Juan y la luna

La luz de la luna entraba por la ventana de la alcoba, mecía el tiempo en la solemnidad de sus miradas. Como en una burbuja Dania iluminaba la estancia recostada en el calor del pecho de su amado Juan. Dania siempre amó a Juan desde la primera vez que lo vio siendo un niño. Él la descubrió colgada en el cielo una noche de verano entre los brazos de su madre. Le preguntó qué era aquel círculo blanco. Aquella circunferencia casi perfecta, bella, asombraba la niñez del pequeño Juan.

En su pantalón guardó durante años la foto que realizó de Dania con el telescopio de su padre. La muerte se llevó al padre en plena adolescencia, y le dejó aquel enorme artilugio para vigilar a los seres de otro planeta, eso le decía entre dientes cuando «perdió» la cabeza.

Con los años Juan aprendió a comunicarse con Dania, en la oscuridad a través del cristal la observaba iluminar todo lo que sus ojos veían.

Luna-Dania nunca quiso enamorarse desde que la maldición la convirtió en Astro. Guardaba su candor de los ojos del mundo, sólo se iluminaba para él cuando más la necesitaba. Como humana Dania se enamoró de manera terrible de un hombre, del que nunca tuvo que enamorarse, pero así es el amor. Amó al hombre equivocado, un pescador. Por las noches pescaba alumbrado por Luna, la paz del océano lo mecía. Una noche convertida Luna en mujer nadó hasta la barca del pescador, vivieron un amor prohibido. Belzebú vio a los amantes aquella noche cálida, la deseó; ella lo rechazó sin saber que aquello se convertiría en hechizo. A los ojos del padre Sol el amor naciente y floreciente se convirtió en condena. La poseyó el amor por el hombre prohibido, hechizada y maldita vigila desde la atalaya al pequeño Juan. La maldición la condenó a iluminar desde el cielo la Tierra que siempre había amado. El desencanto se coló por sus poros y quiso desnudar su cuerpo para toda la humanidad convertida en el Astro más bonito de todos.

Lo vio crecer, caer, levantarse, llorar, decepcionarse, y luchar por vivir sin que ella pudiera abrazarlo ni besarlo. Allí, en el firmamento, estaría vigilante cada noche para toda la eternidad. Su pena ardía en su cara más oculta.

Sin quererlo ni pensarlo Luna influyó en los sueños de Juan. Cuando el niño pasó a ser un mozo apuesto, el pensamiento del Astro aderezó las noches del mozalbete mientras soñaba. El ardor de su cuerpo encharcaba sus sábanas, soñaba con mujeres de tez blanca y sedosa. En los sueños la marmórea piel de esas mujeres lo enloquecían, despertaba excitado, sudoroso, reprimiendo el deseo de poseer a la mujer de sus sueños. Ansioso se despertaba a menudo en la noche, y ya no lograba dormir.

Amargo era no saber donde se encontraba aquella mujer que atormentaba en la intimidad al pobre Juan, no lograba encontrar a la mujer de sus sueños. Por las calles la buscaba mirando los ojos de las mujeres de piel blanca. En cualquier lugar la buscaba. La luna, lloraba cada noche viendo los sueños de su amado, ¡no podía más!, ansiaba  volver a ser humana e ir a sus brazos cuanto antes.

Una tarde encontró a Sol antes de ponerse tras las montañas, y le suplicó ayuda. Sol aceptó la petición de Dania solo por siete días y así pudo bajar a la Tierra en la noche fría veraniega. De nuevo, con piernas y cuerpo femenino emergió de la playa a la espera de su amado Juan.

¡Mira eso! exclamó asombrado un amigo de Juan.

Y él la vio como en el sueño, era aquella muchacha. Los ojos de Juan se llenaron de la visión de aquella figura hechizante, imaginada en las calurosas y agónicas noches de verano, por fin tenía delante a la mujer de sus sueños. El vello se le erizó.

Sin hablar se miraron, él se acercó a la orilla donde ella estaba, de pie, desnuda, parecía tener frío. El cabello rubio y liso le tapaba los senos y parte de la espalda.

Te he buscado toda mi vida —susurró apartándole un mechón de la cara y atrayéndola hacia él.

Lo sé, mi amor… Y aquí estoy dijo acomodándose en su pecho.

En ese instante solo ellos estaban en el mundo. Cayeron sobre la arena abrazados y unidos por un eterno beso. La plácida arena los abrazó mientras el beso los unía rindiéndose al deseo. El candor de Dania embrujó a Juan dejándose amar por su quimera.

Te amo, te he amado siempre —susurró Juan al oído de su amada.

Calla Juan, ámame, por favor, no tenemos mucho tiempo —pidió Dania rodeándolo por la nuca con sus brazos.

Juan nunca había besado ni conocido mujer, se reservaba para la quimera de piel blanca de sus sueños. El beso aceleró el pulso de él y los ardores de ella, y así las manos fueron cubriendo los cuerpos en una sinfonía bajo la sombra oscura del cielo. Se amaron siete días y siete noches. El octavo día, antes de que Juan despertara Dania voló hacia el cielo estrellado en el momento justo del alba.

Cuentan los viejos que Juan buscó a Dania por los siete mares en los cinco continentes, prodigó su vida en encontrar lo que tenía todas las noches ante sus ojos. Así me lo contó mi abuelo una noche de verano con el cielo despejado mirándo a Luna.

Lunes, dos de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.












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2 comentarios en “Juan y la luna

  1. ~…la Luna acostumbra a hipnotizar y a llevar nuestro ciclos, es tan Mágica, hermosa y Sabía. Mucho misticismo en tus letras Molina… el Romance, la Pasión que despierta, conmueve los Sentidos… “ella” la Luna siempre cíclica, pasando, de doncella, a hechicera, bruja, colmando el ser de Sensualidad, Sabiduría… cada ciclo y arquetipo de la Luna danzan dentro de cada uno de nosotros… y algunas veces… Baja y nos Hace el Amor, como a Juan…! Majestuoso…!~

    《Danzan las letras bajo el efecto de la hechicera, la Luna siempre esta con sus tules de plata besando los versos…!!》

    ~_~.♡

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