Henry y Anaïs VI

Dos almas rojo sangre

La mañana de la famosa reunión con Malena y el tipo llegó. Anaïs me llevó en su coche, un mini BMW color blanco descapotable, para mi gusto demasiado pequeño. Me dejó en la puerta y la fotógrafa marchó a hacer recados. Entré en el edificio, era uno de esos de oficinas, pregunté al conserje por Malena de Figueroa, me indicó el onceavo piso. Tomé el ascensor. La torre de oficinas era de lo más moderna, con mucho cristal y eso. Todo a la última, seguramente algún constructor en la época de la burbuja* (se refiere a la burbuja inmobiliaria española, ésta provocó la crisis del primer tercio del S.XXI) untó a algún concejalucho para poder construir aquella aberración. Llegué al undécimo, la puerta estaba abierta, dije hola y Malena salió a recibirme. Nos saludamos afectuosamente, me dirigió una mirada sensual, entramos en el despacho, ella delante de mí. Me imaginaba al tipo muy español, del estilo de Alfredo Landa o José Luis López Vázquez. Me desilusioné al ver que el tipo era un treintañero con traje, corbata y pelo engominado. Voy a resumir el por qué de la misteriosa reunión; resulta que el tío de la gomina era un asesor literario de una importante editorial. Lo escuché.

¿Qué te parece mi propuesta? —preguntó el asesor.

Medité un rato, necesitaba un trago. Si hubiera sido un clon de Paco Martínez Soria lo habría creído a pies juntillas; quién no va a creer al abuelo afable que cualquier familia desea tener.

Para serte sincero he venido por Malena, ya he publicado y por nada del mundo volvería a publicar. No es nada personal, pero escribo para ser yo —dije con autodeterminación. Lo tuteé porque él lo hacía conmigo.

Malena tenía cara de pocos amigos, sabía que estaba perdiendo el tiempo y eso para una mujer como ella no es nada alentador.

«Love my girl, come on. One more»* (primer verso de la canción Five To One de The Doors). No sé por qué me vino a la testa esa letra de una canción violenta de los años sesenta.

Yo de ti me lo pensaría. De todas maneras estaré en contacto con Malena por si cambias de parecer. Tu obra trae aire fresco, Aníbal, no desperdicies tu talento. Aprovecha esta oportunidad y muestra tu talento al mundo.

Se despidió y se marchó. Hice un movimiento de cabeza y bajé la mirada, miré mis zapatos durante un instante.

¡Se puede saber qué te pasa! ¿Estás loco? —exclamó Malena con enfado.

Puede que esté loco, me has traído aquí para entrevistarme con ese tipo de pelos engominados y he dicho que no, y eso que la oferta no estaba mal.

Haber aceptado. A veces creo que estás loco o eres un pobre diablo que se divierte perdiendo oportunidades como esta. Vete tengo trabajo, ya nos veremos —pidió con educación y elegancia, pero con enojo, un buen enojo.

Decidí caminar un rato, cogí el autobús. Sé muy bien por qué escribo, el sueño de la otra noche me ha sumido en un hastío profundo, estoy irritado y ese tipo tan bien plantado, con la camisa y los pantalones planchados, tan pulcro él, tan guapo, ha creído que iba a aceptar su oferta por comerme la polla durante un rato. Huyo de esos personajes y siempre huiré. La apariencia no es sincera* (título de una canción del grupo español de rock Héroes del Silencio, incluida en el álbum El espíritu del vino (1993).

Publicar, oh, publicar con una importante editorial, no está mal, de verdad. ¿Y si triunfo? ¿Y si mi libro se vende tan bien qué los lectores van a querer más de lo mismo? ¿Sería capaz? Enganchar al lector es difícil, pero una vez lo tomas por los cojones la responsabilidad aparece en forma de exigencias por parte del lector y la propia editorial. Sería responsable de no decepcionarlos y escribir para alimentar al animal, al lector; no quiero tanta responsabilidad, la detesto. Escribir es un gran placer, no pienso cambiar ese placer por nada del mundo.

Anaïs me pidió que me quedara unos días más en su apartamento…

«A veces, cuando escribo en solitaria compañía, un «culo» de whiskey, unos cigarrillos baratos comprados en el «chino» de la esquina, pienso en la decadencia de la literatura a principios de este siglo; donde la comunicación ha cambiado totalmente y evoluciona a pasos agigantados, creo que los humanos no estamos hechos para tanta rapidez, no sé, de verdad.

Cuando leo en Internet todos esos blogs con faltas de ortografía y con tanto desorden me entran ganas de tirar el ordenador por la ventana, pienso; «el mundo está lleno de analfabetos que escriben».

Quizá Zaratustra habría dicho algo así, «venid incautos, venid, os enseñaré a tomar por culo como es debido, panda de imbéciles».

Esta habitación cochambrosa, mísera, sólo me rodea miseria, hambre y muerte. Miro las paredes, antes eran blancas, ahora son casi negras. La mugre me rodea, nos rodea a todos. Sólo que la mugre puede ser visible o invisible, como la guerra sucia a la que nos enfrentamos con las agencias de capital-riesgo, los lobbyes y demás cabrones llenadores de bolsillos ajenos y vaciadores de tantos otros.

Tendrías que frecuentar más el ambiente literario de la ciudad, Aníbal.
—¿Para qué? Las veces que he ido a alguna presentación me he aburrido tanto hasta tener que emborracharme. No soporto a los «dícese escritores». Eso no es para mí, querida.
—Te crees la leche, ¿verdad?
—M.A. mírame, soy una mierda aplastada en la calle. Soy como soy, la gente me importa un bledo, esta conversación no me aporta nada. Esos escribientes que publican en Internet y en papel me importan aún menos. ¿Sabes lo que me mantiene vivo? Lo que me tiene en pie en esta habitación de mierda es pensar que soy la hostia, el más guapo, el que la tiene más grande de todos y el que mejor escribe. De no ser así me habría suicidado hace años.
—No deberías ser tan pesimista, eso te mata poco a poco.
—Todos morimos poco a poco desde que nacemos. No pienso estar aquí eternamente. Pertenezco a la calle, soy de los suburbios. Ratas, sapos, chaperos, putas, delincuentes, ese es mi mundo, sobre eso escribo. Los polvos, las drogas, el alcohol, son pura gasolina para aguantar a los que mandan. No soy pesimista, veo la suciedad de la realidad, la realidad que vosotros no veis ocultando las cabezas en la tierra como avestruces. El positivismo es el consuelo de los pobres holgazanes que buscan quién les saque las castañas del fuego. ¡A la mierda todos! ¿Me oís? ¡A LA MIERDA!—, dije sacando medio cuerpo por la ventana…»

La reunión con el editor me había dado la posibilidad de escribir durante unos días, me sentía inspirado, ¿se dice así? Estaba pasando demasiado tiempo en casa de Anaïs, pero me sentía bien. Yo trabajaba escribiendo, ella trabajaba en su próxima exposición, todo marchaba sobre ruedas. No me preocupaba por nada que no fuera escribir.

Miro el cigarro consumiéndose entre mis dedos, la tristeza invade mi alma, la melancolía arrebata mi sonrisa al presenciar las tonterías más triviales, siento que la desazón viene y va, a ratos me deja vivir, otros me llenan por completo hasta que padezco una enorme desilusión por mí mismo. No soy feliz, ¿quién lo es? El whisky está en el vaso, The soft parade* (canción de The Doors del álbum del mismo título de 1969) comienza a sonar, el cigarrillo se consume en el cenicero, pienso en mí, pienso en Malena, pienso en Anaïs, pienso en todas las mujeres que han retozado en mi machacado cuerpo. ¡Fuera de aquí! ¡Largo! Azota los ojos de la serpiente, conviértete en el martillo que machaca los cráneos de los que te han hundido en la muerte perpetua, muerte, muerte. ¡Sangre, muerte!

«Necesitamos alguien o algo nuevo. Algo más que nos lleve a través. Llamando a los perros, llamando a los perros…»* (traducción de un párrafo de la letra de The soft parade de The Doors).

¿Has pensado en la oferta del editor? —me preguntó Anaïs después de una buena sesión de zambullida.

¿La verdad?

Por favor.

No. No he tenido tiempo ni quiero pensar en editores, no me interesan esas gilipolleces. Aquí estoy bien, escribo casi todo el día. Aunque no fue mala la oferta, el tipo sabe hacer negocios, pero no sé. Me da pánico publicar y salir a la luz. Soy una especie de mito de la caverna* (el autor se refiere al diálogo de Platón), pero con conocimiento —expuse buscando la cajetilla de Benson & Hedges.

Deberías pensarlo mejor. Tú mismo dices que la oferta es buena, piénsatelo y luego decides sí o no.

Se levantó de la cama y fue al baño, aspiré y exhalé un par de caladas, apagué el cigarro, me tapé con las sábanas.

Cuando se le pasó a Malena el enfado conmigo llamó a Anaïs, vino al apartamento. Me saludó y marcharon a cenar. Así que esa noche estuve dedicándome a escribir, fumar y beber vino. Me emborraché. La cabeza me iba a estallar, vomitaba letras.

«La gente es rara, somos raros, cuando éramos raros, realmente raros, éramos más felices. Estudiábamos, trabajábamos, comíamos, follábamos sin importarnos el mañana. ¿Cuándo nos volvimos esclavos e imbéciles? Yo no lo sé, por eso lo escribo ahora, creo que leyéndolo quizá encuentre una jodida respuesta…».

Estaba inmerso todavía en la serie de relatos En brazos de… Me gusta escribir varios relatos con el mismo protagonista y contar sus aventuras, pero en este caso el protagonista era yo.

Había vuelto a la habitación que tenía alquilada en aquel barrio de gente incorrecta y rara para los que se llaman no-raros. Anaïs comprendió que yo tenía que vivir solo, unos días juntos nos hizo bien, pero yo necesitaba estar en mi mundo para poder vivir fuera feliz o no. Dormí mucho, me hacía falta dormir más horas de lo normal, vivir con la fotógrafa me había vaciado, me llené bebiendo, escribiendo y durmiendo. No había vuelto a trabajar, me quedaba poco dinero, al día siguiente iría a comprar el periódico.

«No recuerdo el nombre del editor, será que no lo escuché, me importa un comino su nombre. Esos hombrecillos que agitan las manos para que los escuches me parecen patéticos, son tan esclavos de sus propias metas que no se dan cuenta cuando alguien no quiere saber nada de ellos. Entre Malena y Anaïs estaban intentando convertirme en un esclavo. Anaïs parecía libre, pero no lo era. No lo era del todo. Sin embargo, cuando miraba a la mayoría de las personas que conocía, ella era la más libre. Su porte de diva, sensual, sexy e inteligente le había surtido una gran cantidad de afecto tanto de hombres como de mujeres. Sexualmente era libre, pero no de espíritu, por el camino debió perderse, por eso estaba tan enganchada a mí. ¿Y yo a ella? Creo que también, no solo su divino coño me ha enganchado, también su mente, sus pensamientos entran en mí y me seducen, me follan, me aman, su coño me ama. Pero no creo que su matriz sea el lugar ideal para vivir. Estos días viviendo con ella he conocido aspectos de ella que no me gustan. No me gusta que haya intercedido con Malena para engañarme con lo del editor, no me gusta que quiera estar siempre dentro de mi mente, se preocupa demasiado por cosas poco importantes como comer, pagar facturas… Esas ocupaciones le restan encanto y feminidad. Ahora, extraño a las mujeres con las que he vivido, solo bebíamos, nos drogábamos cuando había dinero y follábamos, sí, nos tirábamos todo el día dándole al asunto, bebiendo, fumando. No hay cosa más hermosa como encender un cigarro y escribir y escribir cuando uno acaba de hacer el amor con una de esas mujeres…». Mientras tengo este pensamiento escucho el nuevo álbum de Clara Plath, Accident protagoniza el silencio roto en este momento…

—¿Dónde vas? —me preguntó.

Alina, querida. Después de esta zambullida maravillosa necesito recargar las baterías. Anda, sé buena y sírveme un trago —pedí mientras tomaba mi libreta y el bolígrafo.

No queda bebida, nene. Nos la hemos bebido toda.

¿Nos queda dinero?

Un poco.

Baja al chino y compra whisky y cigarrillos.

Vale, si alcanza el dinero compraré algo de comer —dijo levantándose de la cama completamente desnuda. La miraba resurgir de las aguas enredadas en su cuerpo, tan blanco como el mármol, esbelta, perfecta y sudorosa.

Ven aquí, nena.

Se acercó adónde yo estaba, la rodeé con un brazo, la apreté, puse mi nariz en su vientre, aspiré muy hondo. Su olor entró por mis fosas nasales, me reconforté.

Me encanta tu olor, cariño —Alina sonrió, acarició mi cabello y fue a vestirse.

Escribí durante un buen rato, párrafos sueltos de tonterías sin importancia, toc toc toc. Alguien llama. —¿Quién es? —pregunté pegado a la puerta de la habitación.

Soy Flanagan.

Abrí.

Pero, ¿qué haces desnudo hombre de dios. Mejor no pregunto. ¿Estás solo? —preguntó mi amigo.

Sí, Alina ha salido a comprar provisiones.

Vaya, aún sigues con ella, sabes que no te conviene… Te gusta vivir en la cuerda floja, a mí también. Vístete, nos vamos —se sentó en el borde de la cama. —La hostia, aquí huele a folleteo.

Aún no ha vuelto de comprar, aunque ya hace bastante rato que se fue. ¿A qué viene tanta prisa, amigo? —dije con los brazos en jarra como mi madre me trajo al mundo.

Ponte algo de ropa y salgamos de aquí, el olor a sexo se me hace insoportable.

Vale. Me vestiré, algo tendrás en mente, cabrón.

Deberías comprarte o robar un ordenador. Vamos a ver que estabas escribiendo, hermano —cogió la libreta y se tumbó en la cama a leer. No creo que le molestaran demasiado mis zambullidas con Alina, creo que se ponía cachondo.

Vamos —pedí abriendo la puerta y mirando a aquel cabrón que tenía de amigo.

Venga vamos, quiero enseñarte un local nuevo. Está de miedo, hay unas tías, jejejé.

Ya salió el peine, sería un club de baile* (el autor hace un guiño a Henry Miller, toma la palabra baile como licencia refiriéndose a un local de alterne) o algo parecido. Nos gustaba el exceso en exceso, nos gustaba beber, las drogas, las putas. Aunque teníamos algo que no tienen los viciosos, inteligencia. Usábamos los excesos para fluir y enardecer nuestro espíritu, no para escapar, no éramos fugitivos, éramos dos hijoputas que disfrutaban amándose y siendo incorrectos.

Entré en aquel Clio destrozado, pero aún andaba. La pintura estaba llena de óxido, la tapicería como mordida por un perro, el olor no estaba mal, pero la música era excelente, engrandecía el honor de ser amigo de Flanagan. Y Sunshine on your love* (tema del grupo de los sesenta Cream del álbum Disraeli Gears (1967) comenzó a dar hostiazos en mis oídos. El blues, oh el blues, puede hacerme levitar, puede empalmarme, puede hacerme sonreír mientras escribo o echo un polvo.

Como siempre conducía como si alguien lo persiguiera, pisaba el acelerador y cambiaba las marchas como si se creyera Fernando Alonso, pasaba por donde nadie en su juicio lo haría, adelantaba y reducía para que el coche acelerara más, menudo era. Llegamos al local en un santiamén. Ya era noche cerrada, así que los gatos nocturnos maullaban y salían en busca de carne fresca. Entramos, el portero nos dio dos cartulinas para que nos apuntaran las consumiciones y ¡voilá! Era un local de striptease, que cabrón este Flanagan. Nunca había entrado en un sitio así, en Murcia no había locales así. Pedimos dos whiskies con hielo, nos sentamos a pie de barra. Había una chica bastante menuda bailando y mostrando los senos, solo el tanga tapaba la minúscula vergüenza.

La que baila es amiga mía, se llama Sonia.

Lo miré y creí adivinar por qué estábamos allí. Los tíos babeaban como cerdos olisqueando la mierda en busca de algo para echarse a la boca. Allí estaban jaleando entre ellos y admirando el cuerpo de Sonia. Tenía un cuerpo bonito, pequeño, bien formado. El ejercicio se notaba en sus curvas, parecía estar en forma.

De repente pensé en Alina, si había vuelto debió decepcionarse al ver que yo no estaba. Aunque ella solía desaparecer unos días cuando se cansaba de mí. Pero no estuvo bien marcharme sin que ella lo supiera, estábamos pasando unos días bastante buenos, no discutíamos, solo vivíamos disfrutando de nosotros.

Baila bien, ¡eh! Mira que cuerpo tiene, es perfecto —dijo Flanagan tomando el vaso para beber.

No dije nada, miraba a las otras chicas que por allí pululaban, no estaban nada mal, estaban muy buenas, la verdad. Iban ligeras de ropa y los tíos las invitaban a tomar copas y ellas se restregaban, pero nada más. Sonia acabó el número, se echó por encima una especie de chal o batín. Vino hacia nosotros. Flanagan y ella se saludaron con dos besos en las mejillas y un abrazo efusivo, apretado.

Este es Aníbal, mi amigo—Sonia me saludó al igual que a Flanagan. Le pidió una copa al camarero, le sirvió una especie de granizado. Lo apuntó en la cartulina de mi socio. Él lo iba a pagar todo, yo no tenía dinero. Si no hubiera sido así tendría que haber hecho un sinpa.

Se quedó con nosotros, yo estaba embutido en mis pensamientos, no me aburría, tenía mi cerebro para divertirme. Comencé a inventar historietas con la gente del local, yo era un superhéroe salvando a las chicas de las garras de los Sátiros. Y Sonia era la malvada reina de las Desdichadas, sacaba su espada y quería darme matarile. Flanagan era el malnutrido esclavo de Sonia y yo luchaba a capa y espada como si fuera El Cid. Volví con ellos a su realidad.

Tu amigo habla poco —dijo Sonia.

Bueno, Aníbal es así. Piensa mucho, es un gran pensador y también un gran conversador —dijo mirándome.

Oye Sonia, ¿aquí se puede fumar? pregunté.

Sí, claro. Dejan fumar porque a nadie le gusta que lo vean entrar y salir de un sitio como este. Somos discretos.

Ya, los prejuicios de los que están aquí y de los que pasean por la calle. Esto podría ser una carnicería, donde ves la carne, la eliges y te la comes. Las carnicerías son negocios respetables —expuse llevando el vaso a mis labios.

Sonia me miró fijamente, Flanagan sonrió…».

Me retrepé en la silla frente al ordenador. Recordar episodios de mi vida y escribirlos me satisfacía y me satisface, era como una especie de diario, pero desordenado. Salí a la calle a por un poco de acción.

Cogí el autobús, no sabía adónde me dirigía, me senté en la parte de atrás del coche, miraba por la ventana totalmente ausente. Los pasajeros entraban, salían, hacían ruido, sobre todo los jóvenes con sus irritantes risas, sus granos en la cara, sus móviles, sus cuchicheos, entorpecían el flujo de la vida en aquel autobús. ¿Qué es la responsabilidad? Puede ser esa cosa que nos dicen que debemos tener para ser hombres y mujeres de provecho. Clic clic y me he acordado de mi madre. Solía decirme eso la mujer, «estudies o trabajes tienes que ser un hombre de provecho», no lo entendía pero esas palabras se grabaron a fuego en mí. Me gusta el café, cuando trabajo y tengo dinero siempre tengo café en la habitación, me sirvo una taza y empiezo a trabajar; al cabo de un día sentado delante del ordenador puedo tomar dos o tres cafeteras. Regresando al autobús pensaba en la responsabilidad, hoy en día brilla por su ausencia. Se ha instaurado la cobardía, ya no importa ser responsable de tus actos. Mi madre ha sido la mejor educadora que he tenido, le debo la vida y lo que hizo de mí. Soy bastante irresponsable, ¿verdad? A ojos de la Masa no soy más que un despojo, pero yo no digo que mis males sean culpa de otros, excepto la pérdida de mis ingresos, eso si fue culpa de los generadores de la crisis (también los ciudadanos tuvimos nuestra culpa, pero en un grado menor), nuestros adorados políticos y los benefactores llamados bancos, esa estructura molecular que te aconsejaba qué crédito o qué cuenta adquirir. Antes eran amigos, ahora enemigos, se lo han ganado a pulso.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs V pincha aquí

Sábado, once de febrero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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