Henry y Anaïs III

Dos almas color rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película Historia de O (1975). Basada en la novela homónima de Pauline Réage (1954).

«A veces pienso en la violencia, en la ultraviolencia como único recurso por los que están en una posición superior. La ultraviolencia nos rodea, estamos rodeados por la violencia en todos sus estados: física, mental, laboral, marital… Y lo más gracioso de todo es que la gente no se da cuenta. Están ciegos. Por esta y otras razones me niego a concebir ningún heredero con mi apellido. Es una gran maldad traer niños a este mundo donde la ultraviolencia nos invade a través de los cinco sentidos. Toda la violencia no es maldad pura, existe otro tipo de crueldad, pero si se controla se disfruta, el goce experimentado puede llevarnos al Nirvana, o por lo menos a un lugar parecido. Ahora mismo, mientras escribo siento excitación, y no ¿es la excitación un estado violento? Sientes que la adrenalina te recorre las venas a punto de reventarlas. Sientes fuerza, poder; sí, poder, es lo que deseamos todos. Poder y control. Así somos los seres humanos y quién diga lo contrario miente. La música, oh, la música. La música es ultraviolenta. El jazz, el blues, el rock son estados violentos a través de notas musicales. ¿Por qué? Porque son energía pura y dura y la energía es cruel. Mezclado en un coctel con la juventud y la rebeldía, el resultado es un brebaje maravilloso y violento. La violencia es una forma de romper con las reglas establecidas, si llegamos al máximo estado: la ultraviolencia, el mal se apodera de nosotros, al igual que el cáncer nos come por dentro hasta matarnos. La violencia te mata, la violencia mata, destruye, revienta los sentidos hasta abotagarlos. Aprieta las sienes, llena las arterias de borbotones de sangre espesa. Y la violencia puede ser creadora, destruir para construir.

Todo el mundo se preocupa por la raíz del mal, pero ¿y el bien? ¿Quién se preocupa de estudiar cómo nace el bien? Esto mismo se preguntaba Alex, el nadsat protagonista de la novela La naranja mecánica».

No tomé la llave del apartamento de Malena, no la conocía lo suficiente ni ella a mí tampoco. Me pareció demasiada confianza. Sí me quedé con la nota, pero la llave se quedó allí.

He estado casi todo un mes sin escribir salvo notas sueltas en mi libreta. He trabajado intensamente de vigilante en la jodida obra que me quita lo que realmente me importa, escribir. Lo demás me interesa poco; comer, dormir, son cuestiones a las que atiendo el tiempo justo. Aunque beber y darle al asunto son temas que me acompañan desde hace años. Escribir, beber y follar son los asuntos que me conciernen; sí, así es, vivir es lo que realmente me importa. No quiero posesiones, no quiero dejar una herencia, no quiero alimentar retoños ni educarlos, no quiero vivir en una jaula con los barrotes de oro. Quiero besar a Anaïs, quiero romperla, quiero follarle la mente, quiero zambullirme en su matriz y quedarme ahí, durmiendo, comiendo, meando, cagando, en definitiva, viviendo en el útero de Anaïs. Porque un hombre busca vivir en una matriz, se introduce una vez la fémina le da permiso y nunca saldrá; ese es el estado ideal de un hombre, vivir en un coño. No todo en la vida es follar, para echar los mejores polvos debes vivir como hombre en un útero, conocerlo y amarlo para ser un hombre. Los que van de útero en útero son hombrecillos perdidos, esclavos de su propia vida, esclavos de sus propios sueños, esclavos de sus inquietudes y deseos. Aunque yo soy más bien un hombrecillo-esclavo de mis deseos porque todavía ninguna mujer me ha dado permiso para vivir en su matriz. Pero tampoco la busco como si fuera un lobo andando detrás de una presa. Cuando la encuentre lo sabré, y mientras tanto disfrutaré de mil y un coños.

Así que también estuve un mes sin ver a Anaïs, echaba de menos su compañía, su conversación, extrañaba su olor, su tacto. No nos habíamos pasado los números de teléfono, entre nosotros no hacía falta, sabíamos dónde encontrarnos. Y como un impulso mitológico y divino me preparé para ir a su encuentro, mi ser me decía que la encontraría. Y allí fui, en busca de la mujer que distraía mis sentidos y los abotagaba, me empalmaba la mente y la picha. Y ahora mismo la tengo como una piedra. Me la veo en la ducha en este momento y parezco un zahorí en busca de agua, pero mi palo no busca agua, busca a Clara-Anaïs.

Estaba aprovechando mis días libres para escribir y beber un poco, me sentía limpio por dentro y por fuera y había llegado la hora de ensuciar mi interior. Salí a la calle, cogí el autobús en dirección a la cafetería-tetería donde Anaïs pagó la apuesta. En estas últimas cuatro semanas he pensado en Malena, realmente estaba prendada de mis letras. Parece que Anaïs le había hablado muy entusiasmada de mi obra y Malena lo transmitió excitada y deseosa de que le «introdujera» mis letras. Mi sexto sentido me decía que debía estar cerca de aquella mujer de más de cincuenta.

Una vez acabado el retiro del ordenador, en las noches oscuras los seres de otro mundo aparecen y yo, escribía y sentí que había perdido algo y eso me estaba jodiendo el alma. Hoy, por ejemplo, las letras no han fluido como deben en mis callosas manos. Así que estoy pensando seriamente en tomar unas largas vacaciones. He ahorrado dinero, de momento no me hace falta ser un esclavo más para alimentar a las alimañas que nos cobran por todo, incluso intoxicarnos. No soy de los de arrimar el hombro, que lo arrimen ellos que se lo llevan calentito.

El autobús me dejó cerca de la cafetería-tetería, caminando en solitaria compañía fui llegando con la cara helada por el frío. Las solapas del abrigo subidas, manos en los bolsillos y cigarro en la boca y paso lento y firme. Cabeza gacha mirando por donde pisar, no estaba avergonzado, pero sí, embutido en mis pensamientos que son más importantes que verles la cara a los autómatas de Yo, robot*. En la puerta del local tiré y apagué el cigarro con el zapato en la acera llena de chicles pisoteados. A veces pienso en la escasa educación que tiene la gente, ensucia por ensuciar, así vamos bien, ¿no? * (Libro de relatos de ciencia ficción del autor Isaac Asimov publicado en 1950).

Entré y el sosiego del lugar me recordó a Anaïs, incluso Malena apareció en mi mente sonriendo y mirándome hambrienta. Me dirigí a la barra, me senté en un taburete, el camarero vino a mi altura y un escocés con hielo pedí. Di el primer trago a la bebida de las Tierras Altas, entró ensanchando mi alma y purificándola del aislamiento de abonarme con lecturas fuertes. Saqué mi libreta y el bolígrafo, pero justo levanté al vista y Anaïs y Malena compartían mesa al fondo. Un impulso me dio para ir saludarlas porque sentía una enorme necesidad de estar con Clara-Anaïs, pero me detuve a tiempo para observarla en la lejanía. Quería deleitarme con ella en mis pupilas, deseaba verla miles de veces desenvolverse en su espacio, maravillarme de su sensualidad y sexualidad. Enamorarme mil veces en un minuto de sus gestos, embelesarme en su cabello castaño y ondulado, seducirme con el brillo de su piel. Mientras escribía o componía algo parecido a un poema, algunas veces me sale la vena poética y no sé por qué, me veo bastante salvaje para entender o sentir la dulzura de la poesía:

«Mirarte en la distancia es como el balanceo de un blues. Embelesarme con tus exquisitas maneras es como estar sentado en una mecedora en verano. Apoyar mi mirada en tu cabello, es pasear como un piojo oliendo la exquisitez de tus ondulaciones….». Dejé de escribir sensiblerías, pero muy a tono con mi sentir en aquel momento. Con paso parsimonioso y chulo me acerqué a la mesa…

—Buenas noches, señoras —saludé muy caballeresco.

—¡Hola Aníbal, querido! —exclamó Clara-Anaïs.

—Buenas noches, Aníbal —dijo Malena mordiéndose el labio inferior.

Me invitaron a sentarme, me senté al lado de Anaïs, solo quería estar con ella. Quería abrazarla, besarla y decirle tonterías, las que fueran, solo quería que me mirara como ella solo sabe mirar.

—¿Cómo estás? Has estado desaparecido, querido —dijo Anaïs.

—Sí, el maldito trabajo de vigilante me ha tenido un mes trabajando de noche. El poco tiempo que he tenido ha sido para escribir.

—Una lástima trabajar tanto, Aníbal. Deberías probar a vivir más —aconsejó Malena.

Pobre mujer, no se había parado ni un minuto a estudiarme como hacen las arpías como ella. No tenía ni puta idea de quién soy, ni cuando se la metí. Clara-Anaïs y yo nos reímos como cómplices porque su amiga había metido la pata con esa recomendación. Apoyé mi mano en el muslo de Anaïs, la media de rejilla estaba cálida. Me miró y sonrió de lado, sus ojos chispeaban.

—¿Sobre qué has escrito? —preguntó Malena.

—Sobre la vida, sobre el sentir, sobre como mi canario se pone duro —expuse retándola a seguir la danza de preguntas. No se incomodó como yo pensaba.

—¿Recuerdas que te pregunté si tenías algo más que no fueran los apuntes de tu libreta?  —preguntó la mujer más mayor con interés. Asentí afirmativamente.

—Aníbal, Malena y yo hemos estado hablando de tu trabajo, ya sabes que a mí me gusta mucho lo que escribes. Malena ha insistido durante tu ausencia en leer todo lo que tengas —expuso mi adorada Anaïs con intensidad.

—¿Por qué tanto interés? —pregunté.

A lo que Malena manifestó:

—Cuando me reúna contigo mañana para comer lo sabrás —declaró mirando mis ojos azules.

—Escucha a Malena, Aníbal. Tiene muy buen gusto.

—Me consta que sí lo tiene. Admira tu obra y eso es tener buen gusto —dije tomando mi vaso de whisky.

Las dos féminas sonrieron.

—Bueno, tengo que irme. Mañana me espera un día movidito. Toma mi tarjeta, Aníbal. Llámame mañana temprano para quedar a comer —dijo Malena con fuerza. Se notaba a la legua que era una mujer mandona y de las que no se puede hacer esperar.

—Cariño, mañana hablamos. Te quiero —dijo cariñosamente a Clara-Anaïs. Se dieron un tímido beso en los labios y Malena se levantó apoyando su mano en mi hombro, apretándolo.

Malena era una verdadera señora, buena amante, inteligente y con buen gusto para vestir, hablar. Sabía muy bien lo que quería y lo tomaba, supongo que eso se aprende cuando se tiene dinero. Cuando no se tiene dinero no se puede elegir, tienes que conformarte con las migajas que dejan los de arriba. Algunas veces esas migajas son de oro, pero la mayoría de las veces son de pan y bastante duro.

Anaïs y yo nos quedamos un rato más en la cafetería-tetería, tomé otro whisky y ella más champán.

—Salgamos de aquí, Aníbal. Demos un paseo —expuso mi acompañante.

—Vale, vayámonos.

Pagamos la cuenta a medias, salimos a la calle, hacía frío, cortaba la piel como un cuchillo. Caminamos durante una hora hasta la casa de Anaïs, sin quererlo llegamos allí dando vueltas, pero antes de llegar tuvimos una conversación muy interesante…

—¿En qué piensas cuando escribes? —preguntó Anaïs mientras paseábamos a la par. Me tenía cogido del brazo y muy pegada a mí por el frío.

—Casi siempre pienso en el viejo unodós unodós*. Otras veces pienso en el exceso o en la ultraviolencia de este mundo moderno —expuse con poca seriedad. No me gusta que me hagan esa pregunta. Supongo que necesitaba hacérmela, pero no sé por qué. * (Palabra nadsat de la novela La naranja mecánica. El nadsat es un lenguaje inventado).

—Ja, ja, ja, me gusta cuando usas palabras literarias para expresarte. La naranja mecánica es una buena novela, la leí hace mucho tiempo en la universidad. Sueñas despierto, cariño, soñamos despiertos, creo que es nuestra medicina para aguantar los embates de este mundo insidioso. «Los sueños son necesarios para vivir».

—Ah, la vieja Nin*, sin sueños no vivimos la ansiedad de la vida, ¿no crees? —dije mirándola de soslayo y sonriendo. *(Aníbal hace referencia al apellido de la escritora Anaïs Nin).

—Lo creo, si no soñamos nos suicidamos prematuramente. Matamos la inteligencia emocional hasta convertirnos en robots, autómatas del sistema. Los sueños pasan a la acción, bueno, ocurre si lo deseamos y lo buscamos. Pero antes debemos tirar el lastre que nos frena.

—¿Sabes? Cuando tengo una erección escribiendo he cumplido un sueño. Escribo lo que me emociona y cuando se cumple soy un hombre feliz —dije llegando a la casa de Anaïs.

—Me apetece que subas a casa —expuso firmemente.

No dije nada, miré su rostro; el vaho que expulsaba su boca era divino, sus labios, hinchados por el frío me parecieron la octava o novena maravilla del mundo. Le ofrecí mi brazo y subimos.

Ascendimos hacia su apartamento en el ascensor, no nos besamos, solo nuestras manos estaban tomadas y las miradas, ay las miradas, intensas, escrutadoras de pensamientos. Llevábamos una hora entrando y saliendo de nuestras mentes. No importaba si éramos más o menos inteligentes. La inteligencia no tiene nada que ver cuando se sabe hacer el amor con la mente.

Me puse cómodo en el sofá, me retrepé con el abrigo puesto, lo abrí. Anaïs preparó dos copas de champán, me ofreció una. Inmediatamente fue al equipo de música y puso un disco. ¡Ah, el hermoso Ludwig Van!, pensé.

—«La música es un maravilloso opio sino te la tomas demasiado en serio». H*—dije escuchando las primeras notas de la Alegría. *(El autor cita la frase de Henry Miller y lo nombra con la inicial de su nombre de pila: H).

—Así es, querido. Es la mejor droga, unida a la literatura o a cualquier tipo de arte es una simbiosis tan excitante… —Le ofrecí un cigarrillo. Nos miramos, estábamos ardiendo, pero no era el momento todavía.

—Te he echado de menos, Aníbal. Espero que la reunión de mañana con Malena sea totalmente satisfactoria.

En ese instante me importaba un comino lo que tuviera que decirme Malena, le gustaba mi obra, le gustó como le dimos al asunto. Pensaba que Anaïs no estaba al tanto de lo que hicimos Malena y yo.

—Bueno, sabes que he estado trabajando más horas de las necesarias. La necesidad es una forma de esclavitud, pero yo también te he echado de menos. Me es imposible mentirte.

Anaïs sonrió ante mi cinismo. La música sonaba con fuerza, a un volumen aceptable para la hora que era. Me venían frases a borbotones, ideas claras y otras envueltas en bruma, bruma púrpura, puede que por el alcohol.

—Lo sé, querido. He revelado las fotos, ven —se levantó y me ofreció su mano. Entré en su santuario donde daba vida a las imágenes captadas por su ojo.

—Las hice con un carrete en blanco y negro. De vez en cuando me gusta trabajar a la antigua usanza.

Las tenía colgadas de una cuerda muy fina, cogidas con pinzas. La luz roja no dejaba apreciar muy bien la calidad de las fotografías, pero me gustaban bastante. Nunca me habían sacado tanto con una cámara. Aunque no me he dejado fotografiar mucho, pero las que me hizo Anaïs eran perfectas, eran yo y nada más. Recuerdo que no mentí al objetivo y ella supo desnudarme tan bien que me daba vergüenza que me viera tal cual soy.

—Eres un ser maravilloso, Aníbal. Mira esta foto, estás excitante y en esta otra eres dulce con el objetivo y en esta eres desafiante —me las mostró todas y todas tenían nombre y una descripción corta. —Me gustaría exponerlas en mi siguiente exposición si te parece bien.

—Me parece bien, tú eres la artista, así que haz lo que desees con ellas.

—Gracias, querido. Vamos fuera.

Me volví a sentar en el sofá, ella fue al dormitorio. Un par de minutos después regresó con un vestido finísimo de rejilla de color negro. —¿Te gusta? —preguntó.

No me gustaba, me encantaba. Dentro de aquel seudo-vestido era realmente la diosa de la que me estaba enamorando. No me da pudor decir que me estaba enamorando por primera vez en mi vida. Aníbal se enamora, ¿y qué? ¿Acaso no soy humano?

—¿Y la cámara? —pregunté.

Me miró y sonrió, adivinó mi intención. —Tengo una digital en el bolso.

Alcancé el complemento femenino, saqué la cámara y me senté de nuevo en el sofá. Di un trago a mi copa y ¡zas! Clac clac clac. Clic clic clic, el dedo índice disparaba sin cesar. Anaïs posaba natural, tan natural que la cámara tuvo pudor por tan insultante modelo. No se intimidaba, el pobre objetivo parpadeaba porque yo lo accionaba. Si hubiera tenido vida propia habría cerrado el ojo. Me levanté, Anaïs recogía su cabello con las manos a la altura de la nuca, la rejilla dejaba ver los senos, las curvas, la curvatura de unos senos sabios, el pezón rosado estaba erecto, respiraba ansiosa necesitada de un beso. Con la cámara en la mano utilicé la otra tomando todo el Monte de Venus, lo apreté. —¿Qué te duele? —le pregunté.

—Me duele el alma por desearte, me duelen los labios ansiosa de besarte, me duelen los pezones porque necesitan tu saliva. Me duele el sexo porque lo aprietas y no lo penetras.

Sonreí, la rodeé con los brazos, la besé, la estreché con tanta fuerza que aulló en mi boca de dolor. Retiré la mano de su monte, bajé mi cremallera, la eché en un brazo del sofá, abrió las piernas, deseosa de mi futura zambullida. La penetré mirándola a los ojos, nos besamos hasta el final. Fue un largo beso, un orgasmo, una única embestida, un deseo incontrolable, una atracción más fuerte que nosotros mismos.

Acabamos en la cama, desnudos, pero tapados con las sábanas. Seguíamos bebiendo champán y fumando Benson & Hedges.

—Eres como un libro, sacas mi dureza, mi ternura. No me siento juzgada por ti —dijo mirando al techo.

—Para qué juzgarte. No soy juez y mucho menos Dios.

—Sacas mi fortaleza, pero no me demandas nada, y me da miedo. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero esto, tu locura, tu genialidad, tu admiración, quiero tus senos, tu coño, quiero la pizca de amor que me das.

—Bésame, Henry —pidió con tanta ternura que no pude negarme a otro rato de zambullida.

Al día siguiente me desperté muy tarde en casa de Anaïs, así que no llamé a Malena, no fui a mi cita con ella. Mi amante salió temprano, no me despertó y dormí reparando mi espíritu de tanta emoción y lucha. Tuve un sueño, perverso, lascivo, mentalmente agotador, un poco freudiano, la verdad. Fue algo así:

«Estaba delante de un muro muy alto, estaba construido con grandes bloques de hormigón, era tan alto que no precisaba de alambre de espino en lo más alto. Miré hacia arriba y pensé que era imposible de escalar sin tener una caída tremenda y tolchocarme* la golová* (Palabras en lenguaje nadsat. Significan golpearse y cabeza respectivamente). Estaba solo, solo con mis yoes, todos estaban conmigo, me acompañaban y algunos me sugerían que me largara de allí y otros me susurraban al oído que no tenía suficientes cojones para escalar el muro. El inconsciente me introdujo el pensamiento de cruzar al otro lado. Pero antes tenía que romper antes de cruzar. Hace años lo hice, dije en voz alta. Lo dejé todo para vivir mi vida, olvidé a mi familia, rechacé las responsabilidades y obligaciones para completar la Metamorfosis. ¿Y ahora qué? No tengo fuerzas para completar esta fosis evolutiva, no, no puedo más. Quiero caer y encender por última vez la hoguera de mi propia vanidad y desaparecer. Estaba decidido a dar media y vuelta y olvidarme de mis yoes y ser un simple, esclavo Aníbal Haze; cuando una especie de Ninfa o Hada me cortó la intención de dar media vuelta. No dijo nada, me miró, se limitó a mirarme decepcionada. Emanaba de ella una luz muy blanca, muy clara, me cegaba. Con el dorso de la mano a modo de visera intentaba ver algo, era imposible. Solo veía luz y sentía tranquilidad, mucho sosiego, pero al mismo tiempo mucha angustia y desilusión. Comenzó a llover muy fuerte, pero la luz no se apagaba, parecía eterna, mis yoes desaparecieron. De repente, un ruido de cascos, aparecieron caballos de entre la lluvia, chapoteando, los equinos relinchaban y los jinetes portaban antorchas, una cada uno, eran cuatro. Y el suelo comenzó a moverse, caí al suelo; ¡No! No era el suelo, mis manos tocaron algo suave, sedoso y seguía moviéndose en zigzag.

—No temas, Aníbal. Estás sobre la Serpiente que tanto odias. Ellos son los jinetes que la cabalgan, la siguen, la montan y hacen cautivos a los hombres como tú. Si das media vuelta los jinetes te atraparán y ya no habrá lugar en el que puedas ser feliz. Aníbal Haze habrá muerto —expuso la luz cegadora.

—¿Quién eres? —pregunté una vez recobré el equilibrio.

—No importa quién soy, importa quién eres tú y lo que deseas ser.

—Quiero escribir, quiero ser escritor y olvidarme de lo demás —dije rabioso y tiritando de frío por la lluvia.

—Entonces ven conmigo. Dame la mano y te llevaré donde deseas estar, al otro lado —Extendió su brazo ofreciendo su mano. Dudé un momento, pero tomé la mano, era cálida, me reconfortó. Cerré los ojos. Me desperté.

Los días siguientes los dediqué a escribir y cavilar qué debía hacer, si seguir trabajando o dejar el trabajo para dedicarme a escribir. Ese dilema me atormentaba, chumchum en mi cabeza. Por un lado, necesitaba el dinero y por otro odiaba no tener tiempo para mí, detestaba sentarme al escritorio y quedarme en suspenso. Me estaba ocurriendo eso que dicen del escritor y la página en blanco. He llegado a despreciarme, a devaluarme como autor, me odio y odio lo blando y esclavo que soy. He barruntado dejarme llevar por la marea y ser uno más del rebaño, pero al pensar y hacer el amor con Anaïs mis baterías se cargan y mi alma cobra fuerza. Lo mismo necesito de alguien para poder soportar mi perdedora existencia. Siempre he sido auto suficiente, debe ser la edad o el cansancio. Necesito estar cerca de la fotógrafa, aunque no mucho porque necesito espacio para ser yo.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs II, pincha aquí

Lunes, dieciséis de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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