Henry y Anaïs IX

Dos almas rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película El Amante (1991). Basada en la novela del mismo nombre de la autora francesa Marguerite Duras. En la imagen Jane March y Tony Leung. Dirigida por Jean-Jacques Annaud.

He bajado al chino a comprar cerveza, unos cartones de vino y cigarrillos. He estado escribiendo toda la tarde, abro una lata de cerveza, enciendo un cigarrillo, me siento en la cama y veo La campana de cristal, lo cojo y sigo leyendo por donde iba.

«Existen libros que huelen a muerte, hay canciones con tal hedor a muerte que asusta, he visto cuadros mortíferos y maravillosos». Así es La campana de cristal, una obra muerta antes de nacer. Sylvia Plath ya estaba muerta antes de pensar siquiera en escribir. Esa mortandad la hacía maravillosamente buena en lo suyo, su ingenio fue incomprendido como el Klimt, Kafka, Van Gogh o incluso el propio Cervantes. Si el escritor de El Quijote hubiera nacido en Inglaterra o Francia no habría muerto en la miseria, habría sido reconocido en vida. Otros han desistido del suicidio escribiendo como Emil M. Cioran, el tipo escribió una novela como terapia y olvidó el suicidio como arte de la muerte. Siempre es mejor vivir que morir, ¡Mentira! Alguna vez he pensado lo mismo que el protagonista de la novela de Vázquez Figueroa, Tierra Virgen. Resulta que el tipo huye al Amazonas donde se encuentra a sí mismo en medio de la naturaleza. Una buena novela, sí señor. Hay escritores que son tan buenos que dan miedo. Imagino esas plumas cargadas de tinta, esas que acojonan a los poderosos. Las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito perdura, aunque lo quemen. Hablando de quemar, los nazis quemaron libros, el Ku Klux Klan quemó discos de The Beatles. En la historia los mediocres han destruido el arte por miedo, han asesinado grandes mentes como la de Miguel Servet, lo condenaron en la hoguera por hereje y por descucbrir la circulación pulmonar. Lo paradójico es que lo condenaron los reformistas, aquellos que aplaudían a Calvino. No hemos sabido reconocer el verdadero talento de nuestros genios. Casi se cargan a Galileo, pero el tío era demasiado avispado para morir en la hoguera. La Iglesia es un enjambre de notables y mediocres. Los notables están en la sombra manejando los hilos y los bufones mediocres son los que dan la cara. Así ha sido siempre tanto en la religión como en la política. La religión es política y la política fue una religión. Ahora son un negocio. Hablando de la muerte en el arte puede que los grandes se hayan sentido morir en numerosas ocasiones al no ser escuchados como deseaban o creían merecer. Otros como Oscar Wilde escribieron una única y grandiosa novela como El retrato de Dorian Grey. El propio Wilde era un efebo, como Dorian. Él mismo asistía a fiestas y estaba en el candelero como un escritor de nombre, hasta que la sociedad del alto copete descubrió su secreto: la homosexualidad. Ahí empezó la verdadera muerte del poeta y escritor inglés. Nunca fue como Dorian Grey, aunque estuvo cerca.

Hubiera preferido nacer enfermo como Kafka, así me habría dado cuenta de todo mucho antes. El dolor te hace más fuerte, sentirte morir abre las fosas nasales y las venas del cerebro. Según algunos genios de la literatura la enfermedad te da la visión que la salud no te da. La enfermedad es el verdadero estado de la clarividencia. Ojalá hubiera tenido la claridad de Nietzsche, lo mismo no sería tan perdedor o quizás sí. El sufrimiento es la clave, mirar a los ojos a Belzebú te convierte en el tío más inteligente de todos. Beethoven fue un ejemplo muy claro, la sordera le convocó ante la música celestial y compuso la mejor obra de todas: La Novena, joder la novena es la hostia. Puede que sea la obra más amorosa y violenta jamás compuesta. Una genialidad sin duda. Otro personaje notable no entendido en vida fue Jim Morrison, el tío era tan inteligente que no se pudo aguantar a él mismo. Miró a los ojos al demonio, su padre lo era y por eso huyó de él. Cuando se dio cuenta de lo que realmente había conseguido con la fama decidió mutilarse y de ahí a la auto destrucción. No quería fama, no lo hacía feliz y con los medios menos dolorosos consiguió quitarse del medio, pero yo no lo consigo. Quizás en mi fuero interno no deseo matarme. Lo averiguaré. Si en verdad descubro que no deseo suicidarme será la broma más pesada que me habrán gastado los dioses.

Recuerdo en este momento la ocasión que tuve hace unos meses de publicar de manos de Malena, quizá debiera llamarla y hacerlo, quizá debería llamar por teléfono al tipo de la gomina, no lo sé. Puede que deba dar al mundo una obra genial, sí, un Dorian Grey, una Metamorfosis o una Novena, pero no soy tan genial. No tengo nada verdaderamente genial que dar al mundo para después suicidarme. ¡Jodéos, hijos de puta! Os regalo la mejor obra escrita de todas y me mato, iros a tomar por culo. Sería la mejor manera de despedirme, pero no soy tan bueno; solo soy un papel arrugado y sucio en la acera, al que todos los peatones pisan y re-pisan.

Hace mucho que no sé nada de Anaïs, no he vuelto a verla. Sé que espera que la llame, o la visite. No tengo ganas de hacerlo, me ha desilusionado mucho, pensé que podría ser la mujer perfecta para mí, puede que lo sea, o no. Puede que yo esté ciego y no sepa apreciar lo que puede hacer en mi alma, pero ya no tengo alma, la maté. En esta ciudadela espero a la señora de la guadaña, pero no llega, tendrá cosas mejores que hacer. Me largo, me voy por ahí, ya no aguanto más este sabor a muerte en la boca. Voy a comer algo con lo poco que me queda. Antes dije que me iba a volcar en el trabajo de vigilante, he ignorado que me despidieron, buscaré otro curro para olvidarme de escribir.

Mientras me vestía, alguien llamó a la puerta.

—¿Será la muerte? Voy a ver —dije en voz baja.

Abrí la puerta y Flanagan apareció con su habitual sonrisa blanca. El tío no sé cómo hace para ser feliz si se ha vendido al corporativismo. Antes era un hombre auténtico, ahora es una sombra de lo que fue, un hombre manoseado por la ambición de ser alguien estable. El payaso en el que se ha convertido no me agrada, 1984 se hace realidad en Flanagan. El Hermano Mayor (dictador de la novela 1984 de George Orwell de 1949) pudo con él, dejó la lucha para ser lo que quieren que sea, un esclavo, un monigote sin vida con ojos vidriosos y sonrisa blanca como la nieve.

—Hola, Aníbal —saludó plantado en la puerta.

—Hola…

—Que mala cara tienes, tío. Necesitas salir de aquí. Ponte algo decente y vayámonos —ordenó entrando en el habitáculo.

—¿Adónde? No quiero ir a ningún sitio —mentí deliberadamente. No quería ir a ningún lugar con él ni con nadie.

—Por ejemplo, a cenar algo y luego a tomar unas copas. Hace mucho que no nos vemos, amigo.

—Ya. Tendrás que pagar tú, estoy sin un chavo.

—No hay problema.

—Vale, pero te aviso que no soy buena compañía —avisé oliendo una camisa. No olía mal, me la puse.

Fuimos a un restaurante chino cercano, nos sentamos en una mesa y la camarera vino a tomar nota, pedimos cerveza para empezar, nos trajeron pan chino y cortezas con salsa de color naranja aparte. Nunca he sabido cómo se llama esa salsa. Mi cerveza la tomé de un trago, pedí otra.

—Estás sediento —dijo Flanagan. —Cuéntame, ¿cómo estás?

—Mal, estoy aburrido de todo. Vivo en un bucle y no sé qué hacer para salir de él —dije cogiendo una corteza, la mojé en la salsa.

—Todos vivimos en un bucle, quizá debieras aceptarlo, o hacer algo para salir de él.

—Es fácil decirlo, muy fácil para un tipo como tú. Yo no me he vendido, tuve la oportunidad y no lo hice. ¿Sabes que dicen los chinos? —Aproveché el lugar para fardar un poco de mi sabiduría pasada de moda.

—No, ¿qué dicen?

—Dicen que antes de ir hacia delante hay que ir hacia atrás y tomar impulso. Quizá deba hacer eso.

—Puede, pero mientras bebamos y comamos. Brindemos por nuestra amistad—brindamos con los tercios de cerveza holandesa. —Oye, la última vez que nos vimos estabas con una tía, ¿sigues con ella?

—Nunca he estado con ella, solo follábamos y nos admirábamos. Me traicionó y me olvidé de ella.

—Vaya, lo siento. Eres un superviviente, sabes arreglártelas solo.

La camarera trajo lo que pedimos, cerdo agridulce y pollo no sé qué. Nunca presto atención a los nombres de los platos, sencillamente porque no me interesa la comida, comer es una pérdida de tiempo.

—¿Sabes? Me pregunto qué hago aquí contigo. No tengo ni idea de por qué he accedido venir a este restaurante —dije apurando mi cerveza.

—Ja, ja, ja. Porque somos amigos, aunque lo niegues. Mira, no puedes seguir en ese estado de aislamiento, debes salir a que te vean, debes experimentar, siempre lo has hecho. Creo que debes publicar un libro. Aníbal te estás dejando morir.

—¡Bingo! Ahí le has dado, quiero morir. Estoy hasta los cojones de la mediocridad que veo y huelo todos los días. Estoy harto de vivir en la mierda. Estoy cansado que la gente a la que hago caso me traicione. Prefiero morir.

—Te entiendo, todo está podrido.

—Tú que vas a saber. El primero que ha huido dejándose caer en los brazos del Poder eres tú. No me vengas con sermones. ¿Qué eres ahora? Eres como todos ellos, un monigote del Sistema.

—Sí, lo soy, y tú deberías hacer lo mismo. No sirve de nada seguir nadando contra corriente. Ahora vivo bien, trabajo en lo que amo, la radio. A veces me putean porque hay que ser políticamente correcto, ¿y qué? —expuso pinchando trozos de pollo del plato del centro de la mesa.

—Te has convertido en todo lo que odio; mírate pareces Winston Smith (protagonista de la novela 1984) totalmente vencido. Has olvido lo que eras, te han arrebatado la savia, la fuerza, incluso la virilidad. En una cosa tienes razón, he dejado de luchar, pero no me voy a dejar seducir ni hipnotizar por los encantos de la Serpiente, antes me mato.

—Tú mismo, amigo. A mis cuarenta estoy cansado de luchar, me merezco la recompensa y la tengo. No lo cambio por lo que tenía antes. La juventud quedó atrás, ahora la madurez ha llegado y la tomo con responsabilidad.

—Escúchate, hablas como tu padre. Te has convertido en él. Te crees un progre porque sigues vistiendo como un payaso, todos creen que eres un moderno, pero no eres más que un retrógrado, eres lo que ellos han querido que seas. Mírame y escúchame atentamente: Nos dejan patalear, nos dejan ser subversivos para luego enviarnos señales de amiguismo, luces sensuales convertidas en encantadores manjares que nunca hemos tenido y nos seducen hasta caer en los brazos de la comodidad. Eso ha matado al genio, una vez creí que lo eras. Estaba equivocado.

—O el equivocado eres tú. Soy eso que dices, lo sé. Pero tú qué eres. Eres un intento de ser escritor, eres bueno, pero lo desechas. Prefieres beber hasta emborracharte, te escondes en tu mísera habitación, huyes del mundo, no lo afrontas y ahora mírate, estás acabado sin dinero y sin trabajo. Creí que eras inteligente.

—Ya tengo un trabajo, no hacer nada. Lo he decidido por mí mismo. Nadie me ha dicho lo que tengo que hacer. Afronto mi mundo, soy responsable de mis actos, a nadie culpo de lo que soy, ¿por qué? Porque soy consciente de mis limitaciones que son muchas. Bueno Flanagan, que te vaya bonito, me marcho a mi mísera habitación. Adiós —dije despidiéndome sin mirarlo a los ojos. Me levanté.

—Como desees, yo pago la cuenta, ve tranquilo.

Esa vez sí lo miré a los ojos. Como les gusta recordar a los que tienen dinero que todo está bien, puedes ir tranquilo, ellos cuidan de ti. Iros a la mierda, no os necesito.

Caminé hasta casa y pensé que necesitaba dinero, no iba a pedir trabajo, me negaba a servir al Sistema, así que a la mañana siguiente iría a la oficina de empleo a pedir alguna ayuda, algo habría para mí. Había decidido suicidarme, intentaría sacarle todo lo que pudiera al Gran Hermano antes de mostrarles el dedo para huir con la muerte a mi lado.

Muchas personas son ignorantes del término Gran Hermano, o Hermano Mayor, no hablo del programa de televisión. Hace muchos años un periodista y escritor inglés llamado George Orwell publicó una novela llamada 1984, la mejor novela distópica, sin duda. Para dejarlo más claro el Gran Hermano es un líder en la novela de Orwell. Es el presidente del Partido que gobierna la nación. Así que ya sabemos que el Gran Hermano es mucho más que un programa de televisión donde los concursantes se exhiben. Bueno, creo que tengo que explicar que es una novela distópica, voy al diccionario y busco en la D la palabra distopía: «Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». ¿Queda claro? A todo esto, reflexiono sobre la ignorancia y la apatía del español medio, pero antes debo poneros en antecedentes para que sepáis porqué cuento este rollo. Hace años leí a un tipo llamado Friedich Niezstche, un escritor alemán al que la historia se ha empeñado en tildarlo de filósofo. Niezstche es el anti filósofo, aunque se exprese de manera filosófica, ahí reside la maravillosa contradicción del alemán. Este gran pensador y crítico social de su tiempo escribió una obra llamada Más allá del bien y del mal, una de sus últimas obras para más información. El tema es que en esa obra hay un capítulo llamado Pueblos, nombra muchos pueblos, pero cuando llega al alemán el autor es consciente de las carencias del pueblo alemán, los criticó con elegancia hasta morder. Incluso habla de la raza aria dejando patente lo que después llegaría con el Tercer Reich. Al leerlo me abrió la mente aún más y me di cuenta de lo condescendiente que era con mi pueblo, el español. En consecuencia, esto pienso y creo que el pueblo español en estas primeras décadas del veinte y uno es un pueblo acomodado, demasiado cómodo, le dan por el dorso y se acopla para que entre mejor. Que bien han sabido hacerlo los democráticos arrebatándonos la espuma de la sangre para dejarla más clara que el agua. Sin fuerza, sin virilidad, muerta en vida. No pienso tener descendencia, pero la herencia que les va a quedar a los que hoy son niños es para mear y no echar gota. Nos quitan el plato de encima de la mesa y aplaudimos, vaya cosa ¿no? A estas alturas da igual lo que algunos clarividentes de la política hayan dicho, por ejemplo, la cita de que si al pueblo le das bienestar le puedes hacer de todo, como oprimir, recortar derechos, apretar al máximo, aunque sangre. Han maniobrado con maestría individualizando a la gente. Yo me crié en un ambiente muy diferente, había respeto entre los vecinos, nos ayudábamos los unos a los otros. Pero poco a poco la democracia ha convertido eso en recelo y la individualidad ha entrado para quedarse. Me acuerdo cuando era adolescente, en los noventa se impulsaba la competitividad, el individualismo, en favor de conseguir la meta anhelada por el individuo. Al final, de tanto repetirlo han conseguido que así sea. Muchos de los adolescentes de los noventa ahora son padres y esa es la educación que dan a sus hijos. Lo que han olvidado es que el ser humano no sabe sobrevivir solo, necesita estar en manada. Solo los necios olvidan, así que mis compatriotas son necios, aunque me duela es así.

Lo único que voy a añadir es que el pueblo español lo ha perdido todo, aquel aguerrido pueblo de antaño es historia, nada más que eso. Nos han castrado, pero esto ya viene desde la dictadura, y ahora con la democracia es más de los mismo. Nos hemos convertido en un pueblo pasivo, indolente y necio. En lugar de hacer lo que hay que hacer vemos el fútbol como si de un espectáculo de circo romano se tratara. Nos venden con malnutrida y mala publicidad un sistema de vida mentiroso, nos venden el consumo como si fuera una religión. Y sí, esa mala fe es una nueva religión, la publicidad. La publicidad no es nuestra amiga, es el enemigo. Es la culpable de que nos endeudemos, hace real el refrán de que «comemos» por los ojos. La corrupción hace estragos y ¿qué hacemos? El gilipollas, eso hacemos. Pero bueno yo seguiré mi camino, primero porque es mío. Segundo porque soy libre de elegir y tercero porque no soy ciego y criticaré mientras me queden fuerzas. Da lo mismo que me censuren, da lo mismo que me recluyan en una buhardilla de veinte por veinte. Seguiré en la lucha, o me suicidaré, ni yo mismo lo sé con certeza.

Después de la discusión con Flanagan regresé andando a la buhardilla, no me apetecía beber, no quería meterme en ningún bar. En mi reducido habitáculo escribí los pensamientos que me han traído hasta aquí. Escribí, ¿por qué escribía si me había jurado dejar de hacerlo? Porque aún no había encontrado ninguna ocupación para dejar de lado la escritura. No iba a morirme de aburrimiento, mientras tanto prefería escribir, ya encontraría otra cosa que hacer que me diera satisfacción. Por unas horas olvidé el suicidio, estaba demasiado enfadado con Flanagan y conmigo mismo, acababa de perder un amigo, así que escribía para olvidarlo, o despedirlo, elegid vosotros por mí.

Aquella noche hacía calor, no me quité la cazadora vaquera, ya quedaba poco para llegar a la buhardilla. A los pies de las escaleras miré hacia arriba y pensé, joder, aún me quedan cuatro pisos. A mitad de camino me quité la cazadora y la puse en mi hombro. Bufaba, sudaba, estaba cansándome, pero al llegar arriba Mamen me estaba esperando.

—¿Qué haces aquí? —pregunté jadeando.

—Esperarte. Los cuatro pisos se pegan al lomo, ¿eh? —comentó apoyada con la espalda en la pared. Tenía pinta de auténtica meretriz de pico esquina (expresión murciana. Se refiere a una esquina).

—¿Cómo has sabido que vivo aquí?

—Esta ciudad es muy pequeña, chato. Manolo me lo ha dicho en cuanto le he dejado invitarme a beber y tocarme un poco.

—Joder con el Manolo, no puede saber nada. ¿Tienes sed? —pregunté sacando la llave del bolsillo para abrir la puerta.

—¿No te has dado cuenta de la bolsa que hay junto a la puerta? He traído priva.

Miré la bolsa y entré dentro, Mamen entró detrás de mí.

—He traído whisky del bueno y cerveza. ¿La nevera?

—Ahí —dije señalando con el dedo la mini nevera a los pies de la cama.

Metió las cervezas, del lavabo cogí los dos únicos vasos que tenía, serví dos copazos de whisky, el primero me lo bebí de un trago, estaba sediento. Me serví otro, me senté en la silla en la que solía escribir, Mamen se sentó en medio de la cama con la espalda apoyada en la pared.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Aníbal? —me preguntó buscando no sé qué en su bolso.

—Pues no sé, ¿por qué? —dije alcanzando la cajetilla de Benson & Hedges del improvisado escritorio.

—Porque de todos los hombres que conozco tú eres el único que me respeta, y eso que a veces soy una cabrona contigo. Eres un buen tipo por eso estoy aquí.

—Ah, gracias. Es un alivio que creas que soy un buen tipo porque yo también lo creo —Me levanté y me senté a su lado.

—¿Por qué te has mudado aquí? Tú habitación estaba mejor que esto. Anda, dame una calada.

—Necesitaba un cambio, demasiada mierda acumulada. ¿Otra copa?

—Por favor.

Me levanté y serví dos más, me llevé la botella más cerca de mí para no tener que levantarme.

—A veces cambiar es bueno. Le tengo miedo a los cambios, prefiero quedarme como estoy. Soy muy miedosa.

—Mamen, ¿por qué estás aquí? Nunca me buscas sin una razón —dije mirándola a los ojos.

—He discutido con mi novio y antes de que me pegue me he ido. No he recogido mis cosas, iré mañana cuando esté trabajando y las recogeré. Lo que no sé, ahora que lo pienso es donde voy a vivir —Me miró.

—Ah no, a mí no me mires. Mira esto, es muy pequeño para más personas que no sean yo. Lo siento.

—No pensaba pedirte nada, solo compañía, tú me entiendes. Aunque me mintieras seguiría volviendo porque eres un verdadero amigo.

—Las apariencias engañan, querida —rellené mi copa y me levanté por dos latas de cerveza para bajar el whisky.

—A esto me refiero, tus modales, son de alguien educado y no el de los tipos que se cruzan en mi camino.

—Querida, eso es porque no te propones mejorar tu vida. Seamos claros, odias la vida que llevas, cámbiala.

—¿Cómo se hace eso?

—No lo sé, si lo supiera no estaría aquí contigo en esta buhardilla. Estaría en un sitio mejor te lo aseguro.

—Y encima se me ha acabado el puto subsidio. ¿Crees que alguien querrá contratarme para trabajar? —dijo cogiendo un cigarrillo de su cajetilla.

—Seguro que sí, siempre hay algún trabajo que nadie quiere hacer.

—¿Tienes trabajo?

—No, quiero ir mañana a la oficina de empleo a pedir una ayuda. Algo habrá para mí, lo mismo deberías preguntar en el INEM por si cae alguna cosa.

—Iré mañana contigo si no te importa —añadió quitándose la prenda de abrigo.

—¿Tienes calor?

—Sí, bastante.

—Espera voy a poner el aire acondicionado —Me levanté, fui a la única ventana de la buhardilla y la abrí.

—¿Mejor? —pregunté sentándome en la cama.

—Ja, ja, ja. ¿A eso llamas aire acondicionado? Eres la hostia, Aníbal. Me has hecho reír.

Carcajeamos un buen rato, nos mirábamos y reíamos, necesitábamos reír. Parecíamos dos tontos riéndose por nada. Siempre es mejor reír que apoyar las manos en la frente y lamentarse. Cuando nos pimplamos la botella de whisky ya estábamos borrachos, Mamen se durmió. La tapé con la única manta que tenía. Me senté en la silla a escribir en mi viejo portátil, debía ser bueno porque aún funcionaba. Estuve escribiendo un buen rato, mi compañera roncaba, estaba muy cocida. No la culpo.

Cuando me había bebido casi todas las cervezas me entraron ganas de mear, al volver del baño me acosté al lado de Mamen a dormir un poco, quería estar presentable para ir a la oficina de empleo. No me gusta pedir, siempre digo que no quiero más jamones, pero debía hacerlo para seguir con mi plan. De repente la idea del suicidio volvió a mi mente, ¿por qué la había olvidado durante unas horas? ¿Ya no quería quitarme del medio? Puede que sí, pero soy un hombre que aprovecha las circunstancias de la vida tan bien que olvida sus miserias. Siempre hay algo en la vida que me provoca una sonrisa y olvido las penas. En esta ocasión las penas eran muchas, demasiada miseria, angustia ¿melancolía? No, la melancolía es la antesala a la tristeza, y yo estaba muy triste. Hace unos años el futuro me importaba muy poco, pero hoy me inquieta, siento que me hago viejo y las hostias son demasiado fuertes para no hacerles caso. ¿Vivir merece la pena? Hoy merece un poco más que ayer. No sé cómo lo hago para reponerme de mis males, no tengo nada físico a lo que agarrarme, pero lo hago. Quizá me agarro a la escritura, será eso. Creo que si dejara de escribir sí tendría huevos para matarme, pero puede que lo haga de todas formas.

A la mañana siguiente me desperté sobre las once, Mamen aún dormía, roncaba. Me levanté, me duché y cuando me vestí fui caminando a la oficina de empleo. Llegué a la puerta de la oficina, entré. Hacía mucho que no iba por allí, había muchos desempleados esperando su turno. No sabía a cuál mesa debía dirigirme. Me acerqué a una que rezaba el letrero de INFORMACIÓN. Le pregunté a la funcionaria, me miró fijamente un momento. Tecleó no sé qué y me dio un papel con un número. Me senté en los asientos de la sala de espera. Me fijé que había muchos inmigrantes, árabes, latinos y algún español perdido. Yo era de esos españoles perdidos. Me retrepé en el asiento a esperar. El olor era bastante extraño, mucha gente de la que allí había no usaba desodorante, llegué a esa conclusión cuando una mujer con chilaba y hiyab pasó delante de mí. Aunque también algunos españoles no lo usan, pero en aquella ocasión fue la mujer aquella la que olía fuerte. Miraba la pantalla donde anuncian los turnos por número, el mío se hacía de rogar, salí a la calle a fumar un cigarro. Pensé en Mamen, me estaba haciendo la anchoa, se quedaría conmigo como el que no quiere la cosa. ¿Me voy a suicidar? ¿Tengo los suficientes arrestos para ello? ¡Claro que no! Soy un cobarde, siempre lo he sido. No me importa serlo, gracias a ello estoy sobreviviendo. Si fuera un valiente estaría muerto. Me encontraba mejor, pero yo sabía que era un espejismo, tenía que rumiar alguna otra forma de terminar por fin con mi sufrimiento. Nunca me ha gustado la violencia, y no quería acabar con mi vida de esa forma, es bastante trágico, da mucho juego y morbo, pero no, quería acabar con luminosidad y vistosidad, no como cualquier colgao al uso. Seguiría pensando. Mientras tanto, entré en la oficina de empleo a ver que se cocía.

Volví a sentar mi culo en aquel asiento de hierro tan frío, los que esperaban no tenían cara de felicidad, es un coñazo esperar y más en los sitios burocráticos, es muy aburrido. No menguaba la cantidad de personas que esperaban, seguramente los funcionarios se habrían ido a desayunar. No entiendo el afán de hacer esperar a la gente, parece que les guste ver cómo se nos va poniendo cara de mala hostia, será un estudio sociológico del gobierno. Una hora después llegó mi turno.

El número 0099 era el mío, salté del asiento y con gallardía me dirigí a la mesa en la que un cartel luminoso rezaba mi número. El tío sentado al otro lado de la mesa parecía tener cuarenta y tantos, medio calvo, pelo canoso, muy delgado, el rostro amarillento, parecía un cadáver. A este me lo llevo al huerto, pensé.

—Buenos días —dije sentándome en la silla frente al funcionario muy delgado de nariz aguileña y carácter serio.

—Buenos días, usted dirá —saludó el tipo con rostro agrio. Seguramente no le dio tiempo a desayunar. Tenía cara de estreñido.

—Bueno pues… Estoy en paro, vivo solo y me gustaría saber cuántas opciones tengo de que me den una ayuda, económica, claro —dije con sarcasmo.

El tío me miró muy serio, joder, daba miedo.

—Deme su DNI, por favor.

Se lo di.

—Está caducado —soltó sin ninguna empatía.

Ya lo sé, pensé. Intenté ser educado, me estaba empezando a hartar la indiferencia del tipo.

—¿Le interesaría hacer algún curso para seguir formándose? —preguntó mirándome por encima de las gafas redondas, no le pegaban nada. El hombre no tenía gusto para las gafas.

—Hombre, depende de qué sean los cursos. Busco trabajo, o una ayuda, ya que yo solo no puedo mantenerme —Lo escudriñaba con atención. No me iban a dar nada. Lo adiviné por la expresión facial del funcionario impasible.

—Le pondré en contacto con la orientadora laboral, rellene este formulario para pedir una ayuda. Pida cita con la orientadora en aquella máquina, rellene el formulario y pida cita para venir otro día con la documentación. Le deseo suerte, amigo. Buenos días.

—¿Ya está?

—Sí, vuelva cuando lo tenga todo, no olvide pedir cita con la orientadora.

Lo miré fijamente, no entendía nada, me mandan a casa y tengo que volver a pedir cita para todo. Joder con la burocracia. No me despedí, simplemente me levanté, miré al tipo con cara de hostiarle y me marché. Al pasar por delante de la máquina de cita previa vacilé, pensé pedir cita, pero pasé. Volví a casa.

¿Quieren que me matricule en un curso? Yo quiero una ayuda, es mi decisión. O quizá un trabajo a mi medida. Pero en este país quieren que nos sigamos formando con  mediocridad para seguir siendo un país de tercera. Dame un trabajo y que me forme el empresario, o dame una ayuda para seguir siendo quién soy.

Mamen se había refugiado en la buhardilla, donde años atrás habíamos tenido una pseudo relación, ¿y ahora? La tipa se sentía sola y abandonada y Aníbal tenía que socorrerla, ¿por qué? Porque soy un buen tío, por eso.

Paseaba por la calle quedándome mirando los escaparates y el consumo como forma de vida. ¿De verdad nos hace falta todo ese material? No sé, yo no los necesito, soy demasiado sencillo para tener nada.

Sábado, ocho de abril de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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6 comentarios en “Henry y Anaïs IX

  1. ~…tus escrito siempre tienen algo que re~tumba. Me gusta mucho todas las referencias sobre el (((Arte))). Cada relato, nos adentra a la sinceridad de Aníbal, a esas sensaciones y emociones de como él percibe el Mundo. Lo que le aqueja, lo que critica y sus gustos… Todo es jodido y visceral, parece no tener puntos medios… Y justo ahí, me pega en las esquina, solloza mi hígado de tanta profundidad. Mi Ser, agradece poder conocer tu escritura, que da apertura, a ver las cosas desde otro ángulo… Vas adentrando al lector a la geometría de tus decir. Gracias por la sinceridad de tu escritura, es la tuya y eso la hace única…! Adelante siempre Moreno, con buena energía hacia lo mejor, gracias por dejar huellas diferentes!~

    Simplemente Saudy ~_~.

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