Henry y Anaïs VIII

Imagen: Fotograma de la película Factótum (2005). Protagonizada por Matt Dillon, Lili Taylor y Marisa Tomei. Dirigida por Bent Hamer. En la imagen Matt Dillon y Lili Taylor.

Creo recordar que he mencionado alguna vez que tuve que comprarme un teléfono móvil para estar localizable por si pasaba algo en el trabajo (las empresas modernas no ponen nada, tú mismo lo tienes que poner todo de tu bolsillo). Creo que estaba haciendo la ronda al anochecer, no hacía frío, era primavera e iba de manga corta. O llevaba puesto un suéter; el tema es que me llamó una vieja amiga de idas y venidas. La vi a ver una semana antes en un bar y le di mi número, no sé por qué lo hice, pero lo hice, y a lo hecho pecho.

—Aníbal, ¿qué haces? —me preguntó al descolgar el móvil.

—Estoy trabajando.

—Ah, pero ¿trabajas? ¿Dónde?

Ya empezamos con las preguntas, las odio.

—Estoy de vigilante en una obra en construcción, ya ves, yo trabajando —dije paseando por la obra.

—Me apetece verte, las chicas no quieren salir y mi amigo se ha ido con otra, creo.

Esto es lo que pasa cuando estás al final de la cadena alimenticia, los que están arriba desechan lo que ya no quieren, lo tiran abajo para que los tipos como yo, los borrachos y pendencieros tomemos las migajas que ellos dejan. Las usan y cuando se cansan de esos coñitos gastados nos los dejan probar porque ya están manoseados y marcados. Y menos mal que hay migajas, sino ya sabéis…

—¿Tienes coche? —pregunté.

—Sí. ¿Dónde estás?

Le di la dirección.

—Trae whisky, ron o lo que sea, solo tengo algo de cerveza.

—Cuenta con ello. Hasta ahora. Chao, Aníbal.

Me despedí y colgué. Mamen siempre me buscaba cuando la dejaban tirada. No era mala chica, un poco loca, pero ¿quién no está loco? Todos lo estamos para aguantar esta vida antinatural. La conocí hará unos dos o tres años en un afterhour, íbamos muy pasados de todo; fui a la barra a pedir bebidas para mi amigo y para mí, Mamen no tenía dinero, así que se «colgó» de nosotros hasta que nos fuimos a casa. Resulta que frecuentábamos los mismos bares y nos hicimos amigos, amantes y ese rollo que hacemos cuando contaminamos el cuerpo. Recuerdo el primer polvo con ella, fue en una buhardilla en la que estuve viviendo durante un tiempo. Flanagan estaba dormido en el sofá, Mamen y yo nos habíamos pimplado una botella de Negrita y habíamos fumado bastante kosto, nos enrollamos en el colchón que tenía en el suelo a modo de cama. Cuando palpé su coño estaba bastante poblado, Mamen era poco curiosa, pero qué coño, quería metérsela y ella parecía querer. Se lo acaricié, le hice dedos y espetó con mala hostia —la vas a meter o qué —así que se la metí. Tenía una vagina estrecha, pequeña y aquello rozaba por todas partes, tenía un polvo espectacular. Con ella tenía que pensar en otras cosas aparte del sexo para no correrme enseguida. Lo mejor no era su coño que lo tenía divino, lo mejor de Mamen era su boca, sus labios en forma de corazón me volvían loco. No era nada del otro mundo, tenía bastante celulitis, caderas anchas y pechos pequeños. Era y es un poco amorfa, pero da igual, me gustaba. Solía llevar el cabello sin lavar, como si se lo hubieran chupado las cabras; la mirada triste, como melancólica, todo lo dicho me atraía hacia ella, me gustaba, creo que ya lo he dicho. Debido a su higiene nunca le comí el conejo, me daba repelús, ella tampoco me la chupó nunca, no me importó. Besaba tan bien que pasaba por alto todos los inconvenientes de su escaso aseo.

A la hora más o menos de la llamada tocó el claxon varias veces. Corrí hasta la puerta de la obra, la abrí, metió el coche, cerré. Nadie la vio entrar, era más de las diez de la noche y no había mucha gente paseando, aún refrescaba por las noches.

—No tenías que pitar tanto tiempo, habrán oído ese pito insidioso hasta en Tombuctú —dije mientras Mamen bajaba del coche.

—¿Dónde? Perdona hombre, no sabía que trabajas de incógnito —dijo en tono jocoso.

—Olvídalo no lo entenderías. ¿Has traído la bebida?

—Sí, y el hielo.

Perfecto, dije agarrando las bolsas de lo que había comprado Mamen. Tenía las llaves de todas las dependencias del colegio, inclusive había luz eléctrica en casi todos los edificios. Entramos en un edificio del centro del recinto y nos colocamos en la sala que iba a ser destinada a la vigilancia por cámaras de seguridad. Había una sola silla, yo me senté en el suelo. Serví dos copazos de Negrita con cola en dos vasos de plástico con hielo grande. Mamen sacó una cajetilla de Chester y me invitó a fumar. Saqué mi móvil y puse música que acerté a descargarme, la primera en sonar fue What I´d say de Ray Charles interpretada al pelo por John Mayall and The Bluesbreakers, a la guitarra por la «bestia» de Clapton, joder como suena esa música cincuenta años después, y sin sombras raras, directo al corazón.

—¿Te gusta este curro? —preguntó Mamen sosteniendo su vaso con la mano derecha apoyada sobre sus piernas cruzadas.

—No está mal. Lo mejor es que no hago nada, no pagan mucho, pero no está mal.

—Ya veo, puedes traer amiguitas y todo. ¿Bailas?

—Sí.

A Mamen le gustaba bailar y contonearse para ponerte a tono. Siempre llevaba falda, tenía unas piernas muy bonitas, aunque a mí me chiflaban sus rodillas tan redondas y esbeltas. Bailamos a una distancia prudencial, al cabo de un par de minutos sonaba otro tema bastante sensual, Sex Machine de James Brown. Se fue acercando a mí, nos abrazamos suavemente, colocó la rodilla entre mis piernas, las abrí para darle mejor acceso. El contoneo fue desacelerando, nos arrimamos más y ¡voilá! Nos besamos, la tomé del culo y la levanté en el aire depositándola encima de la mesa de la sala de vídeo vigilancia. El morreo fue creciendo y la excitación también, le eché mano entre las piernas y palpé el coño, estaba un poco húmedo. Me aparté de ella, la miré y sonreí pícaro, me fui agachando y paré justo delante donde las columnas se separan en dos ramas mitológicas a las puertas del árbol de la vida. La miré desde abajo a los ojos, me zambullí en la vulva de Mamen, estaba bastante rico al gusto, era como comer pescado frito, y me gusta el pescado frito. Estuve un rato dándole lengua y dedos, concretamente tres, creo que se corrió. Me puse de pie.

—Eres tan complaciente… Aníbal —susurró con las piernas abiertas mirándome delante de ella con la picha en la mano.

Sin apartar la vista de Mamen me acerqué poniéndome entre sus piernas, la tomé de los muslos con firmeza y la penetré de una vez. Cuando acabamos seguimos bebiendo, nos sentamos en el suelo.

—Hace mucho que no me follaban así —dijo preparando las copas.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —le dije.

—¿Estás con alguien? —preguntó.

Las alarmas de mi defensa personal saltaron, no tenía ganas de vivir con nadie y menos con la hedionda de Mamen. Para un rato estaba bien, no solo ella me cargaba, últimamente aguantaba muy poco a la gente. ¿Me estaría volviendo un misántropo?

—No, estoy solo.

—¿Me puedo quedar en tu casa un tiempo? Mi novio me ha echado, el muy hijo de puta ha metido a una niñata de veinte años y me ha puesto de patitas en la calle.

—Lo siento pero no puedes quedarte conmigo. Vivo en la habitación de una pensión, los dos no cabemos, no estaríamos cómodos —alegué encendiendo un cigarrillo.

—No te preocupes, me buscaré la vida como siempre.

—Será lo mejor.

A partir de la negativa a vivir conmigo no me dejó ni siquiera meterle mano. Cuando nos pimplamos la botella de Negrita me sentía muy borracho, demasiado borracho.

—¿Sabes lo que eres? —le pregunté sentado en el suelo.

—No, ¿qué soy?

—Una zorra, eso es lo que eres.

—Pero qué dices. Estás borracho.

—Sí, estoy borracho pero tú eres una puta. Vienes aquí porque no tienes adónde ir. Me buscas para beber, te follo como hace tiempo que nadie lo hace del género que sea y como me niego a que vivas conmigo ya no quieres nada de mí. Si cobraras lo entendería; te comportas como una puta. Me das asco —Me abofeteó.

La miré sin maldad y desde mi posición en el suelo le di una patada levantando el culo para tomar impulso. La patada fue a su costado.

—¡Largo de aquí! ¡Vete so puta! —exclamé ya de pie.

—¡Eres un hijo de puta! Me voy —dijo agarrando su bolso y las bragas.

Salió pitando, a paso ligero fui tras ella para abrir la puerta del recinto, aceleró y si no me hubiese apartado habría pasado por encima de mí con el coche. Cerré la puerta y me fui otra vez dentro. No quedaba ron pero se olvidó llevarse la cerveza. Me senté en el suelo pensando hacer la ronda, pasé de ello. Tomé la libreta y el bolígrafo. Me dispuse a escribir.

«Vivimos en la sociedad de la apariencia. Creí que las Redes Sociales traerían libertad, pero han traído más de lo mismo, apariencia y mediocridad. No necesito más de lo mismo, necesito sinceridad, necesito gente como yo; no la gente plástica y mentirosa que van de escritores, artistas y grandes lectores; si son esto último son críticos de  calibre de baja estofa.

Soy un suicida, un suicida del amor, del trabajo, del sexo, pero sobre todo del amor. Con el suicidio físico se mata el cuerpo, acabas de un plumazo con todo pero con el suicidio espiritual se acaba con la verdadera vida, una muerte en vida; y para colmo tienes que vivir con el cuerpo, una tortura».

Durante los días posteriores pensaba en el suicidio como solución, ¿por qué no? Vivía en un barco de cristal aislado del mundo, hastiado de Ser, sí, de ser un perdedor, —yo no he nacido para perder, joder —pensaba tumbado en la cama sin hacer nada. Solo pensaba y el contramaestre decía: —Señor Haze, único pasajero del Barco de Cristal suba a cubierta.

Estaba enloqueciendo por momentos, no me apetecía salir a la calle, no recordaba la última vez que me había duchado. Me había convertido en un mendigo, mendigaba un amor inexistente, nadie me quería, sentía lo que siente un perro cuando es abandonado, y yo me había abandonado también. Escribir me parecía el trabajo más duro del mundo y el peor pagado. Me jubilé del oficio durante un tiempo. Me dedicaba a trabajar de vigilante y a yacer en la cama mirando al techo, pensando cuál era la forma más digna de suicidarme. Ya había matado mi espíritu mediante el suicidio, mi alma se fue de vacaciones, así que me quedaba asesinar el cuerpo, la corteza que envuelve el Ser, el Ser que detesto, odio ser algo, no quiero ser persona, no quiero ser un obrero, no quiero ser nada, ni siquiera un muerto cuando me suicide. Algo le debo a esa depresión porque al final fue eso, la maldita depresión de un perdedor, un borracho que intentaba ser escritor, pero aún no lo sabía, no había llegado a esa conclusión. La palabra suicidio nunca me sedujo, solamente me atrajo esas semanas de hastío de mí mismo y de mi propia e insignificante existencia. Pero, encontré la motivación para salir de la cama, la palabra suicidio fue la culpable. Había intentado matarme por todos los medios no dolorosos, me emborrachaba todos los días, esnifaba coca, conducía a todo lo que daba mi desvencijado coche, pero no hubo manera, seguía vivo. Planeé otra manera más brutal y violenta, pero soy un cobarde, no me atrevía a dañar mi cuerpo, me acobardaba el dolor. Simplemente no tenía huevos, así que me duché y me preparé para salir a la «jungla», en la que tan integrado me había sentido, aunque eso formaba parte del pasado. Ahora, parecía más un tipo con agorafobia que un tirao de la calle, un borracho, un escritor de tercera clase hundido por su propia naturaleza en una habitación de 20 metros cuadrados.

Pensé que en la Biblioteca Regional habría libros sobre suicidios y suicidas. No quería hacerlo de cualquier forma, quería instruirme en el arte del auto asesinato, ¿por qué no? Mi cuerpo se merecía algo más que una simple y llana muerte. Iba a morir por todo lo alto, con mucho ruido, hasta con fuegos artificiales y todo.

Llegué a los aledaños de la biblioteca y estacioné el coche sobre la acera, lo compré con el primer sueldo de vigilante, lo cerré. Entré en el Templo de los libros y en uno de los ordenadores me dispuse a buscar, tecleé la palabra suicidio; ninguna de las obras de la primera página del buscador me decía nada, era todo ensayos y biografías sobre artistas suicidas. Seguí pinchando en las demás páginas. —¿Es qué no hay un libro decente que pueda enseñarme algo? —Me pregunté. Me acordé de Sylvia Plath, nunca la había leído, pero todo el mundo sabe que fue una escritora suicida. La busqué y aparecieron algunos títulos de su obra. Recordé que Flanagan me hablaba de vez en cuando de ella, La campana de cristal estaba disponible, una novela que mi amigo estrafalario insistía que leyera. En nuestras largas charlas solía hablar de Plath sobre todo al principio, cuando nos conocimos. Le hice caso y lo tomé prestado. En la misma biblioteca me senté en una silla, me retrepé y comencé a leer:

«Era un verano extraño, sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg y yo no sabía qué estaba haciendo en Nueva York»*. La primera línea de la novela me sedujo por su sencillez y la protagonista no sabía qué hacía en Nueva York. Seguí leyendo. (* Primer fragmento de la novela de Sylvia Plath, La campana de cristal (1963).

La tarde pasaba y las trescientas y pico páginas de la única novela de Sylvia Plath me tenía absorbido en la silla, no podía parar de leer, ni siquiera me apetecía fumar.

Acababa de empezar el capítulo doce y este dialogo me dio que pensar: «—Hay montones de gente ciega en el mundo. Te casarás con un amable ciego algún día».

Sí, la gente está ciega, cierto, pero me voy a suicidar, es la única forma de que esta inmersión en el subconsciente acabe. Antes de volverme loco debo terminar con este sufrimiento perpetuo enmascarado con alcohol, drogas y mujeres. Desde que tengo uso de razón, o más bien cuando me di cuenta de que «mi pequeño amigo» se ponía duro las mujeres y yo hemos tenido una guerra personal que ni entendía ni entiendo. A nadie culpo de ser como soy; existe una gran diferencia entre los suicidas normales y corrientes y yo: Ellos lo hacen culpando de su propia responsabilidad a otros y yo sé quién soy, y cómo soy: un tipo que eligió un camino a sabiendas de que no saldría bien. Demasiado tiempo he durado en las calles, en los bares, he ganado y perdido peleas. He tenido novias, casi todas no me han respetado, yo no he respetado algunas, incluso las he abofeteado en alguna ocasión (no a todas). No estoy desesperado, eso se lo dejo a los hipócritas y a los cobardes, nunca he eludido mi responsabilidad para conmigo mismo; me siento cansado, viejo, hastiado de ser y de existir, quiero quitarme del medio. ¿Qué más puedo hacer? ¿Seguir enganchado al alcohol y dejando que Satanás acabe conmigo de cualquier manera indigna? Me niego, Aníbal Haze es mucho más que un vagabundo y borracho al uso. Es un puto genio, pero la gente no lo sabe. En estos tiempos de las primeras décadas del veinte y uno los genios no interesan. Todo el mundo puede ser un genio con un ordenador o un dispositivo móvil y conexión a Internet, cualquier imbécil con paciencia puede ser un maldito genio. Vivimos la época de los mediocres, los de medio pelo son los genios hoy en día. Hay más mediocres que personas notables en el mundo por metro cuadrado; ¿entonces yo qué hago aquí? Nada, no hago nada, solo matarme poco a poco y sufrir. Odio el dolor, huyo de él pero no paro de sufrir.

Pensando un poco mientras escribo esto puede que sea una carta de despedida, pero no tengo a quién decirle adiós, así que puede que sea más una terapia que otra cosa. Bueno, pienso que esos personajes pequeños que agitan las manitas para ser vistos y escuchados son demasiados, hacen piña en contra del notable, empujan con el codo al bueno y ellos se apoyan unos a otros. Alguien dijo una vez que los mediocres llegarían al poder, ahí los tienes mandando en todos los gobiernos del mundo. Los notables hemos caído en la trampa de la comodidad, hemos huido del exceso para acomodarnos en una casa, la familia, un trabajo, dos coches, responsabilidades… La vida normal, la vida del esclavo mata la genialidad. En favor de la estabilidad las genialidades han caído en manos equivocadas y malvadas. Yo soy de los pocos que ha conseguido ver con claridad mi calidad de genio y he trabajado en consecuencia, bebiendo, follando, escribiendo, viviendo, sí, viviendo joder. Los verdaderos genios han sido los grandes locos e hideputas que han puesto al revés el mundo dándole belleza a los actos más normales de la vida. Y yo soy uno de esos, pero la morralla y la mierda no dejan que se me vea. No soy de hacer ruido, no es lo mío. Parece que busco reconocimiento, ¿verdad? No hablo solo por mí, hablo de esos tipos que no medran por culpa del mediocre. Estos personajes calzan mejor que cualquier notable y su inmenso pie te aplasta. Incluso he leído casos de plagio, robo, insultos y enardecimiento de la violencia para quitar a notables del medio. A mí nadie me va a quitar de la circulación, ya me quito yo solo. ¿Para qué sufrir más en esta vida tan insana y mortífera? Una vida llena de muerte, podredumbre, miseria.

Creí que las mujeres me salvarían follándolas sin cuartel, pero no ha sido así. Ha sido todo lo contrario, ellas me han chupado la sangre y la savia espiritual. Me han dejado seco; ni escribir ni leer ni beber me ha llenado. Cuando era joven me llenaba leyendo a Miller, Bukowski, y escribiendo durante horas. Me bebía una botella de whisky o unas cuantas botellas de vino barato y coño, escribía genialidades, era mejor que el mejor polvo, o la mejor paja. Así que he decidido suicidarme, me ha costado mucho matar el espíritu, he asesinado la lucha por la existencia del espacio, solo ocupo espacio, no pienso aportar nada a este mundo, ni bueno ni malo. Mi hora ha llegado, la marcha del guerrero hacia otro lugar, no sé si será mejor o peor, pero es desconocido para mí. Y un lugar nuevo siempre agrada. Empezar de nuevo es reconfortante, los descubrimientos, las personas desconocidas, todo un mundo de nuevas sensaciones será menos doloroso que lo que ya conozco.

Martes, catorce de marzo de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

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