Heridos III

Pasaron unos días, hacía un día resplandeciente, brillante. El sol presidía desde su trono al mediodía rodeado de un cielo azul celeste. Ese mediodía fue el día de la presentación oficial de la novia de Carlos a la familia. Eloísa cocinó un asado de cordero, una ensalada con verduras de su huerto y como postre pan de calatrava, muy típico en esa zona peninsular. Marcos compró un par de botellas de vino tinto, otras dos de blanco y aperitivo a base de marisco. Todo ese agasajo para agradar a la novia de su primogénito. Todo exceso era poco. La familia estaba nerviosa, sobre todo Eloísa y Marcos, a la pubescente Carlota poco la conmovía el acontecimiento; como cualquier pre-adolescente estaba inmersa con los auriculares escuchando música en el móvil tumbada en el sofá. El matrimonio no había conocido aún a ninguna novia de su hijo, no sabían si la agradarían, para Eloísa era importantísimo caer bien. ¿Estarían ellos a la altura? ¿Sería esa chica la mujer ideal para su «perfecto» primogénito? La sobreprotección de la «leona» de la camada hacia su único hijo, el cuidado de no flaquear, la preocupación por pensar bien antes de actuar los movimientos en la vida, todo razonado, todo calculado para el éxito. De esta manera, la educación de Carlos había sido como ombligo del mundo y la familia. Pero, no se puede ser eternamente el centro del universo familiar, ni siquiera Carlota, cuando niña había conseguido destronar al príncipe. En el trabajo otra dosis de lo mismo, para perpetuar su lugar en el trono debía engañar, debía trepar y aplastar a los compañeros para ser el príncipe y así seguir manteniendo su trono. Un hombre competitivo hasta la saciedad, más pedante que su progenitora, y mucho menos elegante que su padre.

La luz solar entraba por los grandes ventanales del comedor limítrofe al jardín, el césped brillaba y los distintos tonos de color verde y el colorido de las flores de ornamentación daban el aspecto de estar en el mismísimo Edén. El cuidado y el cariño que Eloísa daba a su jardín era el mismo que su esposo extrañaba a todas horas. Si la abnegada esposa hubiera adorado a su «macho» igual que agasajaba su jardín no la habría metido en otro cuerpo que no fuera el de ella, Eloísa, su compañera.

Llamaron al timbre, la puerta del jardín siempre estaba abierta de día. Eloísa abrió la puerta y allí estaba el primogénito impecablemente vestido, risueño. Agradecido de estar en casa, en el nido, acompañado de su novia.

—Hola mamá. Te presento a Helena, mi novia —.

—Hola Helena —saludó la madre besándola en ambas mejillas. —Pasad, pasad, no os quedéis en la puerta —.

—Gracias —, agradeció Helena.

—¡Marcos! Mira quien ha venido. Tu padre como siempre no está cuando se le necesita. Que hombre. ¡Marcos! —Eloísa interpretaba a la perfección el papel de esposa sacrificada y dócil. Mostraba el enfado mediante un chiste para no desagradar ni incomodar a nadie. Siempre en su sitio, a veces, demasiado puesta en su lugar y poco humana. Una educación hiperbólica la suya.

De la entrada de la casa pasaron al salón, donde Helena fue presentada por Eloísa a Carlota. La joven no hizo mucho caso, se limitó a decir: —hola —. Eloísa comentaba el día tan espléndido que hacía a pesar de las intensas lluvias días atrás. Estaba siendo un otoño lluvioso, en su monólogo comentaba la escasez de agua en la región y esas lluvias vendrían muy bien a las cosechas agrícolas.

Marcos irrumpió en la estancia, quedóse petrificado al ver a la ninfa de sus ardores e intimidades. Allí estaba su amante, la mujer que lo había devuelto a la vida, Helena. Inmóvil, pegado a la losa con la boca abierta no sabía qué decir. Por la mente le pasaban a la velocidad de la luz todas las imágenes de las escenas con Helena, rápidamente su cerebro dio un repaso a todos los gestos que ella solía hacer a solas con él. Las arrugas de la risa, la blancura de la dentadura, la sonrisa de sus negros ojos, los pliegues de sus labios carnosos, rosados, la textura de los senos en forma de pera, los pezones rosáceos, pequeños; los vestidos, casi siempre de color negro como su cabello y sus ojos. La ropa interior, el liguero, el pompón de vello azabache en el Monte de Venus. La película pasaba deprisa y él, la veía siendo el único espectador. Mientras, todos esperaban a que Marcos dijera algo, Helena miraba las losas del suelo y su mujer e hijo esperaban a que saludara e hiciera los honores de hombre de la casa. Segregando saliva, tragándola, balbuceando…, tartamudeando… —Hola a todos —consiguió decir.

—Hola papá, esta es Helena, la mujer de mi vida —Estas palabras taladraron la mente y el ego de Marcos, «la mujer de mi vida». Palabras que destrozaron el «castillo» que el pobre cincuentón estaba construyendo para Helena.

—Hola…, en-can-ta-a-do —tartamudeó mirando a Helena con decepción e impotencia.

—Encantada de conocerle señor Martínez —, dijo la ninfa con toda naturalidad.

Una vez hechas las presentaciones pasaron a tomar el aperitivo debidamente cocinado y servido en la mesa por la correcta Eloísa.

Helena interpretó con profesionalidad su papel de pareja formal y desconocida antes sus futuros suegros. Sonreía con la boca, no con los ojos, miraba de vez en cuando al sorprendido Marcos. Eloísa y Carlos nada atisbaban de la relación entre el perfecto marido y la novia del cornudo.

—Bueno, y ¿a qué te dedicas? —Preguntó Eloísa a Helena. Muy típica la pregunta, todas las personas nos debemos dedicar a algo para ser admitidos en cualquier círculo.

—Trabajo en una tienda de antigüedades —, respondió con naturalidad y educación abrumadoras.

—Helena se crió en Oxford, su padre daba clases en la universidad —añadió Carlos orgulloso de su novia. Esta lo miró haciendo un ademán de reproche cariñoso ante el comentario.

Los padres asintieron con agrado, admitiendo de buen grado a Helena como pareja formal de su primogénito, aunque Marcos mentía, no la deseaba para su hijo, la deseaba para él. Odiaba pensar en compartirla con nadie y menos con su insulso hijo. Los celos estaban apoderándose de su ser, pero con un giro en su interior consiguió dominarse para no dejarase arrastrar por el semtimiento celoso. Quería reprocharle tanto a Helena que se le atascarían las palabras en la lengua llegado el momento de hacerlo. Se sentía manipulado y engañado por la mujer que lo había devuelto a la pasión juvenil de treinta años atrás.

Aprovechando mientras el café caía, Marcos fumaba un cigarrillo en el porche trasero en compañía de Carlos, éste quería la aprobación del noviazgo de boca de su padre.

—¿Has vuelto a fumar, papá? —.

—No lo sé, hoy me ha apetecido —.

—Bueno, ¿qué te parece Helena? —, preguntó mirando como su padre exhalaba el humo.

—No sé, Carlos. Se nota que Helena es una mujer de mundo, y tú no lo tienes. La veo demasiado sofisticada para ti —.

—Estoy enamorado de ella, es la mujer de mi vida, la amo, papá —Marcos lo miró a los ojos sin pestañear. Se encontraba furioso. ¿Por qué su hijo? ¿Por qué ella con la cantidad de mujeres que hay en el mundo?

—Me alegro por ti, y por ella, claro. ¿Cómo la conociste? —Preguntó sentándose en una de las cuatro sillas que rodeaban la mesa de jardín en el porche.

—Fue gracioso, fue este verano. Hacían unos cuarenta grados a la sombra y yo iba a coger un taxi y por casualidad lo íbamos a tomar al mismo tiempo, así que la invité e hicimos la carrera juntos. Nos pasamos los teléfonos y hasta ahora —.

—Con tan poco tiempo ya sabes que la amas. Carlos, siempre piensas mucho tus decisiones, ¿crees que es la idónea para casarte? —. Con desdén cogió otro cigarrillo de la cajetilla del bolsillo de su polo de marca.

—Sí, lo sé desde aquel día en el taxi. ¿Cuándo tiempo necesitaste para saber que mamá era la idónea? —.

—Eso es más complicado, eran otros tiempos —Contestó eludiendo la pregunta porque sí había querido a Eloísa y la quería, pero nunca había estado enamorado. Y ella lo sabía, siempre lo supo, pero seguramente pensó que con el tiempo él la amaría. Pasados treinta y cinco años juntos aún no la había amado.

—Pues, papá, Helena es esa mujer, es la primera mujer que ha conseguido que me palpite el corazón cuando la veo, cuando hablo con ella siento plenitud, es esa persona en la que pienso cuando me despierto y cuando me acuesto. Dentro de unos días le pediré que se case conmigo —Al pobre Marcos no paraban de caerle encima cubos de agua helada, no era lo bastante duro que la hembra que se estaba follando fuera novia de su hijo, sino que ahora pensaba convertirla en un miembro de la familia. Aguantó el tipo como buenamente pudo.

—Espero que tengas suerte, y te diga que no —, espetó con firmeza.

—¿Por qué dices eso? —.

—Porque esa mujer no es para ti, ¿no te das cuenta? La he observado durante todo el rato y es de esas mujeres que son deseadas por los hombres y por las mujeres. ¿De verdad quieres vivir así toda la vida? ¿Con la desazón de si te es fiel o no? —.

—La amo, sé cómo es Helena. Es sofisticada, ha viajado mucho, ha tenido muchos amantes, conozco su historia. Sé que intentas aconsejarme y te lo agradezco, pero es mi vida y quisiera que no te entrometieras, papá —.

—Está bien, supongo que tienes razón. Os deseo lo mejor a los dos. Anda, ve con ella o tu madre conseguirá aburrirla y no la reconocerás dentro de un rato —. Allí se quedó fumando y bebiendo más brandy del caro. Angustiado, agónico, engañado por una joven que iba a ser su nuera, aunque la deseaba con todas sus fuerzas. Ella, ella, lo despojaba del sueño, ella se la ponía dura, ella lo había marcado con la zozobra del sexo insaciable e incontrolado.

A la caída de la tarde, los «enamorados» se marcharon. Carlota se encerró en su cuarto y Marcos y Eloísa instalaron el muro cotidiano de por medio y volvieron a separarse en sus intimidades, cada uno en una habitación de la casa. Estaban juntos bajo el mismo techo, pero separados por miles de kilómetros.

Marcos estuvo trabajando un buen rato en el despacho, pensaba en Helena, en la situación que estaba viviendo, le había puesto los cuernos a su único hijo y no se sentía mal, se sentía victorioso. El viejo caballero le había arrebatado la doncella al joven y apuesto aspirante a caballero. Lo había notado durante la comida, Helena no miraba a Carlos como lo miraba a él, y sonrió regocijándose y sabiendo que le pertenecía a él, no al insulso de su hijo. Casi lo detestaba, igual que a Eloísa, pero algo lo mantenía en aquella casa. Quizá la idea de que la separación le saldría demasiado cara, quizá fuera esa idea. Y él adoraba demasiado al caballero Don Dinero.

Una vez cenaron, una vez Eloísa descargó en la mesa lo que pensaba de Helena, una vez Carlota se aburrió con sus padres, se largó al dormitorio, Marcos decidió quitar de su cuerpo la angustia del día yendo a dar un paseo en coche. La abnegada esposa allí se quedó esperando a que llegara su «fiel y amante esposo».

No pensaba en nada mientras conducía, los cinco sentidos estaban puestos en el manejo del volante, las velocidades y los pedales de embrague, aceleración y freno. Puede que de forma instintiva condujera hasta el centro de la ciudad, en ese momento atravesaba la zona antigua. Sin pensarlo o quizás sí, llegó muy cerca de la casa en planta baja de Helena. Aparcó el coche y al mirar hacia delante vio el coche de Carlos. Arrancó de nuevo, estacionando unos metros más adelante, miró por los retrovisores exteriores y podía ver perfectamente si su hijo movía el coche. Desconcertado, agónico, enfadado con él mismo y con la hembra, sacó un cigarrillo, bajó la ventanilla del conductor y lo encendió con el mechero del coche. Esperó y esperó, uno, dos y hasta tres cigarrillos fumó durante la espera. Pensaba en qué decirle a ella cuando abriera la puerta, pensaba en cómo le expondría ella no haberle dicho que se acostaba con su hijo, pensaba si entraría o no a la casa. Pensaba, pensaba y pensaba.

Al cabo de un rato, Carlos entró en su coche, arrancó y se fue. Marcos, salió del suyo, lo cerró y fue caminando hasta la entrada de la casa. Al llegar a la puerta, ésta estaba entreabierta. Entró y al cruzar el estrecho pasillo la vio sentada en una silla con el mismo vestido que había llevado a casa del que entraba, tenía las piernas abiertas con las medias puestas, negras como el vestido, miraba fijamente en dirección a Marcos, sujetaba un cigarrillo largo entre el índice y el corazón de la mano derecha, la otra colgaba a la altura del muslo. Su rostro transmitía deseo y sumisión ante el hombre, ante Marcos. Éste la miró un momento, no podía articular palabra, estaba como clavado al suelo, la observaba allí sentada en postura sumisa y ansiosa de repetir lo que tanto anhelaban. Se acercó a ella, la tomó de la nuca y la cintura, la alzó en el aire y la besó mientras la llevaba a la cama, al lecho, donde su hijo la había amado hasta hartarse, pero no la había follado ni la había poseído. Ese trabajo estaba reservado para él, su padre. La tiró de mala gana a la cama, ella disfrutaba de la escena, disfrutaba de la violencia. Él, mientras desabrochaba su bragueta la miraba con rabia, puede que con odio. Ansiaba hacerle pagar lo que estaba sufriendo por ella. Con fuerza dio la vuelta a la feminidad, con el trasero expuesto a él, con la espalda arqueada, con la respiración agitada, ella se dejaba tomar como él deseara, era suya. Con la picha fuera y lista, arrancó de un tirón las braguitas de color negro y encaje; la penetró con furia, la agarró del cabello con todas sus fuerzas al son de los embates, sin piedad, deseaba partirla en dos y olvidarse de ella para siempre. Cayó encima de Helena, tumbada boca abajo gozaba ensartada por el sexo que había elegido para que la poseyera las veces que él quisiera. Jadeaba, gritaba cuando él mordía sus hombros y ultrajaba su piel blanca y delicada. Empujaba con saña, aún no estaba listo para vaciar su pasión en la matriz de la hembra que lo tenía atrapado en la sensualidad y la maldad de los cuernos del diablo de la infidelidad. Con la misma violencia, marcando los hombros de la hembra con los dientes vació toda su fuerza en ella, provocándole espasmos al sentir la viscosidad masculina en lo más hondo de su ser perverso y lascivo.

—¿Por qué Carlos? —Preguntó Marcos desnudo en la revuelta cama.

—Porque me gustó su forma de ser, tan anodino, tan normal. Es el candidato perfecto para sentar la cabeza e intentar tener la estabilidad que se me arrebató en el pasado —Contestó firme y segura de sí misma.

Miró al infinito, rodeó los hombros femeninos con un brazo, respiró hondo…

—Me has hecho daño, hoy me he sentido como un papel tirado y pisoteado en el suelo —.

—Lo siento, cuando supe que eras su padre ya era demasiado tarde, ya habías estado aquí —.

—Pero, no quiero compartirte con él, ¿por qué mi hijo? ¿Por qué tengo que hacerle esto a Carlos? —.

—Calla, por favor. Soy tuya ahora, te dije que me tendrás siempre que quieras —.

—Te va a pedir matrimonio, ¿lo sabías? —.

—Lo intuía, le diré que sí. Es la forma más razonable de estar cerca de ti. Esta noche te esperaba, solo pensaba que no vinieras estando él aquí, habría sido muy traumático para Carlos y desagradable para todos. Sabía que vendrías, por eso estaba sentada frente a la puerta. Esperaba ansiosa tu llegada, he estado todo el día hambrienta de ti —.

Marcos no dijo nada, solo la besó en los labios. Un beso de despedida antes de volver con su fiel e ignorante esposa.

Continuará…

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Miércoles, doce de octubre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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