Los vecinos del 5º y el 3º

Una familia de clase media se mudó de vivienda; un hombre, una mujer y dos niños. Una adolescente y el otro a las puertas de la revolución hormonal. Al quedarse pequeña la primera vivienda movidos por aspirar a algo más adquirieron otra casa más grande, pero siguieron viviendo en la periferia. Nunca podrían aspirar a más, eran simples currantes.

Llegaron una mañana de sábado muy lluviosa en el monovolumen familiar. El padre acabó empapado porque le tocó abrir el portal del nuevo edificio y empezar a descargar enseres. Después de unos cuantos reproches y gritos el niño ayudó a descargar empapándose al igual que su padre. La madre no bajó del coche porque una señorona como ella no se podía mojar de agua de lluvia y la hija bastante tenía con entretenerse con su dispositivo móvil. Cuando todo estuvo descargado y subido al interior del tercero derecha las féminas decidieron salir del coche. La madre ordenó al resto de la familia que abrieran las cajas para ella misma desempaquetarlas; los jóvenes ayudaron a regañadientes.

Pablo, ve a buscar una ferretería y compra tacos de esos para colgar los cuadros —El hombre estaba cerrando la puerta principal mientras su mujer le ordenaba lo dicho. —¿Estás sordo? —exclamó. —Sí, ya voy. Resignado y aún mojado salió a seguir mojándose en busca de una ferretería.

¡Uf! A este hombre hay que pedirle las cosas dos veces, sino no hay manera —dijo entre dientes.

Al cruzar el portal coincidió con una vecina, le sostuvo la puerta, ya que iba cargada con el carro de la compra.

A estas alturas podemos adivinar que tipo de matrimonio tenían estos dos personajes, Pablo y Laura, la mujer. Un matrimonio aburrido, quemado por la convivencia, hastiado por la falta de intimidad por la crianza de los hijos y las responsalidades. Ciertamente no se aguantaban, se soportaban quizá por los hijos, quizá por la costumbre. Laura apenas se ocupaba de su marido y él, resignado y abnegado pasaba totalmente de ella. Los días laborales, la rutina mantenía a raya los reproches y broncas en la cama. Los fines de semana él huía de casa por la mañana hasta la hora de comer. Amigos, algunas horas extra, fútbol y bares, lo que fuera para no estar con Laura. ¡Y que decir del sexo! Casi inexitente y obligado, un día a la semana tocaba retozar. Unos minutos de escaso goce por una vida desdichada, costumbrista y aburrida. ¿Merece la pena pagar un precio tan alto? Ustedes juzguen y respondan, amables lectores.

Pasaron tres semanas, Pablo volvía de trabajar al mediodía, vestido con el mono de color azul, las botas de seguridad y fatigado porque tuvo que dejar el coche bastante retirado de casa. En el portal coincidió con Valeria, la dejó pasar primero, ella lo agradeció con una sonrisa. Pablo no había reparado en la vecina el día de la mudanza bajo la lluvia; ahora, al mirarla detenidamente le parecía una señora, una mujer de bandera le pareció.

Compartieron el ascensor, él pulsó el tercero y ella el quinto. Lo miraba pensando en que una nueva familia ocupaba una vivienda en la finca, también pensaba lo bien que le quedaba el mono, apretado, marcando el trasero. Él pensaba que la vecina tenía clase, iba ataviada con un traje de chaqueta blanco, zapatos a juego, cabello recogido y maquillada. Se despidieron fugazmente.

«Es atractivo el nuevo vecino, y que culo le hace el mono». «La vecina es toda una señora, vaya clase. Y vaya piernas que tiene». Cada uno pensó en lo que más le agradó del otro.

La vida de Valeria no era mucho mejor, pero sí más entretenida. Tenia cuarenta y cinco años, aún era joven y muy atractiva. Trabajaba en una sucursal bancaria, su marido era profesor de universidad, así que no les faltaba dinero para caprichos, al contrario que nuestro amigo Pablo que no era más que un simple mecánico de coches. Valeria no quiso tener hijos, su marido, José Manuel, los deseaba, pero tuvo que quedarse sin ellos. Ella siempre fue una mujer de su tiempo, liberada, muy sensual y sexual, pero el paso de los años en un matrimonio rutinario la sumieron en la desdicha del desamor y la falta de afecto e intimidad. Entre semana él pasaba las tardes y las noches en su despacho trabajando y estudiando y ella, leyendo, mirando la televisión como un autómata. En silencio retozaba en solitaria compañía pensando en algún cliente del banco o en el actor de moda, así calmaba el apetito de compañía masculina. Alguna vez José Manuel la tocaba dándole un rato de placer enlatado. Aunque nunca había tenido ningún amante, era una mujer fiel y para ella el matrimonio era sagrado. Con el paso del tiempo se acostumbró a salir sola al teatro, al cine o incluso a tomar un café perdiéndose en la calle, en sus pensamientos o con algún libro en una terraza.

Mientras tanto Laura y Pablo discutian por menudeces de la casa, colgar cortinas, limpiar, comprar útiles y los hijos contemplaban el detestable espectáculo. Muy típico en una familia moderna del primer mundo, un tópico ¿verdad?

A veces, Valeria bajaba por la escalera hacia la calle para hacer ejercicio y más de una vez escuchó las discusiones de Pablo y Laura al pasar por el tercero. «Otro matrimonio desdichado. ¿No hay ninguno que conozca que sea feliz?». Se preguntaba mientras bajaba los peldaños de la escalera.

Ella también discutía con José Manuel, pero eran discusiones civilizadas, aunque a ella le exasperaba que su marido no tuviera sangre en las venas. Un grito de vez en cuando aviva la sangre ¿no amable lector? Valeria necesitaba que le hirviera la sangre, necesitaba quemar adrenalina como fuera. Por eso mismo decidió hacer deporte los fines de semana.

Delante del edificio había un parque bastante amplio con un sitio dedicado exclusivamente con máquinas para ejercitar los músculos. Podía permitirse pagar un gimnasio, pero prefería el aire libre y la soledad, su única amiga. Poco a poco se deshizo de sus amistades, tan falsas y aburridas como José Manuel. Valeria era una mujer que había estudiado, siempre tenía un libro en la mano, entonces, las frivolidades no le interesaban. Su marido también había estudiado y estudiaba, pero era muy insulso y vacío, algo que Valeria no compartía.

Día tras día Pablo y Valeria, nuestros protagonistas se iban conociendo. Dos escasos minutos esperando el ascensor y un minuto dentro casi siempre solos les daba el tiempo suficiente para preguntarse como les había ido el día o qué tal estaban. La cordialidad comenzó a fraguar en ellos y si algún día no coincidían se preocupaban por el otro. En silencio comenzaron a gustarse, quizá la educación y el respeto del trato, quizá el atractivo de cada uno, quizá la soledad y la falta de amor fueron la ecuación perfecta para pensarse y extrañarse.

La primavera llegó soleada y resplandeciente. Las tardes eran más largas, los niños correteaban por el parque; Valeria tomó la costumbre de salir a correr todas las tardes por el parque. Pablo también decidió hacer algo de ejercicio, pero paseando por las noches alrededor del parque, él, sus pensamientos y un par de cigarrillos antes de ir a dormir. Una de esas noches intentó amar a su mujer, todo estaba en silencio y le apetecía hacer el insulso amor con Laura, a lo que esta contestó: —Déjame, me duele la cabeza y la espalda. Siempre estás pensando en lo mismo —espetó de mala gana dándose la vuelta. El pobre Pablo tuvo que ir al baño a aliviarse pensando en su vecina, la atractiva Valeria.

Un sábado por la mañana Pablo decidió no ir al bar de siempre a tomar café, entró en una cafetería cercana a su casa. Hacía una mañana húmeda, pero soleada. Única para pasear todo el día y corretear en buena compañía. Al entrar todas las mesas estaban ocupadas y se sentó en un taburete al pie de la barra. Pidió un café con leche y de repente al darse la vuelta buscando una mesa libre allí estaba Valeria. Inmersa en un libro, leía con unas gafas de pasta negra dándole un aspecto intelectual y sensual. Estuvo unos minutos cuestionándose si acercarse a saludarla, no quería interrumpir su lectura, aparte de que le daba vergüenza. Después de meditarlo unos minutos que parecían horas decidió ir a saludarla.

Hola, vecina.

¡Hola Pablo! ¿Cómo tú por aquí? —preguntó.

He venido a tomar café, no me apetecía coger el coche para ir al bar de siempre con mis amigos —aclaró de pie frente a la mesa.

Siéntate, me apetece compañía, así nos conocemos mejor ¿no te parece?

Sí, claro —enseguida vio Valeria lo sumiso que era él, aunque no tenía el típico aspecto de un pelele, lo habían despjado de toda masculinidad e iniciativa.

Y… ¿qué tal estás? —preguntó ella.

Bien, como siempre. La rutina de todos los días, supongo, ¿y tú?

¿Yo? Un asco de vida tengo. Un matrimonio el cual hace aguas por todos lados, un trabajo aburridísimo, imagínate —explicó con falsa frivolidad.

Comprendo, igual que yo. Pero a diferencia de ti me gusta mi trabajo. ¿Puedo preguntarte algo Valeria?

Sí, claro.

¿Por qué hace aguas tu matrimonio?

Para contarte eso necesitaríamos muchos cafés. Ya sabes, los años, la convivencia, la costumbre, supongo —dijo con la mirada perdida, ausente de todo y todos.

Ya, igual que yo. Si lo hubiera sabido no me caso —el humor se sentó a la mesa con ellos y rieron durante un ratos de sus desdichas. Compartían, algo nuevo en sus vidas.

Poco a poco la amistad se abría hueco en sus respectivas vidas, minuto a minuto, hora a hora y día a día la confianza sembrada se convirtió en complicidad y el café una maravillosa costumbre todas las tardes después de comer.

Delante de Laura, Pablo actuaba distante saludando a Valeria con frialdad, evitaba cualquier enfretamiento con el ogro, su mujer. Previamente había avisado a la vecina de este futuro comportamiento, ella siempre lo entendia.

Nunca ninguno de los dos pasó la línea, el respeto hacia el otro se hacía notar, aunque también podía ser el miedo a dar el paso y perder la amistad del otro, muy valiosa en tiempos de escasez.

A las puertas del verano el calor ya era insoportable, Pablo se levantó de la cama, bebió agua fría y se refrescó en el baño, no le apetecía volver a la cama, así que fue a sentarse en su sillón en la sala de estar. Encendió su teléfono móvil, tenía una notificación de Valeria en el chat de mensajería instantánea. Lo abrió y ella reclamaba su atención: —¿Estás? —rápidamente contestó por si ella estaba en línea.

Sí, estoy. ¿Te pasa algo?

No, estoy bien, pero no puedo dormir. ¿Y tú?

Lo mismo, el calor no me deja dormir —aclaró él.

Uff y a mí. Aparte de otro calor que tengo —escribió insinuándose un poco, o más bien coqueteando.

Me he tenido que venir a la sala de estar, parece que se está mejor que en el dormitorio. ¿Qué otro calor tienes?

Ja, ja, ja. Mejor no quieras saberlo. Estoy en el salón recostada en el sofá.

Ah ya, entiendo. Estoy demasiado tiempo sin hacerlo como Dios manda.

¡Anda que yo!, mi me acuerdo, Pablo —los dedos dejaron de teclear, los dos quedaron inmóviles percatándose de lo que estaba pasando. La sensualidad aporreaba fuertemente la puerta. Pablo fue el primero en teclear.

¿Tú también? Creí que por el menos en el sexo estarías mejor que yo.

Para nada. ¿Te das cuenta que nos conocemos un tiempo y no habíamos hablado de esto?

A mí me da vergüenza hablar de este tema con una mujer, o sea, con una amiga, como tú. Quizá sea el teléfono, como no estamos cara a cara, no sé.

Sí, debe ser eso. Oye Pablo, ¿tú te masturbas? —el pobre hombre se quedó petrificado, tardó unos segundos en contestar. Valeria le gustaba, era su amiga y sí, quería tener sexo con ella, pero conversando por el móvil del tema lo incomodaba, aunque cara a cara no se habría atrevido.

Bueno…, me has pillado con la guardia baja. Te voy a contar algo ¿te apetece?

Claro.

Esta noche he intentado hacerlo con Laura, mi mujer, pero no ha querido. Dice que hace demasiado calor o yo que sé y el otro día me puso la excusa de que le dolía la espalda o la cabeza. Así que imagina si me he masturbado —escribió con dedos temblorosos. La respiración entrecortada, nervioso, sudaba y el calor se le hacía insoportable.

Ya, entiendo, Pablo. Somos muy desdichados. Por lo menos nos hemos conocido, eres mi único amigo y amiga, ahora que lo pienso —relató pensativa en que estaría sola si su matrimonio se acababa, aunque ya estaba sola.

Lo siento. Yo tengo amigos, pero no le tengo confianza a ninguno. Por lo menos como la tenemos nosotros. ¿Se te ha pasado el calor?

Ja, ja, ja, no. Aún tengo calor, ya pasará. La verdad que sí, nos tenemos confianza y espero que seamos buenos amigos.

Sí, ya lo somos ¿no? Haz lo que he hecho yo. ¿Te dejo sola?

No, siempre estoy sola, quédate —dijo en voz baja al mismo tiempo que lo escribía —quédate.

Sintió miedo, se había jurado serle fiel a José Manuel mientras estuvieran casados y ahí estaba ella coqueteando con el vecino, hablando de sexo, confesándose con su amigo del tercero derecha.

Valeria sentía espasmos, escalofríos en la espalda, le sudaban las manos. Hacía tiempo que no se sentía así, tan viva, sus entrañas ardían, pero ¿por qué? ¿Por Pablo? ¿Por las ansias qué tenía de yacer con un hombre vivo?

Me quedo —Pablo también sentía algo, o mejor dicho, sentía mucho aquella noche por Valeria. Ya no era un simple coqueteo, ya no era un simple acercamiento entre adultos, ya no era confesarse sus desdichas y compartir conversaciones de soledad, cafés de media tarde. Era atracción sensual deseando estar sexualmente con la vecina del quinto izquierda. El paréntesis se hizo presente, ninguno tecleaba, Pablo pensaba, Valeria estaba inmersa en su deseo carnal por él. La mano derecha acariciaba la zona íntima por encima de la braguita estilo culote. Lo pensaba, recordaba el primer día que lo vio con el mono de trabajo. Pensaba en él masturbándose en el baño porque Laura no le permitió tocarla; ella si le habría permitido tocarla.

Valeria —escribió Pablo.

Dimme —tecleó mal porque tenía la otra mano ocupada.

Me gustas —ni él supo en ese momento por qué lo dijo o escribió. Si la hubiera tenido enfrente habría tartamudeado, temblado como un flan y sudado, pero no se lo habría dicho. Cuán diferente era el Pablo de ese instante con el Pablo aventurero y jovial de años atrás. A sus cuarenta y siete era un pelele, lo estaba viendo, no le gustaba lo que veía. Se sentía utilizado por Laura, se sentía mangoneado por sus hijos, incluso en el trabajo ya no lo respetaban. Desde esa noche se juró no volver jamás a ser un desdichado ni un pelele. Decidió ser feliz, solo, o con Valeria.

Tú también me gustas, Pablo —le recorría una satisfacción nunca experimentada en su maduro cuerpo. Estaba plena sin tocarlo, fue feliz en ese espacio de tiempo. Se acababan de declarar y ella había tenido un intenso orgasmo pensando en él. —Pablo ¿de verdad te gusto? ¿O es porque estás caliente? —preguntó desconfiada.

Valeria, no me tomes por lo que no soy, soy un hombre serio. Me gustas, sí, me gustas y mucho.

Y tú a mí. Me gustas mucho. ¿Quedamos mañana?

Claro, a la hora de siempre en la cafetería .

Vale, voy a acostarme que mañana madrugo. Buenas noches. Un besito.

Buenas noches, besos.

Pablo volvió a satisfacerse en el baño pensando por segunda vez en Valeria.

Y ahora que se han declarado qué va a pasar. Se gustan, se atraen, dilatan sus cuerpos cuando se piensan. Ella se humedece, él se empalma. El trato entre los dos es ameno, civilizado, entienden al otro. Más allá de gustarse se compenetran. Sigamos…

A la mañana siguiente cada uno en su puesto de trabajo sonreía más de lo normal, hablaban más de lo normal, pensaban más de lo normal, estaban más vivos de lo normal. Y eso a los compañeros y jefes les inquietaba, les preocupaba que sus empleados se hubieran vuelto listos. Sonreían por todo, nada les molestaba aquella mañana. Un compañero de Valeria pensó que tenía un amante, siempre quiso ser él, por guapo y listo, supongo. Pero no, el afortunado era el mecánico de coches. Y Pablo, ay Pablo que incauto eres. Vas a decirle a tu vecina que te gusta cuando la administrativa donde trabajas estaba deseando que le dijeras cualquier cosa. Una vez estuvíste cerca, pero no lo hiciste. Ahora ella nota tu felicidad y sabe que tienes una amante. Y sabes que conoce a tu mujer, son conocidas de algún café de vez en cuando. Es soltera, pero muy arpía. Si te la hubieras follado tú mujer nunca lo habría sabido. Te observa y sonríe cínicamente, lo sabe, sabe que hay otra. Ahí tenías a la amante perfecta. La amante perfecta es la que conoce a tu mujer. ¿Para qué tener una amante si no vas a estar siempre en la cuerda floja? Aventuras, querido lector. Mientras tanto…

A la hora del café, Valeria esperaba a Pablo sentada en la misma mesa de siempre. Y como siempre lo esperaba para pedir el café con leche. Abrió el libro que estaba leyendo, y antes de comenzar a leer llegó Pablo, sonriente, jovial, parecía feliz. Se saludaron, él la besó en ambas mejillas y se sentó frente a ella.

¿Sabes? Creo que desde que te conozco no te he visto sonreír como cuando has entrado por la puerta.

Estoy feliz, Valeria. Me siento bien, estoy alegre, no tengo apatía, tengo empatía con todo el mundo. Hasta mi encargado me ha preguntado.

Ja, ja, ja. Estoy igual que tú. Desde que nos dijimos anoche que nos gustamos me siento libre, muy libre, como hacía años y todo gracias a ti, Pablo —dijo mientras lo tomaba de la mano mirándolo fijamente a los ojos. A él le preocupaba que los vieran, ambos estaban casados, pero ¿qué más da? Valeria notó su preocupación y le soltó la mano. Un segundo después él se dio cuenta de su reacción y le cogió la mano.

No te preocupes, sino quieres que te tome la mano no pasa nada, estamos casados.

No, no mujer. A veces soy un tonto y no me he dado cuenta de que te estaba hiriendo —Llegó el camarero y sin soltar la mano de Valeria pidió los cafés.

La miró con dulzura, con una ternura que ni él recordaba haber sentido. Miró la mano blanca y fina , la acercó a su boca y la besó cerrando los ojos. Valeria se estremeció, no de excitación, sino de ternura al igual que él, se sentía querida. Estaban henchidos de ilusión, como hacía años cuando empezaban su relación cada uno por su lado con sus presentes cónyuges.

Tomaron el café en silencio, se miraban con admiración, dulzura y ansias de besarse. Pablo pagó la cuenta, salieron fuera de la cafetería.

¿Dónde has aparcado el coche? —preguntó ella con sensualidad en los labios y la voz.

Un poco retirado, es imposible aparcar cerca de casa a la hora de comer.

Te acompaño —Caminaban uno junto al otro sorteando a los viandantes, se miraban de soslayo, medio sonriendo, alegres de sentirse así. Llegaron al coche. Se miraban, tenían la respiración ansiosa, agitada y nerviosa.

Me tengo que ir a trabajar —miraba los ojos castaños, miraba su boca entreabierta. Él segregaba saliva, sin darse cuenta le tomó ambas manos. Ya no coqueteaban, ya no jugaban como en el chat, ahora se palpaba en el ambiente el ansia de posar los labios en los del otro. Seguía mirándola con las manos tomadas, un instante eterno deseando besar y sin saber cómo. Sabía besar, pero lo había olvidado. Una mano masculina recorrió la espalda femenina parando donde acaba la espina dorsal, la atrajo hacia él, y mirádola a los ojos tomó su rostro con la otra mano y la besó tímidamente. Los labios quedaron pegados, ella gimió en la boca de Pablo y se abrazaron pasionalmente. El beso fue largo, apasionado con un crecimiento de los ardores, pero él debía ir a trabajar. Se despidieron con el sabor del otro en la boca. Y sonriendo Valeria regresó a casa bailoteando como una adolescente y Pablo puso música en el coche que hacía años no escuchaba. Estaban rejuveneciendo al mismo tiempo, volviendo a ser ellos, no un personaje inventado para agradar a nadie.

Los días pasaban en quehaceres cotidianos, los cafés a las tres y media de la tarde los compartían con miradas lisonjeras y cariños gestuales. Los sin sabores de Laura y Pablo iban in crescendo. Laura lo notaba feliz y no sabía por qué, pero tampoco se atrevía a preguntarle. Creía conocerlo, creía tenerlo dominado, no era así. Pablo se había liberado. Por otro lado José Manuel no se enteraba del cambio de Valeria. Sonreía siempre hasta en las respuestas sin sentido y de malos modos de su marido. Todo le resbalaba, estaba disfrutando de su sentir.

Un sábado por la tarde, Laura quería ir al centro comercial a comprar una cosas para los niños, Pablo desechó la idea diciendo que iba a ver el fútbol con los amigos, mintió. Solamente deseaba estar solo en casa. Antes de las cuatro de la tarde lo dejaron solo. Meditó un rato en su sillón y fue a la cocina a hacer café. Mientras esperaba a que cayera el café recibió un mensaje de Valeria: —¿Qué haces?

Me preparo un café ¿y tú?

Estoy sola en casa, muy aburrida.

Yo también estoy solo. Se han ido al centro comercial así que tardarán unas horas. ¿Quieres un café? —pregunto en estado nervioso.

Sí, pero en tu casa no sé. Pero si dices que van a tardar me apunto.

Date prisa, el café está cayendo. Un besazo.

Un besito.

Se colocó los primeros vaqueros que encontró en el armario, se puso una camiseta y bajó corriendo los peldaños hasta la vivienda de Pablo. No llamó al timbre porque la puerta estaba abierta.

¿Pablo? —preguntó temerosa.

Pasa —respondió.

Al verse el pulso se aceleró, se miraron sin saber qué hacer, finalmente al unísono se acercaron y se besaron tímidamente en los labios. Pablo preparó el café de Valeria y fueron a la sala de estar, se sentaron uno al lado del otro en el sofá.

¿Por qué te has quedado sola?

Porque José Manuel ha quedado con unos amigos para una partida de póquer. Hasta mañana no sabré de él. Esas timbas duran mucho tiempo, por eso estoy sola.

Dos solitarios es lo que somos. ¿Quieres un cigarro?

Pues, hace mucho que no fumo, pero sí, dame uno —le dio el cigarrillo, se lo encendió. Compartían café, cigarrillos y charla en un momento donde se podía cortar el nerviosismo con una navaja. Al tiempo, Pablo retiró con cariño el cigarrillo de la mano de Valeria, lo dejó en el cenicero, la miró y la besó en los labios. Ya no había vuelta atrás. Los besos se volvieron apasionados, el abrazo más intenso. Pablo acariciaba la espalda de Valeria, la estrechaba entre sus brazos con ansiedad, la deseaba con sazón. Ella lo apretaba contra su cuerpo, la lengua inundaba la boca masculina, la succionaba con sus labios, estaba disfrutando de la cultura del beso. Él la aprisionó en el sofá, introdujo la mano dentro de la camiseta ascendiendo hasta los senos, los acarició por encima del sujetador, los apretó, Valeria gimió en la boca de Pablo. Se aferró a él con más fuerza. Ella desabrochó con torpeza la camisa de él, conforme lo hacía acariciaba con los dedos el pecho velludo, se excitaba al tocarlo, su humedad crecía. La despojó de la camiseta, bajó besando por el cuello, mordisqueándolo levemente hasta arribar en los senos, allí paladeó y saboreó la miel de la vecina, los libó, los besó y ella, se aferraba al cabello castaño de Pablo. Gemía, introducía los dedos entre el cabello de él, se dejaba hacer, retozaba como nunca, disfrutaba cada beso, cada lametón, cada caricia.

Poco a poco Valeria llegó a la entreperna masculina, desabrochó el pantalón ansiosa, introdujo la mano y allí estaba el miembro viril casi listo. Pablo se terminó de quitar el pantalón, Valeria comenzó a tocarlo, acariciando de arriba hacia abajo y viceversa. Él hizo lo propio con el vaquero de su compañera, al llegar al Monte acarició el clítoris, emanaba un río de placer de aquel Delta despojado de vello. Valeria se tumbó en el sofá, él sabía qué hacer, sobre ella, entró lentamente mirándola a los ojos. Observaba como gemía, como lo miraba, observaba como se movía al ritmo que él marcaba. La llenaba por completo y ella se aferraba a las caderas masculinas pidiendo más con sus gemidos. Pablo le tapó la boca con la suya y besándola ardorosamente llegó el orgasmo femenino. Convulsiones, el río se convirtió en mar y los jadeos pasaron a ser gritos ahogados en la boca del amante del tercero.

Me matas, cariño. No te pares —susurraba Valeria entre jadeos.

Hacía mucho que Pablo no disfrutaba así con una mujer, ni lo recordaba. Tenía la virilidad en el punto álgido, el estrecho interior de Valeria le provocaba el orgasmo bastante rápido, pero él lo detenía. Quería disfrutarla, quería saborearla hasta morir en los brazos de ella, la mujer que lo estaba devolviendo a la vida.

Siéntate encima de mí, por favor —suplicó el bueno de Pablo.

Valeria lo montó y como una amazona se clavó la estaca del cazador de vampiros, se desató, deseaba comérselo, lo cabalgaba con presteza, sentía que la estaca la iba a partir. Montada en su semental sintió una corriente eléctrica desde el coxis hasta la nuca, otro orgasmo llegaba y llegó acelerando, follando como se le antojaba, le daba lo mismo si el pene de Pablo explotaba o se partía, ella quería su orgasmo, buscaba el tsunami que se avecinaba. El tsunami arrasó el vello masculino, lo inundó de la miel divina del sexo femenino. Él se dedicó a besarla, abrazarla, amarla como sabía amar.

Cariño, me muero, no puedo más, es demasiado.

No te preocupes, yo llevo el ritmo —como un amante complaciente la tomó del trasero, lo apretaba y subía la pelvis otorgándole otra sesión de lascivia a la amante del quinto. Ya no gemía, gritaba porque no podía aguantar tanto goce en tan poco tiempo, creía que se desmayaba. Deseaba no, ansiaba que Pablo explotara para poder respirar. La movía lentamente golpeando con el falo al final del útero y ella se retorcía de placer, le arañaba el pecho, se tiraba del cabello porque otra vez llegaba la inundación. Pablo aceleró para llegar con ella al final de la carrera, un poco más cariño, le decía. Y ese poco más llegó inundando el útero femenino de la esencia y la semilla de Pablo. Valeria se mordía el labio inferior al sentir los fluidos de ambos en su ser. Dos orgasmos más le otorgó Afrodita mientras el semen le propinaba el placer pausado de sentir tanta naturaleza en lo más hondo de su infiel ser. Valeria cayó en el pecho de Pablo y éste la abrazó dulcemente.

Eres genial, un hombre de verdad, cariño —alabó Valeria arropada en los brazos de él.

¿Yo? Tú sí lo eres, pequeña mía.

Entre lisonjeras palabras se quedaron uno encima del otro largo rato hasta que la realidad los devolvió a sus miserables vidas.

Los encuentros eran discretos, dos o tres por semana en el mismo hotel de la zona norte de la cuidad, ellos vivían en la zona sur, puede que fueran infieles, pero no tontos. Evitaban a toda costa que los reconocieran los conocidos, amigos o familiares, tan cotillas todos. Parecían dos adolescentes haciendo lo que les venía en gana; en la cama del hotel, en el coche, encima de la encimera de cocina de la casa de Valeria, en el sofá de Pablo, y una después de otra satisfacían sus oscuridades y placeres con el otro. Disfrutaban de lo que nunca habían tenido.

Mientras nuestros protagonistas aderezaban su amor con sexo del bueno, risas y placeres que les habían sido negados por alguna razón; Laura y José Manuel seguían sus vidas sin enterarse de que sus cónyuges eran amantes, bueno, amantes, amigos, cómplices, todo lo que es una pareja, pero no vivían juntos. Sabían perfectamente lo que tenían, parecían conformarse. Hasta que las ganas de estar más tiempo juntos se volvieron insoportables para Pablo. Cada vez que tenía que despedirse de Valeria sentía una gran congoja, no quería dejarla, quería estar con ella. ¿Una pareja era lo ideal? ¿Lo ideal es repetir y repetir y sufrir hasta encontrar a esa persona? Eso si la encuentras. Nuestro amigo Pablo no cayó en la cuenta de que para encontrar a esa persona que te complementa hay que hacer examen de conciencia para descubrir esa parte en nosotros que detestamos porque no queremos ni verla ni saber de ella. Ahí está el problema de nuestros errores amorosos. Pablo deberá verse a sí mismo como un mortal que erra para poder encontrar esa alma gemela, sea Valeria o no. Deberá ser valiente, ya veremos si será un hombre aguerrido o el pelele que hemos conocido desde el principio.

Una tarde al salir del trabajo, Pablo había quedado con Valeria cerca del taller donde trabajaba. Ella lo esperaba en la cafetería y él llegó con el mono manchado de grasa y el rostro cansado.

Pareces cansado, cariño —dijo ella tomándolo de la mano en el justo momento de sentarse.

Sí, estoy cansado, pero no importa, así es mi trabajo —la miraba a los ojos, se veía reflejado en ellos, perdido en la inmensidad de las pupilas de su amante suspiró y sonrió. —¿Me quieres, Valeria?

¿Qué si te quiero? Pues claro que te quiero, tonto mío.

El silencio cortaba el ambiente enrarecido, él la miraba preocupado por los pensamientos de los últimos días y ella lo miraba perdida sin saber por donde iban los tiros.

He estado pensando… Yo no puedo estar sin ti, te necesito, Valeria. Esto que tenemos está bien para un tiempo, pero yo necesito tomar una decisión —explicó apesadumbrado. Ella le dijo lo siguiente:

Lo que tenemos es perfecto, Pablo. Tú tienes tu vida, yo tengo la mía al lado de José Manuel, y cuando podemos unimos nuestras vidas de una manera preciosa y amorosa. No necesito tomar ninguna decisión. ¿Tú sí?

Yo sí, yo sí necesito dar un paso adelante o atrás. Algo debo hacer. Te quiero, te quiero, nunca he conocido a nadie como tú, detesto a Laura, estoy pensando en dejarla, no aguanto más esa farsa.

Me parece muy bien, si debes hacerlo, hazlo. Seguiremos igual, nada cambiará entre nosotros si dejas a Laura.

Si yo la dejo ¿seguirás con él?

Ahí viene la respuesta afilada con la piedra del Monte del Amor. ¿Qué responderá?

Claro que voy a seguir con José Manuel. No le quiero, pero ¿para qué dejarlo? Lo tengo todo en él y contigo tengo el amor verdadero, la pasión, el respeto, la complicidad.

Entiendo, debo irme. Luego te mando un mensaje —dándole un beso en la mejilla se marchó por donde había venido.

Él necesitaba pensar en la conversación, necesitaba estar solo, pensar y repensar en que Valeria no pensaba dejar a su marido. ¿Por qué? Si no lo ama, se preguntaba mientras conducía con un cigarrillo entre los labios.

Aquella noche no mensajeó a la amante, ni en los días posteriores. Lo llamaba, le mandaba mensajes que él ignoraba. Evitaba cruzarse con ella en el portal.

Pasado un mes desde la conversación una vecina del primero lo vio acarrear una maleta, la vieja le preguntó si se marchaba y él dijo: —Para siempre, señora. Esa misma tarde la vieja coincidió en el ascensor con Valeria y le contó el chisme. Esa noche lo llamó, pero no obtuvo respuesta. La desilusión, creyó que ella no lo quería, o quizá sí lo quería, aunque no como él a ella. ¿Por qué exigimos al otro que nos ame como nosotros lo amamos? ¿Por qué no dejamos fluir al otro? Somos egoístas cuando amamos, por eso repetimos y repetimos con el mismo perfil de pareja una y otra vez. Estamos encerrados en nuestros traumas y recuerdos al igual que Pablo.

No la olvidó. ¿Cómo olvidar a esa mujer que lo hacía sentir tan libre? Pero él no la hizo sentir libre aquella tarde en la cafetería, la hizo sentir presa del amor de él. Pasó un año y seguía pensando en Valeria, pensaba en su sonrisa, en el color de sus ojos, pensaba en las curvas femeninas cuando lo montaba; para él era imposible olvidarla. Ella insistió unos meses en contactar con el amante, no obtuvo respuesta ni explicación del porqué desapareció. Valeria continuó con su vida, Pablo rehizo la suya como pudo, en solitaria compañía.

Una tarde de sábado paseaba Pablo por un centro comercial, miraba los escaparates, se había dejado barba y el pelo más largo, poco se parecía al Pablo de un año antes. Justo a su lado mientras miraba que comprar para los Reyes de sus hijos, Valeria pasó a su lado del brazo de un tipo que no era José Manuel. ¿Habrá dejado por fin al profesor? ¿Será ese tipo su nuevo amante? Agachó la cabeza consciente de su impaciencia para con ella. Asumió su derrota por enjaular al gorrión y este murió al encerrarlo contra su voluntad.

Pasaron los años, Pablo conoció a una mujer, joven, todavía era estudiante de filosofía, él había aprendido a dibujar y pintar, se le daba bastante bien. Solía pintar en un parque con el Sol en la testa. Allí conoció a Sandra, la estudiante. Pronto se fueron a vivir juntos al piso de Pablo, y más pronto aún concibieron un niño moreno de cabello rizado.

Una tarde de domingo, Pablo, Sandra y el pequeño jugaban en el parque, el niño se tiraba por el tobogán y la familia disfrutaba. Una mujer se sentó en un banco próximo al jardincito infantil. Comía pipas, las palomas se le acercaron, miraba a la pareja con el niño, sonreía al verlos disfrutar, sonreía al verlos felices. El pequeño le parecía guapísimo, pero al cruzar una mirada con el padre, aunque tuviera barba y el cabello más largo reconoció la mirada intensa de Pablo. Sonrió porque la vida es asombrosamente hija de perra. Se sintió feliz por él, era lo que buscaba, la felicidad al lado de alguien. Se levantó del banco y siguió su camino.

Domingo, once de diciembre de dos mil dieciséis

Región de Murcia

Pedro Molina

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