Heridos I

Llovía a cántaros, aquel otoño estaba siendo diferente, imposible de olvidar. Hacía años que no había llovido tanto en la región del sureste bañada por el mediterráneo.

La fiesta estaba muy concurrida, políticos, músicos, escritores, empresarios… Se celebraba en casa del alcalde, una mansión rocambolesca, seguramente fruto de la evasión de fondos públicos y comisiones varias. El caviar, los canapés y el champán pasaban en frondosas bandejas entre los asistentes. La cena sería a base de marisco, el alcalde no escatimaba en gastos cuando celebraba una fiesta. La noche transcurría tranquila, algunos invitados masculinos cerraban algún negocio en la sala de billar, las esposas de éstos charlaban de frivolidades; moda y chismes varios.

Entre los asistentes a tan barroca fiesta, un caballero destacado, no pertenecía a la nobleza, ni siquiera político, los nuevos nobles en España. Solo era un triunfador, un empresario, propietario de la corporación más ilustre de la región. El más rico, el mejor posicionado en los mercados de valores. Un hombre envidiado, estaba en la cincuentena, gozaba de buena salud; junto a su esposa y sus dos hijos formaban una de las familias más codiciadas de la fiesta en aquella noche lluviosa.

—Marcos, ven, quiero presentarte a alguien —, invitó la mujer del alcalde. —Te presento a Don Pedro Ralo, abogado del estado y muy amigo de mi marido —La mujer los dejó solos para atender a las demás arpías sin H de la fiesta. Los hombres se estrecharon las manos.

—Helena —, llamó la ociosa mujer del alcalde. La llamada Helena giró sobre sí misma y sonrió. Marcos cruzó la mirada con Helena al escuchar su nombre. Atónito, asombrado ante la mirada cautivadora de ella, encerrada en unos ojos negros como el carbón. Intercambiaron durante un instante la misma mirada. Intensa, sorprendidos por la fuerza magnética de los ojos del desconocimiento de no saber quién era el otro.

Se puede afirmar que Marcos Martínez, nuestro protagonista, lo tenía todo; una mujer bella, dedicada por entero a su familia, un hijo, de nombre Carlos, abogado. Y una hija menor de edad llamada Carlota. Eran la familia perfecta, de puertas para afuera, claro está. En todas las familias cuecen habas y en las adineradas las cocinan en cacerolas de oro. La empresa, dedicada a la exportación e importación de frutas y hortalizas iba mejor que nunca. La fama en medio mundo le granjeaba a la familia vastos ingresos. Vivían en la periferia, rodeados de huerta y zonas verdes. La casa, más que un chalet era una mansión en versión reducida. Con los últimos adelantos en construcción vivían a cuerpo de rey, mucho mejor que los políticos corruptos. Ni que decir tiene que el señor Martínez a alguno tuvo que untar para granjearse la fama de hombre de negocios de la que gozaba.

Carlos, el hijo mayor vivía solo en el centro de la ciudad. Siempre había sido un chico responsable y muy estudioso, y ahora en la treintena era un abogado con un brillante futuro. Sus padres estaban orgullosísimos de él, huelga decir que machacaban a la joven Carlota con los triunfos de su hermano. La pequeña no era tan buena estudiante y los comentarios sobre el hermano mayor provocaban que lo odiara, Carlos el perfecto, como bien decía ella a modo de sorna.

La relación de Marcos y su mujer, Eloísa, había llegado a un punto sin retorno, tras 30 años casados y cinco de novios, la rutina, la petulante costumbre les había arrebatado con violencia la pasión y los —te extraño— por la separación en los días laborables. Y lo que es más dañino, la falta de apetito por el otro. Los quehaceres, las noches en vela trabajando para tener y más tener, comodidades, coches, dinero, dinero y dinero. Ellos, la familia Martínez eran un claro ejemplo de la ecuación dinero + comodidad resta felicidad. Podría ser algo así: d + c = i (insatisfacción).

Eloísa era una mujer sumamente atractiva, elegante, en su sitio estaba siempre, nunca fuera de lugar. No se enfadaba nunca, era una mujer sin pasión, tiempo atrás la tuvo, pero ya no. Comedida hasta el exceso podía llegar a ser pedante hasta la saciedad, pero hasta su pedantería era comedida y distinguida. Entre la distinción y la discreción sin pasión pasaban los días, las semanas, los meses y los años.

Si Eloísa era el símbolo de la distinción y la elegancia, Marcos era el hombre ideal, el hombre elegante y educado que las madres desean para sus hijas. Siempre impecablemente vestido, siempre a la última moda en trajes. Bien peinado, bien afeitado y pulcro hasta el hartazgo. Un poco cargante, menos que Eloísa; pero solo de aspecto, al hablar con él se adivinaba un hombre culto y refinado. No era el típico empresario de una ciudad de provincias sin estudios y con barriga cervecera.

Una tarde, Marcos, salió de trabajar antes de tiempo. Llevaba una temporada buscando un libro y esa tarde estaba decidido a encontrarlo. Era un ensayo sobre exportación bastante antiguo, para él fue el a, b, c en su época de estudiante. Quería tenerlo de nuevo. Tomó un taxi, a veces le apetecía estar solo, sin chófer, sin compañía, él, sus pensamientos y sus deseos. Entró en la librería, se perdió por los estantes, aquel lugar era muy antiguo, las capas de polvo en los cantos de los libros adivinaba la escasa limpieza y la antiguedad, «es mágico este olor a viejo», pensaba Marcos. Perdido entre los libros, buscaba y buscaba, tomó uno del estante y allí, al otro lado estaba ella, la mujer que le arrebató los sueños en las últimas noches. Recordaba perfectamente las arrugas de la risa de su rostro, el color de sus ojos, su media sonrisa, enigmática. Ella no lo vio, la siguió con la mirada, sin dejar el libro en la estantería la «acompañó» en paralelo hasta el final de la misma, casi la abordó, se cruzaron en el pasillo. Durante unos instantes sus miradas intentaban descubrir algo en el otro. Inmóviles, él con los labios entre abiertos, ella con una mueca descarada sonriendo con la mirada. Él recordaba perfectamente el momento cuando la vio por primera vez, ella seguramente no, pero estaba siendo atraída por aquel hombre maduro. Marcos también, delante de sus ojos tenía a la fémina arrebatadora de sus sueños, la hacedora de su insomnio y sus erecciones. Ella era mucho más que una simple mujer, en aquel momento parecía una ninfa seduciendo al hombre maduro. Podría hacer con él lo que quisiera, maltratarlo, amarlo… No hablaban, solo se miraban y el instante pasó a ser eterno, tampoco pensaban, sus músculos estaban agarrotados, los párpados fijos en el otro; a Marcos le sudaban las manos, ella no sentía nada físico, solo la mirada intensa y dura de él en ella y una atracción que la tenía plantada en aquella losa de la librería.

De repente, un ruido los trajo de vuelta al mundo real, parpadearon al unísono, sonrieron ante la tonta escena. Ella se acercó a él rebasándolo para seguir su camino, Marcos la tomó de la mano, sintió la tibieza del calor femenino a través de la piel, ahora, la mirada fue más intensa y muy cálida. Salieron sin comprar nada tomados de la mano. Se miraron con más fuerza en la parada de taxis. Sin hablar tomaron uno y ella lo llevó a su casa, su santuario. Durante el trayecto tampoco hablaron, se miraron un par de veces sonriendo levemente. El escuchó la voz de Helena al decirle su dirección al taxista; una voz dulce, una voz ardiente y entrecortada por la situación; una voz sensual, pensó.

Llegaron a casa de Helena, una casa de planta baja en un barrio antiguo de la ciudad. Ella entró delante, él se limitó a esperar, estaba clavado al suelo. Helena se dirigió a él, radiante, enigmática, mucho más que antes, estaba en su hogar, se sentía invencible y más sensual que nunca. Él la miraba sin pestañear, ella sonreía con la mirada. Admiraba el rostro de Helena, estaba asombrado de su belleza peculiar, su corte de pelo estilo francés, su cara lavada sin maquillaje, su naturalidad lo ponía nervioso. El color de sus ojos, negros, casi sin pupila, la mirada impenetrable, el color blanquecino de su piel, fina y delicada. Quería estrecharla en sus brazos con cuidado para no romperla, le parecía una muñeca de porcelana. Sus manos tomaron el rostro femenino, sintió la intensidad eléctrica del primer roce, un sentimiento nunca conocido lo recorrió y quiso abordarla, violarla, follarla con violencia sin pensar en ella, solo en él y el deseo de aplacar a la bestia. Marcos sabía que Helena no lo detendría, aunque no comprendía por qué.

La atrajo hacia él con dureza, ella gimió, hasta que los labios casi se besaron, pero no lo hicieron. La mirada sabía el por qué. La abrazó contra su pecho, la magreó, subió el vestido de color negro dejando a la vista las medias con liguero, con ambas manos le apretó el trasero. Alzándola, ella lo rodeó con las piernas, la sentó en la mesa de la entrada de la casa, ella con las manos tiró todo al suelo, gemía, gemía como si se estuviera corriendo, pero aún no la había penetrado. Estaba abierta a él, al deseo, a la carne de aquel hombre que la atraía de manera inexplicable. Un impulso violento provocó que Marcos le rasgara el vestido por los hombros besando y mordiendo la carne, quería comérsela y satisfacer su apetito cuanto antes. No quería follársela, quería comérsela para nunca más sentir esos impulsos que no comprendía. Bajó las manos y al llegar al Monte de Venus arrancó la braguita de un tirón, Helena gimió, pero no de dolor sino de goce, un goce violento y primario. Marcos estaba preparado, Helena también, desabrochó la bragueta y la penetró de golpe, besando los labios femeninos, gimiendo, quedándose quieto, paralizado por la calidez del interior de Helena. Los embates eran tan tímidos, casi infantiles; no sabía cómo amar ni qué hacer con aquella ninfa que lo había seducido de aquella manera tan incomprensible. Perdido y encerrado en el Río, derramó sus aguas ardientes en la desembocadura del Delta de Helena. Jadeante, tembloroso, no podía moverse, solo exhalaba aire en la boca de Helena. La besaba, ella lo rodeaba con sus piernas y acariciaba su cabello cano.

Cuando bajaron al mundo de los mortales, ella estaba sentada en el sofá mirando hacia la puerta. Él, terminado de vestirse, la miró con una mueca de despedida y se marchó dejando tras de sí a la amante perfecta y silenciosa de nombre Helena.

Continuará…

Jueves, veinte y nueve de septiembre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

 

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4 comentarios en “Heridos I

  1. En cuestión de letras tengo instinto animal, lo leo y devoro. Hoy me quedo como leona al acecho, pacientemente esperando la continuación. Como siempre su pluma no defrauda señor Molina.

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