Heridos II

Marcos no se explicaba el porqué de su atracción hacia Helena, nunca una mujer había conseguido tal seducción en él. Sin hablar, solo con el lenguaje corporal como idioma consiguió llevarlo donde ella quería. No le gustaba ese control, siempre se había controlado, siempre había mantenido el dominio de su cuerpo y emociones, incluso con Eloísa, su mujer. Pero Helena, consiguió relajarlo hasta el punto de perder esa autoridad por completo y volverse un ser humano primario. Toda la semana estuvo dándole vueltas al asunto, incluso hizo el amor con su esposa el fin de semana para comprobar su apetito sexual. Con Eloísa todo era sosegado y aburrido. Llegó a la conclusión de que era él, estaba aburrido de su vida, estaba harto de ser Don Perfecto.

Ese fin de semana comenzó a leer ‘El amante de Lady Chatterley’ y se vio como Sir Clifford, un impedido emocional y auto dominante. Descubrió que se había olvidado de sentir, ya no recordaba lo que era el vello de punta, las palpitaciones del corazón ante situaciones inesperadas y fuera de su dominio. Se sentía pleno y henchido de ganas por volver a sentirse humano. Sonreía porque Eloísa no era Lady Connie Chatterley, él era Clifford y Connie a la vez, y Helena, interpretaba a la perfección el papel del guardabosque creado por D.H. Lawrence.

Mientras tanto, la vida seguía su curso; los quehaceres diarios de Marcos, Eloísa y Helena iban mecidos por la brisa del Mediterráneo, sin ninguna sorpresa. Helena trabajaba como anticuaria en una tienda del centro de la ciudad, el negocio era de un hombre mayor y ella trabajaba como encargada, no estaba mal pagado. Le encantaba estar entre trastos viejos y llenos de polvo, la verdad que sabía venderlos muy bien y la tienda no pasaba apuros económicos con ella al frente.

Pasó una semana desde que los dos amantes fortuitos se encontraron en la librería, acabando la escena sensual en la Casa del Amor, donde Helena  «comía» de todos sus amantes. Podría ser una mantys religiosa, aunque no devoraba a sus amantes como alimento, sencillamente se alimentaba de su calor, compañía y fluidos. Era una sed continua, igual que una maldición.

Marcos no podía sacar de su cabeza la imagen de Helena, frente a él, atractiva, ansiosa. Su belleza era cautivadora, una belleza ancestral, enigmática, en su rostro se adivinaba un gran sufrimiento y un secreto nunca desvelado. La veía en su pensamiento, en su despacho, cuando veía a una mujer de corte de pelo similar al de Helena le daba un vuelco el corazón hasta que la desilusión lo abordaba al ver que no era ella; la locura sexual en cuerpo de mujer. Intentaba que no se le notara la inquietud y el continuo pensamiento en Helena. Pero, la compañera de vida, la amante en las noches tediosas y largas donde la pasión desapareció con el paso de los años y las rutinas, las avaricias por ser importante. Ella, la esposa, la ex amante, la amiga por derecho propio si vio algo diferente en él, no le preguntaba, pero lo que fuere que le pasara la atraía aun más al esposo y perfecto compañero. Lo notaba más alto, más atractivo y deseable. El acercamiento de Eloísa hacía Marcos se hizo evidente aquel fin de semana y él, la amó sin reservas, pero reservando la pasión para Helena. En su mente estaba ella, la diosa de la librería y su miembro ensartado en Eloísa; bamboleante el culo cuarentón, el cabello dorado, revuelto, la boca entreabierta sintiendo el falo palpitando en su matriz de hacendosa madre. Los senos caídos por las mamadas de los hijos, los pezones, erectos apuntaban hacia la masculinidad que la hacían retozar en la felicidad momentánea de follar con el compañero elegido, dueño de sus más íntimos secretos. Hacía mucho tiempo que no se disfrutaban con tana dedicación, y eso provocó una sonrisa de felicidad en la desdichada y aburrida Eloísa.

La pubescente Carlota volvió a sorprender a sus progenitores en jadeos y palabras de cariño, hacía mucho que no los escuchaba en las madrugadas dedicadas al deseo. La joven volvió a sonreir porque sus padres volvieron a quererse como debían de hacerlo si estaban casados, dedicando todo su amor al otro.

Marcos estaba en su despacho de hombre de negocios, despachaba contratos, hundido en las largas horas de encabezar una pirámide empresarial enorme donde él, era el primer escalón de mando, donde los dineros entraban a espuertas por su perfecta gestión. Aquella mañana, una semana después de poseer a Helena recibió una llamada inesperada.

—Señor, tiene una llamada por la dos, es una tal Helena —, articuló la telefonista al otro lado del aparato.

—Pásamela, gracias Carmen —. Las manos comenzaron a sudarle al hombre maduro. Helena lo llamaba, ¿cómo habría conseguido el número de su despacho?

—Hola Helena —.

—Hola Marcos —. Un silencio incómodo entre los dos, respiraciones en los aparatos telefónicos, nerviosismo, estaban hechos para el lenguaje corporal no para el lenguaje hablado, pero debían hablar sino estaban frente a frente.

—A las dos te espero en el restaurante italiano de la calle Alameda. ¿Lo conoces? —, propuso Marcos.

—Lo conozco, allí estaré —, respondió Helena sentada en el taburete de detrás del mostrador de la tienda de antigüedades con las piernas abiertas y con la mano libre acariciando su sexo por encima de la braguita.

—Adiós —.

—Adiós, Marcos —.

Nunca iba a casa a comer, siempre tenía bastante trabajo, prefería comer en el despacho o en el parque de enfrente de la empresa, recibiendo los rayos del sol en la blanquecina piel, si no tenía ningún compromiso al que atender en forma de comida en algún restaurante caro.

Antes de abandonar el trabajo por un par de horas para comer con su locura en forma de fémina, su hijo Carlos lo llamó al móvil. Le dio la noticia de que tenía novia desde hacía tiempo, y le pedía permiso para llevarla al domicilio familiar para cenar la noche siguiente. Marcos se alegró por su hijo y le transmitió a Carlos que él mismo le daría la buena nueva a Eloísa, la matriarca de medio pelo y sin sangre en las venas, no es que Marcos tuviera mucha sangre en las venas. Por eso, los hijos no tenían personalidad, fuerte ni marcada, solo eran dos autómatas mecidos por el viento como dos hojas de álamo en otoño. Carlos únicamente aspiraba a crecer como abogado en el bufete en el que su familia había depositado la confianza para que llevaran sus asuntos. Pero, el joven no tenía suficiente arrojo para ser un hombre listo, no inteligente, el mundo es de los listos no de los intelectuales. Y un abogado debe ser listo y tener olfato de hiena, y el pobre hijo de Marcos era más bien un perrillo asustado con el rabo entre las piernas. La sobreprotección de la madre criando a un hijo amariconado y un padre que pasaba de él porque tenía que atender un negocio en alza.

Marcos se alegraba de que su hijo tuviera una mujer en su vida, no le gustaba que Carlos estuviera solo, no es bueno que el hombre esté solo, solía decirle Marcos al flojeras de su hijo. Marcos siempre había sido fuerte de cuerpo y espíritu, astuto y listo, pero no supo transmitirle personalidad a su hijo. Hay padres que no saben ni concebir ni ser padres, solo son pagadores de facturas para que el bienestar de la familia sea pleno, aunque no saben nada de educar a los hijos. No tienen ni idea de prepararlos para la vida en la jungla de asfalto. Así, los pobres incautos son inútiles emocionales y físicamente no valen un duro porque son flojos, y a los débiles la jungla de asfalto se los como aperitivo.

El taxi dejó a Marcos en la puerta del restaurante italiano, entró y allí estaba Helena sentada a una mesa esperando con una copa de vino tinto en la diestra. Se saludaron con la mirada y él se sentó a la mesa frente a ella, la mujer despojadora del sueño placentero.

—¿Cómo estás? —, preguntó Marcos mirando los ojos negros e inexpresivos de Helena.

—Bien, la verdad que muy bien. ¿Qué te apetece comer? —, preguntó tomando la carta.

—No lo sé, no tengo mucho apetito, creo que espaguetis. Me apetece algo ligero —. Se sirvió una copa de vino.

Helena lo miraba sin pestañear, pareciera como si quisiera adivinar que había dentro de los ojos castaños de Marcos. El camarero llegó a tomar nota…

—Vamos a querer dos platos de espaguetis con salsa carbonara y otra botella de vino, para llevar, por favor — El camarero arqueó las cejas, pero fue sumiso y apuntó el pedido en silencio —.

—Y ¿este cambio repentino de planes? —, preguntó ella.

—Me apetece estar a solas contigo. Podríamos ir a tu casa —.

—Me parece bien —. A Helena le gustaban los hombres con decisión propia, le seducía que el hombre tomara la iniciativa, le excitaba verse sometida hasta convertirse en una gatita sumisa, aunque los hombres que había conocido eran tan caballeros que nunca tomaban la iniciativa por miedo a la negativa de la hembra, nunca la conocieron totalmente. No sabían con qué tipo de mujer compartían lecho y fluidos.

Llegaron a casa de Helena compartiendo el mismo taxi. Ella entró delante, él fue al comedor a dejar la comida y comenzar a servirla. Helena preparó la mesa, sirvió el vino y se sentaron uno frente al otro. No hablaban, solo comían devorándose en miradas. De repente, Marcos se levantó, fue hacia Helena, giró la silla y ella tenía las piernas abiertas, con el vestido negro subido hasta medio muslo, muda, expectante, esperando al macho. La tomó por la nuca, la miró rabioso, deseoso de ensartarla violentamente con su virilidad. Se agachó, la besó, pero ella mordió el labio inferior masculino, este detalle encendió la mecha y ya no hubo retorno. La tomó de las manos, la levantó, la sentó en la mesa, le metió mano entre las piernas, ella se tumbó tirando los platos al suelo, creando un estruendo morboso, sexual, el ruido de la sensualidad. Rasgó las bragas con las manos, subióse a la mesa, Helena jadeaba, se sentía pervertida… Al sentir la fuerza de Marcos en su ser soltó un grito; dolor, deseo, satisfacción de volver a tener entre sus muslos al hombre que más deseaba, su dueño, su macho.

Aquella tarde se dedicaron más tiempo, terminaron el arte amatorio en el dormitorio, desnudos encima de las revueltas sábanas adoraban a su respectivo Dios con la mirada. Sonreían con los ojos y se adoraban mutuamente jugando y entrelazando los dedos de las manos.

—¿Quién es Helena? —Preguntó mirándola a los ojos perdiéndose en el color oscuro de los globos oculares femeninos.

—Soy la mujer que te vuelve loco. Soy la mujer que te hace sentir un hombre de verdad. Y para ser sincera tú también me haces sentir muy mujer cuando estoy contigo —.

—Y qué más —Ella río fríamente, casi riéndose de él.

—Quiero que seas mía, solo mía. Quiero ser tu dueño y tú mi dueña —dijo tomando el rostro de Helena entre sus manos infieles.

—Me tendrás siempre que quieras. Aquí estaré esperándote —

—Pero, yo quiero más, lo quiero todo contigo, Helena… —

—Debo contarte algo, debo serte sincera…

Me crié en Oxford, mi padre era profesor allí, en la Universidad. Mi madre falleció cuando yo contaba con cuatro años. Tenía un hermano, Michael, era mayor que yo dos años. Estábamos muy unidos y también a mi padre. Él nos crió y nos educó en ausencia de mi madre. Mi hermano nunca me dejaba sola, el amor creció muy fuerte entre nosotros, él se enamoró de mí, y creo que yo también de él. Éramos más que hermanos, nos adorábamos. Hasta la adolescencia todo fue más o menos normal. Michael fue mi primer amor, fue el primer beso, las primeras caricias, lo hacíamos todo en nombre del amor que nos profesábamos. El fue el primero en todo, el primer hombre de mi vida, así fue durante unos años. Lo hacíamos todo juntos, él no tenía amigas y yo no tenía amigos, hacíamos el amor casi todas las noches, yo iba a su cuarto o él venía al mío, éramos muy felices. Michael hacía planes por los dos, soñaba con irnos a Londres y vivir en pareja, olvidarnos de que éramos hermanos, me amaba de verdad, casi enfermizo. No me importaba ni decía nada en contra, creo que también deseaba lo mismo que él. Era una chica risueña y divertida, bastante frívola diría. Mi padre nunca se recuperó de la pérdida de mi madre. Depositó en mí todo su dolor y amor, me sobreprotegió  y me mimaba en exceso, provocando celos en Michael. Yo era su preferida, siempre lo fui. Mi padre le echaba la culpa a mi hermano de la enfermedad de mi madre, no le perdonó nunca el haber nacido, aunque yo fuera la menor, nunca entendí esa portura en mi padre. Él me amaba tanto que a mis quince años una noche entró en mi cama, no me violó, no forcejeé, era mi padre y creo que yo también lo deseaba. Mi padre y mi hermano eran los dos hombres a los que adoraba, hasta el punto de acostarme con ellos. No me importaba dejarme penetrar por ellos, lo deseaba más bien. La relación con mi padre empezó a ser más íntima, y Michael comenzó a enfermar por los celos. Había noches que él quería verme, pero mi padre estaba en mi cuarto, nos escuchaba, lo sé porque me lo dijo en la última discusión que tuvimos. Me reprochó el que me dejara follar por él, yo le dije que los quería a los dos, que mi padre representaba la experiencia, el cariño sosegado y Michael era el primer hombre de mi vida, era la pasión, mi pasión. Los amaba a los dos por igual, cada uno era mi mitad, descubrí que quería distintas cualidades de cada uno, me resistía a no tenerlos a los dos a la vez. Michael, cegado por los celos me abofeteó, salió al balcón, estábamos en mi habitación en el piso de arriba. El invierno anterior un rayo partió el álamo que estaba frente a mi ventana, mirándolo desde arriba parecía una lanza clavada en la hierba. Michael gritaba, había bebido, me gritó que me amaba y que mi traición le era insoportable. Sus últimas palabras fueron —te odio— antes de tirarse al vacío ensartándose en el árbol partido por el rayo. Mi corazón también se partió en dos, desde aquello no he sido la misma. Me dejo follar por los hombres buscando el amor que se me arrebató aquella noche. Abandoné mi casa y a mi padre, estudié, amé a muchos hombres, pero ninguno me ha devuelto lo que perdí a los quince años —.

Marcos la abrazó, besó su frente queriendo rescatarla de la torre que la tenía prisionera, se apreciaba como un caballero andante, debía rescatar a Helena de su prisión. Él sentía un amor nuevo hacia Helena, un amor destructivo, posesivo y al mismo tiempo dulce y paternal.

Continuará…

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Jueves, seis de octubre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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