La buena samaritana

—¿Qué piensas? —me preguntó moviendo el café con la cucharilla. Lo tomaba cortado con leche.

—Nada en particular —respondí.

—Te conozco, suéltalo, venga, cariño —dijo con tanta dulzura que se me encogió el corazón, temblaba.

—Bueno, estoy aquí contigo tres meses, me recogiste de la calle, estaba bastante mal y no tengo nada que ofrecerte, excepto mi gratitud.

Miraba la mesa camilla, hacía mucho frío, el brasero de debajo de la mesa calentaba mis piernas.

—Me das mucho, Aníbal. Has llenado mi casa de alegría, aunque no seas un hombre alegre, lo percibo así. Eres la primera persona que se preocupa por mí. Yo sí te debo gratitud y mucha. Que te encontrara en la calle muerto de frío y herido no quiere decir nada, algo me llevó a encontrarte aquella noche —expuso mirándome con más amor del que nadie me ha profesado nunca.

María me encontró una noche invernal tirado en un callejón, me había atropellado un coche en la calzada y como pude me arrastré hasta la acera refugiándome en un callejón oscuro. Esa noche había bebido más de costumbre y no calculé la distancia del automóvil y al intentar cruzar la calle me mareé, creo que fue por las luces del coche, me pasó por encima. Aullaba de dolor, me dolían las costillas, la piel me ardía, el frío atenazaba mis músculos, me sentía moribundo, estaba machacado y no solo por el golpetazo con el coche. El conductor no paró, seguramente tendría algo que esconder, no le culpo. ¿Por qué auxiliar a un perdedor borracho cómo yo? María me encontró cuando andaba por la calle, iba de compras y escuchó mis quejidos, se acercó adónde yo estaba, me vio cubierto de sangre y ni lo pensó, llamó a una ambulancia.

Me desperté en urgencias con el cuerpo dolorido, realmente estaba hecho un cristo. Abrí los ojos y creí que estaba en el otro lado porque ante mis ojos un rostro de otro mundo estaba tomándome la mano.

—¿Dónde… estoy? —balbuceé. Me costaba respirar.

—En el hospital. Algo te pasó por encima, ¿fue un coche? Te vi muy mal, estabas tirado en un callejón y te traje a urgencias. Trata de descansar—dijo la voz del rostro de otro mundo. Me dormí.

Volví a despertar, allí seguía la imagen, difuminada, inmóvil. Estaba sentada en un sillón al lado de mi cama, leía una revista.

—¿Cómo te encuentras?

—Aturdido, creo. ¿Sigo en el hospital?

—Sí, te subieron a planta, estabas totalmente destrozado, tenías varias costillas rotas y magulladuras por todo el cuerpo.

—¿Tú quién eres? ¿Una buena samaritana, un ángel, una ninfa? —pregunté intentando verla con claridad. Estaba más drogado que nunca por la medicación.

—Ja, ja, ja, ni una cosa ni otra. Te vi en la calle y necesitabas ayuda, y yo te la presté. La verdad es que no tengo por qué estar aquí contigo, pero no me habría sentido nada bien yéndome a mi casa. Esperaba a que despertaras y a que estés mejor. Aquí no saben tu nombre porque no tenías la documentación en la cartera, llamaron a la policía, pero para evitar que metieran las narices les dije a los médicos que yo me encargaba de todo. ¿Tienes tarjeta de la Seguridad Social?

—Sí, tengo, pero no sé si aún es válida. Hace mucho que no trabajo.

Entró una enfermera en la habitación, primero fue a atender al otro enfermo, mi compañero de dolores, corrió la cortina. Tenía ganas de mear.

—¿Cómo se encuentra el enfermo hoy? Ha estado dos días durmiendo —dijo la enfermera rubia dirigiéndose a mí. Tendría unos cincuenta.

—Me siento fatal. Tengo ganas de mear —dije.

—Tenga la cuña, cuando acabe me llama pulsando aquí —explicó con profesionalidad.

—No pienso mear en este chisme. Si no me ayuda a ir al baño iré solo.

—Conque tenemos un enfermo rebelde. Hágalo en la cuña y no me dé más trabajo de la cuenta. Vigílelo y si se pone follonero llámeme y lo calmaré con un buen pinchazo —Se marchó girando sobre sus talones.

—Ayúdame a levantarme, por favor —pedí a la buena samaritana.

—¿No has oído a la enfermera? Hazlo en la cuña si no quieres que la llame y te agujeree el culo.

Me tuve que joder y mear en la puta cuña. Me costó dios y ayuda, pero al final lo hice.

—Bueno, cuando venga la enfermera tendrás que decirle tu nombre para ver si tienes tarjeta de la Seguridad Social. ¿Cómo te llamas? Soy María.

—Me llamo Aníbal, te estoy muy agradecido, María. Si no llega a ser por ti lo mismo habría muerto en aquel callejón. Aunque para un tipo como yo es una muerte bastante digna —dije intentando incorporarme. María me ayudó. —Cuando me desperté la primera vez creí que había muerto y que eras una divinidad.

—¿Griega?

—Sí, la religión no me va, soy pagano, alcohólico, drogadicto, un partidazo, jajajá.

—Todos tenemos problemas, Aníbal. Soy pagana, como tú.

—Somos dos paganos —reímos.

Pasó la noche conmigo, cenamos, vimos algo de televisión previo pago de una tarjeta por 5€. El compañero de habitación no cesaba de quejarse y su mujer (eso creo) intentaba calmarlo, se dormía y al despertar otra vez se quejaba. María, entabló conversación con la mujer y le explicó que el hombre era bastante quejica, odiaba los hospitales, las agujas, los médicos, las enfermeras y a ella. Dormí plácidamente toda la noche.

Al día siguiente después del desayuno llegó el médico, me preguntó por mi tarjeta sanitaria, la tengo en casa, creo, le dije. Pidió con excesiva amabilidad mi nombre y mi número de DNI, al rato volvió.

—Aníbal, su DNI está caducado y su tarjeta sanitaria no es válida porque hace más de un año que no trabaja, así que no cotiza a la S.S. Y si no cotiza no tiene derecho a ser atendido, son las nuevas órdenes del Ministerio. Tendrá que pagar la estancia en el hospital, el tratamiento, las comidas, tiene que pagarlo todo, lo siento —el tipo soltó todo eso y se quedó tan a gusto que si hubiera tenido un caramelo se lo habría dado.

—¿Pagar? ¿Tengo cara de tener dinero? ¿Acaso tengo la culpa de que un hijoputa me atropellara? No tengo dinero para pagar, ¿no se supone que la atención médica en España es gratuita para todo el mundo? —pregunté totalmente enfadado.

—Bueno, si ha visto las noticias están haciendo recortes. Este es uno de ellos, quien no tenga la tarjeta sanitaria en vigor debe pagar la factura del hospital —Allí estaba el tipo de la bata blanca como un monigote soltando aquello y jodiéndome la vida.

—Pues estoy jodido, doctor… Martínez. O ustedes están jodidos, no tengo dinero, es igual a que no voy a pagar.

—En ese caso por ética profesional le atenderemos, pero informaré de su situación con una denuncia y tendrá que pagar de todos modos.

El tío me miraba desafiante y yo estaba a punto de echar espuma por la boca.

—Aníbal, cielo, yo pagaré la cuenta. Doctor no lo denuncie, está muy afectado por todo lo que ha pasado. Yo me hago cargo —dijo María. Me sentí aliviado por ella, pero prefería deberle al Estado que no a la mujer que me arrancó de las garras de la señora de la guadaña.

—Está bien —dijo el médico. Se marchó. Cuando salía por la puerta lo llamé a grito pelado.

—¿Puedo pedir el alta voluntaria? Me encuentro bastante bien —María me miró extrañada.

—En realidad le iba a dar el alta mañana, pero si quiere irse está en su derecho, no veo por qué no. Prepararé el alta. Buenos días.

Se largó, no podía estar en aquel hospital sabiendo que María se haría cargo de todo. No podía consentir que gastara de esa manera su dinero. Yo no valía tanto.

María intentó hacerme entrar en razón, enseguida descubrió que soy un ser testarudo. Nos marchamos esa misma mañana, al mediodía. Se empeñó en ir a su casa, quería vigilarme y tenerme cerca. Aparte de ser muy buena conmigo era más joven que yo, atractiva, de cabello castaño oscuro y ojos pardos, piel blanca y de figura delgada. Hicimos el viaje a su casa en su coche, vivía en al campo, en una especie de granja con muchos animales, perros, gatos, un poni, un burro, conejos, gallinas, un pequeño zoo, pero parecía acogedor. Me acomodó en una de las habitaciones, la casa era amplia, muy acogedora. Me tumbé en la cama, estaba cansado. Antes de llegar paramos en una farmacia y ella compró lo que hacía falta para los dolores de mis costillas. Me dormí inmediatamente.

Cuando desperté no sabía qué hora era, me levanté. María estaba en la cocina.

—¿Qué estás cocinando? —pregunté en el quicio de la puerta.

—¡Te has despertado! Acércate, ven siéntate —pidió vuelta hacia mí. Estaba resplandeciente. —Hago cocido, ya que no has comido nada desde el desayuno, un plato de sopa te hará bien —dijo sonriente. Su dentadura era muy blanca. Se notaba que era una mujer muy limpia.

—Gracias. La casa es grande, ¿puedes tú sola con todo?

—Me las apaño bastante bien. Prueba el caldo y dime si está a tu gusto de sal.

—Eso está bien. ¿Tienes un cigarrillo? —pregunté después de probar el caldo, estaba en el punto exacto de sal, como me gusta.

—En el cajón de debajo de la mesa hay cigarrillos.

Encendí uno, aspiré hondo, el humo me llegó a los pies. María se sentó a mi lado, encendió un cigarro.

—Aníbal.

La miré a los ojos.

—Quiero que te quedes, te necesito.

—¿Por qué?

—Me gustas, me gusta tu aplomo y como te has enfrentado al doctor en el hospital, los tienes bien puestos —expuso acariciando las cicatrices de mi rostro.

—Soy demasiado viejo, estoy cansado. No soy un hombre que siente el culo demasiado tiempo en ningún sitio.

—Bueno, dime quién es Aníbal.

Se levantó a echarle un vistazo al guiso de pollo con albóndigas.

—Soy un tipo cualquiera que se emborrachó y un coche lo atropelló porque iba demasiado cocido para ver las luces cuando lo tuvo encima.

La miraba cocinar, tenía el trasero respingón, en ella se notaba la vitalidad de la juventud.

—Entiendo. Has dicho que eres viejo, no te veo viejo, pero sí cansado como has dicho. Y me pareces muy guapo, verdaderamente guapo. El azul de tus ojos es atrayente, como enigmático —dijo con el cucharón en la mano frente a mí.

—Soy viejo y me siento viejo. Creo que a mis cuarenta y nueve años he vivido demasiadas vidas. Necesito descansar, si hubiera muerto en el callejón en el que me encontraste no me habría importado.

—No digas eso, nadie se merece una muerte indigna, aunque esté borracho y no le importe a nadie, pero a mí me importas.

Cenamos pronto, tomé un plato de sopa. Ayudé a María con los platos y me acosté. Dormí como un lirón.

Al día siguiente más de lo mismo, me encontraba mejor, ayudé en la cocina, necesitaba sentirme útil.

—Te las arreglas muy bien entre los fogones y los cacharros. ¿Has vivido solo?

—He vivido solo toda mi vida —respondí mientras fregaba unos vasos.

Uno de sus perros, uno pequeño y peludo me seguía a todos lados, intentaba colarse en mi habitación, pero yo cerraba la puerta en sus narices. Cuando me sentaba donde fuera, el chucho venía donde estaba yo y pedía que lo acariciara dándome con la pata en la pierna. Al final consiguió que lo acariciara y nos hicimos amigos. Nunca había tenido perro y me estaba gustando caerle bien al chucho. El perro se llamaba Tobi, el resto de perros y gatos deambulaban por la casa, pero el pequeño Tobi era el más afortunado de todos. Hacía su vida en la casa, los otros entraban y salían, pero no estaban tan mimados como mi nuevo amigo.

Una mañana María fue al pueblo a comprar comida, husmeé por la casa y en una habitación a modo de despacho vi un viejo ordenador; necesitaba escribir, me notaba decaído y no era por la salud porque cada día estaba mejor y más fuerte. Mi alma se marchitaba, necesitaba plasmar los sentimientos sobre el papel o sobre aquel ordenador. Miré si había conexión a Internet, la encontré detrás de la mesita del teléfono. Volví al despacho y el ordenador tenía conectado el cable de red, lo encendí. Tardó en encender un cigarrillo entero.

Abrí una hoja de Word y comencé a escribir párrafos sueltos para calentar las neuronas, pensamientos, algunos vagos y otros menos.

«María es mi salvadora, si no hubiera sido por ella habría muerto sin dignidad, como ella misma dice. Me siento viejo, acabado, de aquí para allá, sin un techo fijo, ni trabajo ni beneficio. ¿He tirado mi vida al sumidero? La habría tirado si hubiera sido el hijo que mis Pás* (palabra con la que Alex, el protagonista de la novela La Naranja Mecánica llama a sus padres) esperaban. Dolorido, ignorante y silencioso ante los manda mases de la Serpiente* (palabra con la que el autor nombra al sistema), pero no, yo me rebelé contra la esclavitud convertida en una sociedad que asiente pacíficamente porque ser pacífico y mudo es lo correcto. Solo el derecho a votar y las manifestaciones son permitidas en un país democrático. Una vez, a los diecisiete años me dije: —Si ser democrático es ser un cagado sin cojones para enfrentarse a las injusticias de la vida yo me jubilo de esta vida —Un par de días después me largué de casa de mis padres.

Ella, una divinidad griega me acogió en su seno, curó mis heridas, me trajo a su Templo, proveyó mi apetito con deliciosos manjares. Ella, Ninfa Hespéride, el enorme huerto y el espléndido jardín solo podía cuidarlo una Ninfa como ella, María, una Hespéride perdida en este mundo. Su porte elegante, delicado y delicioso descubre a una mujer sensible, sentimental con todo lo que la rodea, por eso solo puede ser una Ninfa enviada para cuidar de estos animales y ya de paso de un vagabundo borracho como yo».

—¡Aníbal! He llegado, cielo.

—Estoy aquí, María —dije leyendo lo que había escrito.

—¡Estás aquí! Este despacho pertenecía a mi padre, trabajaba aquí durante horas. De pequeña solía sentarme en aquella butaca y lo veía trabajar. De vez en cuando me dejaba leer alguno de los libros de la estantería —comentó situándose detrás de mí para ver que escribía.

—He visto el ordenador y lo he encendido, espero que no te moleste —me excusé mirando la pantalla.

—No me molesta, considera esta casa como tuya. ¿Puedo leer lo que escribes?

—Adelante.

Leyó lo que acababa de escribir… Acabó.

—Aníbal, es muy hermoso, es precioso. ¿Eso piensas de mí?

—Sí, pienso eso y creo que no eres de este mundo. Nadie hace por nadie lo que estás haciendo por mí —La miré a los ojos. Estaba inclinada sobre mi hombro, miré su escote por accidente, la piel, blanca, tersa, joven, me pareció un atractivo y turgente canalillo.

—Gracias, pero no soy tanto, como tú mismo dices. Ven conmigo —invitó ofreciendo su mano.

La mano era cálida, casi maternal, la apreté con fuerza. Me llevó a la cocina y me mostró los manjares que había comprado. Cocinamos y mientras comíamos…

—Aunque papá me dejó una buena herencia he pensado que podemos cultivar nuestras propias hortalizas, así nos podemos entretener. He comprado árboles frutales también —comentó antes de dar un trago a su cerveza.

—Me parece bien. De pequeño ayudaba a mi padre en su huerto y no se me daba mal. El pescado está delicioso. No sé qué me pasa, pero últimamente tengo mucha hambre.

—Debe ser el campo que te abre el apetito, cielo.

Por la tarde sembramos las hortalizas, lechuga, rábanos, ajos, cebollas, puerros… También plantamos los frutales, un peral, dos tomateras, un manzano, un naranjo y un limonero. Nos divertimos mucho haciéndolo, acabé bastante cansado, pero alegre por ayudar a mi benefactora. Una vez acabado el trabajo nos sentamos en el porche y nos bebimos una cerveza cada uno. Mirábamos el huerto con satisfacción.

—Estaba harta de tanta planta de ornamentación. Necesitaba un cambio, ¿no crees? —preguntó mirándome.

—Sí, creo que sí.

Después de cenar me acosté, estaba reventado. Me desperté de madrugada, había dormido lo suficiente, tenía sed, fui a la cocina por un vaso de agua. Cuando cruzaba el pasillo entre las habitaciones y la cocina oí gemidos, era la voz de María. La puerta de su habitación estaba abierta. Ella estaba a cuatro patas sobre la cama y el pastor alemán, Lobo creo que se llamaba, era un animal huraño, debía serlo porque era el guardián. Lobo estaba detrás de ella, la rodeaba con las patas delanteras, abrazaba las caderas de María y su picha rosada la penetraba o lo intentaba, no lo pude ver con claridad, me apoyé en el marco de la puerta sin hacer ruido. Ella gemía, el perro también. No me pareció para nada una escena dantesca, me dio lo mismo, no me importó. En la penumbra, el cuerpo desnudo de María se veía bello, delicado y delicioso, sus gemidos de placer eran suaves, muy coquetos, la verdad. Nunca había visto de cerca un cuerpo tan perfecto y bello. Los senos se balanceaban al son de las embestidas de Lobo, era divino verlos con la casi extinguida luz. Me marché a mi habitación.

Al día siguiente desayunamos, no dije nada de lo que vi la noche anterior, me comí la tostada, el café y salí al huerto a echar un vistazo. Me senté en la hamaca a fumar.

─Aníbal, voy al pueblo a comprar harina para hacer pan, ¿te vienes? ─dijo con sonrisa resplandeciente.

─Prefiero quedarme a escribir un poco.

La miraba sonreír y me pareció el animal más bello del mundo.

─Vale, nos vemos pronto ─Antes de irse besó mi cabello justo encima de la cabeza.

Mientras apuraba mi cigarro pensé que antes nunca una mujer ni persona había sido tan cariñosa conmigo, ni siquiera mi madre. Me sentía muy a gusto con María, debía ser el campo, el aire puro, o simplemente mi edad.

El día pasó muy rápido, cenamos pronto y en la sala de estar encendimos la televisión, empezaba una película en blanco y negro con un Gary Cooper jovencísimo, Adiós a las armas era la película, una buena película, la verdad.

─Me encantan las películas antiguas, ¿y a ti? ─preguntó.

─Sí, algunas sí. ¿Has visto esta?

─No, ¿es buena?

─A mí parece buena. Te gustará ─Encendí dos pitillos al mismo tiempo.

El pequeño Tobi estaba sentado sobre mis pies, respiraba con satisfacción y no sé por qué. Los gatos también entraron en la sala y cada uno fue buscando su lugar para descansar.

La película avanzaba, María tomó mi mano con tibieza, la miré de soslayo, la besé en la mejilla, giró el cuello hacia mí, la besé tímidamente en los labios, la abracé suavemente, abrió la boca y la besé con más ardor, la pegué fuertemente a mí. Me abrazó, bajé besando su cuello, tenía la piel más suave y perfumada del mundo, era como oler una flor de jazmín, me empalmé. Mi mano bajó a la vulva, la acaricié con mimo por encima de la ropa, intenté desabrochar el botón del vaquero…

─Espera, por favor, aún no. Entiéndeme, eres el primer hombre que me gusta en años. Dame tiempo y cuando sea el momento te lo haré saber.

─Está bien, sigamos viendo la película ─La rodeé con el brazo, se acurrucó entre mi brazo y el sobaco.

En compañía de María el tiempo pasaba rápidamente, no tenía noción alguna del espacio-tiempo. Me sentía en plenitud total y eso se notaba en mi forma de escribir, lo hacía más redondo  que nunca, las palabras brotaban solas, estaba fluyendo, me sentía ligero como el agua, creo que feliz. Una de esas noches me desperté de madrugada, la habitación de María estaba abierta, no estaba allí. Fui a la cocina, me preparé un té de bolsita, miré por la ventana y la luz de la cuadra estaba encendida. Dejé el agua al fuego y salí afuera, caminé hasta la cuadra, por una pequeña ventana que daba al interior pude ver como María masturbaba al poni, tenía una gran picha. Me quedé un rato y entré de nuevo en la casa. Me senté a la mesa un momento, me llevé el té al despacho y me dispuse a escribir. Cuando María entró en la casa fue directamente a la ducha, no me vio.

No me importaba que María realzara su sexualidad con los animales, ella era una Hespéride, amaba a sus animales y como tal debía amarlos.

Una mañana después de trabajar en el huerto sació mi sed con limonada recién hecha de los primeros limones del huerto. Secó mi sudor con un trapo que llevaba en la mano, me miró a los ojos…

─Tienes unos ojos muy bonitos, cariño ─susurró tomando mi rostro con ambas manos.

Hacía muchísimo calor, el sudor manaba y manaba por mi frente, ella, en cambio, estaba radiante, bella ante mis ojos, la estreché entre mis brazos y la besé, la besé con ardor, un ardor nuevo en mí. Poco a poco caímos sobre la tierra y allí levanté su falda, ladeé la braguita y María bajó mi cremallera…

─Penétrame, por favor, ámame…

Y como ella pidió entré; yacimos lentamente como si fuéramos vírgenes. Me sentí torpe, no atinaba a hacérselo cómodamente, pero al mismo tiempo estaba feliz de zambullirme en aquel coño lleno de amor. Padecí la felicidad de estar dentro de María, la besaba dulcemente tomando sus labios con los míos, entraba y salía sin cesar, pero con tal parsimonia que el sol dio color a mi nuca. Así estuvimos hasta la hora de comer, me corrí cuando me lo pidió.

Tres meses después habíamos reformado la casa, cada día arreglábamos algo más, tapé las goteras del techo, pintamos el exterior, pintamos la valla de madera que rodeaba el huerto. Sin darme cuenta estaba creando un hogar, algo que nunca había tenido. Por eso me sentía pleno, pero al mismo tiempo sentía mis pies pegados a aquella fértil tierra. Y no me gustaba saber que estaba echando raíces.

─Somos dos solitarios que se han encontrado, bueno, tú me encontraste y yo te he encontrado día a día, aquí, en esta casa alejada del mundo. Dices que me debes gratitud, ¿por qué? ─pregunté retrepado en la hamaca del porche cerveza en mano.

─En todo este tiempo no te he hablado de mí, aunque tú tampoco de ti. Tengo treinta años, siempre he vivido aquí, con mis padres, mi madre murió cuando yo tenía quince años, mi padre falleció hace dos años. Solo él ha sido mi compañía, todo mi amor se lo daba a él y mis animales. He tenido amigas, claro que he tenido, pero nunca he sido una frívola, no me gustaba salir con chicos, solo tuve un amante a los veinte y cinco y fue un amigo de mi padre. Solía venir los domingos a comer y me hizo el amor uno de aquellos domingos. Solo esa vez lo hicimos. Luego mi padre se enteró porque yo inocentemente se lo conté y su amigo no vino nunca más. Me encerré aquí con mis animales y mi padre, aprendí a amar la naturaleza y aislarme del mundo. Incluso cuando voy al pueblo a comprar sigo en mi mundo, es lo único que me hace feliz. Tú llegaste en un momento en el que la soledad y la tristeza me estaban sumergiendo en una apatía eterna. Me salvaste. Y yo te salvé de la muerte. Quiero que sepas que he dejado que te quedes porque la primera vez que me miraste vi pureza en tus ojos, sabía que no me ibas a juzgar por ser una ermitaña, sabía que no me mirarías como si estuviera loca. Desde aquel momento te amé.

─María, vivimos en un mundo de locos, es posible que seamos los más cuerdos del país de los locos. Yo no sé si te amo, pero aquí contigo soy algo que nunca he sido, feliz, aunque no estoy seguro de serlo plenamente. Para mí la bebida llegó a ser un problema, era alcohólico y medio drogadicto y aquí he aprendido a beber sin emborracharme. Mi gratitud va a ser eterna, pero no te voy a mentir, siento la necesidad de salir de aquí, necesito estar con más gente, tengo que contaminarme para volver a tus faldas a limpiarme y amarte sin cuartel.

─Mi amor, puedes irte cuando quieras, si dices que volverás te creo. Quiero que vuelvas contaminado de la vida real y que te limpies aquí conmigo y me hagas el amor hasta que me llenes de esa contaminación ─dijo mirándome a los ojos. En los suyos había tímidas lágrimas. El corazón se me encogió. La tomé en brazos y a la cama la llevé. Le hice el amor sin tregua, la follé con saña, el animal que llevo dentro entró en María. Nos unimos, nos fundimos antes de mi marcha.

No sabía cuando me iría, lo que sí sabía es que volvería, de eso no tenía duda alguna.

Una mañana me desperté y sentí el impulso de marcharme. Me vestí, María hacía el desayuno, desayunamos en silencio, ella sabía que era la hora. Me acompañó a la puerta, nos besamos.

─Vuelve, por favor. Te amo, Aníbal.

No dije nada, solo asentí. Me marché caminando.

Me dirigía al pueblo, un camión pasó a mi lado, me reconoció de verme con María por el pueblo.

─Amigo, ¿necesita que lo lleve?

─Sí.

Condujo hasta el pueblo, no hablamos, me apeé en la gasolinera, compré cigarrillos con el dinero que María metía en mi cartera a escondidas. Nunca supe por qué lo hacía, nunca pregunté. Caminé sin rumbo, no me apetecía ir más lejos, era como si un cordón umbilical me uniera a María, y si me alejaba demasiado se podía romper y no deseaba romperlo. Llegué a la puerta de un bar, entré, mi gaznate pedía whisky a gritos.

─¿Qué le pongo? ─preguntó la camarera.

─Whisky solo, por favor.

El local era el típico bar donde todos se conocen, servían tapas, bocadillos, café, lo típico en un bar español de tercera. Sirvió el whisky, estaba sentado en la barra, saqué un Benson & Hedges, miré a la camarera, aprobó que fumara. La mujer debía tener unos cuarenta, tenía las tetas caídas, creo que no llevaba sujetador. Tenía cara de comérselas a pares, normal; en un pueblo como aquel si no te diviertes mueres. Morena, cabello largo y tintado de negro azabache, raya en los ojos al estilo cani. Ojos grandes, me dio la impresión que tenía sangre gitana.

─¿Me invitas a fumar? ─preguntó la camarera.

Le ofrecí un cigarrillo directamente de la cajetilla, le di fuego con el mechero que acababa de comprar en la gasolinera.

─¿Tú eres el que vive con la loca de la granja? ─preguntó despectivamente.

─María no está loca, lo que pasa es que no la entendéis porque no os dais el permiso de conocerla, la tildáis de loca cuando está más cuerda que todos vosotros. Por vivir sola y aislada del mundo la llamáis así, que pena ─expliqué tranquilamente con el vaso en la mano.

─No te enfades, hombre. Aquí todo el mundo la llama así, antes éramos amigas. De vez en cuando la veo pasar con la camioneta, siempre pasa de largo. ¿Cómo está?

─Quizá debieras comprobarlo tú misma.

─Quizá sí, o quizá no. ¿Te pongo otro?

─Sí.

Rellenó el vaso, saqué mi libreta, pedí un bolígrafo a la camarera criticona. Comencé a escribir, sin darme cuenta se hizo la hora de comer. Pedí un par de tapas y cerveza, comí y salí a las mesas de la escasa terraza a fumar y tomar café. Comencé a escribir. Estaba aislado de todo, al igual que hacía antes de conocer a María.

─¿Puedo hacerte compañía? ─preguntó la camarera de cabello azabache.

─Puedes ─respondí sin mirarla.

─He acabado mi turno, me releva mi hija, es nuestro negocio familiar. Abrí el bar cuando mi marido me abandonó por una prima suya más joven. Si vives con María, ¿qué eres su novio? ─dijo tomando su copa de cerveza. Tenía las uñas largas, de color rosa chillón, me pareció de muy mal gusto.

─Vivo con ella, pero no soy su novio. Me rescató de las garras de la muerte.

─Ella siempre ha tenido voluntad de ayudar a la gente, no entiendo por qué ahora está alejada de todo.

No paraba de mirarme, cuando me miran fijamente me pongo nervioso, incluso un poco agresivo. Intenté no serlo.

─Cada cual toma su camino. Yo tomé el mío y me desvió aquí, a este pueblo apartado del mundo en casa de María. ¿Fumas?

─Por favor, eres muy galante, ya no hay hombres así.

Tomó el Benson acariciando mi mano, se lo encendí. La verdad que aquella mujer era bastante guapa, pero ni el pelo ni el maquillaje eran de buen gusto.

─Soy como soy y punto.

─¿Puedo saber tu nombre hombre galante? ─preguntó cruzando las piernas enfundadas en unas mallas negras.

─Aníbal.

─Yo me llamo Isa. No suelen venir muchos forasteros por aquí, solo camioneros que están de paso y gente que para en la gasolinera. Me gustaría salir de aquí, me crié en estas calles, es mucho tiempo en este sitio, mis raíces están aquí. Sin embargo me gustaría poder ofrecerle algo más a mi hija. Si conociera a un hombre que nos respetara, puede que reuniera el valor de marcharme.

─Eres una persona dependiente, antes dependías de tus padres, después de tu marido, ahora dependes de este lugar y de tus deseos ─expuse apurando mi café solo.

─No me conoces, pero puede que tengas razón. El tiempo me ha atrapado en este pueblo. Hablas muy bien, se nota que no eres de por aquí. Yo también intento hablar bien, aunque mi aspecto no es el de una persona que hable bien.

─Una contradicción, Isa. A veces las contradicciones son maravillosas. Creo que me quedaré aquí hasta la noche, estoy a gusto. Voy a pedir un whisky.

─Ya voy yo, y me pido un cubata para acompañarte ─Se levantó, le miré el culo, era bastante grande, lo tenía en su sitio.

Empecé a sentirme muy yo, en verdad necesitaba salir de la granja, estaba pensando en volver a la noche. Ya me había divertido y contaminado lejos de María, en cuanto anocheciera volvería entre sus faldas como había prometido.

Hablamos durante toda la tarde, Isa coqueteaba conmigo, rozaba su rodilla contra mi pierna, apartaba su pelo ondulado del cuello, reía frívolamente y a mí no me parecía mal, siempre me ha gustado gustar a las mujeres, aparte de ser divertido, es un polvo seguro. No estaba cierto de si quería liarme con ella, así que decidí averiguarlo. Quería saber si María me había «castrado». Anocheció.

─Debería irme, ya es de noche y quiero volver a la granja ─dije dejando el vaso en la mesa. Estaba borracho.

─¿Tienes coche?

─He venido andando.

─No puedes irte caminando con esa borrachera, te llevo en mi coche.

─Está bien ─acepté levantándome de la silla. Durante un segundo todo me dio vueltas, pero enseguida el mundo dejó de girar y pude caminar.

Isa condujo despacio hasta la granja, me dio la impresión de que no quería llegar al destino. También estaba muy oscuro y no había farolas. Aparcó antes de llegar a la granja. Puso el freno de mano y se volvió hacia mí, sus labios eran carnosos, bonitos. Me miraba con deseo y yo la besé, sentí ese impulso. Comenzó a darme lengua y a desabrochar mi camisa, me agarró los cojones y desabrochó el botón del vaquero, metió su mano entre mis piernas.

─Te deseo desde que te he visto ─susurró en mi boca.

Sigilosamente y con maestría hizo hacia atrás el respaldo de mi asiento, se quitó las mallas, las bragas y a horcajadas se situó encima de mí. La miré un instante, introduje las manos debajo de la blusa, amasé los senos y ella introdujo mi picha en ella de golpe, sentí un espasmo entre las piernas, su vagina hambrienta y devoradora me mordió. Saltaba encima de mí, destrozándome, quitándome la energía que había adquirido durante el día, mordía mis orejas, los labios, el cuello, emanaba un río de ella y me mojaba, no paraba de saltar, una y otra vez notaba que me rompía, cada vez más fuerte. Me uní a los destrozos y le mordí las tetas fuertemente, devoré los pezones y ella gritaba y gritaba. Salió de mí y me dio la espalda.

─Métela en el culo.

Lo hice, su estrechez me dio placer desde los pies a las canas de mi cabello, me corrí. Desaceleró lentamente los saltos, se salió dejándose caer encima de mí. La rodeé con los brazos acariciando los senos caídos. Nos despedimos con un beso.

La vi desaparecer en la noche, las luces del auto desaparecieron por completo dejando que reinara la oscuridad. Entré en la casa después de fumar un cigarro.

La casa estaba oscura, el silencio recordaba que los cuerpos estaban dormidos. En la alcoba María dormía, dormía plácidamente bajo las sábanas, me desnudé y me acosté a su lado. Su olor llenó mis fosas nasales, aspiré el perfume con la nariz pegada a su espalda; mi mano, como si tuviera vida propia viajó hasta su monte, lo acaricié, gimió. Se dio la vuelta, pero quedándose boca arriba, me sumergí entre las sábanas y entre sus piernas me dediqué a besar y adorar su húmedo sexo. No se despertó, cuando la tuve dispuesta sumergí el miembro poco a poco. Aquella situación en la que María parecía dormida y yo me aprovechaba de la situación me excitaba sobremanera. Daba igual haber estado con Isa unos minutos antes. La indiferencia de mi salvadora consiguó ponerme a tono para darle lo mejor de mí. Zambullida tras zambullida me dejé vencer por Afrodita y me vacié de vida y muerte. María fue portadora de mis miserias a partir de aquella noche.

En la casa, en el campo, la noción del tiempo no importaba mucho, solo ella, los animales y yo. Desde que empezamos a tener relaciones no volví a verla enredada con los animales, quizá su falta de amor la completaba conmigo. Nunca la juzgué, le tenía cariño, me había ganado.

Tiempo después me dijo que estaba embarazada, no dije nada, solo sonreí, creo que me hizo feliz. Nueve meses después nació la niña, pesó tres kilos y pico. Se parecía a María, por suerte. Comencé a hacer trabajos a los vecinos del pueblo, reparaba enchufes, pintaba paredes, de vez en cuando le hacía un «arreglo» a Isa. No echaba de menos mi vida anterior, las calles, la bebida, las mujeres, no extrañaba la mugre. Sin darme cuenta pasaron dos años. La niña caminaba y me llamaba papá, la primera vez que lo dijo lloré. María hablaba de casarnos, tiempo después lo hicimos, Nadia, nuestra hija fue la madrina.

Diez años después y no sé por qué sentí el impulso de publicar, tenía suficiente material para hacerlo y seguir escribiendo a mi aire, sin presiones. Una mañana cogí el autobús con una carpeta con manuscritos bajo el brazo para entregar en las editoriales que había buscado por Internet. Regresé un año después con Cañerías Atascadas recién publicado; para mí solo fueron unas horas fuera de casa.

No volví a la ciudad, salvo a presentar el libro acompañado de María y Nadia o, a ver a mi editor.

Martes, veinte y ocho de febrero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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2 comentarios en “La buena samaritana

  1. WOW!!! Sigue en su escencia de Anibal pero encontro realemte lo que necesitaba, quien iba apensar que lo haria feliz estar en un lugar estable y formando una famila. Me parece genial como le has dado ese giro de 360° a su vida. Me tienes fascinada !!!

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