Henry y Anaïs I

Dos almas color rojo sangre

Salí a vagabundear una noche cualquiera; aún no había marcado el reloj de la Catedral las diez de la noche. Por el vaivén de los peatones por las calles empedradas del centro de la cuidad adiviné que serían las nueve, minuto arriba, minuto abajo.

Había conseguido un trabajo de auxiliar de seguridad; atrás quedó el factótum que andaba de trabajo en trabajo mal pagado y horas en exceso. Casi siempre curraba de noche; no hace falta decir que esa noche libré.

Hacía frío, levanté las solapas del abrigo, las manos en los bolsillos y el paso firme, pero lento. Me dejaba envolver por el bullicio de la gente y las luces que adornaban la cercanía navideña. Perdido en pensamientos varios llegué a una zona poco conocida para mí. Miré a mi alrededor, no había nadie en la calle. Un bar estaba cerrando, una mujer estaba abriendo el portal de un edificio, ya había alguien. Saqué un cigarrillo de la cajetilla del bolsillo derecho del abrigo, lo encendí; al levantar la vista vi un cartel, el cual decía: Galería de Arte. Había luz dentro, me acerqué. En el cristal a modo de escaparate había un cartel anunciador de algo, así rezaba: Exposición fotográfica Las Sabinas de Clara Mendoza.

No tenía nada que hacer, entré. Había bastante gente mirando los «cuadros» fotográficos; los colores vivos y el blanco y negro contrastaban con la luz y con la pintura de obra de la galería de una manera poco usual. La viveza de los colores daba luminosidad, incluso a los rostros de los ojeadores, los negros y los grises daban un aspecto lúgubre, me reconfortó la composición de la exposición. Aunque lo mejor en ese momento fue el catering de vino. Por mi lado pasó una camarera portando una bandeja con varias copas de tinto, cogí una.

Con la copa en la mano me acerqué a ver las distintas obras. Como añadí hace unas líneas la exposición se dividía en dos partes, pero advertí que una parte era de luz y la otra oscura. Empecé por la luz, la mayoría eran fotos a color, con bastante brillo y muy genuinas sobre personas paseando, jardines y pájaros; contenían cierta belleza, aunque engañosa. Algún tipejo miraba las obras fijamente y comentaba por lo bajo, debía ser «entendido».

A pasos cortos sorteé a una señorona muy enjoyada, peinada de peluquería con un buen abrigo de piel. Llegué a la zona oscura, las fotos en blanco y negro contenían un brillo especial. Algunas eran de mendigos y gente de la calle, un perro paseando solo, un viejo mascando algo con barba de varios días. Al final de la expo, acababa con la parte oscura, había un desnudo femenino en varios episodios, divididos en diferentes obras. Al llegar a esa parte miré al suelo, un trozo de papel o cartón estaba pegado a las baldosas, esto decía: «», en mayúsculas y en negrita. Me reconfortó tanta positividad, no sé por qué. Pero el verdadero sentimiento al leer ese monosílabo creo que fue: Bienvenido. Sonreí. A veces una oleada de buenas vibraciones es capaz de alegarme el momento.

Mientras miraba las obras de desnudos fui desgranando la fuerza de aquel cuerpo en blanco y negro dividido en las diferentes fotos. Me detuve en el cuerpo femenino de espaldas a mí, se contoneaba dulcemente mostrándome un trasero perfecto con el pantalón a medio bajar, rodeado por unas curvas mitológicas. Me dejé ir por la belleza de la imagen, no era un desnudo, era mucho más en ese instante, pero no supe adivinar; absorto en ella, un grupo de personas vi a mi izquierda relativamente cerca. Una mujer, no cabe decir lo exuberante que estaba enfundada en un vestido rojo sangre, el cabello largo y ondulado; la piel blanca, casi marmórea en labios rojos de sangre ancestral. Todo pasó de ser cotidiano y aburrido a ser mitológico, divino, simbolista. Y Baudelaire entró en mi mente dando puñetazos por llegar a mi alma: «Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara» (Frase del poeta francés Charles Baudelaire sobre la inmoralidad). Quizá lo que hizo la puta acompañando al poeta fue el mismo velo que los mirones de la exposición experimentaban al ver la belleza voluptuosa de la modelo de las fotos. A mí me provocaba admiración, valentía, sensualidad, sexo. Seguí mirando, la siguiente fotografía mostraba un seno desde un ángulo en el que pezón era el protagonista. Me vino a la mente la virgen María dando el pecho al niño Jesús, alimentando al hijo de Dios. Llenándolo de vida para morir por un futuro incierto que no supo comprender la filosofía de ese niño, el cual sería un hombre de ideas revolucionarias. Por el rabillo del ojo izquierdo la mujer del vestido rojo se había colocado a mi lado dando la espalda a las obras.

La modelo de las fotos es usted — dije sin apartar la mirada de la obra del pezón.

¿Por qué lo dice? —preguntó la del vestido rojo sangre.

Son la misma silueta la modelo y usted, aunque vaya vestida con ese vestido rojo sangre.

Es usted muy observador.

Ninguno de los dos nos volvimos para ver con quién hablábamos, seguíamos sin rumbo…

Sí, lo soy. Y observo que podría adivinar mil y una fotos y seguiría diciendo que es usted —sentencié.

No creo que ninguno de los asistentes haya pensado que soy yo la modelo, aunque todos han preguntado quién es.

Me apuesto una botella de whisky que es usted.

¿Quién apuesta a qué soy yo?

Soy Aníbal Haze, un tipo perdido que pasaba por aquí y decidió embriagarse de la belleza de un cuerpo sin nombre.

Acabo de perder la apuesta, yo soy la modelo.

Y también la artista, Clara Mendoza.

¿Cómo lo ha sabido?

Por la foto del cartel anunciador de la exposición —dije sonriendo por mi gran pericia.

La interlocutora quedó en silencio, quizá se dio cuenta de que no había estado a la altura de mi capacidad o quizá pensaba qué decir.

Tendré que pagar la apuesta cuanto antes, no me gusta perder ni tampoco deber.

Se giró hacia mí, la miré, me miró, sonreímos tontamente.

¿Le parece que salgamos de aquí? —propuso ella.

Si a sus invitados no les parece mal, vamos.

No creo que entiendan el significado verdadero de esas fotos. Acompáñeme a recoger mi abrigo —seguí tras sus pasos, recogió su abrigo, se despidió de algunos asistentes y salimos a la calle.

Vamos a una cafetería-tetería de aquí cerca. Es tranquila y acogedora —expuso comenzando a andar. No la seguía, andaba a su altura.

¿Dejan fumar?

No creo, yo también fumo, nos las apañaremos.

La gente con fuertes convicciones me suele caer bien, o más bien, me dan buen rollo, poca gente me cae bien, excepto Flanagan y Toni muy de vez cuando. Cuando miré en la galería a Clara a los ojos casi me cautivó su mirada, intensa, fresca y decidida en los ojos pardos, ni claros ni oscuros. En las horas siguientes ella se confirmó como una persona ambigua y perdida. Llegamos a la cafetería-tetería, se llamaba Macaronesia. No me sonó a nada árabe, recordé que con ese nombre los griegos bautizaron a los archipiélagos del Atlántico frente a la Península Ibérica y África. Entramos.

Al entrar sonaba una canción muy conocida para mí, You´ve got to hide your love away de mis admirados The Beatles. Siempre he admirado a la gente que tiene algo que decir, y los cuatro de Liverpool tenían mucho que decir. Me sentí como en casa, por el momento.

Hola Clara. ¿Qué vais a tomar? —preguntó el camarero una vez nos sentamos a una mesa muy baja. El mini taburete era demasiado bajo, mi altura provocó que me encorvara incómodamente.

Una botella de Chivas, Alfredo, por favor.

Muy bien, enseguida la traigo —Con aire distinguido y elegante el camarero dio media vuelta…

Por favor, ¿podemos fumar? —pregunté antes de que se fuera.

No señor, pueden fumar en pipa de agua y en la terraza —se marchó.

Me quedé pensativo, no me gustaba fumar en la calle, la legislación había arrancado de cuajo la eucaristía entre la bebida y el tabaco, esa simbiosis casi religiosa estaba destinada a la calle, a vagabundear exhalando humo como un perro rabioso machacado a patadas por los niños en la puerta del colegio. Y tampoco me apetecía salir a la terraza.

No pasa nada, iremos a fumar a la calle, Aníbal.

Claro —dije abriendo la botella de malta escocés. Serví los vasos con hielo.

Hablamos largo rato, bebimos, comenzábamos a achisparnos, Clara bebía a mi paso.

¿Te gusta la literatura? —pregunté cogiendo un cigarro y encendiéndolo.

Aníbal no fumes, nos van a llamar la atención —dijo en voz baja con rostro avergonzado porque yo me saltaba las reglas estúpidas de los que tienen un palo metido por el culo.

No te preocupes, lo único que puede ser es que ese camarero estirado venga hecho un basilisco a tocarme las narices —Pensé decir cojones, pero afiné el tiro, Clara parecía de esas personas que odian los tacos. No era el momento de decirlos.

Y como por arte de magia el hombrecillo distinguido vino hacia mí, me dijo: —Señor, no se puede fumar como le dije antes. —Ya lo sé, pero me apetece fumar con el sabor del Chivas. ¿Algún problema? —expuse mirándolo a los ojos en tono desafiante.

Sí, lo hay. Está prohibido fumar —A esas alturas todos los clientes nos miraban.

¿Por qué? ¿Lo dice usted, su jefe, un político? Debe saber usted que voy a fumar, nos acabaremos la botella y nos iremos.

Debe saber usted que eso no pasará. Lo siento, Clara, pero tenéis que iros o que se vaya el señor —La verdad que esos hombrecillos que no pierden la compostura no me parecen humanos, creo que en lugar de ser paridos fueron cagados por alguna máquina de un Mundo Feliz* (Obra distópica del escritor británico Aldous Huxley).

Aníbal, déjalo ya. Vámonos —propuso Clara. La miré a los ojos y realmente estaba apenada por mi comportamiento, bajé los pies a la tierra por ella, no nos conocíamos y tenía que aflojar la cuerda. Me disculpé con el hombrecillo, seguimos charlando y bebiendo, pero eso sí, acabé el cigarrillo y lo terminé sin encender otro. De alguna manera me salí con la mía.

Disculpa, pero hay leyes tan absurdas capaces de joder el momento más placentero y maravilloso. Por nada del mundo rompería este momento contigo por salir a la calle a fumar, así que mejor fumar aquí.

Ja, ja, ja, eres muy diferente, Aníbal —Silencio, nuestras miradas se cruzaban, creo que llegaron a follarse en ese instante. —Retomando tu pregunta, sí me gusta la literatura. Me gusta leer, todas las noches leo sentada en el sofá con una copa de vino.

Su delicadeza al hablar, los gestos, la mirada, su forma de mover los labios me provocaban ternura, me provocaba besarla, follarme su mente y luego tras infinidad de orgasmos introducirme en su coño y rascarle la matriz con las uñas de los pies.

Pues, realmente creía que los artistas plásticos no leéis, que solo admiráis pintura y ese rollo.

No hombre. Leer me inspira, leo e imagino las escenas. Muchos de mis cuadros son composiciones de lecturas.

Mirándola dibujaba y perfilaba sus labios con mis ojos.

—«Mientras más cultiva el hombre las artes, menos se empalma» —susurré mientras miraba a Clara.

Esa frase es de Henry Miller, ¿Trópico de Cáncer? —Su mirada cambió de ambigua a jovial, de escrutadora a vivaz. Me miraba con intensidad, jubilosa al escuchar de mis labios la frase de Harry* (Apodo o sobrenombre del escritor Henry Miller).

Sí, es de Trópico de Cáncer. La he recitado pensando en tu exposición. Me ha parecido que los hombres que admiraban tu obra son incapaces de empalmarse. La frase de Harry invita a pensar en el arte, los culturetas, los «entendidos». No los soporto ni los soportaré.

Conozco entendidos como tú dices que les gusta la obra de Miller, pero es gente muy pedante. Yo tampoco los soporto —La risa nos concedió un momento de humanidad entre la profundidad que estaba tomando la conversación.

Aníbal, te voy a hacer una pregunta tonta… —Silencio, y yo dije —no la hagas si es tonta —La formuló.

¿A qué te dedicas? —preguntó como si estuviera incómoda, advertí que no era una mujer de tópicos, pero sí de trópicos.

Ja, ja, ja, si te soy sincero no me gusta que me pregunten ese tipo de cosas, pero reconozco que es necesario hacerlas para conocer a quién tienes delante. He tenido muchos trabajos, de algo hay que comer, ahora soy una especie de vigilante de seguridad, pero como todo en la vida hay un pero. Soy escritor —abrió los ojos, puede que se sorprendiera por mi aspecto tan corriente o por mi forma de hablar, puede que fuera eso.

Me gusta la gente que dedica su tiempo al arte, es fascinante, ¿no crees?

Bueno, pocas cosas me fascinan, la verdad. Aún sigue fascinándome la música de The Beatles o la obra de Henry Miller. Y reconozco que esta noche me ha fascinado tu obra.

Oh, gracias. ¿Qué parte te ha gustado más, la de color o la de blanco y negro?

A esas alturas estábamos completamente borrachos, el camarero hizo una seña a Clara diciendo que podíamos fumar. Solo estábamos nosotros en el local.

Cuando he entrado en la galería y he empezado a mirar las fotos, he clasificado la exposición como una parte de luz y otra oscura. La que más me ha fascinado ha sido la oscura, las fotografías en blanco y negro me han cautivado. Lo que me sorprende es la pericia que tienes para fotografiarte y posar, es fascinante —No podía dejar de mirar sus ojos, el color blanquecino de la piel, los labios. Se notaba que Clara tenía clase, no era una de las que me había podido tirar en mis 40 años de vida.

Bueno, puedo programar el disparo, posar y la cámara hace la foto, si no me gusta el resultado la repito, pero sí, es un trabajo largo y pesado, aunque me encanta hacerlo.

Eres una exhibicionista, los artistas lo sois. Aunque yo también me exhibo o me he exhibido cuando publiqué mis dos libros, bueno, los autopubliqué —me miró como queriendo adivinar algo en mí.

En parte creo que sí lo soy, sino no me expondría en la galería, desnuda y tal como soy físicamente. ¿Hace mucho que publicaste?

Hace unos años, fueron dos libros de relatos cortos, eróticos con mucha crítica social.

¿Cómo se llaman?

No vale la pena ni mencionarlos, no estoy orgulloso de haberlos publicado. La botella se está acabando.

Sí, y es tarde, debo pasar por la galería e ir a casa.

Y yo mañana por la noche trabajo, creo que debo descansar —dije desganado, quería seguir la charla.

Bueno, te estoy observando y eres bastante fotogénico, ¿me dejarías fotografiarte? —preguntó convencida de que aceptaría.

¿Por qué crees que soy fotogénico? —Rizaba el rizo.

Aparte de que eres guapo, dentro de esa pose, tu cara de malo, hay algo en tí que la cámara captará. Lo percibo, Aníbal.

¿Cuándo quieres hacerlas?

«Sólo el latido al unísono del sexo y del corazón puede crear el éxtasis» — recitó con la mirada perdida, vislumbraba una belleza herética en ese momento. Clara me fascinó como mujer a partir de esas palabras.

Delta de Venus, querida Clara.

Sí, me encanta Anaïs. ¿Puedo confesarte algo?

Sí, adelante.

Desde la universidad todo el mundo me llama Anaïs, es mi diva, es mi escritora preferida, y no solo como escritora, como mujer me enamoró. Llegó el momento en que aburría a todos hablando de Anaïs, y que acabaron llamándome así.

No entiendo por qué a la gente le puede cansar hablar de literatura, es absurdo. A veces se hace realidad el absurdismo de Camus. ¿Lo has leído? —nos miramos sabiendo que ya estaba llegando la hora de irnos.

Te lo diré si aceptas que te invite a una copa de champán en mi casa, si no aceptas no te lo diré —lo dijo muy seria, aunque con un tono irónico en los ojos y la boca.

En ese caso, acepto. Cuando quieras.

Llamó al camarero que a esas alturas estaba muy aburrido de tenernos allí. Clara pagó la cuenta, le dijo al camarero que pidiera un taxi. Nos marchamos.

Ya en la calle…

Has dicho que debías volver a la galería —dije subiendo las solapas de mi abrigo.

Mañana los llamaré, creo que se han vendido casi todos —Y lo dijo así, que creída, pero se lo podía permitir. La verdad que sí tenía cierta similitud con la escritora hispano-cubana* (En algunas biografías sobre Anaïs Nin dicen que es medio francesa y cubana y en otras hispano cubana. He elegido una de ellas para la ocasión).

No dije nada, solo la miré con mis ojos azules, emborrachados, llenos de arte, llenos de conocimiento. ¿Me podría empalmar con tanto arte?

El taxi llegó, en pocos minutos llegamos al hogar de Clara. Pagué la carrera, no era plan de sacarle el dinero a la perdedora de la apuesta. Vivía en un piso pequeño a pocos minutos del centro, allí comía, dormía, follaba y creaba. Entré tras ella, el número doce estaba bien, me gustan los números pares, es como que esos números te dan seguridad, no sé. Tenía el piso lleno de su obra, algunas estaban colgadas, otras apoyadas en la pared y otras en el suelo, me deleité con su desorden ordenado, me dio confianza. Mientras fue al dormitorio me dejé guiar por el instinto, los pies me llevaron al estudio donde trabajaba. Miré por encima, la cámara en el trípode, un sofá de piel antiguo, una mesita a un lado del sofá, los cachivaches que digo yo que usaría en la labor de sacar fotos del alma. Me quedé mirando en el trasfondo de la imagen de la espalda de Clara, desnuda, frente a la ventana, la cama a un lado, deshecha, el trasero estaba mudo, los brazos sí hablaban recogiendo el cabello a la altura de la nuca. La belleza con la que impregnaba las obras me sedujo hasta el punto de olvidar el tiempo que podía estar con ella.

Aníbal, ven, siéntate aquí —invitó. Fui a su lado en el pequeño salón-cocina, me senté en el sofá delante del televisor. La botella de champán y las copas estaban en la mesita de cristal entre el sofá y el televisor. La descorchó con maestría, sonreímos porque salió el líquido disparado mojándonos, las miradas se cruzaron durante un instante. Nos quedamos un minuto escaso así, sirvió las copas, me retrepé en el sofá. Me invitó a fumar, encendió el mío y yo el suyo.

Tienes una mirada penetrante, Aníbal. Espera —Se levantó rápidamente y en un pis pás llegó con la cámara. La miré tomarla, lo hacía con parsimonia, como el cura toma el cáliz en la misa. Acariciaba con sus dedos cortos y gorditos la herramienta para que hiciera un trabajo exquisito cuando disparara. Tomé la copa, le di un trago muy breve y dando una calada al cigarrillo hizo la primera foto.

Mira a la cámara como me has mirado hace un momento sentado en el sofá —Intenté recordarlo y lo hice, en esa postura echó unas cuantas fotos. Me pidió que anduviera por la casa como si fuera mía. Hizo otras tantas. Me quedé en el quicio de la puerta del dormitorio apoyado con el hombro en la madera del marco; vino hacia mí disparando como si estuviera poseída por el momento sin poder parar. Miraba al objetivo como si quisiera follármelo o comérmelo. —Ven —De la mano me llevó dentro de la habitación. —Túmbate en la cama —Obedecí. Me estaba divirtiendo lo de ser modelo. Hice unas cuantas poses y se sentó a mi lado en la cama, dejó la cámara encima del colchón enfundado por un edredón nórdico, seguramente lo compró en un centro comercial de esos que están tan de moda. Nos miramos lánguidos, cándidos también. El deseo cortaba el aire, aunque no me apetecía follar con ella, era mucho más que eso. En ese momento no lo supe, pero unas horas después supe por uno de esos pensamientos fugaces que Clara se había follado mi mente. Yo tardé un poco más en follarme la suya, era una mujer difícil de penetrar, aunque creí que ya lo había hecho. La coraza que contenía su pecho era muy fuerte, pero yo, paciente y amante de las buenas conversaciones y el alcohol esperé. Sencillamente quería darle lo mismo que me estaba dando. Fue por el champán, bebimos sentados encima de la cama, fumamos, hablamos intensamente de la profundidad de la imagen y de la palabra.

Ahora te respondo a la pregunta sobre Camus, sí lo he leído. ¿Qué te parece su filosofía?

Acertada en cualquier tiempo. Aunque creo que se hacía demasiadas pajas mentales, pero sí, el mundo es absurdo. Estamos sumidos en un absurdismo perpetuo en este país mediocre, gobernado por mediocres —No parábamos de reír, nos reíamos del país, de sus amigos, de los míos, hasta de nosotros mismos. La crisis nos parecía una broma que los políticos decidieron gastarnos para comprobar nuestro aguante, sus admiradores eran enanos de feria saltando de lado a lado, los marchantes de arte fueron durante un momento proxenetas enseñando el culo y enseñando al artista a dejarse violar. Los editores, falsos vendedores de profetas con la picha fláccida y segregando semen de arriba abajo. Y los lectores, pobres ignorantes deseosos de leer algo que los sacara de la inmundicia de sus aburridas vidas. El tiempo pasaba sin tenerlo en cuenta, descorchamos otra botella y otra más, la conversación estaba siendo eterna…

¡Son las seis, Aníbal! Estoy tan cómoda contigo que se ha pasado el tiempo volando. Te puedes quedar a dormir si quieres.

Vale, dormiré en el sofá, déjame una manta —dije porque sabía que quería cerrar los ojos y asimilar cuánto habíamos experimentado durante la noche. Fui al sofá, me quedé en calzoncillos, me acosté y cerré los ojos. Ella cerró la puerta del dormitorio. Estuve un rato pensando en Clara, Clara, no le va ese nombre, le va mucho más Anaïs. Le pega con la clase que tiene, el buen gusto se nota en este piso, se nota en sus maneras refinadas, en su forma de hablar, en la exquisitez de las palabras escogidas, y cómo no, las lecturas que ha elegido como compañeras de vida. Sí, Anaïs tiene un gusto exquisito.

Al día siguiente me desperté con el olor a café recién hecho, miré hacia la cocina y allí estaba ella, con una bata de color blanco transparente por encima de la rodilla haciendo el desayuno. Bostecé.

Buenos días, Aníbal —dijo con una dulzura especial en la voz.

Buenos días. Ese café huele a gloria.

Pues ven y toma uno. También hay tostadas —dijo mirándome con una sonrisa de sus labios en forma de corazón. Antes fui al baño a lavarme la cara, las legañas me molestaban. Me senté a la mesa, bebí café, lo necesitaba.

No pareces uno de esos tipos que van a las galerías, ¿por qué fuiste a la mía?

La verdad es que estaba paseando y me encontré con la galería, vi el cartel de la exposición y entré. Fue muy trivial, lo mejor pasa por casualidad —respondí mirando qué mermelada tomar con la tostada.

Y aquí estamos después de una noche de alcohol y una conversación muy reveladora.

Sí, estoy descubriendo a una mujer elegante y fascinante y muy inteligente. Tanto que no sé si estoy a la altura, noto algo nuevo.

¿Qué notas, Aníbal? —Joder aquella mujer sabía seducir a un tío como yo. Estaba despertando.

Te lo diré si me permites invitarte a una botella.

Será un placer. Anoche me dormí con la frase que dijiste de Henry Miller, «mientras más cultiva el hombre el arte, menos se empalma». No pareces de los que cultivas el arte, aunque dices que lees y lees libros muy duros y al mismo tiempo apasionantes. Libros llenos de vida, muerte, nacimientos, resurrecciones, hecatombes.

Nadie o casi nadie aparenta lo que es en realidad. Por ejemplo, tú pareces una mujer frívola y superficial y para nada lo eres. Es una sorpresa grata.

Gracias, Aníbal —lo agradeció con una gracia tal que me empalmé. En toda la noche me había empalmado.

Solté la taza de café, encendí un cigarrillo, con la misma mano con la que fumaba acaricié su mejilla, el humo dibujaba el trazo de mis dedos en la piel de Anaïs, de lado a lado de la mejilla mi pulgar dibujaba círculos, uno encima del otro sin saber adónde iban. Ella sonrió levemente mirándome a los ojos, con su mano acarició la mía en su mejilla. El momento fue eterno, tanto que se consumió el cigarro.

«Los jinetes cabalgaban sobre la lluvia, la serpiente movía su cuerpo delante de los cascos de los equinos. Fuerte voz la de la lluvia, lacónicos jinetes empapados de vida o tal vez de muerte. Cabalgad la serpiente, cabalgad a través de la lluvia hasta llegar al cielo azul y esclarecido. Cabalgad» —recité sin dejar de acariciar su mejilla y con la mirada intentando penetrar su alma.

Precioso, sublime, inspirador. Mi muro acaba de caer, Aníbal.

¿Qué te inspira, Anaïs? —Al llamarla así su rostro cambió, mucho más felina, mucho más femenina y regocijada en lo que emanaba el momento.

Me inspira pensar…, la pobreza, la modernidad, el exceso, mucho exceso. El trabajo duro sin recompensa; y de tus labios me inspira fuerza, sabiduría, religiones e idiomas extinguidos y placer, placer desmedido que emana de tu boca hacia mis oídos. Quiero más, Henry, empáchame de tus letras en tu voz —Y como un lacayo obediente le recité algún poema y algún fragmento de algún relato, pero la verdad improvisé mucho, no tengo tan buena memoria.

—«La casa de la carretera estaba triste, el viejo estaba tirado en el asfalto, el coche ardiendo, los demás yacían ensangrentados, muertos, las almas intentaban entrar de nuevo en los cuerpos, pero no podían, no podían», Anaïs —La miré a los ojos sin soltar su mano. —¿Sabes? Anoche mientras me fotografiabas experimenté lo que tú ahora mismo, nos hemos follado la mente, Anaïs.

Eres el primero que me penetra la mente con tanta calidez y exquisitez.

Tú eres la primera que lo hace.

Una vez dicho lo sentido, una vez puestas las cartas sobre el tapete nos besamos con candor y delicadeza en los labios. Después del beso nos miramos, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Me tumbó en la cama mirándome a los ojos. Se sentó a horcajadas sobre mí, sin dejar de mirarme desabrochó mi cinturón y el botón del vaquero, bajó la cremallera.

No eres de los que cultivan el arte, me voy a perder en tus ojos contigo dentro —Y de una estocada bien firme se la metió. Me cabalgó, me folló a su estilo, yo no le importaba, lo que verdaderamente le importaba era ampliar el placer experimentado en la mente hacia el cuerpo, era su mente, era su coño, era mi picha otorgándole lo que deseaba, placer y más placer.

Dormimos tras el coito, nos despertamos al mediodía. Hicimos algo de comer, decidí saltarme el trabajo de aquella noche, para nada deseaba salir de la burbuja placentera de aquel mundo que estábamos creando, a la mierda el mundo real y feliz, me dije. No me preguntó por mi trabajo, ella no mencionó el suyo, éramos los dos y nuestras almas vilmente folladas.

Continuará…

Martes, tres de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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2 comentarios en “Henry y Anaïs I

  1. ~…existen muchas formas de Honrar, lo que admiramos. Aquí el Autor nos invita a un viaje, profundo y a la vez cotidiano, sin desmerecer la Belleza. Empezando por la frase: “Dos almas en rojo” hasta ese recital poético, cargado de Emotividad. Dibuja la esencia del trasfondo de sus sentires… Es una entrega maravillosa que nos deja como lectores esperando más… Lo exquisito es un tesoro que se descubre viajando más y más adentro.~
    Anais Nin decía ” Los libros están sumergidos, las páginas arrugadas; cada perfección piramidal Arde totalmente al impulso de la Sangre.”

    ~Este relato tiene mucho de eso… Moreno adelante siempre!~

    ~_~.♡

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