El Espía

La espiaba, no me veía. La distancia entre su edificio y el mío era mi resguardo. Yo era un adolescente, la miraba con los prismáticos que le «robé» a mi padre. Observaba como se desnudaba en su dormitorio mirándose en el espejo. Me sabía de memoria cada poro de su blanca piel, reconocía con los ojos cerrados cada pliegue y los tímidos hoyuelos de su extremo posterior. La soñaba despierto, la soñaba dormido. Era natural, así era ella, una beldad sin tela, sin capas.

Puntual, a la misma hora de todos los días se despojaba de lo mundano para ser ella, una diosa en mi juventud.

Primero se miraba en el espejo, uno de esos antiguos de pie, llegaba hasta el suelo. Luego bajaba la cremallera de la falda o del vestido, casi nunca vestía con pantalón. Seguidamente mis ojos se iban abriendo ante la hermosura, la divinidad de mi acelerado corazón, joven e indomable. Mi parpadeo, como si de un interruptor se tratara daba paso a la falda bajando hacia el suelo, quedándose arrugada en los tobillos, delicados y redondeados. Tallaba sus caderas regodeándose en su figura, deleitándose con su imagen en el espejo.

Uno, dos, tres y al cuarto parpadeo simulando a una cámara de fotos dejaba que sus manos ante mis ojos detrás de los cristales del alargador de vistas se vieran fuertes, grandes, con venas azuladas, de dedos finos y largos en unas manos delicadas y cuidadas. Desabrochaban la blusa parsimoniamente, el deleite de los dedos al desabotonar a través del ojal era para mí la danza maravillosa de la voluptuosidad y la sensualidad en su máximo esplendor. Al cabo de unos minutos la prenda yacía en el suelo de la habitación. Ataviada con la ropa interior se acercaba al espejo, bailoteaba, cabrioleaba…

Luego debía esperar unos minutos a que se bañara, debía hacerlo porque tardaba más tiempo que uno en ducharse. Aprovechaba para cenar con mis padres y hermanos antes de seguir admirando a mi vecina sin nombre.

Después de bañarse salía a escena con lencería fina. Una vez apareció con un picardías de tirantes de encaje blanco mate. Se miraba en el espejo, se llevó las manos al vientre, subió el encaje quedando tapado el Monte de Venus, un tirante bajó hasta su brazo izquierdo y un seno quedó al descubierto; aún recuerdo el tamaño de la aureola, el color, el grosor del pezón, el cabello húmedo y ondulado de color castaño claro sobre los hombros.

Siempre acababa la «función» tumbada en la cama boca abajo leyendo un libro. Y yo, aprovechaba para contar las perfecciones e imperfecciones de su piel. 1.250.000 pecas, 115 hoyuelos en el respingón trasero, 50 arrugas de la sonrisa en un rostro perfectamente imperfecto.

Estuve mucho tiempo soñando con mi vecina del edificio de enfrente. Soñaba con la forma de sus labios en forma de corazón, suspiraba por la curvas de su talle, la deseaba cuando la veía acariciar sus senos delante del espejo regodeándose y disfrutando de su belleza. Nunca vi hombre ni mujer en el apartamento con ella. Debía ser una solitaria, como yo.

Una vez que perdí la «niñez» con mi primera novia a los diecisiete años dejé de espiarla. Aunque mi vecina fue mi primera «novia», mi anhelo, mi fantasía.

Mientras salía con mi primera novia, una tarde de domingo paseábamos por la calle tomados de la mano y ella, mi fantasía, pasó a nuestro lado, me miró con aprobación, me sonrió levemente. Enrojecí y comprendí que siempre supo que la espiaba, actuaba para mí. Me hizo hombre sin hablarme ni tocarme.

Miércoles, siete de diciembre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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4 comentarios en “El Espía

  1. El sentir a flor de piel, la frescura del corazón que logras transmitirme al leer cada uno de tus escritos,. Es sensacional, felicidades..no dejes de escribir,,❤

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