Sinfonía de carretera

«Aquella mañana era soleada y fría, típica mañana de primavera en aquel cerro. Salí al porche con una taza de café en la mano, mientras bebía tenía la mente no sé donde, miraba mi coche, un viejo coche de la General Motors, rojo, con un motor potente con la tapicería desgastada y roída. Tenía una lista de recados para hacer, no muy larga, pero debía hacerlos.

Monté en mi viejo coche, arranqué y me dispuse a conducir por el pedregoso camino hacia la carretera que rodeaba la montaña. Por aquella carretera solía haber poco tráfico, el asfalto estaba descuidado; aquella parte de Chile estaba dejada de la mano de Dios y de los hombres, pero era un buen lugar para vivir si deseabas soledad y naturaleza. No tenía vecinos en dos kilómetros a la redonda. Llegué a la gasolinera más cercana, a unos siete kilómetros de mi desvencijada cabaña. Eché gasolina, compré un paquete de bud´s muy frías y un cartón de cigarrillos americanos. Me dirigí al norte, en una hora estuve en la capital del país, Santiago de Chile. No me gustaba ir al centro, me quedaba en las afueras donde estaba la acción que necesitaba. Aparqué en la puerta de una ferretería…

Hola, señor Haze, ¿qué se le ofrece? —me preguntó el ferretero. No había ningún cliente en la tienda, no parecía irle muy bien el negocio, pero el dueño tenía cara de ser un hombre feliz. Lo que me gustaba de aquella gente es que vivían con poco y eran felices, no son como los europeos.

Buenos días. Voy a necesitar abono natural, un par de guantes de trabajo y comida para perros, gracias Wilson.

Fue a buscar el pedido, pagué en efectivo y me largué. Dejé lo que compré en el asiento trasero del coche y fui a tomar algo al bar anexo a la ferretería.

A las diez de la mañana no había mucho movimiento en el bar, no era una cafetería donde sirven café, era un bar de borrachos. Al entrar la penumbra abrió mis ojos como a un felino, se adaptaron rápido a la semioscuridad. Ni música, ni limpieza, ni nadie agradable. Los clientes me miraban como si fuera un bicho raro, aunque el camarero me conocía de servirme de vez en cuando. Me senté al final de la barra, conmigo había cinco tipos en el bar, con el camarero seis.

Buenos días, ¿qué va a tomar?

Una cerveza, por favor —Saqué mis cigarros americanos, encendí uno y esperé mi cerveza. El tipo más próximo a mí miró la cajetilla de cigarrillos, así que le ofrecí uno, casi al instante tuve que regalar cinco cigarrillos más, el efecto contagio, ya saben. El bar tenía tres o cuatro mesas, la puerta se abrió, la luz me cegó al mirar hacia la entrada. Al cerrarse la puerta detrás de la figura que entró vislumbré a una muchacha menuda, se notaba que no tenía ni dieciocho años, pero era más guapa que cualquiera de los estábamos allí. Se sentó a una mesa, el camarero le sirvió una cerveza como la mía. La miré de soslayo, llevaba un vestido corto de flores, tenía el pelo largo, rizado, muy negro, su piel era de color caoba, igual que sus ojos, entre miel y caoba. Nunca me han atraído las mujeres rellenitas, pero aquella chavala estaba estupenda con sus dos o tres kilos de más. Bebió el primer trago de su cerveza muy despacio, tardó en tragar el líquido, sus labios aprisionaban el cristal del vaso de medio litro, parecía como si lo adorara o no quisiera soltarla.

Nuestras miradas se interceptaron, encajaron justo cuando el movimiento del cuello giraba en la dirección deseada, nuestros ojos. Tenía la mirada ardiente, en ese instante recordé Lolita, sí, Lolita, del escritor ruso Nabokov. Nínfula, nínfulas, pubescentes o pre adolescentes llenas de fuego y pasión, niñas adelantadas a su edad, conquistadoras de hombres maduros, conquistadoras de los deseos más oscuros para conseguir sus fines. Las nínfulas son como las Nereidas de la mitología griega, es imposible escapar a su belleza, te atrapan, te seducen hasta conseguir de ti lo que quieren. Seguimos mirándonos eternamente, los segundos parecían horas y los minutos días enteros. Apuré mi cerveza, la pagué y me largué del bar echando una ojeada a la joven de mirada seductora. La luz del sol me cegó, saqué las gafas de sol del bolsillo interior de mi cazadora gastada de cuero barato, la compré en un mercadillo cercano. Entré en el coche, antes de arrancar el motor, la adolescente estaba en la puerta del bar mirando hacia mí, los rayos del sol realzaban su figura, estaba rodeada de un aura de luz casi celestial, no recuerdo lo que hice, no sé si la llamé con un gesto, pero de repente estaba frente a la puerta del acompañante del coche, le abrí la puerta alargando el brazo derecho. Entró y arranqué. De reojo miraba furtivamente sus muslos, se subió el vestido al entrar en el coche, quería que la viera, quería que la deseara, y la deseaba, aunque no me sentía excitado. Al tomar la carretera de la costa me miró, no hablábamos, solo estábamos en el mismo coche, no sabía que iba a pasar, lo intuía, pero no lo sabía, ni quería saberlo, la vida es una aventura maravillosa que hay que descubrir, siempre me he dejado seducir por los acontecimientos de mi vida.

¿Quieres una cerveza? —le pregunté.

Sí —respondió con voz aterciopelada, cantarina.

En el asiento de atrás hay un paquete de cervezas.

Se deslizó como una pantera al asiento trasero, volvió a la posición inicial, abrió la lata y bebió, se le derramó un poco por el canalillo, lamió sus labios con la lengua.

¿Quieres? —me preguntó.

Asentí y me dio ella misma un sorbo.

Dejó la lata en el posavasos del salpicadero, me miró, ronroneó no sé qué, se acercó a mí, besó mi oreja izquierda, su mano agarró mi entrepierna, la apretaba suavemente, seguía mordisqueando mi oreja, y sí, ahora sí me sentía excitado, estaba muy cachondo, la verdad. Bajó la cremallera del vaquero, introdujo su diminuta mano, comenzó a masajearme, cerré los ojos un segundo y cuando los abrí vi un claro en la cuneta y aparqué el coche allí, a plena luz del día. En ese momento me daba igual, la excitación tenía mi cabeza embotada, como si la sangre no recorriera las cañerías de mi cerebro. Al apagar el motor comenzamos a besarnos, ¡que bien besaba la condenada! Su lengua inundaba mi boca, en esos momentos mi polla estaba a punto de estallar, toda mi sangre estaba ahí abajo. La sacó, la movía lentamente, no cesábamos de besarnos, de devorarnos la boca. Acaricaba sus pequeñas tetas, me montó con sumo cuidado sin despegar nuestras bocas, de repente se la introdujo, gemió en mi boca al sentirme abrirla como si de un capullo de rosa se tratara. Se movía lentamente, saboreando mi virilidad, su vagina atrapaba la picha, la succionaba, la ordeñaba con maestría. Al son de la cabalgada sus pezones estaban en mi boca, los besaba, los lamía, los mordía y con más fuerza me follaba, se estaba volviendo loca. Cuando le apretaba el culo con todas mis fuerzas noté que se corría y su lluvia inundó mis muslos, fue una delicia sentirla tan húmeda y excitada. No la dejé parar, quería darle lo que vino a buscar. Cogí el relevo, la movía desde su culo, la llevaba a mi antojo porque deseaba darle mi orgasmo. Nos mirábamos, sus labios carnosos estaban hinchados, tenía el cabello alborotado, sudaba, sudábamos y seguimos besándonos con fiereza. Antes de llenarla de mi hombría pensé en la luz nueva que veía ante mis ojos, hacía mucho que no tenía sexo tan fuerte, tan rabioso.

Dámelo —me susurró al oído.

Siempre me ha puesto a cien que me pidan en susurros mi esencia a borbotones. Sin parar de devorarnos aceleré su cuerpo y ¡zas! me corrí en su vagina bestialmente, bufé, grité, me abrazó delicadamente y me dejé en sus brazos».

Me siento un poco celosa.

No debes estarlo, Fran, tú y yo no somos pareja.

Lo sé, pero tengo celos de esa joven, te la follaste y te sentiste mejor que nunca, ¿verdad?

Me sentí bien, me sentí libre. Y me gustó —dije mientras acariciaba su cabello dentro de aquella enorme bañera en la casa de mi acompañante.

Fran, Francesca, estaba casada y tenía dos hijos, un niño y una niña, y un marido que no la satisfacía como ella deseaba.

Somos amantes y somos amigos, compartimos mucho, y eso no va a cambiar…, por lo menos por mi parte —expuse para calmarla un poco.

Eres todo un caballero, es imposible que me enoje contigo; a veces, como ahora, me enamoras por momentos —Con esas palabras se dio la vuelta y me besó, me besó con mucha fuerza y pasión, dando paso al goce prohibido en aquella bañera en el límite de la tarde.

Esa noche regresé tarde a casa, Fran y yo cenamos juntos, estábamos solos por alguna razón que no me importó en ese momento. Mi perro, Maxi, me esperaba meneando el rabo, es lo mejor de tener un perro, te espera y cuando vuelves te contagia su alegría, su fidelidad es totalmente incondicional.

Cruzarme una vez a la semana con mi amante juvenil sin nombre se convirtió en costumbre, nos veíamos en el bar y salíamos juntos en mi coche, y en una cuneta le dábamos al asunto. Estuvimos así un tiempo, tenía un coño muy prieto, era muy difícil contener la eyaculación en aquella vagina tan succionadora y tan estrecha.

¿Cómo te llamas? —le pregunté una mañana después del sexo.

Manuela, ¿y tú? —La chica tenía una manera abrumadora de afrontar las cosas, no se justificaba por nada, ni se excusaba, simplemente se dejaba llevar, me parecía sumamente atractiva su forma de ser.

Me llamo Aníbal. ¿Tienes que volver pronto a casa?

No, ¿dónde me vas a llevar?

Venimos a esta cuneta todas las semanas, echamos un polvo o dos, bebemos cerveza, casi no hablamos y te llevo de vuelta a la ciudad. Me gustaría invitarte a comer.

Me encantaría, Aníbal. Ah, no te lo he dicho, no te preocupes por correrte dentro, enfermé de niña y me vaciaron, no puedo tener hijos.

Aquello provocó que mi corazón diera un vuelco, me sentí mal por ella, tan joven y estéril por una enfermedad. Me abstuve de preguntar más acerca del tema. Arranqué mi viejo coche en dirección a mi casa.

Llegamos a casa, después de los saludos de Maxi hacia nosotros pudimos entrar. A Manuela le gustaban los animales, no paraba de acariciar a Maxi, y el perro se lo pasaba pipa con ella, era buena niña. Manuela se empeñó en hacer la comida, me echó literalmente de la cocina; mientras me tomé un par de cervezas sentado en una vieja hamaca en la puerta de casa. Comimos, bebimos más cerveza. La miraba sentada frente a mí con aquel vestido de flores, sudábamos, hacía calor, le brillaba la piel por el sudor, su mirada era tan excitante y sensual que mi mente estaba siendo inundada de imágenes de no sé cuantos rombos*. (* Calificación del cine de adultos en España durante el franquismo).

¿Qué te apetece hacer? —le pregunté sabiendo más o menos que quería.

Me apetece hacerlo en tu cama, el coche está bien, pero quiero en la cama —Acto seguido se levantó y se sentó en la mesa, puso sus pies en mis rodillas, y uno de ellos viajó hasta mi entrepierna, frotando el pequeño pie ahí abajo por encima del vaquero. Yo, acariaba el pie hasta el tobillo, siempre jugábamos y esa vez el juego fue más excitante. Mi mano subía despacio, mientras Manuela mordía su labio inferior y masajeaba con su pie mi crecido paquete. Mi mano llegó al interior de los muslos, la piel era suave, se erizó y sonreí. En aquel momento me levanté y la tomé en volandas hasta mi dormitorio. La dejé en el suelo, de pie, tan menuda, tenía las carnes apretadas, y mientras nos devorábamos por la boca. La apretaba contra mí y la alzaba un palmo del suelo. La empotré contra la pared, la sostenía en el aire, me abrazaba con fuerza y sus piernas me rodeaban por la cintura, con un movimiento maestro saqué mi espada y la clavé con bestialidad con toda la fuerza que reuní. Así era mi relación con Manuela, una bestialidad.

No estaba enamorado de Manuela y mucho menos de Fran. Creo que nunca me he enamorado. Solo necesitaba cariño momentáneo, sentir el calor de la hembra a mi lado antes, durante y después del sexo. Creo que nunca he hecho el amor follando, pero sí lo he hecho con la mirada, caricias y palabras lisonjeras para hacerlas caer ante mí. Me veo como un dios, me veo como Dionisos o Apolo provocando orgasmos y ríos de lava pasional entre los muslos de mi amante, solo son muescas en mi revólver, solo eso.

Si yo quiero te puedo volver loco de amor por mí —me dijo Fran en uno de tantos encuentros que tuvimos. Esa vez no fue en su casa, fue en la mía. Yo recolectaba patatas y ella apareció en su camioneta con verdura y carne para hacer de comer.

No me vas a volver loco de nada por ti, no te preocupes, yo controlo —expuse alcanzando el paquete de Lucky Strike de la mesita de noche, lo encendí y dije:

No me enamorado nunca, el amor que tengo es para mis letras, sean buenas o no son las únicas que siempre están conmigo.

Bueno, si no me gustaras no estaría aquí contigo. Creo que me gustas demasiado, más de lo que me puedo permitir.

A lo que yo respondí:

No lo hagas, no te lo permitas. No somos pareja ni lo vamos a ser, solo somos dos adultos que se atraen y se lo pasan bien follando y hablando. Si tu marido supiera follarte como deseas no estaríamos aquí hablando de esta gilipollez.

¿Te parece una gilipollez esta conversación? No me hagas daño, Aníbal, no seas cruel conmigo.

No soy cruel, digo la verdad, Fran. Nos gustamos sí, nos atraemos sí, somos dos personas infieles que han tenido la suerte de encontrarse para compartir sus desdichas y fluidos. Me encanta tu belleza oriunda de aquí, me pone como una moto tu manera de ser, de hablar, tus gestos, mira…—le dije apuntando al falo, estaba duro como una piedra, estar hablando así con ella me excitaba. Y claro, le dimos un buen rato al asunto. No se podía desperdiciar aquello.

Estuve en Chile como tres años, tiempo suficiente para intentar escribir algo para publicar, pero nada de lo que escribía merecía la pena, estaba acabado, eso creía yo. Quizá la soledad me había vuelto un ermitaño, pero más follador que nunca, más alcohólico. Necesitaba un maldito cambio de vida y actitud. Fran estaba bien, era una amante cojonuda, pero necesitaba llenar la casa de algo o alguien más. Así que invité a Manuela a vivir conmigo, aceptó. Fue un año maravilloso, vivir con alguien más joven da vitalidad y sentido a la vida. Durante ese período escribí mucho más que en los dos años que estuve en el país sudamericano. Supongo que fue por la compañía de Manuela; el sexo desenfrenado, su ignorancia infantil me encantaba y yo, intentaba enseñarle todo lo que sabía. Al cabo de un año ya era una mujer y quería saber más y estudiar. La animé a ir a la ciudad y matricularse para el examen del título escolar. Creo que hice un buen trabajo con ella, no soporto la ignorancia perpetua durante mucho tiempo a mi lado. Una vez estuvo preparada me largué de allí. Huí sin mediar palabra una madrugada bastante fría. Arranqué el coche y me largué a toda pastilla por el camino de tierra. Dejé a Maxi al cuidado de Manuela, habría sido una crueldad dejarla totalmente sola.

Jueves, veinte y nueve de diciembre de dos mil dieciséis.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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4 comentarios en “Sinfonía de carretera

  1. ~…Aníbal, empieza con una gran metáfora… nos lleva a viajar a la tierra de las letras del fuego, de los movimientos telúrico, sin perder la 《Magia Sexual de sus Libertades》nos envuelve en el crecimiento de los personajes y el placer de Haze, no sólo se basa en tomar un cuerpo, si no hacerlo crecer a través de la experiencia el placer y la sed de conocimiento… La metáfora del título como el relato, no deja indiferente a los menaje entre~líneas de un escritor que buscas siempre, experimentar, Vida y Placeres… Grato relato, con buenas críticas cotidianas y buenas referencias de libros como la de “Lolita”… Un placer leer más de tus sinfonías y caminos! ~_~.♡

  2. Me gusta no sólo es sexo, es querer complementarse en alguien más en todos los sentidos pero aún no la en encuentra, me encanta Anibal. No dejes deescribir

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