Henry y Anaïs XII

Imagen: Sylvia Kristel (1952-2012) fue la mítica protagonista de la película Emmanuelle (1974). La cinta está basada en la novela homónima de Emmanuelle Arsan publicada clandestinamente en Francia en 1959.

Dos almas rojo sangre

Me desvestí. Me quedé en calzoncillos encima de la cama, miraba al techo y recordé un sueño que tuve unas semanas atrás. Puede que fuera cuando pensaba todo el día en suicidarme, todavía lo pienso, pero no todo el tiempo. «Hoy tengo algo por lo que vivir, voy a echar un polvo»

«La sensualidad contiene el camino de las curvas sinuosas que me lleva desde la profundidad del cisne que tienes por cuello, de las colinas separadas por la anchura de Excalibur; de la sinuosa pradera y el desierto ardiente y caluroso hasta llegar ahí, al pequeño oasis. El pequeño estanque llamado tu ombligo.

Por carreteras secundarias conduzco al anochecer. Pronto la noche esclarecerá mis sentidos y me convertirá en un no muerto para convivir con los seres de la noche. Para alimentarme de vosotros, sí, de vosotros, los humanos. Me alimento de vuestras almas, vuestros pensamientos y vuestros deseos. Soy el Rey de la Noche. ¿Quién te ama? ¿Quién te hace daño? ¿Quién osa desafiarte, Señor?…»

Miré a mi alrededor, la calle estaba silenciosa, callada; solo algún vehículo chirriaba y se quejaba del tremendo calor de aquella tarde de junio. Me levanté, abrí el mini frigorífico y para mi pesadumbre y aburrimiento no había cerveza. Me puse la camiseta, blanca, por supuesto. Bajé a la calle para ir al chino de la esquina a comprar cerveza.

Como el hombre de detrás de la puerta caminé sigiloso por la acera. El suelo quemaba, los pies me ardían dentro de las zapatillas de deporte. Joder, no aguanto el verano; es un infierno.

Entré en la tienda, oscura, lúgubre y pequeña. El chino me miró con aprobación. Me conocía, iba por allí a diario. Cogí un paquete de seis latas de cerveza de la nevera. Las pagué y con la bolsa de plástico en la mano emprendí el camino de regreso a la buhardilla.

Con el sol en la cara, me abrasaba, presencié en la acera de enfrente una pelea en una terraza. Un tipo árabe increpaba a un hombre, supuse que sería cristiano-español. Me paré a ver la escena. El hombre cristiano fue agredido, se alejaba del tipo árabe. Éste esquivó un puñetazo del cristiano, intentó marcharse pero el moro lo agarró por la camisa; se la desgarró y le arreó una hostia. El camarero intentó defender al hombre pero el árabe le dio un tremendo botellazo en la cabeza. El tío estaba bien armado. Soy un hombre no violento, aunque me he peleado muchas veces; pero siempre ha sido por una cuestión de honor. Los borrachos también tenemos honor, ¡eh! Este tipo de cosas me afectan porque no me gustan esas actitudes mal sanas. Afiné el oído y escuché que el árabe dijo literalmente: «Tú eres español, eres de aquí y me tienes que tener miedo, soy árabe»

Primero, me quedé perplejo y luego me asaltaron un montón de sentimientos. Puede que alguno de animadversión ante las palabras del musulmán. Sentí un poco de miedo. ¿Por qué no tenerlo cuando el mundo en el que vives se tambalea?

En la buhardilla recopilé mentalmente todo lo que pude de los artículos que había leído en periódicos digitales independientes sobre la islamización de Europa. Un caso curioso para los que hemos estudiado historia y un caso alarmante donde el miedo es el protagonista para los que no la tienen en cuenta.

¿Por qué desde el último gobierno socialista favorecen a los inmigrantes árabes en el tema de ayudas estatales por encima del español nativo? No soy un erudito, pero últimamente la izquierda cree que es mejor acabar con nuestra cultura; empezando por la religión. Y yo pienso, históricamente lo que ha unido a la gente y a los ejércitos en una fe común es la religión. Al igual que a los moros los une Alá y su Guerra Santa (Yihad). La institución puede caer pero, ¿y la Fe? Esta es inquebrantable para el verdadero creyente. Soy ateo pero respeto la libertad de culto. Vivimos en un país democrático ¿no? Sé de dónde vengo y no reniego de ellos, aunque mis creencias son otras. El primer pilar de nuestra sociedad está siendo atacado desde dentro: la religión o más bien la institución de la Iglesia. Es fácil atacar cuando se ha perdido la percepción entre Iglesia y creencia.

Si hacemos creer a la gente que las dos cosas son lo mismo será muy simple alejarlos de su cultura. El segundo pilar que están atacando es la familia. ¿Cómo se puede atentar contra el núcleo familiar? Pues no teniendo hijos. ¿Por qué? Porque los precios están por las nubes y los sueldos cada vez son más bajos. Si consigues que la gente no tenga hijos tendrás el control de las familias. Muy simple, sin hijos no hay familia ni por lo que luchar. En este país concebir un bebé es muy caro. Todo lo que rodea a un niño es un abuso tremendo.

Y ¿si a las familias con hijos les quitamos el control y hacemos que odien a sus padres? Es la política de divide y vencerás. Desde pequeños en cuanto entran en primaria les cuentan el cuento de que sus padres no tienen autoridad frente a ellos. Solo les falta decirles a los pobres infantes que el Estado cuidará de ellos y no tendrán que preocuparse por nada. Y para más inri les dicen que hasta los maestros no tienen ninguna autoridad con ellos. Entonces el niño se convierte en un tirano frente a la sociedad. Se convierte en un ser mal nutrido emocionalmente, una bomba de relojería.

Los padres no pueden con ellos porque aparte los emborrachan con posesiones absurdas y caprichos mal sanos para el crecimiento emocional, el más importante. Les hacen creer que son los reyes de la casa y solo son meros príncipes que tienen que ganarse el puesto en la familia con respeto y amor. Si se consiguen romper esos pilares fundamentales en la sociedad, esa sociedad se volverá vulnerable y será fácilmente atacada y consumida por una más fuerte. Lo que no entiendo es el afán de los políticos europeos en este tema. Prefieren dar alas al que viene antes del que está. Es preocupante este comportamiento.

Pero y ¿si pensamos en una mano negra superior con más poder que los políticos? Pensemos. Entonces la ecuación es perfecta. Tenemos un Nuevo Orden Mundial en marcha, sí, señor. Acabando con todo lo establecido: creencias, formas de vida. Inoculando un virus mortal para que nosotros nos autodestruyamos y otros vengan a rematarnos. Parece que todos somos víctimas de ese NOM. Somos marionetas de un juego macabro. En la antigüedad les podríamos haber echado la culpa a los dioses, pero no; son personas de carne y hueso los que quieren acabar con nuestra forma de vida.

Paré de escribir un momento, tenía la garganta seca. Encendí un cigarrillo y di un trago a la cerveza, la acabé. Al día siguiente leí la noticia de la pelea en un periódico. Un escalofrío recorrió mi espalda.

Llamaron a la puerta.

—Hola, Aníbal.

Acababa de llegar Helena. La bella diosa de la antigüedad había llegado a mi morada y entraba con elegancia, ataviada en aquel vestido blanco de lino. Estaba bellísima.

—Hola. Entra —pedí.

—No me ha costado nada encontrar el edificio pero subir ha sido una odisea. Estoy sudando —comentó sentándose en el borde la cama. Se daba aire con un abanico de imitación de nácar.

—Toma, refréscate —invité dándole una lata de cerveza. La abrió.

Se me ha olvidado mencionar que llegó a la buhardilla con dos bolsas. Una con dos hamburguesas para cenar y otra con whisky y hielo. Una mujer realmente completa.

Me senté a su lado. Mis ojos admiraban su belleza del sureste. Su piel, pálida pero rojiza por el sol abrasador de junio. El cabello castaño en verano y oscuro en invierno. Sus ojos oscuros y resplandecientes llenos de vida. Los labios, pálidos, gruesos y deseando ser besados, por mí. La besé tímidamente. Por alguna razón estaba nervioso. Se tumbó en la cama boca arriba. Su mirada decía lo que tenía que hacer. Alcé el vestido y me zambullí bajo él. Ella misma me desabotonó el vaquero mientras nos besábamos. Se la metió de una sola estocada. Tenía tantas ganas de ella que en un santiamén me corrí. No le importó. Me dijo que le gustaba estar conmigo porque mi picha y yo éramos auténticos. Luego comimos y bebimos.

—He presenciado una pelea. Un moro le ha pegado a un hombre. Le ha dicho que tiene que tenerle miedo porque él es árabe —dije sentado en la cama con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared.

—Joder, estamos rodeados de odio.

La miré y ciertamente tenía razón. Y mucha. La abracé como si estuviéramos ciertos de que el desastre estaba cerca.

Nos besamos de nuevo y le dimos al asunto un buen rato. Esa vez si aguanté la zambullida como un jabato.

Rememoro sentimientos, es lo que de verdad importa para sobrevivir ¿no? No me creo las astucias de los iluminados sobre el futuro, el estado del bienestar y esas patrañas de tíos con polla pequeña y mujeres con el coño reseco. Hablando de coños:

«Como Edmund Hillary1 me siento al ascender por las columnas que a un semi dios permitieron separar. ¡Y al fin Livingstone2 descubrió las cataratas! Y yo descubro con los ojos empequeñecidos la bravura escarpada del Monte separado por la cascada de lava. La lava del volcán de tu amor» Lo llamaré Poema entre las piernas y el coño.

1: Hillary fue el primero en llegar a la cima del Everest y regresar con vida, el 29 de mayo de 1953.

2: Explorador británico del siglo XIX. Descubrió las cataratas Victoria y los lagos Bangweulu y Moero entre otros.

He tenido tantas mujeres, mejor dicho, ellas me han tenido. Helena me tiene. Desde que hemos vuelto a encamarnos la deseo a todas horas. He rechazado a otras de estofa menor, aunque al fin y al cabo son mujeres. Tiene raja, como todas. Pero no, prefiero esperar a Helena. Prefiero zambullirme en la sabiduría de su sexo experimentado y deseoso de mí. No sé si la quiero, pero es más de lo que he sentido por una mujer en mi vida. Tal vez quise a Alicia, la pelirroja por la que perdí la cabeza. Posiblemente la amé. Hace mucho de eso, no lo recuerdo. Quizá quise a Mona. Cristina, oh Cristina. La pequeña locuela, amante de toda sustancia que la sacara de su tediosa vida. M.A. y sus tonterías de ser superior y mediocre. Detesto a las personas de su clase. Se creen aristócratas y claro, por creerse eso ya piensan que pueden dar consejos a diestro y siniestro. Odio a las personas que por estudiar se creen lo mejor de lo mejor. Yo soy el mejor escritor de este siglo y no me creo mejor que nadie. Ahí está la diferencia. Y ellas, ¿me han amado a mí? Tampoco lo sé.

Solo deseo una matriz en la que vivir y en la que estar protegido y ser feliz. Helena no posee esa matriz. Nunca abandonará su vida cómoda de madre y mujer casada con un imbécil. Es un idiota pero es su marido, no la culpo. ¿Seguiré buscando? Ahora mismo no tengo ni idea. Me podría suicidar por no haber encontrado el amor verdadero. Una maravillosa opción. La mejor, creo.

Imagino acabar mis días agonizando lentamente. No temo al dolor. Follar y estar con Helena me ha dado fuerzas. Miento, ella sola no me ha dado al fortaleza necesaria. Es este mundo, es la gente, es la podredumbre que me rodea la que me da la fuerza que me falta. Helena, oh, Helena. Sé que pronto partirás porque te enamorarás. Volverás a tus quehaceres diarios y ¿yo qué? La falta de amor es la manera más cruel de morir. Te consumes día a día. Tu espíritu muere poco a poco entre tristezas y recuerdos.

Una mañana como otra cualquiera, tediosa y calurosa, vagaba por la ciudad pensando en ir a la Biblioteca Regional a perderme un poco. Pasaba por una terraza con la cabeza gacha y embutido en mis pensamientos cuando levanté la testa y allí estaba: ¡Anaïs! Era ella, estaba sola, bebiendo un café y fumando, como siempre. La miré de reojo y seguí mi camino pero ella debió conocer mis andares cuando:

—¡Aníbal! —gritó a mi espalda.

Me volví y allí estaba, de pie. Bellísima y sonriente ante mí. Anaïs, Anaïs, de nuevo te veo, ardor de mis ardores.

¿Por qué no la he nombrado cuando he hecho un recuento de mis mujeres? Creo que la había olvidado. En un punto de mi vida reciente me hizo daño y creí olvidarla. Pero al verla de nuevo todo volvió de golpe. La aventura y el peligro me llamaban, de nuevo.

—Hola, Anaïs —dije ante ella.

—¿Cómo te va? —preguntó.

—Bien.

—¿Quieres un café?

Dudé un momento.

—Por qué no —acepté a sabiendas de que podía sufrir en manos de aquella mujer extremadamente bella por dentro y por fuera.

Me senté con ella a la mesa.

—Hace mucho que no nos vemos —añadió para quedar bien.

—No seas condescendiente, conmigo no, por favor.

—Vale. Tienes razón. ¿Cómo estás? —corrigió.

—No me va mal. Nada cambia, así que va bien, supongo.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó mirándome con aquellos ojos que me enloquecieron unos meses atrás.

—Café solo.

Pidió el café al camarero y me invitó a fumar.

—Tengo una exposición nueva en la galería. Podrías ir a verla. Me gustaría que fueras —pidió con un brillo especial en los ojos que me conocía muy bien.

—Vale. Quizá vaya.

Fumé, bebí el café de un trago y eso que estaba ardiendo. Quería largarme de allí. No me encontraba bien.

—Tengo que irme, Anaïs. Me ha gustado verte —dije apagando el cigarrillo.

—No te vayas, por favor —pidió agarrando mi mano.

—Tú dirás.

—No seas tan brusco, por favor. Bueno, en este tiempo que no nos vemos han cambiado aspectos de mi vida. Y todo te lo debo a ti…

«¿Ah, sí?» pensé incrédulo.

—Aníbal, me enseñaste a verme como realmente era. Me hiciste ver que soy una mujer especial pero también una frívola. Me enseñaste mucho en poco tiempo. Nadie me ha mirado como tú lo hacías, eras sincero y te fallé. Intenté obligarte a hacer algo que no querías. Quise convertirte en un artista sin saber que ya lo eres. Te juzgué sin saber qué sentías y qué pensabas. ¿Podrás perdonarme?

—El perdón es ambiguo. Incluso es superficial. Te he perdonado pero no he olvidado. Yo sentía algo por ti y lo machacaste de una patada. Creía en ti. Pensé que eras mi musa y yo tu inspiración. Podríamos haber sido como los dioses de la mitología.

—Lo sé. Y lo siento —dijo apenada y con los ojos vidriosos—. También rompí con Malena. Me di cuenta que me hacía daño su cercanía y mi relación con ella. Tú has sido mi guía, me has respetado sin querer cambiar nada de mí.

—Hemos sido como el cielo y el infierno, Anaïs. La artista que llevas dentro te posee y te crees esa diosa de la que hablaba hace un momento. Quizá te quise y me mataste. Me fui porque no sabía cómo pudo pasar aquello. Lamento haber desaparecido sin decir nada.

—Te entiendo. ¿Quieres dar un paseo? —preguntó pidiendo la cuenta.

—Pensaba ir a la biblioteca, pero iré más tarde.

—No cambies tus planes por mí. ¿Puedo acompañarte? —preguntó con interés.

Aquella mujer tenía de mí algo que yo desconocía. Su cabello ondulado y oscuro, sus ojos brillantes y sus labios gruesos y pálidos me hicieron sucumbir por segunda vez y accedí a que me acompañara.

Llegamos a la biblioteca y fui directo a los ordenadores a buscar algo que tenía en mente: Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu. Un cuento de terror que tenía muchas ganas de leer. Estaba probando «sustancias» nuevas. Algo saldría de mi pluma, estaba cierto de ello.

Fuimos a la zona de los clásicos en la planta baja. Busqué el libro por orden numeral y allí estaba, esperándome. Anaïs me miraba con admiración como en los viejos tiempos. Durante el instante que leí la sinopsis de la obra miraba de soslayo la vestimenta de la fotógrafa: falda negra de vuelo y blusa negra con escote y botones. Me gustó antes y me gustaba en ese momento. Me sentí hipnotizado por ella.

La miré a los ojos. Me miró. Nos acercamos y la abracé por la cintura. Se aupó buscando mis labios, la besé, me besó.

—Estaba deseando que me besaras —susurró.

—Yo también lo deseaba.

Volvimos a besarnos y la alcé del suelo. La apoyé en la estantería y aquello vislumbraba algo más que un beso. Levanté el vestido, ladeé la ropa interior y ella bufó en mi boca deseándome sin importarle donde estábamos y si podían vernos. Del culo la agarré con fuerza, la besaba como si nunca lo hubiera hecho. Bajó la cremallera de mi pantalón y sacó la picha y yo la apreté más fuerte contra mí. La penetré con saña. Nos inundamos de besos, alientos encontrados y fluidos. Una estocada, otra, otra… y acabé, dejándola mientras recomponía su ropa; a sabiendas de que yo no volvería. No miré atrás.

Continuará…

Si deseas leer Henry y Anaïs XI pincha aquí

Viernes, once de agosto de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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2 comentarios en “Henry y Anaïs XII

  1. Como siempre, una narración dura, cruda, a menudo obscena, pero profunda, bella en su crudeza y llena de matices a analizar, desde la percepción de los cambios sociales hasta la de la sexualidad tanto de ambas féminas como del propio narrador.
    Bravo, escritor.

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