Un juego inocente

Una noche como otra cualquiera, estaba en el hogar, sí aquello se le podía llamar hogar. Bueno, un hogar si era, pero no el mío, nunca he tenido. Vivía con Flanagan en su piso; después de casi diez años de conocernos me ofreció su casa cuando me arruiné por milésima vez. Siempre había gente por aquel piso tanto mujeres como hombres. Yo estaba hecho polvo, destrozado. Me refugié en su casa porque unos chavales de unos quince años me apalearon. La cosa fue que me cobijé del frío en el cajero de una sucursal bancaria. Durante el verano había dormido en el parque, en un banco, pero en otoño dormir al raso no es nada aconsejable. Una noche dormía plácidamente después de haber estado escribiendo en mi libreta durante horas. Tenía 42 años. Me dormí en aquel saco de dormir que rescaté de la basura, había tenido un amigo perro, pero murió. Un coche lo atropelló. Dormía a pierna suelta en el cajero tapado hasta el cuello con el saco de dormir sucio y roído y de pronto unos adolescentes entraron en el cajero y me desperté, hicieron mucho ruido. Por el rabillo del ojo los vigilaba, había oído historias sobre los que apalean a los mendigos y estaba vigilante. Me miraron, pasaron de mí. Tenía miedo, empecé a sudar, estaba acojonado. Allí acostado estaba indefenso; solo quería que los chavales pasaran de mí y se largaran. Uno de ellos dijo a los otros: ─mirad a ese ─Los otros me miraron y el mismo que les habló empezó a tocarme con el pie en el costado.

─¿Y si le gastamos una broma a este andrajoso?

A esas alturas ya tenía los huevos por corbata. Sudaba y temblaba con los ojos cerrados y muy apretados. Pensaba en que se fueran y me dejaran tranquilo.

De repente uno de ellos me arrebató el edredón, no tuve tiempo de reaccionar. Y otro me dio una patada en el costado, aullé de dolor y me retorcí. Recuerdo que dos de ellos me levantaron y me retenían cada uno de un brazo.

─Dale una hostia, que sepa que es un mendigo de mierda. Dale, dale.

Y me dio un puñetazo y el gilipollas se hizo daño en la mano, acto seguido me asestó un rodillazo en la boca del estómago. Vomité y para colmo lo hice encima del abrigo de uno de los que me tenían cogido. Las rodillas me flaqueaban, quería dejarme caer y yacer allí, quería que me dejaran en paz. Así que me dieron otra hostia, caí al suelo y empezaron a machacarme las costillas, de vez en cuando me llegaba algún puntapié en la cabeza y en la boca, noté como reventaban algunos de mis subos*, otra patada en la cabeza, las costillas. *(En jerga nadsat significa dientes. Lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica).

─Guillermo déjalo ya. Ya tiene bastante, vámonos ─decía uno de ellos.

─Cállate, nos estamos divirtiendo con este saco de mierda. Tony dale más fuerte, pártelo en dos. Mata a este hijoputa.

Y seguían dándome, no sentía nada, solo golpes, cerré los ojos y me dejé ir en manos de la Providencia. Estaba exhausto, casi no comía, dormía peor y me pillaron por sorpresa y no pude hacer nada para defenderme de aquellos tres o cuatro jóvenes. Malditos málchicos* hideputas, alcancé a pensar *(En jerga nadsat significa muchachos. Lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica). De repente se fueron y allí me quedé al borde de la muerte. Creí que iba a morir en aquella mierda de cajero, lleno de sangre, machacado y sin importarle a nadie. Oí sirenas, alguien debió de llamar a los militsos* o a una ambulancia. *(En jerga nadsat significa policía). Dicen que cuando te estás muriendo tu vida pasa por delante como en un sueño, supongo. A mí no se me pasó nada por delante, simplemente tuve un delicioso sueño. Sí soñé, soñé con mis padres, con Anaïs y con libros, muchos libros. Desperté en el hospital, me dijeron que abrí los ojos al día siguiente. Estuve ingresado un mes con varias costillas rotas, diversos hematomas y una conmoción o algo así.

Un mendigo amigo le dijo a Flanagan que estaba en el hospital y fue a buscarme, ─vas a venir a recuperarte en mi casa —Compró todos los medicamentos, se hizo cargo de mí y aquí sigo mientras escribo esto.

Ah, tengo que decir que una tarde que salí a pasear por el parque de enfrente de la casa de Flanagan me senté en un banco y justo en el banco más próximo unos chicos estaban allí haciendo lo que hacen los jóvenes de hoy. Faltar el respeto a las chicas, enviar mensajes instantáneos y eso. Pero sobre todo, uno vociferaba y reconocí su voz, era el que empezó a golpearme en el cajero. Tomé por costumbre bajar todos los días y controlaba las horas que pasaban allí abusando de algunos niños y de sus propias amigas también. No entiendo por qué las chicas se dejan manosear por esos cabrones, que poca autoestima. Recordé que Flanagan tenía un bate de béisbol. Lo tomé una tarde bajo una gabardina que cogí prestada del armario de mi benefactor. Ya estaba bastante mejor, había recobrado las fuerzas, las cicatrices se curaban muy bien y las costillas estaban soldadas y casi nuevas. El hijoputa no me recordaba, debía estar puesto o algo, o sencillamente yo era un pegote de mierda en su zapato y no se fijó ni siquiera en mi cara. Ahora me río al recordarlo, pero si Flanagan hubiera sabido mis intenciones no me habría dejado ir al parque aquella tarde-noche, para mi suerte mi amigo estaba grabando en la radio. Bueno, me senté en el mismo banco de todas las tardes, compré una bolsa de pipas y una coca cola en el chino de la esquina. Como siempre los arribistas estaban allí. Pensaba en seguir al tal Guillermo, su voz era la única que conocía. Realmente no sabía si sería capaz de darle con el bate, pero estaba cierto de que lo comprobaría. Tenía mucha rabia contenida, conmigo y con muchos indigentes han hecho lo mismo, se creen que porque no tengamos hogar ni trabajo ni dinero pueden apalearnos como si fuéramos un trozo de madera en el suelo. A la hora y pico de estar perdiendo el tiempo ellos iniciaron la marcha, supongo que regresarían a sus casas. Tenía frío y Flanagan no tardaría en volver de la radio. Los seguí y para mi sorpresa el tal Guillermo vivía cerca del parque, se despidió de los otros para ir a su casa. Por culpa de la crisis y los recortes las farolas públicas se encienden cada dos y en su calle no había buena iluminación, así que aproveché un claroscuro para empezar mi jugada.

─¡Eh, Guillermo! ─exclamé yendo detrás de él.

Se giró sobre sus talones.

─¿Quién eres? ¿Quién me llama? ─preguntó el nadsat* (En La naranja mecánica esta jerga también es una forma de vivir, por ejemplo, nadsat-adolescente).

─¿No me conoces? ─pregunté casi a su altura. La luz alumbraba mi cara llena de cicatrices.

─No, no te conozco. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ─dijo altanero, lleno de masculinidad que con una patada en los cojones se habría quedado en una ínfima cantidad de testosterona.

─¿Recuerdas al mendigo que apaleaste una noche con tus amigos en un cajero hace mes y medio? ─Su color cambió, noté el  miedo en sus ojos y en la expresión de su cara. Se puso nervioso.

─No sé de qué me hablas, no he pegado a ningún mendigo en mi vida.

El hijoputa era un niño-bien, sus papás debían pagarle todo, incluso los aprobados. Aunque me importaba un pimiento, la verdad.

─¿Ah, no? ¿No te acuerdas, Guillermo? ─me acerqué más a él. Abrió los ojos de par en par, me reconoció. En esos segundos en los que Guillermo pensaba si salir corriendo o enfrentarse a mí, dijo:

─¿Cómo me has encontrado? ¿Conoces a alguien o qué? Ya te di una paliza, no querrás otra, o sí.

Lo miré a los ojos, él no pestañeaba ni yo tampoco. Mi mano izquierda aferraba el bate dentro de la gabardina, lo tenía fuertemente agarrado, yo estaba temblando y él también.

Sonreí, lo seguí retando con la mirada.

─Vete a la mierda andrajoso ─dijo empujándome muy fuerte en el pecho, hice cabriolas para no caer, perdí el equilibrio. Se puso más chulito, hacía ademanes de superioridad y en postura de retarme. Quería que yo le atizara o lo intentara. Me acerqué de nuevo, me volvió a empujar, no retrocedí, estaba bien plantado. Lo miré y me reí a carcajadas diabólicas en su cara. Se enfadó muchísimo, estaba disfrutando haciéndolo rabiar. Retrocedí un par de pasos, lo confié, Guillermo soltaba exabruptos intimidatorios, se acercaba a mí y retrocedía en plan de chulo de barrio, tenía el control, eso creía él. De repente avancé un par de pasos con mucha energía, saqué el bate y sin darle tiempo a reaccionar lo golpeé con el extremo más gordo en la testa, cayó al suelo como un plomo, muy pesado, de verdad. Lo agarré por un brazo y lo llevé detrás de un coche. El crobo rojo rojo* manaba mucho. El pobre hijoputa se quejaba de dolor. *(En jerga nadsat significa sangre roja).

─Le diste de hostias al mendigo equivocado. Di contigo por casualidad y mírate ahora machote de instituto de mierda. Puedo pisotearte, puedo machacarte, puedo matarte. Lo último no lo voy a hacer, pero sí darte una buena tunda de hostias ─dije muy cerca de su boca donde manaba la sangre roja roja. Le golpeé con el bate en las costillas unas tres o cuatro veces en ambos costados.

Miré por si alguien me veía zurrar a aquel cabrón, ni coches ni nadie asomando el hocico. Le di una patada en la cabeza y le dije:

─He estado ingresado en el hospital un mes por la paliza que me diste junto a tus amigos. Ahora te toca a ti, es lo justo ¿no? ─lo tenía cogido por las solapas de la chaqueta, mi fuerza era descomunal en aquel momento hemostático. Me quedé pensativo un momento, ni la adrenalina ni la rabia me estaban poseyendo. Desde que reconocí su voz medité fríamente como frenar mis sentimientos e impulsos y lo estaba consiguiendo. Para terminar la orgía violenta y vengativa le casqué las bolas con el bate, le arreé con todas mis fuerzas.

Lo dejé allí tirado y me largué a casa de Flanagan, era tarde ya. ─Necesito un trago.

Caminando llegué a casa de mi mejor amigo. Abrí con mi copia de la llave y cuando entré Flanagan aún no había llegado. Dejé la gabardina donde la había encontrado. El bate estaba manchado de sangre así que lo tiré en uno de esos contenedores soterrados.

Volviendo a la noche cualquiera del principio de este relato, la cosa empezaba a animarse a eso de las ocho de la tarde. Era viernes así que la manada de gallos y gallinas ponedoras comenzaban a acicalarse las plumas para salir a festejar el fin de semana. Podría haber dicho ovejas, pero el término está muy manido. Estuve escribiendo todo el día, me la meneé un par de veces. Abandoné la medicación porque ya era un hombre de nuevo, volví a beber, pero con menos asiduidad. Solo bebí un culín de escocés después del café tras la siesta. Me había limpiado el organismo comiendo muy bien, durmiendo mucho, escribiendo a todas horas durante el último mes y bebiendo muy poco.  En mi etapa de mendigo bebía todos los días. Toda la recaudación del negocio de pedir limosna en la puerta de una tienda bastante concurrida lo invertía en un bocadillo al mediodía y en tres o cuatro cartones de vino del más barato. Me dormía bebiendo vino, me despertaba bebiendo vino, escribía también.

Pues eso, Flanagan había invitado a unos amigos a cenar, estaban llegando, las gachís no estaban nada mal, salvo una gorda, aunque no era fea, de verdad. La novia de mi amigo estaba realmente buena, tenía un buen polvo, no tocar, jajajá. Los tíos y las tías se iban acomodando en el salón, las titis iban a la cocina a ayudar o yo que sé. A lo único que iba yo a la cocina era a por hielo y a restregarme un poco con ellas. Me dediqué a poner música en el estéreo de Flanagan, fumaba, bebía, escuchaba música.

─Aníbal, cielo. Quiero presentarte a alguien ─así estuvo toda la noche Azucena, la novia de Flanagan. Con esta si aguantaba el muy cabrón, como su familia tenía pasta. Yo también habría aguantado por el dinero familiar y por el culazo que tenía la morenaza.

En la cena conocí a dos tipos muy peculiares, en cuanto hablé con ellos un par de palabras sabía que iban de coca, así que usé mis argucias para que me invitaran. Resultó que eran dos hijoputas, estilo a mi «amigo» Guillermo. Nenes-bien que se creían el centro del mundo y yo pensaba en la cara ensangrentada de Guillermo mientras ellos hablaban de gilipolleces. La verdad que necesitaba una buena charla, muy honda, donde la profundidad no tuviera final. Ni con Flanagan había conseguido charlar así hasta el momento, siempre estaba fuera y no habíamos tenido ocasión de conversar largamente y hacernos unas buenas pajas mentales. Me convidaron a unas rayas; una de las veces salía frotándome la nariz y rascándome los cojones y me crucé con la gorda que iba en dirección al baño, nos miramos furtivamente.

─¿Está ocupado? Aníbal, ¿verdad? ─dijo apoyada en la pared. Yo la miraba y su culo ocupaba bastante sitio en la pared. Era enorme, aunque su mirada era limpia, y su rostro no era para nada feo. Pero su culo y su figura ocupaban mucho sitio. Los dos ocupantes del baño salieron riéndose, la miraron y carcajearon, la gorda bajó la cabeza.

Cuando quiso entrar al baño…

─Entra, entra, no te pares ─entré tras ella y cerré por dentro.

─¿Qué haces? ─preguntó la pobre, parecía asustada.

─Tú mea, no te interrumpiré. ¿Quieres un tiro? ─Sonrió con expresión de que este tío está loco.

─Date la vuelta, si me miras no puedo mear ─Me reí porque su volumen embutía al pobre inodoro entre sus muslos y el culo, me pareció muy cómica la escena. Pero uno estaba demasiado tiempo sin conocer mujer.

Hice dos rayas, si ella no quería me las metería yo. Esnifé una.

─¿Puedo? ─dijo subiéndose las bragas.

─Claro.

Esnifó la otra y salimos de allí. Pasé de los otros y bebimos juntos la gorda y yo, no recordaba su nombre, me daba vergüenza preguntárselo, soy así. La noche pasaba, los invitados se iban retirando, mi acompañante también se iba, decidí acompañarla a su coche.

─Me lo he pasado muy bien, Aníbal. Así que escritor, me gusta la gente que dedica su tiempo a realizar tareas poco comunes ─dijo mientras caminábamos hacia su coche.

─Bueno, intento ser escritor, intento que fluya algo verdaderamente bueno. Hace un año estuve a punto de publicar con una editorial de las grandes, pero no salió bien.

─Lo siento ─dijo sacando las llaves de su coche del bolso. Miré sus enormes tetas, toda la noche estuve mirándole el escote, allí mi picha se perdería. Me apetecía besárselas.

─No lo sientas, son cosas que pasan ─dije metiendo mis manos en los bolsillos, me apetecía fumar.

─Bueno, me tengo que ir, es muy tarde.

─Sí, es tarde, pero antes… ─la tomé del brazo, la atraje hacia mí y la besé. Me dio lengua desde el principio, la abracé como pude y se me puso dura. Joder, me urgía echar un polvo, lo necesitaba. Nos magreamos, me calentó, y se fue. Me dio su número de teléfono. Conforme la vi marcharse en su coche tiré el papel con el número. Necesitaba echar un polvo no un maldito número de teléfono. No soy de los que guardan polvos para más tarde.

Volví al piso medio borracho, muerto de frío y con la picha tiesa. Cabizbajo entré en la casa, no quedaba nadie, solo Azucena sentada en el sofá.

─¿Se han ido todos? ─pregunté encendiendo un cigarrillo.

─Sí, Flanagan ha bajado a despedir a sus amigos ─explicó. ─¿Me invitas a fumar?

Le di uno. Así que las sombras que vi en plena oscuridad al volver de despedir a la gorda era el cabrón de Flanagan con la novia de un amigo suyo. Recordé que Azucena me presentó a un tía muy delgada y muy pálida que era novia de un amigo de Flanagan, él tío no pudo venir a la fiesta. Creo que era ella, a él lo conocí, es inconfundible aunque haya poca luz.

─Vale. Me voy a servir un trago, ¿quieres?

─No, me voy a duchar ─rechazó.

Asentí y me eché en el sofá a beber y a fumar. Estaba muy cachondo, la obesa me había dejado a mi suerte, y a mí la suerte no suele sonreírme mucho. Cerré los ojos intentando olvidar el calentón, me fue imposible. Me largué a mi habitación, encendí el ordenador, un poco de escritura me bajaría la polla a su estado de hibernación. Dejé la puerta abierta, aproveché mi soledad momentánea para servirme un tiro. Descalzo y con la camisa por fuera del vaquero fui a por otro whisky. Me lo serví, del baño salía olor a limpio, olor a colonia, humedad. Que sensación más placentera, pensé. Mi habitación estaba al lado del baño y al pasar miré hacia el baño y la puerta estaba entreabierta y espié a Azucena cubierta en una toalla. Me dispuse a escribir intentando olvidar todo lo que acontecía a mí alrededor. Comencé a escribir la paliza que me dieron Guillermo y sus compadres, entre línea y línea me rascaba los huevos. Aquello no se bajaba, creo que hasta mojé los calzoncillos.

─Aníbal, voy a acostarme, ¿necesitas algo? ─preguntó Azucena con el albornoz de color blanco puesto como única prenda.

─No, estoy bien ─Y un huevo, no estaba bien, estaba al borde del colapso mental por la cantidad de testosterona que retenía mi cerebro.

─Buenas noches ─dijo dulcemente. Clavó sus ojos esmeraldas en los míos, y yo le clavé los míos inyectados en sangre. Me sentía como un Sátiro recién sacado de la mitología. Tenía cuernos, tenía rabo, tenía la picha como una piedra. Y Azucena parecía una Ninfa a la que perseguir recién salida de la ducha. Por un momento me vino a la cabeza practicarle el viejo bumbum. ¿Qué estás pensando cabrón? No faltes a uno de tus mandamientos, no se mete si la fémina no quiere o es la novia de tu mejor amigo. Olvídalo. Hazte una paja.

Escribí y escribí, no más que unos párrafos. Me levanté, Flanagan no había vuelto, seguro que se estaba beneficiando a ese saco de huesos. Bueno, yo he estado a punto de entrar en una ballena, no somos tíos con prejuicios. Reí para mis adentros. Di unas vueltas por el salón, estaba nervioso, me sudaban las manos, estaba excitado en todos los aspectos. Tropecé con una silla un par de veces.

─Aníbal, ¿estás bien? ─¡Ajá! la excusa perfecta. Azucena era muy maternal.

Me acerqué al quicio de la puerta del dormitorio.

─Sí, estoy bien. He tropezado con una silla. Tú descansa.

─No puedo dormir ─Encendió la luz de la lámpara de la mesita.

─Pues ya somos dos. Podemos echar unos tragos.

─No quiero beber más. Te veo muy bien, estás recuperado ─dijo incorporándose en la cama. Sin darse cuenta me mostró las tetas. Y que bonitas y turgentes eran, morenas como su cabello y el resto de su piel. Se percató al ver la expresión de mis ojos, se las tapó y enrojeció de pudor. Cuan virtuosa era, o se lo quería hacer, no sé.

─Pues yo voy a por otra, algo tendré que hacer ─dije saliendo de allí. Necesitaba escapar, no quería pecar y Azucena para colmo me enseñó los senos, no sé si adrede, pero coño, estaba más de tres meses sin mojar. Apagó la luz de la lámpara de la mesita.

Bebí casi de golpe el culo de whisky, encendí un cigarrillo, me lo fumé. Me debatí un rato más con mis demonios buenos, ganaron los malos. Fui a jugarme una hostia y mi estancia en la casa. Entré en el dormitorio a oscuras.

Levanté el edredón.

─¿Qué haces? ¿Estás loco?

─Me tienes loco desde hace un rato. Te voy a joder.

Estaba desnuda bajo el edredón, sin pensarlo comencé a besarle los pechos, se los mamé, Azucena peleaba conmigo, intentaba zafarse de mí. Metí un dedo en su coño, casi no le cabía, era muy estrecha. Lo movía en círculos y de atrás hacia adelante. Gruñía, peleaba, pero cada vez menos.

─¿Paro? No quiero hacer algo que tú no quieras. Sé que me estoy pasando de la raya, pero necesito echar un polvo con urgencia ─expuse metiendo otro dedo.

Soltó un gemido, se quejó por el segundo dedo.

─No lo sé…, me gusta lo que haces… Cállate o te pegaré para que pares.

Le hice caso, la monté, me envolvió con las piernas, se la metí con saña, su estrechez me apretaba la polla tan fuerte que me dolía; besé su boca hasta hartarme, se aferraba a mí con fuerza, casi no podía moverme. En unas ocho o diez embestidas me corrí, dentro. Fue uno de los mejores polvos de mi vida. Después de salirme la besé tiernamente en los labios, me fui a mi habitación. Cerré la puerta por dentro, me senté a escribir y lo estuve hasta el alba. Flanagan no volvió en toda la noche.

La bronca de Azucena con Flanagan fue monumental cuando mi amigo llegó de su escapada. Me largué en cuando empezaron los gritos. Aquella mañana antes de que llegara Flanagan no lo volví a hacer con ella. Me desperté tarde.

Me fui a un bar cercano, pedí café y me senté en la terraza a escribir un poco, relaté el polvo con Azucena, aún tenía su olor en mis dedos.

Acabé el café y mientras fumaba un cigarrillo pensé en Anaïs, hacía un año que no la veía. Rompí nuestro pacto, fui un cobarde, como siempre. Sin embargo siempre he pensado en que algún día nuestros caminos se volverían a cruzar, quién sabe; la echaba de menos y aún la sigo echando de menos. No he conocido y creo que no conoceré nunca a ninguna mujer o persona como ella. Luego, como por arte de magia, apareció por mi insconsciente la gorda y su enorme cuerpo, ella tuvo la culpa de haberlo hecho con Azucena, si no me hubiera puesto cachondo nada habría pasado, siempre se lo deberé. Le debo un favor a esa chica enorme.

Dejé pasar el tiempo paseando antes de volver a la casa de Flanagan, debía dejar que hicieran las paces, que la cosa se calmara. No me gusta estar en discusiones que no me atañen. Paseaba y pensaba en cómo enderezar mi situación, aunque solo fuera un poco. Siempre que he enderezado mi vida la he cagado. Así que soy un cagón, siempre jodiéndome la vida, es mi deporte favorito. Olvidé la idea, soy un ser que disfruta matándose, sigamos haciéndolo, ¿no?

Volví a las dos horas, entré con mi llave. Se habían calmado, Azucena se había marchado a hacer unos recados.

─Hola ─saludé. Flanagan estaba sentado en el sofá escuchando música. Sonaba Nirvana.

─Hola, Aníbal. Azucena ha salido, estamos solos. Las mujeres son tan delicadas, con una mirada las puedes romper. Le he pedido perdón, debí haberle dicho que me iba por ahí con mis amigos.

─No me cuentes nada, es cosa vuestra. Si tengo que irme para que estéis bien me iré ─dije sentándome a su lado en el sofá.

─No digas eso. Aquí estás bien. Nos gusta tu compañía y tu conversación, amigo escritor.

─Bueno, si tú lo dices. ¿Un trago?

─Por favor.

Me levanté del sofá, preparé dos whisky´s con hielo, me volví a sentar y comenzaba a sonar Buscando una luna de Extremoduro. Música peligrosa para dos tipos peligrosos, sobre todo yo.

Durante las semanas posteriores todo volvía a su cauce, la parejita andaba enamorada y chingando en cualquier lugar de la casa y yo, estaba metido en una serie de relatos llamados En brazos de… Así que no nos molestábamos demasiado. Bebíamos en trío, comíamos en trío, lo pasábamos bien juntos. Me recordaba a la relación que tuvimos Flanagan, Alicia (una antigua novia) y yo. Estábamos bastante unidos. No volví a liarme con Azucena, aquello fue un episodio pasajero, pero la deseaba. Cómo no desearla, era una mujer espléndida. Aquello nos sumió en una conchabanza bastante peculiar cuando estábamos solos, nos convertimos en muy buenos amigos y cómplices.

Tomé por costumbre tomar café y algún whisky en una terraza muy cerca de la casa de mis amigos. Aún me quedaban algunos ahorros de unos trabajillos que había hecho y también del subsidio por desempleo, había currado lo suficiente y ahora tenía mi recompensa del Sistema. En la terraza escribía en mi libreta y por la noche lo pasaba al ordenador, lo pulía, lo leía, sonreía, bebía, me acostaba tarde. Estaba siendo lo que siempre quise, ser escritor. Era lo más parecido a la felicidad que había tenido nunca. Lo aprovechaba a grandes bocados y sorbos.

Flanagan decidió hacer otra fiesta. Fue un sábado por la noche; cena, bebida y drogas, por supuesto. Al cabo de un par de horas me largué sin que nadie me viera. Me aburría la gente de la fiesta, tan simples y con tan poco espíritu. No digo que no fueran divertidos, eran divertidos de más. Creo que estaba tan concentrado en escribir y crear que cualquier acción que me sacara de mi trabajo me sucumbía en puro aburrimiento y desidia. Paseé largo rato, cuando me cansé di la vuelta, andaba pensando en letras, letras de tinta negra, letras que deseaba escribir ipso facto. No escribía, vomitaba letras a lo bestia. Mientras paseaba me encontré con los dos flipados de la fiesta anterior, los de la coca. Les acompañaban dos tías.

─Aníbal, ¿qué haces aquí? ─preguntó el más alto. Llevaba la voz cantante.

─Doy un paseo.

─¿Te has aburrido? Vente con nosotros, vamos a otra fiesta. Lo pasarás bien.

─Venga hombre, vente. La casa de Flanagan está muerta, todos están en pareja, un rollo ─dijo el otro. Por fin hablaba.

No tenía otra cosa que hacer, fui con ellos. Fuimos en el coche del hablador, parecía el jefe de la manada. Yo iba en silencio, una de las tías se rozaba con su pierna en la mía. No estaba mal la rubia. Desde que estuve con Azucena no había estado con ninguna, no tenía muchas ganas de sexo, simple y llanamente. ¿Estaría madurando? Bueno, los seres humanos no maduramos, evolucionamos, no somos una fruta.

En unos minutos llegamos al destino. No había bares por allí, iremos a una casa, pensé. Efectivamente, era un piso, algo más grande que el de Flanagan. El hablador me presentó a la manada, un tío más y cuatro tías. Por mi aspecto y mi forma de vivir parecía mucho mayor que ellos, pero no creo que mucho. Una chica muy simpática me sirvió un whisky, hablé con ella un rato. Luego me fui integrando y conversaba con otros y otras. Había música electrónica a medio volumen, estaba a gusto. Me preguntaron por mi trabajo, les dije que era escritor. Luego me preguntaron que si me ganaba la vida con ello, les dije que en España si eres sincero con lo que escribes es imposible vivir de la escritura. Los «iluminados» comenzaron un debate estúpido e inútil. Nunca voy a entender este deporte, hablar por hablar sin hacer nada. España es un país de hablar y no hacer nada. Supongo que es por la libertad de expresión y ese rollo. O porque con 40 años de dictadura las lenguas estaban atadas, ahora las han soltado. No puedo creer en una nación que habla mucho y no hace nada.

Me arrinconé en un sillón con mi vaso de escocés y un cigarro. Se me acercó la chica simpática que me sirvió el primer vaso.

─¿Te aburres? ─dijo sentándose a mi lado.

─Un poco. ¿No te da la impresión que todas las conversaciones son copias de otras?

─No sé, es profundo lo que dices, pero puede ser.

Me retrepé en el sillón, la chica me miraba.

─Me parece que te sientes fuera de lugar, ¿me equivoco? ─preguntó justo antes de encender un pitillo.

─No te equivocas. No estoy pasando mi mejor época.

Apuré mi vaso.

─Encantado, pero me largo de aquí. Necesito pasear ─dije metiendo las manos en los bolsillos.

Se levantó y nos dimos la mano. Fui a despedirme de los flipados, pero…

─No te vayas, Aníbal. Ahora viene lo bueno. Ven.

Me llevó al baño el tipo este, no recuerdo su nombre, por eso no lo digo, hizo dos rayas. Nos las metimos.

─¿Has oído hablar del juego del muelle? ─preguntó. Negué con la cabeza.

─Es un juego que se está poniendo de moda entre los jóvenes. Unos tíos se sientan en una silla, todas las sillas en fila o en círculo. Las tías se quitan la ropa interior, los tíos se bajan los pantalones hasta los tobillos y ellas montan a todos los tíos y se las van pasando a los treinta segundos. Pierde el que se corra antes. ¿Qué te parece? ─expuso todo emocionado.

─Es como una ruleta ─dije.

─Sí. Está prohibido el calentamiento, todo meter y sacar, tío. Solo follar.

Hizo otras dos…

─No pienso participar. No me gusta meterla donde otro la acaba de sacar.

─¿Cómo que no? En este momento mis amigos se lo están diciendo a las tías. ¿Por qué crees que somos más tíos que tías?

─Entiendo. No voy a participar. Esos juegos no me van.

─Pero quédate por si te animas. Vamos.

Salimos. El escenario estaba dispuesto, las sillas, el alcohol y las ganas de hacer el gilipollas. Me senté en el mismo sillón, la chica simpática volvió a mi lado.

─Hola, ¿no participas en el juego del muelle? ─le dije.

─¿Yo? Para nada. Es repulsivo. No entiendo como mis amigas aceptan jugar a un juego tan sucio y ofensivo para las mujeres. Lo van a hacer con tres o cuatro chicos…, me niego a verlo ─dijo con repulsión.

Fui a por un trago. Comenzó el show. Un tío lo grababa todo. Se las metieron al unísono, gemían, no parecían pasarlo mal, sobre todo reían como imbéciles. Me parecieron enanos de feria colocados con peyote.

Ella y yo éramos los espectadores de un espectáculo deleznable para el género humano.

─Sin calentarlas les van a hacer daño ─comenté.

─No puedo más. Me voy ─dijo tapándose la cara con las manos.

─Te acompaño.

Nos largamos sin despedirnos. Salimos juntos a la calle.

─Por cierto, me llamo Sandra ─dijo acercándose a darme dos besos.

─Soy Aníbal.

─Bueno, por mi parte la noche se ha acabado ─agregó sacando las llaves del coche.

─Y para mí. Ya nos veremos. Adiós.

Me di la vuelta con la cabeza gacha, las solapas del abrigo subidas y las manos en los bolsillos. No volví a ver a Sandra.

Estuve caminando una hora más o menos. Cavilaba sobre el dichoso juego del muelle, no podía entender como entre seres humanos se puede practicar sexo de esa manera. Siempre he concebido el sexo como un intercambio, yo te doy, tú me das. El sexo es un cortejo, es algo más que fluidos. Puede llegar a ser espiritual.

Llegué a casa de Flanagan, seguían de fiesta, pero muy tranquila, hablaban y bebían sin música, era tarde. Saludé y me encerré en mi habitación a escribir:

«Tengo el corazón reventado de coca, tabaco, alcohol y decepciones. Soy un cobarde, siempre salgo corriendo en cuanto hay problemas. No soy un ser humano, soy un despojo, pero un despojo que piensa y escribe lo que tú no tienes cojones a pensar y mucho menos escribir»…

Jueves, doce de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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2 comentarios en “Un juego inocente

  1. ~…existen maneras de transmitir, de hacer llegar muchos mensajes, definitivo el Escritor, aquí deja plasmado más de uno… Desde los abusos, la venganza, la pendejada del juego del “muelle”, la crítica social a los hijos de papi, la falla en la lealtad, la amistad, todo lo cotidiano tiene un buen “juego inocente” que entra entre~comillas y bien apretadas. Éste escrito es un llamado a muchas reflexiones dentro de su entretenimiento, el sexo, como argumento, la “gorda” como fórmula de burla y excitación, la ausencia a pertenecer, ni tan si quiera es importante su nombre, otra crítica escondida… el exponer el deseo, sobre la valentía de enfrentar, la manera de extrañar aunque ha pasado un año… sentir la multitud de la fiesta y llevar el vacío, necesitar el Silencio, la conexión con el “Yo”… el efecto vacío que da sentarse a Escribir…

    Este Escrito tiene más complejidad de lo que se puede captar a simple vista, con una lectura… hay que leer~lo, sin prejuicios, con el Alma bien despierta, para no perder~se que dentro de lo cotidiano, lo “sucio” o lo que podría parecer aberrante, encierra cobardía y valentía del Escritor…! Felicidades Pedro Molina!
    ~_~.♡

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