EN BRAZOS DE IV…

—Aún no te has vestido, ¿no te duchas? —, me preguntó.

—No me apetece, me gusta oler a sexo recién hecho —Hizo una mueca casi aprobándolo, lo que me importaba a mí que aquella mujer aprobara mi aseo personal.

—Oye, ¿queda alguna migaja de anoche? —, preguntó de nuevo buscando algo de lo de anoche en su bolso.

—No lo sé—, respondí mirando hacia la mesita de noche, había una botella de ginebra Tanqueray, un cristal con restos de coca, mojé mi índice izquierdo y lo pasé por encima de la coca sobrante.

—¿Qué vas a hacer? ¿Te vas o te quedas? —.

—Eso depende de ti, si quieres me quedo, y si no me voy, tú dirás —, dije.

—Quiero que te quedes, lo pasamos muy bien anoche, y es domingo, aprovechémoslo —.

Me encantan las mujeres decididas, aventureras, y más si son mujeres de éxito como aquella amante eventual, en ese momento no recordaba su nombre. Lo que sí recordaba era su profesión: escritora ¡Qué risa! ¿Verdad? O más bien paradójico, un escritor fracasado y una escritora de éxito, drogándose, bebiendo y follando para acabar en su casa con baño incorporado en el dormitorio. El piso estaba bastante bien, no era lujoso, pero sí espacioso, se notaba que ganaba dinero con la escritura, ahora, faltaba saber su nombre y qué género o géneros cultivaba.

Dejó de buscar en el bolso, solo encontró cigarrillos. Volvió a la cama, nos miramos, me invitó a fumar de su cigarrillo Malboro…

—En el primer cajón de esa mesita debe haber algo de «María», líate un porro, necesito relajarme —Mirándome fijamente a los ojos susurró acercándose a mí. —Menuda caña me diste anoche, creí que me desmayaba…, cuando tu polla entró en mi culo perdí el conocimiento por un momento, eres un bestia, por eso me gustas, eres tan…, tan…, tan natural, Aníbal —Mientras ella me halagaba con lo bien que la follé la noche anterior, yo intentaba recordar su nombre, debí pasarme con el alcohol y las drogas, pero lo peor fue que ella sí recordaba mi nombre y yo no recordaba el suyo, necesitaba una maldita señal.

—Me gusta el sexo, me gustan las mujeres y me entrego al cien por cien, follar por follar no me gusta —, expuse chuleándome como un pavo real.

—Lo pude comprobar en estas carnes —Tomó una de mis manos y la puso en sus caderas, la verdad que estaba buenísima, tenía la piel muy suave y no estaba ni gorda ni flaca. Mi mano en su cadera comenzó a apretar, ella me miraba con deseo; no me apetecía echar un polvo, pero visto lo visto tenía que satisfacerla si quería quedarme ese domingo con ella. Así que le dimos al asunto, le pedí que me montara, me montó, me folló y sí, después de aquel polvo salvaje me duché.

Salí de la ducha, en el dormitorio no estaba mi compañera de fin de semana, yo estaba desnudo, con la picha al aire, debía airearse después de tanto folleteo, miré en el resto de la casa y la tenía para mi solo. «Bueno», me dije. Empecé a fisgar por el piso, en el salón había una librería y ¡voilá! Descubrí como se llamaba, Nora Maxwell. La reconocí por la foto del reverso del libro. Leí la biografía de uno de sus libros, tenía varios en la estantería. «Autora de romántica», leí. Ese género tan de moda en estos tiempos, un género que yo odio, no lo veo serio ni literario. El libro que tenía en las manos se titulaba ‘Con o sin ti’. Me vinieron dos cosas a la mente, el pensamiento nebuloso al despertar esa mañana sobre lo que son los escritores y segundo me recordó la canción de U2. Esto fue lo que me rondaba la mente al despertar aquella mañana:

«Sentado en la silla de mi escritorio los veo en la pantalla del ordenador, en la página de inicio de la Red Social veo sus fotos, los hombrecillos agitan las manitas y sus sonrisas con dientes amarillentos y gastados iluminan las fotos junto a sus vidriosos ojos, brillan de felicidad, ¿por qué? La verdad, no lo sé ni me importa, pero ¿qué ocurre cuando uno de esos hombrecillos que se autodenomina escritor publica un libro?». Reflexionaba en silencio mientras daba una calada a un cigarrillo. Al despertar estaba mirando al techo totalmente destapado y desnudo, escuché la puerta del baño incrustado en el dormitorio. Nora apareció en la habitación con un albornoz de color blanco, tenía el cabello mojado y suelto, una cabellera rubia y rizada, estaba muy atractiva en ese instante. Sonreí al recordar el episodio mientras estaba de pie con el libro en la mano.

Siempre creí que las autoras de romántica eran unas mojigatas que buscaban un príncipe azul, al igual que sus novelas de amor barato carentes de sexo y vicios. Pero Nora no era así, era visceral y salvaje, viciosa, le gustaban las drogas, le gustaba beber y le gustaba follar como una perra en celo. ¿Cómo le pudo gustar un tipo como yo? ¿Sin oficio ni beneficio ni un mísero euro en el bolsillo? No lo sé. Comencé a leer ‘Con o sin ti’ acostado en la cama, joder, era infumable. ¿Cómo puede la gente leer esa mierda? Si Henry Miller levantara la cabeza. No me extraña que no triunfen en el amor, leyendo esa sarta de mentiras es fácil joderla.

Con el pasar de los años te das cuenta de lo ignorante que es la gente, en general son unos paletos de mucho cuidado. Una de las peores cosas que hay son los paletos con carrera universitaria. No soy el más indicado para aconsejar a nadie, no soy un ejemplo a seguir, pero los libros y la experiencia me dan la suficiente acreditación para analizar y opinar, así que, pienso que la gente es gilipollas. No se es gilipollas porque sí, se es gilipollas porque no se piensa; se dejan llevar, si se dejaran llevar por los instintos sería mucho más placentero. Se dejan arrastrar por lo que les dicen, por lo que les han dicho que hagan, porque es lo correcto. Ahora recuerdo una frasecilla que me dijo una mujercilla sin personalidad hace unos años. Cuando yo iba a eventos literarios, si a aquello se le podía llamar evento. Pues, el caso es que en una conversación la tipa esta, menuda, fea y con apariencia masculina me dijo que lo que se llevaba hace unos cinco años era ser políticamente correcto. Le contesté: paso de gilipollas y gilipolleces. Así que midiéndolo todo con el mismo rasero vivo en un mundo falso, moribundo y lleno de agujeros negros en los que caer; sino estás atento caes en la falsedad, caes en la hipocresía y en una jaula donde te dicen que eres libre, así es este mundo, el mundo más cruel que he conocido. Te amaestran como a un animal a obedecer y a servir al Señor Dinero, y también a los poderosos, hay que tenerlos contentos. Te enseñan a votar, te enseñan a pagar todos los impuestos, cuantos más mejor, te enseñan a asentir siempre, aunque te la estén metiendo por el culo sin vaselina y sin condón. Nos educan a decir siempre que Sí a todo, pase lo que pase y si te rebelas te dan la espalda y te tachan de bicho raro. He sentido en mis carnes la negación y el rechazo de esos círculos de gente «guapa». He vivido y percibido lo suficiente para sentir asco por mis semejantes y también por mi país, es el precio que hay que pagar por ser inteligente y diferente al resto de ovejas blancas, yo soy una oveja negra.

Mientras tenía estos pensamientos trascendentales con el libro de romántica sobre mi regazo apareció Nora con unas bolsas.

—Mira lo que he traído. Whiskey, cerveza, algo de comida y he ido a ver a mi «camello» —, comentó yendo a la cocina.

—Eres lo que yo llamo una mujer de recursos —.

—Bueno, me gusta estar preparada, Aníbal. No me apetece salir de casa en todo el día, quiero estar contigo aquí —Era una mujer que sabía lo que quería y me estaba gustando.

—Abre unas cervezas, cielo, es hora de tomar algo, tengo apetito—Abrí dos latas de cerveza, Nora sirvió en un par de platos unos berberechos de lata y unos mejillones, la verdad que tenía mucha hambre.

¿Quién escribe para entretener? Esta pregunta me la he hecho mil veces, quizá lo que ocurra es que el lector se ve engañado. En cambio, el falso lector disfruta y se entretiene con palabras vacías. Entretener, le he cogido manía a este verbo. Desde luego yo no escribo solamente para entretener. Los que entretienen son los que no sienten la escritura ni la literatura como un oficio, sí, como el fontanero que arregla el lavabo o el mecánico que arregla coches. Y claro, el falso lector no sabe que lo están estafando. No lo engañan porque no sepa leer, leer sí sabe, lo que no tiene es pajolera idea de comprensión por nada que no sea lo que le digan qué tiene que hacer y ¡cómo no! Necesita que le digan qué leer. Se me ha olvidado explicar que es un falso lector, es muy sencillo; el falso lector es aquel que lee porque lo han enseñado, pero no ve más allá de sus narices. No sabe leer entre líneas porque no ha leído jamás nada fuera del entretenimiento. Ay, el entretenimiento, ¿qué es eso? Leer para entretenerse, hace gracia, por lo menos a mí si me hace. Se lee por curiosidad porque el libro que tomas en las manos te llama para que lo leas, luego te atrapa de los cojones haciéndote suyo, aprendes, ríes, lloras, amas, sientes; percibes lo que el autor quiere que sientas. A un buen escritor le importa un comino que te entretengas, lo que quiere es que lo compres a cambio de entregar su alma a los lectores. Es increíble lo que se puede llegar a pensar en un minuto, ¿verdad?

­­­—Aníbal, siéntate, pareces un pasmarote ahí de pie, ven…—.

—Perdona, me he quedado pensativo —, excusé mientras cogía la lata de cerveza que me acababa de servir Nora.

—¿En qué pensabas? —.

—Nada en particular, pensamientos nada más —.

—¿Se pueden saber esos pensamientos? —.

—Son de poca importancia, no vale la pena nombrarlos. He estado hojeando uno de tus libros, ‘Con o sin ti’. ¿De verdad la gente lee esos libros? —.

—Claro, la literatura me ha dado esto que ves, un piso de soltera bastante bueno, dinero, estatus social. Mis lectoras son muy fieles, y hoy en día con las Redes Sociales estoy muy enterada de sus inquietudes hacia mi obra, y yo, estoy al tanto de sus opiniones que son muy importantes —.

—Vaya, pues sí que dan ríos de tinta esas historias. Particularmente nunca compraría un libro tuyo, lo que he leído me parece infumable. Lo siento, pero opino eso de tu «obra» —Me quedé muy a gusto diciendo aquello sobre sus libros.

—Es tú opinión, querido. Es muy respetable. Si no recuerdo mal, anoche me dijiste que escribes, ¿sobre qué escribes? —, preguntó intrigada mientras liaba un porro de maría. Acabó de liarlo, lo encendió, aspiró hondo la primera calada…

—Bueno, escribo sobre la vida, sobre las calles, el sexo, las putas, las drogas, los gays, los chaperos. Por ejemplo, esta conversación, tú y yo, como nos conocimos, es una historia perfecta para que la escriba un tipo como yo —, expuse haciendo una mueca y pidiendo con un gesto una calada del petardo.

—Son buenos temas, pero la realidad no vende, querido. Vende la fantasía, venden los sueños de gente insatisfecha, lo único que buscan es salir de la rutina y el aburrimiento por unas cuantas páginas y unos euros. Por eso escribo romántica, el dinero es necesario para vivir como a mí me gusta —.

—Eres una hija de puta, aunque el escritor debe ser un gran embustero y no un simple obrero —.

—Mira Aníbal, tú vives como quieres, no sé si eres feliz, no me importa. Tú forma de vida en la calle, las peleas, los cartones a modo de cama, el frío, la gente, el alcohol son tu forma de vida y ahora estás aquí, conmigo. Me gustaste anoche, me gusta tu forma de ser, eres un tío inteligente, me atrae esta conversación… Quiero leer algo tuyo —Me atraía como sentenciaba las conversaciones.

—Tú forma de pensar me ha puesto cachondo —.

—Yo también lo estoy, querido —. Abrió las piernas para que viera que no llevaba ropa interior, metí mi mano, la toqué, le pellizqué el coño, nos besamos, y encima de la mesa de la cocina le dimos al tema un buen rato. Tenía un coñito prieto, era como una aspiradora. Y con ese mote se quedó, la aspiradora que absorbía la picha de Aníbal Haze.

Pasó el primer día, hablamos de muchos temas, sobre todo de literatura. Nos colocamos, follamos y bebimos. El lunes por la mañana, Nora tuvo que ir al despacho de su editora, para ver no sé qué de la promoción de ‘Con o sin ti’, resulta que me dispuse a leer aquel libro infumable.

—Puedes quedarte mientras estoy fuera. Si llama alguien apunta el recado en la libreta de la mesita del teléfono. Cuando estoy reunida no respondo en el móvil —Y se fue.

Me dejó a cargo de la casa, a mí, a un pendenciero y mendigo borracho, debía de gustarle mucho. Me lié un porro, abrí una lata de cerveza, pasé de leer ‘Con o sin ti’ y comencé a escribir en la libreta en la que debía apuntar los recados telefónicos.

«En el siglo veinte y uno es todo tan cómodo, ya no es Cosmodeónico, ni siquiera huele a Decimonónico. Lo cultural e intelectual huele mal y está mal visto, te dicen: —mira chaval, como eso no da dinero dedícate a otra cosa y eso que te gusta lo haces como hobby —Y encima tienes que escribir esa palabra inglesa que parece una marca de juguetes de navidad porque en español se nos ha olvidado como se escribe. ¿Y cuándo me dedico a escribir, pintar o componer música si me tiro todo el día trabajando para comer? Respuesta: —los fines de semana —Que risa María Luisa, como si crear fuera como cagar. ¿Qué podemos esperar de un país que ha sido maltratado desde siempre? Al final te crees que eres un mierda y un mediocre, es totalmente humano y psicológicamente factible, amigo lector».

Con el porro consumiéndose en mi boca escribía estas líneas, estaba aturdido, aburrido, me encontraba lento, me faltaba algo. Aquel silencio sepulcral me estaba sumergiendo en un mar de pensamientos banales y poco productivos para un tío como yo. Debo salir de aquí, esto está bien para unas horas, quizá unos días, pero soy callejero como los perros y los gatos, un vagabundo roído por el sistema, encapsulado en la podredumbre de la modernidad, la hipocresía y los hideputas que se creen superiores al resto. Soy un vagabundo sumergido en letras y ríos de carboncillo, no tengo dinero para tinta.

Miércoles, diecinueve de octubre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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