EN BRAZOS DE… III

LA DIOSA DEL VESTIDO BLANCO

Suelo escribir por las noches, ahora trabajo en la Ciudad del Transporte cargando y descargando camiones. Tengo las tardes libres, así que aprovecho para escribir por la noche. Al llegar a casa me tiro en la cama, duermo un poco, a las dos o tres horas me despierto, me ducho y salgo a la calle en busca de alguna botella de whiskey o cerveza, depende del dinero que tenga. Intentaba escribir algo que mereciera la pena, pero no podía, se me había olvidado escribir, creo. No sé lo que me pasaba, siempre había escrito de noche, pero bueno, sabía que algo me pasaba y ahogaba las penas y las alegrías en alcohol. De vez en cuando echaba un polvo mal avenido con alguna putilla de El Bar de Miguel; vaya panda, de verdad.

Las semanas pasaban bastante rápido, tenía una culpabilidad dentro de mí increíblemente jodida; nunca me había sentido culpable por nada, pero en aquel tiempo me sentía culpable de existir, me sentía culpable de llevar la vida que llevaba, pero, sobre todo, me sentía culpable por haber perdido la magia literaria; simplemente me estaba muriendo por dentro. Estaba apático, nada me satisfacía, ni escribir, ni soñar, incluso masturbarme ya no calmaba.

Un viernes como cualquier otro me pagaron el trabajo de la semana, y decidí gastarlo por ahí. Pensé que sería mejor salir de mi zona de confort, ir a otros bares a ver caras nuevas, ya conocía a los clientes del Bar de Miguel. Así que me duché y me preparé para vagabundear aquella noche de primavera. Me gusta la primavera, el invierno también me gusta, sentir el frío en los huesos me mantiene alerta y activo. Odio el calor, sentirme pegajoso es algo que me pone rabioso y odioso en todos los sentidos, me doy asco de mí mismo. No me gusta sudar.

En la calle, las luces de las farolas y la tímida Luna alumbraban mi camino acompañado por los otros viandantes. Las ciudades me gustan, casi nadie te conoce, pocos se meten contigo, solo los conocidos y algún gilipollas para darte por culo porque le sale de los huevos, a esos los dejo eunucos de un rodillazo. He ahí las cicatrices de mi cara, las peleas y la mala vida, pero he de reconocer que me hacen atractivo. Aníbal Haze no tiene abuela ¿verdad? Pues no tengo, se murieron hace años. Caminé un buen rato antes de entrar en un chino a comprar cigarrillos sueltos; caminar me abre las fosas nasales, noto como el contaminado oxígeno abre las venas de mi cerebro y me da vida, o tal vez muerte, pero lo importante es sentir. Al salir del chino vi un bareto, no lo había visto nunca, creo. Estaba solo, nadie dependía de mí y yo tampoco de nadie, decidí entrar.

Aquel bar que no tenía nombre en la puerta, con aquella pinta de antro me sorprendió al entrar y escuchar ‘Hoochie Coochie Man’ de mi bluesman preferido, Muddy Waters. De repente todo encajaba y era hora de tomar una cerveza.

—¿Qué te pongo? —, me preguntó la camarera.

—Una cerveza, por favor —, pedí.

Con el pie izquierdo llevaba el ritmo de la canción y me evadía de mí y de aquel lugar. No miraba a mi alrededor, miraba la botella de cerveza y tarareaba el blues. La gente venía a la barra, pedían y seguían a lo suyo. Era invisible para ellos, nadie me miraba y sí lo hacían enseguida apartaban la mirada, a nadie le gusta un tipo solo con mi aspecto, desaliñado, un tipo de cualquier lugar menos de aquel antro de borrachos y drogatas, aunque pusieran blues era un puto antro.

Pedí otra cerveza y un chupito de tequila, tenía que ponerme a tono, no sabía por qué, pero lo necesitaba. Mi cuerpo estaba inmerso en algo viscoso, algo movedizo, y me absorbía hacia dentro y el alcohol quizá me podría ayudar a salir de aquella presión hacia abajo. Había tenido muchas crisis nerviosas, aquella era una de tantas, puede que fuera la décimo novena, sí, era la décimo novena crisis nerviosa de Aníbal Haze.

Me estaba meando y fui al baño, meé, no había nadie esperando. Había poca gente a esa hora, no tenía reloj, ni móvil.  Era un jodido superviviente en medio del ojo del huracán, cabalgaba la serpiente, la montaba y la llegué a domar, pero me mordió, y hoy soy el resultado de mil y una batallas.

—¿Me pones otra cerveza y otro chupito? —. No había reparado en la camarera, no me había fijado en nadie. La chica de detrás de la barra era preciosa, morena, cabello lacio y negro. Vestía de negro, provocativa, oscura, podría ser gótica pero no lo era, más bien vestía al estilo punk. Tenía un tatuaje de rosas enredadas de color rojo muy vivo en el hombro derecho, el tatuaje bajaba por el brazo, en la blancura de su piel resaltaba muchísimo y me gustó, la verdad que sí.

—Tómate un chupito conmigo, por favor —, le pedí a la camarera de aspecto punk.

—¿Tequila? —. Asentí con la cabeza, puso dos chupitos, brindamos por no sé qué y bebimos, por un segundo intercambiamos miradas. Tenía los ojos azules con pintas verdes increíblemente bellos. Saqué un cigarro y mientras lo encendía y enfriaba el infierno de mi gaznate comencé a pensar en Afrodita, la diosa del amor y la sabiduría debía tener aquellos ojos que acababa de ver, no había otra forma de belleza más pura, porque su mirada fue limpia.

De repente, como por arte de magia, allí estaba una Diosa de vestido blanco, de tirantes, escote de pico y muy corto. Una morenaza de piel tostada con senos turgentes y culo respingón. Me quedé prendado de ella, la estaba invocando y apareció… Pero, un imbécil entró en escena y ella, la que yo creía que era la Diosa que invoqué tomó del brazo a aquel fulano, debía ser su novio, su cliente o un imbécil incauto que creía iba a pillar cacho con aquel mujerón. Otra cerveza me pedí, ahora los Stones sonaban bastante fuerte, me dejé llevar por la música y el alcohol.

Salí del local, necesitaba aire puro, como permitían fumar en el antro no había nadie fuera fumando. Encendí un pitillo y me apoyé en la esquina del edificio desvencijado, seguro que si empujaba muy fuerte podría tirarlo, parecía la cabaña de paja de los tres cerditos. Me habría gustado derribarlo, habría sido el mejor de los polvos. Bajo mi pulgar podría haber aplastado hormigas, chinches, pulgas y hasta hombrecillos de cualquier estirpe merecedora de una muerte cruel y absurda. La vida es absurda, ¿qué hacía yo apoyado en aquella esquina medio borracho? Y yo qué sé, pero vivía en aquel instante como hacía tiempo no lo hacía, entré de nuevo; a tomar por culo, pensé.

Dentro del bareto la Diosa que creí que lo era estaba bebiendo y riendo con su acompañante, había gente alrededor de los dos, la verdad que el tío era guapo, eran guapos los dos. Los miraba y pensaba porqué me torturaba así, mirando a una tipa que no estaba a mi jodido alcance, la verdad es que a veces soy más patán de lo normal. ¿Por qué no decirle? Pasemos la noche juntos, deja a ese imbécil y pasa la noche conmigo, con el gran Aníbal Haze. Pero gilipollas, si no te conoce nadie, la cagaste, cogiste el camino incorrecto, más te vale haberte vendido al diablo en el cruce de caminos como dice el blues. Pero mira que eres tonto e iluso, Aníbal, me decía en pensamientos catastróficos y apocalípticos. En esos momentos me sentía tan patán y humillado como Arturo Bandini. Seguí bebiendo, ¿qué otra cosa podía hacer? Bebí y fumé. Al rato se me acercó un tipejo ofreciéndome coca, no tengo dinero, le dije. Me dijo que me invitaba a la primera raya y sí me gustaba podía pillarle. Este tío es tonto, le he dicho que no tengo dinero y él erre que erre. Sí tenía dinero, pero no hay que comprar la primera mierda que te ofrecen. Vale, le dije, vamos a probar tu mierda.

Salí a la calle con el camello, el «coche castillo» lo tenía aparcado cerca de la puerta, entramos y se puso a trabajar la merca.

—No está mal —, dije al probarla, me picaba la nariz y bajó muy rápido. —Oye, esto es una mierda, baja muy rápido —.

—Es buena, tío, pero tengo otra mejor—, ya sabía yo que me quería engañar. Sacó otra bolsa y esa sí, la nueva me gustó. Le compré medio gramo, le pagué y me largué del coche.

Entré otra vez en el bareto, no sé por qué no me fui de allí. Me dirigí al baño y cómo no, había cola, la raya podía esperar, fui a la barra a seguir bebiendo admirando a la Diosa morena de estilo punk y a la otra Diosa de vestido blanco. Soñaba despierto con luces de colores, arcos iris, gente bailando, hombrecillos portando cojines con dagas de oro, había ninfas vestidas de blanco, azul y rojo. Las ninfas vagaban perdidas por el camino de piedras y tartariano a los lados, no había fondo, el camino estaba en el aire, y al final, él las esperaba, les pedía tumbarse en el altar. Les ofrecía vino recién pisado por los enanos, las ninfas bebían una a una en todos los altares puestos correctamente y matemáticamente en fila. Y sí, era él, Dionisos las poseía una a una, para después Apolo dar el visto bueno ensartando su enorme polla en ellas. Luego, les tocaba el turno a los enanos y así procreaban llenando el mundo de insatisfechos energúmenos como yo.

—¿Estás perdido? —, me preguntó una voz en la inmensidad musical de Led Zeppelin. Apoyado en la barra giré la cabeza y era ella quien me hablaba, la Diosa de vestido blanco.

—Bastante perdido. No sé qué hago aquí, la verdad —. Al mirarla de nuevo, sus grandes ojos negros me atravesaban, un poco rasgados, bellos como su mirada, límpida en unos límpidos ojos.

—No sé por qué me siento igual que tú —, dijo.

—Brindemos por ello, dos cuerpos perdidos y quizás, sin alma —, brindó conmigo con la copa que portaba en la mano, nos miramos profundamente como un suspiro exhalado de amor. Por el amor de la doncella hacia el guerrero. Y al bajar ante los vivos le pregunté:

—Oye, el tipo que venía contigo… —.

—Es mi novio. Se ha ido al coche a drogarse con una gente y no ha regresado —, dijo muy cerca de mi oído.

—La noche es perversa, puede ser mala si no se le trata bien. Es oscura y dañina, aflora lo peor de nosotros —, dije en su oído.

—¿Quieres otra cerveza? —, me preguntó. Asentí que sí y bridamos de nuevo.

—Oye, te escucho hablar y usas palabras que nadie de aquí usa, ¿quién eres? —, me preguntó y la miré a los ojos, me vi reflejado en ellos y un calambre recorrió mi espalda. Busqué su mano, la busqué sin moverme, no quería dejar de reflejarme en sus ojos negros, la encontré, se la tomé, la apretó con fuerza. Saqué un cigarrillo, le ofrecí, negó con la cabeza, pero cuando me lo encendí me lo arrebató con tal sensualidad con los dedos, finos, cortos, divinos, que me empalmé de golpe. Lo sé, esta escena romántica la he jodido con el empalme, pero al final es todo sexo, amable lector. Compartimos el cigarro, seguimos mirándonos, nos apretábamos las manos…

—Soy un tipo que no encaja—.

—¿Me acompañas al baño? No quiero ir sola con este vestido —, dijo en mi oído rozando su cara con la mía.

La acompañé, hicimos cola, esperamos a que las tipas dejaran de meterse rayas en el baño y mear, claro. Me invitó a pasar al aseo por no sé qué de la cremallera del vestido, y yo, necesitaba un tiro. Mientras meaba me hice un rayajo.

—¿Quieres? —, le pregunté.

—¿Por qué no? —. Las mujeres atrevidas me encantan, me ponen cachondo. Esnifamos los tiros, nos miramos y las petardas afuera aporreaban la puerta porque querían mear y drogarse. Tuvimos que salir, pero salimos tomados de la mano. Sin pensarlo me dirigí a la calle. No quería estar allí con ella.

—¿Te apetece pillar una botella en el chino? Podemos ir a mi casa —, le propuse. Aún estábamos en la puerta del bareto, la gente entraba y salía.

—¿Tienes coche? —. Un rotundo cabeceo le dio la respuesta. —Yo vivo cerca con una amiga, ¿te parece bien? —.

—Sí —. En el chino de la misma calle compramos una botella de tequila que pagué yo. Sin soltar nuestras manos fuimos hacia la casa de la Diosa del vestido blanco.

Llegamos al portal, entramos, nos dirigimos al ascensor. Entramos, ella le dio al número de su piso, nos miramos. Parecía una pantera, una leona, cualquier felino podría haber sido. Mordía su labio inferior, acariciaba su pecho con una mano y con la otra me atrajo hacia ella, nos besamos, nos morreamos, más bien. Me apretó el paquete, me la sacó bajando la cremallera, le metí la mano en el coño, le introduje los dedos de golpe hasta lo más hondo de su ser. Me mordía los labios, era una pantera, sin duda. Me la meneaba fuerte, me iba a partir la polla con la mano, hija de puta, la Diosa tenía hambre. La puse de espaldas con violencia, gemía, le gustaba aquello. Le subí el vestido blanco, le aparté el tanga y se la metí. La tenía como una piedra a pesar de la noche. Volví a pulsar otro número del maldito ascensor para que no parara. Entre embestidas, jadeos, sudores, acabé harto de follarla, estaba incómodo, tenía miedo de que nos pillaran, el sexo en privado, por favor. Marqué su piso…

Fue una noche loca, una noche de excesos, conocí a la Diosa de vestido blanco, me la follé, me folló, nos disfrutamos, bebimos el vino alcohólico de la desesperanza. Me recordó a Nora. La amé durante un instante.

Miércoles, veintiuno de septiembre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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