Henry y Anaïs XI

Dos almas rojo sangre

Imagen: Lauren Bacall le da fuego a Humphrey Bogart.

«Los polvos, el alcohol, las drogas, cualquier cosa que funcione para escapar o adornar la vida de algo humano para no perder el equilibro. A veces estar todo el día colocado y borracho es bueno para el alma, ayuda a que no se pudra. Encima de todo esto me he dedicado a escribir, ¿para qué? Quizá quería ser un gran escritor, al final soy un paria más. Un perdedor, un fracasado. Soy una piedra en el camino de cualquiera, a la que pisotear y dar una patada cuando se pone en medio. Hace tiempo publiqué dos libros de relatos eróticos. En un pis pás mataron mi ilusión, la ignorancia y la falta de respeto entraron de golpe y yo soy un tipo demasiado sensible para aguantar los embates violentos de la mediocridad de este país. Por ello decidí dejar de publicar, no lo voy a hacer más. Aunque haya gente empeñada en que lo haga. Nunca he querido ser nada, ni nadie siquiera, solo ser yo y seguir mi camino, lo demás es paja. ¿Publicar? Siempre he pensado que los artistas son exhibicionistas porque se muestran, yo no lo seré más, no puedo luchar eternamente contra la mediocridad y la ignorancia. Prefiero tener el culo pegado a esta cama y dejarme morir, o simplemente yacer al margen de lo que se cuece fuera, no me interesa. No me interesas, ignorante, me importa un bledo si vives o mueres, igual que yo te importo una mierda. He conocido a tanta gente miserable que me da asco, también borrachos ilustres como Juan o Charlie «Parker». Soy sincero y claro conmigo mismo y con la gente, no me escondo tras una máscara, salgo a pecho descubierto, nada me acojona, no tengo miedo, sé quién soy, un gilipollas, un fracasado ¿y qué? Soy yo, Aníbal Haze, un paria, no me arrepiento de nada porque soy responsable de mí mismo».

No tengo ni pajolera idea del tiempo que pasé encerrado en la buhardilla, no sé si he contado que regresé a la buhardilla por 20€ a la semana. Manolo, el propietario no me echaría si no pagaba o tardaba en hacerlo, era buen tipo. Y como yo era silencioso y no armaba bronca le daba igual tenerme allí gratis o pagando cuando pudiera. Mucho de lo que he escrito en este viejo ordenador se ha evaporado por un virus o algo que cogió este cabrón. Pero como creatividad no me falta escribo de nuevo. No soy un mediocre cagao de miedo porque no tiene inspiración ni creatividad. Y esos son los buenos, ¿cómo serán los malos? Jajajá.

Tenía las articulaciones entumecidas, estaba al borde del colapso, tenía que salir de la buhardilla, aún tenía que perpetrar mi suicidio, já. Me duché, me puse lo primero que alcancé y salí a la calle. Tenía hambre, pero no tenía un chavo, mala cosa. Las tripas me rugían, no había comido en unos siete días, las hijas de puta aullaban desesperadas. —Debéis esperar —me dije.

Paseaba por una calle llena de bares y confiterías, me paraba delante del escaparate viendo esos milhojas, los pasteles de carne, joder, la boca segregaba más saliva de la que podía retener en la boca. Agachaba la cabeza y seguía caminando como un zombi en busca de algo, comida, montones de comida, carne, pescado, verdura, cualquier cosa que callara mis jodidas entrañas. Quizá debiera buscar un trabajo, puede que sí porque el INEM no me daba ni para pipas peladas. Quería morirme, y no trabajar para darle lo suyo al Gran Hermano. Paseando con el sol en la testa, cabeza gacha, el hambre me estaba matando, pensaba entrar en una tienda y robar una manzana o algo que me alimentara. A todo esto levanté la cabeza y una morenaza de treinta y tantos estaba encuadrada en mi campo de visión frontal, conforme venía hacia mí creí conocerla, me era familiar. Al llegar a mi altura…

─¡Aníbal! ¿Eres tú? ─preguntó la morenaza de piel blanquecina.

─Sí, soy yo ─dije pensativo.

─Soy Helena, la mujer de Michel.

Me miraba con ojos radiantes, negros, enigmáticos. Llevaba el cabello suelto, ligeramente rizado, una falda de tubo negra, camisa blanca con escote, estaba preciosa.

─Helena, joder, perdona, no te he reconocido. Estoy muy despistado últimamente ─que coño, el hambre no me dejaba pensar.

─No importa, ¿cómo estás? ─preguntó mirándome a los ojos.

─Estoy fatal, llevo una semana sin comer, ¿me puedes prestar algo? ─pregunté humildemente dando lástima tomándola del brazo amigablemente.

─Joder, Aníbal, ¿no vas a cambiar nunca? Ven, vamos a ese bar, yo invito, y así hablamos.

Lo que más me gustaba de Helena era su carácter humilde, no trataba a la gente como inferiores, al contrario, yo le gustaba. Entramos en el bar, un buen bar de tapas me pareció. Miré la vitrina y la magra con tomate llevaba mi nombre, nos sentamos a pie de barra. Pedí una cerveza, un bocata de magra con tomate y olivas partidas. Helena pidió un vermut y unas patatas fritas con limón, pimienta y aceitunas rellenas.

─¿Cuánto hace que no nos vemos? ─ preguntó Helena.

─¿Un año? Ni idea la verdad.

─Más o menos un año, sí. Te he echado de menos, eres un hombre admirable, escribes con el corazón, las entrañas gritan cuando creas, eres muy hombre, Aníbal.

─Si tú lo dices. Soy esto que ves, un despojo, un paria. Tienes una familia, tienes dos hijas que te quieren, tienes un marido, un poco gilipollas pero te ama. Tienes suerte.

─Todo eso que dices desaparecía cuando estaba contigo. Tú, Aníbal Haze me has hecho sentir más mujer y más hembra que Michel en todo el tiempo que estamos juntos.

─No sé qué decir. Puede que deseemos lo que no tenemos, Helena. No te tengo y te deseo, no me tienes y me deseas. Tienes lo que yo no tengo, y deseo tu casa y tu comida, el marido y las hijas no, jajajá.

Hincaba el diente al bocata, estaba riquísimo, aunque hubiera sido un bocata con saltamontes me lo habría comido igual, llevaba demasiado tiempo sin comer.

Helena y yo tuvimos una pequeña relación pseudo amorosa un año atrás; se escapaba de casa para verme en la habitación que tenía alquilada. Bebíamos, follábamos toda la tarde y se marchaba. Me miraba cuando escribía, le leía lo que creaba y otra vez le dábamos al asunto. Fue una temporada verdaderamente bonita a su lado; sabíamos que no podía durar. Ella no dejaría nunca su vida por mí y yo tampoco abandonaría la mía por ella. De lo que más me satisfizo de estar con Helena fue ponerle los cuernos al estirado de Michel.

Acabamos la comida, yo mi bocata y ella sus patatas con olivas. Nos miramos y pidió dos cafés. Una vez servidos, cortado para ella y solo para mí, se levantó del taburete y me indicó ir a la terraza para poder fumar. Hacía un día soleado pero no caluroso.

─¿Te has enterado que Michel ha publicado un nuevo libro? ─ comentó Helena con el sol dándole en el pelo color negro.

─No lo sabía. Michel es muy valiente auto publicando sus libros ─dije importándome un pimiento si el imbécil de su marido publicaba nuevo libro o no.

─Es valiente, en eso lo admiro, pero…

Se quedó muda un instante, sacó dos pitillos mentolados, me ofreció uno. Los encendí con mi mechero.

─¿Pero? ─pregunté.

─¿Qué?

─Antes de ofrecerme el cigarro has dicho pero y te has quedado callada.

─¡Ah, sí! Perdona, me he quedado en blanco. Bueno, está muy bien que Michel escriba y publique, aunque me cansa, esa es la verdad. Estoy harta de ser la mujer de. Se cree alguien importante y solo es un payaso. Me es insoportable últimamente.

Su rostro encolerizaba tímidamente, aunque Helena sabía cómo sujetar sus impulsos. Se le notaba que su marido la tenía bastante harta.

─¿Tú qué quieres? ─le dije mirándola a los ojos, oscuros, imposibles de alcanzar, bellos.

─No lo sé. Ahora mismo quiero estar contigo, creo que me enamoré de ti.

Miró hacia otro lado, concretamente hacia la acera donde la gente iba y venía con premura.

─Estamos juntos ahora, ya estuvimos juntos una vez y acabó como tenía que acabar. No soy hombre para una mujer como tú ─dije apurando mi café.

─Acabas de decir lo mismo que Michel, no me seas cutre, por favor.

─No, no, no he acabado de hablar. Quiero decir que eres una mujer con apetitos muy diferentes a los míos. Necesitas cosas materiales y yo no. Por lo demás eres perfecta; por esto mismo no podemos proponernos nada más allá que una buena amistad y buena cama.

─Lo sé. Y eso te hace maravilloso y único para mí, querido mío. ¿Dónde vives ahora?

Formuló la pregunta mirándome a los ojos, me intimidó. «Cada vez que me miraba con aquellos ojos negros me temblaba todo el cuerpo, creo que mi cuerpo era un pene cuando ponía sus pupilas en él». En ese momento recordé este párrafo que escribí tiempo atrás sobre la primera noche que estuvimos juntos Helena y yo.

─Estoy viviendo en una buhardilla, pago poco, y no está tan mal.

─Estoy pensando que esta tarde podría pasarme a visitarte, ¿te parece?

─Me parece bien. Trae algo de bebida.

─Descuida. Ahora debo irme, dame la dirección sino no sabré ir a la buhardilla.

─Claro, ja, ja, ja. En la Plaza de Santo Domingo, justo encima de la Sirvent, cuarto piso, y luego tendrás que subir la escalera andando un piso más.

─Vale, me marcho.

Antes de levantarse me dio dos besos en las mejillas. Nos miramos a los ojos un instante.

─Hasta luego, Aníbal.

─Hasta luego.

La vi marchar con aquella falda de tubo de color negro, tenía unas piernas preciosas, rosadas, torneadas.

Me largué caminando a la buhardilla, pero pasé por la plaza donde la Galería de Arte; no sé por qué fui hasta allí, pero allí estaba bajo un sol acuciante mirando el escaparate. No había cartel de ninguna exposición de Clara Mendoza, la de Las Sabinas estuvo bien. Agaché la cabeza y me dirigí hacia la buhardilla bajo el sol primaveral de junio.

Continuará…

Para leer Henry y Anaïs X pincha aquí

Miércoles, veinte y ocho de junio de dos mil diecisiete

Región de Murcia

Pedro Molina

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2 comentarios en “Henry y Anaïs XI

  1. Un relato ágil, rápido, ameno, pero contundente, como un mazazo en los sesos.
    Helena es un personaje interesante, redondo, con bonitos recovecos. Aníbal la respeta como mujer y como bello sexo.
    Me ha gustado mucho.

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