Henry y Anaïs VII

Dos almas rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película Fuego en el cuerpo (1981). Dirigida por Lawrence Kasdan y protagonizada por Kathleen Turner y William Hurt. En la foto los dos protagonistas del film.

Durante toda mi vida he observado los movimientos de la Serpiente* y de la Masa*, los he estudiado y los estudio (el autor llama en aspecto simbólico Serpiente al Gobierno y Masa a la gente). La responsabilidad como todo en esta vida evoluciona e involuciona, se engrandece o se degrada. Cualquier cosa le podría haber pasado a la responsabilidad, pero no señores, a la señorita responsabilidad la han degradado a soldado raso. Me explico (creo que por mis ansias de ser escritor y ser el mejor de todos soy más filósofo que nunca, aunque jamás barato), mirando a mi alrededor veo a los papás de los nenes como fariseos que toman propia la responsabilidad de sus hijos, pobrecitos que no sufran, craso error. ¡Cómo van a ser hombres y mujeres de provecho si no les dejáis desarrollarse! Leo en la prensa a profesores indignados y muy enfadados, los Pás* y Más* se han convertido en reclamadores de notas y de comportamientos del docente para con sus hijos (* quiño a la novela La naranja mecánica, e incluso el autor se permite inventar una palabra nueva Más). Y es normal que los docentes estén cansados de que no los dejen hacer su trabajo por tres flancos: políticos, Pás, Más y alumnos. Cada pocos años con los cambios de gobierno nuevas leyes de educación entran en vigor y la locura de no saber cómo desempeñar el trabajo entra en escena. Hijos que están en la universidad pidiendo a sus progenitores que vayan a hablar con el profesor de turno porque no están de acuerdo con la nota o porque los han suspendido. Vamos a ver, ¿cómo hemos llegado a que un chico o chica entre dieciocho y veinte tantos años necesite que el Pá hable con su profesor de universidad? Es un gran atraso, igual que cuando calló el Imperio Romano, la Iglesia se adueñó del Conocimiento; dejó de ser patrimonio de todos.

Con el pretexto de que no sufran y no tengan excedente de trabajo les quitáis responsabilidad, pobres. Yo creo que cuanto antes sepan que toda acción tiene consecuencias tanto positivas como negativas antes se darán cuenta que esto no es un juego. Soy un paria por decisión propia, nadie me ha abocado a serlo, he sido yo solito. El sufrimiento curte y el trabajo dignifica y endurece la piel, la convierte en un callo, sensible también y te abre los ojos a lo que pueda venir. Incluso, una azada en un momento dado, el sol en la testa, el sudor en los ojos y las ampollas reventándose en las manos abren la mente al conocimiento si sabes verlo. ¡Ah no, sois ciegos! ¡Já!

Pasé el día deambulando por la periferia de la ciudad. A un margen del río miraba a los runners avanzar por la pista con los aparatos al hombro para medir los pasos y las pulsaciones, equipados hasta los dientes con la ropa adecuada, mallas, camisetas y zapatillas. No importa que no sepas correr, si vas equipado eres un runner = corredor. De todo ese equipamiento solo las zapatillas ayudan a no lastimarte los pies ni las rodillas, lo demás es paja. Me senté en ese margen, encendí un Benson, miré al frente, a los lados, la tarde caía y pronto saldrían los demonios a flote y yo me convertiría en un vampiro del whisky. El licor ambarino es la vida, el alcohol entra por mis venas convirtiéndome en un ser de la oscuridad, las arterias se abren, el alma se ensancha; borracho soy capaz de escribir tres días sin descanso, luego duermo otros tres días. Eso hice, una semana después desperté vestido igual que seis días antes y con una resaca de quince galones por barba. Al séptimo día desperté y descansé.

Me quedaba café, me serví uno, encendí un cigarro, me serví otro, fumé de nuevo, la operación se repitió tres veces. Tras una ducha y ropa limpia tuve la idea de visitar a Anaïs, no podía estar mucho tiempo alejado de aquella mujer, pero tampoco muy cerca. Al igual que me beneficiaba estar con ella también me lastimaba estar demasiado cerca. Tenía la sensación que chupaba mi energía y no solo la de la polla, la energía en general digo. Fui caminando, el sol me acompañaba, ignoraba a los indolentes, me daba y me da igual que haya una catástrofe natural o química, la gente me importa poco, son ignorantes de una realidad que a todos nos afecta, si no la veis no os lo voy a decir, es vuestra responsabilidad ser felices y hacer felices a los demás; el guerrero está cansado de pelear contra el muro, así que buscaos las habichuelas. En un rato alcancé el edificio de Anaïs, llamé al portero automático, no abrió, esperé un rato. Llamé de nuevo. —¿Quién es? —Aníbal —abrió. Salí del ascensor y la puerta estaba abierta. Anaïs y Malena tomaban café con batines de seda, el cabello revuelto y con rostros de haber sentido mucho placer; no me sentí traicionado, me sentí feliz de que la fotógrafa diera rienda suelta a su sexualidad; algo imposible para mí, no me gustan los hombres.

—Buenos días, Aníbal. ¿Un café? —preguntó Anaïs levantándose de la silla y yendo a darme un beso en los labios. Malena apartó la vista. Eso me tocó los cojones, que ladeara la cabeza habiéndome acostado con las dos, ella sabía lo que Anaïs y yo teníamos. Recordé a Henry, Anaïs y June* (se refiere a la relación entre los escritores Henry Miller, Anaïs Nin y la mujer de él, June).

—No, gracias, ya he tomado.

—Hola Aníbal. ¿Te has pensado lo de publicar? —preguntó Malena.

—¿Te llevas comisión con la publicación? Lo pregunto por tu insistencia, solo esa explicación encuentro —dije mirándola a los ojos.

—Pero… ¿qué dices? Lo hago por ti, porque quiero que te muestres, quiero que la gente vea todo lo que tienes dentro. No me hace falta una comisión para saber que eres bueno —No apartó sus ojos de los míos en todo el rato que estuvo hablando.

—Já, ahora ¿te lo tengo que agradecer? Qué risa María Luisa, no necesito que nadie valore lo que escribo. Sé que soy el que la tiene más grande.

—Aníbal, por favor. Malena intenta… —intentó decir la fotógrafa.

—Sé perfectamente lo que la señorona intenta decir. Me está diciendo en mi cara que solo ella ha visto mi talento y quiere explotarlo haciéndome un favor, y por ahí no paso; seré un paria, pero tengo mi orgullo —expuse encolerizándome cada vez más.

—Te crees la hostia, ¿verdad? Con ese porte de gran hombre, con esa mezcla de mendigo e intelectual, con esos aires de gañán disfrazado de tío listo y gran escritor… —añadió Malena.

—Sí, sé lo que soy, sé quién soy y no me arrepiento porque he elegido esta vida, no engaño a nadie. Y tú, ¿estás contenta engañando a tu marido? ¿Te gusta mostrarte como una muñeca de feria rica e inexpugnable? Te he visto, eres una pobre ricachona con el coño tan ancho y tan insatisfecho que tienes que seducir a Anaïs para sentirte alguien, y por qué no, seduzcamos al patán de Aníbal, jajajá.

El rostro de Anaïs cambió por completo por las palabras dañinas que nos estábamos diciendo; le importaba un pimiento que Malena y yo hubiésemos follado, seguramente lo sabría.

Las miré y me dirigí a la puerta…

—No te vayas, por favor —rogó Anaïs con voz temblorosa.

—Perdóname, pero debo irme. Adiós.

Cuando cerraba la puerta detrás de mí escuché decir a Malena: —Deja que se vaya, ¿no ves que es un cobarde?

Estuve una semana sin ver a Anaïs y mucho menos a Malena. Me sentía una marioneta en manos de ambas, un títere al que poder decir cómo escoger su camino, odio a la gente así; y yo que me llamaba libre, paradójico. Que equivocación más grande, cuando estás en manos de una mujer no eres libre, eres su muñeco de trapo, el hombre deja de ser hombre para ser en sus manos un muñeco de ventrílocuo. Y me negaba una vez más ser un trozo de madera en manos de una mujer. Puede que fuera la edad, puede que fuera la soledad, puede que fuera que la metamorfosis no estaba completada, puede que fuera la falta de amor, puede que necesitara esa mentira llamada Amor.

Cambié de domicilio, necesitaba huir, siempre he huido. Escapé de mi adolescencia convirtiéndome en un lacayo del Sistema, huí de mi familia, eludí mi responsabilidad marital, he desertado toda mi vida, hasta de mí mismo. Soy un superviviente de mí mismo. Puedo permitirme muchos lujos porque sé quién soy, un cobarde y un hombre sin hombría; ni siquiera soy escritor. Soy un esbozo, un dibujo mal pintado en una hoja de papel para luego arrugarla y tirarla a la basura. Soy un adicto a mí, a mi ego, soy un adicto a la vida, a la mala vida, la de las mentiras, la de la huída sin cuartel y sin mirar atrás porque me da pavor volver la cabeza y verme reflejado en medio de la nada.

En el Bar de Miguel vi a Manolo, un tipo al que durante un tiempo le alquilé una buhardilla. Me cobraba veinte euros por semana. Así que le pregunté y me dijo que estaba libre, al día siguiente me mudé. Me entregó la llave. Le pagué una semana por adelantado. Era una buhardilla con entrada exterior desde la calle, en pleno centro de la ciudad. El edificio mantenía el ascensor propio de las fincas antiguas de madera y hierro. Yo no podía entrar en el portal, solo alguna vez que me colé. Subir a pie por la escalera de servicio cuatro pisos depende en qué condiciones te encuentres para hacerlo.

Anaïs estuvo llamándome al móvil durante días, una o más veces al día, no respondí. Estaba dolido, estada jodidamente mal porque intentó manejar mi destino, hacerme creer que lo mejor para mí era publicar en ese momento, y ahí me di cuenta de su necedad, lo que necesitaba yo en esos momentos era estar cerca de ella, cerca de ti, Anaïs.

Dediqué todo el tiempo a escribir, me sentía lleno de letras y las vomitaba, la mayoría sin sentido, puede que fuera una terapia. Casi una semana estuve enclaustrado en aquella buhardilla de veinte por veinte, casi no comía, no bebía ni whisky, solo escribir y escribir. Necesitaba dejar salir todo lo que contenía mi alma y plasmarlo en letras, desordenadas u ordenadas, daba igual.

Sábado por la tarde. Está anocheciendo. Miro por la minúscula ventana de la buhardilla y la señora noche abraza a los transeúntes llenándolos de vida, vida nocturna, exceso, plácido exceso que me abrazas y no me dejas dormir. Te adoro, querido exceso, amado tedio. Decido bajar a la calle, tengo que comer, pienso. Estaba en calzoncillos, los mismos desde hace una semana, me lavo los cojones y me pongo calzoncillos nuevos, me lavo los sobacos, me visto con otra camiseta y encima me pongo la fea y vieja sudadera de poliéster. Me coloco los vaqueros azules y gastados; tomo los veinte euros que me quedan y salgo a la calle a comprar algo de fruta, embutido y una barra de pan. Cerca había un supermercado de esos grandes en los que hay de todo. Entré, compré, hice cola aguantando los cuchicheos de las marujas y de sus revoltosos hijos. Volví a la buhardilla.

Al par de días desperté como de un sueño, no había dormido nada, solo escribía. Podría haber escrito una novela, pero no me equivoqué, así que había escrito unos cuantos relatos. Creo que las novelas surgen por equivocación. Las buenas novelas no son pensadas, son vomitadas en un relato corto y luego otro y otro, hasta que se han escrito suficientes páginas para llamarlo novela. Es la única explicación que encuentro para la cantidad de nuevos novelistas que surgen todos los días en las Redes Sociales, es algo insólito. Jamás ha habido tantos «escritores» como hoy en día, y todo gracias al montuoso llamado Internet. Prefiero llamarlos pseudo-escritores, porque ser escritor no es sentarte a escribir y ya está. No señor no, escribir es un arte, es el arte de la palabra; el escritor plasma sentimientos y sensaciones. Escribir debe ser sincero para ser verdadero, sino es y será siempre papel higiénico para limpiarte el culo. Ser escritor es un acto suicida. Ningún tipo de arte exige tanta dedicación sin devolverte nada. Escribir es un acto de devoción a la literatura, y nada más. No esperes nada de la escritura, escribe si lo necesitas, si no es así dedícate a otra cosa.

Esperando, esperando, ¿a qué? Alcancé un cigarrillo, lo puse entre los labios y lo encendí. Me senté en la cama desnudo, totalmente, el cenicero estaba en mi regazo. Unos dedos robaron el cigarro de mis labios, lo devolvieron cuando el cuerpo hubo fumado.

—¿En qué piensas? —preguntó mi compañera de cama.

—No pienso nada en particular. ¿Sabes? Siento que he desperdiciado mi vida. ¿Por qué andas con un tipo como yo?

—Me gustas, me gustas mucho, Aníbal. Tu inteligencia me seduce, tu fuerza, tu virilidad, no sé, me gustas y punto.

La miré a los ojos, joder, ¿qué hacía en mi cama una mujer veinte años menor que yo? Angelina me gustaba, no era muy inteligente, pero sí muy amable y cariñosa. Respetaba mis silencios, creo que yo era el padre que nunca tuvo, o quizá el hermano mayor con el que alguna vez soñó con tirarse.

—Tú también me gustas. ¡Cómo no me vas a gustar!… —Me tumbé boca arriba.

—Repítelo, repite mi nombre.

Lo repetí y me besó, se sentó encima de mí, lo hicimos de nuevo.

—¿Te apetece salir un rato? —preguntó la joven.

—No me apetece, me apetece escribir. Si quieres salir puedes hacerlo, no me importa. ¿Piensas volver? —pregunté mirándola sentado en la silla frente al escritorio.

—No puedo volver esta noche, él espera que vuelva. Ya hace una semana que me marché de casa, cuando desaparezco más de siete días se preocupa por mí y me busca por todos los sitios que conocemos.

—Vale, vuelve con él. Ya sabes dónde estoy. Ahora vuela, vuela pajarillo.

—¿Por qué eres así? Me conoces, no te he mentido, desde el principio te lo dejé claro. Soy muy insatisfecha, al igual que tú. Debo volver con él, es mi protector, mi benefactor.

—Me importa una mierda qué significa él para ti. Lo pasamos bien, no quiero una novia y ni mucho menos reclamarte nada. Solo te invito a que vayas con él —Le di la espalda y comencé a escribir. No vi su cara, seguramente estaba muy enfadada. Cerró de un portazo.

Conocí a Angelina en un bar, en un antro que suelo frecuentar de vez en cuando. Estaba sola, creo que desamparada, me equivoqué; solo buscaba una presa a la que chuparle la sangre y así huir de ella misma. Me eligió, caí en sus redes. Poco me importa ser su víctima, me gusta ser la víctima de unos brazos jóvenes y tiernos. Lo que más me gusta de Angelina es que con ella no tengo que pensar. Tiene el cerebro del tamaño de un cacahuete, me satisface su simplicidad, me permite descansar, recupero las fuerzas con ella.

Durante los días posteriores me dediqué a buscar trabajo, necesitaba dinero. Imprimí en una librería unos cuantos currículos, paseé dejándolos en bares, almacenes, cualquier trabajo que me diera dinero y no necesitara de mi más de un tercio de mi inteligencia. Pienso que el trabajo es una pérdida de tiempo, nunca le he dedicado mucho de mí. Hacía calor, entré en un chino y compré un botellín de agua, me quedaban cincuenta euros de apostar al fútbol. Recuerdo que aposté diez euros a que ganaría el Madrid y ganó. ¿Qué podía hacer con cincuenta pavos? Seguí andando, pensé en Anaïs, quería verla. Quizá le pidiera disculpas por mi comportamiento la última vez que la vi, quizá me quedara inmóvil admirándola, quizá me abofeteara, quizá folláramos. Caminé un buen rato, llegué a su portal, pulsé el botón de su piso, sonó muy agudo, taladró mi mente. Abrió.

La puerta estaba abierta, entré.

—Hola, Aníbal —dijo Anaïs. Iba vestida con batín, olía a sexo, me empalmé.

—Hola —dije.

—Entra no te quedes ahí. ¿Te apetece beber algo? —preguntó con aire voluptuoso y satisfecho.

—Cerveza.

Malena salió del baño, así que eran amantes. Las había «pillado» por segunda vez. No me importó, sabía que Anaïs no me debía exclusividad ni yo a ella tampoco.

Anaïs me dio una lata de cerveza, nos miramos a los ojos. La abrí y le di un sorbo.

—¡Hombre! El escritor melancólico —exclamó Malena en plan sarcástico.

—Yo también te quiero, Malena —dije a modo de saludo.

—Siéntate, Aníbal. Cuéntame, ¿cómo estás? —Como siempre la fotógrafa calmaba mis demonios con una sonrisa y buenos modales.

—Estoy bien, he estado escribiendo y buscando trabajo. ¿Y tú? —Me comportaba como si Malena no existiera.

—Trabajando mucho, preparo una nueva exposición, ¿quieres ver las obras? —asentí, fui tras ella.

Malena se quedó sentada en el sofá vestida con una bata, seguro que no llevaba nada debajo. Seguía empalmado.

Anaïs me mostró las obras, eran fascinantes, en blanco y negro, con brillo y sin brillo. Escalas de grises, escalas de negro, abanico de blancos. Había otro cuerpo femenino, puede que fuera Malena. Dos cuerpos retratados, Anaïs y Malena. También estaban las mías con una descripción breve bajo la foto, sonreí. Mirando las fotos tomé de la mano a Anaïs, la traje hacia mí y la besé. Solo la besé, nos despegamos y sonreímos. Fuimos con la ricachona madura.

Acabé la cerveza y me largué de allí. Anaïs me pidió que me quedara a comer, decliné la invitación alegando que tenía cosas que hacer.

Ni Anaïs ni Malena sacaron el tema de publicar, parece que la señorona tuvo bastante con la discusión de la semana anterior.

Haciendo un alto en el camino porque los hechos aquí contados pertenecen al pasado reciente y no al presente me salto a la torera la cronología simplemente porque es divertido. Como ya dije hace unas páginas atrás estuve trabajando un tiempo como segurata (sin título) en una obra en construcción, era un colegio público. Algo que no entiendo es que en España nuestros magníficos gobiernos recientes se han quejado de la escasa natalidad frente a la gran población de ancianos, ¿por qué construyen un colegio en un pedanía donde ya hay varios colegios? Creo que puede ser para llevárselo calentito y luego hacerse la foto, así quedan como que bueno soy ante los votantes. ¡Mirad al alcalde que bien se porta edificando un colegio al que no van a ir niños a estudiar! Es mi criticona opinión, pero estas cosas dan que pensar. Nací con cerebro, y lo uso, no como otros que solo lo usan para llevar pelo. Durante esos meses trabajaba bastante de noche, la verdad que era un rollo tremendo estar doce horas dando vueltas alrededor del perímetro vigilando y sentado en una silla. Las cosa es que la empresa para la que yo trabajaba estaba subcontratada por la constructora que era un empresa la hostia de grande. Para ser tan grande la constructora nos tenía como esclavos sin un sitio donde cobijarnos por si hacía frío, o llovía. Me pareció un trato tercermundista, pero España es un país subdesarrollado con empresas tercermundistas en cuanto al trabajador se refiere. Por un mísero sueldo de 4,50€ la hora tenía que aguantar doce horas pasando calamidades, frío, lluvia y encima los fines de semana si tocaba había que estar allí. Desde la famosa crisis los sueldos han bajado hasta picos de hace veinte años y la vida sigue subiendo. Consecuencia: si gastas más de lo que ganas porque todo lo que compras vale más que tu insignificante sueldo te endeudas cada vez más, he aquí la principal cuestión señores. Desde hace unos años nos tienen cogidos por los huevos con el miedo de que si te endeudas más de lo que puedes pagar te embargo. La política del miedo no deja de asombrarme y la gente no aprende. Mientras que los esclavos intentaban pagar sus facturas a costa de dar su vida a cambio de nada yo me dedicaba a pasarlo chachi piruli leyendo libros en el trabajo de vigilante, un libro de doscientas y poco páginas como es La sonrisa etrusca del gran Sampedro me lo leía en las doce horas de una sentada. Encontré algunos libros buenos como el que mencionado, Cartero de Bukowski, Trópico de Cáncer de Henry Miller. Cuando tenía servicio solía prepararme un par de bocadillos de embutido y mucha cerveza, un paquete de seis o doce latas recubiertas con hielo dentro de una nevera portátil para que estuvieran bien frías. Bastante tabaco y alguna vez algo de María para amenizar un poco las noches. Vivía en la habitación que le tenía alquilada a la señora Emilia, una mujer muy gorda y sucia, pero no era mala gente, me trataba bien y se preocupaba por mí: —No deberías emborracharte tanto —solía decirme cuando subía las escaleras a gatas porque iba demasiado borracho para caminar erguido. ¿Y qué iba hacer en los días libres? Escribir y beber. No pensaba ni pienso quedarme mirando la televisión como un autómata, ya me mataba doce horas en el curro perdiéndome la vida de la calle, tenía que salir a palpar lo que se cocía en el asfalto.

Miércoles, ocho de marzo de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Anuncios

La buena samaritana

—¿Qué piensas? —me preguntó moviendo el café con la cucharilla. Lo tomaba cortado con leche.

—Nada en particular —respondí.

—Te conozco, suéltalo, venga, cariño —dijo con tanta dulzura que se me encogió el corazón, temblaba.

—Bueno, estoy aquí contigo tres meses, me recogiste de la calle, estaba bastante mal y no tengo nada que ofrecerte, excepto mi gratitud.

Miraba la mesa camilla, hacía mucho frío, el brasero de debajo de la mesa calentaba mis piernas.

—Me das mucho, Aníbal. Has llenado mi casa de alegría, aunque no seas un hombre alegre, lo percibo así. Eres la primera persona que se preocupa por mí. Yo sí te debo gratitud y mucha. Que te encontrara en la calle muerto de frío y herido no quiere decir nada, algo me llevó a encontrarte aquella noche —expuso mirándome con más amor del que nadie me ha profesado nunca.

María me encontró una noche invernal tirado en un callejón, me había atropellado un coche en la calzada y como pude me arrastré hasta la acera refugiándome en un callejón oscuro. Esa noche había bebido más de costumbre y no calculé la distancia del automóvil y al intentar cruzar la calle me mareé, creo que fue por las luces del coche, me pasó por encima. Aullaba de dolor, me dolían las costillas, la piel me ardía, el frío atenazaba mis músculos, me sentía moribundo, estaba machacado y no solo por el golpetazo con el coche. El conductor no paró, seguramente tendría algo que esconder, no le culpo. ¿Por qué auxiliar a un perdedor borracho cómo yo? María me encontró cuando andaba por la calle, iba de compras y escuchó mis quejidos, se acercó adónde yo estaba, me vio cubierto de sangre y ni lo pensó, llamó a una ambulancia.

Me desperté en urgencias con el cuerpo dolorido, realmente estaba hecho un cristo. Abrí los ojos y creí que estaba en el otro lado porque ante mis ojos un rostro de otro mundo estaba tomándome la mano.

—¿Dónde… estoy? —balbuceé. Me costaba respirar.

—En el hospital. Algo te pasó por encima, ¿fue un coche? Te vi muy mal, estabas tirado en un callejón y te traje a urgencias. Trata de descansar—dijo la voz del rostro de otro mundo. Me dormí.

Volví a despertar, allí seguía la imagen, difuminada, inmóvil. Estaba sentada en un sillón al lado de mi cama, leía una revista.

—¿Cómo te encuentras?

—Aturdido, creo. ¿Sigo en el hospital?

—Sí, te subieron a planta, estabas totalmente destrozado, tenías varias costillas rotas y magulladuras por todo el cuerpo.

—¿Tú quién eres? ¿Una buena samaritana, un ángel, una ninfa? —pregunté intentando verla con claridad. Estaba más drogado que nunca por la medicación.

—Ja, ja, ja, ni una cosa ni otra. Te vi en la calle y necesitabas ayuda, y yo te la presté. La verdad es que no tengo por qué estar aquí contigo, pero no me habría sentido nada bien yéndome a mi casa. Esperaba a que despertaras y a que estés mejor. Aquí no saben tu nombre porque no tenías la documentación en la cartera, llamaron a la policía, pero para evitar que metieran las narices les dije a los médicos que yo me encargaba de todo. ¿Tienes tarjeta de la Seguridad Social?

—Sí, tengo, pero no sé si aún es válida. Hace mucho que no trabajo.

Entró una enfermera en la habitación, primero fue a atender al otro enfermo, mi compañero de dolores, corrió la cortina. Tenía ganas de mear.

—¿Cómo se encuentra el enfermo hoy? Ha estado dos días durmiendo —dijo la enfermera rubia dirigiéndose a mí. Tendría unos cincuenta.

—Me siento fatal. Tengo ganas de mear —dije.

—Tenga la cuña, cuando acabe me llama pulsando aquí —explicó con profesionalidad.

—No pienso mear en este chisme. Si no me ayuda a ir al baño iré solo.

—Conque tenemos un enfermo rebelde. Hágalo en la cuña y no me dé más trabajo de la cuenta. Vigílelo y si se pone follonero llámeme y lo calmaré con un buen pinchazo —Se marchó girando sobre sus talones.

—Ayúdame a levantarme, por favor —pedí a la buena samaritana.

—¿No has oído a la enfermera? Hazlo en la cuña si no quieres que la llame y te agujeree el culo.

Me tuve que joder y mear en la puta cuña. Me costó dios y ayuda, pero al final lo hice.

—Bueno, cuando venga la enfermera tendrás que decirle tu nombre para ver si tienes tarjeta de la Seguridad Social. ¿Cómo te llamas? Soy María.

—Me llamo Aníbal, te estoy muy agradecido, María. Si no llega a ser por ti lo mismo habría muerto en aquel callejón. Aunque para un tipo como yo es una muerte bastante digna —dije intentando incorporarme. María me ayudó. —Cuando me desperté la primera vez creí que había muerto y que eras una divinidad.

—¿Griega?

—Sí, la religión no me va, soy pagano, alcohólico, drogadicto, un partidazo, jajajá.

—Todos tenemos problemas, Aníbal. Soy pagana, como tú.

—Somos dos paganos —reímos.

Pasó la noche conmigo, cenamos, vimos algo de televisión previo pago de una tarjeta por 5€. El compañero de habitación no cesaba de quejarse y su mujer (eso creo) intentaba calmarlo, se dormía y al despertar otra vez se quejaba. María, entabló conversación con la mujer y le explicó que el hombre era bastante quejica, odiaba los hospitales, las agujas, los médicos, las enfermeras y a ella. Dormí plácidamente toda la noche.

Al día siguiente después del desayuno llegó el médico, me preguntó por mi tarjeta sanitaria, la tengo en casa, creo, le dije. Pidió con excesiva amabilidad mi nombre y mi número de DNI, al rato volvió.

—Aníbal, su DNI está caducado y su tarjeta sanitaria no es válida porque hace más de un año que no trabaja, así que no cotiza a la S.S. Y si no cotiza no tiene derecho a ser atendido, son las nuevas órdenes del Ministerio. Tendrá que pagar la estancia en el hospital, el tratamiento, las comidas, tiene que pagarlo todo, lo siento —el tipo soltó todo eso y se quedó tan a gusto que si hubiera tenido un caramelo se lo habría dado.

—¿Pagar? ¿Tengo cara de tener dinero? ¿Acaso tengo la culpa de que un hijoputa me atropellara? No tengo dinero para pagar, ¿no se supone que la atención médica en España es gratuita para todo el mundo? —pregunté totalmente enfadado.

—Bueno, si ha visto las noticias están haciendo recortes. Este es uno de ellos, quien no tenga la tarjeta sanitaria en vigor debe pagar la factura del hospital —Allí estaba el tipo de la bata blanca como un monigote soltando aquello y jodiéndome la vida.

—Pues estoy jodido, doctor… Martínez. O ustedes están jodidos, no tengo dinero, es igual a que no voy a pagar.

—En ese caso por ética profesional le atenderemos, pero informaré de su situación con una denuncia y tendrá que pagar de todos modos.

El tío me miraba desafiante y yo estaba a punto de echar espuma por la boca.

—Aníbal, cielo, yo pagaré la cuenta. Doctor no lo denuncie, está muy afectado por todo lo que ha pasado. Yo me hago cargo —dijo María. Me sentí aliviado por ella, pero prefería deberle al Estado que no a la mujer que me arrancó de las garras de la señora de la guadaña.

—Está bien —dijo el médico. Se marchó. Cuando salía por la puerta lo llamé a grito pelado.

—¿Puedo pedir el alta voluntaria? Me encuentro bastante bien —María me miró extrañada.

—En realidad le iba a dar el alta mañana, pero si quiere irse está en su derecho, no veo por qué no. Prepararé el alta. Buenos días.

Se largó, no podía estar en aquel hospital sabiendo que María se haría cargo de todo. No podía consentir que gastara de esa manera su dinero. Yo no valía tanto.

María intentó hacerme entrar en razón, enseguida descubrió que soy un ser testarudo. Nos marchamos esa misma mañana, al mediodía. Se empeñó en ir a su casa, quería vigilarme y tenerme cerca. Aparte de ser muy buena conmigo era más joven que yo, atractiva, de cabello castaño oscuro y ojos pardos, piel blanca y de figura delgada. Hicimos el viaje a su casa en su coche, vivía en al campo, en una especie de granja con muchos animales, perros, gatos, un poni, un burro, conejos, gallinas, un pequeño zoo, pero parecía acogedor. Me acomodó en una de las habitaciones, la casa era amplia, muy acogedora. Me tumbé en la cama, estaba cansado. Antes de llegar paramos en una farmacia y ella compró lo que hacía falta para los dolores de mis costillas. Me dormí inmediatamente.

Cuando desperté no sabía qué hora era, me levanté. María estaba en la cocina.

—¿Qué estás cocinando? —pregunté en el quicio de la puerta.

—¡Te has despertado! Acércate, ven siéntate —pidió vuelta hacia mí. Estaba resplandeciente. —Hago cocido, ya que no has comido nada desde el desayuno, un plato de sopa te hará bien —dijo sonriente. Su dentadura era muy blanca. Se notaba que era una mujer muy limpia.

—Gracias. La casa es grande, ¿puedes tú sola con todo?

—Me las apaño bastante bien. Prueba el caldo y dime si está a tu gusto de sal.

—Eso está bien. ¿Tienes un cigarrillo? —pregunté después de probar el caldo, estaba en el punto exacto de sal, como me gusta.

—En el cajón de debajo de la mesa hay cigarrillos.

Encendí uno, aspiré hondo, el humo me llegó a los pies. María se sentó a mi lado, encendió un cigarro.

—Aníbal.

La miré a los ojos.

—Quiero que te quedes, te necesito.

—¿Por qué?

—Me gustas, me gusta tu aplomo y como te has enfrentado al doctor en el hospital, los tienes bien puestos —expuso acariciando las cicatrices de mi rostro.

—Soy demasiado viejo, estoy cansado. No soy un hombre que siente el culo demasiado tiempo en ningún sitio.

—Bueno, dime quién es Aníbal.

Se levantó a echarle un vistazo al guiso de pollo con albóndigas.

—Soy un tipo cualquiera que se emborrachó y un coche lo atropelló porque iba demasiado cocido para ver las luces cuando lo tuvo encima.

La miraba cocinar, tenía el trasero respingón, en ella se notaba la vitalidad de la juventud.

—Entiendo. Has dicho que eres viejo, no te veo viejo, pero sí cansado como has dicho. Y me pareces muy guapo, verdaderamente guapo. El azul de tus ojos es atrayente, como enigmático —dijo con el cucharón en la mano frente a mí.

—Soy viejo y me siento viejo. Creo que a mis cuarenta y nueve años he vivido demasiadas vidas. Necesito descansar, si hubiera muerto en el callejón en el que me encontraste no me habría importado.

—No digas eso, nadie se merece una muerte indigna, aunque esté borracho y no le importe a nadie, pero a mí me importas.

Cenamos pronto, tomé un plato de sopa. Ayudé a María con los platos y me acosté. Dormí como un lirón.

Al día siguiente más de lo mismo, me encontraba mejor, ayudé en la cocina, necesitaba sentirme útil.

—Te las arreglas muy bien entre los fogones y los cacharros. ¿Has vivido solo?

—He vivido solo toda mi vida —respondí mientras fregaba unos vasos.

Uno de sus perros, uno pequeño y peludo me seguía a todos lados, intentaba colarse en mi habitación, pero yo cerraba la puerta en sus narices. Cuando me sentaba donde fuera, el chucho venía donde estaba yo y pedía que lo acariciara dándome con la pata en la pierna. Al final consiguió que lo acariciara y nos hicimos amigos. Nunca había tenido perro y me estaba gustando caerle bien al chucho. El perro se llamaba Tobi, el resto de perros y gatos deambulaban por la casa, pero el pequeño Tobi era el más afortunado de todos. Hacía su vida en la casa, los otros entraban y salían, pero no estaban tan mimados como mi nuevo amigo.

Una mañana María fue al pueblo a comprar comida, husmeé por la casa y en una habitación a modo de despacho vi un viejo ordenador; necesitaba escribir, me notaba decaído y no era por la salud porque cada día estaba mejor y más fuerte. Mi alma se marchitaba, necesitaba plasmar los sentimientos sobre el papel o sobre aquel ordenador. Miré si había conexión a Internet, la encontré detrás de la mesita del teléfono. Volví al despacho y el ordenador tenía conectado el cable de red, lo encendí. Tardó en encender un cigarrillo entero.

Abrí una hoja de Word y comencé a escribir párrafos sueltos para calentar las neuronas, pensamientos, algunos vagos y otros menos.

«María es mi salvadora, si no hubiera sido por ella habría muerto sin dignidad, como ella misma dice. Me siento viejo, acabado, de aquí para allá, sin un techo fijo, ni trabajo ni beneficio. ¿He tirado mi vida al sumidero? La habría tirado si hubiera sido el hijo que mis Pás* (palabra con la que Alex, el protagonista de la novela La Naranja Mecánica llama a sus padres) esperaban. Dolorido, ignorante y silencioso ante los manda mases de la Serpiente* (palabra con la que el autor nombra al sistema), pero no, yo me rebelé contra la esclavitud convertida en una sociedad que asiente pacíficamente porque ser pacífico y mudo es lo correcto. Solo el derecho a votar y las manifestaciones son permitidas en un país democrático. Una vez, a los diecisiete años me dije: —Si ser democrático es ser un cagado sin cojones para enfrentarse a las injusticias de la vida yo me jubilo de esta vida —Un par de días después me largué de casa de mis padres.

Ella, una divinidad griega me acogió en su seno, curó mis heridas, me trajo a su Templo, proveyó mi apetito con deliciosos manjares. Ella, Ninfa Hespéride, el enorme huerto y el espléndido jardín solo podía cuidarlo una Ninfa como ella, María, una Hespéride perdida en este mundo. Su porte elegante, delicado y delicioso descubre a una mujer sensible, sentimental con todo lo que la rodea, por eso solo puede ser una Ninfa enviada para cuidar de estos animales y ya de paso de un vagabundo borracho como yo».

—¡Aníbal! He llegado, cielo.

—Estoy aquí, María —dije leyendo lo que había escrito.

—¡Estás aquí! Este despacho pertenecía a mi padre, trabajaba aquí durante horas. De pequeña solía sentarme en aquella butaca y lo veía trabajar. De vez en cuando me dejaba leer alguno de los libros de la estantería —comentó situándose detrás de mí para ver que escribía.

—He visto el ordenador y lo he encendido, espero que no te moleste —me excusé mirando la pantalla.

—No me molesta, considera esta casa como tuya. ¿Puedo leer lo que escribes?

—Adelante.

Leyó lo que acababa de escribir… Acabó.

—Aníbal, es muy hermoso, es precioso. ¿Eso piensas de mí?

—Sí, pienso eso y creo que no eres de este mundo. Nadie hace por nadie lo que estás haciendo por mí —La miré a los ojos. Estaba inclinada sobre mi hombro, miré su escote por accidente, la piel, blanca, tersa, joven, me pareció un atractivo y turgente canalillo.

—Gracias, pero no soy tanto, como tú mismo dices. Ven conmigo —invitó ofreciendo su mano.

La mano era cálida, casi maternal, la apreté con fuerza. Me llevó a la cocina y me mostró los manjares que había comprado. Cocinamos y mientras comíamos…

—Aunque papá me dejó una buena herencia he pensado que podemos cultivar nuestras propias hortalizas, así nos podemos entretener. He comprado árboles frutales también —comentó antes de dar un trago a su cerveza.

—Me parece bien. De pequeño ayudaba a mi padre en su huerto y no se me daba mal. El pescado está delicioso. No sé qué me pasa, pero últimamente tengo mucha hambre.

—Debe ser el campo que te abre el apetito, cielo.

Por la tarde sembramos las hortalizas, lechuga, rábanos, ajos, cebollas, puerros… También plantamos los frutales, un peral, dos tomateras, un manzano, un naranjo y un limonero. Nos divertimos mucho haciéndolo, acabé bastante cansado, pero alegre por ayudar a mi benefactora. Una vez acabado el trabajo nos sentamos en el porche y nos bebimos una cerveza cada uno. Mirábamos el huerto con satisfacción.

—Estaba harta de tanta planta de ornamentación. Necesitaba un cambio, ¿no crees? —preguntó mirándome.

—Sí, creo que sí.

Después de cenar me acosté, estaba reventado. Me desperté de madrugada, había dormido lo suficiente, tenía sed, fui a la cocina por un vaso de agua. Cuando cruzaba el pasillo entre las habitaciones y la cocina oí gemidos, era la voz de María. La puerta de su habitación estaba abierta. Ella estaba a cuatro patas sobre la cama y el pastor alemán, Lobo creo que se llamaba, era un animal huraño, debía serlo porque era el guardián. Lobo estaba detrás de ella, la rodeaba con las patas delanteras, abrazaba las caderas de María y su picha rosada la penetraba o lo intentaba, no lo pude ver con claridad, me apoyé en el marco de la puerta sin hacer ruido. Ella gemía, el perro también. No me pareció para nada una escena dantesca, me dio lo mismo, no me importó. En la penumbra, el cuerpo desnudo de María se veía bello, delicado y delicioso, sus gemidos de placer eran suaves, muy coquetos, la verdad. Nunca había visto de cerca un cuerpo tan perfecto y bello. Los senos se balanceaban al son de las embestidas de Lobo, era divino verlos con la casi extinguida luz. Me marché a mi habitación.

Al día siguiente desayunamos, no dije nada de lo que vi la noche anterior, me comí la tostada, el café y salí al huerto a echar un vistazo. Me senté en la hamaca a fumar.

─Aníbal, voy al pueblo a comprar harina para hacer pan, ¿te vienes? ─dijo con sonrisa resplandeciente.

─Prefiero quedarme a escribir un poco.

La miraba sonreír y me pareció el animal más bello del mundo.

─Vale, nos vemos pronto ─Antes de irse besó mi cabello justo encima de la cabeza.

Mientras apuraba mi cigarro pensé que antes nunca una mujer ni persona había sido tan cariñosa conmigo, ni siquiera mi madre. Me sentía muy a gusto con María, debía ser el campo, el aire puro, o simplemente mi edad.

El día pasó muy rápido, cenamos pronto y en la sala de estar encendimos la televisión, empezaba una película en blanco y negro con un Gary Cooper jovencísimo, Adiós a las armas era la película, una buena película, la verdad.

─Me encantan las películas antiguas, ¿y a ti? ─preguntó.

─Sí, algunas sí. ¿Has visto esta?

─No, ¿es buena?

─A mí parece buena. Te gustará ─Encendí dos pitillos al mismo tiempo.

El pequeño Tobi estaba sentado sobre mis pies, respiraba con satisfacción y no sé por qué. Los gatos también entraron en la sala y cada uno fue buscando su lugar para descansar.

La película avanzaba, María tomó mi mano con tibieza, la miré de soslayo, la besé en la mejilla, giró el cuello hacia mí, la besé tímidamente en los labios, la abracé suavemente, abrió la boca y la besé con más ardor, la pegué fuertemente a mí. Me abrazó, bajé besando su cuello, tenía la piel más suave y perfumada del mundo, era como oler una flor de jazmín, me empalmé. Mi mano bajó a la vulva, la acaricié con mimo por encima de la ropa, intenté desabrochar el botón del vaquero…

─Espera, por favor, aún no. Entiéndeme, eres el primer hombre que me gusta en años. Dame tiempo y cuando sea el momento te lo haré saber.

─Está bien, sigamos viendo la película ─La rodeé con el brazo, se acurrucó entre mi brazo y el sobaco.

En compañía de María el tiempo pasaba rápidamente, no tenía noción alguna del espacio-tiempo. Me sentía en plenitud total y eso se notaba en mi forma de escribir, lo hacía más redondo  que nunca, las palabras brotaban solas, estaba fluyendo, me sentía ligero como el agua, creo que feliz. Una de esas noches me desperté de madrugada, la habitación de María estaba abierta, no estaba allí. Fui a la cocina, me preparé un té de bolsita, miré por la ventana y la luz de la cuadra estaba encendida. Dejé el agua al fuego y salí afuera, caminé hasta la cuadra, por una pequeña ventana que daba al interior pude ver como María masturbaba al poni, tenía una gran picha. Me quedé un rato y entré de nuevo en la casa. Me senté a la mesa un momento, me llevé el té al despacho y me dispuse a escribir. Cuando María entró en la casa fue directamente a la ducha, no me vio.

No me importaba que María realzara su sexualidad con los animales, ella era una Hespéride, amaba a sus animales y como tal debía amarlos.

Una mañana después de trabajar en el huerto sació mi sed con limonada recién hecha de los primeros limones del huerto. Secó mi sudor con un trapo que llevaba en la mano, me miró a los ojos…

─Tienes unos ojos muy bonitos, cariño ─susurró tomando mi rostro con ambas manos.

Hacía muchísimo calor, el sudor manaba y manaba por mi frente, ella, en cambio, estaba radiante, bella ante mis ojos, la estreché entre mis brazos y la besé, la besé con ardor, un ardor nuevo en mí. Poco a poco caímos sobre la tierra y allí levanté su falda, ladeé la braguita y María bajó mi cremallera…

─Penétrame, por favor, ámame…

Y como ella pidió entré; yacimos lentamente como si fuéramos vírgenes. Me sentí torpe, no atinaba a hacérselo cómodamente, pero al mismo tiempo estaba feliz de zambullirme en aquel coño lleno de amor. Padecí la felicidad de estar dentro de María, la besaba dulcemente tomando sus labios con los míos, entraba y salía sin cesar, pero con tal parsimonia que el sol dio color a mi nuca. Así estuvimos hasta la hora de comer, me corrí cuando me lo pidió.

Tres meses después habíamos reformado la casa, cada día arreglábamos algo más, tapé las goteras del techo, pintamos el exterior, pintamos la valla de madera que rodeaba el huerto. Sin darme cuenta estaba creando un hogar, algo que nunca había tenido. Por eso me sentía pleno, pero al mismo tiempo sentía mis pies pegados a aquella fértil tierra. Y no me gustaba saber que estaba echando raíces.

─Somos dos solitarios que se han encontrado, bueno, tú me encontraste y yo te he encontrado día a día, aquí, en esta casa alejada del mundo. Dices que me debes gratitud, ¿por qué? ─pregunté retrepado en la hamaca del porche cerveza en mano.

─En todo este tiempo no te he hablado de mí, aunque tú tampoco de ti. Tengo treinta años, siempre he vivido aquí, con mis padres, mi madre murió cuando yo tenía quince años, mi padre falleció hace dos años. Solo él ha sido mi compañía, todo mi amor se lo daba a él y mis animales. He tenido amigas, claro que he tenido, pero nunca he sido una frívola, no me gustaba salir con chicos, solo tuve un amante a los veinte y cinco y fue un amigo de mi padre. Solía venir los domingos a comer y me hizo el amor uno de aquellos domingos. Solo esa vez lo hicimos. Luego mi padre se enteró porque yo inocentemente se lo conté y su amigo no vino nunca más. Me encerré aquí con mis animales y mi padre, aprendí a amar la naturaleza y aislarme del mundo. Incluso cuando voy al pueblo a comprar sigo en mi mundo, es lo único que me hace feliz. Tú llegaste en un momento en el que la soledad y la tristeza me estaban sumergiendo en una apatía eterna. Me salvaste. Y yo te salvé de la muerte. Quiero que sepas que he dejado que te quedes porque la primera vez que me miraste vi pureza en tus ojos, sabía que no me ibas a juzgar por ser una ermitaña, sabía que no me mirarías como si estuviera loca. Desde aquel momento te amé.

─María, vivimos en un mundo de locos, es posible que seamos los más cuerdos del país de los locos. Yo no sé si te amo, pero aquí contigo soy algo que nunca he sido, feliz, aunque no estoy seguro de serlo plenamente. Para mí la bebida llegó a ser un problema, era alcohólico y medio drogadicto y aquí he aprendido a beber sin emborracharme. Mi gratitud va a ser eterna, pero no te voy a mentir, siento la necesidad de salir de aquí, necesito estar con más gente, tengo que contaminarme para volver a tus faldas a limpiarme y amarte sin cuartel.

─Mi amor, puedes irte cuando quieras, si dices que volverás te creo. Quiero que vuelvas contaminado de la vida real y que te limpies aquí conmigo y me hagas el amor hasta que me llenes de esa contaminación ─dijo mirándome a los ojos. En los suyos había tímidas lágrimas. El corazón se me encogió. La tomé en brazos y a la cama la llevé. Le hice el amor sin tregua, la follé con saña, el animal que llevo dentro entró en María. Nos unimos, nos fundimos antes de mi marcha.

No sabía cuando me iría, lo que sí sabía es que volvería, de eso no tenía duda alguna.

Una mañana me desperté y sentí el impulso de marcharme. Me vestí, María hacía el desayuno, desayunamos en silencio, ella sabía que era la hora. Me acompañó a la puerta, nos besamos.

─Vuelve, por favor. Te amo, Aníbal.

No dije nada, solo asentí. Me marché caminando.

Me dirigía al pueblo, un camión pasó a mi lado, me reconoció de verme con María por el pueblo.

─Amigo, ¿necesita que lo lleve?

─Sí.

Condujo hasta el pueblo, no hablamos, me apeé en la gasolinera, compré cigarrillos con el dinero que María metía en mi cartera a escondidas. Nunca supe por qué lo hacía, nunca pregunté. Caminé sin rumbo, no me apetecía ir más lejos, era como si un cordón umbilical me uniera a María, y si me alejaba demasiado se podía romper y no deseaba romperlo. Llegué a la puerta de un bar, entré, mi gaznate pedía whisky a gritos.

─¿Qué le pongo? ─preguntó la camarera.

─Whisky solo, por favor.

El local era el típico bar donde todos se conocen, servían tapas, bocadillos, café, lo típico en un bar español de tercera. Sirvió el whisky, estaba sentado en la barra, saqué un Benson & Hedges, miré a la camarera, aprobó que fumara. La mujer debía tener unos cuarenta, tenía las tetas caídas, creo que no llevaba sujetador. Tenía cara de comérselas a pares, normal; en un pueblo como aquel si no te diviertes mueres. Morena, cabello largo y tintado de negro azabache, raya en los ojos al estilo cani. Ojos grandes, me dio la impresión que tenía sangre gitana.

─¿Me invitas a fumar? ─preguntó la camarera.

Le ofrecí un cigarrillo directamente de la cajetilla, le di fuego con el mechero que acababa de comprar en la gasolinera.

─¿Tú eres el que vive con la loca de la granja? ─preguntó despectivamente.

─María no está loca, lo que pasa es que no la entendéis porque no os dais el permiso de conocerla, la tildáis de loca cuando está más cuerda que todos vosotros. Por vivir sola y aislada del mundo la llamáis así, que pena ─expliqué tranquilamente con el vaso en la mano.

─No te enfades, hombre. Aquí todo el mundo la llama así, antes éramos amigas. De vez en cuando la veo pasar con la camioneta, siempre pasa de largo. ¿Cómo está?

─Quizá debieras comprobarlo tú misma.

─Quizá sí, o quizá no. ¿Te pongo otro?

─Sí.

Rellenó el vaso, saqué mi libreta, pedí un bolígrafo a la camarera criticona. Comencé a escribir, sin darme cuenta se hizo la hora de comer. Pedí un par de tapas y cerveza, comí y salí a las mesas de la escasa terraza a fumar y tomar café. Comencé a escribir. Estaba aislado de todo, al igual que hacía antes de conocer a María.

─¿Puedo hacerte compañía? ─preguntó la camarera de cabello azabache.

─Puedes ─respondí sin mirarla.

─He acabado mi turno, me releva mi hija, es nuestro negocio familiar. Abrí el bar cuando mi marido me abandonó por una prima suya más joven. Si vives con María, ¿qué eres su novio? ─dijo tomando su copa de cerveza. Tenía las uñas largas, de color rosa chillón, me pareció de muy mal gusto.

─Vivo con ella, pero no soy su novio. Me rescató de las garras de la muerte.

─Ella siempre ha tenido voluntad de ayudar a la gente, no entiendo por qué ahora está alejada de todo.

No paraba de mirarme, cuando me miran fijamente me pongo nervioso, incluso un poco agresivo. Intenté no serlo.

─Cada cual toma su camino. Yo tomé el mío y me desvió aquí, a este pueblo apartado del mundo en casa de María. ¿Fumas?

─Por favor, eres muy galante, ya no hay hombres así.

Tomó el Benson acariciando mi mano, se lo encendí. La verdad que aquella mujer era bastante guapa, pero ni el pelo ni el maquillaje eran de buen gusto.

─Soy como soy y punto.

─¿Puedo saber tu nombre hombre galante? ─preguntó cruzando las piernas enfundadas en unas mallas negras.

─Aníbal.

─Yo me llamo Isa. No suelen venir muchos forasteros por aquí, solo camioneros que están de paso y gente que para en la gasolinera. Me gustaría salir de aquí, me crié en estas calles, es mucho tiempo en este sitio, mis raíces están aquí. Sin embargo me gustaría poder ofrecerle algo más a mi hija. Si conociera a un hombre que nos respetara, puede que reuniera el valor de marcharme.

─Eres una persona dependiente, antes dependías de tus padres, después de tu marido, ahora dependes de este lugar y de tus deseos ─expuse apurando mi café solo.

─No me conoces, pero puede que tengas razón. El tiempo me ha atrapado en este pueblo. Hablas muy bien, se nota que no eres de por aquí. Yo también intento hablar bien, aunque mi aspecto no es el de una persona que hable bien.

─Una contradicción, Isa. A veces las contradicciones son maravillosas. Creo que me quedaré aquí hasta la noche, estoy a gusto. Voy a pedir un whisky.

─Ya voy yo, y me pido un cubata para acompañarte ─Se levantó, le miré el culo, era bastante grande, lo tenía en su sitio.

Empecé a sentirme muy yo, en verdad necesitaba salir de la granja, estaba pensando en volver a la noche. Ya me había divertido y contaminado lejos de María, en cuanto anocheciera volvería entre sus faldas como había prometido.

Hablamos durante toda la tarde, Isa coqueteaba conmigo, rozaba su rodilla contra mi pierna, apartaba su pelo ondulado del cuello, reía frívolamente y a mí no me parecía mal, siempre me ha gustado gustar a las mujeres, aparte de ser divertido, es un polvo seguro. No estaba cierto de si quería liarme con ella, así que decidí averiguarlo. Quería saber si María me había «castrado». Anocheció.

─Debería irme, ya es de noche y quiero volver a la granja ─dije dejando el vaso en la mesa. Estaba borracho.

─¿Tienes coche?

─He venido andando.

─No puedes irte caminando con esa borrachera, te llevo en mi coche.

─Está bien ─acepté levantándome de la silla. Durante un segundo todo me dio vueltas, pero enseguida el mundo dejó de girar y pude caminar.

Isa condujo despacio hasta la granja, me dio la impresión de que no quería llegar al destino. También estaba muy oscuro y no había farolas. Aparcó antes de llegar a la granja. Puso el freno de mano y se volvió hacia mí, sus labios eran carnosos, bonitos. Me miraba con deseo y yo la besé, sentí ese impulso. Comenzó a darme lengua y a desabrochar mi camisa, me agarró los cojones y desabrochó el botón del vaquero, metió su mano entre mis piernas.

─Te deseo desde que te he visto ─susurró en mi boca.

Sigilosamente y con maestría hizo hacia atrás el respaldo de mi asiento, se quitó las mallas, las bragas y a horcajadas se situó encima de mí. La miré un instante, introduje las manos debajo de la blusa, amasé los senos y ella introdujo mi picha en ella de golpe, sentí un espasmo entre las piernas, su vagina hambrienta y devoradora me mordió. Saltaba encima de mí, destrozándome, quitándome la energía que había adquirido durante el día, mordía mis orejas, los labios, el cuello, emanaba un río de ella y me mojaba, no paraba de saltar, una y otra vez notaba que me rompía, cada vez más fuerte. Me uní a los destrozos y le mordí las tetas fuertemente, devoré los pezones y ella gritaba y gritaba. Salió de mí y me dio la espalda.

─Métela en el culo.

Lo hice, su estrechez me dio placer desde los pies a las canas de mi cabello, me corrí. Desaceleró lentamente los saltos, se salió dejándose caer encima de mí. La rodeé con los brazos acariciando los senos caídos. Nos despedimos con un beso.

La vi desaparecer en la noche, las luces del auto desaparecieron por completo dejando que reinara la oscuridad. Entré en la casa después de fumar un cigarro.

La casa estaba oscura, el silencio recordaba que los cuerpos estaban dormidos. En la alcoba María dormía, dormía plácidamente bajo las sábanas, me desnudé y me acosté a su lado. Su olor llenó mis fosas nasales, aspiré el perfume con la nariz pegada a su espalda; mi mano, como si tuviera vida propia viajó hasta su monte, lo acaricié, gimió. Se dio la vuelta, pero quedándose boca arriba, me sumergí entre las sábanas y entre sus piernas me dediqué a besar y adorar su húmedo sexo. No se despertó, cuando la tuve dispuesta sumergí el miembro poco a poco. Aquella situación en la que María parecía dormida y yo me aprovechaba de la situación me excitaba sobremanera. Daba igual haber estado con Isa unos minutos antes. La indiferencia de mi salvadora consiguó ponerme a tono para darle lo mejor de mí. Zambullida tras zambullida me dejé vencer por Afrodita y me vacié de vida y muerte. María fue portadora de mis miserias a partir de aquella noche.

En la casa, en el campo, la noción del tiempo no importaba mucho, solo ella, los animales y yo. Desde que empezamos a tener relaciones no volví a verla enredada con los animales, quizá su falta de amor la completaba conmigo. Nunca la juzgué, le tenía cariño, me había ganado.

Tiempo después me dijo que estaba embarazada, no dije nada, solo sonreí, creo que me hizo feliz. Nueve meses después nació la niña, pesó tres kilos y pico. Se parecía a María, por suerte. Comencé a hacer trabajos a los vecinos del pueblo, reparaba enchufes, pintaba paredes, de vez en cuando le hacía un «arreglo» a Isa. No echaba de menos mi vida anterior, las calles, la bebida, las mujeres, no extrañaba la mugre. Sin darme cuenta pasaron dos años. La niña caminaba y me llamaba papá, la primera vez que lo dijo lloré. María hablaba de casarnos, tiempo después lo hicimos, Nadia, nuestra hija fue la madrina.

Diez años después y no sé por qué sentí el impulso de publicar, tenía suficiente material para hacerlo y seguir escribiendo a mi aire, sin presiones. Una mañana cogí el autobús con una carpeta con manuscritos bajo el brazo para entregar en las editoriales que había buscado por Internet. Regresé un año después con Cañerías Atascadas recién publicado; para mí solo fueron unas horas fuera de casa.

No volví a la ciudad, salvo a presentar el libro acompañado de María y Nadia o, a ver a mi editor.

Martes, veinte y ocho de febrero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs VI

Dos almas rojo sangre

La mañana de la famosa reunión con Malena y el tipo llegó. Anaïs me llevó en su coche, un mini BMW color blanco descapotable, para mi gusto demasiado pequeño. Me dejó en la puerta y la fotógrafa marchó a hacer recados. Entré en el edificio, era uno de esos de oficinas, pregunté al conserje por Malena de Figueroa, me indicó el onceavo piso. Tomé el ascensor. La torre de oficinas era de lo más moderna, con mucho cristal y eso. Todo a la última, seguramente algún constructor en la época de la burbuja* (se refiere a la burbuja inmobiliaria española, ésta provocó la crisis del primer tercio del S.XXI) untó a algún concejalucho para poder construir aquella aberración. Llegué al undécimo, la puerta estaba abierta, dije hola y Malena salió a recibirme. Nos saludamos afectuosamente, me dirigió una mirada sensual, entramos en el despacho, ella delante de mí. Me imaginaba al tipo muy español, del estilo de Alfredo Landa o José Luis López Vázquez. Me desilusioné al ver que el tipo era un treintañero con traje, corbata y pelo engominado. Voy a resumir el por qué de la misteriosa reunión; resulta que el tío de la gomina era un asesor literario de una importante editorial. Lo escuché.

¿Qué te parece mi propuesta? —preguntó el asesor.

Medité un rato, necesitaba un trago. Si hubiera sido un clon de Paco Martínez Soria lo habría creído a pies juntillas; quién no va a creer al abuelo afable que cualquier familia desea tener.

Para serte sincero he venido por Malena, ya he publicado y por nada del mundo volvería a publicar. No es nada personal, pero escribo para ser yo —dije con autodeterminación. Lo tuteé porque él lo hacía conmigo.

Malena tenía cara de pocos amigos, sabía que estaba perdiendo el tiempo y eso para una mujer como ella no es nada alentador.

«Love my girl, come on. One more»* (primer verso de la canción Five To One de The Doors). No sé por qué me vino a la testa esa letra de una canción violenta de los años sesenta.

Yo de ti me lo pensaría. De todas maneras estaré en contacto con Malena por si cambias de parecer. Tu obra trae aire fresco, Aníbal, no desperdicies tu talento. Aprovecha esta oportunidad y muestra tu talento al mundo.

Se despidió y se marchó. Hice un movimiento de cabeza y bajé la mirada, miré mis zapatos durante un instante.

¡Se puede saber qué te pasa! ¿Estás loco? —exclamó Malena con enfado.

Puede que esté loco, me has traído aquí para entrevistarme con ese tipo de pelos engominados y he dicho que no, y eso que la oferta no estaba mal.

Haber aceptado. A veces creo que estás loco o eres un pobre diablo que se divierte perdiendo oportunidades como esta. Vete tengo trabajo, ya nos veremos —pidió con educación y elegancia, pero con enojo, un buen enojo.

Decidí caminar un rato, cogí el autobús. Sé muy bien por qué escribo, el sueño de la otra noche me ha sumido en un hastío profundo, estoy irritado y ese tipo tan bien plantado, con la camisa y los pantalones planchados, tan pulcro él, tan guapo, ha creído que iba a aceptar su oferta por comerme la polla durante un rato. Huyo de esos personajes y siempre huiré. La apariencia no es sincera* (título de una canción del grupo español de rock Héroes del Silencio, incluida en el álbum El espíritu del vino (1993).

Publicar, oh, publicar con una importante editorial, no está mal, de verdad. ¿Y si triunfo? ¿Y si mi libro se vende tan bien qué los lectores van a querer más de lo mismo? ¿Sería capaz? Enganchar al lector es difícil, pero una vez lo tomas por los cojones la responsabilidad aparece en forma de exigencias por parte del lector y la propia editorial. Sería responsable de no decepcionarlos y escribir para alimentar al animal, al lector; no quiero tanta responsabilidad, la detesto. Escribir es un gran placer, no pienso cambiar ese placer por nada del mundo.

Anaïs me pidió que me quedara unos días más en su apartamento…

«A veces, cuando escribo en solitaria compañía, un «culo» de whiskey, unos cigarrillos baratos comprados en el «chino» de la esquina, pienso en la decadencia de la literatura a principios de este siglo; donde la comunicación ha cambiado totalmente y evoluciona a pasos agigantados, creo que los humanos no estamos hechos para tanta rapidez, no sé, de verdad.

Cuando leo en Internet todos esos blogs con faltas de ortografía y con tanto desorden me entran ganas de tirar el ordenador por la ventana, pienso; «el mundo está lleno de analfabetos que escriben».

Quizá Zaratustra habría dicho algo así, «venid incautos, venid, os enseñaré a tomar por culo como es debido, panda de imbéciles».

Esta habitación cochambrosa, mísera, sólo me rodea miseria, hambre y muerte. Miro las paredes, antes eran blancas, ahora son casi negras. La mugre me rodea, nos rodea a todos. Sólo que la mugre puede ser visible o invisible, como la guerra sucia a la que nos enfrentamos con las agencias de capital-riesgo, los lobbyes y demás cabrones llenadores de bolsillos ajenos y vaciadores de tantos otros.

Tendrías que frecuentar más el ambiente literario de la ciudad, Aníbal.
—¿Para qué? Las veces que he ido a alguna presentación me he aburrido tanto hasta tener que emborracharme. No soporto a los «dícese escritores». Eso no es para mí, querida.
—Te crees la leche, ¿verdad?
—M.A. mírame, soy una mierda aplastada en la calle. Soy como soy, la gente me importa un bledo, esta conversación no me aporta nada. Esos escribientes que publican en Internet y en papel me importan aún menos. ¿Sabes lo que me mantiene vivo? Lo que me tiene en pie en esta habitación de mierda es pensar que soy la hostia, el más guapo, el que la tiene más grande de todos y el que mejor escribe. De no ser así me habría suicidado hace años.
—No deberías ser tan pesimista, eso te mata poco a poco.
—Todos morimos poco a poco desde que nacemos. No pienso estar aquí eternamente. Pertenezco a la calle, soy de los suburbios. Ratas, sapos, chaperos, putas, delincuentes, ese es mi mundo, sobre eso escribo. Los polvos, las drogas, el alcohol, son pura gasolina para aguantar a los que mandan. No soy pesimista, veo la suciedad de la realidad, la realidad que vosotros no veis ocultando las cabezas en la tierra como avestruces. El positivismo es el consuelo de los pobres holgazanes que buscan quién les saque las castañas del fuego. ¡A la mierda todos! ¿Me oís? ¡A LA MIERDA!—, dije sacando medio cuerpo por la ventana…»

La reunión con el editor me había dado la posibilidad de escribir durante unos días, me sentía inspirado, ¿se dice así? Estaba pasando demasiado tiempo en casa de Anaïs, pero me sentía bien. Yo trabajaba escribiendo, ella trabajaba en su próxima exposición, todo marchaba sobre ruedas. No me preocupaba por nada que no fuera escribir.

Miro el cigarro consumiéndose entre mis dedos, la tristeza invade mi alma, la melancolía arrebata mi sonrisa al presenciar las tonterías más triviales, siento que la desazón viene y va, a ratos me deja vivir, otros me llenan por completo hasta que padezco una enorme desilusión por mí mismo. No soy feliz, ¿quién lo es? El whisky está en el vaso, The soft parade* (canción de The Doors del álbum del mismo título de 1969) comienza a sonar, el cigarrillo se consume en el cenicero, pienso en mí, pienso en Malena, pienso en Anaïs, pienso en todas las mujeres que han retozado en mi machacado cuerpo. ¡Fuera de aquí! ¡Largo! Azota los ojos de la serpiente, conviértete en el martillo que machaca los cráneos de los que te han hundido en la muerte perpetua, muerte, muerte. ¡Sangre, muerte!

«Necesitamos alguien o algo nuevo. Algo más que nos lleve a través. Llamando a los perros, llamando a los perros…»* (traducción de un párrafo de la letra de The soft parade de The Doors).

¿Has pensado en la oferta del editor? —me preguntó Anaïs después de una buena sesión de zambullida.

¿La verdad?

Por favor.

No. No he tenido tiempo ni quiero pensar en editores, no me interesan esas gilipolleces. Aquí estoy bien, escribo casi todo el día. Aunque no fue mala la oferta, el tipo sabe hacer negocios, pero no sé. Me da pánico publicar y salir a la luz. Soy una especie de mito de la caverna* (el autor se refiere al diálogo de Platón), pero con conocimiento —expuse buscando la cajetilla de Benson & Hedges.

Deberías pensarlo mejor. Tú mismo dices que la oferta es buena, piénsatelo y luego decides sí o no.

Se levantó de la cama y fue al baño, aspiré y exhalé un par de caladas, apagué el cigarro, me tapé con las sábanas.

Cuando se le pasó a Malena el enfado conmigo llamó a Anaïs, vino al apartamento. Me saludó y marcharon a cenar. Así que esa noche estuve dedicándome a escribir, fumar y beber vino. Me emborraché. La cabeza me iba a estallar, vomitaba letras.

«La gente es rara, somos raros, cuando éramos raros, realmente raros, éramos más felices. Estudiábamos, trabajábamos, comíamos, follábamos sin importarnos el mañana. ¿Cuándo nos volvimos esclavos e imbéciles? Yo no lo sé, por eso lo escribo ahora, creo que leyéndolo quizá encuentre una jodida respuesta…».

Estaba inmerso todavía en la serie de relatos En brazos de… Me gusta escribir varios relatos con el mismo protagonista y contar sus aventuras, pero en este caso el protagonista era yo.

Había vuelto a la habitación que tenía alquilada en aquel barrio de gente incorrecta y rara para los que se llaman no-raros. Anaïs comprendió que yo tenía que vivir solo, unos días juntos nos hizo bien, pero yo necesitaba estar en mi mundo para poder vivir fuera feliz o no. Dormí mucho, me hacía falta dormir más horas de lo normal, vivir con la fotógrafa me había vaciado, me llené bebiendo, escribiendo y durmiendo. No había vuelto a trabajar, me quedaba poco dinero, al día siguiente iría a comprar el periódico.

«No recuerdo el nombre del editor, será que no lo escuché, me importa un comino su nombre. Esos hombrecillos que agitan las manos para que los escuches me parecen patéticos, son tan esclavos de sus propias metas que no se dan cuenta cuando alguien no quiere saber nada de ellos. Entre Malena y Anaïs estaban intentando convertirme en un esclavo. Anaïs parecía libre, pero no lo era. No lo era del todo. Sin embargo, cuando miraba a la mayoría de las personas que conocía, ella era la más libre. Su porte de diva, sensual, sexy e inteligente le había surtido una gran cantidad de afecto tanto de hombres como de mujeres. Sexualmente era libre, pero no de espíritu, por el camino debió perderse, por eso estaba tan enganchada a mí. ¿Y yo a ella? Creo que también, no solo su divino coño me ha enganchado, también su mente, sus pensamientos entran en mí y me seducen, me follan, me aman, su coño me ama. Pero no creo que su matriz sea el lugar ideal para vivir. Estos días viviendo con ella he conocido aspectos de ella que no me gustan. No me gusta que haya intercedido con Malena para engañarme con lo del editor, no me gusta que quiera estar siempre dentro de mi mente, se preocupa demasiado por cosas poco importantes como comer, pagar facturas… Esas ocupaciones le restan encanto y feminidad. Ahora, extraño a las mujeres con las que he vivido, solo bebíamos, nos drogábamos cuando había dinero y follábamos, sí, nos tirábamos todo el día dándole al asunto, bebiendo, fumando. No hay cosa más hermosa como encender un cigarro y escribir y escribir cuando uno acaba de hacer el amor con una de esas mujeres…». Mientras tengo este pensamiento escucho el nuevo álbum de Clara Plath, Accident protagoniza el silencio roto en este momento…

—¿Dónde vas? —me preguntó.

Alina, querida. Después de esta zambullida maravillosa necesito recargar las baterías. Anda, sé buena y sírveme un trago —pedí mientras tomaba mi libreta y el bolígrafo.

No queda bebida, nene. Nos la hemos bebido toda.

¿Nos queda dinero?

Un poco.

Baja al chino y compra whisky y cigarrillos.

Vale, si alcanza el dinero compraré algo de comer —dijo levantándose de la cama completamente desnuda. La miraba resurgir de las aguas enredadas en su cuerpo, tan blanco como el mármol, esbelta, perfecta y sudorosa.

Ven aquí, nena.

Se acercó adónde yo estaba, la rodeé con un brazo, la apreté, puse mi nariz en su vientre, aspiré muy hondo. Su olor entró por mis fosas nasales, me reconforté.

Me encanta tu olor, cariño —Alina sonrió, acarició mi cabello y fue a vestirse.

Escribí durante un buen rato, párrafos sueltos de tonterías sin importancia, toc toc toc. Alguien llama. —¿Quién es? —pregunté pegado a la puerta de la habitación.

Soy Flanagan.

Abrí.

Pero, ¿qué haces desnudo hombre de dios. Mejor no pregunto. ¿Estás solo? —preguntó mi amigo.

Sí, Alina ha salido a comprar provisiones.

Vaya, aún sigues con ella, sabes que no te conviene… Te gusta vivir en la cuerda floja, a mí también. Vístete, nos vamos —se sentó en el borde de la cama. —La hostia, aquí huele a folleteo.

Aún no ha vuelto de comprar, aunque ya hace bastante rato que se fue. ¿A qué viene tanta prisa, amigo? —dije con los brazos en jarra como mi madre me trajo al mundo.

Ponte algo de ropa y salgamos de aquí, el olor a sexo se me hace insoportable.

Vale. Me vestiré, algo tendrás en mente, cabrón.

Deberías comprarte o robar un ordenador. Vamos a ver que estabas escribiendo, hermano —cogió la libreta y se tumbó en la cama a leer. No creo que le molestaran demasiado mis zambullidas con Alina, creo que se ponía cachondo.

Vamos —pedí abriendo la puerta y mirando a aquel cabrón que tenía de amigo.

Venga vamos, quiero enseñarte un local nuevo. Está de miedo, hay unas tías, jejejé.

Ya salió el peine, sería un club de baile* (el autor hace un guiño a Henry Miller, toma la palabra baile como licencia refiriéndose a un local de alterne) o algo parecido. Nos gustaba el exceso en exceso, nos gustaba beber, las drogas, las putas. Aunque teníamos algo que no tienen los viciosos, inteligencia. Usábamos los excesos para fluir y enardecer nuestro espíritu, no para escapar, no éramos fugitivos, éramos dos hijoputas que disfrutaban amándose y siendo incorrectos.

Entré en aquel Clio destrozado, pero aún andaba. La pintura estaba llena de óxido, la tapicería como mordida por un perro, el olor no estaba mal, pero la música era excelente, engrandecía el honor de ser amigo de Flanagan. Y Sunshine on your love* (tema del grupo de los sesenta Cream del álbum Disraeli Gears (1967) comenzó a dar hostiazos en mis oídos. El blues, oh el blues, puede hacerme levitar, puede empalmarme, puede hacerme sonreír mientras escribo o echo un polvo.

Como siempre conducía como si alguien lo persiguiera, pisaba el acelerador y cambiaba las marchas como si se creyera Fernando Alonso, pasaba por donde nadie en su juicio lo haría, adelantaba y reducía para que el coche acelerara más, menudo era. Llegamos al local en un santiamén. Ya era noche cerrada, así que los gatos nocturnos maullaban y salían en busca de carne fresca. Entramos, el portero nos dio dos cartulinas para que nos apuntaran las consumiciones y ¡voilá! Era un local de striptease, que cabrón este Flanagan. Nunca había entrado en un sitio así, en Murcia no había locales así. Pedimos dos whiskies con hielo, nos sentamos a pie de barra. Había una chica bastante menuda bailando y mostrando los senos, solo el tanga tapaba la minúscula vergüenza.

La que baila es amiga mía, se llama Sonia.

Lo miré y creí adivinar por qué estábamos allí. Los tíos babeaban como cerdos olisqueando la mierda en busca de algo para echarse a la boca. Allí estaban jaleando entre ellos y admirando el cuerpo de Sonia. Tenía un cuerpo bonito, pequeño, bien formado. El ejercicio se notaba en sus curvas, parecía estar en forma.

De repente pensé en Alina, si había vuelto debió decepcionarse al ver que yo no estaba. Aunque ella solía desaparecer unos días cuando se cansaba de mí. Pero no estuvo bien marcharme sin que ella lo supiera, estábamos pasando unos días bastante buenos, no discutíamos, solo vivíamos disfrutando de nosotros.

Baila bien, ¡eh! Mira que cuerpo tiene, es perfecto —dijo Flanagan tomando el vaso para beber.

No dije nada, miraba a las otras chicas que por allí pululaban, no estaban nada mal, estaban muy buenas, la verdad. Iban ligeras de ropa y los tíos las invitaban a tomar copas y ellas se restregaban, pero nada más. Sonia acabó el número, se echó por encima una especie de chal o batín. Vino hacia nosotros. Flanagan y ella se saludaron con dos besos en las mejillas y un abrazo efusivo, apretado.

Este es Aníbal, mi amigo—Sonia me saludó al igual que a Flanagan. Le pidió una copa al camarero, le sirvió una especie de granizado. Lo apuntó en la cartulina de mi socio. Él lo iba a pagar todo, yo no tenía dinero. Si no hubiera sido así tendría que haber hecho un sinpa.

Se quedó con nosotros, yo estaba embutido en mis pensamientos, no me aburría, tenía mi cerebro para divertirme. Comencé a inventar historietas con la gente del local, yo era un superhéroe salvando a las chicas de las garras de los Sátiros. Y Sonia era la malvada reina de las Desdichadas, sacaba su espada y quería darme matarile. Flanagan era el malnutrido esclavo de Sonia y yo luchaba a capa y espada como si fuera El Cid. Volví con ellos a su realidad.

Tu amigo habla poco —dijo Sonia.

Bueno, Aníbal es así. Piensa mucho, es un gran pensador y también un gran conversador —dijo mirándome.

Oye Sonia, ¿aquí se puede fumar? pregunté.

Sí, claro. Dejan fumar porque a nadie le gusta que lo vean entrar y salir de un sitio como este. Somos discretos.

Ya, los prejuicios de los que están aquí y de los que pasean por la calle. Esto podría ser una carnicería, donde ves la carne, la eliges y te la comes. Las carnicerías son negocios respetables —expuse llevando el vaso a mis labios.

Sonia me miró fijamente, Flanagan sonrió…».

Me retrepé en la silla frente al ordenador. Recordar episodios de mi vida y escribirlos me satisfacía y me satisface, era como una especie de diario, pero desordenado. Salí a la calle a por un poco de acción.

Cogí el autobús, no sabía adónde me dirigía, me senté en la parte de atrás del coche, miraba por la ventana totalmente ausente. Los pasajeros entraban, salían, hacían ruido, sobre todo los jóvenes con sus irritantes risas, sus granos en la cara, sus móviles, sus cuchicheos, entorpecían el flujo de la vida en aquel autobús. ¿Qué es la responsabilidad? Puede ser esa cosa que nos dicen que debemos tener para ser hombres y mujeres de provecho. Clic clic y me he acordado de mi madre. Solía decirme eso la mujer, «estudies o trabajes tienes que ser un hombre de provecho», no lo entendía pero esas palabras se grabaron a fuego en mí. Me gusta el café, cuando trabajo y tengo dinero siempre tengo café en la habitación, me sirvo una taza y empiezo a trabajar; al cabo de un día sentado delante del ordenador puedo tomar dos o tres cafeteras. Regresando al autobús pensaba en la responsabilidad, hoy en día brilla por su ausencia. Se ha instaurado la cobardía, ya no importa ser responsable de tus actos. Mi madre ha sido la mejor educadora que he tenido, le debo la vida y lo que hizo de mí. Soy bastante irresponsable, ¿verdad? A ojos de la Masa no soy más que un despojo, pero yo no digo que mis males sean culpa de otros, excepto la pérdida de mis ingresos, eso si fue culpa de los generadores de la crisis (también los ciudadanos tuvimos nuestra culpa, pero en un grado menor), nuestros adorados políticos y los benefactores llamados bancos, esa estructura molecular que te aconsejaba qué crédito o qué cuenta adquirir. Antes eran amigos, ahora enemigos, se lo han ganado a pulso.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs V pincha aquí

Sábado, once de febrero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs V

                 Dos almas color rojo sangre 

Imagen: Fotograma de la película Gilda (1946), protagonizada por Rita Hayworth (en la imagen) y por Glenn Ford. Dirigida por Charles Vidor.

La montaña rusa de mi vida no para de subir y bajar, ahora parece que estoy llegando a la cima, Anaïs y su arte me han seducido, Malena y su experiencia me quieren para algún plan, y yo, ¿qué soy? Soy un jodido romántico, solitario, muy solitario. Un borracho, un vagabundo y un escritor, eso soy. Seguí andando, miraba a mi alrededor recordando aquel primer año cuando decidí emanciparme de mis padres. Poco había cambiado la calle, la mayoría de los negocios que conocía habían desaparecido, otros estaban en su lugar, sobre todo chinos y verdulerías árabes. Las subvenciones, ya sabéis, son todas para ellos. Hacía frío, me cortaba la cara y la nariz parecía la del reno ese de los dibujos. Paré a la altura de un bar, ¡cómo olvidarlo! Solo hacía unas semanas que no iba. El Bar de Miguel estaba ante mis ojos, otra vuelta de tuerca estaba dando, de vuelta al hogar, ¿no? He mencionado lo de la calle porque siempre que voy al Bar de Miguel voy por el sentido contrario y casi había olvidado que más adelante estaba la calle de mi emancipación y mi primer amor, si a eso se le puede llamar amor. Tiempo después me dijeron que Ana había acabado bastante mal, sobredosis y esa cala* (En lenguaje nadsat significa mierda. El nadsat es un lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica). Miré dentro del bar y había caras conocidas, toqué el cristal de la ventana de la calle y Miguel hizo un ademán para que entrara.

—¡Zagales, el señor Aníbal Haze está entrando! —exclamó Miguel al verme entrar.

—Hola Miguel, ¿cómo estás?

—Yo muy bien. ¿Y tú? Hace bastante que no te veo —dijo sirviéndome un whisky con hielo.

Los clientes me miraban, alguno se acercó a saludar.

—Estoy bien. Trabajando por la noche y escribiendo. Y por ahí, ya sabes —aclaré sacando un Benson & Hedges. Lo encendí.

Miguel siguió a lo suyo. Conmigo habíamos unos siete clientes en el bar, y como siempre uno echaba monedas en la tragaperras como si la máquina fuera a sacarlo de la pobreza. Cada cual busca su estrella donde puede o como sabe, ¿verdad?

Anaïs llegó a mi mente, la echaba de menos y no sabía por qué. Me apetecía estar con ella, pero no quería encariñarme ni que se encariñara conmigo. Éramos almas libres que se unían de vez en cuando porque necesitábamos estar con seres afines a nosotros. Soy sobrenatural y súper-serio, es posible, me río poco o casi nada. Me aburro de mí mismo, me aburre existir y la gente, que asco. Miraba a los clientes del bar y joder, menudos los tíos. Unos perdedores que gastaban su paga en beber y jugar y echar algún polvo con alguna elementa que fuera al bar. Y si tenían mujer, gracias a que la conservaban, porque a la mayoría los habían dejado, no por vagos sino por bebedores y jugadores. El matrimonio es esa cárcel en la que está prohibido vivir, cualquier sensación que no esté planeada se deshecha.

Me sentía auto destructivo, la limpieza de poco me había servido, así que otra vez me estaba seduciendo la soledad del lado oscuro del inconsciente.

—Miguel, tío. Pásame un gramo —pedí al camarero.

—Dame unos minutos —Y se largó a la cocina. Seguramente fue a pesar la merca. Siempre tenía coca lista para la venta, pero prefería pesar lo que me vendía.

Pensé en el fuego, en el juego de jugar con fuego. Algo me empujaba al exceso nuevamente. Escudriñé con ojos empequeñecidos el horizonte, pensé en el sueño y quizá no tendría que haber trabajado tantas horas para limpiarme del todo. Limpiar mi inconsciente del sobrante, pero aún me quedaba mucho. Así que me daría unas vacaciones de análisis y viviría. A esa hora mi jefe llamaba a mi móvil. Hacía unos días que no iba al curro. Apagué el terminal. A la mierda, pensé. Estaba haciendo lo que siempre hacía, huir.

Llegó la mercancía en una bolsita muy mona de plástico, le pagué discretamente al vendedor-camarero.

—Espera un rato que cierre y podrás meterte encima de la barra —dijo Miguel sabiendo que no me gustaba ir al baño a drogarme.

Antes de cerrar una mujercita entró en el bar. Iba sola, mala señal, llevaba problemas consigo misma. La observé entrar con mi segundo escocés, era bastante joven, no era fea. Morena, alta, delgada, cabello corto como un chico. No estaba mal en aquel vestido negro. Pidió un cubata y encendió un cigarrillo. Saqué la libreta y le pedí un bolígrafo a Miguel, el mío lo había perdido, o la había olvidado en casa.

«Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, reinará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que está escrita la realidad», escribí esa cita de Henry Miller en la libreta, la estudiaba, la analizaba. El caos, la destrucción, la muerte; desaprender para aprender, he aquí la revelación. Todo es aprendizaje y cuando ya el conocimiento no sirve para nada, o te obstaculiza el avance es hora de desaprender para aprender.

Y el caos llegó y el tiempo convertido en tiempo ya no tenía falos que lo penetraran. Ya no estaría más tiempo preñado. Estéril, muerto y enterrado se sumió en un cáncer que ni el caos pudo ayudarlo. Pero llegó él, el gran falo del Dios. Y se lo folló y dejó la semilla en forma de esperma y preñó de nuevo al coño de la humanidad. Y otra raza de humanos ignorantes e imbéciles nacería de nuevo. ¡Voilá! Gran párrafo para un perdedor como yo, ¿no creen? Y Clara-Anaïs volvió a mi mente en forma de gran vagina, inmensa y cálida, viscosa y hambrienta de mi conocimiento y de mi enorme polla. Los dos estábamos hambrientos el uno del otro, nos necesitábamos para no morir en solitaria compañía.

A esas alturas la chica de cabello negro y corto no cesaba de mirarme, yo la ignoraba, pero al final la miré y en un santiamén vino a mi lado. Se sentó en un taburete, me miró y…

—¿Qué escribes tan concentrado? —preguntó bastante achispada. Venía de otro bar por lo que pude advertir.

—Nada en particular, pajas mentales.

—Todos nos hacemos pajas mentales, si yo te contara. Miguel, ponte unos frutos secos, por favor —La chica conocía a Miguel y tenía educación. La gente con modales me cae bien. —¿Brindas conmigo? —preguntó.

—Sí —respondí.

—Brindemos por la vida y porque mi jefe me ha echado a la puta calle un viernes por la tarde —expuso la chica. Brindamos y bebimos.

Comió unos pocos frutos secos, bebió otro trago del cuba libre.

—Voy al baño, guárdame el sitio, ¿eh? ¿Me das un beso? —pidió mirándome la boca y apestando a alcohol.

Pensé un momento en la situación, una chica muy borracha pedía que la besara. Seguro que algún tipo la había dejado aparte de su jefe. No dije nada, solo aparté la cabeza. Fue al baño dando tumbos. Una chica sola un viernes por la noche en un local como aquel es un ovillo de problemas y yo ya tenía bastante con los míos. En unos minutos volvió y siguió con la cantinela del beso, la rechacé de nuevo y un disparo entró por mis sienes. La chica era un aviso del inconsciente, debía salir pitando de allí. Y eso hice, pagué la cuenta y me largué con la coca en el bolsillo. Ni me despedí de la chica, me fui sin mirar atrás.

Mientras caminaba en dirección a casa pensaba en Anaïs, en las miradas, en el sudor sexual, en la inteligencia, en mi caos, en sus obras, en nosotros, al final pensaba en nosotros. Creo que tengo un serio problema de satisfacción, nada me satisface, estoy seco.

En la habitación me dispuse a escribir, me serví un culo de whisky y me hice un par de tiros, esnifé uno, encendí un cigarro y comencé a escribir. Al despuntar el día me había bebido la botella de escocés, me había metido la coca y había escrito bastante. Me metí en la cama. Me desperté tres días después. Volví a olvidar que Malena me llamaría.

Desperté el tercer día, fue como una resurrección, fue todo muy espiritual, la verdad. Me sentía pleno, aún no sabía cuánto había dormido. Miré el móvil, estaba apagado, se debió quedar sin batería por la noche. Lo puse a cargar en el enchufe más cercano a la cama. Puse la almohada en mi espalda y me recosté mientras el teléfono se cargaba para poder encenderlo. Encendí uno de los dos cigarrillos que quedaban en la cajetilla. Aspiré hondo, me notaba demasiado limpio, el humo entraba por una autopista límpida y con asfalto nuevo. Fumaba lentamente pensado cómo coño me sentía tan bien si unas horas antes estaba destrozado. Bueno, pensé, voy a la ducha. Abrí el agua caliente, me metí debajo, una sensación reconfortante avivó mi piel, estaba realmente bien. En unos diez minutos me duché, mientras me secaba con la única toalla que tenía (decidí que debía lavarla) pensaba en Anaïs, pensaba en la chica borracha que quiso que la besara la noche anterior. Oí voces fuera del baño, se me había olvidado la ropa en la habitación, así que me puse la toalla alrededor de la cintura para tapar mis vergüenzas. Salí fuera del baño y para mi sorpresa Anaïs y Malena estaban allí de pie al pie de la cama.

—¡Hombre, el desaparecido! —exclamó Malena.

—Aníbal, te he llamado miles de veces estos tres últimos días, ¿estás bien? —dijo Anaïs con dulzura. Malena me miraba con total desaprobación, parecía una madre a punto de regañar a su hijo por haber hecho alguna trastada. No entendía nada.

—Sí, estoy bien. Solo he dormido unas horas, supongo que me hacía falta.

—¿Unas horas? Tendrás cara. Hace tres días que te buscamos —expuso Malena.

—¿Cómo? ¿Tres días? No entiendo nada. Anoche estuve por ahí, bebiendo. Antes de nada, ¿qué día es hoy?

—Martes, hoy es martes —dijo la cincuentona muy enfadada.

—Lo importante es que estás bien, querido. Si no llega a ser por Malena que sabe dónde vives yo no habría dado contigo. ¿Tienes hambre? ¿Has desayunado? —Ay, Anaïs siempre tan atenta y dulce conmigo.

—Vístete, vamos a tomar algo —ordenó Malena de mala uva.

Mientras me vestía en el baño las oí cuchichear. Malena dijo algo como que no era formal y sería imposible trabajar conmigo, —lo único que lo salva es que escribe cojonudamente bien —Bueno, la señorona conocía bien el lenguaje soez, todo un descubrimiento. Ya vestido me reuní con ellas.

—¿Cómo habéis entrado? —les pregunté.

—La casera nos ha abierto. La mujer temía que te hubieras muerto. Nos dijo que te cuidáramos porque la vida que llevas no es sana —expuso Anaïs. Estaba realmente bella con unos pantalones negros, blusa blanca, corbatín negro y el cabello suelto y sutilmente maquillada. Nos largamos de allí.

En la calle el sol estaba alto, recordé que dejé el teléfono móvil en la habitación, hacía calor, un día espléndido. Tenía hambre, así que fuimos a un bar cercano. Pedí café y tostadas con tomate. Ellas pidieron solo café.

—He quedado con un buen amigo pasado mañana en su despacho. No me falles esta vez, por favor —dijo Malena echando el azúcar en su café solo.

—Pero, ¿para qué? No te entiendo, Malena. Dime para qué es esa reunión tan importante.

—Cielo, escucha a Malena, tiene muy buenos contactos, ya te enterarás pasado mañana —dijo la fotógrafa con cariño hacia mí.

—Vale, iré. No te fallaré.

En ese momento solo pensaba en comer, en engullir los manjares presentados ante mí. Me importaba poco y nada la reunión con el tipo aquel, y menos aún Malena y sus ganas de colgarse una medalla como descubridora del floreciente escritor. Acabamos las consumiciones…

—Para que no me vuelvas a fallar, porque van tres, querido amigo, te vas a mudar a casa de Anaïs y ella te controlará, ya que por lo que parece eres incapaz de controlarte y porque no me fío de ti. ¿Está claro? —La miré, miré a Malena con mala hostia, deseaba abofetearla porque yo no era un niño, a veces me comportaba como tal, pero ella no era nadie para ordenarme nada. Solo habíamos bebido y follado.

—Descuida, Aníbal vendrá a casa, ¿verdad, cielo?

—¿Tengo otra alternativa? —Al mirarlas a los ojos comprendí que no.

Salimos fuera del local, Malena pagó la cuenta. Nos despedimos de la señorona, Anaïs y yo volvimos a la habitación. Cogí unas mudas, el ordenador y el móvil, todo metido en la mochila. Fuimos a su apartamento en su coche.

Llegamos, subimos al apartamento sin hablar, yo pensaba cómo había llegado allí. Se suponía que era un ser libre, y no me gustaba ser un monigote de dos mujeres, bellas, sí, pero al fin y al cabo arpías.

—Puedes dejar la mochila en el dormitorio. Estás en tu casa, querido —la miré disgustado, cambió el tono a más dulce. —Cariño, esto es por tu bien. Malena tiene planes para ti y queremos que estés listo y preparado. Publicarás con una gran editorial, al editor le han encantado tus manuscritos.

—¿Y yo? ¿No tengo nada que decir?

—Claro que sí. ¿No te agrada la idea?

—Pues no. No quiero volver a publicar, escribo porque lo necesito, escribo para poder soportar este mundo.

—Lo siento. Hagamos una cosa, piénsatelo estos días y decide. No es que me guste el modo de proceder de Malena, pero me lo explicó y me entusiasmé con la idea. Aunque es tu decisión.

Me estaba asfixiando y creo que Anaïs lo percibió. Quería estar con ella, pero en ese momento no. Quería soledad, me agarraron por el cuello impidiéndome respirar.

—Anaïs, voy a salir a la calle. En un rato vuelvo.

—Vale, pero no te pierdas o Malena nos matará. Llévate el móvil.

—No te preocupes, volveré. Te echaba de menos, nena —dije besándola en los labios con mucha ternura. Me largué.

Necesitaba leer algo que me motivara, nada de lo que leía me estimulaba ni me la ponía dura. Necesitaba leer letras duras para escribir algo que valiera la pena. El hambre del hombre es ancestral, se arrima curioso en busca de calor, pero termina arremolinado en un burdel. Al final ellas, las putas pagan los platos rotos de casa. Los hombres buscan un óvulo al que fecundar, al final el esperma se queda en el látex después de unos cuantos embates en un coño desconocido. Mi sed, mi vieja sed de conocimiento, de amor, mi insatisfacción me perseguía, no estaba satisfecho, nunca lo había estado y supongo que nunca lo estaré. Pensando qué poder leer me dispuse a ir a la biblioteca, cogí el autobús. Me senté en la última fila, miré a la izquierda y en el asiento contiguo había una cartera, se le debió caer a alguien. Con cuidado de que nadie me viera la abrí y había unos cincuenta euros y algo de calderilla. Me la guardé, nunca se sabe cuándo se pueden necesitar cincuenta euros. Encendí el móvil, allí estaban las miles de llamadas de Malena y Anaïs. No recordaba haberles dado mi número, aunque llamé a Malena con mi número cuando la dejé colgada por primera vez. Se lo debió pasar a la fotógrafa. También había innumerables llamadas de mi jefe, mensajes de texto. Como no pudo contactar conmigo, en un último mensaje me dijo que no volviera por la oficina. Le respondí preguntando por mi liquidación. Al rato me respondió que por la tarde pasara por la oficina. Según mis cálculos debía pagarme 1200€. Con ese dinero y el que me quedaba podría pasar un tiempo. Al fin había conseguido lo que quería, huyendo como siempre, pero, ¿qué más da? Puede que el fin justifique los medios. Llegué a la parada de la Biblioteca Regional. Entré y fui directo a los ordenadores, tecleé La máquina de follar de mi amado Bukowski. No lo había leído, así que sería un descubrimiento total. Había uno disponible, apunté el número de referencia en mi libreta, fui por él y me lo prestó un funcionario muy serio. Volví a tomar el autobús, deseaba regresar con Anaïs. En el transporte leí el primer relato, Tres mujeres. La literatura estaba fresca, como recién escrito. Pude sentir la fuerza de Hank* (apodo de Charles Bukowski) al penetrar a aquellas tres mujeres. Pude sentir el olor a vino barato, pude sentir el calor de Los Ángeles, me transporté allí. Y llegó mi parada, bajé con el libro debajo del brazo. Llamé al portero automático, Anaïs abrió enseguida. Subí en el ascensor deseoso de leer y llenarme de vida otra vez, por fin. La puerta del apartamento estaba abierta.

—Ya estoy de vuelta —dije cerrando la puerta detrás de mí.

—Hola cielo. ¿Qué libro traes ahí bajo el brazo? —preguntó al acercarse a mí para besarme.

—He ido a la biblioteca y he tomado prestado este libro de Bukowski.

—A ver… La máquina de follar. No lo he leído, solo he leído poemas suyos. Ven, quiero que me veas trabajar —pidió iniciando el andar delante de mí, bamboleando el culo dentro de aquel batín estilo japonés.

Su trasero me llevó al pequeño estudio, las luces estaban preparadas, el biombo puesto, la cámara lista encima del trípode, justo antes de sentarme en el sofá de dos plazas tuve la idea de ir por el ordenador. Anaïs se preparaba detrás del biombo. Volví con el ordenador entre las manos, lo enchufé a la luz, me senté con el aparato en el regazo. Ponía la cámara a su gusto, terminó. Vino a mí, mirándome con picardía se deshizo del batín dejándolo caer por su espalda con parsimonia y elegancia. Una vez estuvo expuesta ante mí, volví a ver su voluptuosidad, aquella que llenaba mis pensamientos, solo una braguita blanca de encaje y un collar de perlas (quiero pensar que eran auténticas) bajaba por el cuello tapando los pezones. Me emocioné, pero no solo el sexo creció, también mi corazón, mis ojos llenándose de la figura que me excitaba; comencé a escribir.

Delante de la cámara se contoneaba bajo los focos, el fondo era blanco, puro, brillaba. Recordé mis fantasías de cómo puede que fuera el Olimpo. A la vez puro e impuro, una simbiosis entre el bien y el mal. El amor y el odio, la inocencia y el sexo desmedido de los dioses con las mortales, vírgenes, folladas por los cuatro puntos cardinales y preñadas para concebir a los héroes de un mundo insatisfecho y lleno de odio.

Anaïs se balanceaba delante del objetivo, lo seducía, se lo cepillaba, lo violaba. Lo conocía tan bien que escupía flashes incendiados de sensualidad. Y yo, escribía relatando el momento, captando en letras lo que mis ojos veían. Observaba atento y una maraña de letras escribía en la pantalla. Los dedos no corrían tan veloces como mi mente digería las escenas sensuales al son de la música tibia y la piel marmórea y deliciosa de mi amante.

Para ella yo no estaba allí, solo ella y el objetivo. Se deshizo de las perlas, amasaba los senos con mimo, los tomaba, las manos en las caderas, se acariciaba la figura empalmando al objetivo. En ese momento soñaba con ser el cristal que inmortalizaba las imágenes, deseaba saber qué sentía el objetivo al ser violado de esa manera.

La miré, me embobé, Aníbal diciendo esto, ¿es paradójico verdad? Seguí escribiendo, ella estaba sentada al revés en una silla y sonreía perversamente, acariciaba su cabello, se levantó, se tumbó en el suelo haciendo piruetas con las piernas, las abría, las cerraba, pasaba una mano por el sexo, la metía dentro. Suspiraba, no la escuchaba, pero sabía que suspiraba. Yo trabajaba, ella trabajaba, trabajábamos en el placer mutuo de hacer lo que deseábamos; yacer con nuestras pasiones, la imagen y la escritura.

Se levantó, me levanté bajando la pantalla del ordenador. Nos miramos, me estaba invitando a entrar en ella, ahora en cuerpo, en alma ya estaba dentro. Me acerqué, la miré más y más y la besé, dándole lengua, la tomé del trasero, la alcé y caímos al suelo. Seguimos besándonos con mucha lengua… —fóllame, escritor, Aníbal párteme en dos —susurró en mi boca. Me bajé la bragueta y el vaquero, ladeé la braguita y allí en el suelo entré con dureza en ella, pero al mismo tiempo con mucha ternura y sosiego. No la cabalgaba rápido, lo hacía despacio sintiendo cada pliegue y hechura de su lindísima y maternal matriz. Sin cesar de besarnos empujaba hasta el fondo, la estaba partiendo y posiblemente también ella partiría mi sexo, duro como una piedra, pero no de piedra. Estaba vivo dentro de Anaïs, palpitaba, bebía la humedad de la diosa. Y así, embestida tras embestida se dejó ir en mí innumerables veces, yo no me fui. Deseaba gozarla hasta caer rendido a los pies de aquella mujer que me enloquecía.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior Henry y Anaïs IV pincha aquí

Lunes, treinta de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Henry y Anaïs IV

Dos almas color rojo sangre

Mientras caminaba mis yoes volvieron, no les hice caso. Mis yoes son mis personajes, todos me acompañan y a veces aturden mis sentidos; siento la necesidad de apalearlos, romperles la boca con la punta del pie, pero no lo hago, no puedo. Me necesitan, los necesito. Recordé el sueño que tuve durmiendo en la cama de Anaïs, necesitaba un trago, entré en el primer bar que vi. Pedí un whisky y me senté en la mesa del rincón. Pensé en el sueño, en los jinetes, en la Ninfa o lo que fuera aquella luz, pensé en Anaïs. Me tomé la bebida dando un trago muy largo, pedí otro. Mirando el líquido ámbar, observando como el hielo se deshacía en el whisky decidí que aún no estaba preparado para dejarlo todo. Algo me faltaba, debía averiguarlo. Pocas veces he pedido disculpas por nada que hiciera, pero pensé en Malena, debió sentirse decepcionada porque no la llamé, había insistido en que la llamara. Así que busqué en mis bolsillos y encontré su tarjeta. Saqué mi móvil y la llamé. No contestó, le dejé un mensaje en el buzón de voz. Pedí otro whisky. La gente iba y venía del bar, no había desayunado, no tenía hambre, sentía un enorme ardor en el estómago, debía ser el whisky. Aunque al despertar también lo tenía.  Acabé mi bebida, pagué los tres servicios y me largué de allí. Fui a casa.

Me acosté encima de la colcha de mi pequeña cama, cerré los ojos y la mente me trajo de vuelta las viejas sonrisas, los amigos, las chicas, la música, pero sobre todo risas risas. Carcajadas jajajá. ¿Por qué ya no río como si me faltara el aire? ¿Estoy muerto? Me dormí.

Desperté unas cuantas horas después de acostarme. Estaba anocheciendo, miré el reloj despertador, no era ni muy tarde ni muy temprano. Me senté en un lateral de la cama, restregué mis ojos con los nudillos, miré el teléfono móvil, tenía doce llamadas perdidas de Malena. No me desperté porque el aparato estaba en silencio. Fui a la ducha, la llamé después.

—¡Por fin, Aníbal! ¿Dónde te metes? Te he llamado un montón de veces —dijo Malena en tono enfadado.

—Disculpa, me he quedado dormido. Te dejé un mensaje de voz —me excusé rascándome los cojones.

—Ya, me has dejado colgada y me debes una. ¿Tienes tiempo de vernos ahora? —dijo imperativa.

—Sí.

—Dame tu dirección, en media hora estoy allí.

Le di la dirección, me vestí, hice la cama, eché ambientador, recogí un poco y bajé al supermercado por whisky y champán. También compré dos cajetillas de tabaco en el chino de la esquina.

Llamó al telefonillo, pulsé el botón de apertura de la puerta una vez se identificó como Malena. Me sentía bastante paranoico, creía que alguien o algo me perseguía, pero no daba la cara. Abrí la puerta de la habitación, la dejé entornada, me senté en el escritorio, encendí el ordenador.

—Hola, es difícil aparcar por aquí —saludó Malena entrando y cerrando la puerta tras de sí. —Así que vives aquí. Un poco cochambroso ¿no? —dijo besándonos en ambas mejillas.

—Bastante, pero es lo más parecido a un hogar para mí. He comprado champán por si te apetece.

—Siempre apetece.

—Dame tu abrigo, lo colgaré por ahí —pedí situándome detrás de ella tomando el abrigo por las solapas.

Fui a la mini nevera, descorché el champán y serví dos vasos de plástico, no tenía copas.

Mi invitada se sentó en el borde de la cama, y yo llevé la única silla delante de ella, me senté. Bebimos, le ofrecí un cigarrillo, fumamos.

—Te cité anoche porque quiero hablar contigo de lo que escribes. Me parece fascinante y más fascinante es tu forma de vida. Me atrae sobremanera, Aníbal —dijo mirándome a los ojos.

—No sé qué decir, supongo que gracias.

—No digas nada, muéstrame lo que tengas.

La invité a sentarse frente al ordenador, comenzó a abrir archivos, empezó leyendo un relato, y luego otro y otro. No hablaba, solo leía, bebía y fumaba. Tumbado en la cama la observaba, vestía realmente bien. Miraba sus piernas, cruzadas, miraba los movimientos de sus manos, miraba sus leves meneos de cabeza al leer. La noche apareció en la calle.

—Me estoy deslumbrando, Aníbal. Tu obra es realmente buena. Aunque habría que pulir bastante las formas en algunos pasajes, pero por lo general está muy potable. Eres muy crudo y real. ¿Puedo mandarme al correo un par de archivos? Necesito que los lea alguien —pidió vuelta hacia mí.

—Vale, haz lo que quieras.

No se daba cuenta que estaba angustiado, verdaderamente decepcionado conmigo mismo, ella iba a los suyo. Creyó haber descubierto un diamante en bruto y lo iba a pulir, lo iba a explotar, lo iba a preparar para lo que ella deseaba; poder y dinero.

Se levantó y se tumbó a mi lado, me miró y su mano fue a mi entrepierna, la apretó, desabrochó el cinturón y el botón del vaquero. Bajó la prenda a la altura de los tobillos, bajó el calzoncillo, se situó entre mis piernas y se zambulló en mi sexo. Lo hicimos rápido, me iba la vida en ello. Nos mordimos, nos arañamos las partes íntimas con los dientes.

Al acabar el asunto se duchó y se largó prometiendo que me llamaría para una especie de reunión con no sé qué tipo. No tenía sueño, había dormido demasiado. Me vestí y salí a la calle, deseaba vagabundear.

Embutido en el abrigo de paño de color negro, solapas hacia arriba y manos en los bolsillos caminaba sin rumbo fijo. Ausente del mundo que giraba a mi alrededor, solo estaba yo y mis pensamientos que eran muchos y muy poco correctos. Y el pobre chico se hizo hombre y como hombre nada ha conseguido salvo intoxicarse hasta la saciedad y escribir hasta acabar en el sumidero de los escritores frutrados o cómo cojones se llame ese lugar. Caminé y caminé largo rato, llegué a un cruce de calles muy conocido por mí. Allí solía pasar kosto y pastillas a los que se iban de fiesta, en aquel cruce gané mis primeras «perras». Vivía con una adicta a cualquier cosa que colocara. Solía llamar a aquel cruce Babilonia, quizá fuera por la altura de los edificios o por el movimiento de mierdas que había por allí. La tipa con la que vivía se llamaba Ana, una pieza de cuidado. Al principio estuvo bien, los dos ganábamos dinero, yo como camello y ella como dependienta en una tienda de ultramarinos, pero todo lo que ganaba se lo metía por la nariz o se lo fumaba, así que al final quien pagaba el alquiler era yo. Acabó dejándome por un camello que movía más material que yo. Y me dolió que me dejara, empecé a entender a las mujeres gracias a Ana. Recuerdo la primera vez que la vi bailando en el escenario de un bar de mala muerte. El concierto de los viernes por la noche había acabado y ella estaba colocada hasta las cejas, bailaba en solitaria compañía, movía las caderas de forma tan sexy que todos los babosos estaban a su alrededor, pero ella no los veía, bailaba, meneaba las caderas dentro de aquel vestido negro de falda corta. Sus piernas, largas muy largas y rubia, oh sí, muy rubia con el pelo ondulado por encima de los hombros. Me quedé embobado mirándola y como no pestañeaba se fijó en mí. Puede que pensara que yo era una presa fácil para sacarle el dinero a cambio de unos buenos polvos, y así fue. Aunque no me arrepentí ni me arrepiento de todo lo que he hecho.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs III pincha aquí

Lunes, veinte y tres de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Henry y Anaïs III

Dos almas color rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película Historia de O (1975). Basada en la novela homónima de Pauline Réage (1954).

«A veces pienso en la violencia, en la ultraviolencia como único recurso por los que están en una posición superior. La ultraviolencia nos rodea, estamos rodeados por la violencia en todos sus estados: física, mental, laboral, marital… Y lo más gracioso de todo es que la gente no se da cuenta. Están ciegos. Por esta y otras razones me niego a concebir ningún heredero con mi apellido. Es una gran maldad traer niños a este mundo donde la ultraviolencia nos invade a través de los cinco sentidos. Toda la violencia no es maldad pura, existe otro tipo de crueldad, pero si se controla se disfruta, el goce experimentado puede llevarnos al Nirvana, o por lo menos a un lugar parecido. Ahora mismo, mientras escribo siento excitación, y no ¿es la excitación un estado violento? Sientes que la adrenalina te recorre las venas a punto de reventarlas. Sientes fuerza, poder; sí, poder, es lo que deseamos todos. Poder y control. Así somos los seres humanos y quién diga lo contrario miente. La música, oh, la música. La música es ultraviolenta. El jazz, el blues, el rock son estados violentos a través de notas musicales. ¿Por qué? Porque son energía pura y dura y la energía es cruel. Mezclado en un coctel con la juventud y la rebeldía, el resultado es un brebaje maravilloso y violento. La violencia es una forma de romper con las reglas establecidas, si llegamos al máximo estado: la ultraviolencia, el mal se apodera de nosotros, al igual que el cáncer nos come por dentro hasta matarnos. La violencia te mata, la violencia mata, destruye, revienta los sentidos hasta abotagarlos. Aprieta las sienes, llena las arterias de borbotones de sangre espesa. Y la violencia puede ser creadora, destruir para construir.

Todo el mundo se preocupa por la raíz del mal, pero ¿y el bien? ¿Quién se preocupa de estudiar cómo nace el bien? Esto mismo se preguntaba Alex, el nadsat protagonista de la novela La naranja mecánica».

No tomé la llave del apartamento de Malena, no la conocía lo suficiente ni ella a mí tampoco. Me pareció demasiada confianza. Sí me quedé con la nota, pero la llave se quedó allí.

He estado casi todo un mes sin escribir salvo notas sueltas en mi libreta. He trabajado intensamente de vigilante en la jodida obra que me quita lo que realmente me importa, escribir. Lo demás me interesa poco; comer, dormir, son cuestiones a las que atiendo el tiempo justo. Aunque beber y darle al asunto son temas que me acompañan desde hace años. Escribir, beber y follar son los asuntos que me conciernen; sí, así es, vivir es lo que realmente me importa. No quiero posesiones, no quiero dejar una herencia, no quiero alimentar retoños ni educarlos, no quiero vivir en una jaula con los barrotes de oro. Quiero besar a Anaïs, quiero romperla, quiero follarle la mente, quiero zambullirme en su matriz y quedarme ahí, durmiendo, comiendo, meando, cagando, en definitiva, viviendo en el útero de Anaïs. Porque un hombre busca vivir en una matriz, se introduce una vez la fémina le da permiso y nunca saldrá; ese es el estado ideal de un hombre, vivir en un coño. No todo en la vida es follar, para echar los mejores polvos debes vivir como hombre en un útero, conocerlo y amarlo para ser un hombre. Los que van de útero en útero son hombrecillos perdidos, esclavos de su propia vida, esclavos de sus propios sueños, esclavos de sus inquietudes y deseos. Aunque yo soy más bien un hombrecillo-esclavo de mis deseos porque todavía ninguna mujer me ha dado permiso para vivir en su matriz. Pero tampoco la busco como si fuera un lobo andando detrás de una presa. Cuando la encuentre lo sabré, y mientras tanto disfrutaré de mil y un coños.

Así que también estuve un mes sin ver a Anaïs, echaba de menos su compañía, su conversación, extrañaba su olor, su tacto. No nos habíamos pasado los números de teléfono, entre nosotros no hacía falta, sabíamos dónde encontrarnos. Y como un impulso mitológico y divino me preparé para ir a su encuentro, mi ser me decía que la encontraría. Y allí fui, en busca de la mujer que distraía mis sentidos y los abotagaba, me empalmaba la mente y la picha. Y ahora mismo la tengo como una piedra. Me la veo en la ducha en este momento y parezco un zahorí en busca de agua, pero mi palo no busca agua, busca a Clara-Anaïs.

Estaba aprovechando mis días libres para escribir y beber un poco, me sentía limpio por dentro y por fuera y había llegado la hora de ensuciar mi interior. Salí a la calle, cogí el autobús en dirección a la cafetería-tetería donde Anaïs pagó la apuesta. En estas últimas cuatro semanas he pensado en Malena, realmente estaba prendada de mis letras. Parece que Anaïs le había hablado muy entusiasmada de mi obra y Malena lo transmitió excitada y deseosa de que le «introdujera» mis letras. Mi sexto sentido me decía que debía estar cerca de aquella mujer de más de cincuenta.

Una vez acabado el retiro del ordenador, en las noches oscuras los seres de otro mundo aparecen y yo, escribía y sentí que había perdido algo y eso me estaba jodiendo el alma. Hoy, por ejemplo, las letras no han fluido como deben en mis callosas manos. Así que estoy pensando seriamente en tomar unas largas vacaciones. He ahorrado dinero, de momento no me hace falta ser un esclavo más para alimentar a las alimañas que nos cobran por todo, incluso intoxicarnos. No soy de los de arrimar el hombro, que lo arrimen ellos que se lo llevan calentito.

El autobús me dejó cerca de la cafetería-tetería, caminando en solitaria compañía fui llegando con la cara helada por el frío. Las solapas del abrigo subidas, manos en los bolsillos y cigarro en la boca y paso lento y firme. Cabeza gacha mirando por donde pisar, no estaba avergonzado, pero sí, embutido en mis pensamientos que son más importantes que verles la cara a los autómatas de Yo, robot*. En la puerta del local tiré y apagué el cigarro con el zapato en la acera llena de chicles pisoteados. A veces pienso en la escasa educación que tiene la gente, ensucia por ensuciar, así vamos bien, ¿no? * (Libro de relatos de ciencia ficción del autor Isaac Asimov publicado en 1950).

Entré y el sosiego del lugar me recordó a Anaïs, incluso Malena apareció en mi mente sonriendo y mirándome hambrienta. Me dirigí a la barra, me senté en un taburete, el camarero vino a mi altura y un escocés con hielo pedí. Di el primer trago a la bebida de las Tierras Altas, entró ensanchando mi alma y purificándola del aislamiento de abonarme con lecturas fuertes. Saqué mi libreta y el bolígrafo, pero justo levanté al vista y Anaïs y Malena compartían mesa al fondo. Un impulso me dio para ir saludarlas porque sentía una enorme necesidad de estar con Clara-Anaïs, pero me detuve a tiempo para observarla en la lejanía. Quería deleitarme con ella en mis pupilas, deseaba verla miles de veces desenvolverse en su espacio, maravillarme de su sensualidad y sexualidad. Enamorarme mil veces en un minuto de sus gestos, embelesarme en su cabello castaño y ondulado, seducirme con el brillo de su piel. Mientras escribía o componía algo parecido a un poema, algunas veces me sale la vena poética y no sé por qué, me veo bastante salvaje para entender o sentir la dulzura de la poesía:

«Mirarte en la distancia es como el balanceo de un blues. Embelesarme con tus exquisitas maneras es como estar sentado en una mecedora en verano. Apoyar mi mirada en tu cabello, es pasear como un piojo oliendo la exquisitez de tus ondulaciones….». Dejé de escribir sensiblerías, pero muy a tono con mi sentir en aquel momento. Con paso parsimonioso y chulo me acerqué a la mesa…

—Buenas noches, señoras —saludé muy caballeresco.

—¡Hola Aníbal, querido! —exclamó Clara-Anaïs.

—Buenas noches, Aníbal —dijo Malena mordiéndose el labio inferior.

Me invitaron a sentarme, me senté al lado de Anaïs, solo quería estar con ella. Quería abrazarla, besarla y decirle tonterías, las que fueran, solo quería que me mirara como ella solo sabe mirar.

—¿Cómo estás? Has estado desaparecido, querido —dijo Anaïs.

—Sí, el maldito trabajo de vigilante me ha tenido un mes trabajando de noche. El poco tiempo que he tenido ha sido para escribir.

—Una lástima trabajar tanto, Aníbal. Deberías probar a vivir más —aconsejó Malena.

Pobre mujer, no se había parado ni un minuto a estudiarme como hacen las arpías como ella. No tenía ni puta idea de quién soy, ni cuando se la metí. Clara-Anaïs y yo nos reímos como cómplices porque su amiga había metido la pata con esa recomendación. Apoyé mi mano en el muslo de Anaïs, la media de rejilla estaba cálida. Me miró y sonrió de lado, sus ojos chispeaban.

—¿Sobre qué has escrito? —preguntó Malena.

—Sobre la vida, sobre el sentir, sobre como mi canario se pone duro —expuse retándola a seguir la danza de preguntas. No se incomodó como yo pensaba.

—¿Recuerdas que te pregunté si tenías algo más que no fueran los apuntes de tu libreta?  —preguntó la mujer más mayor con interés. Asentí afirmativamente.

—Aníbal, Malena y yo hemos estado hablando de tu trabajo, ya sabes que a mí me gusta mucho lo que escribes. Malena ha insistido durante tu ausencia en leer todo lo que tengas —expuso mi adorada Anaïs con intensidad.

—¿Por qué tanto interés? —pregunté.

A lo que Malena manifestó:

—Cuando me reúna contigo mañana para comer lo sabrás —declaró mirando mis ojos azules.

—Escucha a Malena, Aníbal. Tiene muy buen gusto.

—Me consta que sí lo tiene. Admira tu obra y eso es tener buen gusto —dije tomando mi vaso de whisky.

Las dos féminas sonrieron.

—Bueno, tengo que irme. Mañana me espera un día movidito. Toma mi tarjeta, Aníbal. Llámame mañana temprano para quedar a comer —dijo Malena con fuerza. Se notaba a la legua que era una mujer mandona y de las que no se puede hacer esperar.

—Cariño, mañana hablamos. Te quiero —dijo cariñosamente a Clara-Anaïs. Se dieron un tímido beso en los labios y Malena se levantó apoyando su mano en mi hombro, apretándolo.

Malena era una verdadera señora, buena amante, inteligente y con buen gusto para vestir, hablar. Sabía muy bien lo que quería y lo tomaba, supongo que eso se aprende cuando se tiene dinero. Cuando no se tiene dinero no se puede elegir, tienes que conformarte con las migajas que dejan los de arriba. Algunas veces esas migajas son de oro, pero la mayoría de las veces son de pan y bastante duro.

Anaïs y yo nos quedamos un rato más en la cafetería-tetería, tomé otro whisky y ella más champán.

—Salgamos de aquí, Aníbal. Demos un paseo —expuso mi acompañante.

—Vale, vayámonos.

Pagamos la cuenta a medias, salimos a la calle, hacía frío, cortaba la piel como un cuchillo. Caminamos durante una hora hasta la casa de Anaïs, sin quererlo llegamos allí dando vueltas, pero antes de llegar tuvimos una conversación muy interesante…

—¿En qué piensas cuando escribes? —preguntó Anaïs mientras paseábamos a la par. Me tenía cogido del brazo y muy pegada a mí por el frío.

—Casi siempre pienso en el viejo unodós unodós*. Otras veces pienso en el exceso o en la ultraviolencia de este mundo moderno —expuse con poca seriedad. No me gusta que me hagan esa pregunta. Supongo que necesitaba hacérmela, pero no sé por qué. * (Palabra nadsat de la novela La naranja mecánica. El nadsat es un lenguaje inventado).

—Ja, ja, ja, me gusta cuando usas palabras literarias para expresarte. La naranja mecánica es una buena novela, la leí hace mucho tiempo en la universidad. Sueñas despierto, cariño, soñamos despiertos, creo que es nuestra medicina para aguantar los embates de este mundo insidioso. «Los sueños son necesarios para vivir».

—Ah, la vieja Nin*, sin sueños no vivimos la ansiedad de la vida, ¿no crees? —dije mirándola de soslayo y sonriendo. *(Aníbal hace referencia al apellido de la escritora Anaïs Nin).

—Lo creo, si no soñamos nos suicidamos prematuramente. Matamos la inteligencia emocional hasta convertirnos en robots, autómatas del sistema. Los sueños pasan a la acción, bueno, ocurre si lo deseamos y lo buscamos. Pero antes debemos tirar el lastre que nos frena.

—¿Sabes? Cuando tengo una erección escribiendo he cumplido un sueño. Escribo lo que me emociona y cuando se cumple soy un hombre feliz —dije llegando a la casa de Anaïs.

—Me apetece que subas a casa —expuso firmemente.

No dije nada, miré su rostro; el vaho que expulsaba su boca era divino, sus labios, hinchados por el frío me parecieron la octava o novena maravilla del mundo. Le ofrecí mi brazo y subimos.

Ascendimos hacia su apartamento en el ascensor, no nos besamos, solo nuestras manos estaban tomadas y las miradas, ay las miradas, intensas, escrutadoras de pensamientos. Llevábamos una hora entrando y saliendo de nuestras mentes. No importaba si éramos más o menos inteligentes. La inteligencia no tiene nada que ver cuando se sabe hacer el amor con la mente.

Me puse cómodo en el sofá, me retrepé con el abrigo puesto, lo abrí. Anaïs preparó dos copas de champán, me ofreció una. Inmediatamente fue al equipo de música y puso un disco. ¡Ah, el hermoso Ludwig Van!, pensé.

—«La música es un maravilloso opio sino te la tomas demasiado en serio». H*—dije escuchando las primeras notas de la Alegría. *(El autor cita la frase de Henry Miller y lo nombra con la inicial de su nombre de pila: H).

—Así es, querido. Es la mejor droga, unida a la literatura o a cualquier tipo de arte es una simbiosis tan excitante… —Le ofrecí un cigarrillo. Nos miramos, estábamos ardiendo, pero no era el momento todavía.

—Te he echado de menos, Aníbal. Espero que la reunión de mañana con Malena sea totalmente satisfactoria.

En ese instante me importaba un comino lo que tuviera que decirme Malena, le gustaba mi obra, le gustó como le dimos al asunto. Pensaba que Anaïs no estaba al tanto de lo que hicimos Malena y yo.

—Bueno, sabes que he estado trabajando más horas de las necesarias. La necesidad es una forma de esclavitud, pero yo también te he echado de menos. Me es imposible mentirte.

Anaïs sonrió ante mi cinismo. La música sonaba con fuerza, a un volumen aceptable para la hora que era. Me venían frases a borbotones, ideas claras y otras envueltas en bruma, bruma púrpura, puede que por el alcohol.

—Lo sé, querido. He revelado las fotos, ven —se levantó y me ofreció su mano. Entré en su santuario donde daba vida a las imágenes captadas por su ojo.

—Las hice con un carrete en blanco y negro. De vez en cuando me gusta trabajar a la antigua usanza.

Las tenía colgadas de una cuerda muy fina, cogidas con pinzas. La luz roja no dejaba apreciar muy bien la calidad de las fotografías, pero me gustaban bastante. Nunca me habían sacado tanto con una cámara. Aunque no me he dejado fotografiar mucho, pero las que me hizo Anaïs eran perfectas, eran yo y nada más. Recuerdo que no mentí al objetivo y ella supo desnudarme tan bien que me daba vergüenza que me viera tal cual soy.

—Eres un ser maravilloso, Aníbal. Mira esta foto, estás excitante y en esta otra eres dulce con el objetivo y en esta eres desafiante —me las mostró todas y todas tenían nombre y una descripción corta. —Me gustaría exponerlas en mi siguiente exposición si te parece bien.

—Me parece bien, tú eres la artista, así que haz lo que desees con ellas.

—Gracias, querido. Vamos fuera.

Me volví a sentar en el sofá, ella fue al dormitorio. Un par de minutos después regresó con un vestido finísimo de rejilla de color negro. —¿Te gusta? —preguntó.

No me gustaba, me encantaba. Dentro de aquel seudo-vestido era realmente la diosa de la que me estaba enamorando. No me da pudor decir que me estaba enamorando por primera vez en mi vida. Aníbal se enamora, ¿y qué? ¿Acaso no soy humano?

—¿Y la cámara? —pregunté.

Me miró y sonrió, adivinó mi intención. —Tengo una digital en el bolso.

Alcancé el complemento femenino, saqué la cámara y me senté de nuevo en el sofá. Di un trago a mi copa y ¡zas! Clac clac clac. Clic clic clic, el dedo índice disparaba sin cesar. Anaïs posaba natural, tan natural que la cámara tuvo pudor por tan insultante modelo. No se intimidaba, el pobre objetivo parpadeaba porque yo lo accionaba. Si hubiera tenido vida propia habría cerrado el ojo. Me levanté, Anaïs recogía su cabello con las manos a la altura de la nuca, la rejilla dejaba ver los senos, las curvas, la curvatura de unos senos sabios, el pezón rosado estaba erecto, respiraba ansiosa necesitada de un beso. Con la cámara en la mano utilicé la otra tomando todo el Monte de Venus, lo apreté. —¿Qué te duele? —le pregunté.

—Me duele el alma por desearte, me duelen los labios ansiosa de besarte, me duelen los pezones porque necesitan tu saliva. Me duele el sexo porque lo aprietas y no lo penetras.

Sonreí, la rodeé con los brazos, la besé, la estreché con tanta fuerza que aulló en mi boca de dolor. Retiré la mano de su monte, bajé mi cremallera, la eché en un brazo del sofá, abrió las piernas, deseosa de mi futura zambullida. La penetré mirándola a los ojos, nos besamos hasta el final. Fue un largo beso, un orgasmo, una única embestida, un deseo incontrolable, una atracción más fuerte que nosotros mismos.

Acabamos en la cama, desnudos, pero tapados con las sábanas. Seguíamos bebiendo champán y fumando Benson & Hedges.

—Eres como un libro, sacas mi dureza, mi ternura. No me siento juzgada por ti —dijo mirando al techo.

—Para qué juzgarte. No soy juez y mucho menos Dios.

—Sacas mi fortaleza, pero no me demandas nada, y me da miedo. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero esto, tu locura, tu genialidad, tu admiración, quiero tus senos, tu coño, quiero la pizca de amor que me das.

—Bésame, Henry —pidió con tanta ternura que no pude negarme a otro rato de zambullida.

Al día siguiente me desperté muy tarde en casa de Anaïs, así que no llamé a Malena, no fui a mi cita con ella. Mi amante salió temprano, no me despertó y dormí reparando mi espíritu de tanta emoción y lucha. Tuve un sueño, perverso, lascivo, mentalmente agotador, un poco freudiano, la verdad. Fue algo así:

«Estaba delante de un muro muy alto, estaba construido con grandes bloques de hormigón, era tan alto que no precisaba de alambre de espino en lo más alto. Miré hacia arriba y pensé que era imposible de escalar sin tener una caída tremenda y tolchocarme* la golová* (Palabras en lenguaje nadsat. Significan golpearse y cabeza respectivamente). Estaba solo, solo con mis yoes, todos estaban conmigo, me acompañaban y algunos me sugerían que me largara de allí y otros me susurraban al oído que no tenía suficientes cojones para escalar el muro. El inconsciente me introdujo el pensamiento de cruzar al otro lado. Pero antes tenía que romper antes de cruzar. Hace años lo hice, dije en voz alta. Lo dejé todo para vivir mi vida, olvidé a mi familia, rechacé las responsabilidades y obligaciones para completar la Metamorfosis. ¿Y ahora qué? No tengo fuerzas para completar esta fosis evolutiva, no, no puedo más. Quiero caer y encender por última vez la hoguera de mi propia vanidad y desaparecer. Estaba decidido a dar media y vuelta y olvidarme de mis yoes y ser un simple, esclavo Aníbal Haze; cuando una especie de Ninfa o Hada me cortó la intención de dar media vuelta. No dijo nada, me miró, se limitó a mirarme decepcionada. Emanaba de ella una luz muy blanca, muy clara, me cegaba. Con el dorso de la mano a modo de visera intentaba ver algo, era imposible. Solo veía luz y sentía tranquilidad, mucho sosiego, pero al mismo tiempo mucha angustia y desilusión. Comenzó a llover muy fuerte, pero la luz no se apagaba, parecía eterna, mis yoes desaparecieron. De repente, un ruido de cascos, aparecieron caballos de entre la lluvia, chapoteando, los equinos relinchaban y los jinetes portaban antorchas, una cada uno, eran cuatro. Y el suelo comenzó a moverse, caí al suelo; ¡No! No era el suelo, mis manos tocaron algo suave, sedoso y seguía moviéndose en zigzag.

—No temas, Aníbal. Estás sobre la Serpiente que tanto odias. Ellos son los jinetes que la cabalgan, la siguen, la montan y hacen cautivos a los hombres como tú. Si das media vuelta los jinetes te atraparán y ya no habrá lugar en el que puedas ser feliz. Aníbal Haze habrá muerto —expuso la luz cegadora.

—¿Quién eres? —pregunté una vez recobré el equilibrio.

—No importa quién soy, importa quién eres tú y lo que deseas ser.

—Quiero escribir, quiero ser escritor y olvidarme de lo demás —dije rabioso y tiritando de frío por la lluvia.

—Entonces ven conmigo. Dame la mano y te llevaré donde deseas estar, al otro lado —Extendió su brazo ofreciendo su mano. Dudé un momento, pero tomé la mano, era cálida, me reconfortó. Cerré los ojos. Me desperté.

Los días siguientes los dediqué a escribir y cavilar qué debía hacer, si seguir trabajando o dejar el trabajo para dedicarme a escribir. Ese dilema me atormentaba, chumchum en mi cabeza. Por un lado, necesitaba el dinero y por otro odiaba no tener tiempo para mí, detestaba sentarme al escritorio y quedarme en suspenso. Me estaba ocurriendo eso que dicen del escritor y la página en blanco. He llegado a despreciarme, a devaluarme como autor, me odio y odio lo blando y esclavo que soy. He barruntado dejarme llevar por la marea y ser uno más del rebaño, pero al pensar y hacer el amor con Anaïs mis baterías se cargan y mi alma cobra fuerza. Lo mismo necesito de alguien para poder soportar mi perdedora existencia. Siempre he sido auto suficiente, debe ser la edad o el cansancio. Necesito estar cerca de la fotógrafa, aunque no mucho porque necesito espacio para ser yo.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs II, pincha aquí

Lunes, dieciséis de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Un juego inocente

Una noche como otra cualquiera, estaba en el hogar, sí aquello se le podía llamar hogar. Bueno, un hogar si era, pero no el mío, nunca he tenido. Vivía con Flanagan en su piso; después de casi diez años de conocernos me ofreció su casa cuando me arruiné por milésima vez. Siempre había gente por aquel piso tanto mujeres como hombres. Yo estaba hecho polvo, destrozado. Me refugié en su casa porque unos chavales de unos quince años me apalearon. La cosa fue que me cobijé del frío en el cajero de una sucursal bancaria. Durante el verano había dormido en el parque, en un banco, pero en otoño dormir al raso no es nada aconsejable. Una noche dormía plácidamente después de haber estado escribiendo en mi libreta durante horas. Tenía 42 años. Me dormí en aquel saco de dormir que rescaté de la basura, había tenido un amigo perro, pero murió. Un coche lo atropelló. Dormía a pierna suelta en el cajero tapado hasta el cuello con el saco de dormir sucio y roído y de pronto unos adolescentes entraron en el cajero y me desperté, hicieron mucho ruido. Por el rabillo del ojo los vigilaba, había oído historias sobre los que apalean a los mendigos y estaba vigilante. Me miraron, pasaron de mí. Tenía miedo, empecé a sudar, estaba acojonado. Allí acostado estaba indefenso; solo quería que los chavales pasaran de mí y se largaran. Uno de ellos dijo a los otros: ─mirad a ese ─Los otros me miraron y el mismo que les habló empezó a tocarme con el pie en el costado.

─¿Y si le gastamos una broma a este andrajoso?

A esas alturas ya tenía los huevos por corbata. Sudaba y temblaba con los ojos cerrados y muy apretados. Pensaba en que se fueran y me dejaran tranquilo.

De repente uno de ellos me arrebató el edredón, no tuve tiempo de reaccionar. Y otro me dio una patada en el costado, aullé de dolor y me retorcí. Recuerdo que dos de ellos me levantaron y me retenían cada uno de un brazo.

─Dale una hostia, que sepa que es un mendigo de mierda. Dale, dale.

Y me dio un puñetazo y el gilipollas se hizo daño en la mano, acto seguido me asestó un rodillazo en la boca del estómago. Vomité y para colmo lo hice encima del abrigo de uno de los que me tenían cogido. Las rodillas me flaqueaban, quería dejarme caer y yacer allí, quería que me dejaran en paz. Así que me dieron otra hostia, caí al suelo y empezaron a machacarme las costillas, de vez en cuando me llegaba algún puntapié en la cabeza y en la boca, noté como reventaban algunos de mis subos*, otra patada en la cabeza, las costillas. *(En jerga nadsat significa dientes. Lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica).

─Guillermo déjalo ya. Ya tiene bastante, vámonos ─decía uno de ellos.

─Cállate, nos estamos divirtiendo con este saco de mierda. Tony dale más fuerte, pártelo en dos. Mata a este hijoputa.

Y seguían dándome, no sentía nada, solo golpes, cerré los ojos y me dejé ir en manos de la Providencia. Estaba exhausto, casi no comía, dormía peor y me pillaron por sorpresa y no pude hacer nada para defenderme de aquellos tres o cuatro jóvenes. Malditos málchicos* hideputas, alcancé a pensar *(En jerga nadsat significa muchachos. Lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica). De repente se fueron y allí me quedé al borde de la muerte. Creí que iba a morir en aquella mierda de cajero, lleno de sangre, machacado y sin importarle a nadie. Oí sirenas, alguien debió de llamar a los militsos* o a una ambulancia. *(En jerga nadsat significa policía). Dicen que cuando te estás muriendo tu vida pasa por delante como en un sueño, supongo. A mí no se me pasó nada por delante, simplemente tuve un delicioso sueño. Sí soñé, soñé con mis padres, con Anaïs y con libros, muchos libros. Desperté en el hospital, me dijeron que abrí los ojos al día siguiente. Estuve ingresado un mes con varias costillas rotas, diversos hematomas y una conmoción o algo así.

Un mendigo amigo le dijo a Flanagan que estaba en el hospital y fue a buscarme, ─vas a venir a recuperarte en mi casa —Compró todos los medicamentos, se hizo cargo de mí y aquí sigo mientras escribo esto.

Ah, tengo que decir que una tarde que salí a pasear por el parque de enfrente de la casa de Flanagan me senté en un banco y justo en el banco más próximo unos chicos estaban allí haciendo lo que hacen los jóvenes de hoy. Faltar el respeto a las chicas, enviar mensajes instantáneos y eso. Pero sobre todo, uno vociferaba y reconocí su voz, era el que empezó a golpearme en el cajero. Tomé por costumbre bajar todos los días y controlaba las horas que pasaban allí abusando de algunos niños y de sus propias amigas también. No entiendo por qué las chicas se dejan manosear por esos cabrones, que poca autoestima. Recordé que Flanagan tenía un bate de béisbol. Lo tomé una tarde bajo una gabardina que cogí prestada del armario de mi benefactor. Ya estaba bastante mejor, había recobrado las fuerzas, las cicatrices se curaban muy bien y las costillas estaban soldadas y casi nuevas. El hijoputa no me recordaba, debía estar puesto o algo, o sencillamente yo era un pegote de mierda en su zapato y no se fijó ni siquiera en mi cara. Ahora me río al recordarlo, pero si Flanagan hubiera sabido mis intenciones no me habría dejado ir al parque aquella tarde-noche, para mi suerte mi amigo estaba grabando en la radio. Bueno, me senté en el mismo banco de todas las tardes, compré una bolsa de pipas y una coca cola en el chino de la esquina. Como siempre los arribistas estaban allí. Pensaba en seguir al tal Guillermo, su voz era la única que conocía. Realmente no sabía si sería capaz de darle con el bate, pero estaba cierto de que lo comprobaría. Tenía mucha rabia contenida, conmigo y con muchos indigentes han hecho lo mismo, se creen que porque no tengamos hogar ni trabajo ni dinero pueden apalearnos como si fuéramos un trozo de madera en el suelo. A la hora y pico de estar perdiendo el tiempo ellos iniciaron la marcha, supongo que regresarían a sus casas. Tenía frío y Flanagan no tardaría en volver de la radio. Los seguí y para mi sorpresa el tal Guillermo vivía cerca del parque, se despidió de los otros para ir a su casa. Por culpa de la crisis y los recortes las farolas públicas se encienden cada dos y en su calle no había buena iluminación, así que aproveché un claroscuro para empezar mi jugada.

─¡Eh, Guillermo! ─exclamé yendo detrás de él.

Se giró sobre sus talones.

─¿Quién eres? ¿Quién me llama? ─preguntó el nadsat* (En La naranja mecánica esta jerga también es una forma de vivir, por ejemplo, nadsat-adolescente).

─¿No me conoces? ─pregunté casi a su altura. La luz alumbraba mi cara llena de cicatrices.

─No, no te conozco. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ─dijo altanero, lleno de masculinidad que con una patada en los cojones se habría quedado en una ínfima cantidad de testosterona.

─¿Recuerdas al mendigo que apaleaste una noche con tus amigos en un cajero hace mes y medio? ─Su color cambió, noté el  miedo en sus ojos y en la expresión de su cara. Se puso nervioso.

─No sé de qué me hablas, no he pegado a ningún mendigo en mi vida.

El hijoputa era un niño-bien, sus papás debían pagarle todo, incluso los aprobados. Aunque me importaba un pimiento, la verdad.

─¿Ah, no? ¿No te acuerdas, Guillermo? ─me acerqué más a él. Abrió los ojos de par en par, me reconoció. En esos segundos en los que Guillermo pensaba si salir corriendo o enfrentarse a mí, dijo:

─¿Cómo me has encontrado? ¿Conoces a alguien o qué? Ya te di una paliza, no querrás otra, o sí.

Lo miré a los ojos, él no pestañeaba ni yo tampoco. Mi mano izquierda aferraba el bate dentro de la gabardina, lo tenía fuertemente agarrado, yo estaba temblando y él también.

Sonreí, lo seguí retando con la mirada.

─Vete a la mierda andrajoso ─dijo empujándome muy fuerte en el pecho, hice cabriolas para no caer, perdí el equilibrio. Se puso más chulito, hacía ademanes de superioridad y en postura de retarme. Quería que yo le atizara o lo intentara. Me acerqué de nuevo, me volvió a empujar, no retrocedí, estaba bien plantado. Lo miré y me reí a carcajadas diabólicas en su cara. Se enfadó muchísimo, estaba disfrutando haciéndolo rabiar. Retrocedí un par de pasos, lo confié, Guillermo soltaba exabruptos intimidatorios, se acercaba a mí y retrocedía en plan de chulo de barrio, tenía el control, eso creía él. De repente avancé un par de pasos con mucha energía, saqué el bate y sin darle tiempo a reaccionar lo golpeé con el extremo más gordo en la testa, cayó al suelo como un plomo, muy pesado, de verdad. Lo agarré por un brazo y lo llevé detrás de un coche. El crobo rojo rojo* manaba mucho. El pobre hijoputa se quejaba de dolor. *(En jerga nadsat significa sangre roja).

─Le diste de hostias al mendigo equivocado. Di contigo por casualidad y mírate ahora machote de instituto de mierda. Puedo pisotearte, puedo machacarte, puedo matarte. Lo último no lo voy a hacer, pero sí darte una buena tunda de hostias ─dije muy cerca de su boca donde manaba la sangre roja roja. Le golpeé con el bate en las costillas unas tres o cuatro veces en ambos costados.

Miré por si alguien me veía zurrar a aquel cabrón, ni coches ni nadie asomando el hocico. Le di una patada en la cabeza y le dije:

─He estado ingresado en el hospital un mes por la paliza que me diste junto a tus amigos. Ahora te toca a ti, es lo justo ¿no? ─lo tenía cogido por las solapas de la chaqueta, mi fuerza era descomunal en aquel momento hemostático. Me quedé pensativo un momento, ni la adrenalina ni la rabia me estaban poseyendo. Desde que reconocí su voz medité fríamente como frenar mis sentimientos e impulsos y lo estaba consiguiendo. Para terminar la orgía violenta y vengativa le casqué las bolas con el bate, le arreé con todas mis fuerzas.

Lo dejé allí tirado y me largué a casa de Flanagan, era tarde ya. ─Necesito un trago.

Caminando llegué a casa de mi mejor amigo. Abrí con mi copia de la llave y cuando entré Flanagan aún no había llegado. Dejé la gabardina donde la había encontrado. El bate estaba manchado de sangre así que lo tiré en uno de esos contenedores soterrados.

Volviendo a la noche cualquiera del principio de este relato, la cosa empezaba a animarse a eso de las ocho de la tarde. Era viernes así que la manada de gallos y gallinas ponedoras comenzaban a acicalarse las plumas para salir a festejar el fin de semana. Podría haber dicho ovejas, pero el término está muy manido. Estuve escribiendo todo el día, me la meneé un par de veces. Abandoné la medicación porque ya era un hombre de nuevo, volví a beber, pero con menos asiduidad. Solo bebí un culín de escocés después del café tras la siesta. Me había limpiado el organismo comiendo muy bien, durmiendo mucho, escribiendo a todas horas durante el último mes y bebiendo muy poco.  En mi etapa de mendigo bebía todos los días. Toda la recaudación del negocio de pedir limosna en la puerta de una tienda bastante concurrida lo invertía en un bocadillo al mediodía y en tres o cuatro cartones de vino del más barato. Me dormía bebiendo vino, me despertaba bebiendo vino, escribía también.

Pues eso, Flanagan había invitado a unos amigos a cenar, estaban llegando, las gachís no estaban nada mal, salvo una gorda, aunque no era fea, de verdad. La novia de mi amigo estaba realmente buena, tenía un buen polvo, no tocar, jajajá. Los tíos y las tías se iban acomodando en el salón, las titis iban a la cocina a ayudar o yo que sé. A lo único que iba yo a la cocina era a por hielo y a restregarme un poco con ellas. Me dediqué a poner música en el estéreo de Flanagan, fumaba, bebía, escuchaba música.

─Aníbal, cielo. Quiero presentarte a alguien ─así estuvo toda la noche Azucena, la novia de Flanagan. Con esta si aguantaba el muy cabrón, como su familia tenía pasta. Yo también habría aguantado por el dinero familiar y por el culazo que tenía la morenaza.

En la cena conocí a dos tipos muy peculiares, en cuanto hablé con ellos un par de palabras sabía que iban de coca, así que usé mis argucias para que me invitaran. Resultó que eran dos hijoputas, estilo a mi «amigo» Guillermo. Nenes-bien que se creían el centro del mundo y yo pensaba en la cara ensangrentada de Guillermo mientras ellos hablaban de gilipolleces. La verdad que necesitaba una buena charla, muy honda, donde la profundidad no tuviera final. Ni con Flanagan había conseguido charlar así hasta el momento, siempre estaba fuera y no habíamos tenido ocasión de conversar largamente y hacernos unas buenas pajas mentales. Me convidaron a unas rayas; una de las veces salía frotándome la nariz y rascándome los cojones y me crucé con la gorda que iba en dirección al baño, nos miramos furtivamente.

─¿Está ocupado? Aníbal, ¿verdad? ─dijo apoyada en la pared. Yo la miraba y su culo ocupaba bastante sitio en la pared. Era enorme, aunque su mirada era limpia, y su rostro no era para nada feo. Pero su culo y su figura ocupaban mucho sitio. Los dos ocupantes del baño salieron riéndose, la miraron y carcajearon, la gorda bajó la cabeza.

Cuando quiso entrar al baño…

─Entra, entra, no te pares ─entré tras ella y cerré por dentro.

─¿Qué haces? ─preguntó la pobre, parecía asustada.

─Tú mea, no te interrumpiré. ¿Quieres un tiro? ─Sonrió con expresión de que este tío está loco.

─Date la vuelta, si me miras no puedo mear ─Me reí porque su volumen embutía al pobre inodoro entre sus muslos y el culo, me pareció muy cómica la escena. Pero uno estaba demasiado tiempo sin conocer mujer.

Hice dos rayas, si ella no quería me las metería yo. Esnifé una.

─¿Puedo? ─dijo subiéndose las bragas.

─Claro.

Esnifó la otra y salimos de allí. Pasé de los otros y bebimos juntos la gorda y yo, no recordaba su nombre, me daba vergüenza preguntárselo, soy así. La noche pasaba, los invitados se iban retirando, mi acompañante también se iba, decidí acompañarla a su coche.

─Me lo he pasado muy bien, Aníbal. Así que escritor, me gusta la gente que dedica su tiempo a realizar tareas poco comunes ─dijo mientras caminábamos hacia su coche.

─Bueno, intento ser escritor, intento que fluya algo verdaderamente bueno. Hace un año estuve a punto de publicar con una editorial de las grandes, pero no salió bien.

─Lo siento ─dijo sacando las llaves de su coche del bolso. Miré sus enormes tetas, toda la noche estuve mirándole el escote, allí mi picha se perdería. Me apetecía besárselas.

─No lo sientas, son cosas que pasan ─dije metiendo mis manos en los bolsillos, me apetecía fumar.

─Bueno, me tengo que ir, es muy tarde.

─Sí, es tarde, pero antes… ─la tomé del brazo, la atraje hacia mí y la besé. Me dio lengua desde el principio, la abracé como pude y se me puso dura. Joder, me urgía echar un polvo, lo necesitaba. Nos magreamos, me calentó, y se fue. Me dio su número de teléfono. Conforme la vi marcharse en su coche tiré el papel con el número. Necesitaba echar un polvo no un maldito número de teléfono. No soy de los que guardan polvos para más tarde.

Volví al piso medio borracho, muerto de frío y con la picha tiesa. Cabizbajo entré en la casa, no quedaba nadie, solo Azucena sentada en el sofá.

─¿Se han ido todos? ─pregunté encendiendo un cigarrillo.

─Sí, Flanagan ha bajado a despedir a sus amigos ─explicó. ─¿Me invitas a fumar?

Le di uno. Así que las sombras que vi en plena oscuridad al volver de despedir a la gorda era el cabrón de Flanagan con la novia de un amigo suyo. Recordé que Azucena me presentó a un tía muy delgada y muy pálida que era novia de un amigo de Flanagan, él tío no pudo venir a la fiesta. Creo que era ella, a él lo conocí, es inconfundible aunque haya poca luz.

─Vale. Me voy a servir un trago, ¿quieres?

─No, me voy a duchar ─rechazó.

Asentí y me eché en el sofá a beber y a fumar. Estaba muy cachondo, la obesa me había dejado a mi suerte, y a mí la suerte no suele sonreírme mucho. Cerré los ojos intentando olvidar el calentón, me fue imposible. Me largué a mi habitación, encendí el ordenador, un poco de escritura me bajaría la polla a su estado de hibernación. Dejé la puerta abierta, aproveché mi soledad momentánea para servirme un tiro. Descalzo y con la camisa por fuera del vaquero fui a por otro whisky. Me lo serví, del baño salía olor a limpio, olor a colonia, humedad. Que sensación más placentera, pensé. Mi habitación estaba al lado del baño y al pasar miré hacia el baño y la puerta estaba entreabierta y espié a Azucena cubierta en una toalla. Me dispuse a escribir intentando olvidar todo lo que acontecía a mí alrededor. Comencé a escribir la paliza que me dieron Guillermo y sus compadres, entre línea y línea me rascaba los huevos. Aquello no se bajaba, creo que hasta mojé los calzoncillos.

─Aníbal, voy a acostarme, ¿necesitas algo? ─preguntó Azucena con el albornoz de color blanco puesto como única prenda.

─No, estoy bien ─Y un huevo, no estaba bien, estaba al borde del colapso mental por la cantidad de testosterona que retenía mi cerebro.

─Buenas noches ─dijo dulcemente. Clavó sus ojos esmeraldas en los míos, y yo le clavé los míos inyectados en sangre. Me sentía como un Sátiro recién sacado de la mitología. Tenía cuernos, tenía rabo, tenía la picha como una piedra. Y Azucena parecía una Ninfa a la que perseguir recién salida de la ducha. Por un momento me vino a la cabeza practicarle el viejo bumbum. ¿Qué estás pensando cabrón? No faltes a uno de tus mandamientos, no se mete si la fémina no quiere o es la novia de tu mejor amigo. Olvídalo. Hazte una paja.

Escribí y escribí, no más que unos párrafos. Me levanté, Flanagan no había vuelto, seguro que se estaba beneficiando a ese saco de huesos. Bueno, yo he estado a punto de entrar en una ballena, no somos tíos con prejuicios. Reí para mis adentros. Di unas vueltas por el salón, estaba nervioso, me sudaban las manos, estaba excitado en todos los aspectos. Tropecé con una silla un par de veces.

─Aníbal, ¿estás bien? ─¡Ajá! la excusa perfecta. Azucena era muy maternal.

Me acerqué al quicio de la puerta del dormitorio.

─Sí, estoy bien. He tropezado con una silla. Tú descansa.

─No puedo dormir ─Encendió la luz de la lámpara de la mesita.

─Pues ya somos dos. Podemos echar unos tragos.

─No quiero beber más. Te veo muy bien, estás recuperado ─dijo incorporándose en la cama. Sin darse cuenta me mostró las tetas. Y que bonitas y turgentes eran, morenas como su cabello y el resto de su piel. Se percató al ver la expresión de mis ojos, se las tapó y enrojeció de pudor. Cuan virtuosa era, o se lo quería hacer, no sé.

─Pues yo voy a por otra, algo tendré que hacer ─dije saliendo de allí. Necesitaba escapar, no quería pecar y Azucena para colmo me enseñó los senos, no sé si adrede, pero coño, estaba más de tres meses sin mojar. Apagó la luz de la lámpara de la mesita.

Bebí casi de golpe el culo de whisky, encendí un cigarrillo, me lo fumé. Me debatí un rato más con mis demonios buenos, ganaron los malos. Fui a jugarme una hostia y mi estancia en la casa. Entré en el dormitorio a oscuras.

Levanté el edredón.

─¿Qué haces? ¿Estás loco?

─Me tienes loco desde hace un rato. Te voy a joder.

Estaba desnuda bajo el edredón, sin pensarlo comencé a besarle los pechos, se los mamé, Azucena peleaba conmigo, intentaba zafarse de mí. Metí un dedo en su coño, casi no le cabía, era muy estrecha. Lo movía en círculos y de atrás hacia adelante. Gruñía, peleaba, pero cada vez menos.

─¿Paro? No quiero hacer algo que tú no quieras. Sé que me estoy pasando de la raya, pero necesito echar un polvo con urgencia ─expuse metiendo otro dedo.

Soltó un gemido, se quejó por el segundo dedo.

─No lo sé…, me gusta lo que haces… Cállate o te pegaré para que pares.

Le hice caso, la monté, me envolvió con las piernas, se la metí con saña, su estrechez me apretaba la polla tan fuerte que me dolía; besé su boca hasta hartarme, se aferraba a mí con fuerza, casi no podía moverme. En unas ocho o diez embestidas me corrí, dentro. Fue uno de los mejores polvos de mi vida. Después de salirme la besé tiernamente en los labios, me fui a mi habitación. Cerré la puerta por dentro, me senté a escribir y lo estuve hasta el alba. Flanagan no volvió en toda la noche.

La bronca de Azucena con Flanagan fue monumental cuando mi amigo llegó de su escapada. Me largué en cuando empezaron los gritos. Aquella mañana antes de que llegara Flanagan no lo volví a hacer con ella. Me desperté tarde.

Me fui a un bar cercano, pedí café y me senté en la terraza a escribir un poco, relaté el polvo con Azucena, aún tenía su olor en mis dedos.

Acabé el café y mientras fumaba un cigarrillo pensé en Anaïs, hacía un año que no la veía. Rompí nuestro pacto, fui un cobarde, como siempre. Sin embargo siempre he pensado en que algún día nuestros caminos se volverían a cruzar, quién sabe; la echaba de menos y aún la sigo echando de menos. No he conocido y creo que no conoceré nunca a ninguna mujer o persona como ella. Luego, como por arte de magia, apareció por mi insconsciente la gorda y su enorme cuerpo, ella tuvo la culpa de haberlo hecho con Azucena, si no me hubiera puesto cachondo nada habría pasado, siempre se lo deberé. Le debo un favor a esa chica enorme.

Dejé pasar el tiempo paseando antes de volver a la casa de Flanagan, debía dejar que hicieran las paces, que la cosa se calmara. No me gusta estar en discusiones que no me atañen. Paseaba y pensaba en cómo enderezar mi situación, aunque solo fuera un poco. Siempre que he enderezado mi vida la he cagado. Así que soy un cagón, siempre jodiéndome la vida, es mi deporte favorito. Olvidé la idea, soy un ser que disfruta matándose, sigamos haciéndolo, ¿no?

Volví a las dos horas, entré con mi llave. Se habían calmado, Azucena se había marchado a hacer unos recados.

─Hola ─saludé. Flanagan estaba sentado en el sofá escuchando música. Sonaba Nirvana.

─Hola, Aníbal. Azucena ha salido, estamos solos. Las mujeres son tan delicadas, con una mirada las puedes romper. Le he pedido perdón, debí haberle dicho que me iba por ahí con mis amigos.

─No me cuentes nada, es cosa vuestra. Si tengo que irme para que estéis bien me iré ─dije sentándome a su lado en el sofá.

─No digas eso. Aquí estás bien. Nos gusta tu compañía y tu conversación, amigo escritor.

─Bueno, si tú lo dices. ¿Un trago?

─Por favor.

Me levanté del sofá, preparé dos whisky´s con hielo, me volví a sentar y comenzaba a sonar Buscando una luna de Extremoduro. Música peligrosa para dos tipos peligrosos, sobre todo yo.

Durante las semanas posteriores todo volvía a su cauce, la parejita andaba enamorada y chingando en cualquier lugar de la casa y yo, estaba metido en una serie de relatos llamados En brazos de… Así que no nos molestábamos demasiado. Bebíamos en trío, comíamos en trío, lo pasábamos bien juntos. Me recordaba a la relación que tuvimos Flanagan, Alicia (una antigua novia) y yo. Estábamos bastante unidos. No volví a liarme con Azucena, aquello fue un episodio pasajero, pero la deseaba. Cómo no desearla, era una mujer espléndida. Aquello nos sumió en una conchabanza bastante peculiar cuando estábamos solos, nos convertimos en muy buenos amigos y cómplices.

Tomé por costumbre tomar café y algún whisky en una terraza muy cerca de la casa de mis amigos. Aún me quedaban algunos ahorros de unos trabajillos que había hecho y también del subsidio por desempleo, había currado lo suficiente y ahora tenía mi recompensa del Sistema. En la terraza escribía en mi libreta y por la noche lo pasaba al ordenador, lo pulía, lo leía, sonreía, bebía, me acostaba tarde. Estaba siendo lo que siempre quise, ser escritor. Era lo más parecido a la felicidad que había tenido nunca. Lo aprovechaba a grandes bocados y sorbos.

Flanagan decidió hacer otra fiesta. Fue un sábado por la noche; cena, bebida y drogas, por supuesto. Al cabo de un par de horas me largué sin que nadie me viera. Me aburría la gente de la fiesta, tan simples y con tan poco espíritu. No digo que no fueran divertidos, eran divertidos de más. Creo que estaba tan concentrado en escribir y crear que cualquier acción que me sacara de mi trabajo me sucumbía en puro aburrimiento y desidia. Paseé largo rato, cuando me cansé di la vuelta, andaba pensando en letras, letras de tinta negra, letras que deseaba escribir ipso facto. No escribía, vomitaba letras a lo bestia. Mientras paseaba me encontré con los dos flipados de la fiesta anterior, los de la coca. Les acompañaban dos tías.

─Aníbal, ¿qué haces aquí? ─preguntó el más alto. Llevaba la voz cantante.

─Doy un paseo.

─¿Te has aburrido? Vente con nosotros, vamos a otra fiesta. Lo pasarás bien.

─Venga hombre, vente. La casa de Flanagan está muerta, todos están en pareja, un rollo ─dijo el otro. Por fin hablaba.

No tenía otra cosa que hacer, fui con ellos. Fuimos en el coche del hablador, parecía el jefe de la manada. Yo iba en silencio, una de las tías se rozaba con su pierna en la mía. No estaba mal la rubia. Desde que estuve con Azucena no había estado con ninguna, no tenía muchas ganas de sexo, simple y llanamente. ¿Estaría madurando? Bueno, los seres humanos no maduramos, evolucionamos, no somos una fruta.

En unos minutos llegamos al destino. No había bares por allí, iremos a una casa, pensé. Efectivamente, era un piso, algo más grande que el de Flanagan. El hablador me presentó a la manada, un tío más y cuatro tías. Por mi aspecto y mi forma de vivir parecía mucho mayor que ellos, pero no creo que mucho. Una chica muy simpática me sirvió un whisky, hablé con ella un rato. Luego me fui integrando y conversaba con otros y otras. Había música electrónica a medio volumen, estaba a gusto. Me preguntaron por mi trabajo, les dije que era escritor. Luego me preguntaron que si me ganaba la vida con ello, les dije que en España si eres sincero con lo que escribes es imposible vivir de la escritura. Los «iluminados» comenzaron un debate estúpido e inútil. Nunca voy a entender este deporte, hablar por hablar sin hacer nada. España es un país de hablar y no hacer nada. Supongo que es por la libertad de expresión y ese rollo. O porque con 40 años de dictadura las lenguas estaban atadas, ahora las han soltado. No puedo creer en una nación que habla mucho y no hace nada.

Me arrinconé en un sillón con mi vaso de escocés y un cigarro. Se me acercó la chica simpática que me sirvió el primer vaso.

─¿Te aburres? ─dijo sentándose a mi lado.

─Un poco. ¿No te da la impresión que todas las conversaciones son copias de otras?

─No sé, es profundo lo que dices, pero puede ser.

Me retrepé en el sillón, la chica me miraba.

─Me parece que te sientes fuera de lugar, ¿me equivoco? ─preguntó justo antes de encender un pitillo.

─No te equivocas. No estoy pasando mi mejor época.

Apuré mi vaso.

─Encantado, pero me largo de aquí. Necesito pasear ─dije metiendo las manos en los bolsillos.

Se levantó y nos dimos la mano. Fui a despedirme de los flipados, pero…

─No te vayas, Aníbal. Ahora viene lo bueno. Ven.

Me llevó al baño el tipo este, no recuerdo su nombre, por eso no lo digo, hizo dos rayas. Nos las metimos.

─¿Has oído hablar del juego del muelle? ─preguntó. Negué con la cabeza.

─Es un juego que se está poniendo de moda entre los jóvenes. Unos tíos se sientan en una silla, todas las sillas en fila o en círculo. Las tías se quitan la ropa interior, los tíos se bajan los pantalones hasta los tobillos y ellas montan a todos los tíos y se las van pasando a los treinta segundos. Pierde el que se corra antes. ¿Qué te parece? ─expuso todo emocionado.

─Es como una ruleta ─dije.

─Sí. Está prohibido el calentamiento, todo meter y sacar, tío. Solo follar.

Hizo otras dos…

─No pienso participar. No me gusta meterla donde otro la acaba de sacar.

─¿Cómo que no? En este momento mis amigos se lo están diciendo a las tías. ¿Por qué crees que somos más tíos que tías?

─Entiendo. No voy a participar. Esos juegos no me van.

─Pero quédate por si te animas. Vamos.

Salimos. El escenario estaba dispuesto, las sillas, el alcohol y las ganas de hacer el gilipollas. Me senté en el mismo sillón, la chica simpática volvió a mi lado.

─Hola, ¿no participas en el juego del muelle? ─le dije.

─¿Yo? Para nada. Es repulsivo. No entiendo como mis amigas aceptan jugar a un juego tan sucio y ofensivo para las mujeres. Lo van a hacer con tres o cuatro chicos…, me niego a verlo ─dijo con repulsión.

Fui a por un trago. Comenzó el show. Un tío lo grababa todo. Se las metieron al unísono, gemían, no parecían pasarlo mal, sobre todo reían como imbéciles. Me parecieron enanos de feria colocados con peyote.

Ella y yo éramos los espectadores de un espectáculo deleznable para el género humano.

─Sin calentarlas les van a hacer daño ─comenté.

─No puedo más. Me voy ─dijo tapándose la cara con las manos.

─Te acompaño.

Nos largamos sin despedirnos. Salimos juntos a la calle.

─Por cierto, me llamo Sandra ─dijo acercándose a darme dos besos.

─Soy Aníbal.

─Bueno, por mi parte la noche se ha acabado ─agregó sacando las llaves del coche.

─Y para mí. Ya nos veremos. Adiós.

Me di la vuelta con la cabeza gacha, las solapas del abrigo subidas y las manos en los bolsillos. No volví a ver a Sandra.

Estuve caminando una hora más o menos. Cavilaba sobre el dichoso juego del muelle, no podía entender como entre seres humanos se puede practicar sexo de esa manera. Siempre he concebido el sexo como un intercambio, yo te doy, tú me das. El sexo es un cortejo, es algo más que fluidos. Puede llegar a ser espiritual.

Llegué a casa de Flanagan, seguían de fiesta, pero muy tranquila, hablaban y bebían sin música, era tarde. Saludé y me encerré en mi habitación a escribir:

«Tengo el corazón reventado de coca, tabaco, alcohol y decepciones. Soy un cobarde, siempre salgo corriendo en cuanto hay problemas. No soy un ser humano, soy un despojo, pero un despojo que piensa y escribe lo que tú no tienes cojones a pensar y mucho menos escribir»…

Jueves, doce de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.