Heridos V

Imagen: Obra ‘Mujer sentada’ de JM Roma

Nick la esperaba en el restaurante italiano donde siempre comían cuando él estaba en la ciudad. Tomaba un Martini blanco mientras esperaba. Era un tipo inglés de buena familia y bien situado. Hijo de un ex diputado y una abogada bastante famosa. Conoció a Helena en Oxford, comenzaron una amistad trivial, con el tiempo se convirtió en un vínculo fuertemente arraigado desde que Michael se suicidó. Nick fue el apoyo de ella desde que perdió a su hermano y decidió abandonar a su padre para vivir su propia vida. La ayudó a encontrar un trabajo y compartió con ella su piso de Londres. Al poco tiempo ya eran amantes, él la quería y aún la ama, pero Nick sabía que Helena era y es un pájaro libre y nunca quiso enjaularla. Él se casó con una aristócrata inglesa, le hizo un par de hijos, aunque él siempre pensaba en Helena cuando yacía con su esposa, nunca pudo olvidarla. Decidió apartarse un tiempo de su amor platónico, debía sanar y no acabar enloquecido de amor como un amante más. Siempre que llegaba a la ciudad recordaban los viejos tiempos saliendo por ahí, conversando y haciendo el amor. Quizá esa fuera la forma de agradecerle a Nick su amor no correspondido por ella.

Oh, Helena, estás impresionante —Alabó él levantándose de la silla.

Gracias, Nick. Siempre tan caballero —Le colocó la silla como siempre hacía para que se sentara.

Ella lo miró sonriendo levemente con los ojos negros que tan loco volvían a Marcos.

Cuéntame, ¿por qué dijiste esta mañana que necesitas hablar conmigo?

Primero pidamos de comer y te cuento, estoy hambrienta. ¿Cómo están Paula y los niños?

Paula sigue perdida en su mundo «perfecto» y los niños creciendo a pasos agigantados.

El camarero les tomó nota, pidieron pasta y vino tinto.

Bueno Nick, ha vuelto a suceder. Estoy en una encrucijada entre dos hombres —Dijo mientras enrollaba los espagueti con el cuchillo y la cuchara.

Oh, por un momento pensé que habías aceptado mi proposición —Helena lo miró y sonrió, los gratos recuerdos con Nick siempre eran bienvenidos.

No, tonto. Sabes que eso no pasará, nunca. Estoy prometida con un chico bien situado, es abogado y su padre es un empresario famoso y adinerado. El problema es que estoy enamorada de los dos. No puedo enamorarme de un solo hombre, siempre tiene que haber dos, y  acabará mal.

Vaya, se repite la historia de Michael. Me acabo de acordar de Charles, pobre hombre. Acabó loco de celos porque también amabas a su hermano. ¿Cómo se llamaba?

Paul, se llama Paul. Y ahora, el padre de Carlos, Marcos, me pidió que viajara con él a Japón y le dije que no podía ir porque me voy a casar con su hijo. Sé que tiene celos, por eso no responde a mis mensajes en el correo electrónico. Los amo, Carlos es anodino, sencillo y muy normal. Marcos es la pasión descerebrada, es la locura, es la madurez, es un hombre maravilloso, pero su hijo también lo es, es un pelele adorable. —Alcanzó la botella de vino y rellenó su copa.

Entiendo. ¿Qué pinto yo en todo esto?

Necesito tu consejo y que me saques de aquí. ¿Recuerdas cuando te decía que algún día me gustaría vivir en Escocia? Creo que es el momento.

Pero ¿por qué prometerte con ese chico? No lo entiendo, el matrimonio nunca ha estado en tus planes. Aparte, estás diciendo que Carlos es anodino, un tío aburrido.

Tienes razón, no me he prometido con Carlos por amor, lo he hecho para estar cerca de su padre, Marcos. Casarme con el hijo es la mejor manera de estar con el padre sin romper una familia. Al principio lo pensé, pero al conocer a la mujer, Eloísa, comprendí que se desvive por su familia y ama con toda su alma a Marcos. Soy incapaz de provocar una ruptura, no me lo perdonaría. Amo a Marcos, es el hombre de mi vida, pero ha llegado tarde, su hijo se adelantó. No quiero romperle el corazón a Carlos, me ama y Eloísa ama a su esposo.

En ese mismo espacio de tiempo, Marcos embarcaba hacia España con un jugooso contrato comercial bajo el brazo. Planeó visitar a Helena en cuanto pusiera los pies en suelo español. Se declararía como un chiquillo, le propondría huir con él por un tiempo y cuando las cosas estuvieran más tranquilas volverían y él le solicitaría el divorcio a Eloísa para poder disfrutar su amor abiertamente. Pero antes le pediría perdón a la amante por su comportamiento tan infantil dos semanas atrás. Había pensado mucho en ello, incluso había cavilado abofetearla con la misma pasión con que la follaba, pero un caballero no pega a las mujeres ¿verdad? Había pensado en dejarla, había rumiado centrarse en su familia y en su trabajo, no podía, no podía olvidar a Helena, la chica de cabello corto y ojos negros.

Helena y Nick planearon marcharse en unos días, irían juntos a Escocia, él pasaría con ella un tiempo para ayudarla con el traslado e instalarse antes de volver a Londres. El avión aterrizó, Marcos cogió un taxi, era tarde, así que la amante estaría en casa. Hasta allí lo llevó el taxista, primero repasó la calle por si el coche de su hijo Carlos estaba aparcado. No lo estaba. Pagó la carrera y fue a encontrarse con Helena. Llamó al timbre, nadie contestó al aparato, simplemente sonó el clic que abría la puerta. Marcos entró al recibidor con la maleta. Helena estaba en el salón-comedor sentada en su sillón con una copa de vino tinto en la mano.

Hola, he vuelto —Dijo de pie, mirándola sentada con las piernas cruzadas.

Hola, sabía que vendrías esta noche. Hoy hace quince días que te fuiste.

Se miraban a los ojos intentado adivinar algo, no sabían que era.

Lo siento. Perdóname por no haber contestado a tus correos, lamento haber sido tan bestia.

No pasa nada, tendrías tu razones, aunque no quiero saberlas —Expresó fríamente mirando el vino de la copa.

La pasión desbordante de Marcos afloró de golpe desde el corazón hacia el resto del cuerpo. La electricidad le provocó un temblor leve mientras miraba a la amante; ella observaba el vino de la copa. Dejó la maleta, se acercó a Helena. La tomó de la barbilla, la miró, lo miró, acariciaba la piel suave de la mejilla femenina, blanca, dulce y perversa. Ella lo contemplaba con deseo, como una gatita se dejaba acariciar el rostro. Muy despacio abrió las piernas enfundadas en el vestido de color negro, dejó la copa en la mesita de cristal de al lado. Marcos la tomó por la cintura y se dejaron caer lentamente en la alfombra. Mientras él besaba la delgadez del cuello, ella bajaba la cremallera del pantalón y él como un león rasgó la ropa interior de Helena. Besaba, libaba el cuello y así entró fieramente en ella, primero encima y luego, arrodillado, tomándola por ambos muslos embestía con dureza, y la amante, boca arriba, con la espalda arqueada formando un puente con el tronco y las piernas recibía los embates del amante perfecto y apasionado. No lo miraba, observaba el techo de la habitación, apuntaba con el Monte de Venus al infinito.

La pasión provocada en ese instante y los momentos en los que ambos habían sido poseídos por la sensualidad volvió en forma de sexo primario, salvaje y duro. Follaron como nunca, la amó con las vísceras, y ¿ella? Lo amaba con toda la libertad de su alma.

Continuará…

Si deseas leer la anterior entrega de Heridos pincha aquí

Jueves, ocho de diciembre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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