En brazos de… V

Andaba más perdido que encontrado, deambulaba mental y físicamente por las calles de mi mente y de la ciudad. Aquella noche caminaba por una calle oscura, fea, mugrienta y solitaria. Levanté la cabeza, miré al frente, había coches aparcados en la calzada y un letrero de un bar a unos metros.

Pensé en las semanas que había estado vagabundeando con la cabeza gacha, la vergüenza que sentía por mí mismo, algo insólito. He sido un cara dura, un vagabundo y escritor borracho. ¿Y ahora qué? Ahora ¡MIERDA! Me siento jodidamente mal, he perdido, ya no veré cómo gané la guerra*. La gran mierda que me rodea me ha comido y camino con la testa agachada cual avestruz. Aunque dentro de mi infierno personal encuentro siempre un aliciente para vivir unas horas más. Y mientras, Aníbal Haze vivirá intentando ser un escritor, borracho, sí, pero escritor.

*(El autor hace un juego de palabras con el título de la película de Richard Lester Cómo gané la guerra de 1967).

Paré la caminata en seco. Hacía bastante calor, registré mis bolsillos y encontré un desgastado billete de diez euros en los vaqueros. No acertaba a recordar cuánto tiempo llevaba allí. Me estaba volviendo un cerdo, pero estaba bien para mí. Miré al frente por segunda vez y aquel luminoso rojo decía: La gatita. «Veamos que se cuece en La gatita». Al entrar en el bareto, una canción que siempre me ha gustado estaba sonando. Dumb de Nirvana lucía mis oídos en una escasa y breve felicidad. Me entraron ganas de beber. Pedí una cerveza. La gatita era un antro normal y corriente, sí, de esos que la música es lo de menos y el tipo de detrás de la barra parece hasta un poco grunge; aunque descafeinado.

El corte siguiente: ¡El hombre que vendió el mundo! En la voz de Kurt y en la composición del recientemente muerto y enterrado David Bowie, fue y es una canción maravillosa en ambas voces. «Creo que fue su tercer álbum» pensé mientras daba el primer trago a la cerveza previo pago de la consumición, claro está.

Encendí el último Benson, realmente estaba en bancarrota, y no hacía nada para remediarlo. Estaba en el filo de la navaja al igual que Cobain, pero él tuvo huevos para suicidarse, yo aún no. Lo admiro por eso. Llevo tanto tiempo queriendo hacerlo que he llegado a pensar que mi manera de suicidarme es escribiendo. Creo que es mi forma de despedirme poco a poco. ¿La verdad? No lo sé, ahora mismo solo quiero beber. He nacido para beber y no hacer nada, beber, beber y escribir inmundicias sobre este mundo putrefacto y falto de sentido. Otras veces he pensado en marcharme a la selva, la amazónica, por ejemplo, pero enseguida se me pasa.

No tengo miedo a volar, tengo pavor al cambio, al igual que todo español medio. Simplemente son pensamientos de esta salida de la treintena, indecente y mala influencia para cualquiera.

Mis ojos vieron entrar a una gachí  que no estaba nada mal. No parecía de aquel lugar, debía ser de mi edad año arriba, año abajo. Se sentó en un taburete en el otro extremo de la barra .Pidió una pinta de cerveza. La miré un momento, la observaba, siempre me ha gustado observar a la gente. Me pilló mirándola, llamó al camarero y éste me dijo que fuera a sentarme con la chica. Allí fui sin saber que posiblemente me podía cambiar la vida. Lo digo porque conocer a alguien te puede mejorar o terminar de joder la vida y más en un lugar como aquel.

Me senté a su lado mirando al frente.

─¿Por qué me mirabas? ─preguntó la chica rubia con mechas.

─Te observaba porque no pareces de este lugar ─respondí sin mirarla.

─¿Por qué no te parezco de este sitio? Cualquiera puede ser de donde quiera.

─Si tú lo dices, a mí particularmente me da igual. Es mi forma de decirte que eres la mujer más atractiva que he visto en mucho tiempo ─expuse mirándola de soslayo.

Sacó un cigarrillo Malboro, miré el pitillo fijamente…

─¿Quieres uno?

─Sí.

Me dio uno y lo prendí. Al dar la primera calada me sentí desdichado. Más triste de lo normal. En tiempos pasados mataba la tristeza hincándome en un coño. Me refugiaba allí. Últimamente no me satisface. No digo que todos los coños sean iguales, me refiero a que todas las mujeres son portadoras de un coño. Conoces uno, conoces a fondo a una mujer y luego te parecen todos iguales. Después de haberme zambullido en cientos de ellos ya no les encuentro aliciente, por no decir que todas las mujeres con las que he vivido (que han sido unas cuantas) han abusado de mí. Me han sacado el dinero porque soy un buen tipo. La verdad es que soy tan confiado que soy gilipollas perdido, pero algo hay que ser en esta vida ¿verdad papá?

─Oye, ¿estás bien? ─me preguntó la chica sin nombre.

─Sí, estaba distraído.

El cigarro se consumió entre mis dedos, me quemé y lo tiré al suelo.

─¿Distraído? Estabas en otro mundo, melón.

─Bueno, tienes razón. Estaba embutido en mis pensamientos, no estoy pasando por lo mejor de mi vida.

─Querido, yo tampoco estoy en mi mejor momento. ¿Cómo te llamas, melón? ─dijo mirándome a los ojos.

─Melón está bien.

─Ja, ja, ja, como quieras, melón.

Pedí otras dos consumiciones y las pagué.

─Bueno, se ha acabado el dinero ─comenté bebiéndome el tercio de cerveza de un trago.

Me miró y sonreía levemente, encendió otro cigarrillo, recogió la cajetilla y la metió en el bolso.

─Ven conmigo, melón.

Sin dudarlo la seguí, no tenía nada mejor que hacer. Salimos fuera del bareto.

─Sígueme ─lo hice pero andaba más rápido que yo en aquellos vaqueros blancos. Tenía un buen culo, era bonito verla caminar con los pantalones de cintura alta.

Me llevó a un chino justo en la acera de enfrente de La gatita.

─Hola, Chen ─saludó al chino-dependiente.

El tipo no saludó, levantó la vista del ordenador para ver quién era. Se me quedó mirando y siguió a lo suyo.

Conocía como se llamaba el tío, para conocerlo debía ir con mucha frecuencia. Me quedé esperando en el mostrador y ella agarró unos litros de cerveza de la más cara y unas bolsas de patatas fritas. Chen dejó de ver en el ordenador la típica película de artes marciales. La miró esperando a que pidiera la cuenta, o pidiera más cosas.

─Ponme también un cartón de Malboro, una botella de White Label y un saco de cubitos. Apúntalo en la cuenta de Antonio. Ayúdame con las bolsas, melón ─me pidió amablemente.

─Irene, debo llamarlo, espera.

Chen tomó el móvil y llamó al tal Antonio. Irene me miraba de arriba abajo y yo simplemente pasaba de ella, del chino y del tío al que llamaba.

─Antonio dice que vale y pregunta si vas a ir a su casa esta semana.

─Dile que iré mañana ─puso cara de asco al decirlo.

─Dice que va mañana. Está bien. Adiós, Antonio ─dijo Chen con agrado.

─Adiós, Chen.

Nos largamos de allí cargados como mulas.

─¿Dónde vamos con todo esto? ─pregunté.

─A mí casa, melón.

─¿Andando? ─pregunté cansado nada más empezar.

─No, en mi coche. ¿Ves como eres un melón?

Llegamos a su coche en la calle perpendicular a la tienda del chino. Dejó las bolsas en el suelo, rebuscó en su bolso, tomó las llaves del coche y lo abrió. Su coche estaba peor del que tuve hace unos años. Estaba realmente desvencijado y destrozado con todo tipo de abolladuras. Era un Nissan Almera sin portón.

En unos minutos llegamos a la casa de mi acompañante. Aparcó en la calle, no muy bien que digamos. Bajamos las bolsas, vivía en un apartamento de esos que parecen nichos. El edificio de apartamentos era enorme. Las viviendas parecían distribuidas como en una colmena. El ascensor no funcionaba, eso me sonaba. Subimos cinco pisos andando, al llegar a la quinta planta estaba cansado, sudoroso y sediento. Al entrar dejé las bolsas encima de una mesita de formica y me senté en el sofá. Me retrepé quitándome el sudor de la frente con la manga de la camiseta de color negro. Irene se quitó los zapatos en el dormitorio y se sentó a mi lado.

—¿Vas a servir las bebidas?

Estaba demasiado cansado para contradecirla. Por su mirada supe que no lo íbamos a hacer. Abrí un litro de cerveza, fui a la pequeña cocina y cogí cuatro vasos; dos para la cerveza y dos para dos culines de White Label. Aquella escena parecía un viejo blues de carretera, polvorienta y solitaria. Un cuatro por cuatro lento y siniestro como las canciones de Howlin´ Wolf.

—Y tú ¿a qué te dedicas, melón? —preguntó sin mirarme. Solo miraba el vaso con el whisky en el interior, lo admiraba.

—Pues… últimamente no me dedico a nada. He tomado la decisión de solo estar. Solo ocupo sitio, no hago nada, bueno, ahora sí. Te he conocido, hemos bebido y seguimos bebiendo aquí, en tu casa. ¿Y tú?

Abrí el cartón de tabaco, rompí el precinto de una cajetilla y encendí dos cigarrillos con el mechero de Irene.

—Solo bebo, esa es mi profesión, beber y beber.

—Beber está bien, es un trabajo a tiempo completo —Hubo un silencio—. Y el tipo ¿Cómo se llama? ¿Antonio? —dije sirviendo más bebida de las Tierras Altas en ambos vasos.

—Digamos que es mi benefactor, me mantiene. Es un viejo loco, pianista de conciertos retirado. Tiene mucho dinero y lo gasta con mujeres como yo.

Me recosté aún más en el sofá.

—Me voy a la cama —dijo Irene.

Sin más se levantó del sofá y se largó. Me quedé allí sentado. Busqué en una cómoda pequeñísima papel y boli, lo encontré en uno de los cajones y volví al sofá; pensé un momento y comencé a escribir.

«La vida, la muerte, todo en uno. 5 a 1 a que le gano la partida a la muerte, o a la vida, quién sabe. Hace un tiempo quería suicidarme, sin darme cuenta deseché la idea. El hastío, la vieja tristeza aparece cuando más tranquilo estoy. No me va a dejar en paz, no me va a dejar vivir. Ojalá fuera melancolía, se mata bebiendo, o follando. Pero la tristeza, mi vieja amiga, mi antigua amante desde la adolescencia no quiere abandonarme y este curtido y malogrado cuerpo pocos embates puede soportar ya».

Miré el vaso vacío en la mesita de formica, cerré los ojos y clavé la frente en la mesa encima del papel recién escrito. Me dormí.

Para leer En brazos de IV pincha aquí No es una continuación pero lo mismo te ahorro buscar el anterior.

Miércoles, diecinueve de julio de dos mil diecisite.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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8 comentarios en “En brazos de… V

  1. Muy hermoso, tierno por una parte y amargo por otra. Tiene un fragmento especialmente heavy: el de los coños.
    Está aseado, pulcro, esmerado.
    Bravo, escritor.

    1. Muchas gracias, querida. Es un placer que me leáis y que me dejéis comentarios. Ahora lo de las 200 faltas no se ha hecho realidad. A veces creo que la gente fuma algo muy extraño. Muchas gracias. Siempre aprendiendo.

  2. No tengo mucho tiempo para leértelo… Estoy en una Miniresidencia por la demencia senil de mi madre. Un abrazo y feliz verano :-)))

  3. Lo he leído un poco por encima, ¿has cogido la idea del estilo creativo de algún libro? (No la has cogido del libro que citas, sino de otro sitio.) Está bastante bien las tramas… Una pena no poder leerlo entero… Feliz verano

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