casa.

La tarde pasaba y el cansancio hacia mella en su delicado y menudo cuerpo. Levantó la cabeza, se quitó las gafas, miró a su derecha y allí estaba él, el joven que siempre se sentaba a su lado. La turbaba, puede que fuera su olor, el color de su piel, su cabello, quizá sus manos delicadas de dedos finos y largos, la azoraba sin mirarla ni comunicarse con ella. Comenzó a sudar, las palmas de las manos le segregaban «agua salada», bebió agua del botellín que tenía delante. Odiaba sentirse intimidada, pero aquel chico de mirada oscura la desarmaba por completo.

Él la miraba de soslayo, hacía como que estudiaba, pero en su mente estaba la «vecina» de mesa y de cabellera oscura y gafas de pasta también negras. Ella siempre le había gustado, pero no tenía agallas para decirle ni «hola». Ella era su compañía en las noches de insomnio, siempre ella, la mujer que ocupa la silla contigua a la suya en la biblioteca.

A ella, el olor de la colonia de él le endulzaba el tiempo de estudio, le parecía agradable y dulce, siempre usaba la misma así que ella recordaba su olor al instante, incluso en casa evocaba el olor cuando el deseo la invadía. Lo miraba de lado, con pudor, se habría odiado a sí misma si él la hubiera mirado. Al poco, se dio cuenta de que estaba subrayando lo subrayado, en ese momento decidió encerrarse un rato en el baño.

Pasaron unos minutos y él echaba de menos a su «vecina», pensaba si estaría bien, durante un par de segundos lo pensó y decidío ir a su encuentro. Esperaba en el pasillo de los baños, entre el aseo de caballeros y señoras. Pasaron unos minutos y ella no aparecía, se impacientaba, la mujer de sus humedades y anhelos sufría por algo, lo intuía, lo sentía. Cuando había decidido entrar al baño de señoras a buscarla, ella abrió la puerta, al verlo, reanudaron sus temblores, la mirada se le iluminó.

—¿Estás bien? —, preguntó él mirándola fijamente a los ojos.

—Sí, estoy bien, ahora sí. Necesitaba refrescarme un poco —, dijo nerviosa porque estaba hablando con él, el chico radiante y sensual.

Ella intentaba mantenerle la mirada, pero no podría mucho más tiempo aguantar sus incisivos ojos negros.

—Como tardabas me he preocupado por ti —, dijo él sin apartar la mirada de los grandes luceros negros de Bela.

—Gracias, pero no hacía falta —, susurró tímidamente, la turbaba y al mismo tiempo su presencia le enloquecía, y ahora su voz, ronca, varonil, siempre le había gustado esa fuerza en la voz de un hombre.

Aguantaron las miradas un momento más, a ella se le despegaron los labios sin darse cuenta, parecía como si el deseo la contralara ansiando que él posara sus labios en los suyos.

Volvieron a sus respectivos sitios en la larga mesa de la biblioteca, pero ahora ya no podían estudiar, se habían hablado, él había sido muy cortés preocupándose por ella. ¡Al fin se habían hablado! Lo miraba de reojo, él también a ella, ya no sentían pudor por mirarse directamente a los ojos. Él se había quedado con las ganas de besarla, la deseaba, hasta le dolía de no tenerla. Siempre que estaba en ese estado hacía alguna tontería y esta ocasión no iba ser la excepción. Durante un rato se armó de valor para acercarse, lo meditaba, sudaba mientras Bela intentaba no enrojecer por lo que sentía; se sentía adulada, deseada, pero debía ser él el que diera el paso, el primer acercamiento. Él, seguía meditando el primer ataque, el primer paso, hasta que decidió darlo.

Posó una mano en el muslo de Bela, como si nada, hacía como que leía, la tela del vestido era suave al tacto, casi podía adivinar como era la piel femenina al tacto. Ese roce lo armó de valor, ella no lo miraba y decidió acariciar la piel del muslo, sí, la piel era tan suave como el terciopelo, apretaba tímidamente la extremidad femenina. Ella sentía escalofríos por el calor de la mano masculina, comenzó a desearlo más y más. Se sentía en una nube. Él aprovechó la situación llevando su mano hasta el cruce donde la humedad comienza, ahí se quedó, ella lo miró con deseo, pero con la mirada le decía que tuviera cuidado, los podrían descubrir. Hacía tanto tiempo que un hombre no la tocaba, su hombre anhelado en las noches frías de invierno la estaba convirtiendo en una mujer dichosa, en una hembra deseada, por fin. La mano siguió su camino y al centro del deseo femenino llegó, apretó el botón y ya no había cabida para la vuelta atrás. Masajeó el sexo, ladeando la braguita de encaje de color rosa, lo frotaba con ardor, con ansia de que el manantial se desatara, con ganas de hacerla temblar de placer por él. Cuando el río se desbordó, ella lo paró en seco con una mano, lo miró a los ojos, él apartó la mano, la recién orgasmeada se levantó, sonrió a su amante, le guiñó un ojo cómplice y se dirigió al baño de señoras. Al llegar a la puerta del aseo se volvió hacia él, mirándolo con una sensualidad digna de las diosas griegas.

Él aguardó un minuto aproximadamente y fue al encuentro de la fémina. Lo esperaba apoyada en los lavabos con mirada felina. Se miraron y sin decir esta boca es mía comenzaron a besarse, se devoraban el uno al otro, se metían las manos por todos lados. En un santiamén ella tenía el vestido subido y él la bragueta abierta, la apoyó en el lavabo, subió una pierna femenina a su cadera y de una estocada le clavó el estoque en los más profundo de su ser. Mientras, no cesaban de comer de sus bocas y beber la segregación de saliva del otro, la embestía con rudeza, le propinaba lo que ella deseaba, la completaba como mujer, y ahora como su hembra. Las embestidas y los besos la estaban volviendo loca, perdía el control, hacía mucho que ansiaba tenerlo dentro y ahora por fin lo tenía, lo quería todo de él, nada le importaba excepto ese momento, su momento de placer y lascivia.

—Córrete dentro —, le susurraba.

Él no la escuchaba, hasta que, al repetirlo varias veces…

—¿Estás segura? —.

—Sí, lo quiero todo de ti en este momento —, dijo jadeando.

Y así fue, la tomó del trasero en el aire, apretándola contra él la follaba con furia tratando de no salirse, y así, siguió con fuerza descomunal que ni él creía tener. Bela se aferraba con las manos al cuello del follador, lo tenía rodeado con sus extremidades y él, le daba un placer inmenso dentro de la matriz.

—Córrete, vamos, te necesito —. Sin intuirlo, esas palabras lo encendían más y mientras pedía incesantemente que la llenara de su esencia se vació, la llenó de su viscosidad apoyándola de nuevo en el lavabo para no caer al suelo.

Se miraron entre suspiros y jadeos, se besaron con tal pasión que al abrazarse se hicieron daño el uno al otro.

—¿Te apetece un café? —, preguntó él después de arreglarse la ropa y refrescarse con agua.

—Sí, vamos —.

Llegaron a la cafetería, pidieron los cafés, dos solos, necesitaban cafeína después del gran esfuerzo realizado.

—No me apetecía volver a la mesa —, afirmó ella.

—A mí tampoco, la verdad. ¿Cuál es tu nombre? —.

—Bela, ¿y el tuyo? —, preguntó acariciando su cabello con coquetería.

—Carlos, encantado, Bela —. Siguieron mirándose moviendo el café al unísono, coqueteando, disfrutando del temblor interior de cada uno, sin saberlo estaban compartiendo más que atracción, más que un polvo.

—¿Tienes pareja? —, preguntó Carlos.

—No, estoy soltera y sin compromiso —.

—Yo también —.

El rostro se les iluminó a ambos, acaban de dar el pistoletazo de salida a un sentimiento, a un compartir entre dos seres, los cuáles se atraían desde tiempos inmemoriales.

Jueves, quince de septiembre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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4 comentarios en “Bela

  1. Reblogueó esto en Belitay comentado:
    Les comparto el relato del escritor Pedro Molina, como siempre el erotismo con buen gusto y por primera vez encuentro algo escrito con mi nombre, ya existe una película pero es de horror jaja que lo disfruten!

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