Henry y Anaïs V

                 Dos almas color rojo sangre 

Imagen: Fotograma de la película Gilda (1946), protagonizada por Rita Hayworth (en la imagen) y por Glenn Ford. Dirigida por Charles Vidor.

La montaña rusa de mi vida no para de subir y bajar, ahora parece que estoy llegando a la cima, Anaïs y su arte me han seducido, Malena y su experiencia me quieren para algún plan, y yo, ¿qué soy? Soy un jodido romántico, solitario, muy solitario. Un borracho, un vagabundo y un escritor, eso soy. Seguí andando, miraba a mi alrededor recordando aquel primer año cuando decidí emanciparme de mis padres. Poco había cambiado la calle, la mayoría de los negocios que conocía habían desaparecido, otros estaban en su lugar, sobre todo chinos y verdulerías árabes. Las subvenciones, ya sabéis, son todas para ellos. Hacía frío, me cortaba la cara y la nariz parecía la del reno ese de los dibujos. Paré a la altura de un bar, ¡cómo olvidarlo! Solo hacía unas semanas que no iba. El Bar de Miguel estaba ante mis ojos, otra vuelta de tuerca estaba dando, de vuelta al hogar, ¿no? He mencionado lo de la calle porque siempre que voy al Bar de Miguel voy por el sentido contrario y casi había olvidado que más adelante estaba la calle de mi emancipación y mi primer amor, si a eso se le puede llamar amor. Tiempo después me dijeron que Ana había acabado bastante mal, sobredosis y esa cala* (En lenguaje nadsat significa mierda. El nadsat es un lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica). Miré dentro del bar y había caras conocidas, toqué el cristal de la ventana de la calle y Miguel hizo un ademán para que entrara.

—¡Zagales, el señor Aníbal Haze está entrando! —exclamó Miguel al verme entrar.

—Hola Miguel, ¿cómo estás?

—Yo muy bien. ¿Y tú? Hace bastante que no te veo —dijo sirviéndome un whisky con hielo.

Los clientes me miraban, alguno se acercó a saludar.

—Estoy bien. Trabajando por la noche y escribiendo. Y por ahí, ya sabes —aclaré sacando un Benson & Hedges. Lo encendí.

Miguel siguió a lo suyo. Conmigo habíamos unos siete clientes en el bar, y como siempre uno echaba monedas en la tragaperras como si la máquina fuera a sacarlo de la pobreza. Cada cual busca su estrella donde puede o como sabe, ¿verdad?

Anaïs llegó a mi mente, la echaba de menos y no sabía por qué. Me apetecía estar con ella, pero no quería encariñarme ni que se encariñara conmigo. Éramos almas libres que se unían de vez en cuando porque necesitábamos estar con seres afines a nosotros. Soy sobrenatural y súper-serio, es posible, me río poco o casi nada. Me aburro de mí mismo, me aburre existir y la gente, que asco. Miraba a los clientes del bar y joder, menudos los tíos. Unos perdedores que gastaban su paga en beber y jugar y echar algún polvo con alguna elementa que fuera al bar. Y si tenían mujer, gracias a que la conservaban, porque a la mayoría los habían dejado, no por vagos sino por bebedores y jugadores. El matrimonio es esa cárcel en la que está prohibido vivir, cualquier sensación que no esté planeada se deshecha.

Me sentía auto destructivo, la limpieza de poco me había servido, así que otra vez me estaba seduciendo la soledad del lado oscuro del inconsciente.

—Miguel, tío. Pásame un gramo —pedí al camarero.

—Dame unos minutos —Y se largó a la cocina. Seguramente fue a pesar la merca. Siempre tenía coca lista para la venta, pero prefería pesar lo que me vendía.

Pensé en el fuego, en el juego de jugar con fuego. Algo me empujaba al exceso nuevamente. Escudriñé con ojos empequeñecidos el horizonte, pensé en el sueño y quizá no tendría que haber trabajado tantas horas para limpiarme del todo. Limpiar mi inconsciente del sobrante, pero aún me quedaba mucho. Así que me daría unas vacaciones de análisis y viviría. A esa hora mi jefe llamaba a mi móvil. Hacía unos días que no iba al curro. Apagué el terminal. A la mierda, pensé. Estaba haciendo lo que siempre hacía, huir.

Llegó la mercancía en una bolsita muy mona de plástico, le pagué discretamente al vendedor-camarero.

—Espera un rato que cierre y podrás meterte encima de la barra —dijo Miguel sabiendo que no me gustaba ir al baño a drogarme.

Antes de cerrar una mujercita entró en el bar. Iba sola, mala señal, llevaba problemas consigo misma. La observé entrar con mi segundo escocés, era bastante joven, no era fea. Morena, alta, delgada, cabello corto como un chico. No estaba mal en aquel vestido negro. Pidió un cubata y encendió un cigarrillo. Saqué la libreta y le pedí un bolígrafo a Miguel, el mío lo había perdido, o la había olvidado en casa.

«Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, reinará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que está escrita la realidad», escribí esa cita de Henry Miller en la libreta, la estudiaba, la analizaba. El caos, la destrucción, la muerte; desaprender para aprender, he aquí la revelación. Todo es aprendizaje y cuando ya el conocimiento no sirve para nada, o te obstaculiza el avance es hora de desaprender para aprender.

Y el caos llegó y el tiempo convertido en tiempo ya no tenía falos que lo penetraran. Ya no estaría más tiempo preñado. Estéril, muerto y enterrado se sumió en un cáncer que ni el caos pudo ayudarlo. Pero llegó él, el gran falo del Dios. Y se lo folló y dejó la semilla en forma de esperma y preñó de nuevo al coño de la humanidad. Y otra raza de humanos ignorantes e imbéciles nacería de nuevo. ¡Voilá! Gran párrafo para un perdedor como yo, ¿no creen? Y Clara-Anaïs volvió a mi mente en forma de gran vagina, inmensa y cálida, viscosa y hambrienta de mi conocimiento y de mi enorme polla. Los dos estábamos hambrientos el uno del otro, nos necesitábamos para no morir en solitaria compañía.

A esas alturas la chica de cabello negro y corto no cesaba de mirarme, yo la ignoraba, pero al final la miré y en un santiamén vino a mi lado. Se sentó en un taburete, me miró y…

—¿Qué escribes tan concentrado? —preguntó bastante achispada. Venía de otro bar por lo que pude advertir.

—Nada en particular, pajas mentales.

—Todos nos hacemos pajas mentales, si yo te contara. Miguel, ponte unos frutos secos, por favor —La chica conocía a Miguel y tenía educación. La gente con modales me cae bien. —¿Brindas conmigo? —preguntó.

—Sí —respondí.

—Brindemos por la vida y porque mi jefe me ha echado a la puta calle un viernes por la tarde —expuso la chica. Brindamos y bebimos.

Comió unos pocos frutos secos, bebió otro trago del cuba libre.

—Voy al baño, guárdame el sitio, ¿eh? ¿Me das un beso? —pidió mirándome la boca y apestando a alcohol.

Pensé un momento en la situación, una chica muy borracha pedía que la besara. Seguro que algún tipo la había dejado aparte de su jefe. No dije nada, solo aparté la cabeza. Fue al baño dando tumbos. Una chica sola un viernes por la noche en un local como aquel es un ovillo de problemas y yo ya tenía bastante con los míos. En unos minutos volvió y siguió con la cantinela del beso, la rechacé de nuevo y un disparo entró por mis sienes. La chica era un aviso del inconsciente, debía salir pitando de allí. Y eso hice, pagué la cuenta y me largué con la coca en el bolsillo. Ni me despedí de la chica, me fui sin mirar atrás.

Mientras caminaba en dirección a casa pensaba en Anaïs, en las miradas, en el sudor sexual, en la inteligencia, en mi caos, en sus obras, en nosotros, al final pensaba en nosotros. Creo que tengo un serio problema de satisfacción, nada me satisface, estoy seco.

En la habitación me dispuse a escribir, me serví un culo de whisky y me hice un par de tiros, esnifé uno, encendí un cigarro y comencé a escribir. Al despuntar el día me había bebido la botella de escocés, me había metido la coca y había escrito bastante. Me metí en la cama. Me desperté tres días después. Volví a olvidar que Malena me llamaría.

Desperté el tercer día, fue como una resurrección, fue todo muy espiritual, la verdad. Me sentía pleno, aún no sabía cuánto había dormido. Miré el móvil, estaba apagado, se debió quedar sin batería por la noche. Lo puse a cargar en el enchufe más cercano a la cama. Puse la almohada en mi espalda y me recosté mientras el teléfono se cargaba para poder encenderlo. Encendí uno de los dos cigarrillos que quedaban en la cajetilla. Aspiré hondo, me notaba demasiado limpio, el humo entraba por una autopista límpida y con asfalto nuevo. Fumaba lentamente pensado cómo coño me sentía tan bien si unas horas antes estaba destrozado. Bueno, pensé, voy a la ducha. Abrí el agua caliente, me metí debajo, una sensación reconfortante avivó mi piel, estaba realmente bien. En unos diez minutos me duché, mientras me secaba con la única toalla que tenía (decidí que debía lavarla) pensaba en Anaïs, pensaba en la chica borracha que quiso que la besara la noche anterior. Oí voces fuera del baño, se me había olvidado la ropa en la habitación, así que me puse la toalla alrededor de la cintura para tapar mis vergüenzas. Salí fuera del baño y para mi sorpresa Anaïs y Malena estaban allí de pie al pie de la cama.

—¡Hombre, el desaparecido! —exclamó Malena.

—Aníbal, te he llamado miles de veces estos tres últimos días, ¿estás bien? —dijo Anaïs con dulzura. Malena me miraba con total desaprobación, parecía una madre a punto de regañar a su hijo por haber hecho alguna trastada. No entendía nada.

—Sí, estoy bien. Solo he dormido unas horas, supongo que me hacía falta.

—¿Unas horas? Tendrás cara. Hace tres días que te buscamos —expuso Malena.

—¿Cómo? ¿Tres días? No entiendo nada. Anoche estuve por ahí, bebiendo. Antes de nada, ¿qué día es hoy?

—Martes, hoy es martes —dijo la cincuentona muy enfadada.

—Lo importante es que estás bien, querido. Si no llega a ser por Malena que sabe dónde vives yo no habría dado contigo. ¿Tienes hambre? ¿Has desayunado? —Ay, Anaïs siempre tan atenta y dulce conmigo.

—Vístete, vamos a tomar algo —ordenó Malena de mala uva.

Mientras me vestía en el baño las oí cuchichear. Malena dijo algo como que no era formal y sería imposible trabajar conmigo, —lo único que lo salva es que escribe cojonudamente bien —Bueno, la señorona conocía bien el lenguaje soez, todo un descubrimiento. Ya vestido me reuní con ellas.

—¿Cómo habéis entrado? —les pregunté.

—La casera nos ha abierto. La mujer temía que te hubieras muerto. Nos dijo que te cuidáramos porque la vida que llevas no es sana —expuso Anaïs. Estaba realmente bella con unos pantalones negros, blusa blanca, corbatín negro y el cabello suelto y sutilmente maquillada. Nos largamos de allí.

En la calle el sol estaba alto, recordé que dejé el teléfono móvil en la habitación, hacía calor, un día espléndido. Tenía hambre, así que fuimos a un bar cercano. Pedí café y tostadas con tomate. Ellas pidieron solo café.

—He quedado con un buen amigo pasado mañana en su despacho. No me falles esta vez, por favor —dijo Malena echando el azúcar en su café solo.

—Pero, ¿para qué? No te entiendo, Malena. Dime para qué es esa reunión tan importante.

—Cielo, escucha a Malena, tiene muy buenos contactos, ya te enterarás pasado mañana —dijo la fotógrafa con cariño hacia mí.

—Vale, iré. No te fallaré.

En ese momento solo pensaba en comer, en engullir los manjares presentados ante mí. Me importaba poco y nada la reunión con el tipo aquel, y menos aún Malena y sus ganas de colgarse una medalla como descubridora del floreciente escritor. Acabamos las consumiciones…

—Para que no me vuelvas a fallar, porque van tres, querido amigo, te vas a mudar a casa de Anaïs y ella te controlará, ya que por lo que parece eres incapaz de controlarte y porque no me fío de ti. ¿Está claro? —La miré, miré a Malena con mala hostia, deseaba abofetearla porque yo no era un niño, a veces me comportaba como tal, pero ella no era nadie para ordenarme nada. Solo habíamos bebido y follado.

—Descuida, Aníbal vendrá a casa, ¿verdad, cielo?

—¿Tengo otra alternativa? —Al mirarlas a los ojos comprendí que no.

Salimos fuera del local, Malena pagó la cuenta. Nos despedimos de la señorona, Anaïs y yo volvimos a la habitación. Cogí unas mudas, el ordenador y el móvil, todo metido en la mochila. Fuimos a su apartamento en su coche.

Llegamos, subimos al apartamento sin hablar, yo pensaba cómo había llegado allí. Se suponía que era un ser libre, y no me gustaba ser un monigote de dos mujeres, bellas, sí, pero al fin y al cabo arpías.

—Puedes dejar la mochila en el dormitorio. Estás en tu casa, querido —la miré disgustado, cambió el tono a más dulce. —Cariño, esto es por tu bien. Malena tiene planes para ti y queremos que estés listo y preparado. Publicarás con una gran editorial, al editor le han encantado tus manuscritos.

—¿Y yo? ¿No tengo nada que decir?

—Claro que sí. ¿No te agrada la idea?

—Pues no. No quiero volver a publicar, escribo porque lo necesito, escribo para poder soportar este mundo.

—Lo siento. Hagamos una cosa, piénsatelo estos días y decide. No es que me guste el modo de proceder de Malena, pero me lo explicó y me entusiasmé con la idea. Aunque es tu decisión.

Me estaba asfixiando y creo que Anaïs lo percibió. Quería estar con ella, pero en ese momento no. Quería soledad, me agarraron por el cuello impidiéndome respirar.

—Anaïs, voy a salir a la calle. En un rato vuelvo.

—Vale, pero no te pierdas o Malena nos matará. Llévate el móvil.

—No te preocupes, volveré. Te echaba de menos, nena —dije besándola en los labios con mucha ternura. Me largué.

Necesitaba leer algo que me motivara, nada de lo que leía me estimulaba ni me la ponía dura. Necesitaba leer letras duras para escribir algo que valiera la pena. El hambre del hombre es ancestral, se arrima curioso en busca de calor, pero termina arremolinado en un burdel. Al final ellas, las putas pagan los platos rotos de casa. Los hombres buscan un óvulo al que fecundar, al final el esperma se queda en el látex después de unos cuantos embates en un coño desconocido. Mi sed, mi vieja sed de conocimiento, de amor, mi insatisfacción me perseguía, no estaba satisfecho, nunca lo había estado y supongo que nunca lo estaré. Pensando qué poder leer me dispuse a ir a la biblioteca, cogí el autobús. Me senté en la última fila, miré a la izquierda y en el asiento contiguo había una cartera, se le debió caer a alguien. Con cuidado de que nadie me viera la abrí y había unos cincuenta euros y algo de calderilla. Me la guardé, nunca se sabe cuándo se pueden necesitar cincuenta euros. Encendí el móvil, allí estaban las miles de llamadas de Malena y Anaïs. No recordaba haberles dado mi número, aunque llamé a Malena con mi número cuando la dejé colgada por primera vez. Se lo debió pasar a la fotógrafa. También había innumerables llamadas de mi jefe, mensajes de texto. Como no pudo contactar conmigo, en un último mensaje me dijo que no volviera por la oficina. Le respondí preguntando por mi liquidación. Al rato me respondió que por la tarde pasara por la oficina. Según mis cálculos debía pagarme 1200€. Con ese dinero y el que me quedaba podría pasar un tiempo. Al fin había conseguido lo que quería, huyendo como siempre, pero, ¿qué más da? Puede que el fin justifique los medios. Llegué a la parada de la Biblioteca Regional. Entré y fui directo a los ordenadores, tecleé La máquina de follar de mi amado Bukowski. No lo había leído, así que sería un descubrimiento total. Había uno disponible, apunté el número de referencia en mi libreta, fui por él y me lo prestó un funcionario muy serio. Volví a tomar el autobús, deseaba regresar con Anaïs. En el transporte leí el primer relato, Tres mujeres. La literatura estaba fresca, como recién escrito. Pude sentir la fuerza de Hank* (apodo de Charles Bukowski) al penetrar a aquellas tres mujeres. Pude sentir el olor a vino barato, pude sentir el calor de Los Ángeles, me transporté allí. Y llegó mi parada, bajé con el libro debajo del brazo. Llamé al portero automático, Anaïs abrió enseguida. Subí en el ascensor deseoso de leer y llenarme de vida otra vez, por fin. La puerta del apartamento estaba abierta.

—Ya estoy de vuelta —dije cerrando la puerta detrás de mí.

—Hola cielo. ¿Qué libro traes ahí bajo el brazo? —preguntó al acercarse a mí para besarme.

—He ido a la biblioteca y he tomado prestado este libro de Bukowski.

—A ver… La máquina de follar. No lo he leído, solo he leído poemas suyos. Ven, quiero que me veas trabajar —pidió iniciando el andar delante de mí, bamboleando el culo dentro de aquel batín estilo japonés.

Su trasero me llevó al pequeño estudio, las luces estaban preparadas, el biombo puesto, la cámara lista encima del trípode, justo antes de sentarme en el sofá de dos plazas tuve la idea de ir por el ordenador. Anaïs se preparaba detrás del biombo. Volví con el ordenador entre las manos, lo enchufé a la luz, me senté con el aparato en el regazo. Ponía la cámara a su gusto, terminó. Vino a mí, mirándome con picardía se deshizo del batín dejándolo caer por su espalda con parsimonia y elegancia. Una vez estuvo expuesta ante mí, volví a ver su voluptuosidad, aquella que llenaba mis pensamientos, solo una braguita blanca de encaje y un collar de perlas (quiero pensar que eran auténticas) bajaba por el cuello tapando los pezones. Me emocioné, pero no solo el sexo creció, también mi corazón, mis ojos llenándose de la figura que me excitaba; comencé a escribir.

Delante de la cámara se contoneaba bajo los focos, el fondo era blanco, puro, brillaba. Recordé mis fantasías de cómo puede que fuera el Olimpo. A la vez puro e impuro, una simbiosis entre el bien y el mal. El amor y el odio, la inocencia y el sexo desmedido de los dioses con las mortales, vírgenes, folladas por los cuatro puntos cardinales y preñadas para concebir a los héroes de un mundo insatisfecho y lleno de odio.

Anaïs se balanceaba delante del objetivo, lo seducía, se lo cepillaba, lo violaba. Lo conocía tan bien que escupía flashes incendiados de sensualidad. Y yo, escribía relatando el momento, captando en letras lo que mis ojos veían. Observaba atento y una maraña de letras escribía en la pantalla. Los dedos no corrían tan veloces como mi mente digería las escenas sensuales al son de la música tibia y la piel marmórea y deliciosa de mi amante.

Para ella yo no estaba allí, solo ella y el objetivo. Se deshizo de las perlas, amasaba los senos con mimo, los tomaba, las manos en las caderas, se acariciaba la figura empalmando al objetivo. En ese momento soñaba con ser el cristal que inmortalizaba las imágenes, deseaba saber qué sentía el objetivo al ser violado de esa manera.

La miré, me embobé, Aníbal diciendo esto, ¿es paradójico verdad? Seguí escribiendo, ella estaba sentada al revés en una silla y sonreía perversamente, acariciaba su cabello, se levantó, se tumbó en el suelo haciendo piruetas con las piernas, las abría, las cerraba, pasaba una mano por el sexo, la metía dentro. Suspiraba, no la escuchaba, pero sabía que suspiraba. Yo trabajaba, ella trabajaba, trabajábamos en el placer mutuo de hacer lo que deseábamos; yacer con nuestras pasiones, la imagen y la escritura.

Se levantó, me levanté bajando la pantalla del ordenador. Nos miramos, me estaba invitando a entrar en ella, ahora en cuerpo, en alma ya estaba dentro. Me acerqué, la miré más y más y la besé, dándole lengua, la tomé del trasero, la alcé y caímos al suelo. Seguimos besándonos con mucha lengua… —fóllame, escritor, Aníbal párteme en dos —susurró en mi boca. Me bajé la bragueta y el vaquero, ladeé la braguita y allí en el suelo entré con dureza en ella, pero al mismo tiempo con mucha ternura y sosiego. No la cabalgaba rápido, lo hacía despacio sintiendo cada pliegue y hechura de su lindísima y maternal matriz. Sin cesar de besarnos empujaba hasta el fondo, la estaba partiendo y posiblemente también ella partiría mi sexo, duro como una piedra, pero no de piedra. Estaba vivo dentro de Anaïs, palpitaba, bebía la humedad de la diosa. Y así, embestida tras embestida se dejó ir en mí innumerables veces, yo no me fui. Deseaba gozarla hasta caer rendido a los pies de aquella mujer que me enloquecía.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior Henry y Anaïs IV pincha aquí

Lunes, treinta de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Anuncios

2 comentarios en “Henry y Anaïs V

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s