Henry y Anaïs II

Dos almas color rojo sangre

*Imagen: Fotograma de la película Factótum sobre la novela del mismo nombre de Charles Bukowski. En la misma Matt Dillon interpretando a Henry Chinaski.

Aquel día me marché al mediodía, no suelo estar mucho tiempo encerrado en un hogar que no es el mío, soy de la calle y allí me dirigí. El sol estaba cálido, delicioso en mi piel, la gente iba y venía a esa hora, las compras navideñas eran el centro de atención de la Masa. Corrían como bellacos en busca de lo que les faltaba, el exceso estaba servido. Y yo iba a pasar solo la Nochebuena, seguramente escribiendo. Tenía padres, pero no me apetecía verlos para que empezaran con sus reproches por mi forma de vida. Odio la Navidad, las recriminaciones familiares y el exceso en compras, comida, bebida. Ya vivo en el exceso para que encima me lo vendan por la tele. Seguí mi camino hacia casa, no pensaba en beber, no pensaba en ver a nadie, ya había tenido mi dosis de sensualidad y excesos con Clara, era la hora del descanso del guerrero. Paseé sin prisa, estaba lleno, me sentía completo por dentro, la noche había sido intensísima y la verdad que Clara era una mujer exquisita. Y encima le gustaba lo mismo que a mí, leer literatura fuerte. Pero como todo en la vida tiene sus acertijos, por llamarlo de alguna manera. Vislumbré un bar al que nunca había entrado y decidí entrar porque tenía la garganta seca. No me fijé en el nombre del local. Había gente, era la hora del café, pero yo no quería café, así que pedí un whisky. Sirviendo había una camarera muy normal, el local era una cafetería, así que no habría borrachos conocidos, solo esclavos del sistema. Simples currantes que tomaban café antes de volver a sus miserables trabajos por unos euros. Di un ligero sorbo al whisky con hielo, acodado en la barra repasé la noche con Clara-Anaïs, realmente era una mujer inteligente, exuberante, y una artista. Nunca había visto fotografías con tanto sentimiento y fuerza. Su mirada me penetró como un gran cuchillo; desde el primer momento supe que era una mujer que sabía lo que quería. Clara-Anaïs fue la primera mujer que me hizo pensar, de verdad. Su fuerza en la mirada, en los gestos, su sabiduría me impregnaba de un fuerte sabor y un fuerte dolor en el alma. Sabía que estar a su lado me dolería, no hablo de sufrimiento, hablo de dolor. Estar a su lado me llenaría de conocimiento, de placer, y el placer duele cuando entra a borbotones.

En la cafetería me sentí a gusto, no había ruido en exceso, el licor estaba bueno, la gente no se quedaba mucho tiempo allí, tenían prisa. Así que decidí plasmar mis sentimientos en la libreta antes de llegar a casa, quizá lo necesitara, quizá debía hacer un alto en el camino, no lo sé. Me rasqué los cojones, fui al baño, meé, me rasqué los huevos otra vez y volví al taburete en el que me senté al llegar. Bebí un pequeño sorbo y con toda mi elegancia y frescura comencé a escribir…

Mi mente estaba llena de pensamientos sobre de Clara-Anaïs, sus labios, sus senos, la forma de su boca al hablar, sus curvas sinuosas follándome a horcajadas, jadeante, el cabello alborotado, las pecas de su pecho…

Me aislé del ruido, me aislé de la gente, de su ir y venir, tengo la capacidad de hacerlo aunque esté rodeado de inmundicias, será que nací solitario y sigo solo en este mundo absurdo.

Recordé mi adolescencia, tendría unos trece o catorce años, a esa edad me la pelaba casi continuamente, de verdad. Veía un culo y un escote y mi canario enloquecía y me la machacaba en cuanto podía pensando en aquellos atributos femeninos que me ponían a cien. Y Clara-Anaïs volvió para amenizar mis recuerdos, aunque la dejé ahí, en el armario, no era su momento. Pensé en lo salido que estaba en aquel tiempo y mi vecina Laura salió del inconsciente para decirme: —Estoy aquí  —Laura era vecina de enfrente de la casa donde me crié. Eran casas de planta baja y su cuarto daba a un patio que estaba a la altura de mi habitación. La observaba vestirse y desvestirse todas las noches. Así que Laura fue mi primer amor, mi amor platónico; era mayor que yo unos años, pero la soñaba, la deseaba. Ella fue mi imagen de la feminidad durante mucho tiempo. Creo que ella nunca supo que la espiaba, si lo hubiera sabido me habría muerto de vergüenza. Mientras que mis padres pensaban que dormía o estudiaba, allí estaba yo observando a Laura y pelándomela como si no hubiera mañana. Y ella, mi primer amor inspiró unas líneas:

«La espiaba, no me veía. La distancia entre su edificio y el mío era mi resguardo. Yo era un adolescente, la miraba con los prismáticos que le «robé» a mi padre. Observaba como se desnudaba en su dormitorio mirándose en el espejo. Me sabía de memoria cada poro de su blanca piel, reconocía con los ojos cerrados cada pliegue y los tímidos hoyuelos de su extremo posterior. La soñaba despierto, la soñaba dormido. Era natural, así era ella, una beldad sin tela, sin capas…» (Fragmento del relato El Espía que el autor publicó en este mismo blog).

Paré un momento, leí lo escrito, un tipo me dio un codazo sin querer, lo miré y seguramente pensó: que escribirá el borracho este. No me gusta que me juzguen, yo no lo hago, me importa un pimiento lo que haga la gente. Si me juzgas no me mires con cara de asco, porque tú para mí eres una mierda pinchada en un palo a la que poder aplastar con mis botas de punta de hierro. Siempre he querido apalear a uno de esos imbéciles, pero me conformo con follarme a sus novias, es más placentero. Pagué la consumición y me fui de allí, estaba asfixiándome. El codazo me devolvió a la vomitiva realidad. A paso ligero intenté llegar a casa cuanto antes. Estaba bastante lejos de mi habitación, no quería tomar el autobús y un taxi tampoco, seguí andando a paso ligero.

Por fin llegué al portal de casa, entré corriendo, monté en el ascensor, abrí la puerta de la habitación y en el móvil busqué Rock and Roll de Led Zeppelin, la encontré, le di volumen y encendí el ordenador. Mientras se conectaba me serví un whisky. Encendí un cigarro pensando en Laura y en Clara-Anaïs. Me estaba empalmando, cómo no hacerlo si las dos eran diosas del Amor, soy humano. Un simple mortal como diría Zeus. Maneras de vivir, las mías muy impúdicas, ahora que tenía un trabajo me compré un móvil y un portátil de segunda mano, un poco de modernidad no me vino mal, sobre todo para escribir más rápido y mejor. Y el móvil porque me apetecía tenerlo y en el curro nuevo debía estar conectado para que me llamara el jefe.

Comencé a escribir de nuevo, más tranquilo, en mi cueva me dejé llevar por los pensamientos sobre ellas, mi excitación crecía y las letras también…

«Uno, dos, tres y al cuarto parpadeo simulando a una cámara de fotos dejaba que sus manos ante mis ojos detrás de los cristales del alargador de vistas se vieran fuertes, grandes, con venas azuladas, de dedos finos y largos en unas manos delicadas y cuidadas. Desabrochaban la blusa parsimoniamente, el deleite de los dedos al desabotonar a través del ojal era para mí la danza maravillosa de la voluptuosidad y la sensualidad en su máximo esplendor. Al cabo de unos minutos la prenda yacía en el suelo de la habitación. Ataviada con la ropa interior se acercaba al espejo, bailoteaba, cabrioleaba…» (Fragmento del relato El Espía que el autor publicó en este mismo blog).

No estaba quedando mal lo que estaba escribiendo, en la mente tenía la imagen de Laura, desnudándose, acariciándose y yo, observándola embobado e inmóvil.

La Nochebuena estaba al caer, estuve trabajando todo el mes de diciembre hasta los días anteriores al día del nacimiento de Cristo, el jefe me dio unos días libres. Hacía unos quince días que estuviera con Clara-Anaïs; no nos dimos los números de teléfono, tampoco quise volver a su casa, no éramos nada, lo pasamos bien, nos desnudamos interiormente, follamos para volvernos reales a los ojos del otro, quizá eso arrebató la magia, no sé, ¿quién sabe? Pensé así para quitar hierro al asunto, ninguna mujer me había hecho sentir tan libre en mi pobre vida. Tenía unos días para mí, los iba a aprovechar escribiendo y leyendo, pero ¿leer qué? Necesitaba leer algo fuerte, algo que me diera un puñetazo en el pecho, algo que motivara coger ese libro. Me largué a la biblioteca regional dando un paseo. Por el camino pensé en tomar prestado Henry y June, el primer diario amoroso escrito por Anaïs Nin. Puede que así me costara más tiempo olvidar la enigmática belleza de la fotógrafa. Todo me estaba llevando hacia Clara-Anaïs.

Caminaba con el sol en la testa, el bullicio asfixiante de la gente ultimando las últimas compras del negocio navideño me tocaba los cojones sobremanera, nunca he entendido ese afán por tenerlo todo listo y llegar el primero a todo, no lo entiendo.

«No es necesario morir para encontrarse cara a cara con la realidad. La realidad está aquí y ahora, en todas partes, brillando a través de cualquier reflejo que llega al ojo».

Cité en voz alta esa frase de Henry; ‘Sexus’ puede que sea mi libro favorito, por eso recuerdo muchas de sus frases, y eso que lo he leído una sola vez. Letras, letras que te toman por los huevos y estás perdido para siempre en la inmensidad de los ríos de tinta de esa obra. El alboroto de la gente me hizo recordar esa frase, esa es la realidad, señores, no la que nos creamos en nuestra burbuja para escapar, esta es la verdadera realidad, la que nos asquea, la que nos mata por dentro.

Llegué a la biblioteca, entré. Fui directamente a los ordenadores donde escribes el título del libro y te dice dónde está. Lo escribí, apunté el número de referencia en mi libreta y fui a por mi libro. El olor a libro me fascina, la tinta, los lectores buscando su libro, perdido en los estantes, en la búsqueda de Henry y June, me perdía en otros títulos, ¡qué más da el título! Si todos son maravillosos, soy un romántico, lo sé, por eso no tengo mujer. Los románticos estamos destinados a la soledad. El romanticismo moderno no me va, es un invento del cine y la publicidad, eso no es lo mío; lo mío es la pasión desbordante en una mirada, esa mirada provoca que me empalme y piense en esa mujer enigmática que despierta mis sentidos. No soy de esos románticos que mueren por amor, se suicidan o se dejan morir, tampoco va eso conmigo, puede que sea un insensible a los ojos de la Masa, pero me da igual. La magia del libro me abstrajo en esos pensamientos, puede que, para prepararme a leer líneas y líneas de Amor verdadero, Henry, Anaïs y June, la mujer de Henry, un trío amoroso, ¡qué delicia!, ¿verdad? Algo así como Henry, su mujer y yo (Anaïs). Lo cogí y fui a que el funcionario me lo diera prestado. Con el libro debajo del brazo pensaba ir a casa a leer, pero vi un parque, el sol podía acompañarme y calentarme para leer, así que pedí un café solo para llevar en un bar cercano; tenía cigarrillos, lo tenía todo para una lectura mañanera y muy tranquila. Me senté en un banco, antes de abrir el libro leí en la portada Henry y June por Anaïs Nin, de inmediato la imagen de Clara-Anaïs entró en mi mente de golpe, no había manera de escapar de ella, seguramente en aquellas letras habría mucho de la fotógrafa. Respiré hondo y comencé la lectura.

«Aunque quiero ser conquistada, hago todo lo que puedo para conquistar, y cuando he conquistado despierta la ternura y muere la pasión» (Frase de la obra Henry y June de Anaïs Nin). Mi similitud con la autora era casi exacta; quiero ser conquistado, pero siempre soy el conquistador y me aburro una vez concretado el negocio. La pasión muere y rompo un corazón. Miserable, ¿verdad? Y Clara me había conquistado en unas horas, no podía dejar de pensar en ella; cuando te follan la mente estás perdido, estás destinado a sufrir por Amor, sí, por Amor.

Estuve leyendo un par de horas en aquel banco de aquel jardín, me levanté con el libro bajo el brazo. Comencé a recorrer las baldosas desgastadas de color rojo, lleno de Amor, lleno de letras. Mientras hacía la digestión de tinta y letras, mientras intentaba asimilar su dulzura y humanidad un coche paró a mi lado en la calzada:

—¡Aníbal, tío!

Me giré y un tipo con gafas del chino color rojo sonreía con una dentadura blanca y perfecta, era Flanagan.

—Joder Flanagan… —me acerqué al coche.

—¿Dónde vas? Anda sube que hace milenios que no nos vemos —subí al auto. Que placer ver a mi mejor amigo después de meses.

—Bueno qué, ¿cómo estás, Aníbal? —preguntó arrancando aquel Renault Clio hecho polvo.

—Estaba leyendo este libro en un banco, me iba para casa —expliqué señalando a Henry y June.

—¡Guau! Como siempre leyendo buena literatura, amigo. ¿Te parece que nos tomemos unas cervezas para ponernos al día?

—Vale.

Condujo unas manzanas a toda hostia, como siempre, llegamos a un bar que yo no conocía.

—Este sitio está bien y no es caro —dijo explicando por qué entramos en ese bar.

Pidió dos cervezas y unos trozos de pulpo, el camarero los sirvió enseguida. Acodados en la barra bebimos y nos miramos con franqueza y cariño.

—Aníbal, te noto como melancólico —El cabronazo de Flanagan siempre adivinaba qué me pasaba, o lo intuía.

—Bueno, a ti no te puedo mentir, me estoy pillando por una tía —como si nada lo solté.

—Ja, ja, ja, el gran Aníbal Haze ha sido tocado por la varita femenina. ¿Quién es la fémina que ha conseguido tal hazaña?

—Ésta —dije señalando la foto de Anaïs Nin de la portada del libro —Se le quedó cara de póquer.

—Vamos a ver, Anaïs Nin está muerta tío, ¿no será que estás enamorado de su escritura? Estás muy raro, debe ser el tiempo que hace que no nos vemos.

—Bueno, no es así exactamente. He conocido a una mujer que es como su clon actual. La llaman cariñosamente Anaïs, así que imagínate.

—¿No será una de esas locas con las que te sueles liar? —preguntó inquisitivo.

—No lo sé, solo sé que me ha tomado por los huevos y no me suelta. ¿Recuerdas cuando te dije que si alguna vez una mujer me follaba la mente me tendría? Pues es ella.

—Si tú estás bien, yo también. No te voy a interrogar más, sabes que no me gusta. ¿En qué trabajas ahora, amigo? —preguntó echándose un trozo de pulpo a la boca.

—Si te refieres a trabajo remunerado, estoy currando de auxiliar de seguridad en una obra. Y respecto a la escritura, escribo como siempre, nada concreto.

—Con todo el material que tienes deberías plantearte publicar otra vez. Por lo que he leído de tu obra es bastante mejor que lo anterior. Te ayudaré a buscar una buena editorial, si quieres, claro.

—Gracias, pero no quiero. No volveré a publicar.

—Es una pena negar tus letras al público, pero es tu decisión. Si alguna vez cambias de idea házmelo saber.

Como siempre la gente se quedaba mirando la indumentaria chillona de mi amigo, pantalones rojos de pana, camisa blanca, americana amarilla color huevo y gafas rojas de sol, una mezcla extraña. A él le daba igual que lo miraran, así era Flanagan, disfrutaba siendo incómodo.

—Que le den al público, me trae sin cuidado si me leen o no. No tengo tanto ego. Soy un escritor oculto en mi cueva.

—Claro, lo que tú digas. ¿Sabes? Estoy enrollado con una tía, es guapa y no está mal. Es inteligente y le gusta la música.

—Flanagan tengo que irme. Espero verte estos días cuando esté menos melancólico, ahora me apetece estar solo. Creo que ese libro me ha inspirado.

—¿Te llevo?

—Gracias, pero no —agradecí sacando un billete de veinte. Lo invité y me largué.

Caminé a paso lento hasta casa, me senté en la mesa improvisada a modo de escritorio con el libro de Henry y June delante de mí. Escribí y escribí hasta perder la noción del tiempo; no comí en todo el día, anocheció.

«La gente es rara, la casa de la carretera tiene un luminoso en el que dice: Enróllate tío, enróllate con las tías más buenas del lugar. Entra y bebe, entra y déjate manosear por ellas, te la pondrán más dura que nunca. Menudo eslogan, eso sí es saber captar clientes». A veces escribo metáforas sobre la vida, mensajes ocultos, supongo.

Siempre escribo sobre el amor, el amor en su máximo esplendor, amor hacia una mujer, hacia la vida, amor hacia la gente, aunque los critique porque están ciegos. Amo a la humanidad, es la pura y certera verdad.

Me duché, comí algo en la habitación y me fui a la calle. Caminé y caminé sin rumbo, de repente pensé en Clara-Anaïs, y mis pies me llevaron a la galería. No sé si tenía intención de volver a verla, pero sí tenía intención de ver su obra de nuevo. Me fumé un par de cigarrillos por el camino, llegué a la puerta de la galería, me quedé un momento consumiendo el cigarro, el frío atenazaba mis mejillas, lo acabé y entré. Había bastante gente, entre los cuerpos anduve hasta llegar a la parte oscura, mientras intentaba acceder a mis obras preferidas escuché la voz de ella: —Aníbal —Me giré y allí estaba Anaïs, vestida de negro transparente, maquillada como una diva, sonriente y acompañada por un tipo al que no conocía.

—Hola, Anaïs —saludé besándola en ambas mejillas.

—Has vuelto —dijo cogiéndome del brazo. —Ven. Quiero presentarte a alguien —¿La verdad? Debía acostumbrarme a las costumbres de Anaïs, tan desinhibidas y maravillosas.

—Aníbal, te presento a mi marchante de arte, mi amigo, mi mentor, Carlos Celdrán. Este es Aníbal Haze, el escritor del que te he hablado —dijo sonriente, resplandecía por todos los poros de la piel. Sus ojos eran como un gran faro, sonreían, carcajeaban de alegría. Tenía un aire francés, como amanerado. Nos dimos la mano. Afectuosamente me dijo: —Encantado. Anaïs me ha hablado de ti, dice que eres escritor. Te deseo mucha suerte.

«Será gilipollas, el tío. ¿Mucha suerte? Con buena polla bien se folla, ¿verdad?» Miré a Clara-Anaïs y con la mirada le dije algo así: —Este tío aparte de marica es un imbécil.

No tengo nada en contra de los maricas, que conste. No quiero que se me tiren encima un montón de «locas» del día del Orgullo. Y digo yo, ¿por qué no hay día del Orgullo Hetero?

Me ladeé de ellos, Clara-Anaïs volvió a tomar mi brazo, lo apretó cariñosamente y en su rostro vi ternura, pedía calma. Me alejé a por un vino, necesitaba evadirme un poco del aire viciado de tanto «sabiondo» del arte. Ese tipo de gente tan lista, esa gente que da palmadas en la espalda y te dice: —Ánimo —me toca los cojones de tal manera que me pongo malo y tengo que beber y beber para no hostiarlos hasta reventarles la cabeza con mis botas de punta de hierro.

De repente como por arte de magia, ¡vaya paradoja! La magia del arte me sucumbió en pensamientos artísticos en una galería de arte. A aquella exposición le venía que ni pintado un blues de Jeff Beck, por ejemplo. Rock my Plimsoul en la voz de Rod Stewart, el bajo de Ron Wood y la guitarra inconfundible de Jeff Beck. Había un tipo poniendo música, parecía algo de pseudo jazz, no estaba mal, pero probé suerte por si ponía el tema. Claramente dijo que no y me echó del lugar. Lo miré, tomé mi móvil del bolsillo delantero derecho del vaquero, seleccioné el tema en mis canciones descargadas producto de la piratería y con la vista busqué el cable micro jack y metí con un gesto quinqui y rápido mi móvil en aquel pequeño falo en su minúsculo agujero y ¡voilá! Rock my Plimsoul comenzó a sonar en un 4×4 lento, sensual, casi sexual. El tipo me miró enfadado, pero le dirigí una mirada de las que dice, si tocas mi móvil nos iremos a la calle a probar tu hombría. Desistió. Me regodeaba en mi triunfo, copa en mano, movimiento de pierna izquierda marcando el compás musical al lado del móvil, mirando al frente orgulloso de ser quien era. Clara-Anaïs me dirigió una mirada, sonrió y siguió a lo suyo, pero vino donde yo estaba y le dijo no sé qué al dj, éste me pidió disculpas por no saber quién soy. La artista me guiñó un ojo, pasó por mi lado y las yemas de sus dedos rozaron mi brazo. Me empalmé, cuán sexual era Anaïs, aunque mucho más sensual y voluptuosa que sexual.  El dj me invitó a seguir pinchando, así que programé unas veinte canciones, me largué a confundirme con los asistentes de corbata y cabelleras con permanente. Saqué un cigarrillo de la cajetilla de Benson & Hedges poniéndolo entre mis labios con el índice y el pulgar, di la vuelta dispuesto a largarme unos minutos al frío navideño cuando… —Aníbal, espera, te acompañamos a la calle a fumar —dijo Anaïs cogiendo mi brazo bajando hacia mi mano, la tomó cariñosamente, un apretón de los que dicen no te vayas sin mí, tonto mío. Me enternecí y mi canario creció. Anaïs no iba sola, la acompañaba una señora de unos cincuenta y tantos. Salimos fuera. Los tres íbamos con abrigo, las invité a fumar, encendí los tres pitillos a la vez.

—Este es Aníbal Haze, el escritor del que te he hablado —dijo Anaïs a la señora del abrigo. Me estaba presentando a sus amistades, parecía gente influyente. Que paradójica es la vida, cuando había decidido no volver a mostrarme como escritor la fotógrafa me presentaba a sus amigos como escritor.

—Encantada —dijo afectuosamente la señora rubia del abrigo ofreciéndome su mano con las uñas perfectamente pintadas de rojo, eran largas, pero no de porcelana ni del supermercado, eran suyas. Tenía clase, muy parecida a la de Clara-Anaïs. Respondí con un encantado, apretó con fuerza mi mano, me gustó su forma de saludar, tenía empuje, decidida, me gustó su estilo. Aparte de rubia y bien peinada y maquillada, vestía un abrigo de piel animal, sería visón o algo así. El abrigo lo tenía abierto y vi un vestido rojo sangre ceñido en una figura delgada, fina, casi etérea. Pensé que si la abrazaba se desvanecería. Labios rojos como el vestido. Una mirada azul penetrante y buscadora de algo que más tarde descubrí.

—Mi marido es Carlos Celdrán, el marchante de Anaïs. Soy Malena De Figueroa —Se presentó con el mismo aplomo del apretón de manos, no apartaba la mirada de la mía. Anaïs se despidió apagando su cigarrillo con el zapato de tacón negro azabache. Le dio dos besos a Malena y a mí un apretón del brazo. —No te hagas de rogar y pásate por casa, tengo nuevas fotos que te van a encantar —mirándome a los ojos y al paquete dio media vuelta y se marchó.

—Me gustaría leer algo tuyo, Aníbal. Anaïs me ha dicho que tu estilo es diferente y me intriga leerte —dijo Malena mirándome a los ojos, penetrando o intentándolo. Lo pidió con fuerza. Debe ser verdad lo que dicen del rojo sangre, es el color del amor pasional. Aquella mujer tenía mucha pasión en el alma.

—Siempre llevo mi libreta encima, apunto, anoto ideas, ya sabes.

—¿Te parece ir a un sitio, tomar algo y leo lo que tienes apuntado ahí en la libreta del bolsillo del vaquero? —Joder, menuda observadora, me había radiografiado. Nos largamos de allí a pie. Tomamos el mismo camino de la cafetería-tetería en la que estuve con la fotógrafa. Sí, allí llegamos, esperaba que el camarero no se acordara de mí. Se acordó, me miró serio, muy serio y me dijo señor con rintintín.

—Ven, Aníbal. Vamos a un reservado. Me dijo nuestra amiga en común que estuvísteis aquí, pero no te llevó al reservado. Allí estaremos más tranquilos y podremos hablar.

No dije nada, me tomó del brazo y allí fuimos. Pidió una botella de champán francés, yo quería whisky, pero se adelantó pidiendo la bebida espumosa. El camarero trajo la botella, la cubitera, sirvió las copas, se lo agradecimos, se fue por donde vino.

—Déjame ver esa libreta, escritor. Estoy ansiosa —ordenó con feudalismo.

—Mejor te recito algo, lo tengo en mente, necesito vomitarlo —asintió abriendo los ojos como platos ante mi vocabulario directo. —Dice así:

—En la ciudadela, aquella que tiene piedras rodantes en el camino yendo hacia la pequeña ciudad donde el Dios y la Diosa te concibieron. En el siglo veinte y dos cuando los astros reventaron la luna, cuando el sol arrasó con sus rayos la mitad de la Tierra, la mitología resurgió aplastando las religiones y llenando de conocimiento la roja arena del desierto llamano Planeta Tierra. Yo estaba lleno de mierda, cubierto de mi barro interior, no sabía  si amarte o matarte para olvidarme de tu Amor. Me miraste y te dije: soy el conductor de la luz de la luna, te llevaré donde me ordenes, pero antes me dijiste: nuestra verdad es una mierda, a lo que yo contesté retóricamente: nuestras verdades son mierdas por separado, pero juntas son la hostia. Me tomó de la mano, me llevó al lecho mullido con plumas de pavo real y cortinas blancas como la extinguida luna. Nos tumbamos, hicimos el amor, concebimos al Heredero de nuestras desdichas. Echamos de una vez por todas a la muerte follando y engendrando vida (Fragmento escrito para este relato).

La miré extasiado humedeciendo mis labios y complaciéndome en mis letras.

—Más, quiero más —pidió Malena con los labios rojo sangre entreabiertos.

La miré a los ojos, sonreí de medio lado, bebí un trago, encendí un cigarrillo…, leí unas páginas de mi libreta:

—Aquélla noche estaba demasiado cansado para pensar en salir a pasear como hacía todas las noches. El trabajo que desempeñaba de vigilante en turnos de doce horas me estaba machacando, y apenas me dejaba tiempo para escribir, por lo menos podía leer, porque la vigilancia te da tiempo suficiente para ilustrarte.

Intenté dormir, pero el cansancio no me permitía conciliar el sueño, me dolía hasta el alma. Sentía los músculos y los huesos entumecidos. Daba vueltas en la cama, era verano y el calor era asfixiante, el ruido de la noche no era música esa noche, el ruido me ayudaba a dormir, empecé a sudar y enfurecí por el cansancio, el maldito trabajo y el verano, todo esto me enfadó. Fui al baño y me volví a duchar.

Como un autómata me sequé el agua de la ducha, me vestí y salí a la calle. Me hacía falta despejarme, y en el cochambroso apartamento donde vivía no podía hacerlo. Ni el ventilador me daba el suficiente fresco para poder dormir un poco. Paseé por la avenida desde casa hacia el centro, en las terrazas miraba a la gente charlando mientras pasaba de largo, noctámbulos sufriendo de insomnio tomando helados y copas para pasar el tiempo. Mientras estaba embutido en mis pensamientos, deseaba dejar aquel trabajo que me había encarcelado en la cárcel de la realidad como un esclavo, y yo solo quería escribir, lo demás me importaba un bledo. De repente comencé a pensar en la vida tediosa de mis amigos y de la gente que vi en las terrazas de las cafeterías y heladerías. «La verdad que ser español en el siglo veinte y uno es un coñazo». La mitad de la gente no trabajaba en nada bien pagado, el otro tercio cobraba un mísero subsidio, la pequeñísima parte de la tercera parte eran putos funcionarios, pareciera que vivieran en otro mundo, «claro, esos tienen sueldo fijo y bien pagado». A mí me importaban una mierda los funcionarios, pero a veces me gustaba meterme con ellos, ver su particular visión de la vida. Siempre he disfrutado analizando las vidas y costumbres de los demás, es una manía que tengo (Fragmento escrito para este relato).

Levanté la vista de la lectura, Malena me miró en un orgasmo visual. Estaba disfrutando de mi lectura, disfrutaba con mi obra.

—Es hermoso y al tiempo es sucio, real, sincero, es brutal, Aníbal. ¿Tienes material que no sea en la libreta y en tu mente? —La miré, me chuleé sonriendo y dije que Sí.

Pidió otra botella y otra, creo que cayeron cuatro. Con una buena curda pedimos un taxi, me dio su bolso para que pagara la cuenta y la carrera. Cuando el taxi nos dejó en lo que supuse era la casa de Malena dijo: —Se puede saber dónde vas. Ven conmigo, Aníbal.

Bueno, pensé, por abrirle la puerta y acostarla no creo que el marido se moleste. Nunca me ha gustado entrar en conflictos con los maridos. A nadie le gusta ver la cara del que se folla a tu mujer. Ayudé a Malena a abrir la puerta del edificio, pulsé el botón de llamada del ascensor, entramos…

—Ven aquí, escritor —me tomó por la pechera y me dio un morreo ansioso, me abrazó. El olor y sabor a alcohol y tabaco aderezado con mis letras fue un cóctel exquisito en su boca. Una vez en el apartamento, era bastante pequeño, me desnudó con ansia, la desnudé y en la mesita de cristal del pequeño recibidor la alcé, la senté, aparté la ropa interior, y la penetré; de una estocada entré en la humedad de aquel Delta lujurioso y humedecido durante toda la velada.

Creo que si la hubiera tocado en la cafetería-tetería habría estado preparada para mí. Del recibidor nos fuimos a la cama; Malena no tenía hartura, lo hicimos dos veces más. Me dejó completamente exahusto. En los días posteriores descubrí que cuando bebía se volvía insaciable.

Al despertar al día siguiente Malena no estaba, me dolía la cabeza y la polla. Cuando pude abrir los ojos por la tremenda resaca que tenía, me senté en la cama agarrándome los cojones, miré hacia la mesita de noche y había una nota plegada por la mitad:

Aníbal, debo marcharme. Este apartamento es solo mío, puedes quedarte el tiempo que quieras. Te dejo una copia de la llave.

PD: Está prohibido traer chicas.

Besos.

Malena.

Y el papel dejó un dulce aroma en mi nariz a Chanel Nº5. Me duché, me vestí, fui a un cajero cercano, saqué dinero. Pagué la pensión un mes por adelantado. Eché mi ropa y el ordenador en la mochila. Cerré la puerta y paseando volví al apartamento de Malena.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs I pincha aquí

Sábado, siete de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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2 comentarios en “Henry y Anaïs II

  1. ~…un relato Intenso al estilo de Aníbal Haze y su autor. Como siempre tiene un buen hilo conductor toda la historia, entre~tejiendo; Palabras, música, sentimientos, cotidianidad, Sexo, Literatura… Pasiones que no deben de faltar~nos. Cada día, la evolución del Escritor, sigue dejando huella. Segui~mos, esperando mucho más de tus escrito, o yo tan 《Insaciable》 como algunos de tus personajes. Algunas frases son rescatables…~

    •Sigue adelante Pedro Molina Moreno. Mucha buena energía para tu vida y feliz Escritura 《siempre》 ~_~.♡

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