Henry y Anaïs VII

Dos almas rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película Fuego en el cuerpo (1981). Dirigida por Lawrence Kasdan y protagonizada por Kathleen Turner y William Hurt. En la foto los dos protagonistas del film.

Durante toda mi vida he observado los movimientos de la Serpiente* y de la Masa*, los he estudiado y los estudio (el autor llama en aspecto simbólico Serpiente al Gobierno y Masa a la gente). La responsabilidad como todo en esta vida evoluciona e involuciona, se engrandece o se degrada. Cualquier cosa le podría haber pasado a la responsabilidad, pero no señores, a la señorita responsabilidad la han degradado a soldado raso. Me explico (creo que por mis ansias de ser escritor y ser el mejor de todos soy más filósofo que nunca, aunque jamás barato), mirando a mi alrededor veo a los papás de los nenes como fariseos que toman propia la responsabilidad de sus hijos, pobrecitos que no sufran, craso error. ¡Cómo van a ser hombres y mujeres de provecho si no les dejáis desarrollarse! Leo en la prensa a profesores indignados y muy enfadados, los Pás* y Más* se han convertido en reclamadores de notas y de comportamientos del docente para con sus hijos (* quiño a la novela La naranja mecánica, e incluso el autor se permite inventar una palabra nueva Más). Y es normal que los docentes estén cansados de que no los dejen hacer su trabajo por tres flancos: políticos, Pás, Más y alumnos. Cada pocos años con los cambios de gobierno nuevas leyes de educación entran en vigor y la locura de no saber cómo desempeñar el trabajo entra en escena. Hijos que están en la universidad pidiendo a sus progenitores que vayan a hablar con el profesor de turno porque no están de acuerdo con la nota o porque los han suspendido. Vamos a ver, ¿cómo hemos llegado a que un chico o chica entre dieciocho y veinte tantos años necesite que el Pá hable con su profesor de universidad? Es un gran atraso, igual que cuando calló el Imperio Romano, la Iglesia se adueñó del Conocimiento; dejó de ser patrimonio de todos.

Con el pretexto de que no sufran y no tengan excedente de trabajo les quitáis responsabilidad, pobres. Yo creo que cuanto antes sepan que toda acción tiene consecuencias tanto positivas como negativas antes se darán cuenta que esto no es un juego. Soy un paria por decisión propia, nadie me ha abocado a serlo, he sido yo solito. El sufrimiento curte y el trabajo dignifica y endurece la piel, la convierte en un callo, sensible también y te abre los ojos a lo que pueda venir. Incluso, una azada en un momento dado, el sol en la testa, el sudor en los ojos y las ampollas reventándose en las manos abren la mente al conocimiento si sabes verlo. ¡Ah no, sois ciegos! ¡Já!

Pasé el día deambulando por la periferia de la ciudad. A un margen del río miraba a los runners avanzar por la pista con los aparatos al hombro para medir los pasos y las pulsaciones, equipados hasta los dientes con la ropa adecuada, mallas, camisetas y zapatillas. No importa que no sepas correr, si vas equipado eres un runner = corredor. De todo ese equipamiento solo las zapatillas ayudan a no lastimarte los pies ni las rodillas, lo demás es paja. Me senté en ese margen, encendí un Benson, miré al frente, a los lados, la tarde caía y pronto saldrían los demonios a flote y yo me convertiría en un vampiro del whisky. El licor ambarino es la vida, el alcohol entra por mis venas convirtiéndome en un ser de la oscuridad, las arterias se abren, el alma se ensancha; borracho soy capaz de escribir tres días sin descanso, luego duermo otros tres días. Eso hice, una semana después desperté vestido igual que seis días antes y con una resaca de quince galones por barba. Al séptimo día desperté y descansé.

Me quedaba café, me serví uno, encendí un cigarro, me serví otro, fumé de nuevo, la operación se repitió tres veces. Tras una ducha y ropa limpia tuve la idea de visitar a Anaïs, no podía estar mucho tiempo alejado de aquella mujer, pero tampoco muy cerca. Al igual que me beneficiaba estar con ella también me lastimaba estar demasiado cerca. Tenía la sensación que chupaba mi energía y no solo la de la polla, la energía en general digo. Fui caminando, el sol me acompañaba, ignoraba a los indolentes, me daba y me da igual que haya una catástrofe natural o química, la gente me importa poco, son ignorantes de una realidad que a todos nos afecta, si no la veis no os lo voy a decir, es vuestra responsabilidad ser felices y hacer felices a los demás; el guerrero está cansado de pelear contra el muro, así que buscaos las habichuelas. En un rato alcancé el edificio de Anaïs, llamé al portero automático, no abrió, esperé un rato. Llamé de nuevo. —¿Quién es? —Aníbal —abrió. Salí del ascensor y la puerta estaba abierta. Anaïs y Malena tomaban café con batines de seda, el cabello revuelto y con rostros de haber sentido mucho placer; no me sentí traicionado, me sentí feliz de que la fotógrafa diera rienda suelta a su sexualidad; algo imposible para mí, no me gustan los hombres.

—Buenos días, Aníbal. ¿Un café? —preguntó Anaïs levantándose de la silla y yendo a darme un beso en los labios. Malena apartó la vista. Eso me tocó los cojones, que ladeara la cabeza habiéndome acostado con las dos, ella sabía lo que Anaïs y yo teníamos. Recordé a Henry, Anaïs y June* (se refiere a la relación entre los escritores Henry Miller, Anaïs Nin y la mujer de él, June).

—No, gracias, ya he tomado.

—Hola Aníbal. ¿Te has pensado lo de publicar? —preguntó Malena.

—¿Te llevas comisión con la publicación? Lo pregunto por tu insistencia, solo esa explicación encuentro —dije mirándola a los ojos.

—Pero… ¿qué dices? Lo hago por ti, porque quiero que te muestres, quiero que la gente vea todo lo que tienes dentro. No me hace falta una comisión para saber que eres bueno —No apartó sus ojos de los míos en todo el rato que estuvo hablando.

—Já, ahora ¿te lo tengo que agradecer? Qué risa María Luisa, no necesito que nadie valore lo que escribo. Sé que soy el que la tiene más grande.

—Aníbal, por favor. Malena intenta… —intentó decir la fotógrafa.

—Sé perfectamente lo que la señorona intenta decir. Me está diciendo en mi cara que solo ella ha visto mi talento y quiere explotarlo haciéndome un favor, y por ahí no paso; seré un paria, pero tengo mi orgullo —expuse encolerizándome cada vez más.

—Te crees la hostia, ¿verdad? Con ese porte de gran hombre, con esa mezcla de mendigo e intelectual, con esos aires de gañán disfrazado de tío listo y gran escritor… —añadió Malena.

—Sí, sé lo que soy, sé quién soy y no me arrepiento porque he elegido esta vida, no engaño a nadie. Y tú, ¿estás contenta engañando a tu marido? ¿Te gusta mostrarte como una muñeca de feria rica e inexpugnable? Te he visto, eres una pobre ricachona con el coño tan ancho y tan insatisfecho que tienes que seducir a Anaïs para sentirte alguien, y por qué no, seduzcamos al patán de Aníbal, jajajá.

El rostro de Anaïs cambió por completo por las palabras dañinas que nos estábamos diciendo; le importaba un pimiento que Malena y yo hubiésemos follado, seguramente lo sabría.

Las miré y me dirigí a la puerta…

—No te vayas, por favor —rogó Anaïs con voz temblorosa.

—Perdóname, pero debo irme. Adiós.

Cuando cerraba la puerta detrás de mí escuché decir a Malena: —Deja que se vaya, ¿no ves que es un cobarde?

Estuve una semana sin ver a Anaïs y mucho menos a Malena. Me sentía una marioneta en manos de ambas, un títere al que poder decir cómo escoger su camino, odio a la gente así; y yo que me llamaba libre, paradójico. Que equivocación más grande, cuando estás en manos de una mujer no eres libre, eres su muñeco de trapo, el hombre deja de ser hombre para ser en sus manos un muñeco de ventrílocuo. Y me negaba una vez más ser un trozo de madera en manos de una mujer. Puede que fuera la edad, puede que fuera la soledad, puede que fuera que la metamorfosis no estaba completada, puede que fuera la falta de amor, puede que necesitara esa mentira llamada Amor.

Cambié de domicilio, necesitaba huir, siempre he huido. Escapé de mi adolescencia convirtiéndome en un lacayo del Sistema, huí de mi familia, eludí mi responsabilidad marital, he desertado toda mi vida, hasta de mí mismo. Soy un superviviente de mí mismo. Puedo permitirme muchos lujos porque sé quién soy, un cobarde y un hombre sin hombría; ni siquiera soy escritor. Soy un esbozo, un dibujo mal pintado en una hoja de papel para luego arrugarla y tirarla a la basura. Soy un adicto a mí, a mi ego, soy un adicto a la vida, a la mala vida, la de las mentiras, la de la huída sin cuartel y sin mirar atrás porque me da pavor volver la cabeza y verme reflejado en medio de la nada.

En el Bar de Miguel vi a Manolo, un tipo al que durante un tiempo le alquilé una buhardilla. Me cobraba veinte euros por semana. Así que le pregunté y me dijo que estaba libre, al día siguiente me mudé. Me entregó la llave. Le pagué una semana por adelantado. Era una buhardilla con entrada exterior desde la calle, en pleno centro de la ciudad. El edificio mantenía el ascensor propio de las fincas antiguas de madera y hierro. Yo no podía entrar en el portal, solo alguna vez que me colé. Subir a pie por la escalera de servicio cuatro pisos depende en qué condiciones te encuentres para hacerlo.

Anaïs estuvo llamándome al móvil durante días, una o más veces al día, no respondí. Estaba dolido, estada jodidamente mal porque intentó manejar mi destino, hacerme creer que lo mejor para mí era publicar en ese momento, y ahí me di cuenta de su necedad, lo que necesitaba yo en esos momentos era estar cerca de ella, cerca de ti, Anaïs.

Dediqué todo el tiempo a escribir, me sentía lleno de letras y las vomitaba, la mayoría sin sentido, puede que fuera una terapia. Casi una semana estuve enclaustrado en aquella buhardilla de veinte por veinte, casi no comía, no bebía ni whisky, solo escribir y escribir. Necesitaba dejar salir todo lo que contenía mi alma y plasmarlo en letras, desordenadas u ordenadas, daba igual.

Sábado por la tarde. Está anocheciendo. Miro por la minúscula ventana de la buhardilla y la señora noche abraza a los transeúntes llenándolos de vida, vida nocturna, exceso, plácido exceso que me abrazas y no me dejas dormir. Te adoro, querido exceso, amado tedio. Decido bajar a la calle, tengo que comer, pienso. Estaba en calzoncillos, los mismos desde hace una semana, me lavo los cojones y me pongo calzoncillos nuevos, me lavo los sobacos, me visto con otra camiseta y encima me pongo la fea y vieja sudadera de poliéster. Me coloco los vaqueros azules y gastados; tomo los veinte euros que me quedan y salgo a la calle a comprar algo de fruta, embutido y una barra de pan. Cerca había un supermercado de esos grandes en los que hay de todo. Entré, compré, hice cola aguantando los cuchicheos de las marujas y de sus revoltosos hijos. Volví a la buhardilla.

Al par de días desperté como de un sueño, no había dormido nada, solo escribía. Podría haber escrito una novela, pero no me equivoqué, así que había escrito unos cuantos relatos. Creo que las novelas surgen por equivocación. Las buenas novelas no son pensadas, son vomitadas en un relato corto y luego otro y otro, hasta que se han escrito suficientes páginas para llamarlo novela. Es la única explicación que encuentro para la cantidad de nuevos novelistas que surgen todos los días en las Redes Sociales, es algo insólito. Jamás ha habido tantos «escritores» como hoy en día, y todo gracias al montuoso llamado Internet. Prefiero llamarlos pseudo-escritores, porque ser escritor no es sentarte a escribir y ya está. No señor no, escribir es un arte, es el arte de la palabra; el escritor plasma sentimientos y sensaciones. Escribir debe ser sincero para ser verdadero, sino es y será siempre papel higiénico para limpiarte el culo. Ser escritor es un acto suicida. Ningún tipo de arte exige tanta dedicación sin devolverte nada. Escribir es un acto de devoción a la literatura, y nada más. No esperes nada de la escritura, escribe si lo necesitas, si no es así dedícate a otra cosa.

Esperando, esperando, ¿a qué? Alcancé un cigarrillo, lo puse entre los labios y lo encendí. Me senté en la cama desnudo, totalmente, el cenicero estaba en mi regazo. Unos dedos robaron el cigarro de mis labios, lo devolvieron cuando el cuerpo hubo fumado.

—¿En qué piensas? —preguntó mi compañera de cama.

—No pienso nada en particular. ¿Sabes? Siento que he desperdiciado mi vida. ¿Por qué andas con un tipo como yo?

—Me gustas, me gustas mucho, Aníbal. Tu inteligencia me seduce, tu fuerza, tu virilidad, no sé, me gustas y punto.

La miré a los ojos, joder, ¿qué hacía en mi cama una mujer veinte años menor que yo? Angelina me gustaba, no era muy inteligente, pero sí muy amable y cariñosa. Respetaba mis silencios, creo que yo era el padre que nunca tuvo, o quizá el hermano mayor con el que alguna vez soñó con tirarse.

—Tú también me gustas. ¡Cómo no me vas a gustar!… —Me tumbé boca arriba.

—Repítelo, repite mi nombre.

Lo repetí y me besó, se sentó encima de mí, lo hicimos de nuevo.

—¿Te apetece salir un rato? —preguntó la joven.

—No me apetece, me apetece escribir. Si quieres salir puedes hacerlo, no me importa. ¿Piensas volver? —pregunté mirándola sentado en la silla frente al escritorio.

—No puedo volver esta noche, él espera que vuelva. Ya hace una semana que me marché de casa, cuando desaparezco más de siete días se preocupa por mí y me busca por todos los sitios que conocemos.

—Vale, vuelve con él. Ya sabes dónde estoy. Ahora vuela, vuela pajarillo.

—¿Por qué eres así? Me conoces, no te he mentido, desde el principio te lo dejé claro. Soy muy insatisfecha, al igual que tú. Debo volver con él, es mi protector, mi benefactor.

—Me importa una mierda qué significa él para ti. Lo pasamos bien, no quiero una novia y ni mucho menos reclamarte nada. Solo te invito a que vayas con él —Le di la espalda y comencé a escribir. No vi su cara, seguramente estaba muy enfadada. Cerró de un portazo.

Conocí a Angelina en un bar, en un antro que suelo frecuentar de vez en cuando. Estaba sola, creo que desamparada, me equivoqué; solo buscaba una presa a la que chuparle la sangre y así huir de ella misma. Me eligió, caí en sus redes. Poco me importa ser su víctima, me gusta ser la víctima de unos brazos jóvenes y tiernos. Lo que más me gusta de Angelina es que con ella no tengo que pensar. Tiene el cerebro del tamaño de un cacahuete, me satisface su simplicidad, me permite descansar, recupero las fuerzas con ella.

Durante los días posteriores me dediqué a buscar trabajo, necesitaba dinero. Imprimí en una librería unos cuantos currículos, paseé dejándolos en bares, almacenes, cualquier trabajo que me diera dinero y no necesitara de mi más de un tercio de mi inteligencia. Pienso que el trabajo es una pérdida de tiempo, nunca le he dedicado mucho de mí. Hacía calor, entré en un chino y compré un botellín de agua, me quedaban cincuenta euros de apostar al fútbol. Recuerdo que aposté diez euros a que ganaría el Madrid y ganó. ¿Qué podía hacer con cincuenta pavos? Seguí andando, pensé en Anaïs, quería verla. Quizá le pidiera disculpas por mi comportamiento la última vez que la vi, quizá me quedara inmóvil admirándola, quizá me abofeteara, quizá folláramos. Caminé un buen rato, llegué a su portal, pulsé el botón de su piso, sonó muy agudo, taladró mi mente. Abrió.

La puerta estaba abierta, entré.

—Hola, Aníbal —dijo Anaïs. Iba vestida con batín, olía a sexo, me empalmé.

—Hola —dije.

—Entra no te quedes ahí. ¿Te apetece beber algo? —preguntó con aire voluptuoso y satisfecho.

—Cerveza.

Malena salió del baño, así que eran amantes. Las había «pillado» por segunda vez. No me importó, sabía que Anaïs no me debía exclusividad ni yo a ella tampoco.

Anaïs me dio una lata de cerveza, nos miramos a los ojos. La abrí y le di un sorbo.

—¡Hombre! El escritor melancólico —exclamó Malena en plan sarcástico.

—Yo también te quiero, Malena —dije a modo de saludo.

—Siéntate, Aníbal. Cuéntame, ¿cómo estás? —Como siempre la fotógrafa calmaba mis demonios con una sonrisa y buenos modales.

—Estoy bien, he estado escribiendo y buscando trabajo. ¿Y tú? —Me comportaba como si Malena no existiera.

—Trabajando mucho, preparo una nueva exposición, ¿quieres ver las obras? —asentí, fui tras ella.

Malena se quedó sentada en el sofá vestida con una bata, seguro que no llevaba nada debajo. Seguía empalmado.

Anaïs me mostró las obras, eran fascinantes, en blanco y negro, con brillo y sin brillo. Escalas de grises, escalas de negro, abanico de blancos. Había otro cuerpo femenino, puede que fuera Malena. Dos cuerpos retratados, Anaïs y Malena. También estaban las mías con una descripción breve bajo la foto, sonreí. Mirando las fotos tomé de la mano a Anaïs, la traje hacia mí y la besé. Solo la besé, nos despegamos y sonreímos. Fuimos con la ricachona madura.

Acabé la cerveza y me largué de allí. Anaïs me pidió que me quedara a comer, decliné la invitación alegando que tenía cosas que hacer.

Ni Anaïs ni Malena sacaron el tema de publicar, parece que la señorona tuvo bastante con la discusión de la semana anterior.

Haciendo un alto en el camino porque los hechos aquí contados pertenecen al pasado reciente y no al presente me salto a la torera la cronología simplemente porque es divertido. Como ya dije hace unas páginas atrás estuve trabajando un tiempo como segurata (sin título) en una obra en construcción, era un colegio público. Algo que no entiendo es que en España nuestros magníficos gobiernos recientes se han quejado de la escasa natalidad frente a la gran población de ancianos, ¿por qué construyen un colegio en un pedanía donde ya hay varios colegios? Creo que puede ser para llevárselo calentito y luego hacerse la foto, así quedan como que bueno soy ante los votantes. ¡Mirad al alcalde que bien se porta edificando un colegio al que no van a ir niños a estudiar! Es mi criticona opinión, pero estas cosas dan que pensar. Nací con cerebro, y lo uso, no como otros que solo lo usan para llevar pelo. Durante esos meses trabajaba bastante de noche, la verdad que era un rollo tremendo estar doce horas dando vueltas alrededor del perímetro vigilando y sentado en una silla. Las cosa es que la empresa para la que yo trabajaba estaba subcontratada por la constructora que era un empresa la hostia de grande. Para ser tan grande la constructora nos tenía como esclavos sin un sitio donde cobijarnos por si hacía frío, o llovía. Me pareció un trato tercermundista, pero España es un país subdesarrollado con empresas tercermundistas en cuanto al trabajador se refiere. Por un mísero sueldo de 4,50€ la hora tenía que aguantar doce horas pasando calamidades, frío, lluvia y encima los fines de semana si tocaba había que estar allí. Desde la famosa crisis los sueldos han bajado hasta picos de hace veinte años y la vida sigue subiendo. Consecuencia: si gastas más de lo que ganas porque todo lo que compras vale más que tu insignificante sueldo te endeudas cada vez más, he aquí la principal cuestión señores. Desde hace unos años nos tienen cogidos por los huevos con el miedo de que si te endeudas más de lo que puedes pagar te embargo. La política del miedo no deja de asombrarme y la gente no aprende. Mientras que los esclavos intentaban pagar sus facturas a costa de dar su vida a cambio de nada yo me dedicaba a pasarlo chachi piruli leyendo libros en el trabajo de vigilante, un libro de doscientas y poco páginas como es La sonrisa etrusca del gran Sampedro me lo leía en las doce horas de una sentada. Encontré algunos libros buenos como el que mencionado, Cartero de Bukowski, Trópico de Cáncer de Henry Miller. Cuando tenía servicio solía prepararme un par de bocadillos de embutido y mucha cerveza, un paquete de seis o doce latas recubiertas con hielo dentro de una nevera portátil para que estuvieran bien frías. Bastante tabaco y alguna vez algo de María para amenizar un poco las noches. Vivía en la habitación que le tenía alquilada a la señora Emilia, una mujer muy gorda y sucia, pero no era mala gente, me trataba bien y se preocupaba por mí: —No deberías emborracharte tanto —solía decirme cuando subía las escaleras a gatas porque iba demasiado borracho para caminar erguido. ¿Y qué iba hacer en los días libres? Escribir y beber. No pensaba ni pienso quedarme mirando la televisión como un autómata, ya me mataba doce horas en el curro perdiéndome la vida de la calle, tenía que salir a palpar lo que se cocía en el asfalto.

Miércoles, ocho de marzo de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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2 comentarios en “Henry y Anaïs VII

  1. Agrio, hiriente, oscuro, revelador. Un texto para meditar y examinarnos a nosotros mismos con la crudeza que las apariencias nos roban. Bravo, escritor 🙂

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