Henry y Anaïs X

Dos almas rojo sangre

«¿De verdad hay que ser alguien? ¿Y si no quiero ser nada? Te empujan desde la niñez a ser alguien, un obrero, funcionario, lo que sea para integrarte en la sociedad. Nunca he querido ser nada, y si dicen que vivimos en un país libre ¿por qué tenemos que ser algo? Cuando era niño los mayores nos preguntaban qué queríamos ser de mayores; algunos respondían futbolistas, otros querían ser lo mismo que sus padres, otros maestros, médicos y un sinfín de profesiones. Cuando me preguntaban me quedaba en blanco. Era un niño, no pensaba que profesión quería tener de mayor. Quería jugar, saltar, quería ser niño. A los trece años tuve una revelación, descubrí que quería ser escritor; los escritores leen mucho, pensé. Yo leía poco pero no me costaba mucho escribir una redacción para el colegio, o una historia corta.

Escribir me ha jodido la vida, el arte te jode la vida, te convierte en un ser demasiado listo, te das cuenta de donde te mueves, la ignorancia y la podredumbre que te rodea. Ves a todo el mundo como un amasijo de tontos e ineptos y tú demasiado listo para un mundo mediocre, el arte te jode la vida, nunca he querido ser demasiado listo, pero es lo que hay. Una jodienda, la verdad. Escribir te inquieta e induce a buscar lecturas que te hagan crecer como autor, y ahí reside la verdadera jodienda del asunto, creces y creces a una velocidad que los demás no lo hacen y te das cuenta de cuáles autores son verdaderos y cuáles son falsos. Te encierras en la burbuja de los clásicos porque son los únicos que dicen verdades, unos más directos, otros más espesos pero todos dicen la verdad a través de la ficción o contando realidades biográficas o semi biográficas, pero la cuestión es contar historias con verdad y sentimiento. Eso soy, un escritor en peligro de extinción, un ejemplar a punto de extinguirse porque no encajamos en un mundo falso y falto de sentimiento».

Uno busca ayuda en la administración porque se encuentra desvalido y piensa que la Serpiente puede tener algo preparado para uno, y lo único que tienen son cursos  que no sirven para nada. Ni una mísera ayuda, pero si yo fuera un inmigrante, osea, un moro, sí tendrían cheques para ayudarme a integrarme, pero como soy español nativo me dan una patada en los riñones, así es este Sistema corrupto y podrido. Caminé un rato calentándome la cabeza bajo los rayos del sol; llegué al Bar de Miguel, cabizbajo, triste, amargado, estaba fatal, regresó a mí la idea del suicidio. Ya vería la manera de hacerlo, no sabía cómo pero estaba dispuesto a hacerlo. Al entrar en el bar no sabía cuánto dinero llevaba encima. Si no tenía le pediría fiado a Miguel, siempre me ayudaba cuando estaba realmente mal. Registré mis bolsillos, ni un mísero euro, ni calderilla, nada, estaba en bacarrota, otra vez.

—Miguel, ponme un quinto. Oye, no tengo dinero, ¿me fías?

—Aníbal, Aníbal, no puedo fiarle a todo el mundo. Tú siempre pagas, pero el negocio no va tan bien como yo quisiera, no puedo tío, lo siento.

—Entiendo, entonces me voy. Adiós —Cuando estaba dispuesto a marcharme con el gaznate reseco alguien dijo mi nombre a mi espalda.

Me giré…

—Aníbal, ¿dónde vas hombre? —preguntó un hombrecillo escuálido y viejo.

—Hola, me marcho. No tengo dinero y si Miguel no me fía me largo.

—Quédate hombre, yo invito. Ven a mi mesa.

El tipo en cuestión era Charlie “Parker”, un saxofonista de jazz de Barcelona que no sé por qué acabó en Murcia tocando en la calle, pidiendo limosna, pero esa vez tenía dinero. Seguía llevando el pelo largo y blanco, tan delgado como siempre, parecía tener una leve cojera.

Me senté a la mesa con Charlie.

—¿Qué tomas, Aníbal?

—Un quinto de cerveza, gracias.

Pidió mi cerveza, él seguía con su café con leche.

—Cuéntame, hace mucho que no nos vemos. ¿Sigues escribiendo? —preguntó el bueno de Charlie.

—No sé hacer otra cosa, así que escribo. Ya no publico, es una pérdida de tiempo, soy escritor no un mono de feria exhibiéndose como un mendigo para que te compren un libro —dije desvirgando el quinto de rubia bien fría.

—Te entiendo perfectamente. La sociedad es mediocre y muy analfabeta. Veo que hay demasiados autores, aunque buenos muchos menos. Recuerdo que tú eras bueno, tienes huevos para decir las cosas. Hace tiempo que no toco en la calle, me he retirado, ahora vivo con una mujer, una viuda con dinero. Se quedó prendada de mí y mira por donde que ahora soy un tío que viste adecuadamente, toco en bares, tengo una banda y todo, como en los buenos tiempos en Barcelona.

—Me alegro por ti, amigo. Yo estoy destrozado, nada me sale bien, no paro de beber, deseo morir, la verdad. Es un sinsentido —expuse apurando el quinto.

—Sé cómo te encuentras, he pasado por eso. No sabes las noches que he tenido la cuchilla de afeitar en la muñeca, sí, me he cortado pero nunca he tenido huevos para acabar con todo. No te rindas, la vida te sonreirá.

—¿Tú crees? Ya no creo en quimeras ni gilipolleces de esas. Bueno, gracias por la cerveza, me tengo que ir para seguir mi camino sin rumbo. Me alegro de verte, adiós.

—Cuídate.

Salí del bar como metido en un caparazón, ojalá hubiera tenido uno de verdad. A veces quiero meterme en un caparazón como el de las tortugas y los caracoles y desaparecer, pero soy un ser humano, no gasto esas cosas. Andaba bajo el sol, notaba como se me tostaba el careto, estaba sediento, decidí ir para la buhardilla a esconderme de mí mismo. Como siempre estaba huyendo, era lo único que podía hacer en ese momento.

La cabeza baja, las mangas de la camisa subidas a la altura del codo, las manos en los bolsillos, literalmente estaba asándome. Pasé por una plaza en la que había una fuente. Me acerqué y me eché agua en la cara. Las viejas y viejos me miraban con asco y con desaprobación. Los miré con mala hostia y les solté algo así como: ¡no han visto asearse nunca a un hombre! Apareció por allí un hombrecillo de la autoridad vestido de azul. Me miró muy serio y yo lo miré desafiante. Se me acercó y conforme venía me incorporé y me peiné con las manos, no dijo nada, solo me miraba. Lo reté con la mirada y seguí mi camino. No miraba a nadie, ni siquiera los escaparates para hacer mis juicios absurdos sobre el consumo.

Con la cabeza gacha llegué a la buhardilla, me tiré en la cama, miraba al techo, deseaba pasarme las horas así, mirando al techo, sin comer, sin beber, sin moverme. Saqué lo que tenía en los bolsillos, las llaves y el teléfono móvil. Lo miré, lo palpé, lo acaricié, me levanté de la cama, abrí la ventana y lo lancé con todas mis fuerzas, bajé la ventana. Seguramente cayó por ahí en algún coche o en la cabeza de alguien. Me la trajo al pairo.

Me tumbé de nuevo boca arriba, los brazos a los lados, me quité el calzado con los pies y lo tiré al suelo, volví a levantarme, cerré la puerta por dentro y me acosté de nuevo. Cerré los ojos, me dejé llevar por los pensamientos, me dormí. Cuando desperté fui a mear, sentía un gran impulso de escribir, lo reprimí, volví a la cama, adopté la misma posición. Creo que a los dos o tres días el hambre mordía mis entrañas, las ganas de beber arañaban el gaznate, me levanté, en el baño bebí agua del grifo y regresé a la cama. No tenía frío ni calor, estaba en un estado de consciencia en el que no notaba nada físico en mí. Comencé a reflexionar, puede que por la falta de alimento y toxicidad.

Continuará…

Para leer la entrega anterior Henry y Anaïs IX pincha aquí

Jueves, uno de junio de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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2 comentarios en “Henry y Anaïs X

  1. Sangrante, de nuevo muy sangrante. Un relato que desgarra por dentro, que te envuelve en su acabamiento. En su oscuridad. El que habla no está del todo derrotado pero va camino de ello.
    Ah, y hago un apunte: desgraciadamente puedo dar fe de la primera parte. Si eres español, te dan por culo. Mi trabajo es un reflejo de esta injusticia, no pueden decirme que me lo invento. Así que comprendo la indignación de Aníbal en este aspecto.

    Por otro lado, buena narrativa, un poco apretada pero buena, y buen desarrollo escénico y psicológico.
    Bravo, escritor.

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