Heridos VI

La lluvia cesó de golpe, las inundaciones colmaban los telediarios, los desperfectos materiales fueron muchísimos y algún que otro desaparecido en las riadas. Durante ese mes lluvioiso la vida de Marcos se agitó con la pasión de Helena, el amor nació fuertemente en ambos, pero cada cual lo sentía a su manera. El noviazgo con su hijo Carlos tambaleó la idea de Marcos de tener algo más que sábanas con la morena peinada al estilo francés. La noticia del casamiento de los jóvenes fue acogida por la familia de buen grado y con júbilo por Eloísa, la madre y mujer. Por otro lado Marcos se emborrachó aquella noche maldiciendo el día que conoció a Helena y mucho más maldijo el día que engendró a su anodino hijo. Los celos lo reconcomían, deseaba matar a Helena con sus manos, estrangularla como a Desdémona, así aniquilaría de raíz el dolor insoportable en su alma. Aunque por otro lado Helena le dijo en una ocasión que la única manera de estar con él era casándose con Carlos. Pero Marcos no quería compartirla con nadie, odiaba pensar que otro hombre la tocara, la besara, la penetrara. La quería poseer solo él; ella le contó su historia, él sabía que ella despreciaba la posesión y que era incapaz de amar a un solo hombre, él estaba ciego en su empeño de tenerla para él solo. ¿Y quiénes somos para poseer a nadie y pedirle exclusividad y menos aún fidelidad? Eso no se compra con un buen polvo y cariño, se gana día a día. La vida no es tan fácil, señores.

Con un pequeño bocado en los labios Helena se despidió de Nick, el inglés de boca empiñonada y pantalones de tweed. No hicieron el amor, pero el sentimiento estaba ahí. Hablaron de la marcha a Escocia, Helena quería huir, quería marchar y que los dos hombres la olvidaran, pero…

—Estoy harta de huir, Nick. Quiero hechar raíces, quiero formar una familia y olvidarme de mi pasado. Deseo ser una mujer normal con un marido abnegado, una casa, hijos y una posición. No iremos a Escocia, me quedo, me casaré con Carlos —expuso con palabras convincentes.

—¿Estás segura? ¿Qué vas a hacer con Marcos? —preguntó el amigo, preocupado, tomando las manos de la joven morena en el quicio de la puerta de su apartamento.

—Ay, Marcos, mi dolor de cabeza, la pasión en el hombre maduro. Lo amo, Nick. No voy a poder dejarlo, mi felicidad está en amarlos a ambos. Cueste lo que cueste. Me tengo que ir.

Se despieron con otro beso de amor antiguo. La vio perderse por la calle entre la muchedumbre bañada por el sol.

Acercábase la fecha de la pedida de mano, mientras tanto Marcos atendía su negocio acaudalándose cada día más. Y Eloísa, ay, cuan incauta era, pobre mujer. Ignorante de todo lo acaecido entre su marido y su futura nuera agasajaba al hombre en cuidados y sexo. Desde la vuelta de Marcos de Japón la intensidad marital había crecido casi un cien por cien. Los amantes no habían vuelto a verse desde la noche que regresó el empresario, tampoco volvieron a comunicarse.

Una llamada, una voz al aparato, otra voz, masculina, al otro lado de la línea; el viernes próximo cenaría toda la familia en la mansión de Eloísa y Marcos para que Carlos pidiera formalmente la mano de Helena. La futura prometida, al no estar en contacto con su padre, sería Nick el encargado de prometerla en matrimonio.

En la cercanía de la firma del contrato matrimonial Carlos y Helena pasaban la noche en casa de la joven morena. En la cama el cornudo se acercó a la infiel, la acarició con los labios en la nuca, la abrazó y ella, en señal de gratitud sonrió, acarició sus manos y bajando una de sus manos llegó a tocar el miembro viril, lo acarició despacio hasta ponerlo en guardia. Se dio la vuelta, lo montó a horcajadas y le susurró que se zambullera dentro de ella. Le otorgó a Carlos un goce distinto, sintióse dichoso por la plenitud sensual, lo agasajó de cariños y movimientos felinos hasta que él derramó su esencia en el ser de Helena. Luego, como en todas las incursiones sensuales se bañó. Con Marcos nunca se bañaba, dejaba en su piel la impronta del sexo recién hecho. ¿Le tendría asco al pobre Carlos?

Marcos tenía que salir fuera de la ciudad un día y una noche por trabajo, no iría solo. Su secretaria Candela lo acompañaría para atender la oficina desde el ordenador portátil vía Internet; y cómo no, para tomar notas e informar de todos los movimientos comerciales de la competencia. Candela, aparte de ser secretaria estaba curtida en los negocios y Marcos confiaba en ella. Él siempre viajaba solo, pero desde el regreso de Tokio necesitaba compañía, se sentía deprimido por el comportamiento de la amante y porque como ya sabemos ella iba a ser su nuera, y él no podía hacer nada para impedirlo, no porque él no lo deseara, sino porque Helena no quería que hiciera nada. Pensó en la compañía sosegada y silenciosa de Eloísa, pero la desechó porque debía atender la casa y a la adolescente Carlota. Tampoco es que lo ilusionara estar con su mujer en plena faena laboral, fuera de la mansión y de las relaciones de familiares y amigos no le gustaba estar acompañado de su esposa.

La noche antes de salir de viaje Marcos estuvo esperando dentro de su Mercedes 500 a que su hijo saliera de la casa de Helena, hasta la una de la madrugada estuvo. Desistió porque Carlos no aparecía por la calle para regresar a su piso de soltero. Desilusionado, cansado de esperar arrancó el motor y se marchó. Mientras conducía pensaba si Helena había decidido dejarlo en favor de su hijo, pensaba si ella jugaba con él o con los dos, cavilaba por qué una mujer podía ser tan cruel con un hombre. «¿Por qué dijo que era incapaz de amar a un solo hombre? ¿Por qué necesitará amar siempre a dos como me dijo?». No le apetecía llegar a casa en ese estado colérico, no quería que su mujer lo viera así; entre cavilaciones decidió hacer escala en un prostíbulo de carretera. Desviose hacia la autovía del norteste y en la salida 80 salió de la carretera para incorporarse a la vía de servicio donde una ristra de chicas de todos los colores esperaban a un cliente con los bolsillos llenos de oro. Estacionó el coche, respiró hondo, discurrió, recordó la última noche con Helena. La crudeza conque la folló, deseaba estrangularla con la picha dentro, pero no lo hizo. Se maldijo por su cobardía.

Entró al local, la música latina, las luces de colores, los clientes, todo el compendio estaba servido en lo que podría ser una bacanal o una desilusión. Acodado en la barra pidió un Cardhu con hielo, en un santiamén llegó la primera chica, la segunda, la tercera, hasta una cuarta desechó. Lo miraban extrañadas, ¿cómo un hombre como ese tan bien plantado y con apariencia de tener dinero no quería entrar con ninguna? Cuando iba por el segundo whisky vio acercarse a una chica muy parecida a Helena, o quizá él proyectaba la imagen de la joven morena en la prostituta. La llamó mediante una seña, la invitó a tomar una copa, rieron, ella le hacía carantoñas, le daba besitos en los labios, le magreaba el paquete, hasta que Marcos asqueado de la conversación vacía y sin sentido que mantenía con ella le agarró la mano retirándosela de su entrepierna. Acabó el Cardhu y salió por la puerta como alma que lleva el diablo. Marcos se sentía tan vacío y deprimido que cualquier situación podía encolerizarlo. Condujo a toda velocidad hasta casa, puso a prueba la potencia del Mercedes.

Antes de levantarse para comenzar el día viajando folló con saña a Eloísa, quizá quisiera descargar su ira en la vagina de su esposa, y lo consiguió. No hay como una vagina conocida para resarcirse, ¿verdad? Desayunó en compañía de la compañera incondicional, la besó en la frente y los labios y maleta en mano puso el motor en marcha para recoger a Candela en la puerta de su casa. A las ocho en punto la secretaria accedió al habitáculo del vehículo, se saludaron cortésmente y se dirigieron al lugar de las intensas reuniones de trabajo en una ciudad del sur. Pararon unas dos horas después, tomaron café y siguieron la ruta prevista. No hablaban mucho, solamente algún comentario de trabajo o de la circulación en la carretera. Muy poco sabía Marcos de su empleada y ella lo mismo de su jefe. Mientras conducía pensaba en Helena, en su blanca piel, en el color carbón de su cabello, en sus labios rojo pálido, en las arrugas de la risa alrededor de sus ojos, en las curvas meneándose como gatita encima de él, pensaba en su dentadura perfectamente alienada y blanqueda cuando le mordía un dedo.

Unodós unodós*, dosuno dosuno, atrás, adelante, adelante, atrás. Marcha uno, marcha dos, mirada a la derecha, mirada a la izquierda, cambio de emisora de radio.

—¿Fumas? —preguntó Marcos a Candela.

—Sí.

—¿Te importaría encender dos?

—Claro que no —afirmó ella decidida.

Fumaban, charlaban sobre la marca de cigarrillos que ambos fumaban.

—¿Has estado alguna vez en Córdoba? —preguntó él.

—No, aunque por lo que he visto en fotos es preciosa.

—Lo es, te encantará. Aunque vamos por trabajo, pero si tenemos un par de horas daremos un paseo si no te importa.

—No me importa —dijo Candela mirando a Marcos.

A la hora de comer llegaron a Córdoba, comieron en el restaurante del hotel.

—A las cuatro nos reunimos con el cliente. Tú serás la encargada de presentar los productos en el proyector. Yo observaré las caras de los clientes. Los llamo clientes aunque no lo sean todavía. Es mi manera de familiarizarme con ellos y ser más cercano —expuso mientras cortaba el entrecot de ternera de su plato.

—Vale, tengo estudiado todo el catálogo y nuestra manera de operar. No te preocupes lo haré bien.

La miró con aprobación, incluso con respeto. Marcos siempre respetaba a sus empleados, sabía muy bien que eran parte primordial para que su empresa funcionara a la perfección.

La reunión fue un éxito, los futuros clientes quedaron prendados por la presentación y la calidad de los cítricos y hortalizas. Al día siguiente irían a las instalaciones de los clientes. Marcos no trataba con cualquiera. Quería que los compradores trataran la mercancía con el mismo mimo que él en su empresa.

—Esta noche cenamos juntos, Candela. Tenemos que celebrar que hacemos un buen equipo —Ella sonrió, nunca la habían felicitado por su trabajo con una cena.

—Voy a mi habitación a ducharme y echarme un poco, estoy bastante cansado. A las nueve nos vemos en el recibidor del hotel.

Se despidieron al llegar al hotel, cada uno se dirigió a su habitación.

Mientras tanto, en Murcia Helena trabajaba y hacía el amor con Carlos. Pareciera que quería desgastarlo a base de sexo, atontarlo o enamorarlo aún más para que no sintiera cuando su coño fuera penetrado por el pene de Marcos. Y entre plato y plato del menú veía a Nick, tomaban café, se confesaban y vuelta a empezar.

Marcos llegó al encuentro con la secretaria, Candela ya estaba esperando.

—Vamos a un restaurante aquí cerca que se llama Bodegas Mezquita, es de comida tradicional cordobesa —dijo muy cortés. Candela inició el paso.

Candela hablaba poco, estaba metida en su caparazón o zona de confort. Había vivido demasiado para dejarse llevar por la buena educación o la cortesía. Con la única persona con la que se abría completamente era con su amiga Julia. Paseando llegaron al local típico andaluz. Entraron. La mesa estaba reservada, a Marcos le gustaba salir siempre con la mesa reservada, poco juego a la sorpresa dejaba el empresario. Pidieron salmorejo de cereza de manzana y queso cordobés de primero, de segundo churrasco para cada uno y vino tinto de acompañamiento. Como sucede siempre que se come el cuerpo y el alma se relajan. Candela se retrepó en la silla cómodamente, charlaban distendidamente. Después de la cena y el postre, a Marcos se le ocurrió tomar algo en la cafetería del hotel. Llegaron caminando, pero mucho más relajados y habladores que una hora antes. Marcos pidió una botella de champán francés, Candela se sintió halagada, preñada de agasajos por un día cansado, pero muy satisfactorio laboralmente.

—Espero que te guste el champán —dijo el empresario.

—No lo he probado nunca, siempre he tomado cava.

—Entonces es tu primera vez. Brindemos por nuestro éxito, Candela —propuso él mirando a su acompañante directamente a los ojos.

Marcos pidió que les llevaran la botella y las copas a la terraza, deseaban fumar. Charlaron sobre el día siguiente, hablaron de cerrar el negocio y marcharse a casa lo más pronto posible.

—¿Cuánto tiempo estás trabajando en la empresa? —preguntó él.

—Casi un año.

—¿Estás a gusto? ¿Existe algo que desees cambiar en tu trabajo?

—No, todo es perfecto. Antes era funcionaria, pero lo dejé por la monotonía del trabajo. Estoy muy feliz trabajando contigo —dijo apurando su copa.

Acto seguido Marcos rellenó la copa de Candela y la suya propia. La relajación dio comienzo a más complicidad, hacía mucho que Candela no se «abría» así en una conversación con un hombre, y menos aún con su jefe.

El tiempo pasó sin que lo advirtieran…, estaban muy cómodos.

—Es muy tarde. Vaya, he perdido la noción del tiempo —dijo Candela sorprendida al mirar su teléfono móvil.

—Sí, es muy tarde. ¿Nos retiramos? —preguntó mirando su móvil. Tenía cinco llamadas perdidas de Eloísa. Lo tenía en silencio desde la reunión y había olvidado mirarlo. —Y encima tengo cinco llamadas de mi mujer. La he olvidado por completo.

Guardó el teléfono para llamar a su esposa desde la habitación.

—Hemos estado a gusto. Eres un caballero, Marcos —halagó admirando al hombre tan varonil que tenía enfrente.

—Sí, lo hemos estado. Ha sido un placer y más aún es un placer tenerte en mi equipo. Vamos a descansar que mañana tenemos que levantarnos temprano. A las ocho de la mañana nos vemos aquí mismo, desayunaremos e iremos a las instalaciones del cliente —La miró, no había reparado en los ojos color ámbar de la secretaria.

—¿Vamos? —invitó Marcos levantándose. Candela se levantó y él le puso el abrigo por encima de los hombros. Ella lo agradeció sonriendo muy cómoda.

Se despidieron en el ascensor con un cálido beso en ambas mejillas. ¿Es posible que alguno de los dos sintiera el calor del beso más cerca de los labios? ¿Deseaban besarse y acabar la noche en la alcoba? Esta noche no lo sabremos, quizá mañana.

*: Guiño del autor a la novela La naranja mecánica del escritor Anthony Burguess.

Continuará…

Si deseas leer la entrega anterior de Heridos por pincha aquí

Viernes, treinta de diciembre de dos mil dieciséis.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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5 comentarios en “Heridos VI

  1. Leer~te con un compás interno, sintiendo~… “Unodós unodós*, dosuno dosuno, atrás, adelante, adelante, atrá…” darle la vuelta a las ajugas del reloj, al revés… para vivir las letras Sr. Molina!

    A veces las palabras engullen se tragan con Vino y Sabores. Muy buen relato!

    PD. Desde el inicio tiene aroma a lluvia..《delicioso》rocio el de tus escritos…! ~_~.♡

  2. Increíble la manera en que atrapas al lector, siempre algo inesperado, nuevos personajes que enredan más la historia y mi corazón palpitante pensando ¿cómo terminará este amor? Genial Pedro!

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