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Carreteras secundarias II

Imagen: Fotograma de la película Fáctotum (2005). Matt Dillon (izqda) caracterizado como Henry Chinaski (álter ego de Charles Bukowski). Dirigida por Bent Hamer.

El calor me asfixiaba y pensé salir a dar un garbeo, comprar un litro de cerveza en el chino y tomármelo en un parque. Al día siguiente comenzaría mi nueva aventura trabajando para Toni. Pero antes debía prepararme para la hazaña física y mentalmente. ¿Dónde estará esa mujer que me sacará de este vacío? Un polvo estaría bien para aliviar tensiones. Un polvo me salvaría de la locura. ¿Para qué se inventó el sexo? Para sacarnos del tedio entrelazados en el interior de una mujer. ¿Dónde está?

Bajo mi pulgar hay un parásito reventado y muerto. ¿Cuándo lo maté? No lo recuerdo. ¿Es una premonición? Ni idea. Me largo de aquí.

Compré el litro y caminé hasta un pequeño parque. No había nadie, solo un tío negro acostado en un banco. Me senté en uno cercano pero pronto me aburrí. Me acerqué al negro y le ofrecí cerveza. Inmediatamente se incorporó. Aceptó el trago y me dejó sitio para sentarme a su lado.

—Se agradece un trago de cerveza con este calor —dijo con acento.

—¿Qué haces aquí con este calor? —le pregunté.

—Este banco es mi casa.

—Vaya, una casa sin tabiques ni puertas. Eres libre —apunté pidiendo la cerveza.

—Sí, soy libre. Mi vida es una cruzada en todo su esplendor. No sé cuando comeré ni si tendré un resguardo para el frío que viene en un par de meses.

—Tu acento es francés y bastante cerrado.

—Soy del Congo. Vine a España a buscarme la vida. He estado unos años en París y vine buscando un poco de calor—dijo sacando un cigarrillo arrugado.

—Ah, muy bien. Has venido al lugar idóneo: el desierto —Las risas de ambos nos acercaron y nos miramos con complicidad.

El tío, aparte de ser negro, apuntaba una calvicie preocupante y tenía un brillo especial en los ojos. Me cayó bien. No tenía el típico cuerpo africano esculpido por los dioses. Era más bien raquítico con una chepa creciente.

—Por cierto, me llamo Aníbal —dije tendiéndole la mano.

—Youssou, encantado.

Nos estrechamos las manos. Hablamos mientras quedaba cerveza, fumamos y nos quedamos un rato allí sentados asándonos de calor. Por lo que adiviné esa tarde, a ninguno de los dos nos preocupaba el futuro. A él un poco más que a mí. Nos parecíamos bastante. El calor me hizo volver a la buhardilla. Nos despedimos.

Las paredes del habitáculo se estrechaban, el calor me mataba poco a poco. El ruido de la calle, ensordecedor y malvado, me enloquecía por momentos. Un sonido bajo la puerta me devolvió a la realidad. Miré y había en el suelo un papel doblado por la mitad. Lo cogí. Rezaba lo siguiente:

Aníbal, si no me pagas lo que me debes de aquí al final de semana tendrás que irte.

Parecía ser que a mi compadre Manolo ya no le agradaba la idea de que viviera de gorra. No había caído en el problema del alquiler. El dinero rige esta sociedad de andobas. Bueno, no era el principal de mis problemas pagar el alquiler. Cuando Toni me pagara el trabajo solventaría la deuda y le pagaría unos meses por adelantado a Manolo. Así se callaría la boca.

Arrugué la nota y me volví a tumbar en la cama. Asombrosamente tenía la mente en blanco, bueno no, un pensamiento abordaba mi cabeza: el suicidio. Volvió a mí en forma de recuerdo. Ni para eso servía, era mejor desechar la idea. Lo intenté y no salió bien. ¿Para qué volver a hacerlo? Para atrás ni para coger impulso, ¿no? Me dormí.

A las ocho de la mañana estaba en la puerta del Lolita´s Club. Toni llegó puntual en su coche y fuimos a por el transporte que me llevaría a la ciudad de Alicante. Antes de iniciar el viaje me dio un papel con la dirección del sitio donde debía recoger a las chicas.

—Pregunta por Vladimir, es el contacto.

—Vale.

Nos despedimos y entré en el coche, un BMW azul oscuro. No estaba nada mal el «carruaje». Lo mejor era el aire acondicionado. Arranqué. Tenía el depósito lleno, así que no me preocuparía por hundir el pie en el acelerador.

La conducción me distrajo de mis pensamientos de oscuridad y caos. Los delirios desaparecieron y me centré en el trabajo. Hice el camino por la autovía con la radio puesta; San Francisco sonaba a tope. Como me gusta esta canción, pensaba mientras mis ojos estaban puestos en la carretera. En una hora y media llegué a mi destino. El GPS me llevó por el camino más largo. Maldita tecnología.

Aparqué el coche en la puerta del lugar. Era un club nocturno de esos que abren de madrugada donde solo hay restos de personas de otras fiestas. Me los conozco bien. Pulsé el timbre y salió un tío de unos dos metros, corpulento y con apariencia del este. Sería el tal Vladimir.

—¿Eres Vladimir? —pregunté sin dejarme intimidar ante el oso que tenía delante.

—Sí.

—Vengo a recoger el paquete para Toni.

—Llegas tarde.

—Lo sé. El tráfico, ya sabes.

El grandullón me miró muy serio. Las personas como él son inestables. No sabes cómo reaccionar cuando los tienes delante. Son imprevisibles y eso los hace peligrosos.

—Espera aquí.

Me «enchufé» un cigarrillo y me apoyé en la pared del local. Llegaron dos tíos y una tía bastante puesta. Entraron al club tambaleándose y con los ojos encendidos. Al mismo tiempo salían unos cuantos y cuantas preguntando qué donde iban. Uno dijo de ir a comer churros con chocolate, las tías dijeron que no; querían más fiesta. En ese momento Vladimir abrió la puerta, cuatro chicas salieron del local en malas condiciones para viajar. Al mirarlas a la cara adiviné que me incomodarían la travesía.

—Estas tías no están bien. Están drogadas —dije a Vladimir.

—Es lo que hay. A partir de aquí son tuyas.

Y de nuevo entró al club nocturno. Las repasé una a una. Todas estaban colocadas, pero era un cuelgue de atontamiento. Enseguida pensé «opio». Seguramente las dejarían en ese estado con algún opiáceo. Abrí una de las puertas traseras del coche y entraron una por una como corderitos. Arranqué y conduje hasta la entrada de la autovía. No le presté atención al físico de ninguna. Todas se asemejaban y estaban demasiado colocadas como para fijarme en ellas.

Sintonicé la emisora de música rock que escuché durante la ida. Las chicas no hablaban, parecían mareadas. Les pregunté si querían que parara, no hubo respuesta. Me preocupaba que hicieran alguna tontería o que una de ellas vomitara dentro del BMW. Pulsé el botón de cierre centralizado. La música me abstrajo en la labor de conducir. Encendí un cigarrillo. El «paquete» se quedó dormido y sentí un gran alivio. Una dijo algo inaudible. En general parecían no sentir nada.

Al tomar la salida hacia el destino llamé a Toni al móvil. Me dio la dirección de entrega. Lo que me mantenía a tope y concentrado eran los billetes que me iba a pagar por el transporte. «Dos mil, dos mil, dos mil euros». No estaba mal esa cantidad por tres escasas horas de trabajo.

Llegué al destino sin contratiempos. En cuanto apagué el motor en la puerta de un puti-club salió un negraco. Abrió la puerta trasera derecha y las sacó una detrás de otra. Toni salió de dentro del prostíbulo y me dijo que entrara con él. El local estaba vacío. Hasta el negro desapareció cuando metió a la última chica, del este, rubia y muy blanca de piel. Estaba poco iluminado, solo las luces de la barra. Me pareció una de esas películas sobre el más allá. La chica de detrás de la barra aparentaba que al servirte la bebida te daba un transporte al cielo, o algo así.

—Toma —dijo Toni dejando un sobre encima de la barra. Lo cogí y lo metí en el bolsillo derecho trasero del vaquero.

—Gracias.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó mi «jefe».

—Una cerveza.

La camarera de origen del este sirvió dos tercios de Heineken.

—Estate localizable que pronto tendrás más trabajo. Oye, ¿qué te han parecido las tías? —preguntó antes de dar un trago.

—Estaban drogadas, así que no me han parecido nada.

—Ya. Las drogan porque ya sabes lo que hay.

—Sí, claro. Debo irme, Toni.

—¿Te llevo a algún sitio?

—No. Prefiero ir andando.

—Como quieras. No te pierdas, te voy a necesitar.

—Vale. Adiós.

—Chao, Aníbal.

No me entretuve mucho tiempo paseando; ni siquiera me apetecía mirar cómo la gente se mata con sus premuras. Hice la mayoría del trayecto hasta la buhardilla en taxi. Compré avituallamiento en el chino. Cerveza, whisky y hielo. También deseaba proveerme una buena comida. ¿Por qué no un buen filete y una botella de vino? Tenía dinero y quería gastarlo en mis pequeños placeres. Subí a la buhardilla con las bolsas del cargamento. También me hice con un cartón de Benson. Ya estaba preparado para mi guerra privada con la pluma. Luego, iría a comer a un buen restaurante.

Abrí una lata de cerveza, encendí un cigarro y me senté frente a mi vetusto ordenador portátil. Respiré hondo y mis manos se colocaron en posición para que los dedos empezaran a teclear. Abrí un nuevo archivo Word y bebí un trago de cerveza.

Sábado, veinte y siete de enero de dos mil dieciocho.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

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Carreteras secundarias I

Una semana después de mi fallido suicidio, y una vez curado de mis heridas de guerra ─que eran muchas─ decidí tomarme la vida menos en serio. Fui incapaz de acabar con mi mísera vida. He caído en la cuenta de que soy un cobarde para suicidarme, pero valiente para otros asuntos.

He buscado trabajo e intentado ser útil para la sociedad. Pero me he topado con el inconveniente de que tengo cuarenta años y poca formación académica. No tengo minusvalía y no soy inmigrante, árabe, por supuesto. Cada vez entiendo menos la política. Estoy en el hoyo y me ponen el pie para que no salga a la superficie. Me impiden respirar y aportar algo al Sistema.

No encontré ningún trabajo legal. Era el momento de usar mis contactos de los suburbios donde me muevo como pez en el agua.

Me aseé en el minúsculo baño de la buhardilla. Necesitaba salir a la calle, tomar un trago, cortejar a una bella señorita y sentirme más vivo que nunca. Sentirme vivo, paradójico, ¿verdad? Me afeité con la misma cuchilla que lo había estado haciendo durante el último año. Para qué cambiar. Nos conocíamos muy bien. Estaba listo para encaminarme hacia la luz del día.

Me encarrilé a buscar el trabajo ansiado ─fuese el que fuere─ ilegal o lo menos ilegal posible, ya que no encontraba ninguno porque no me daban la oportunidad por las razones que he explicado. Iba directo y sin frenos hacia mi nueva vida. Dejé el suicidio apartado, ya que fue una experiencia nefasta; caminé hacia la luz, la que me ofrecía el sol de julio. Empezó a darme sed y pensé que el Bar de Miguel sería un buen sitio. Me vendría bien ver a viejos conocidos.

Al leer el cartel del bar me reconforté por los buenos ratos que he pasado allí. Al entrar Miguel me saludó con mucha amabilidad. Lo malo es que no sabía que le iba a pedir fiado el quinto que estaba a punto de servirme. Me sirvió la cerveza. Me acodé en la barra. Había poca gente en el local. Hacía demasiado calor para salir a la calle. No hablé con nadie. Solo disfrutaba de mi cerveza bien fría.

Me di la vuelta con la espalda apoyada en la barra. Un abuelo echaba dinero a la máquina tragaperras; lo estaba desplumando. Otro bebía un carajillo leyendo la prensa y yo estaba observando lo que hacían. Agarré el quinto por el cuello y de reojo vi algo que no podía creer. Un conocido de hace años, Manolo el albañil, entró al bar vestido con una chilaba y sandalias. Miré a Miguel y cuando interceptó mi mirada de asombro sonrió socarronamente.

Como siempre había hecho, Manolo pidió un carajillo bien cargado y se sentó en un taburete justo en el centro de la barra. Sé que me vio pero no me dijo nada. Yo lo miraba haciendo cruces y pensado: «este tío odiaba a los moros» Por lo menos desde que lo conozco. En el pasado trabajé de peón para él un par de veces.

—Aníbal, ¿no me conoces o qué? —espetó Manolo sin mirarme a la cara.

—Claro que te conozco. Y me pregunto por qué llevas puesta esa chilaba.

—Acércate que te invito a otra cerveza y te lo cuento.

Me llevé un taburete a su lado y me senté. Miguel me sirvió otro quinto. Estaba secando vasos con un trapo de color blanco justo enfrente de nosotros para no perder ripio de la conversación.

—Te preguntas por qué visto esta chilaba blanca si siempre he odiado a los moros. Desde que me conoces sabes que nunca he podido verlos —explicó mirándome a los ojos con los suyos de color marrón.

Asentí con la cabeza.

Antes de proseguir, Manolo tendría unos cincuenta años, calvo ; el resto de pelo lo tenía canoso. Era regordete con una incipiente barriga cervecera. Le gustaba comer, beber e ir de putas. Siempre había sido soltero. Su sueldo como albañil de reformas se lo gastaba en disfrutar de la vida. Como persona era un tipo leal y buen conversador. Un hombre corriente, la verdad. Sigamos con la conversación:

—Mira, te explico. Dejé de ser autónomo porque la tasa subió muchísimo y para el poco trabajo que tenía no me salía rentable trabajar por mi cuenta. Encontré trabajo en una pequeña empresa de construcción en 2015. Pero resulta que mi jefe era un pirata. Un buen día se largó y cerró la empresa. Como imaginarás me quedé en la calle con cincuenta años.

Paró un momento para sacar el tabaco de liar. Me ofreció y me lié uno.

—Bueno, pues comencé a buscar trabajo por mi cuenta y no salía nada que mereciera la pena. Fui a la oficina del paro y me dijeron que no tenía derecho a subsidio porque vivo solo y no tengo cargas. Me quedé pensativo un momento y le pregunté por qué los moros tenían ayuda si eran inmigrantes. La tía me contestó que por eso mismo. Me aconsejó que hiciera cursos para obtener mejor formación.

—Vaya —exclamé.

—No me interrumpas que pierdo el hilo. La cosa es que empecé a elegir cursos. Hice dos y me cansé de perder el tiempo porque lo que quería era trabajar. Lo que me dijo la funcionaria sobre los moros me dio que pensar. Y un buen día cuando no tenía un chavo en el bolsillo vi a un moro que trabajó conmigo en la empresa de construcción. Le conté mi situación tomando un café. Le dije que estaba desesperado y todo el rollo. Debía de caerle bien a Hassan porque me recomendó que me convirtiera al islam.

Si te conviertes a mi religión podrás disfrutar de lo que tengo yo. Paga por no trabajar, el alquiler pagado y si tienes hijos te pagan unos 100€ por niño. Y sin dar golpe.

—Así que seguí sus instrucciones y en unos meses estaba convertido al islam. Me hice musulmán. En la mezquita me aconsejaron que me casara. Lo hice. Estoy casado con un buena mujer mora mucho más joven que yo. Y como hemos tenido un bebé cobramos por él. Todo lo que nos haga falta de la farmacia está subvencionado, la comida y el alquiler también. Así que, ¿qué mejor vida podría haber esperado como cristiano?

—Vaya, tío. Me dejas de piedra. ¿Vas a rezar a la mezquita y practicas el Ramadán? —pregunté intrigado.

—Pues claro. Soy un converso con todas las consecuencias. En la mezquita estoy aprendiendo árabe. Es difícil pero es de lo poco que me piden. Entre tú y yo, me he convertido por supervivencia. Necesitaba dinero y lo obtengo del Estado por justificar que soy musulmán. Imagínate hasta qué punto los ayudan para que vivan en España como reyes. ¿Entiendes por qué vienen tantos? Vienen aquí a sangrarnos y yo me llevo mi trozo del pastel.

Pidió a Miguel otra cerveza para mí. Me quedé petrificado ante sus palabras. No por lo de que vienen aquí a sangrarnos porque ya lo sabía, sino porque fue tan sumamente inteligente para convertirse y sacar provecho de ello. Me alegré por él.

—Tengo que irme, Aníbal. Espero que nos veamos por aquí y te invitaré a comer el magnífico cús cús que hace mi mujer. Nos vemos. Adiós.

Se marchó previo pago de la cuenta. Miré a Miguel y me dijo que estaba loco de remate pero que se alegraba por él:

—Por lo menos tiene una familia —apuntó.

Como no tenía ni un euro en el bolsillo, una vez que me bebí la cerveza me levanté para marcharme. Pero cuando me dispuse a largarme, entró Toni. Al verme sonrió.

—¡Hombre, Aníbal! —exclamó con cierto júbilo.

—Toni, hola —saludé.

—Miguel, ponte dos tercios. Ven, vamos a sentarnos en aquella mesa.

Lo seguí, éramos colegas desde hacía mucho y me senté a su lado.

—¿Cómo te va? —me preguntó.

—He estado mejor.

—Parco en palabras, ¿eh? ¿Se me nota que he aceptado tus consejos de leer?

—Sí, eso parece.

Miguel trajo las cervezas.

—Pues sí. He estado leyendo novelas y eso. ¿Y tú? ¿Qué haces?

—Nada. No hago nada, como siempre, pero busco trabajo —añadí tomando el botellín por el cuello para llevarlo a mi boca.

—Entonces estás con el tío idóneo. Tengo algo entre manos y tú eres mi hombre.

—¿De qué se trata? —pregunté escéptico.

Toni y sus líos no me daban buena espina por lo que pasamos juntos en el pasado. Ese gordo era un buen hijoputa.

—Nada del otro mundo. Estoy colaborando con una organización para traer tías a los puticlubs. No es nada peligroso. Y tú vas a ser mi conductor, si quieres, claro. Seguro que querrás porque te hace falta el dinero —dijo muy seguro de sí mismo.

—Trata de blancas. Eso es un delito, Toni. No sé si me interesa pero el dinero es necesario.

—Calla, no lo llames así —corrigió en voz baja.

—Vale. ¿Cuándo empezaría si acepto?

—Mañana. Te prestaré un coche con el bastidor y la matrícula cambiados. Viajarás a Alicante a una dirección que te daré y te traerás a las payas. Las dejarás en una dirección de aquí, en Murcia. Todo muy sencillo. Lo único que tienes que hacer es conducir.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

—Je, je, je. Dos mil pavos por viaje. Sería uno por semana, y te llevas ese dinero. ¿Te hace?

—Creo que sí.

—¿Crees? ¿Sí o no? —increpó.

—Sí. Por qué no. Lo haré. Trabajaré para ti.

—Perfecto. Mañana a las ocho de la mañana espérame en la puerta del Lolita´s Club. El coche está en un aparcamiento cercano.

—Vale. Allí estaré.

—Ahora vete. Mañana nos vemos —dijo mirándome a los ojos.

—Hasta mañana.

En la buhardilla, estaba tumbado en la cama boca arriba. «Necesito el calor de una mujer».

Me levanté y me senté en el improvisado escritorio a escribir lo que fuere.

«Soy un mero espectador de la barbarie humana. No participo en esta muerte silenciosa y poco digna. A veces los sueños pueden ser premonitorios. Un sueño se cuela en mi inconsciente y lo recuerdo como si fuera una película grabada en Super 8. El suelo se resquebraja bajo mis pies, lucho por no caer y corro como alma que lleva el diablo. Los edificios se derrumban y no me queda otra opción que huir. El caos me rodea, nos rodea y no podemos escapar de él.

¿Qué es el arte? ¿Una forma de expresión? Es lo que nos han enseñado desde siempre, pero yo creo que es mucho más. He llegado a la conclusión de que es una perversión como cualquier otra cosa inventada por el ser humano. El ser humano es perverso, incluso maléfico. La raza humana es un error, los humanos somos la perversión de Dios; una fatalidad.

Al escribir esta palabra me acuerdo de Nietzsche. El hombre es una fatalidad y una perversión. Somos la corrupción del Creador y el alma. Su antagonista, Lucifer, es lo que llamamos el mal. Lo contrario al bien es el mal y lo contrario a Dios es el Diablo y el ser humano, su perversión privada.

Somos una broma de alguien con mucho sentido del humor. Nacimos para ser depredadores de lo que nos rodea. Llegamos a un lugar, acabamos con los recursos naturales y luego hacemos lo mismo en otro sitio. Si eso no es perverso que me digan qué es.

A dos mil años luz está mi hogar. Estoy demasiado lejos para alcanzarte. Estás a siglos de mí. ¿Dónde estoy? ¿Dónde estás?».

Continuará…

Miércoles, trece de diciembre de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Pobres diablos

Relato para el curso de escritura de la Fundación Fuentetaja al que asisto semanalmente.

—Mírate, no eres ni la sombra de lo que fuiste cuando te conocí. Eres un perdedor —dijo la reverberación del espejo.

—Podría haber ganado, pero lo perdí todo —aclaró al reflejo levantando la vista y mirándose en él, desnudo y aterrorizado—. Soy un animal. Soy una bestia que merece la muerte. Ellos no tenían por qué morir. No le habían hecho daño a nadie. Y tú, maldito engendro de la naturaleza me obligaste a ello. Te odio, odio lo que eres aunque seas parte de mí.

—¡Cállate! Sin mí no eres nada. Yo te doy la vida, imbécil. Recuerda que hace años eras un mierda y yo te indiqué el camino. Eres un artista —dijo el reflejo.

—Sí, un asesino, es lo que soy. Y todo gracias a ti.

—Y gracias a mí, eres libre. Te saqué de la prisión que tenías por vida. Me la debes. Para celebrarlo podríamos salir a matar a alguien. ¿Qué me dices? —presionó el otro a través del espejo.

—Anoche me juré que nunca más lo haría —fue la respuesta—. No te necesito.

El hombre frente al espejo cogió una hoja de afeitar.

—¿Es qué no has aprendido nada? Sigues siendo el mismo cobarde de siempre. Vayamos a la calle. Hace una noche preciosa. Siempre hay alguien a quién matar —pidió con fuerza el otro yo.

Odiándose a sí mismo frente al otro colocó la hoja encima de la carótida.

—No tienes huevos para hacerlo, maldito. Venga, mátate. Y verás como morimos los dos. ¡Hazlo!

El hombre desnudo hundió levemente la hoja sin estrenar. Un hilillo de sangre brotó. Comenzó a llorar y la dejó.

—Sé lo que necesitas: un trago y una buena muerte.

Salieron del baño y en el mueble bar se sirvió un lingotazo de escocés. Se vistió con traje y corbata negros.

—¿Listo? —preguntó el reflejo.

—No me queda otra. Quizás tengas razón y sea un mierda que necesita alimentarse de otros.

—Así se habla. Vamos, amigo.

Apagó las luces, cerró la puerta, y salieron a limpiar las calles de pobres diablos.

FIN

 

Sábado, dieciocho de noviembre de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Henry y Anaïs XIII

Imagen: Los escritores Henry Miller (1891-1980) y Anaïs Nin (1903-1977).

Dos almas color rojo sangre

Y el suicidio volvió a mí como un amigo inesperado. Marché hacia la estación de tren como un sonámbulo. Bajo el sol acuciante del mediodía viajé con los pies ardiendo hacia las vías, donde meditaría sobre la existencia de Aníbal Haze. Anaïs me había dado la respuesta a todas mis preguntas. Ya no era necesario seguir con la farsa. Había llegado el momento de dar paso a los que vienen. Sabía que Helena me volvería a romper el corazón. ¿Vale la pena sufrir por eso? Yo creo que no. No vale la pena ni siquiera nacer.

La caminata me dio sed, tenía la lengua de a palmo. Necesitaba beber algo, aunque fuera agua. «¿No hay fuentes públicas en esta tierra?» No sé en qué mundo vivo. Antes había fuentes en los parques donde la gente podía refrescarse. Intenté buscar algún sitio donde beber. Entré en un bar. Fui al baño y bebí en el lavabo. Aparte de que no tenía un euro en el bolsillo no quería pagar por un botellín de agua. No me dio la gana. Seguí mi camino hasta la estación. Entré y me quedé en un andén sentado en un banco. Los viajeros, a lo suyo, iban y venían. Nadie reparaba en mí, era invisible. En algún lugar escuché una vez que cuando quieres ser invisible solo tienes que desearlo. Menuda tontería ¿no? Pero funcionó, eso es lo importante. Los guardias de seguridad me miraban y pasaban de largo. Tuve ganas de mear. A ello fui.

Después de miccionar me senté en el mismo banco. No me apetecía comer ni beber ni fumar. Miraba como llegaba el tren, un vagón, dos vagones, tres vagones. Unos bajaban y otros subían. Premura, locura, calor. ¿Y si me atropellara un tren? ¿Qué pasaría? ¿Quedarían mis sesos esparcidos por ahí? ¿Iría al cielo o al infierno? Los suicidas no van al cielo, eso dicen. Si los políticos van al cielo yo también. No he hecho daño a nadie.

Muchas veces a lo largo de mi vida he pensado que mi existencia es una broma de los dioses. De los griegos, sí, de Dionisos y de Zeus. Seguro que fui engendrado por Dionisos. Tal vez violó a mi madre, una pobre mortal: atractiva, rubia, piel blanca y ojos azules. Le echó el polvo de su vida y se quedó preñada de un dios del Olimpo. Y nací yo. Mi padre, Dionisos, ha pasado de mí porque soy un negado, un estorbo, escoria, un paria; eso soy. Un pseudo escritor que no ha sabido adaptarse a los tiempos y otros le han comido la merienda. En la adolescencia tenía melancolía porque sabía que nadie me entendía. Pero ahora, tras vivir todo lo que he vivido siento tristeza; eso no es bueno. La tristeza mata por dentro hasta que decides acabar con todo.

Hace mucho que no me dan brotes suicidas. He sabido olvidarlo con la escritura, o sacando una sonrisa con una mujer al echar un polvo. Lo he ido olvidando y pudriéndome por dentro como un trozo de carne, vieja y destrozada por las fauces de la sociedad. Entré en la cafetería de la estación. En el baño volví a beber un poco de agua en el lavabo.

El local estaba a rebosar de viajeros. Un tipo joven y vestido de manera informal leía el periódico, miré el titular. No hice caso ni lo medité aunque dijera que los mandos de la Guardia Civil iban a salir a la calle de paisano con el arma reglamentaria, ante la amenaza del Estado Islámico y los últimos atentados en occidente. Uno de esos últimos atentados fue la muerte de cuatro marines americanos en Tennesee (EEUU) a manos de uno de estos llamados terroristas islámicos.

Reflexionemos:

La palabra Terror según la Real Academia Española significa varias cosas pero me quedo con dos para entender la noticia:

Uno: Persona o cosa que produce terror.

Dos: Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.

¡Voilá! Las dos definiciones entran perfectamente en el significado de lo que están haciendo estos lumbreras árabes. Entonces, sí son terroristas porque usan el miedo como principal arma para obtener lo que desean (terror).

Me levanté del banco y me dispuse a seguir la vía en dirección sur. Poco a poco bajo los rayos del sol fui perdiendo de vista a la gente. En un momento solo tenía ante mí hierro y grava. A mi alrededor veía los edificios y las casas bajas de la huerta, pocas, en realidad. Caminaba al lado de la vía, el tren pasó a mi lado; el viento que generó me refrescó. El monstruo mecánico dejó un hedor a metal oxidado como de fábrica de coches o algo parecido.

Seguí andando y pensando en mi vida y en como la había llevado. He sido un desastre, una jodida y auténtica calamidad. Me senté en una piedra bastante grande. Esa piedra no había nacido debajo de mi trasero. Algún camionero la trajo de una cantera y una máquina la depositó para que alguien como yo se sentara. Cuando miras pasar un tren es como ver la vida capítulo a capítulo. Esto me recuerda a Pasa la vida de Pata Negra, una buena canción.

Me situé más alto, ya que la vía y toda la mecánica de construcción había generado una loma. Desde lo más alto divisaba mi pequeño reino. Me senté en el suelo; reflexioné.

«Y ahora pienso y repienso en el Nuevo Orden Mundial. Hace poco leí algo sobre ello en un locutorio sentado frente a un ordenador. Mientras bebía una lata de cerveza leí algo sobre que la Iglesia Católica se ha aliado con los masones de Bilderberg para metamorfosear ante el NOM. La institución necesita adaptarse a los nuevos tiempos. Alguien dijo una vez que el animal que sobrevive no es el más fuerte, sino el que mejor se adapta al medio en el que vive. ¿Y por qué me importa esto? Básicamente porque con este NOM se han cargado la familia como núcleo de la sociedad. Y no me gusta nada. Por otro lado está la unidad de España como bien explica nuestra Carta Magna, esa que usan nuestros políticos para limpiarse el culo. No soy un patriota porque me llamarían facha. Lo que soy es un ciudadano preocupado porque su país se va al garete. Sí, amigos, nos vamos por el sumidero. Nos convertiremos en heces de otra época a favor de la anarquía inducida por las grandes corporaciones.

¿Y a mí qué? Si no me perjudica directamente no es mi problema. El principal dilema del español es la apatía ante las adversidades. Nos han adormecido y aborregado tanto que nada nos afecta y no debería ser así. ¿No os dais cuenta que están aleccionando a vuestros hijos en algo malsano llamado borreguismo? Me he permitido inventarme este apelativo para que se me entienda.

Desde que apareció la nueva Democracia allá por los últimos años del XIX el adormecimiento y el borreguismo se ha ido adaptando a los tiempos, a la educación y a la evolución de la sociedad. La democracia es, para entendernos, el sistema esclavista más perfecto que existe creado por el hombre. Eres libre, claro que sí, pero hasta cierto punto. Puedes votar, puedes elegir pero en el mismo cuadro que con el cristianismo. El libre albedrío, al igual que las urnas es una falacia. La nueva Democracia no es más que una copia barata del cristianismo. Eres libre pero debes serlo según mis leyes y normas, así que no eres libre; me perteneces. ¿Entendéis? La educación, las leyes, la forma de vida, la subida del salario para tener un mejor poder adquisitivo; todo, todo forma parte de la maquinaria para que seamos felices y libres en una jaula con barrotes de oro. Vivimos en una cárcel, señores. Aunque es la única vida que conozco y conoceré.

Cuando eres consciente de que toda tu vida, tu educación, tu forma de vida; todo lo que conoces ha sido en favor de un plan para aleccionarte y adormecerte para ser manejable ante la Serpiente te dan ganas de vomitar. Pero es así. Somos marionetas del Poder y siempre lo seremos. Porque todos los sistemas políticos e ideologías pretenden la esclavitud del pueblo llano. Trabajar, comprar, vender; cualquier movimiento dentro de un sistema político es una forma de esclavitud. Nos dominan hasta en nuestra casa con la publicidad en televisión.

Hagamos una pequeña reflexión y tendremos claro el porqué de esta crisis, sí, la famosa crisis. ¿Recordáis que los políticos nos echaron la culpa diciendo que gastábamos mucho? Lo hicimos porque los sueldos eran altos y porque había dinero para comprar. Se compra porque hay oferta y había mucha. Sobre todo de vivienda, electrodomésticos, muebles, coches. Nos llenaban los ojos y desembocó en que si no tenías esas pertenencias no estabas en el rollo. Había que tener y endeudarse con tarjetas de crédito, préstamos rápidos e hipotecas. Y siguen haciéndolo. Siguen diciendo que para estar en el rollo hay que consumir y gastar más de lo que tienes. Hoy en día el nivel de vida es muy alto; digamos que equiparado con Alemania. Pero, ¿y los sueldos? Son nefastos comparados con los de hace veinte años. Hace dos décadas el poder adquisitivo era mayor porque el dinero entrante y el saliente estaban mucho más equiparados que hoy día.

Vivimos en una mentira. Sí, en una gran estafa inducida por el Poder. No olvidemos que el Poder es un enorme elemento alimentado por la codicia y la ambición de tener y poseer. Y el ser humano es su fiel servidor. El dinero es la herramienta que tiene el Poder de seducir a sus vasallos, los llamados poderosos.

¡Basta ya de política barata! Vayamos a la acción.

Aquí sentado, encima de esta piedra me viene a la cabeza aquella chica. Yo era muy joven, ella también. Le dije: Me tienes, tú me haces real, tú me haces sentir. Lo tenía ensayado, no voy a mentir en algo tan nimio. Fue el mejor polvo de mi vida para un chico tan joven. Viéndolo ahora, me parece tan lejano. Como si fuera la vida de otra persona.

Viene un tren. Desde mi atalaya me siento invencible. Soy un dios, sí, un dios. Soy un gusano, soy un dios. El futuro inmediato me llama a ser un esbozo, algo que pudo ser y no fue. ¿Por qué no ser una madeja de sangre y sesos repartidos por el suelo y aplastados por una enorme máquina? Me sitúo en el extremo de mi atalaya. El sol cae. La noche se acerca con lentitud. Yace el día. Despierta la oscuridad. Me aterra. Respiro hondo, salivo; quiero saltar y golpearme la cabeza con el hierro del tren. ¿Me dolerá? Siempre he tenido pavor al dolor. Pienso en el instante en que choque con el bloque metálico. No creo que encuentren nada potable de mí. Solo desperdicio y muerte. No dista mucho de lo que veo en mí ahora mismo.

Estoy en la misma posición varias horas. Han pasado varios trenes y no me he tirado. El suicido es cosa difícil. Hay que tener huevos. ¿Y yo no tengo? Me defraudo de mí mismo. Decido volver a la buhardilla. Mañana lo intentaré, me digo.

Una hora más tarde estaba en la cama, sudando y salivando. Puede que tuviera la rabia. No recordaba que me hubiera mordido nada ni nadie. El sueño de ser alguien se había esfumado. Ser escritor ¡já! Que risa me da. Hay que ser imbécil para querer dedicarse al arte en este mundo infecto de hideputas y farsantes. Valle-Inclán dijo que en España triunfan los mentirosos y los ladrones. No le faltaba razón. Sufro. Todo me afecta. Ay, el todo. El todo me mata. Intento ser alguien y me muero en el intento. Pretender seguir sabiendo lo que hay es de esclavos y tontos.

Hace tiempo me consideré un espía de este Sistema podrido. Incluso, me creí un mesías. Un Jesús que viene a salvaros con palabra escrita. La verdadera, me dije. Ilusiones de un perdedor y un borracho.

Cerré los ojos y algo que leí hace tiempo me vino a la cabeza:

«Porque mi historia era cierta. De eso estaba seguro. Y era de la máxima importancia, creía yo, que el significado de nuestro viaje quedase clarísimo»

A veces hay citas que por algo se quedan en la mente. Esta es de Hunter S. Thompson de su Miedo y asco en las Vegas. Se quedó grabada en mi mente durante años. Vaya suicida, el tipo. Él si le echó cojones al asunto. Pero a mí, algo me dice: —Stop.

Solo un verano, solo un verano indio con chamanes, mujeres nativas, peyote y lluvia habría precisado para ser el jodido escritor que necesitaba para no morir en el intento. He muerto muchas veces y he renacido otras tantas, pero esta es la definitiva.

No pienso dejar ninguna nota de suicidio. No estoy orgulloso de hacerlo. Vosotros me abocáis a ello. He dejado de luchar. La guerra está perdida y no pienso perder otra vez. Quizá sea un cobarde o un valiente.

Miro a la izquierda y ahí está la botella de whisky del chino de 5€. Le doy un lingotazo. Necesito anestesiarme para no sentir más este dolor en el pecho. Me ahoga.

Enróllate, enróllate, nena. Hazlo por mí. Enróllate cual serpiente a mi tronco y ahógame, mátame; revienta mis músculos. ¡Hazlo!

Estoy solo. Nadie lo va a hacer por mí. Sería tan fácil que un par de perdedores como yo entraran y me pegaran un par de tiros. Sería tan rápido que es imposible que sea verdad.

«No creo en Dios, no creo en los políticos, no creo en la Iglesia, no creo en la globalización, no creo en la vida, no creo en la muerte, no creo en Bunbury, no creo en Morrison, no creo en Miller, no creo en Hank, no creo en la… literatura. No creo en mí. Ya no creo en nada». Y me dormí pensando en estas palabras.

Los días siguientes estuve yendo a mi atalaya. Vi pasar muchos trenes durante unas doce horas. No tuve los arrestos suficientes para tirarme al tren. Algo me decía desde dentro que no lo hiciera. ¿Quieres callarte? Le rogaba. Pero la voz seguía y seguía. Me sentaba en la piedra y lloraba mirándome los zapatos. Volví a intentarlo. Los pies estaban fijos al suelo. No podía moverlos. Lo intentaba pero no se inmutaban. No me hacían caso.

Sin dinero y sin aspiraciones de ningún tipo estaba muerto en vida. En la buhardilla me dejaba ir poco a poco. Buscaba la situación para suicidarme. El momento perfecto, sí, ese instante donde lo ves todo claro. Lo buscaba. Debía ser paciente. Mientras tanto, esperaría yaciendo en aquella cama estrecha y pequeña.

¿Qué estará haciendo Anaïs? ¿Por qué pienso en esa embustera? ¿La he amado? ¿Me ha amado ella? No lo sé. Echamos el último polvo. Quise ser una persona por ella. Creí que merecía la pena, pero a la mínima me traicionó. Así es la vida y así son las mujeres.

Me desperté sobresaltado y sudando. Hoy es el día. Me levanté y caminé el mismo trecho hasta la loma encima de la vía. Cuando llegué, encendí una colilla que me encontré en el suelo de camino hasta allí. Le pegué una larga calada y se consumió. Hacía fresco aquella mañana. Se me erizó el vello. Miré a mi izquierda y ahí venía el monstruo metálico.

Las luces me cegaban. Agudicé los ojos y lo vi claro. Ahora o nunca, pensé. Respiré hondo y flexioné las rodillas. Estiré las piernas. La máquina venía lentamente. Como si supiera que yo estaba allí y no qusiera llegar para que realizara lo que estaba pensando.

Abrí los brazos. En cruz los tenía al tiempo que el tren llegaba. En el instante que estaba frente a mí me dejé caer al vacío. Volé, viajé en el tiempo y lo vislumbré clarísimo. Era un gusano, un perdedor. Era un dios sumergido en una botella de whisky.

El golpe ha sido tremendo. Creo que me he abierto la cabeza. Joder, me duele todo el cuerpo. Muevo las piernas, los brazos. Estoy bien. Estoy vivo. ¿Por qué lo estoy si me he tirado hacia el monstruo mecánico? Quizá debí saltar con más fuerza. O correr y lanzarme con un buen impulso. ¿La verdad? No me desagrada estar vivo. Me levanté con todos los músculos doloridos. Tremendo golpetazo me he dado.

Comencé a caminar en dirección a la ciudad.

«Estoy seco. Necesito una trago», pensé.

Así es la historia de mi vida. Una pérdida. Yo mismo lo soy. Un perdedor, un borracho y un inútil con aspiraciones de ser alguien.

Fin.

 

Sábado, diecinueve de agosto de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Henry y Anaïs XII

Imagen: Sylvia Kristel (1952-2012) fue la mítica protagonista de la película Emmanuelle (1974). La cinta está basada en la novela homónima de Emmanuelle Arsan publicada clandestinamente en Francia en 1959.

Dos almas rojo sangre

Me desvestí. Me quedé en calzoncillos encima de la cama, miraba al techo y recordé un sueño que tuve unas semanas atrás. Puede que fuera cuando pensaba todo el día en suicidarme, todavía lo pienso, pero no todo el tiempo. «Hoy tengo algo por lo que vivir, voy a echar un polvo»

«La sensualidad contiene el camino de las curvas sinuosas que me lleva desde la profundidad del cisne que tienes por cuello, de las colinas separadas por la anchura de Excalibur; de la sinuosa pradera y el desierto ardiente y caluroso hasta llegar ahí, al pequeño oasis. El pequeño estanque llamado tu ombligo.

Por carreteras secundarias conduzco al anochecer. Pronto la noche esclarecerá mis sentidos y me convertirá en un no muerto para convivir con los seres de la noche. Para alimentarme de vosotros, sí, de vosotros, los humanos. Me alimento de vuestras almas, vuestros pensamientos y vuestros deseos. Soy el Rey de la Noche. ¿Quién te ama? ¿Quién te hace daño? ¿Quién osa desafiarte, Señor?…»

Miré a mi alrededor, la calle estaba silenciosa, callada; solo algún vehículo chirriaba y se quejaba del tremendo calor de aquella tarde de junio. Me levanté, abrí el mini frigorífico y para mi pesadumbre y aburrimiento no había cerveza. Me puse la camiseta, blanca, por supuesto. Bajé a la calle para ir al chino de la esquina a comprar cerveza.

Como el hombre de detrás de la puerta caminé sigiloso por la acera. El suelo quemaba, los pies me ardían dentro de las zapatillas de deporte. Joder, no aguanto el verano; es un infierno.

Entré en la tienda, oscura, lúgubre y pequeña. El chino me miró con aprobación. Me conocía, iba por allí a diario. Cogí un paquete de seis latas de cerveza de la nevera. Las pagué y con la bolsa de plástico en la mano emprendí el camino de regreso a la buhardilla.

Con el sol en la cara, me abrasaba, presencié en la acera de enfrente una pelea en una terraza. Un tipo árabe increpaba a un hombre, supuse que sería cristiano-español. Me paré a ver la escena. El hombre cristiano fue agredido, se alejaba del tipo árabe. Éste esquivó un puñetazo del cristiano, intentó marcharse pero el moro lo agarró por la camisa; se la desgarró y le arreó una hostia. El camarero intentó defender al hombre pero el árabe le dio un tremendo botellazo en la cabeza. El tío estaba bien armado. Soy un hombre no violento, aunque me he peleado muchas veces; pero siempre ha sido por una cuestión de honor. Los borrachos también tenemos honor, ¡eh! Este tipo de cosas me afectan porque no me gustan esas actitudes mal sanas. Afiné el oído y escuché que el árabe dijo literalmente: «Tú eres español, eres de aquí y me tienes que tener miedo, soy árabe»

Primero, me quedé perplejo y luego me asaltaron un montón de sentimientos. Puede que alguno de animadversión ante las palabras del musulmán. Sentí un poco de miedo. ¿Por qué no tenerlo cuando el mundo en el que vives se tambalea?

En la buhardilla recopilé mentalmente todo lo que pude de los artículos que había leído en periódicos digitales independientes sobre la islamización de Europa. Un caso curioso para los que hemos estudiado historia y un caso alarmante donde el miedo es el protagonista para los que no la tienen en cuenta.

¿Por qué desde el último gobierno socialista favorecen a los inmigrantes árabes en el tema de ayudas estatales por encima del español nativo? No soy un erudito, pero últimamente la izquierda cree que es mejor acabar con nuestra cultura; empezando por la religión. Y yo pienso, históricamente lo que ha unido a la gente y a los ejércitos en una fe común es la religión. Al igual que a los moros los une Alá y su Guerra Santa (Yihad). La institución puede caer pero, ¿y la Fe? Esta es inquebrantable para el verdadero creyente. Soy ateo pero respeto la libertad de culto. Vivimos en un país democrático ¿no? Sé de dónde vengo y no reniego de ellos, aunque mis creencias son otras. El primer pilar de nuestra sociedad está siendo atacado desde dentro: la religión o más bien la institución de la Iglesia. Es fácil atacar cuando se ha perdido la percepción entre Iglesia y creencia.

Si hacemos creer a la gente que las dos cosas son lo mismo será muy simple alejarlos de su cultura. El segundo pilar que están atacando es la familia. ¿Cómo se puede atentar contra el núcleo familiar? Pues no teniendo hijos. ¿Por qué? Porque los precios están por las nubes y los sueldos cada vez son más bajos. Si consigues que la gente no tenga hijos tendrás el control de las familias. Muy simple, sin hijos no hay familia ni por lo que luchar. En este país concebir un bebé es muy caro. Todo lo que rodea a un niño es un abuso tremendo.

Y ¿si a las familias con hijos les quitamos el control y hacemos que odien a sus padres? Es la política de divide y vencerás. Desde pequeños en cuanto entran en primaria les cuentan el cuento de que sus padres no tienen autoridad frente a ellos. Solo les falta decirles a los pobres infantes que el Estado cuidará de ellos y no tendrán que preocuparse por nada. Y para más inri les dicen que hasta los maestros no tienen ninguna autoridad con ellos. Entonces el niño se convierte en un tirano frente a la sociedad. Se convierte en un ser mal nutrido emocionalmente, una bomba de relojería.

Los padres no pueden con ellos porque aparte los emborrachan con posesiones absurdas y caprichos mal sanos para el crecimiento emocional, el más importante. Les hacen creer que son los reyes de la casa y solo son meros príncipes que tienen que ganarse el puesto en la familia con respeto y amor. Si se consiguen romper esos pilares fundamentales en la sociedad, esa sociedad se volverá vulnerable y será fácilmente atacada y consumida por una más fuerte. Lo que no entiendo es el afán de los políticos europeos en este tema. Prefieren dar alas al que viene antes del que está. Es preocupante este comportamiento.

Pero y ¿si pensamos en una mano negra superior con más poder que los políticos? Pensemos. Entonces la ecuación es perfecta. Tenemos un Nuevo Orden Mundial en marcha, sí, señor. Acabando con todo lo establecido: creencias, formas de vida. Inoculando un virus mortal para que nosotros nos autodestruyamos y otros vengan a rematarnos. Parece que todos somos víctimas de ese NOM. Somos marionetas de un juego macabro. En la antigüedad les podríamos haber echado la culpa a los dioses, pero no; son personas de carne y hueso los que quieren acabar con nuestra forma de vida.

Paré de escribir un momento, tenía la garganta seca. Encendí un cigarrillo y di un trago a la cerveza, la acabé. Al día siguiente leí la noticia de la pelea en un periódico. Un escalofrío recorrió mi espalda.

Llamaron a la puerta.

—Hola, Aníbal.

Acababa de llegar Helena. La bella diosa de la antigüedad había llegado a mi morada y entraba con elegancia, ataviada en aquel vestido blanco de lino. Estaba bellísima.

—Hola. Entra —pedí.

—No me ha costado nada encontrar el edificio pero subir ha sido una odisea. Estoy sudando —comentó sentándose en el borde la cama. Se daba aire con un abanico de imitación de nácar.

—Toma, refréscate —invité dándole una lata de cerveza. La abrió.

Se me ha olvidado mencionar que llegó a la buhardilla con dos bolsas. Una con dos hamburguesas para cenar y otra con whisky y hielo. Una mujer realmente completa.

Me senté a su lado. Mis ojos admiraban su belleza del sureste. Su piel, pálida pero rojiza por el sol abrasador de junio. El cabello castaño en verano y oscuro en invierno. Sus ojos oscuros y resplandecientes llenos de vida. Los labios, pálidos, gruesos y deseando ser besados, por mí. La besé tímidamente. Por alguna razón estaba nervioso. Se tumbó en la cama boca arriba. Su mirada decía lo que tenía que hacer. Alcé el vestido y me zambullí bajo él. Ella misma me desabotonó el vaquero mientras nos besábamos. Se la metió de una sola estocada. Tenía tantas ganas de ella que en un santiamén me corrí. No le importó. Me dijo que le gustaba estar conmigo porque mi picha y yo éramos auténticos. Luego comimos y bebimos.

—He presenciado una pelea. Un moro le ha pegado a un hombre. Le ha dicho que tiene que tenerle miedo porque él es árabe —dije sentado en la cama con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared.

—Joder, estamos rodeados de odio.

La miré y ciertamente tenía razón. Y mucha. La abracé como si estuviéramos ciertos de que el desastre estaba cerca.

Nos besamos de nuevo y le dimos al asunto un buen rato. Esa vez si aguanté la zambullida como un jabato.

Rememoro sentimientos, es lo que de verdad importa para sobrevivir ¿no? No me creo las astucias de los iluminados sobre el futuro, el estado del bienestar y esas patrañas de tíos con polla pequeña y mujeres con el coño reseco. Hablando de coños:

«Como Edmund Hillary1 me siento al ascender por las columnas que a un semi dios permitieron separar. ¡Y al fin Livingstone2 descubrió las cataratas! Y yo descubro con los ojos empequeñecidos la bravura escarpada del Monte separado por la cascada de lava. La lava del volcán de tu amor» Lo llamaré Poema entre las piernas y el coño.

1: Hillary fue el primero en llegar a la cima del Everest y regresar con vida, el 29 de mayo de 1953.

2: Explorador británico del siglo XIX. Descubrió las cataratas Victoria y los lagos Bangweulu y Moero entre otros.

He tenido tantas mujeres, mejor dicho, ellas me han tenido. Helena me tiene. Desde que hemos vuelto a encamarnos la deseo a todas horas. He rechazado a otras de estofa menor, aunque al fin y al cabo son mujeres. Tiene raja, como todas. Pero no, prefiero esperar a Helena. Prefiero zambullirme en la sabiduría de su sexo experimentado y deseoso de mí. No sé si la quiero, pero es más de lo que he sentido por una mujer en mi vida. Tal vez quise a Alicia, la pelirroja por la que perdí la cabeza. Posiblemente la amé. Hace mucho de eso, no lo recuerdo. Quizá quise a Mona. Cristina, oh Cristina. La pequeña locuela, amante de toda sustancia que la sacara de su tediosa vida. M.A. y sus tonterías de ser superior y mediocre. Detesto a las personas de su clase. Se creen aristócratas y claro, por creerse eso ya piensan que pueden dar consejos a diestro y siniestro. Odio a las personas que por estudiar se creen lo mejor de lo mejor. Yo soy el mejor escritor de este siglo y no me creo mejor que nadie. Ahí está la diferencia. Y ellas, ¿me han amado a mí? Tampoco lo sé.

Solo deseo una matriz en la que vivir y en la que estar protegido y ser feliz. Helena no posee esa matriz. Nunca abandonará su vida cómoda de madre y mujer casada con un imbécil. Es un idiota pero es su marido, no la culpo. ¿Seguiré buscando? Ahora mismo no tengo ni idea. Me podría suicidar por no haber encontrado el amor verdadero. Una maravillosa opción. La mejor, creo.

Imagino acabar mis días agonizando lentamente. No temo al dolor. Follar y estar con Helena me ha dado fuerzas. Miento, ella sola no me ha dado al fortaleza necesaria. Es este mundo, es la gente, es la podredumbre que me rodea la que me da la fuerza que me falta. Helena, oh, Helena. Sé que pronto partirás porque te enamorarás. Volverás a tus quehaceres diarios y ¿yo qué? La falta de amor es la manera más cruel de morir. Te consumes día a día. Tu espíritu muere poco a poco entre tristezas y recuerdos.

Una mañana como otra cualquiera, tediosa y calurosa, vagaba por la ciudad pensando en ir a la Biblioteca Regional a perderme un poco. Pasaba por una terraza con la cabeza gacha y embutido en mis pensamientos cuando levanté la testa y allí estaba: ¡Anaïs! Era ella, estaba sola, bebiendo un café y fumando, como siempre. La miré de reojo y seguí mi camino pero ella debió conocer mis andares cuando:

—¡Aníbal! —gritó a mi espalda.

Me volví y allí estaba, de pie. Bellísima y sonriente ante mí. Anaïs, Anaïs, de nuevo te veo, ardor de mis ardores.

¿Por qué no la he nombrado cuando he hecho un recuento de mis mujeres? Creo que la había olvidado. En un punto de mi vida reciente me hizo daño y creí olvidarla. Pero al verla de nuevo todo volvió de golpe. La aventura y el peligro me llamaban, de nuevo.

—Hola, Anaïs —dije ante ella.

—¿Cómo te va? —preguntó.

—Bien.

—¿Quieres un café?

Dudé un momento.

—Por qué no —acepté a sabiendas de que podía sufrir en manos de aquella mujer extremadamente bella por dentro y por fuera.

Me senté con ella a la mesa.

—Hace mucho que no nos vemos —añadió para quedar bien.

—No seas condescendiente, conmigo no, por favor.

—Vale. Tienes razón. ¿Cómo estás? —corrigió.

—No me va mal. Nada cambia, así que va bien, supongo.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó mirándome con aquellos ojos que me enloquecieron unos meses atrás.

—Café solo.

Pidió el café al camarero y me invitó a fumar.

—Tengo una exposición nueva en la galería. Podrías ir a verla. Me gustaría que fueras —pidió con un brillo especial en los ojos que me conocía muy bien.

—Vale. Quizá vaya.

Fumé, bebí el café de un trago y eso que estaba ardiendo. Quería largarme de allí. No me encontraba bien.

—Tengo que irme, Anaïs. Me ha gustado verte —dije apagando el cigarrillo.

—No te vayas, por favor —pidió agarrando mi mano.

—Tú dirás.

—No seas tan brusco, por favor. Bueno, en este tiempo que no nos vemos han cambiado aspectos de mi vida. Y todo te lo debo a ti…

«¿Ah, sí?» pensé incrédulo.

—Aníbal, me enseñaste a verme como realmente era. Me hiciste ver que soy una mujer especial pero también una frívola. Me enseñaste mucho en poco tiempo. Nadie me ha mirado como tú lo hacías, eras sincero y te fallé. Intenté obligarte a hacer algo que no querías. Quise convertirte en un artista sin saber que ya lo eres. Te juzgué sin saber qué sentías y qué pensabas. ¿Podrás perdonarme?

—El perdón es ambiguo. Incluso es superficial. Te he perdonado pero no he olvidado. Yo sentía algo por ti y lo machacaste de una patada. Creía en ti. Pensé que eras mi musa y yo tu inspiración. Podríamos haber sido como los dioses de la mitología.

—Lo sé. Y lo siento —dijo apenada y con los ojos vidriosos—. También rompí con Malena. Me di cuenta que me hacía daño su cercanía y mi relación con ella. Tú has sido mi guía, me has respetado sin querer cambiar nada de mí.

—Hemos sido como el cielo y el infierno, Anaïs. La artista que llevas dentro te posee y te crees esa diosa de la que hablaba hace un momento. Quizá te quise y me mataste. Me fui porque no sabía cómo pudo pasar aquello. Lamento haber desaparecido sin decir nada.

—Te entiendo. ¿Quieres dar un paseo? —preguntó pidiendo la cuenta.

—Pensaba ir a la biblioteca, pero iré más tarde.

—No cambies tus planes por mí. ¿Puedo acompañarte? —preguntó con interés.

Aquella mujer tenía de mí algo que yo desconocía. Su cabello ondulado y oscuro, sus ojos brillantes y sus labios gruesos y pálidos me hicieron sucumbir por segunda vez y accedí a que me acompañara.

Llegamos a la biblioteca y fui directo a los ordenadores a buscar algo que tenía en mente: Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu. Un cuento de terror que tenía muchas ganas de leer. Estaba probando «sustancias» nuevas. Algo saldría de mi pluma, estaba cierto de ello.

Fuimos a la zona de los clásicos en la planta baja. Busqué el libro por orden numeral y allí estaba, esperándome. Anaïs me miraba con admiración como en los viejos tiempos. Durante el instante que leí la sinopsis de la obra miraba de soslayo la vestimenta de la fotógrafa: falda negra de vuelo y blusa negra con escote y botones. Me gustó antes y me gustaba en ese momento. Me sentí hipnotizado por ella.

La miré a los ojos. Me miró. Nos acercamos y la abracé por la cintura. Se aupó buscando mis labios, la besé, me besó.

—Estaba deseando que me besaras —susurró.

—Yo también lo deseaba.

Volvimos a besarnos y la alcé del suelo. La apoyé en la estantería y aquello vislumbraba algo más que un beso. Levanté el vestido, ladeé la ropa interior y ella bufó en mi boca deseándome sin importarle donde estábamos y si podían vernos. Del culo la agarré con fuerza, la besaba como si nunca lo hubiera hecho. Bajó la cremallera de mi pantalón y sacó la picha y yo la apreté más fuerte contra mí. La penetré con saña. Nos inundamos de besos, alientos encontrados y fluidos. Una estocada, otra, otra… y acabé, dejándola mientras recomponía su ropa; a sabiendas de que yo no volvería. No miré atrás.

Continuará…

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Viernes, once de agosto de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

En brazos de… V

Andaba más perdido que encontrado, deambulaba mental y físicamente por las calles de mi mente y de la ciudad. Aquella noche caminaba por una calle oscura, fea, mugrienta y solitaria. Levanté la cabeza, miré al frente, había coches aparcados en la calzada y un letrero de un bar a unos metros.

Pensé en las semanas que había estado vagabundeando con la cabeza gacha, la vergüenza que sentía por mí mismo, algo insólito. He sido un cara dura, un vagabundo y escritor borracho. ¿Y ahora qué? Ahora ¡MIERDA! Me siento jodidamente mal, he perdido, ya no veré cómo gané la guerra*. La gran mierda que me rodea me ha comido y camino con la testa agachada cual avestruz. Aunque dentro de mi infierno personal encuentro siempre un aliciente para vivir unas horas más. Y mientras, Aníbal Haze vivirá intentando ser un escritor, borracho, sí, pero escritor.

*(El autor hace un juego de palabras con el título de la película de Richard Lester Cómo gané la guerra de 1967).

Paré la caminata en seco. Hacía bastante calor, registré mis bolsillos y encontré un desgastado billete de diez euros en los vaqueros. No acertaba a recordar cuánto tiempo llevaba allí. Me estaba volviendo un cerdo, pero estaba bien para mí. Miré al frente por segunda vez y aquel luminoso rojo decía: La gatita. «Veamos que se cuece en La gatita». Al entrar en el bareto, una canción que siempre me ha gustado estaba sonando. Dumb de Nirvana lucía mis oídos en una escasa y breve felicidad. Me entraron ganas de beber. Pedí una cerveza. La gatita era un antro normal y corriente, sí, de esos que la música es lo de menos y el tipo de detrás de la barra parece hasta un poco grunge; aunque descafeinado.

El corte siguiente: ¡El hombre que vendió el mundo! En la voz de Kurt y en la composición del recientemente muerto y enterrado David Bowie, fue y es una canción maravillosa en ambas voces. «Creo que fue su tercer álbum» pensé mientras daba el primer trago a la cerveza previo pago de la consumición, claro está.

Encendí el último Benson, realmente estaba en bancarrota, y no hacía nada para remediarlo. Estaba en el filo de la navaja al igual que Cobain, pero él tuvo huevos para suicidarse, yo aún no. Lo admiro por eso. Llevo tanto tiempo queriendo hacerlo que he llegado a pensar que mi manera de suicidarme es escribiendo. Creo que es mi forma de despedirme poco a poco. ¿La verdad? No lo sé, ahora mismo solo quiero beber. He nacido para beber y no hacer nada, beber, beber y escribir inmundicias sobre este mundo putrefacto y falto de sentido. Otras veces he pensado en marcharme a la selva, la amazónica, por ejemplo, pero enseguida se me pasa.

No tengo miedo a volar, tengo pavor al cambio, al igual que todo español medio. Simplemente son pensamientos de esta salida de la treintena, indecente y mala influencia para cualquiera.

Mis ojos vieron entrar a una gachí  que no estaba nada mal. No parecía de aquel lugar, debía ser de mi edad año arriba, año abajo. Se sentó en un taburete en el otro extremo de la barra .Pidió una pinta de cerveza. La miré un momento, la observaba, siempre me ha gustado observar a la gente. Me pilló mirándola, llamó al camarero y éste me dijo que fuera a sentarme con la chica. Allí fui sin saber que posiblemente me podía cambiar la vida. Lo digo porque conocer a alguien te puede mejorar o terminar de joder la vida y más en un lugar como aquel.

Me senté a su lado mirando al frente.

─¿Por qué me mirabas? ─preguntó la chica rubia con mechas.

─Te observaba porque no pareces de este lugar ─respondí sin mirarla.

─¿Por qué no te parezco de este sitio? Cualquiera puede ser de donde quiera.

─Si tú lo dices, a mí particularmente me da igual. Es mi forma de decirte que eres la mujer más atractiva que he visto en mucho tiempo ─expuse mirándola de soslayo.

Sacó un cigarrillo Malboro, miré el pitillo fijamente…

─¿Quieres uno?

─Sí.

Me dio uno y lo prendí. Al dar la primera calada me sentí desdichado. Más triste de lo normal. En tiempos pasados mataba la tristeza hincándome en un coño. Me refugiaba allí. Últimamente no me satisface. No digo que todos los coños sean iguales, me refiero a que todas las mujeres son portadoras de un coño. Conoces uno, conoces a fondo a una mujer y luego te parecen todos iguales. Después de haberme zambullido en cientos de ellos ya no les encuentro aliciente, por no decir que todas las mujeres con las que he vivido (que han sido unas cuantas) han abusado de mí. Me han sacado el dinero porque soy un buen tipo. La verdad es que soy tan confiado que soy gilipollas perdido, pero algo hay que ser en esta vida ¿verdad papá?

─Oye, ¿estás bien? ─me preguntó la chica sin nombre.

─Sí, estaba distraído.

El cigarro se consumió entre mis dedos, me quemé y lo tiré al suelo.

─¿Distraído? Estabas en otro mundo, melón.

─Bueno, tienes razón. Estaba embutido en mis pensamientos, no estoy pasando por lo mejor de mi vida.

─Querido, yo tampoco estoy en mi mejor momento. ¿Cómo te llamas, melón? ─dijo mirándome a los ojos.

─Melón está bien.

─Ja, ja, ja, como quieras, melón.

Pedí otras dos consumiciones y las pagué.

─Bueno, se ha acabado el dinero ─comenté bebiéndome el tercio de cerveza de un trago.

Me miró y sonreía levemente, encendió otro cigarrillo, recogió la cajetilla y la metió en el bolso.

─Ven conmigo, melón.

Sin dudarlo la seguí, no tenía nada mejor que hacer. Salimos fuera del bareto.

─Sígueme ─lo hice pero andaba más rápido que yo en aquellos vaqueros blancos. Tenía un buen culo, era bonito verla caminar con los pantalones de cintura alta.

Me llevó a un chino justo en la acera de enfrente de La gatita.

─Hola, Chen ─saludó al chino-dependiente.

El tipo no saludó, levantó la vista del ordenador para ver quién era. Se me quedó mirando y siguió a lo suyo.

Conocía como se llamaba el tío, para conocerlo debía ir con mucha frecuencia. Me quedé esperando en el mostrador y ella agarró unos litros de cerveza de la más cara y unas bolsas de patatas fritas. Chen dejó de ver en el ordenador la típica película de artes marciales. La miró esperando a que pidiera la cuenta, o pidiera más cosas.

─Ponme también un cartón de Malboro, una botella de White Label y un saco de cubitos. Apúntalo en la cuenta de Antonio. Ayúdame con las bolsas, melón ─me pidió amablemente.

─Irene, debo llamarlo, espera.

Chen tomó el móvil y llamó al tal Antonio. Irene me miraba de arriba abajo y yo simplemente pasaba de ella, del chino y del tío al que llamaba.

─Antonio dice que vale y pregunta si vas a ir a su casa esta semana.

─Dile que iré mañana ─puso cara de asco al decirlo.

─Dice que va mañana. Está bien. Adiós, Antonio ─dijo Chen con agrado.

─Adiós, Chen.

Nos largamos de allí cargados como mulas.

─¿Dónde vamos con todo esto? ─pregunté.

─A mí casa, melón.

─¿Andando? ─pregunté cansado nada más empezar.

─No, en mi coche. ¿Ves como eres un melón?

Llegamos a su coche en la calle perpendicular a la tienda del chino. Dejó las bolsas en el suelo, rebuscó en su bolso, tomó las llaves del coche y lo abrió. Su coche estaba peor del que tuve hace unos años. Estaba realmente desvencijado y destrozado con todo tipo de abolladuras. Era un Nissan Almera sin portón.

En unos minutos llegamos a la casa de mi acompañante. Aparcó en la calle, no muy bien que digamos. Bajamos las bolsas, vivía en un apartamento de esos que parecen nichos. El edificio de apartamentos era enorme. Las viviendas parecían distribuidas como en una colmena. El ascensor no funcionaba, eso me sonaba. Subimos cinco pisos andando, al llegar a la quinta planta estaba cansado, sudoroso y sediento. Al entrar dejé las bolsas encima de una mesita de formica y me senté en el sofá. Me retrepé quitándome el sudor de la frente con la manga de la camiseta de color negro. Irene se quitó los zapatos en el dormitorio y se sentó a mi lado.

—¿Vas a servir las bebidas?

Estaba demasiado cansado para contradecirla. Por su mirada supe que no lo íbamos a hacer. Abrí un litro de cerveza, fui a la pequeña cocina y cogí cuatro vasos; dos para la cerveza y dos para dos culines de White Label. Aquella escena parecía un viejo blues de carretera, polvorienta y solitaria. Un cuatro por cuatro lento y siniestro como las canciones de Howlin´ Wolf.

—Y tú ¿a qué te dedicas, melón? —preguntó sin mirarme. Solo miraba el vaso con el whisky en el interior, lo admiraba.

—Pues… últimamente no me dedico a nada. He tomado la decisión de solo estar. Solo ocupo sitio, no hago nada, bueno, ahora sí. Te he conocido, hemos bebido y seguimos bebiendo aquí, en tu casa. ¿Y tú?

Abrí el cartón de tabaco, rompí el precinto de una cajetilla y encendí dos cigarrillos con el mechero de Irene.

—Solo bebo, esa es mi profesión, beber y beber.

—Beber está bien, es un trabajo a tiempo completo —Hubo un silencio—. Y el tipo ¿Cómo se llama? ¿Antonio? —dije sirviendo más bebida de las Tierras Altas en ambos vasos.

—Digamos que es mi benefactor, me mantiene. Es un viejo loco, pianista de conciertos retirado. Tiene mucho dinero y lo gasta con mujeres como yo.

Me recosté aún más en el sofá.

—Me voy a la cama —dijo Irene.

Sin más se levantó del sofá y se largó. Me quedé allí sentado. Busqué en una cómoda pequeñísima papel y boli, lo encontré en uno de los cajones y volví al sofá; pensé un momento y comencé a escribir.

«La vida, la muerte, todo en uno. 5 a 1 a que le gano la partida a la muerte, o a la vida, quién sabe. Hace un tiempo quería suicidarme, sin darme cuenta deseché la idea. El hastío, la vieja tristeza aparece cuando más tranquilo estoy. No me va a dejar en paz, no me va a dejar vivir. Ojalá fuera melancolía, se mata bebiendo, o follando. Pero la tristeza, mi vieja amiga, mi antigua amante desde la adolescencia no quiere abandonarme y este curtido y malogrado cuerpo pocos embates puede soportar ya».

Miré el vaso vacío en la mesita de formica, cerré los ojos y clavé la frente en la mesa encima del papel recién escrito. Me dormí.

Para leer En brazos de IV pincha aquí No es una continuación pero lo mismo te ahorro buscar el anterior.

Miércoles, diecinueve de julio de dos mil diecisite.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs XI

Dos almas rojo sangre

Imagen: Lauren Bacall le da fuego a Humphrey Bogart.

«Los polvos, el alcohol, las drogas, cualquier cosa que funcione para escapar o adornar la vida de algo humano para no perder el equilibro. A veces estar todo el día colocado y borracho es bueno para el alma, ayuda a que no se pudra. Encima de todo esto me he dedicado a escribir, ¿para qué? Quizá quería ser un gran escritor, al final soy un paria más. Un perdedor, un fracasado. Soy una piedra en el camino de cualquiera, a la que pisotear y dar una patada cuando se pone en medio. Hace tiempo publiqué dos libros de relatos eróticos. En un pis pás mataron mi ilusión, la ignorancia y la falta de respeto entraron de golpe y yo soy un tipo demasiado sensible para aguantar los embates violentos de la mediocridad de este país. Por ello decidí dejar de publicar, no lo voy a hacer más. Aunque haya gente empeñada en que lo haga. Nunca he querido ser nada, ni nadie siquiera, solo ser yo y seguir mi camino, lo demás es paja. ¿Publicar? Siempre he pensado que los artistas son exhibicionistas porque se muestran, yo no lo seré más, no puedo luchar eternamente contra la mediocridad y la ignorancia. Prefiero tener el culo pegado a esta cama y dejarme morir, o simplemente yacer al margen de lo que se cuece fuera, no me interesa. No me interesas, ignorante, me importa un bledo si vives o mueres, igual que yo te importo una mierda. He conocido a tanta gente miserable que me da asco, también borrachos ilustres como Juan o Charlie «Parker». Soy sincero y claro conmigo mismo y con la gente, no me escondo tras una máscara, salgo a pecho descubierto, nada me acojona, no tengo miedo, sé quién soy, un gilipollas, un fracasado ¿y qué? Soy yo, Aníbal Haze, un paria, no me arrepiento de nada porque soy responsable de mí mismo».

No tengo ni pajolera idea del tiempo que pasé encerrado en la buhardilla, no sé si he contado que regresé a la buhardilla por 20€ a la semana. Manolo, el propietario no me echaría si no pagaba o tardaba en hacerlo, era buen tipo. Y como yo era silencioso y no armaba bronca le daba igual tenerme allí gratis o pagando cuando pudiera. Mucho de lo que he escrito en este viejo ordenador se ha evaporado por un virus o algo que cogió este cabrón. Pero como creatividad no me falta escribo de nuevo. No soy un mediocre cagao de miedo porque no tiene inspiración ni creatividad. Y esos son los buenos, ¿cómo serán los malos? Jajajá.

Tenía las articulaciones entumecidas, estaba al borde del colapso, tenía que salir de la buhardilla, aún tenía que perpetrar mi suicidio, já. Me duché, me puse lo primero que alcancé y salí a la calle. Tenía hambre, pero no tenía un chavo, mala cosa. Las tripas me rugían, no había comido en unos siete días, las hijas de puta aullaban desesperadas. —Debéis esperar —me dije.

Paseaba por una calle llena de bares y confiterías, me paraba delante del escaparate viendo esos milhojas, los pasteles de carne, joder, la boca segregaba más saliva de la que podía retener en la boca. Agachaba la cabeza y seguía caminando como un zombi en busca de algo, comida, montones de comida, carne, pescado, verdura, cualquier cosa que callara mis jodidas entrañas. Quizá debiera buscar un trabajo, puede que sí porque el INEM no me daba ni para pipas peladas. Quería morirme, y no trabajar para darle lo suyo al Gran Hermano. Paseando con el sol en la testa, cabeza gacha, el hambre me estaba matando, pensaba entrar en una tienda y robar una manzana o algo que me alimentara. A todo esto levanté la cabeza y una morenaza de treinta y tantos estaba encuadrada en mi campo de visión frontal, conforme venía hacia mí creí conocerla, me era familiar. Al llegar a mi altura…

─¡Aníbal! ¿Eres tú? ─preguntó la morenaza de piel blanquecina.

─Sí, soy yo ─dije pensativo.

─Soy Helena, la mujer de Michel.

Me miraba con ojos radiantes, negros, enigmáticos. Llevaba el cabello suelto, ligeramente rizado, una falda de tubo negra, camisa blanca con escote, estaba preciosa.

─Helena, joder, perdona, no te he reconocido. Estoy muy despistado últimamente ─que coño, el hambre no me dejaba pensar.

─No importa, ¿cómo estás? ─preguntó mirándome a los ojos.

─Estoy fatal, llevo una semana sin comer, ¿me puedes prestar algo? ─pregunté humildemente dando lástima tomándola del brazo amigablemente.

─Joder, Aníbal, ¿no vas a cambiar nunca? Ven, vamos a ese bar, yo invito, y así hablamos.

Lo que más me gustaba de Helena era su carácter humilde, no trataba a la gente como inferiores, al contrario, yo le gustaba. Entramos en el bar, un buen bar de tapas me pareció. Miré la vitrina y la magra con tomate llevaba mi nombre, nos sentamos a pie de barra. Pedí una cerveza, un bocata de magra con tomate y olivas partidas. Helena pidió un vermut y unas patatas fritas con limón, pimienta y aceitunas rellenas.

─¿Cuánto hace que no nos vemos? ─ preguntó Helena.

─¿Un año? Ni idea la verdad.

─Más o menos un año, sí. Te he echado de menos, eres un hombre admirable, escribes con el corazón, las entrañas gritan cuando creas, eres muy hombre, Aníbal.

─Si tú lo dices. Soy esto que ves, un despojo, un paria. Tienes una familia, tienes dos hijas que te quieren, tienes un marido, un poco gilipollas pero te ama. Tienes suerte.

─Todo eso que dices desaparecía cuando estaba contigo. Tú, Aníbal Haze me has hecho sentir más mujer y más hembra que Michel en todo el tiempo que estamos juntos.

─No sé qué decir. Puede que deseemos lo que no tenemos, Helena. No te tengo y te deseo, no me tienes y me deseas. Tienes lo que yo no tengo, y deseo tu casa y tu comida, el marido y las hijas no, jajajá.

Hincaba el diente al bocata, estaba riquísimo, aunque hubiera sido un bocata con saltamontes me lo habría comido igual, llevaba demasiado tiempo sin comer.

Helena y yo tuvimos una pequeña relación pseudo amorosa un año atrás; se escapaba de casa para verme en la habitación que tenía alquilada. Bebíamos, follábamos toda la tarde y se marchaba. Me miraba cuando escribía, le leía lo que creaba y otra vez le dábamos al asunto. Fue una temporada verdaderamente bonita a su lado; sabíamos que no podía durar. Ella no dejaría nunca su vida por mí y yo tampoco abandonaría la mía por ella. De lo que más me satisfizo de estar con Helena fue ponerle los cuernos al estirado de Michel.

Acabamos la comida, yo mi bocata y ella sus patatas con olivas. Nos miramos y pidió dos cafés. Una vez servidos, cortado para ella y solo para mí, se levantó del taburete y me indicó ir a la terraza para poder fumar. Hacía un día soleado pero no caluroso.

─¿Te has enterado que Michel ha publicado un nuevo libro? ─ comentó Helena con el sol dándole en el pelo color negro.

─No lo sabía. Michel es muy valiente auto publicando sus libros ─dije importándome un pimiento si el imbécil de su marido publicaba nuevo libro o no.

─Es valiente, en eso lo admiro, pero…

Se quedó muda un instante, sacó dos pitillos mentolados, me ofreció uno. Los encendí con mi mechero.

─¿Pero? ─pregunté.

─¿Qué?

─Antes de ofrecerme el cigarro has dicho pero y te has quedado callada.

─¡Ah, sí! Perdona, me he quedado en blanco. Bueno, está muy bien que Michel escriba y publique, aunque me cansa, esa es la verdad. Estoy harta de ser la mujer de. Se cree alguien importante y solo es un payaso. Me es insoportable últimamente.

Su rostro encolerizaba tímidamente, aunque Helena sabía cómo sujetar sus impulsos. Se le notaba que su marido la tenía bastante harta.

─¿Tú qué quieres? ─le dije mirándola a los ojos, oscuros, imposibles de alcanzar, bellos.

─No lo sé. Ahora mismo quiero estar contigo, creo que me enamoré de ti.

Miró hacia otro lado, concretamente hacia la acera donde la gente iba y venía con premura.

─Estamos juntos ahora, ya estuvimos juntos una vez y acabó como tenía que acabar. No soy hombre para una mujer como tú ─dije apurando mi café.

─Acabas de decir lo mismo que Michel, no me seas cutre, por favor.

─No, no, no he acabado de hablar. Quiero decir que eres una mujer con apetitos muy diferentes a los míos. Necesitas cosas materiales y yo no. Por lo demás eres perfecta; por esto mismo no podemos proponernos nada más allá que una buena amistad y buena cama.

─Lo sé. Y eso te hace maravilloso y único para mí, querido mío. ¿Dónde vives ahora?

Formuló la pregunta mirándome a los ojos, me intimidó. «Cada vez que me miraba con aquellos ojos negros me temblaba todo el cuerpo, creo que mi cuerpo era un pene cuando ponía sus pupilas en él». En ese momento recordé este párrafo que escribí tiempo atrás sobre la primera noche que estuvimos juntos Helena y yo.

─Estoy viviendo en una buhardilla, pago poco, y no está tan mal.

─Estoy pensando que esta tarde podría pasarme a visitarte, ¿te parece?

─Me parece bien. Trae algo de bebida.

─Descuida. Ahora debo irme, dame la dirección sino no sabré ir a la buhardilla.

─Claro, ja, ja, ja. En la Plaza de Santo Domingo, justo encima de la Sirvent, cuarto piso, y luego tendrás que subir la escalera andando un piso más.

─Vale, me marcho.

Antes de levantarse me dio dos besos en las mejillas. Nos miramos a los ojos un instante.

─Hasta luego, Aníbal.

─Hasta luego.

La vi marchar con aquella falda de tubo de color negro, tenía unas piernas preciosas, rosadas, torneadas.

Me largué caminando a la buhardilla, pero pasé por la plaza donde la Galería de Arte; no sé por qué fui hasta allí, pero allí estaba bajo un sol acuciante mirando el escaparate. No había cartel de ninguna exposición de Clara Mendoza, la de Las Sabinas estuvo bien. Agaché la cabeza y me dirigí hacia la buhardilla bajo el sol primaveral de junio.

Continuará…

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Miércoles, veinte y ocho de junio de dos mil diecisiete

Región de Murcia

Pedro Molina