Heridos IV

Los días posteriores al último encuentro con Helena, Marcos estuvo recordando la frase que la amante le dijo la última vez que se vieron: «Es la forma más razonable de estar cerca de ti». Sonrió al recordarla mientras mantenía una conversación en inglés vía Internet con un empresario japonés. El empresario lo estaba invitando a Tokyo para visitar las instalaciones de su negocio y cerrar el contrato de exportación de frutas y hortalizas de la huerta del Segura. Durante la conversación estuvo pensando en invitar a Helena, ansiaba que lo acompañara y así poder estar juntos unos días alejados de todo, solos, ella y él, los dos amantes infieles en el país nipón. Dos semanas después partiría hacia el país del sol naciente.

En las noches amatorias con Carlos los embates nada tenían que ver con los de su progenitor, tan apasionado y perverso. La polla del hijo ni siquiera era la de un príncipe, el padre poseía el falo de un Dios, y Helena, la Diosa, lo recibía con deseo y humildad. Mientras que el hijo cornudo entraba y salía del coño perfecto de Helena, ésta con los ojos en blanco recordaba la última incursión y buceo de la polla de Marcos en su infiel coño. Cuán iluso era el pobre Carlos. Y el infortunado imbécil solía preguntar si le había gustado, claro que le ha gustado, estaba pensando en tu padre, él sí sabe satisfacerla. Cuando el novio descargaba la viscosidad en ella cerraba los ojos creyendo que era el otro quien la llenaba de su hombría.

Carlos no encontraba el momento de pedir matrimonio a su amada, la consideraba suya, ignorante de que ella solo pertenecía a un hombre, y ese hombre no era él. Quería que todo fuese perfecto, lo típico de las películas americanas: rodilla en tierra, anillo de compromiso y cena en un restaurante caro a la luz de las velas. Ella lloraría de la emoción, sonreiría, diría que sí, y sellarían el momento y su amor con un beso. Los camareros aplaudirían y los demás comensales vitorearían a la pareja. Los sueños, sueños son. Helena no se daría a ese tipo de escena, no era tan sentimental.

Mientras tanto, los días pasaban entre lluvias y días claros. Marcos tramitaba el viaje a Japón, ultimaba preparativos y dejaba la agenda repleta para su segundo, debía organizar el trabajo para que todo funcionara al dedillo durante su ausencia. Le gustaba tenerlo todo controlado.

Al mismo tiempo, Carlos ideaba el plan para pedirle matrimonio a Helena. Y ésta se dedicaba a trabajar y ver a su novio por la noche. Había pasado una semana desde que vio a Marcos en su casa, lo pensaba, pero no lo llamaba. Esperaba que fuera él quien la llamara para verse, y así lo hizo aquella lluviosa tarde. La llamó al trabajo y quedaron en una cafetería cerca de la tienda de antigüedades a eso de las ocho.

Helena lo esperaba dentro del local, hacía frío en la calle. Aparte del vestido negro llevaba una boina al estilo francés, los labios de color rosa pastel, las uñas sin pintar y los ojos con un poco de rímel. Marcos entró y como siempre su atuendo era de traje y corbata, pero aquella tarde un abrigo de paño lo abrigaba. El corazón de Helena palpitó al verlo, sonrió de lado y lo esperó sentada a la mesa. El rostro masculino permanecía casi impasible, sabía muy bien como ocultar sus pensamientos y preocupaciones, pero en aquellos momentos le costaba un esfuerzo titánico mantenerlos al margen. Desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron el silencio se sentó con ellos a la mesa y fue el protagonista; bebieron el café. Helena se percató de que a Marcos le temblaba ligeramente el pulso, pensó tomarle la mano, pero no lo hizo. No era su pareja formal. Como el primer día, sin hablar una palabra salieron del local, cogieron un taxi y se dirigieron a casa de Helena. Al cerrar la puerta, Marcos se abalanzó sobre ella por detrás, con las palmas de las manos apoyadas en la pared lo recibió. Fue mucho más sosegado que las otras veces.

—Tengo que decirte algo —estas fueron las primeras palabras que dijo aquella tarde en compañía de Helena.

—Sé qué te pasa algo, dime —respondió mirándolo a los ojos.

Sentados en el sofá a medio vestir y una copa de brandy en la mano, Marcos intentaba decir lo que le rondaba la mente.

—Tengo que viajar a Japón la semana que viene —hizo una pausa. —Quiero que vengas conmigo —.

El silencio volvió a reinar entre los dos. Helena lo miraba a los ojos castaños y él miraba a la negrura impenetrable de los ojos de ella. Sorbió un trago de la copa de brandy, lo miró seguidamente…

—No puedo acompañarte, debo estar cerca de Carlos. Intuyo que me pedirá matrimonio. Pensándolo fríamente no sabría cómo decirle que me voy de viaje. Sin pensarlo me iría contigo, pero Carlos también me necesita. Recuerda lo que te dije, la mejor forma de estar juntos es casarme con tu hijo —.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo perfectamente —la compostura quedó a un lado para que la cólera hiciera acto de presencia. —Ya sé que lo prefieres a él, quiero estar contigo como nunca hemos estado, solos. Quisiera entenderte, pero me es imposible. Adiós —.

Cogió su abrigo y se dirigió a la calle. Helena lo vio marchar y al sofá pegada quedó. —Marcos, te quiero —susurrando estas palabras tomó un sorbo de brandy apoyando la copa en su regazo.

Los preparativos del viaje estaban listos. A un día de partir, Helena tenía casi todo el tiempo a Marcos en el pensamiento, más de una vez descolgó el teléfono para llamarlo, pero no lo hizo. El orgullo masculino no le permitía llamarla. Para él la relación con Helena había terminado. La desilusión y el orgullo pudieron con él. Al igual que en toda su vida, volcó sus emociones en el trabajo y en Eloísa. Para compensarla y paliar su culpa le hacía el amor todas las noches antes de su marcha, pero Helena estaba en sus pensamientos cuando yacía con su mujer, pensarla era inevitable.

La partida del hogar hacia Japón fue de noche. De madrugada Marcos salió de casa dando un beso tierno en los labios de Eloísa, el chófer lo llevó hasta el aeropuerto. Todo el viaje estuvo en silencio, quizá aturdido por el sueño, quizá pensando en Helena o simplemente en el viaje. En el aeropuerto mientras esperaba subir al avión la desilusión lo reconcomía y el rencor estaba naciendo en su alma, se le estaba envenenando. No permitió que nadie lo despidiera, excepto su esposa.

Mientras tanto Helena pasó aquella noche en vela, daba vueltas en la cama. No permitió que Carlos pasara la noche con ella después de hacer el insulso amor. Se levantó, fue a la cocina, preparó un té y se sentó a la mesa a esperar, esperar ¿qué?

Helena siempre había estado esperando recuperar lo que se le arrebató a los quince años. Aquella vida en paz con su padre y su hermano Michael, el hermano que le arrancó suicidándose de cuajo el amor y la felicidad. Y ahora, estaba recuperando aquello que anheló durante tantos años, el amor, la estabilidad emocional, aunque la felicidad no se la podía dar Carlos, no lo amaba ni lo amaría, era un lelo para ella. Demasiado real para una soñadora como ella, quería flotar, quería amar desde la raíz, desde el espinazo hasta el sexo empapado, y eso, Carlos no se lo daba ni se lo daría. En cambio, Marcos le entregaba eso y mucho más. Marcos era el hombre primario, bestial y salvaje entre sus piernas. Su fiera mirada, su ansia por tenerla empapaban su alma y sus piernas hasta el punto de enloquecerla por momentos y como ahora, él y solo él no la dejaba dormir en paz.

No podía amar a un solo hombre, desde su niñez necesitó amar a dos, los dos la complementaban y en lo más hondo de su alma se negaba a perder a cualquiera de ellos. Carlos era la estabilidad y el hogar y Marcos, una locura, el amor con la mirada y el sexo como lenguaje. Carlos era el amor cómodo, el cariño en la tierra. Eso deseaba de su futuro prometido. Aunque por nada del mundo quería perder a Marcos, sabía que lo estaba perdiendo cuando rechazó acompañarlo a Japón, debía estar en su sitio, al lado de Carlos.

Al otro lado del mundo, Marcos trabajaba todo el día, aprendía algo de japonés, presentaba el proyecto en un inglés mediocre, pero entendible. Ponía todo su empeño en cerrar el negocio, le daría la tranquilidad que buscaba desde hacía años. En la fría habitación de hotel pensaba en Helena, en los porqués de todo lo acaecido, pensaba y repensaba en la última tarde que estuvieron juntos. Pensaba en la frialdad con que ella había tomado la invitación de viajar con él. La desilusión y el rencor podían más que él, la odiaba por eso, por hacerlo sentir así, tan desdichado y solo. Lo paliaba con una vídeollamada a Eloísa, Carlota y con la oficina en España. Cuanto deseaba zozobrar en los brazos de Helena, el descanso del marinero tras días de navegación y duro trabajo. Aunque por otro lado la odiaba, deseaba abofetearla, explicarle lo que sentía, hacerle ver lo que era ella para él, ansiaba gozarla él solo, tenerla para él y que nadie posara la mirada en ella. Para Marcos los celos formaban parte del amor, no concebía el amor sin celar, pero eso querido mío se llama posesión. Sin percatarse, él mismo se había convertido en Michael, celoso de su propio hijo, celoso de no poseerla solo para él. Estaba enfermando de celos y de amor perverso. La irracionalidad del celo, la pérdida de algo que creyó que le pertenecía lo estaba matando por dentro. Y al mismo tiempo la amaba, realmente sentía un amor muy profundo por Helena, una contradicción que le estaba costando dolores de cabeza e insomnio. Creyó que la distancia entre ellos haría el trabajo por él, pero no fue así.

El tiempo pasaba, se acercaba el día de regreso a España. Mientras tanto Helena esperaba la pedida de casamiento en la más ansiosa incertidumbre. La rutina iba, venía, nada trascendía más allá de lo normal, pero un día radiante y soleado una llamada interrumpió el anodino trabajo mañanero de Helena.

—¿Helena? Soy Nick, estoy en la ciudad por trabajo —.

—¿Nick? ¡Vaya sorpresa! Tenemos que vernos, te necesito —.

—¿Comemos juntos? A las dos habré terminado y te llamo al móvil. ¿Mantienes el mismo número? —.

—Sí, es el mismo, te espero. Hasta luego, Nick — colgó cuando él se despidió.

Continuará…

Para leer la entrega anterior pincha aquí

Miércoles, veinte y seis de octubre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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