Henry y Anaïs IV

Dos almas color rojo sangre

Mientras caminaba mis yoes volvieron, no les hice caso. Mis yoes son mis personajes, todos me acompañan y a veces aturden mis sentidos; siento la necesidad de apalearlos, romperles la boca con la punta del pie, pero no lo hago, no puedo. Me necesitan, los necesito. Recordé el sueño que tuve durmiendo en la cama de Anaïs, necesitaba un trago, entré en el primer bar que vi. Pedí un whisky y me senté en la mesa del rincón. Pensé en el sueño, en los jinetes, en la Ninfa o lo que fuera aquella luz, pensé en Anaïs. Me tomé la bebida dando un trago muy largo, pedí otro. Mirando el líquido ámbar, observando como el hielo se deshacía en el whisky decidí que aún no estaba preparado para dejarlo todo. Algo me faltaba, debía averiguarlo. Pocas veces he pedido disculpas por nada que hiciera, pero pensé en Malena, debió sentirse decepcionada porque no la llamé, había insistido en que la llamara. Así que busqué en mis bolsillos y encontré su tarjeta. Saqué mi móvil y la llamé. No contestó, le dejé un mensaje en el buzón de voz. Pedí otro whisky. La gente iba y venía del bar, no había desayunado, no tenía hambre, sentía un enorme ardor en el estómago, debía ser el whisky. Aunque al despertar también lo tenía.  Acabé mi bebida, pagué los tres servicios y me largué de allí. Fui a casa.

Me acosté encima de la colcha de mi pequeña cama, cerré los ojos y la mente me trajo de vuelta las viejas sonrisas, los amigos, las chicas, la música, pero sobre todo risas risas. Carcajadas jajajá. ¿Por qué ya no río como si me faltara el aire? ¿Estoy muerto? Me dormí.

Desperté unas cuantas horas después de acostarme. Estaba anocheciendo, miré el reloj despertador, no era ni muy tarde ni muy temprano. Me senté en un lateral de la cama, restregué mis ojos con los nudillos, miré el teléfono móvil, tenía doce llamadas perdidas de Malena. No me desperté porque el aparato estaba en silencio. Fui a la ducha, la llamé después.

—¡Por fin, Aníbal! ¿Dónde te metes? Te he llamado un montón de veces —dijo Malena en tono enfadado.

—Disculpa, me he quedado dormido. Te dejé un mensaje de voz —me excusé rascándome los cojones.

—Ya, me has dejado colgada y me debes una. ¿Tienes tiempo de vernos ahora? —dijo imperativa.

—Sí.

—Dame tu dirección, en media hora estoy allí.

Le di la dirección, me vestí, hice la cama, eché ambientador, recogí un poco y bajé al supermercado por whisky y champán. También compré dos cajetillas de tabaco en el chino de la esquina.

Llamó al telefonillo, pulsé el botón de apertura de la puerta una vez se identificó como Malena. Me sentía bastante paranoico, creía que alguien o algo me perseguía, pero no daba la cara. Abrí la puerta de la habitación, la dejé entornada, me senté en el escritorio, encendí el ordenador.

—Hola, es difícil aparcar por aquí —saludó Malena entrando y cerrando la puerta tras de sí. —Así que vives aquí. Un poco cochambroso ¿no? —dijo besándonos en ambas mejillas.

—Bastante, pero es lo más parecido a un hogar para mí. He comprado champán por si te apetece.

—Siempre apetece.

—Dame tu abrigo, lo colgaré por ahí —pedí situándome detrás de ella tomando el abrigo por las solapas.

Fui a la mini nevera, descorché el champán y serví dos vasos de plástico, no tenía copas.

Mi invitada se sentó en el borde de la cama, y yo llevé la única silla delante de ella, me senté. Bebimos, le ofrecí un cigarrillo, fumamos.

—Te cité anoche porque quiero hablar contigo de lo que escribes. Me parece fascinante y más fascinante es tu forma de vida. Me atrae sobremanera, Aníbal —dijo mirándome a los ojos.

—No sé qué decir, supongo que gracias.

—No digas nada, muéstrame lo que tengas.

La invité a sentarse frente al ordenador, comenzó a abrir archivos, empezó leyendo un relato, y luego otro y otro. No hablaba, solo leía, bebía y fumaba. Tumbado en la cama la observaba, vestía realmente bien. Miraba sus piernas, cruzadas, miraba los movimientos de sus manos, miraba sus leves meneos de cabeza al leer. La noche apareció en la calle.

—Me estoy deslumbrando, Aníbal. Tu obra es realmente buena. Aunque habría que pulir bastante las formas en algunos pasajes, pero por lo general está muy potable. Eres muy crudo y real. ¿Puedo mandarme al correo un par de archivos? Necesito que los lea alguien —pidió vuelta hacia mí.

—Vale, haz lo que quieras.

No se daba cuenta que estaba angustiado, verdaderamente decepcionado conmigo mismo, ella iba a los suyo. Creyó haber descubierto un diamante en bruto y lo iba a pulir, lo iba a explotar, lo iba a preparar para lo que ella deseaba; poder y dinero.

Se levantó y se tumbó a mi lado, me miró y su mano fue a mi entrepierna, la apretó, desabrochó el cinturón y el botón del vaquero. Bajó la prenda a la altura de los tobillos, bajó el calzoncillo, se situó entre mis piernas y se zambulló en mi sexo. Lo hicimos rápido, me iba la vida en ello. Nos mordimos, nos arañamos las partes íntimas con los dientes.

Al acabar el asunto se duchó y se largó prometiendo que me llamaría para una especie de reunión con no sé qué tipo. No tenía sueño, había dormido demasiado. Me vestí y salí a la calle, deseaba vagabundear.

Embutido en el abrigo de paño de color negro, solapas hacia arriba y manos en los bolsillos caminaba sin rumbo fijo. Ausente del mundo que giraba a mi alrededor, solo estaba yo y mis pensamientos que eran muchos y muy poco correctos. Y el pobre chico se hizo hombre y como hombre nada ha conseguido salvo intoxicarse hasta la saciedad y escribir hasta acabar en el sumidero de los escritores frutrados o cómo cojones se llame ese lugar. Caminé y caminé largo rato, llegué a un cruce de calles muy conocido por mí. Allí solía pasar kosto y pastillas a los que se iban de fiesta, en aquel cruce gané mis primeras «perras». Vivía con una adicta a cualquier cosa que colocara. Solía llamar a aquel cruce Babilonia, quizá fuera por la altura de los edificios o por el movimiento de mierdas que había por allí. La tipa con la que vivía se llamaba Ana, una pieza de cuidado. Al principio estuvo bien, los dos ganábamos dinero, yo como camello y ella como dependienta en una tienda de ultramarinos, pero todo lo que ganaba se lo metía por la nariz o se lo fumaba, así que al final quien pagaba el alquiler era yo. Acabó dejándome por un camello que movía más material que yo. Y me dolió que me dejara, empecé a entender a las mujeres gracias a Ana. Recuerdo la primera vez que la vi bailando en el escenario de un bar de mala muerte. El concierto de los viernes por la noche había acabado y ella estaba colocada hasta las cejas, bailaba en solitaria compañía, movía las caderas de forma tan sexy que todos los babosos estaban a su alrededor, pero ella no los veía, bailaba, meneaba las caderas dentro de aquel vestido negro de falda corta. Sus piernas, largas muy largas y rubia, oh sí, muy rubia con el pelo ondulado por encima de los hombros. Me quedé embobado mirándola y como no pestañeaba se fijó en mí. Puede que pensara que yo era una presa fácil para sacarle el dinero a cambio de unos buenos polvos, y así fue. Aunque no me arrepentí ni me arrepiento de todo lo que he hecho.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs III pincha aquí

Lunes, veinte y tres de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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