Henry y Anaïs III

Dos almas color rojo sangre

Imagen: Fotograma de la película Historia de O (1975). Basada en la novela homónima de Pauline Réage (1954).

«A veces pienso en la violencia, en la ultraviolencia como único recurso por los que están en una posición superior. La ultraviolencia nos rodea, estamos rodeados por la violencia en todos sus estados: física, mental, laboral, marital… Y lo más gracioso de todo es que la gente no se da cuenta. Están ciegos. Por esta y otras razones me niego a concebir ningún heredero con mi apellido. Es una gran maldad traer niños a este mundo donde la ultraviolencia nos invade a través de los cinco sentidos. Toda la violencia no es maldad pura, existe otro tipo de crueldad, pero si se controla se disfruta, el goce experimentado puede llevarnos al Nirvana, o por lo menos a un lugar parecido. Ahora mismo, mientras escribo siento excitación, y no ¿es la excitación un estado violento? Sientes que la adrenalina te recorre las venas a punto de reventarlas. Sientes fuerza, poder; sí, poder, es lo que deseamos todos. Poder y control. Así somos los seres humanos y quién diga lo contrario miente. La música, oh, la música. La música es ultraviolenta. El jazz, el blues, el rock son estados violentos a través de notas musicales. ¿Por qué? Porque son energía pura y dura y la energía es cruel. Mezclado en un coctel con la juventud y la rebeldía, el resultado es un brebaje maravilloso y violento. La violencia es una forma de romper con las reglas establecidas, si llegamos al máximo estado: la ultraviolencia, el mal se apodera de nosotros, al igual que el cáncer nos come por dentro hasta matarnos. La violencia te mata, la violencia mata, destruye, revienta los sentidos hasta abotagarlos. Aprieta las sienes, llena las arterias de borbotones de sangre espesa. Y la violencia puede ser creadora, destruir para construir.

Todo el mundo se preocupa por la raíz del mal, pero ¿y el bien? ¿Quién se preocupa de estudiar cómo nace el bien? Esto mismo se preguntaba Alex, el nadsat protagonista de la novela La naranja mecánica».

No tomé la llave del apartamento de Malena, no la conocía lo suficiente ni ella a mí tampoco. Me pareció demasiada confianza. Sí me quedé con la nota, pero la llave se quedó allí.

He estado casi todo un mes sin escribir salvo notas sueltas en mi libreta. He trabajado intensamente de vigilante en la jodida obra que me quita lo que realmente me importa, escribir. Lo demás me interesa poco; comer, dormir, son cuestiones a las que atiendo el tiempo justo. Aunque beber y darle al asunto son temas que me acompañan desde hace años. Escribir, beber y follar son los asuntos que me conciernen; sí, así es, vivir es lo que realmente me importa. No quiero posesiones, no quiero dejar una herencia, no quiero alimentar retoños ni educarlos, no quiero vivir en una jaula con los barrotes de oro. Quiero besar a Anaïs, quiero romperla, quiero follarle la mente, quiero zambullirme en su matriz y quedarme ahí, durmiendo, comiendo, meando, cagando, en definitiva, viviendo en el útero de Anaïs. Porque un hombre busca vivir en una matriz, se introduce una vez la fémina le da permiso y nunca saldrá; ese es el estado ideal de un hombre, vivir en un coño. No todo en la vida es follar, para echar los mejores polvos debes vivir como hombre en un útero, conocerlo y amarlo para ser un hombre. Los que van de útero en útero son hombrecillos perdidos, esclavos de su propia vida, esclavos de sus propios sueños, esclavos de sus inquietudes y deseos. Aunque yo soy más bien un hombrecillo-esclavo de mis deseos porque todavía ninguna mujer me ha dado permiso para vivir en su matriz. Pero tampoco la busco como si fuera un lobo andando detrás de una presa. Cuando la encuentre lo sabré, y mientras tanto disfrutaré de mil y un coños.

Así que también estuve un mes sin ver a Anaïs, echaba de menos su compañía, su conversación, extrañaba su olor, su tacto. No nos habíamos pasado los números de teléfono, entre nosotros no hacía falta, sabíamos dónde encontrarnos. Y como un impulso mitológico y divino me preparé para ir a su encuentro, mi ser me decía que la encontraría. Y allí fui, en busca de la mujer que distraía mis sentidos y los abotagaba, me empalmaba la mente y la picha. Y ahora mismo la tengo como una piedra. Me la veo en la ducha en este momento y parezco un zahorí en busca de agua, pero mi palo no busca agua, busca a Clara-Anaïs.

Estaba aprovechando mis días libres para escribir y beber un poco, me sentía limpio por dentro y por fuera y había llegado la hora de ensuciar mi interior. Salí a la calle, cogí el autobús en dirección a la cafetería-tetería donde Anaïs pagó la apuesta. En estas últimas cuatro semanas he pensado en Malena, realmente estaba prendada de mis letras. Parece que Anaïs le había hablado muy entusiasmada de mi obra y Malena lo transmitió excitada y deseosa de que le «introdujera» mis letras. Mi sexto sentido me decía que debía estar cerca de aquella mujer de más de cincuenta.

Una vez acabado el retiro del ordenador, en las noches oscuras los seres de otro mundo aparecen y yo, escribía y sentí que había perdido algo y eso me estaba jodiendo el alma. Hoy, por ejemplo, las letras no han fluido como deben en mis callosas manos. Así que estoy pensando seriamente en tomar unas largas vacaciones. He ahorrado dinero, de momento no me hace falta ser un esclavo más para alimentar a las alimañas que nos cobran por todo, incluso intoxicarnos. No soy de los de arrimar el hombro, que lo arrimen ellos que se lo llevan calentito.

El autobús me dejó cerca de la cafetería-tetería, caminando en solitaria compañía fui llegando con la cara helada por el frío. Las solapas del abrigo subidas, manos en los bolsillos y cigarro en la boca y paso lento y firme. Cabeza gacha mirando por donde pisar, no estaba avergonzado, pero sí, embutido en mis pensamientos que son más importantes que verles la cara a los autómatas de Yo, robot*. En la puerta del local tiré y apagué el cigarro con el zapato en la acera llena de chicles pisoteados. A veces pienso en la escasa educación que tiene la gente, ensucia por ensuciar, así vamos bien, ¿no? * (Libro de relatos de ciencia ficción del autor Isaac Asimov publicado en 1950).

Entré y el sosiego del lugar me recordó a Anaïs, incluso Malena apareció en mi mente sonriendo y mirándome hambrienta. Me dirigí a la barra, me senté en un taburete, el camarero vino a mi altura y un escocés con hielo pedí. Di el primer trago a la bebida de las Tierras Altas, entró ensanchando mi alma y purificándola del aislamiento de abonarme con lecturas fuertes. Saqué mi libreta y el bolígrafo, pero justo levanté al vista y Anaïs y Malena compartían mesa al fondo. Un impulso me dio para ir saludarlas porque sentía una enorme necesidad de estar con Clara-Anaïs, pero me detuve a tiempo para observarla en la lejanía. Quería deleitarme con ella en mis pupilas, deseaba verla miles de veces desenvolverse en su espacio, maravillarme de su sensualidad y sexualidad. Enamorarme mil veces en un minuto de sus gestos, embelesarme en su cabello castaño y ondulado, seducirme con el brillo de su piel. Mientras escribía o componía algo parecido a un poema, algunas veces me sale la vena poética y no sé por qué, me veo bastante salvaje para entender o sentir la dulzura de la poesía:

«Mirarte en la distancia es como el balanceo de un blues. Embelesarme con tus exquisitas maneras es como estar sentado en una mecedora en verano. Apoyar mi mirada en tu cabello, es pasear como un piojo oliendo la exquisitez de tus ondulaciones….». Dejé de escribir sensiblerías, pero muy a tono con mi sentir en aquel momento. Con paso parsimonioso y chulo me acerqué a la mesa…

—Buenas noches, señoras —saludé muy caballeresco.

—¡Hola Aníbal, querido! —exclamó Clara-Anaïs.

—Buenas noches, Aníbal —dijo Malena mordiéndose el labio inferior.

Me invitaron a sentarme, me senté al lado de Anaïs, solo quería estar con ella. Quería abrazarla, besarla y decirle tonterías, las que fueran, solo quería que me mirara como ella solo sabe mirar.

—¿Cómo estás? Has estado desaparecido, querido —dijo Anaïs.

—Sí, el maldito trabajo de vigilante me ha tenido un mes trabajando de noche. El poco tiempo que he tenido ha sido para escribir.

—Una lástima trabajar tanto, Aníbal. Deberías probar a vivir más —aconsejó Malena.

Pobre mujer, no se había parado ni un minuto a estudiarme como hacen las arpías como ella. No tenía ni puta idea de quién soy, ni cuando se la metí. Clara-Anaïs y yo nos reímos como cómplices porque su amiga había metido la pata con esa recomendación. Apoyé mi mano en el muslo de Anaïs, la media de rejilla estaba cálida. Me miró y sonrió de lado, sus ojos chispeaban.

—¿Sobre qué has escrito? —preguntó Malena.

—Sobre la vida, sobre el sentir, sobre como mi canario se pone duro —expuse retándola a seguir la danza de preguntas. No se incomodó como yo pensaba.

—¿Recuerdas que te pregunté si tenías algo más que no fueran los apuntes de tu libreta?  —preguntó la mujer más mayor con interés. Asentí afirmativamente.

—Aníbal, Malena y yo hemos estado hablando de tu trabajo, ya sabes que a mí me gusta mucho lo que escribes. Malena ha insistido durante tu ausencia en leer todo lo que tengas —expuso mi adorada Anaïs con intensidad.

—¿Por qué tanto interés? —pregunté.

A lo que Malena manifestó:

—Cuando me reúna contigo mañana para comer lo sabrás —declaró mirando mis ojos azules.

—Escucha a Malena, Aníbal. Tiene muy buen gusto.

—Me consta que sí lo tiene. Admira tu obra y eso es tener buen gusto —dije tomando mi vaso de whisky.

Las dos féminas sonrieron.

—Bueno, tengo que irme. Mañana me espera un día movidito. Toma mi tarjeta, Aníbal. Llámame mañana temprano para quedar a comer —dijo Malena con fuerza. Se notaba a la legua que era una mujer mandona y de las que no se puede hacer esperar.

—Cariño, mañana hablamos. Te quiero —dijo cariñosamente a Clara-Anaïs. Se dieron un tímido beso en los labios y Malena se levantó apoyando su mano en mi hombro, apretándolo.

Malena era una verdadera señora, buena amante, inteligente y con buen gusto para vestir, hablar. Sabía muy bien lo que quería y lo tomaba, supongo que eso se aprende cuando se tiene dinero. Cuando no se tiene dinero no se puede elegir, tienes que conformarte con las migajas que dejan los de arriba. Algunas veces esas migajas son de oro, pero la mayoría de las veces son de pan y bastante duro.

Anaïs y yo nos quedamos un rato más en la cafetería-tetería, tomé otro whisky y ella más champán.

—Salgamos de aquí, Aníbal. Demos un paseo —expuso mi acompañante.

—Vale, vayámonos.

Pagamos la cuenta a medias, salimos a la calle, hacía frío, cortaba la piel como un cuchillo. Caminamos durante una hora hasta la casa de Anaïs, sin quererlo llegamos allí dando vueltas, pero antes de llegar tuvimos una conversación muy interesante…

—¿En qué piensas cuando escribes? —preguntó Anaïs mientras paseábamos a la par. Me tenía cogido del brazo y muy pegada a mí por el frío.

—Casi siempre pienso en el viejo unodós unodós*. Otras veces pienso en el exceso o en la ultraviolencia de este mundo moderno —expuse con poca seriedad. No me gusta que me hagan esa pregunta. Supongo que necesitaba hacérmela, pero no sé por qué. * (Palabra nadsat de la novela La naranja mecánica. El nadsat es un lenguaje inventado).

—Ja, ja, ja, me gusta cuando usas palabras literarias para expresarte. La naranja mecánica es una buena novela, la leí hace mucho tiempo en la universidad. Sueñas despierto, cariño, soñamos despiertos, creo que es nuestra medicina para aguantar los embates de este mundo insidioso. «Los sueños son necesarios para vivir».

—Ah, la vieja Nin*, sin sueños no vivimos la ansiedad de la vida, ¿no crees? —dije mirándola de soslayo y sonriendo. *(Aníbal hace referencia al apellido de la escritora Anaïs Nin).

—Lo creo, si no soñamos nos suicidamos prematuramente. Matamos la inteligencia emocional hasta convertirnos en robots, autómatas del sistema. Los sueños pasan a la acción, bueno, ocurre si lo deseamos y lo buscamos. Pero antes debemos tirar el lastre que nos frena.

—¿Sabes? Cuando tengo una erección escribiendo he cumplido un sueño. Escribo lo que me emociona y cuando se cumple soy un hombre feliz —dije llegando a la casa de Anaïs.

—Me apetece que subas a casa —expuso firmemente.

No dije nada, miré su rostro; el vaho que expulsaba su boca era divino, sus labios, hinchados por el frío me parecieron la octava o novena maravilla del mundo. Le ofrecí mi brazo y subimos.

Ascendimos hacia su apartamento en el ascensor, no nos besamos, solo nuestras manos estaban tomadas y las miradas, ay las miradas, intensas, escrutadoras de pensamientos. Llevábamos una hora entrando y saliendo de nuestras mentes. No importaba si éramos más o menos inteligentes. La inteligencia no tiene nada que ver cuando se sabe hacer el amor con la mente.

Me puse cómodo en el sofá, me retrepé con el abrigo puesto, lo abrí. Anaïs preparó dos copas de champán, me ofreció una. Inmediatamente fue al equipo de música y puso un disco. ¡Ah, el hermoso Ludwig Van!, pensé.

—«La música es un maravilloso opio sino te la tomas demasiado en serio». H*—dije escuchando las primeras notas de la Alegría. *(El autor cita la frase de Henry Miller y lo nombra con la inicial de su nombre de pila: H).

—Así es, querido. Es la mejor droga, unida a la literatura o a cualquier tipo de arte es una simbiosis tan excitante… —Le ofrecí un cigarrillo. Nos miramos, estábamos ardiendo, pero no era el momento todavía.

—Te he echado de menos, Aníbal. Espero que la reunión de mañana con Malena sea totalmente satisfactoria.

En ese instante me importaba un comino lo que tuviera que decirme Malena, le gustaba mi obra, le gustó como le dimos al asunto. Pensaba que Anaïs no estaba al tanto de lo que hicimos Malena y yo.

—Bueno, sabes que he estado trabajando más horas de las necesarias. La necesidad es una forma de esclavitud, pero yo también te he echado de menos. Me es imposible mentirte.

Anaïs sonrió ante mi cinismo. La música sonaba con fuerza, a un volumen aceptable para la hora que era. Me venían frases a borbotones, ideas claras y otras envueltas en bruma, bruma púrpura, puede que por el alcohol.

—Lo sé, querido. He revelado las fotos, ven —se levantó y me ofreció su mano. Entré en su santuario donde daba vida a las imágenes captadas por su ojo.

—Las hice con un carrete en blanco y negro. De vez en cuando me gusta trabajar a la antigua usanza.

Las tenía colgadas de una cuerda muy fina, cogidas con pinzas. La luz roja no dejaba apreciar muy bien la calidad de las fotografías, pero me gustaban bastante. Nunca me habían sacado tanto con una cámara. Aunque no me he dejado fotografiar mucho, pero las que me hizo Anaïs eran perfectas, eran yo y nada más. Recuerdo que no mentí al objetivo y ella supo desnudarme tan bien que me daba vergüenza que me viera tal cual soy.

—Eres un ser maravilloso, Aníbal. Mira esta foto, estás excitante y en esta otra eres dulce con el objetivo y en esta eres desafiante —me las mostró todas y todas tenían nombre y una descripción corta. —Me gustaría exponerlas en mi siguiente exposición si te parece bien.

—Me parece bien, tú eres la artista, así que haz lo que desees con ellas.

—Gracias, querido. Vamos fuera.

Me volví a sentar en el sofá, ella fue al dormitorio. Un par de minutos después regresó con un vestido finísimo de rejilla de color negro. —¿Te gusta? —preguntó.

No me gustaba, me encantaba. Dentro de aquel seudo-vestido era realmente la diosa de la que me estaba enamorando. No me da pudor decir que me estaba enamorando por primera vez en mi vida. Aníbal se enamora, ¿y qué? ¿Acaso no soy humano?

—¿Y la cámara? —pregunté.

Me miró y sonrió, adivinó mi intención. —Tengo una digital en el bolso.

Alcancé el complemento femenino, saqué la cámara y me senté de nuevo en el sofá. Di un trago a mi copa y ¡zas! Clac clac clac. Clic clic clic, el dedo índice disparaba sin cesar. Anaïs posaba natural, tan natural que la cámara tuvo pudor por tan insultante modelo. No se intimidaba, el pobre objetivo parpadeaba porque yo lo accionaba. Si hubiera tenido vida propia habría cerrado el ojo. Me levanté, Anaïs recogía su cabello con las manos a la altura de la nuca, la rejilla dejaba ver los senos, las curvas, la curvatura de unos senos sabios, el pezón rosado estaba erecto, respiraba ansiosa necesitada de un beso. Con la cámara en la mano utilicé la otra tomando todo el Monte de Venus, lo apreté. —¿Qué te duele? —le pregunté.

—Me duele el alma por desearte, me duelen los labios ansiosa de besarte, me duelen los pezones porque necesitan tu saliva. Me duele el sexo porque lo aprietas y no lo penetras.

Sonreí, la rodeé con los brazos, la besé, la estreché con tanta fuerza que aulló en mi boca de dolor. Retiré la mano de su monte, bajé mi cremallera, la eché en un brazo del sofá, abrió las piernas, deseosa de mi futura zambullida. La penetré mirándola a los ojos, nos besamos hasta el final. Fue un largo beso, un orgasmo, una única embestida, un deseo incontrolable, una atracción más fuerte que nosotros mismos.

Acabamos en la cama, desnudos, pero tapados con las sábanas. Seguíamos bebiendo champán y fumando Benson & Hedges.

—Eres como un libro, sacas mi dureza, mi ternura. No me siento juzgada por ti —dijo mirando al techo.

—Para qué juzgarte. No soy juez y mucho menos Dios.

—Sacas mi fortaleza, pero no me demandas nada, y me da miedo. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero esto, tu locura, tu genialidad, tu admiración, quiero tus senos, tu coño, quiero la pizca de amor que me das.

—Bésame, Henry —pidió con tanta ternura que no pude negarme a otro rato de zambullida.

Al día siguiente me desperté muy tarde en casa de Anaïs, así que no llamé a Malena, no fui a mi cita con ella. Mi amante salió temprano, no me despertó y dormí reparando mi espíritu de tanta emoción y lucha. Tuve un sueño, perverso, lascivo, mentalmente agotador, un poco freudiano, la verdad. Fue algo así:

«Estaba delante de un muro muy alto, estaba construido con grandes bloques de hormigón, era tan alto que no precisaba de alambre de espino en lo más alto. Miré hacia arriba y pensé que era imposible de escalar sin tener una caída tremenda y tolchocarme* la golová* (Palabras en lenguaje nadsat. Significan golpearse y cabeza respectivamente). Estaba solo, solo con mis yoes, todos estaban conmigo, me acompañaban y algunos me sugerían que me largara de allí y otros me susurraban al oído que no tenía suficientes cojones para escalar el muro. El inconsciente me introdujo el pensamiento de cruzar al otro lado. Pero antes tenía que romper antes de cruzar. Hace años lo hice, dije en voz alta. Lo dejé todo para vivir mi vida, olvidé a mi familia, rechacé las responsabilidades y obligaciones para completar la Metamorfosis. ¿Y ahora qué? No tengo fuerzas para completar esta fosis evolutiva, no, no puedo más. Quiero caer y encender por última vez la hoguera de mi propia vanidad y desaparecer. Estaba decidido a dar media y vuelta y olvidarme de mis yoes y ser un simple, esclavo Aníbal Haze; cuando una especie de Ninfa o Hada me cortó la intención de dar media vuelta. No dijo nada, me miró, se limitó a mirarme decepcionada. Emanaba de ella una luz muy blanca, muy clara, me cegaba. Con el dorso de la mano a modo de visera intentaba ver algo, era imposible. Solo veía luz y sentía tranquilidad, mucho sosiego, pero al mismo tiempo mucha angustia y desilusión. Comenzó a llover muy fuerte, pero la luz no se apagaba, parecía eterna, mis yoes desaparecieron. De repente, un ruido de cascos, aparecieron caballos de entre la lluvia, chapoteando, los equinos relinchaban y los jinetes portaban antorchas, una cada uno, eran cuatro. Y el suelo comenzó a moverse, caí al suelo; ¡No! No era el suelo, mis manos tocaron algo suave, sedoso y seguía moviéndose en zigzag.

—No temas, Aníbal. Estás sobre la Serpiente que tanto odias. Ellos son los jinetes que la cabalgan, la siguen, la montan y hacen cautivos a los hombres como tú. Si das media vuelta los jinetes te atraparán y ya no habrá lugar en el que puedas ser feliz. Aníbal Haze habrá muerto —expuso la luz cegadora.

—¿Quién eres? —pregunté una vez recobré el equilibrio.

—No importa quién soy, importa quién eres tú y lo que deseas ser.

—Quiero escribir, quiero ser escritor y olvidarme de lo demás —dije rabioso y tiritando de frío por la lluvia.

—Entonces ven conmigo. Dame la mano y te llevaré donde deseas estar, al otro lado —Extendió su brazo ofreciendo su mano. Dudé un momento, pero tomé la mano, era cálida, me reconfortó. Cerré los ojos. Me desperté.

Los días siguientes los dediqué a escribir y cavilar qué debía hacer, si seguir trabajando o dejar el trabajo para dedicarme a escribir. Ese dilema me atormentaba, chumchum en mi cabeza. Por un lado, necesitaba el dinero y por otro odiaba no tener tiempo para mí, detestaba sentarme al escritorio y quedarme en suspenso. Me estaba ocurriendo eso que dicen del escritor y la página en blanco. He llegado a despreciarme, a devaluarme como autor, me odio y odio lo blando y esclavo que soy. He barruntado dejarme llevar por la marea y ser uno más del rebaño, pero al pensar y hacer el amor con Anaïs mis baterías se cargan y mi alma cobra fuerza. Lo mismo necesito de alguien para poder soportar mi perdedora existencia. Siempre he sido auto suficiente, debe ser la edad o el cansancio. Necesito estar cerca de la fotógrafa, aunque no mucho porque necesito espacio para ser yo.

Continuará…

Si deseas leer el capítulo anterior, Henry y Anaïs II, pincha aquí

Lunes, dieciséis de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Un juego inocente

Una noche como otra cualquiera, estaba en el hogar, sí aquello se le podía llamar hogar. Bueno, un hogar si era, pero no el mío, nunca he tenido. Vivía con Flanagan en su piso; después de casi diez años de conocernos me ofreció su casa cuando me arruiné por milésima vez. Siempre había gente por aquel piso tanto mujeres como hombres. Yo estaba hecho polvo, destrozado. Me refugié en su casa porque unos chavales de unos quince años me apalearon. La cosa fue que me cobijé del frío en el cajero de una sucursal bancaria. Durante el verano había dormido en el parque, en un banco, pero en otoño dormir al raso no es nada aconsejable. Una noche dormía plácidamente después de haber estado escribiendo en mi libreta durante horas. Tenía 42 años. Me dormí en aquel saco de dormir que rescaté de la basura, había tenido un amigo perro, pero murió. Un coche lo atropelló. Dormía a pierna suelta en el cajero tapado hasta el cuello con el saco de dormir sucio y roído y de pronto unos adolescentes entraron en el cajero y me desperté, hicieron mucho ruido. Por el rabillo del ojo los vigilaba, había oído historias sobre los que apalean a los mendigos y estaba vigilante. Me miraron, pasaron de mí. Tenía miedo, empecé a sudar, estaba acojonado. Allí acostado estaba indefenso; solo quería que los chavales pasaran de mí y se largaran. Uno de ellos dijo a los otros: ─mirad a ese ─Los otros me miraron y el mismo que les habló empezó a tocarme con el pie en el costado.

─¿Y si le gastamos una broma a este andrajoso?

A esas alturas ya tenía los huevos por corbata. Sudaba y temblaba con los ojos cerrados y muy apretados. Pensaba en que se fueran y me dejaran tranquilo.

De repente uno de ellos me arrebató el edredón, no tuve tiempo de reaccionar. Y otro me dio una patada en el costado, aullé de dolor y me retorcí. Recuerdo que dos de ellos me levantaron y me retenían cada uno de un brazo.

─Dale una hostia, que sepa que es un mendigo de mierda. Dale, dale.

Y me dio un puñetazo y el gilipollas se hizo daño en la mano, acto seguido me asestó un rodillazo en la boca del estómago. Vomité y para colmo lo hice encima del abrigo de uno de los que me tenían cogido. Las rodillas me flaqueaban, quería dejarme caer y yacer allí, quería que me dejaran en paz. Así que me dieron otra hostia, caí al suelo y empezaron a machacarme las costillas, de vez en cuando me llegaba algún puntapié en la cabeza y en la boca, noté como reventaban algunos de mis subos*, otra patada en la cabeza, las costillas. *(En jerga nadsat significa dientes. Lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica).

─Guillermo déjalo ya. Ya tiene bastante, vámonos ─decía uno de ellos.

─Cállate, nos estamos divirtiendo con este saco de mierda. Tony dale más fuerte, pártelo en dos. Mata a este hijoputa.

Y seguían dándome, no sentía nada, solo golpes, cerré los ojos y me dejé ir en manos de la Providencia. Estaba exhausto, casi no comía, dormía peor y me pillaron por sorpresa y no pude hacer nada para defenderme de aquellos tres o cuatro jóvenes. Malditos málchicos* hideputas, alcancé a pensar *(En jerga nadsat significa muchachos. Lenguaje inventado en la novela La naranja mecánica). De repente se fueron y allí me quedé al borde de la muerte. Creí que iba a morir en aquella mierda de cajero, lleno de sangre, machacado y sin importarle a nadie. Oí sirenas, alguien debió de llamar a los militsos* o a una ambulancia. *(En jerga nadsat significa policía). Dicen que cuando te estás muriendo tu vida pasa por delante como en un sueño, supongo. A mí no se me pasó nada por delante, simplemente tuve un delicioso sueño. Sí soñé, soñé con mis padres, con Anaïs y con libros, muchos libros. Desperté en el hospital, me dijeron que abrí los ojos al día siguiente. Estuve ingresado un mes con varias costillas rotas, diversos hematomas y una conmoción o algo así.

Un mendigo amigo le dijo a Flanagan que estaba en el hospital y fue a buscarme, ─vas a venir a recuperarte en mi casa —Compró todos los medicamentos, se hizo cargo de mí y aquí sigo mientras escribo esto.

Ah, tengo que decir que una tarde que salí a pasear por el parque de enfrente de la casa de Flanagan me senté en un banco y justo en el banco más próximo unos chicos estaban allí haciendo lo que hacen los jóvenes de hoy. Faltar el respeto a las chicas, enviar mensajes instantáneos y eso. Pero sobre todo, uno vociferaba y reconocí su voz, era el que empezó a golpearme en el cajero. Tomé por costumbre bajar todos los días y controlaba las horas que pasaban allí abusando de algunos niños y de sus propias amigas también. No entiendo por qué las chicas se dejan manosear por esos cabrones, que poca autoestima. Recordé que Flanagan tenía un bate de béisbol. Lo tomé una tarde bajo una gabardina que cogí prestada del armario de mi benefactor. Ya estaba bastante mejor, había recobrado las fuerzas, las cicatrices se curaban muy bien y las costillas estaban soldadas y casi nuevas. El hijoputa no me recordaba, debía estar puesto o algo, o sencillamente yo era un pegote de mierda en su zapato y no se fijó ni siquiera en mi cara. Ahora me río al recordarlo, pero si Flanagan hubiera sabido mis intenciones no me habría dejado ir al parque aquella tarde-noche, para mi suerte mi amigo estaba grabando en la radio. Bueno, me senté en el mismo banco de todas las tardes, compré una bolsa de pipas y una coca cola en el chino de la esquina. Como siempre los arribistas estaban allí. Pensaba en seguir al tal Guillermo, su voz era la única que conocía. Realmente no sabía si sería capaz de darle con el bate, pero estaba cierto de que lo comprobaría. Tenía mucha rabia contenida, conmigo y con muchos indigentes han hecho lo mismo, se creen que porque no tengamos hogar ni trabajo ni dinero pueden apalearnos como si fuéramos un trozo de madera en el suelo. A la hora y pico de estar perdiendo el tiempo ellos iniciaron la marcha, supongo que regresarían a sus casas. Tenía frío y Flanagan no tardaría en volver de la radio. Los seguí y para mi sorpresa el tal Guillermo vivía cerca del parque, se despidió de los otros para ir a su casa. Por culpa de la crisis y los recortes las farolas públicas se encienden cada dos y en su calle no había buena iluminación, así que aproveché un claroscuro para empezar mi jugada.

─¡Eh, Guillermo! ─exclamé yendo detrás de él.

Se giró sobre sus talones.

─¿Quién eres? ¿Quién me llama? ─preguntó el nadsat* (En La naranja mecánica esta jerga también es una forma de vivir, por ejemplo, nadsat-adolescente).

─¿No me conoces? ─pregunté casi a su altura. La luz alumbraba mi cara llena de cicatrices.

─No, no te conozco. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ─dijo altanero, lleno de masculinidad que con una patada en los cojones se habría quedado en una ínfima cantidad de testosterona.

─¿Recuerdas al mendigo que apaleaste una noche con tus amigos en un cajero hace mes y medio? ─Su color cambió, noté el  miedo en sus ojos y en la expresión de su cara. Se puso nervioso.

─No sé de qué me hablas, no he pegado a ningún mendigo en mi vida.

El hijoputa era un niño-bien, sus papás debían pagarle todo, incluso los aprobados. Aunque me importaba un pimiento, la verdad.

─¿Ah, no? ¿No te acuerdas, Guillermo? ─me acerqué más a él. Abrió los ojos de par en par, me reconoció. En esos segundos en los que Guillermo pensaba si salir corriendo o enfrentarse a mí, dijo:

─¿Cómo me has encontrado? ¿Conoces a alguien o qué? Ya te di una paliza, no querrás otra, o sí.

Lo miré a los ojos, él no pestañeaba ni yo tampoco. Mi mano izquierda aferraba el bate dentro de la gabardina, lo tenía fuertemente agarrado, yo estaba temblando y él también.

Sonreí, lo seguí retando con la mirada.

─Vete a la mierda andrajoso ─dijo empujándome muy fuerte en el pecho, hice cabriolas para no caer, perdí el equilibrio. Se puso más chulito, hacía ademanes de superioridad y en postura de retarme. Quería que yo le atizara o lo intentara. Me acerqué de nuevo, me volvió a empujar, no retrocedí, estaba bien plantado. Lo miré y me reí a carcajadas diabólicas en su cara. Se enfadó muchísimo, estaba disfrutando haciéndolo rabiar. Retrocedí un par de pasos, lo confié, Guillermo soltaba exabruptos intimidatorios, se acercaba a mí y retrocedía en plan de chulo de barrio, tenía el control, eso creía él. De repente avancé un par de pasos con mucha energía, saqué el bate y sin darle tiempo a reaccionar lo golpeé con el extremo más gordo en la testa, cayó al suelo como un plomo, muy pesado, de verdad. Lo agarré por un brazo y lo llevé detrás de un coche. El crobo rojo rojo* manaba mucho. El pobre hijoputa se quejaba de dolor. *(En jerga nadsat significa sangre roja).

─Le diste de hostias al mendigo equivocado. Di contigo por casualidad y mírate ahora machote de instituto de mierda. Puedo pisotearte, puedo machacarte, puedo matarte. Lo último no lo voy a hacer, pero sí darte una buena tunda de hostias ─dije muy cerca de su boca donde manaba la sangre roja roja. Le golpeé con el bate en las costillas unas tres o cuatro veces en ambos costados.

Miré por si alguien me veía zurrar a aquel cabrón, ni coches ni nadie asomando el hocico. Le di una patada en la cabeza y le dije:

─He estado ingresado en el hospital un mes por la paliza que me diste junto a tus amigos. Ahora te toca a ti, es lo justo ¿no? ─lo tenía cogido por las solapas de la chaqueta, mi fuerza era descomunal en aquel momento hemostático. Me quedé pensativo un momento, ni la adrenalina ni la rabia me estaban poseyendo. Desde que reconocí su voz medité fríamente como frenar mis sentimientos e impulsos y lo estaba consiguiendo. Para terminar la orgía violenta y vengativa le casqué las bolas con el bate, le arreé con todas mis fuerzas.

Lo dejé allí tirado y me largué a casa de Flanagan, era tarde ya. ─Necesito un trago.

Caminando llegué a casa de mi mejor amigo. Abrí con mi copia de la llave y cuando entré Flanagan aún no había llegado. Dejé la gabardina donde la había encontrado. El bate estaba manchado de sangre así que lo tiré en uno de esos contenedores soterrados.

Volviendo a la noche cualquiera del principio de este relato, la cosa empezaba a animarse a eso de las ocho de la tarde. Era viernes así que la manada de gallos y gallinas ponedoras comenzaban a acicalarse las plumas para salir a festejar el fin de semana. Podría haber dicho ovejas, pero el término está muy manido. Estuve escribiendo todo el día, me la meneé un par de veces. Abandoné la medicación porque ya era un hombre de nuevo, volví a beber, pero con menos asiduidad. Solo bebí un culín de escocés después del café tras la siesta. Me había limpiado el organismo comiendo muy bien, durmiendo mucho, escribiendo a todas horas durante el último mes y bebiendo muy poco.  En mi etapa de mendigo bebía todos los días. Toda la recaudación del negocio de pedir limosna en la puerta de una tienda bastante concurrida lo invertía en un bocadillo al mediodía y en tres o cuatro cartones de vino del más barato. Me dormía bebiendo vino, me despertaba bebiendo vino, escribía también.

Pues eso, Flanagan había invitado a unos amigos a cenar, estaban llegando, las gachís no estaban nada mal, salvo una gorda, aunque no era fea, de verdad. La novia de mi amigo estaba realmente buena, tenía un buen polvo, no tocar, jajajá. Los tíos y las tías se iban acomodando en el salón, las titis iban a la cocina a ayudar o yo que sé. A lo único que iba yo a la cocina era a por hielo y a restregarme un poco con ellas. Me dediqué a poner música en el estéreo de Flanagan, fumaba, bebía, escuchaba música.

─Aníbal, cielo. Quiero presentarte a alguien ─así estuvo toda la noche Azucena, la novia de Flanagan. Con esta si aguantaba el muy cabrón, como su familia tenía pasta. Yo también habría aguantado por el dinero familiar y por el culazo que tenía la morenaza.

En la cena conocí a dos tipos muy peculiares, en cuanto hablé con ellos un par de palabras sabía que iban de coca, así que usé mis argucias para que me invitaran. Resultó que eran dos hijoputas, estilo a mi «amigo» Guillermo. Nenes-bien que se creían el centro del mundo y yo pensaba en la cara ensangrentada de Guillermo mientras ellos hablaban de gilipolleces. La verdad que necesitaba una buena charla, muy honda, donde la profundidad no tuviera final. Ni con Flanagan había conseguido charlar así hasta el momento, siempre estaba fuera y no habíamos tenido ocasión de conversar largamente y hacernos unas buenas pajas mentales. Me convidaron a unas rayas; una de las veces salía frotándome la nariz y rascándome los cojones y me crucé con la gorda que iba en dirección al baño, nos miramos furtivamente.

─¿Está ocupado? Aníbal, ¿verdad? ─dijo apoyada en la pared. Yo la miraba y su culo ocupaba bastante sitio en la pared. Era enorme, aunque su mirada era limpia, y su rostro no era para nada feo. Pero su culo y su figura ocupaban mucho sitio. Los dos ocupantes del baño salieron riéndose, la miraron y carcajearon, la gorda bajó la cabeza.

Cuando quiso entrar al baño…

─Entra, entra, no te pares ─entré tras ella y cerré por dentro.

─¿Qué haces? ─preguntó la pobre, parecía asustada.

─Tú mea, no te interrumpiré. ¿Quieres un tiro? ─Sonrió con expresión de que este tío está loco.

─Date la vuelta, si me miras no puedo mear ─Me reí porque su volumen embutía al pobre inodoro entre sus muslos y el culo, me pareció muy cómica la escena. Pero uno estaba demasiado tiempo sin conocer mujer.

Hice dos rayas, si ella no quería me las metería yo. Esnifé una.

─¿Puedo? ─dijo subiéndose las bragas.

─Claro.

Esnifó la otra y salimos de allí. Pasé de los otros y bebimos juntos la gorda y yo, no recordaba su nombre, me daba vergüenza preguntárselo, soy así. La noche pasaba, los invitados se iban retirando, mi acompañante también se iba, decidí acompañarla a su coche.

─Me lo he pasado muy bien, Aníbal. Así que escritor, me gusta la gente que dedica su tiempo a realizar tareas poco comunes ─dijo mientras caminábamos hacia su coche.

─Bueno, intento ser escritor, intento que fluya algo verdaderamente bueno. Hace un año estuve a punto de publicar con una editorial de las grandes, pero no salió bien.

─Lo siento ─dijo sacando las llaves de su coche del bolso. Miré sus enormes tetas, toda la noche estuve mirándole el escote, allí mi picha se perdería. Me apetecía besárselas.

─No lo sientas, son cosas que pasan ─dije metiendo mis manos en los bolsillos, me apetecía fumar.

─Bueno, me tengo que ir, es muy tarde.

─Sí, es tarde, pero antes… ─la tomé del brazo, la atraje hacia mí y la besé. Me dio lengua desde el principio, la abracé como pude y se me puso dura. Joder, me urgía echar un polvo, lo necesitaba. Nos magreamos, me calentó, y se fue. Me dio su número de teléfono. Conforme la vi marcharse en su coche tiré el papel con el número. Necesitaba echar un polvo no un maldito número de teléfono. No soy de los que guardan polvos para más tarde.

Volví al piso medio borracho, muerto de frío y con la picha tiesa. Cabizbajo entré en la casa, no quedaba nadie, solo Azucena sentada en el sofá.

─¿Se han ido todos? ─pregunté encendiendo un cigarrillo.

─Sí, Flanagan ha bajado a despedir a sus amigos ─explicó. ─¿Me invitas a fumar?

Le di uno. Así que las sombras que vi en plena oscuridad al volver de despedir a la gorda era el cabrón de Flanagan con la novia de un amigo suyo. Recordé que Azucena me presentó a un tía muy delgada y muy pálida que era novia de un amigo de Flanagan, él tío no pudo venir a la fiesta. Creo que era ella, a él lo conocí, es inconfundible aunque haya poca luz.

─Vale. Me voy a servir un trago, ¿quieres?

─No, me voy a duchar ─rechazó.

Asentí y me eché en el sofá a beber y a fumar. Estaba muy cachondo, la obesa me había dejado a mi suerte, y a mí la suerte no suele sonreírme mucho. Cerré los ojos intentando olvidar el calentón, me fue imposible. Me largué a mi habitación, encendí el ordenador, un poco de escritura me bajaría la polla a su estado de hibernación. Dejé la puerta abierta, aproveché mi soledad momentánea para servirme un tiro. Descalzo y con la camisa por fuera del vaquero fui a por otro whisky. Me lo serví, del baño salía olor a limpio, olor a colonia, humedad. Que sensación más placentera, pensé. Mi habitación estaba al lado del baño y al pasar miré hacia el baño y la puerta estaba entreabierta y espié a Azucena cubierta en una toalla. Me dispuse a escribir intentando olvidar todo lo que acontecía a mí alrededor. Comencé a escribir la paliza que me dieron Guillermo y sus compadres, entre línea y línea me rascaba los huevos. Aquello no se bajaba, creo que hasta mojé los calzoncillos.

─Aníbal, voy a acostarme, ¿necesitas algo? ─preguntó Azucena con el albornoz de color blanco puesto como única prenda.

─No, estoy bien ─Y un huevo, no estaba bien, estaba al borde del colapso mental por la cantidad de testosterona que retenía mi cerebro.

─Buenas noches ─dijo dulcemente. Clavó sus ojos esmeraldas en los míos, y yo le clavé los míos inyectados en sangre. Me sentía como un Sátiro recién sacado de la mitología. Tenía cuernos, tenía rabo, tenía la picha como una piedra. Y Azucena parecía una Ninfa a la que perseguir recién salida de la ducha. Por un momento me vino a la cabeza practicarle el viejo bumbum. ¿Qué estás pensando cabrón? No faltes a uno de tus mandamientos, no se mete si la fémina no quiere o es la novia de tu mejor amigo. Olvídalo. Hazte una paja.

Escribí y escribí, no más que unos párrafos. Me levanté, Flanagan no había vuelto, seguro que se estaba beneficiando a ese saco de huesos. Bueno, yo he estado a punto de entrar en una ballena, no somos tíos con prejuicios. Reí para mis adentros. Di unas vueltas por el salón, estaba nervioso, me sudaban las manos, estaba excitado en todos los aspectos. Tropecé con una silla un par de veces.

─Aníbal, ¿estás bien? ─¡Ajá! la excusa perfecta. Azucena era muy maternal.

Me acerqué al quicio de la puerta del dormitorio.

─Sí, estoy bien. He tropezado con una silla. Tú descansa.

─No puedo dormir ─Encendió la luz de la lámpara de la mesita.

─Pues ya somos dos. Podemos echar unos tragos.

─No quiero beber más. Te veo muy bien, estás recuperado ─dijo incorporándose en la cama. Sin darse cuenta me mostró las tetas. Y que bonitas y turgentes eran, morenas como su cabello y el resto de su piel. Se percató al ver la expresión de mis ojos, se las tapó y enrojeció de pudor. Cuan virtuosa era, o se lo quería hacer, no sé.

─Pues yo voy a por otra, algo tendré que hacer ─dije saliendo de allí. Necesitaba escapar, no quería pecar y Azucena para colmo me enseñó los senos, no sé si adrede, pero coño, estaba más de tres meses sin mojar. Apagó la luz de la lámpara de la mesita.

Bebí casi de golpe el culo de whisky, encendí un cigarrillo, me lo fumé. Me debatí un rato más con mis demonios buenos, ganaron los malos. Fui a jugarme una hostia y mi estancia en la casa. Entré en el dormitorio a oscuras.

Levanté el edredón.

─¿Qué haces? ¿Estás loco?

─Me tienes loco desde hace un rato. Te voy a joder.

Estaba desnuda bajo el edredón, sin pensarlo comencé a besarle los pechos, se los mamé, Azucena peleaba conmigo, intentaba zafarse de mí. Metí un dedo en su coño, casi no le cabía, era muy estrecha. Lo movía en círculos y de atrás hacia adelante. Gruñía, peleaba, pero cada vez menos.

─¿Paro? No quiero hacer algo que tú no quieras. Sé que me estoy pasando de la raya, pero necesito echar un polvo con urgencia ─expuse metiendo otro dedo.

Soltó un gemido, se quejó por el segundo dedo.

─No lo sé…, me gusta lo que haces… Cállate o te pegaré para que pares.

Le hice caso, la monté, me envolvió con las piernas, se la metí con saña, su estrechez me apretaba la polla tan fuerte que me dolía; besé su boca hasta hartarme, se aferraba a mí con fuerza, casi no podía moverme. En unas ocho o diez embestidas me corrí, dentro. Fue uno de los mejores polvos de mi vida. Después de salirme la besé tiernamente en los labios, me fui a mi habitación. Cerré la puerta por dentro, me senté a escribir y lo estuve hasta el alba. Flanagan no volvió en toda la noche.

La bronca de Azucena con Flanagan fue monumental cuando mi amigo llegó de su escapada. Me largué en cuando empezaron los gritos. Aquella mañana antes de que llegara Flanagan no lo volví a hacer con ella. Me desperté tarde.

Me fui a un bar cercano, pedí café y me senté en la terraza a escribir un poco, relaté el polvo con Azucena, aún tenía su olor en mis dedos.

Acabé el café y mientras fumaba un cigarrillo pensé en Anaïs, hacía un año que no la veía. Rompí nuestro pacto, fui un cobarde, como siempre. Sin embargo siempre he pensado en que algún día nuestros caminos se volverían a cruzar, quién sabe; la echaba de menos y aún la sigo echando de menos. No he conocido y creo que no conoceré nunca a ninguna mujer o persona como ella. Luego, como por arte de magia, apareció por mi insconsciente la gorda y su enorme cuerpo, ella tuvo la culpa de haberlo hecho con Azucena, si no me hubiera puesto cachondo nada habría pasado, siempre se lo deberé. Le debo un favor a esa chica enorme.

Dejé pasar el tiempo paseando antes de volver a la casa de Flanagan, debía dejar que hicieran las paces, que la cosa se calmara. No me gusta estar en discusiones que no me atañen. Paseaba y pensaba en cómo enderezar mi situación, aunque solo fuera un poco. Siempre que he enderezado mi vida la he cagado. Así que soy un cagón, siempre jodiéndome la vida, es mi deporte favorito. Olvidé la idea, soy un ser que disfruta matándose, sigamos haciéndolo, ¿no?

Volví a las dos horas, entré con mi llave. Se habían calmado, Azucena se había marchado a hacer unos recados.

─Hola ─saludé. Flanagan estaba sentado en el sofá escuchando música. Sonaba Nirvana.

─Hola, Aníbal. Azucena ha salido, estamos solos. Las mujeres son tan delicadas, con una mirada las puedes romper. Le he pedido perdón, debí haberle dicho que me iba por ahí con mis amigos.

─No me cuentes nada, es cosa vuestra. Si tengo que irme para que estéis bien me iré ─dije sentándome a su lado en el sofá.

─No digas eso. Aquí estás bien. Nos gusta tu compañía y tu conversación, amigo escritor.

─Bueno, si tú lo dices. ¿Un trago?

─Por favor.

Me levanté del sofá, preparé dos whisky´s con hielo, me volví a sentar y comenzaba a sonar Buscando una luna de Extremoduro. Música peligrosa para dos tipos peligrosos, sobre todo yo.

Durante las semanas posteriores todo volvía a su cauce, la parejita andaba enamorada y chingando en cualquier lugar de la casa y yo, estaba metido en una serie de relatos llamados En brazos de… Así que no nos molestábamos demasiado. Bebíamos en trío, comíamos en trío, lo pasábamos bien juntos. Me recordaba a la relación que tuvimos Flanagan, Alicia (una antigua novia) y yo. Estábamos bastante unidos. No volví a liarme con Azucena, aquello fue un episodio pasajero, pero la deseaba. Cómo no desearla, era una mujer espléndida. Aquello nos sumió en una conchabanza bastante peculiar cuando estábamos solos, nos convertimos en muy buenos amigos y cómplices.

Tomé por costumbre tomar café y algún whisky en una terraza muy cerca de la casa de mis amigos. Aún me quedaban algunos ahorros de unos trabajillos que había hecho y también del subsidio por desempleo, había currado lo suficiente y ahora tenía mi recompensa del Sistema. En la terraza escribía en mi libreta y por la noche lo pasaba al ordenador, lo pulía, lo leía, sonreía, bebía, me acostaba tarde. Estaba siendo lo que siempre quise, ser escritor. Era lo más parecido a la felicidad que había tenido nunca. Lo aprovechaba a grandes bocados y sorbos.

Flanagan decidió hacer otra fiesta. Fue un sábado por la noche; cena, bebida y drogas, por supuesto. Al cabo de un par de horas me largué sin que nadie me viera. Me aburría la gente de la fiesta, tan simples y con tan poco espíritu. No digo que no fueran divertidos, eran divertidos de más. Creo que estaba tan concentrado en escribir y crear que cualquier acción que me sacara de mi trabajo me sucumbía en puro aburrimiento y desidia. Paseé largo rato, cuando me cansé di la vuelta, andaba pensando en letras, letras de tinta negra, letras que deseaba escribir ipso facto. No escribía, vomitaba letras a lo bestia. Mientras paseaba me encontré con los dos flipados de la fiesta anterior, los de la coca. Les acompañaban dos tías.

─Aníbal, ¿qué haces aquí? ─preguntó el más alto. Llevaba la voz cantante.

─Doy un paseo.

─¿Te has aburrido? Vente con nosotros, vamos a otra fiesta. Lo pasarás bien.

─Venga hombre, vente. La casa de Flanagan está muerta, todos están en pareja, un rollo ─dijo el otro. Por fin hablaba.

No tenía otra cosa que hacer, fui con ellos. Fuimos en el coche del hablador, parecía el jefe de la manada. Yo iba en silencio, una de las tías se rozaba con su pierna en la mía. No estaba mal la rubia. Desde que estuve con Azucena no había estado con ninguna, no tenía muchas ganas de sexo, simple y llanamente. ¿Estaría madurando? Bueno, los seres humanos no maduramos, evolucionamos, no somos una fruta.

En unos minutos llegamos al destino. No había bares por allí, iremos a una casa, pensé. Efectivamente, era un piso, algo más grande que el de Flanagan. El hablador me presentó a la manada, un tío más y cuatro tías. Por mi aspecto y mi forma de vivir parecía mucho mayor que ellos, pero no creo que mucho. Una chica muy simpática me sirvió un whisky, hablé con ella un rato. Luego me fui integrando y conversaba con otros y otras. Había música electrónica a medio volumen, estaba a gusto. Me preguntaron por mi trabajo, les dije que era escritor. Luego me preguntaron que si me ganaba la vida con ello, les dije que en España si eres sincero con lo que escribes es imposible vivir de la escritura. Los «iluminados» comenzaron un debate estúpido e inútil. Nunca voy a entender este deporte, hablar por hablar sin hacer nada. España es un país de hablar y no hacer nada. Supongo que es por la libertad de expresión y ese rollo. O porque con 40 años de dictadura las lenguas estaban atadas, ahora las han soltado. No puedo creer en una nación que habla mucho y no hace nada.

Me arrinconé en un sillón con mi vaso de escocés y un cigarro. Se me acercó la chica simpática que me sirvió el primer vaso.

─¿Te aburres? ─dijo sentándose a mi lado.

─Un poco. ¿No te da la impresión que todas las conversaciones son copias de otras?

─No sé, es profundo lo que dices, pero puede ser.

Me retrepé en el sillón, la chica me miraba.

─Me parece que te sientes fuera de lugar, ¿me equivoco? ─preguntó justo antes de encender un pitillo.

─No te equivocas. No estoy pasando mi mejor época.

Apuré mi vaso.

─Encantado, pero me largo de aquí. Necesito pasear ─dije metiendo las manos en los bolsillos.

Se levantó y nos dimos la mano. Fui a despedirme de los flipados, pero…

─No te vayas, Aníbal. Ahora viene lo bueno. Ven.

Me llevó al baño el tipo este, no recuerdo su nombre, por eso no lo digo, hizo dos rayas. Nos las metimos.

─¿Has oído hablar del juego del muelle? ─preguntó. Negué con la cabeza.

─Es un juego que se está poniendo de moda entre los jóvenes. Unos tíos se sientan en una silla, todas las sillas en fila o en círculo. Las tías se quitan la ropa interior, los tíos se bajan los pantalones hasta los tobillos y ellas montan a todos los tíos y se las van pasando a los treinta segundos. Pierde el que se corra antes. ¿Qué te parece? ─expuso todo emocionado.

─Es como una ruleta ─dije.

─Sí. Está prohibido el calentamiento, todo meter y sacar, tío. Solo follar.

Hizo otras dos…

─No pienso participar. No me gusta meterla donde otro la acaba de sacar.

─¿Cómo que no? En este momento mis amigos se lo están diciendo a las tías. ¿Por qué crees que somos más tíos que tías?

─Entiendo. No voy a participar. Esos juegos no me van.

─Pero quédate por si te animas. Vamos.

Salimos. El escenario estaba dispuesto, las sillas, el alcohol y las ganas de hacer el gilipollas. Me senté en el mismo sillón, la chica simpática volvió a mi lado.

─Hola, ¿no participas en el juego del muelle? ─le dije.

─¿Yo? Para nada. Es repulsivo. No entiendo como mis amigas aceptan jugar a un juego tan sucio y ofensivo para las mujeres. Lo van a hacer con tres o cuatro chicos…, me niego a verlo ─dijo con repulsión.

Fui a por un trago. Comenzó el show. Un tío lo grababa todo. Se las metieron al unísono, gemían, no parecían pasarlo mal, sobre todo reían como imbéciles. Me parecieron enanos de feria colocados con peyote.

Ella y yo éramos los espectadores de un espectáculo deleznable para el género humano.

─Sin calentarlas les van a hacer daño ─comenté.

─No puedo más. Me voy ─dijo tapándose la cara con las manos.

─Te acompaño.

Nos largamos sin despedirnos. Salimos juntos a la calle.

─Por cierto, me llamo Sandra ─dijo acercándose a darme dos besos.

─Soy Aníbal.

─Bueno, por mi parte la noche se ha acabado ─agregó sacando las llaves del coche.

─Y para mí. Ya nos veremos. Adiós.

Me di la vuelta con la cabeza gacha, las solapas del abrigo subidas y las manos en los bolsillos. No volví a ver a Sandra.

Estuve caminando una hora más o menos. Cavilaba sobre el dichoso juego del muelle, no podía entender como entre seres humanos se puede practicar sexo de esa manera. Siempre he concebido el sexo como un intercambio, yo te doy, tú me das. El sexo es un cortejo, es algo más que fluidos. Puede llegar a ser espiritual.

Llegué a casa de Flanagan, seguían de fiesta, pero muy tranquila, hablaban y bebían sin música, era tarde. Saludé y me encerré en mi habitación a escribir:

«Tengo el corazón reventado de coca, tabaco, alcohol y decepciones. Soy un cobarde, siempre salgo corriendo en cuanto hay problemas. No soy un ser humano, soy un despojo, pero un despojo que piensa y escribe lo que tú no tienes cojones a pensar y mucho menos escribir»…

Jueves, doce de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Henry y Anaïs II

Dos almas color rojo sangre

*Imagen: Fotograma de la película Factótum sobre la novela del mismo nombre de Charles Bukowski. En la misma Matt Dillon interpretando a Henry Chinaski.

Aquel día me marché al mediodía, no suelo estar mucho tiempo encerrado en un hogar que no es el mío, soy de la calle y allí me dirigí. El sol estaba cálido, delicioso en mi piel, la gente iba y venía a esa hora, las compras navideñas eran el centro de atención de la Masa. Corrían como bellacos en busca de lo que les faltaba, el exceso estaba servido. Y yo iba a pasar solo la Nochebuena, seguramente escribiendo. Tenía padres, pero no me apetecía verlos para que empezaran con sus reproches por mi forma de vida. Odio la Navidad, las recriminaciones familiares y el exceso en compras, comida, bebida. Ya vivo en el exceso para que encima me lo vendan por la tele. Seguí mi camino hacia casa, no pensaba en beber, no pensaba en ver a nadie, ya había tenido mi dosis de sensualidad y excesos con Clara, era la hora del descanso del guerrero. Paseé sin prisa, estaba lleno, me sentía completo por dentro, la noche había sido intensísima y la verdad que Clara era una mujer exquisita. Y encima le gustaba lo mismo que a mí, leer literatura fuerte. Pero como todo en la vida tiene sus acertijos, por llamarlo de alguna manera. Vislumbré un bar al que nunca había entrado y decidí entrar porque tenía la garganta seca. No me fijé en el nombre del local. Había gente, era la hora del café, pero yo no quería café, así que pedí un whisky. Sirviendo había una camarera muy normal, el local era una cafetería, así que no habría borrachos conocidos, solo esclavos del sistema. Simples currantes que tomaban café antes de volver a sus miserables trabajos por unos euros. Di un ligero sorbo al whisky con hielo, acodado en la barra repasé la noche con Clara-Anaïs, realmente era una mujer inteligente, exuberante, y una artista. Nunca había visto fotografías con tanto sentimiento y fuerza. Su mirada me penetró como un gran cuchillo; desde el primer momento supe que era una mujer que sabía lo que quería. Clara-Anaïs fue la primera mujer que me hizo pensar, de verdad. Su fuerza en la mirada, en los gestos, su sabiduría me impregnaba de un fuerte sabor y un fuerte dolor en el alma. Sabía que estar a su lado me dolería, no hablo de sufrimiento, hablo de dolor. Estar a su lado me llenaría de conocimiento, de placer, y el placer duele cuando entra a borbotones.

En la cafetería me sentí a gusto, no había ruido en exceso, el licor estaba bueno, la gente no se quedaba mucho tiempo allí, tenían prisa. Así que decidí plasmar mis sentimientos en la libreta antes de llegar a casa, quizá lo necesitara, quizá debía hacer un alto en el camino, no lo sé. Me rasqué los cojones, fui al baño, meé, me rasqué los huevos otra vez y volví al taburete en el que me senté al llegar. Bebí un pequeño sorbo y con toda mi elegancia y frescura comencé a escribir…

Mi mente estaba llena de pensamientos sobre de Clara-Anaïs, sus labios, sus senos, la forma de su boca al hablar, sus curvas sinuosas follándome a horcajadas, jadeante, el cabello alborotado, las pecas de su pecho…

Me aislé del ruido, me aislé de la gente, de su ir y venir, tengo la capacidad de hacerlo aunque esté rodeado de inmundicias, será que nací solitario y sigo solo en este mundo absurdo.

Recordé mi adolescencia, tendría unos trece o catorce años, a esa edad me la pelaba casi continuamente, de verdad. Veía un culo y un escote y mi canario enloquecía y me la machacaba en cuanto podía pensando en aquellos atributos femeninos que me ponían a cien. Y Clara-Anaïs volvió para amenizar mis recuerdos, aunque la dejé ahí, en el armario, no era su momento. Pensé en lo salido que estaba en aquel tiempo y mi vecina Laura salió del inconsciente para decirme: —Estoy aquí  —Laura era vecina de enfrente de la casa donde me crié. Eran casas de planta baja y su cuarto daba a un patio que estaba a la altura de mi habitación. La observaba vestirse y desvestirse todas las noches. Así que Laura fue mi primer amor, mi amor platónico; era mayor que yo unos años, pero la soñaba, la deseaba. Ella fue mi imagen de la feminidad durante mucho tiempo. Creo que ella nunca supo que la espiaba, si lo hubiera sabido me habría muerto de vergüenza. Mientras que mis padres pensaban que dormía o estudiaba, allí estaba yo observando a Laura y pelándomela como si no hubiera mañana. Y ella, mi primer amor inspiró unas líneas:

«La espiaba, no me veía. La distancia entre su edificio y el mío era mi resguardo. Yo era un adolescente, la miraba con los prismáticos que le «robé» a mi padre. Observaba como se desnudaba en su dormitorio mirándose en el espejo. Me sabía de memoria cada poro de su blanca piel, reconocía con los ojos cerrados cada pliegue y los tímidos hoyuelos de su extremo posterior. La soñaba despierto, la soñaba dormido. Era natural, así era ella, una beldad sin tela, sin capas…» (Fragmento del relato El Espía que el autor publicó en este mismo blog).

Paré un momento, leí lo escrito, un tipo me dio un codazo sin querer, lo miré y seguramente pensó: que escribirá el borracho este. No me gusta que me juzguen, yo no lo hago, me importa un pimiento lo que haga la gente. Si me juzgas no me mires con cara de asco, porque tú para mí eres una mierda pinchada en un palo a la que poder aplastar con mis botas de punta de hierro. Siempre he querido apalear a uno de esos imbéciles, pero me conformo con follarme a sus novias, es más placentero. Pagué la consumición y me fui de allí, estaba asfixiándome. El codazo me devolvió a la vomitiva realidad. A paso ligero intenté llegar a casa cuanto antes. Estaba bastante lejos de mi habitación, no quería tomar el autobús y un taxi tampoco, seguí andando a paso ligero.

Por fin llegué al portal de casa, entré corriendo, monté en el ascensor, abrí la puerta de la habitación y en el móvil busqué Rock and Roll de Led Zeppelin, la encontré, le di volumen y encendí el ordenador. Mientras se conectaba me serví un whisky. Encendí un cigarro pensando en Laura y en Clara-Anaïs. Me estaba empalmando, cómo no hacerlo si las dos eran diosas del Amor, soy humano. Un simple mortal como diría Zeus. Maneras de vivir, las mías muy impúdicas, ahora que tenía un trabajo me compré un móvil y un portátil de segunda mano, un poco de modernidad no me vino mal, sobre todo para escribir más rápido y mejor. Y el móvil porque me apetecía tenerlo y en el curro nuevo debía estar conectado para que me llamara el jefe.

Comencé a escribir de nuevo, más tranquilo, en mi cueva me dejé llevar por los pensamientos sobre ellas, mi excitación crecía y las letras también…

«Uno, dos, tres y al cuarto parpadeo simulando a una cámara de fotos dejaba que sus manos ante mis ojos detrás de los cristales del alargador de vistas se vieran fuertes, grandes, con venas azuladas, de dedos finos y largos en unas manos delicadas y cuidadas. Desabrochaban la blusa parsimoniamente, el deleite de los dedos al desabotonar a través del ojal era para mí la danza maravillosa de la voluptuosidad y la sensualidad en su máximo esplendor. Al cabo de unos minutos la prenda yacía en el suelo de la habitación. Ataviada con la ropa interior se acercaba al espejo, bailoteaba, cabrioleaba…» (Fragmento del relato El Espía que el autor publicó en este mismo blog).

No estaba quedando mal lo que estaba escribiendo, en la mente tenía la imagen de Laura, desnudándose, acariciándose y yo, observándola embobado e inmóvil.

La Nochebuena estaba al caer, estuve trabajando todo el mes de diciembre hasta los días anteriores al día del nacimiento de Cristo, el jefe me dio unos días libres. Hacía unos quince días que estuviera con Clara-Anaïs; no nos dimos los números de teléfono, tampoco quise volver a su casa, no éramos nada, lo pasamos bien, nos desnudamos interiormente, follamos para volvernos reales a los ojos del otro, quizá eso arrebató la magia, no sé, ¿quién sabe? Pensé así para quitar hierro al asunto, ninguna mujer me había hecho sentir tan libre en mi pobre vida. Tenía unos días para mí, los iba a aprovechar escribiendo y leyendo, pero ¿leer qué? Necesitaba leer algo fuerte, algo que me diera un puñetazo en el pecho, algo que motivara coger ese libro. Me largué a la biblioteca regional dando un paseo. Por el camino pensé en tomar prestado Henry y June, el primer diario amoroso escrito por Anaïs Nin. Puede que así me costara más tiempo olvidar la enigmática belleza de la fotógrafa. Todo me estaba llevando hacia Clara-Anaïs.

Caminaba con el sol en la testa, el bullicio asfixiante de la gente ultimando las últimas compras del negocio navideño me tocaba los cojones sobremanera, nunca he entendido ese afán por tenerlo todo listo y llegar el primero a todo, no lo entiendo.

«No es necesario morir para encontrarse cara a cara con la realidad. La realidad está aquí y ahora, en todas partes, brillando a través de cualquier reflejo que llega al ojo».

Cité en voz alta esa frase de Henry; ‘Sexus’ puede que sea mi libro favorito, por eso recuerdo muchas de sus frases, y eso que lo he leído una sola vez. Letras, letras que te toman por los huevos y estás perdido para siempre en la inmensidad de los ríos de tinta de esa obra. El alboroto de la gente me hizo recordar esa frase, esa es la realidad, señores, no la que nos creamos en nuestra burbuja para escapar, esta es la verdadera realidad, la que nos asquea, la que nos mata por dentro.

Llegué a la biblioteca, entré. Fui directamente a los ordenadores donde escribes el título del libro y te dice dónde está. Lo escribí, apunté el número de referencia en mi libreta y fui a por mi libro. El olor a libro me fascina, la tinta, los lectores buscando su libro, perdido en los estantes, en la búsqueda de Henry y June, me perdía en otros títulos, ¡qué más da el título! Si todos son maravillosos, soy un romántico, lo sé, por eso no tengo mujer. Los románticos estamos destinados a la soledad. El romanticismo moderno no me va, es un invento del cine y la publicidad, eso no es lo mío; lo mío es la pasión desbordante en una mirada, esa mirada provoca que me empalme y piense en esa mujer enigmática que despierta mis sentidos. No soy de esos románticos que mueren por amor, se suicidan o se dejan morir, tampoco va eso conmigo, puede que sea un insensible a los ojos de la Masa, pero me da igual. La magia del libro me abstrajo en esos pensamientos, puede que, para prepararme a leer líneas y líneas de Amor verdadero, Henry, Anaïs y June, la mujer de Henry, un trío amoroso, ¡qué delicia!, ¿verdad? Algo así como Henry, su mujer y yo (Anaïs). Lo cogí y fui a que el funcionario me lo diera prestado. Con el libro debajo del brazo pensaba ir a casa a leer, pero vi un parque, el sol podía acompañarme y calentarme para leer, así que pedí un café solo para llevar en un bar cercano; tenía cigarrillos, lo tenía todo para una lectura mañanera y muy tranquila. Me senté en un banco, antes de abrir el libro leí en la portada Henry y June por Anaïs Nin, de inmediato la imagen de Clara-Anaïs entró en mi mente de golpe, no había manera de escapar de ella, seguramente en aquellas letras habría mucho de la fotógrafa. Respiré hondo y comencé la lectura.

«Aunque quiero ser conquistada, hago todo lo que puedo para conquistar, y cuando he conquistado despierta la ternura y muere la pasión» (Frase de la obra Henry y June de Anaïs Nin). Mi similitud con la autora era casi exacta; quiero ser conquistado, pero siempre soy el conquistador y me aburro una vez concretado el negocio. La pasión muere y rompo un corazón. Miserable, ¿verdad? Y Clara me había conquistado en unas horas, no podía dejar de pensar en ella; cuando te follan la mente estás perdido, estás destinado a sufrir por Amor, sí, por Amor.

Estuve leyendo un par de horas en aquel banco de aquel jardín, me levanté con el libro bajo el brazo. Comencé a recorrer las baldosas desgastadas de color rojo, lleno de Amor, lleno de letras. Mientras hacía la digestión de tinta y letras, mientras intentaba asimilar su dulzura y humanidad un coche paró a mi lado en la calzada:

—¡Aníbal, tío!

Me giré y un tipo con gafas del chino color rojo sonreía con una dentadura blanca y perfecta, era Flanagan.

—Joder Flanagan… —me acerqué al coche.

—¿Dónde vas? Anda sube que hace milenios que no nos vemos —subí al auto. Que placer ver a mi mejor amigo después de meses.

—Bueno qué, ¿cómo estás, Aníbal? —preguntó arrancando aquel Renault Clio hecho polvo.

—Estaba leyendo este libro en un banco, me iba para casa —expliqué señalando a Henry y June.

—¡Guau! Como siempre leyendo buena literatura, amigo. ¿Te parece que nos tomemos unas cervezas para ponernos al día?

—Vale.

Condujo unas manzanas a toda hostia, como siempre, llegamos a un bar que yo no conocía.

—Este sitio está bien y no es caro —dijo explicando por qué entramos en ese bar.

Pidió dos cervezas y unos trozos de pulpo, el camarero los sirvió enseguida. Acodados en la barra bebimos y nos miramos con franqueza y cariño.

—Aníbal, te noto como melancólico —El cabronazo de Flanagan siempre adivinaba qué me pasaba, o lo intuía.

—Bueno, a ti no te puedo mentir, me estoy pillando por una tía —como si nada lo solté.

—Ja, ja, ja, el gran Aníbal Haze ha sido tocado por la varita femenina. ¿Quién es la fémina que ha conseguido tal hazaña?

—Ésta —dije señalando la foto de Anaïs Nin de la portada del libro —Se le quedó cara de póquer.

—Vamos a ver, Anaïs Nin está muerta tío, ¿no será que estás enamorado de su escritura? Estás muy raro, debe ser el tiempo que hace que no nos vemos.

—Bueno, no es así exactamente. He conocido a una mujer que es como su clon actual. La llaman cariñosamente Anaïs, así que imagínate.

—¿No será una de esas locas con las que te sueles liar? —preguntó inquisitivo.

—No lo sé, solo sé que me ha tomado por los huevos y no me suelta. ¿Recuerdas cuando te dije que si alguna vez una mujer me follaba la mente me tendría? Pues es ella.

—Si tú estás bien, yo también. No te voy a interrogar más, sabes que no me gusta. ¿En qué trabajas ahora, amigo? —preguntó echándose un trozo de pulpo a la boca.

—Si te refieres a trabajo remunerado, estoy currando de auxiliar de seguridad en una obra. Y respecto a la escritura, escribo como siempre, nada concreto.

—Con todo el material que tienes deberías plantearte publicar otra vez. Por lo que he leído de tu obra es bastante mejor que lo anterior. Te ayudaré a buscar una buena editorial, si quieres, claro.

—Gracias, pero no quiero. No volveré a publicar.

—Es una pena negar tus letras al público, pero es tu decisión. Si alguna vez cambias de idea házmelo saber.

Como siempre la gente se quedaba mirando la indumentaria chillona de mi amigo, pantalones rojos de pana, camisa blanca, americana amarilla color huevo y gafas rojas de sol, una mezcla extraña. A él le daba igual que lo miraran, así era Flanagan, disfrutaba siendo incómodo.

—Que le den al público, me trae sin cuidado si me leen o no. No tengo tanto ego. Soy un escritor oculto en mi cueva.

—Claro, lo que tú digas. ¿Sabes? Estoy enrollado con una tía, es guapa y no está mal. Es inteligente y le gusta la música.

—Flanagan tengo que irme. Espero verte estos días cuando esté menos melancólico, ahora me apetece estar solo. Creo que ese libro me ha inspirado.

—¿Te llevo?

—Gracias, pero no —agradecí sacando un billete de veinte. Lo invité y me largué.

Caminé a paso lento hasta casa, me senté en la mesa improvisada a modo de escritorio con el libro de Henry y June delante de mí. Escribí y escribí hasta perder la noción del tiempo; no comí en todo el día, anocheció.

«La gente es rara, la casa de la carretera tiene un luminoso en el que dice: Enróllate tío, enróllate con las tías más buenas del lugar. Entra y bebe, entra y déjate manosear por ellas, te la pondrán más dura que nunca. Menudo eslogan, eso sí es saber captar clientes». A veces escribo metáforas sobre la vida, mensajes ocultos, supongo.

Siempre escribo sobre el amor, el amor en su máximo esplendor, amor hacia una mujer, hacia la vida, amor hacia la gente, aunque los critique porque están ciegos. Amo a la humanidad, es la pura y certera verdad.

Me duché, comí algo en la habitación y me fui a la calle. Caminé y caminé sin rumbo, de repente pensé en Clara-Anaïs, y mis pies me llevaron a la galería. No sé si tenía intención de volver a verla, pero sí tenía intención de ver su obra de nuevo. Me fumé un par de cigarrillos por el camino, llegué a la puerta de la galería, me quedé un momento consumiendo el cigarro, el frío atenazaba mis mejillas, lo acabé y entré. Había bastante gente, entre los cuerpos anduve hasta llegar a la parte oscura, mientras intentaba acceder a mis obras preferidas escuché la voz de ella: —Aníbal —Me giré y allí estaba Anaïs, vestida de negro transparente, maquillada como una diva, sonriente y acompañada por un tipo al que no conocía.

—Hola, Anaïs —saludé besándola en ambas mejillas.

—Has vuelto —dijo cogiéndome del brazo. —Ven. Quiero presentarte a alguien —¿La verdad? Debía acostumbrarme a las costumbres de Anaïs, tan desinhibidas y maravillosas.

—Aníbal, te presento a mi marchante de arte, mi amigo, mi mentor, Carlos Celdrán. Este es Aníbal Haze, el escritor del que te he hablado —dijo sonriente, resplandecía por todos los poros de la piel. Sus ojos eran como un gran faro, sonreían, carcajeaban de alegría. Tenía un aire francés, como amanerado. Nos dimos la mano. Afectuosamente me dijo: —Encantado. Anaïs me ha hablado de ti, dice que eres escritor. Te deseo mucha suerte.

«Será gilipollas, el tío. ¿Mucha suerte? Con buena polla bien se folla, ¿verdad?» Miré a Clara-Anaïs y con la mirada le dije algo así: —Este tío aparte de marica es un imbécil.

No tengo nada en contra de los maricas, que conste. No quiero que se me tiren encima un montón de «locas» del día del Orgullo. Y digo yo, ¿por qué no hay día del Orgullo Hetero?

Me ladeé de ellos, Clara-Anaïs volvió a tomar mi brazo, lo apretó cariñosamente y en su rostro vi ternura, pedía calma. Me alejé a por un vino, necesitaba evadirme un poco del aire viciado de tanto «sabiondo» del arte. Ese tipo de gente tan lista, esa gente que da palmadas en la espalda y te dice: —Ánimo —me toca los cojones de tal manera que me pongo malo y tengo que beber y beber para no hostiarlos hasta reventarles la cabeza con mis botas de punta de hierro.

De repente como por arte de magia, ¡vaya paradoja! La magia del arte me sucumbió en pensamientos artísticos en una galería de arte. A aquella exposición le venía que ni pintado un blues de Jeff Beck, por ejemplo. Rock my Plimsoul en la voz de Rod Stewart, el bajo de Ron Wood y la guitarra inconfundible de Jeff Beck. Había un tipo poniendo música, parecía algo de pseudo jazz, no estaba mal, pero probé suerte por si ponía el tema. Claramente dijo que no y me echó del lugar. Lo miré, tomé mi móvil del bolsillo delantero derecho del vaquero, seleccioné el tema en mis canciones descargadas producto de la piratería y con la vista busqué el cable micro jack y metí con un gesto quinqui y rápido mi móvil en aquel pequeño falo en su minúsculo agujero y ¡voilá! Rock my Plimsoul comenzó a sonar en un 4×4 lento, sensual, casi sexual. El tipo me miró enfadado, pero le dirigí una mirada de las que dice, si tocas mi móvil nos iremos a la calle a probar tu hombría. Desistió. Me regodeaba en mi triunfo, copa en mano, movimiento de pierna izquierda marcando el compás musical al lado del móvil, mirando al frente orgulloso de ser quien era. Clara-Anaïs me dirigió una mirada, sonrió y siguió a lo suyo, pero vino donde yo estaba y le dijo no sé qué al dj, éste me pidió disculpas por no saber quién soy. La artista me guiñó un ojo, pasó por mi lado y las yemas de sus dedos rozaron mi brazo. Me empalmé, cuán sexual era Anaïs, aunque mucho más sensual y voluptuosa que sexual.  El dj me invitó a seguir pinchando, así que programé unas veinte canciones, me largué a confundirme con los asistentes de corbata y cabelleras con permanente. Saqué un cigarrillo de la cajetilla de Benson & Hedges poniéndolo entre mis labios con el índice y el pulgar, di la vuelta dispuesto a largarme unos minutos al frío navideño cuando… —Aníbal, espera, te acompañamos a la calle a fumar —dijo Anaïs cogiendo mi brazo bajando hacia mi mano, la tomó cariñosamente, un apretón de los que dicen no te vayas sin mí, tonto mío. Me enternecí y mi canario creció. Anaïs no iba sola, la acompañaba una señora de unos cincuenta y tantos. Salimos fuera. Los tres íbamos con abrigo, las invité a fumar, encendí los tres pitillos a la vez.

—Este es Aníbal Haze, el escritor del que te he hablado —dijo Anaïs a la señora del abrigo. Me estaba presentando a sus amistades, parecía gente influyente. Que paradójica es la vida, cuando había decidido no volver a mostrarme como escritor la fotógrafa me presentaba a sus amigos como escritor.

—Encantada —dijo afectuosamente la señora rubia del abrigo ofreciéndome su mano con las uñas perfectamente pintadas de rojo, eran largas, pero no de porcelana ni del supermercado, eran suyas. Tenía clase, muy parecida a la de Clara-Anaïs. Respondí con un encantado, apretó con fuerza mi mano, me gustó su forma de saludar, tenía empuje, decidida, me gustó su estilo. Aparte de rubia y bien peinada y maquillada, vestía un abrigo de piel animal, sería visón o algo así. El abrigo lo tenía abierto y vi un vestido rojo sangre ceñido en una figura delgada, fina, casi etérea. Pensé que si la abrazaba se desvanecería. Labios rojos como el vestido. Una mirada azul penetrante y buscadora de algo que más tarde descubrí.

—Mi marido es Carlos Celdrán, el marchante de Anaïs. Soy Malena De Figueroa —Se presentó con el mismo aplomo del apretón de manos, no apartaba la mirada de la mía. Anaïs se despidió apagando su cigarrillo con el zapato de tacón negro azabache. Le dio dos besos a Malena y a mí un apretón del brazo. —No te hagas de rogar y pásate por casa, tengo nuevas fotos que te van a encantar —mirándome a los ojos y al paquete dio media vuelta y se marchó.

—Me gustaría leer algo tuyo, Aníbal. Anaïs me ha dicho que tu estilo es diferente y me intriga leerte —dijo Malena mirándome a los ojos, penetrando o intentándolo. Lo pidió con fuerza. Debe ser verdad lo que dicen del rojo sangre, es el color del amor pasional. Aquella mujer tenía mucha pasión en el alma.

—Siempre llevo mi libreta encima, apunto, anoto ideas, ya sabes.

—¿Te parece ir a un sitio, tomar algo y leo lo que tienes apuntado ahí en la libreta del bolsillo del vaquero? —Joder, menuda observadora, me había radiografiado. Nos largamos de allí a pie. Tomamos el mismo camino de la cafetería-tetería en la que estuve con la fotógrafa. Sí, allí llegamos, esperaba que el camarero no se acordara de mí. Se acordó, me miró serio, muy serio y me dijo señor con rintintín.

—Ven, Aníbal. Vamos a un reservado. Me dijo nuestra amiga en común que estuvísteis aquí, pero no te llevó al reservado. Allí estaremos más tranquilos y podremos hablar.

No dije nada, me tomó del brazo y allí fuimos. Pidió una botella de champán francés, yo quería whisky, pero se adelantó pidiendo la bebida espumosa. El camarero trajo la botella, la cubitera, sirvió las copas, se lo agradecimos, se fue por donde vino.

—Déjame ver esa libreta, escritor. Estoy ansiosa —ordenó con feudalismo.

—Mejor te recito algo, lo tengo en mente, necesito vomitarlo —asintió abriendo los ojos como platos ante mi vocabulario directo. —Dice así:

—En la ciudadela, aquella que tiene piedras rodantes en el camino yendo hacia la pequeña ciudad donde el Dios y la Diosa te concibieron. En el siglo veinte y dos cuando los astros reventaron la luna, cuando el sol arrasó con sus rayos la mitad de la Tierra, la mitología resurgió aplastando las religiones y llenando de conocimiento la roja arena del desierto llamano Planeta Tierra. Yo estaba lleno de mierda, cubierto de mi barro interior, no sabía  si amarte o matarte para olvidarme de tu Amor. Me miraste y te dije: soy el conductor de la luz de la luna, te llevaré donde me ordenes, pero antes me dijiste: nuestra verdad es una mierda, a lo que yo contesté retóricamente: nuestras verdades son mierdas por separado, pero juntas son la hostia. Me tomó de la mano, me llevó al lecho mullido con plumas de pavo real y cortinas blancas como la extinguida luna. Nos tumbamos, hicimos el amor, concebimos al Heredero de nuestras desdichas. Echamos de una vez por todas a la muerte follando y engendrando vida (Fragmento escrito para este relato).

La miré extasiado humedeciendo mis labios y complaciéndome en mis letras.

—Más, quiero más —pidió Malena con los labios rojo sangre entreabiertos.

La miré a los ojos, sonreí de medio lado, bebí un trago, encendí un cigarrillo…, leí unas páginas de mi libreta:

—Aquélla noche estaba demasiado cansado para pensar en salir a pasear como hacía todas las noches. El trabajo que desempeñaba de vigilante en turnos de doce horas me estaba machacando, y apenas me dejaba tiempo para escribir, por lo menos podía leer, porque la vigilancia te da tiempo suficiente para ilustrarte.

Intenté dormir, pero el cansancio no me permitía conciliar el sueño, me dolía hasta el alma. Sentía los músculos y los huesos entumecidos. Daba vueltas en la cama, era verano y el calor era asfixiante, el ruido de la noche no era música esa noche, el ruido me ayudaba a dormir, empecé a sudar y enfurecí por el cansancio, el maldito trabajo y el verano, todo esto me enfadó. Fui al baño y me volví a duchar.

Como un autómata me sequé el agua de la ducha, me vestí y salí a la calle. Me hacía falta despejarme, y en el cochambroso apartamento donde vivía no podía hacerlo. Ni el ventilador me daba el suficiente fresco para poder dormir un poco. Paseé por la avenida desde casa hacia el centro, en las terrazas miraba a la gente charlando mientras pasaba de largo, noctámbulos sufriendo de insomnio tomando helados y copas para pasar el tiempo. Mientras estaba embutido en mis pensamientos, deseaba dejar aquel trabajo que me había encarcelado en la cárcel de la realidad como un esclavo, y yo solo quería escribir, lo demás me importaba un bledo. De repente comencé a pensar en la vida tediosa de mis amigos y de la gente que vi en las terrazas de las cafeterías y heladerías. «La verdad que ser español en el siglo veinte y uno es un coñazo». La mitad de la gente no trabajaba en nada bien pagado, el otro tercio cobraba un mísero subsidio, la pequeñísima parte de la tercera parte eran putos funcionarios, pareciera que vivieran en otro mundo, «claro, esos tienen sueldo fijo y bien pagado». A mí me importaban una mierda los funcionarios, pero a veces me gustaba meterme con ellos, ver su particular visión de la vida. Siempre he disfrutado analizando las vidas y costumbres de los demás, es una manía que tengo (Fragmento escrito para este relato).

Levanté la vista de la lectura, Malena me miró en un orgasmo visual. Estaba disfrutando de mi lectura, disfrutaba con mi obra.

—Es hermoso y al tiempo es sucio, real, sincero, es brutal, Aníbal. ¿Tienes material que no sea en la libreta y en tu mente? —La miré, me chuleé sonriendo y dije que Sí.

Pidió otra botella y otra, creo que cayeron cuatro. Con una buena curda pedimos un taxi, me dio su bolso para que pagara la cuenta y la carrera. Cuando el taxi nos dejó en lo que supuse era la casa de Malena dijo: —Se puede saber dónde vas. Ven conmigo, Aníbal.

Bueno, pensé, por abrirle la puerta y acostarla no creo que el marido se moleste. Nunca me ha gustado entrar en conflictos con los maridos. A nadie le gusta ver la cara del que se folla a tu mujer. Ayudé a Malena a abrir la puerta del edificio, pulsé el botón de llamada del ascensor, entramos…

—Ven aquí, escritor —me tomó por la pechera y me dio un morreo ansioso, me abrazó. El olor y sabor a alcohol y tabaco aderezado con mis letras fue un cóctel exquisito en su boca. Una vez en el apartamento, era bastante pequeño, me desnudó con ansia, la desnudé y en la mesita de cristal del pequeño recibidor la alcé, la senté, aparté la ropa interior, y la penetré; de una estocada entré en la humedad de aquel Delta lujurioso y humedecido durante toda la velada.

Creo que si la hubiera tocado en la cafetería-tetería habría estado preparada para mí. Del recibidor nos fuimos a la cama; Malena no tenía hartura, lo hicimos dos veces más. Me dejó completamente exahusto. En los días posteriores descubrí que cuando bebía se volvía insaciable.

Al despertar al día siguiente Malena no estaba, me dolía la cabeza y la polla. Cuando pude abrir los ojos por la tremenda resaca que tenía, me senté en la cama agarrándome los cojones, miré hacia la mesita de noche y había una nota plegada por la mitad:

Aníbal, debo marcharme. Este apartamento es solo mío, puedes quedarte el tiempo que quieras. Te dejo una copia de la llave.

PD: Está prohibido traer chicas.

Besos.

Malena.

Y el papel dejó un dulce aroma en mi nariz a Chanel Nº5. Me duché, me vestí, fui a un cajero cercano, saqué dinero. Pagué la pensión un mes por adelantado. Eché mi ropa y el ordenador en la mochila. Cerré la puerta y paseando volví al apartamento de Malena.

Continuará…

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Sábado, siete de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

 

Henry y Anaïs I

Dos almas color rojo sangre

Salí a vagabundear una noche cualquiera; aún no había marcado el reloj de la Catedral las diez de la noche. Por el vaivén de los peatones por las calles empedradas del centro de la cuidad adiviné que serían las nueve, minuto arriba, minuto abajo.

Había conseguido un trabajo de auxiliar de seguridad; atrás quedó el factótum que andaba de trabajo en trabajo mal pagado y horas en exceso. Casi siempre curraba de noche; no hace falta decir que esa noche libré.

Hacía frío, levanté las solapas del abrigo, las manos en los bolsillos y el paso firme, pero lento. Me dejaba envolver por el bullicio de la gente y las luces que adornaban la cercanía navideña. Perdido en pensamientos varios llegué a una zona poco conocida para mí. Miré a mi alrededor, no había nadie en la calle. Un bar estaba cerrando, una mujer estaba abriendo el portal de un edificio, ya había alguien. Saqué un cigarrillo de la cajetilla del bolsillo derecho del abrigo, lo encendí; al levantar la vista vi un cartel, el cual decía: Galería de Arte. Había luz dentro, me acerqué. En el cristal a modo de escaparate había un cartel anunciador de algo, así rezaba: Exposición fotográfica Las Sabinas de Clara Mendoza.

No tenía nada que hacer, entré. Había bastante gente mirando los «cuadros» fotográficos; los colores vivos y el blanco y negro contrastaban con la luz y con la pintura de obra de la galería de una manera poco usual. La viveza de los colores daba luminosidad, incluso a los rostros de los ojeadores, los negros y los grises daban un aspecto lúgubre, me reconfortó la composición de la exposición. Aunque lo mejor en ese momento fue el catering de vino. Por mi lado pasó una camarera portando una bandeja con varias copas de tinto, cogí una.

Con la copa en la mano me acerqué a ver las distintas obras. Como añadí hace unas líneas la exposición se dividía en dos partes, pero advertí que una parte era de luz y la otra oscura. Empecé por la luz, la mayoría eran fotos a color, con bastante brillo y muy genuinas sobre personas paseando, jardines y pájaros; contenían cierta belleza, aunque engañosa. Algún tipejo miraba las obras fijamente y comentaba por lo bajo, debía ser «entendido».

A pasos cortos sorteé a una señorona muy enjoyada, peinada de peluquería con un buen abrigo de piel. Llegué a la zona oscura, las fotos en blanco y negro contenían un brillo especial. Algunas eran de mendigos y gente de la calle, un perro paseando solo, un viejo mascando algo con barba de varios días. Al final de la expo, acababa con la parte oscura, había un desnudo femenino en varios episodios, divididos en diferentes obras. Al llegar a esa parte miré al suelo, un trozo de papel o cartón estaba pegado a las baldosas, esto decía: «», en mayúsculas y en negrita. Me reconfortó tanta positividad, no sé por qué. Pero el verdadero sentimiento al leer ese monosílabo creo que fue: Bienvenido. Sonreí. A veces una oleada de buenas vibraciones es capaz de alegarme el momento.

Mientras miraba las obras de desnudos fui desgranando la fuerza de aquel cuerpo en blanco y negro dividido en las diferentes fotos. Me detuve en el cuerpo femenino de espaldas a mí, se contoneaba dulcemente mostrándome un trasero perfecto con el pantalón a medio bajar, rodeado por unas curvas mitológicas. Me dejé ir por la belleza de la imagen, no era un desnudo, era mucho más en ese instante, pero no supe adivinar; absorto en ella, un grupo de personas vi a mi izquierda relativamente cerca. Una mujer, no cabe decir lo exuberante que estaba enfundada en un vestido rojo sangre, el cabello largo y ondulado; la piel blanca, casi marmórea en labios rojos de sangre ancestral. Todo pasó de ser cotidiano y aburrido a ser mitológico, divino, simbolista. Y Baudelaire entró en mi mente dando puñetazos por llegar a mi alma: «Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara» (Frase del poeta francés Charles Baudelaire sobre la inmoralidad). Quizá lo que hizo la puta acompañando al poeta fue el mismo velo que los mirones de la exposición experimentaban al ver la belleza voluptuosa de la modelo de las fotos. A mí me provocaba admiración, valentía, sensualidad, sexo. Seguí mirando, la siguiente fotografía mostraba un seno desde un ángulo en el que pezón era el protagonista. Me vino a la mente la virgen María dando el pecho al niño Jesús, alimentando al hijo de Dios. Llenándolo de vida para morir por un futuro incierto que no supo comprender la filosofía de ese niño, el cual sería un hombre de ideas revolucionarias. Por el rabillo del ojo izquierdo la mujer del vestido rojo se había colocado a mi lado dando la espalda a las obras.

La modelo de las fotos es usted — dije sin apartar la mirada de la obra del pezón.

¿Por qué lo dice? —preguntó la del vestido rojo sangre.

Son la misma silueta la modelo y usted, aunque vaya vestida con ese vestido rojo sangre.

Es usted muy observador.

Ninguno de los dos nos volvimos para ver con quién hablábamos, seguíamos sin rumbo…

Sí, lo soy. Y observo que podría adivinar mil y una fotos y seguiría diciendo que es usted —sentencié.

No creo que ninguno de los asistentes haya pensado que soy yo la modelo, aunque todos han preguntado quién es.

Me apuesto una botella de whisky que es usted.

¿Quién apuesta a qué soy yo?

Soy Aníbal Haze, un tipo perdido que pasaba por aquí y decidió embriagarse de la belleza de un cuerpo sin nombre.

Acabo de perder la apuesta, yo soy la modelo.

Y también la artista, Clara Mendoza.

¿Cómo lo ha sabido?

Por la foto del cartel anunciador de la exposición —dije sonriendo por mi gran pericia.

La interlocutora quedó en silencio, quizá se dio cuenta de que no había estado a la altura de mi capacidad o quizá pensaba qué decir.

Tendré que pagar la apuesta cuanto antes, no me gusta perder ni tampoco deber.

Se giró hacia mí, la miré, me miró, sonreímos tontamente.

¿Le parece que salgamos de aquí? —propuso ella.

Si a sus invitados no les parece mal, vamos.

No creo que entiendan el significado verdadero de esas fotos. Acompáñeme a recoger mi abrigo —seguí tras sus pasos, recogió su abrigo, se despidió de algunos asistentes y salimos a la calle.

Vamos a una cafetería-tetería de aquí cerca. Es tranquila y acogedora —expuso comenzando a andar. No la seguía, andaba a su altura.

¿Dejan fumar?

No creo, yo también fumo, nos las apañaremos.

La gente con fuertes convicciones me suele caer bien, o más bien, me dan buen rollo, poca gente me cae bien, excepto Flanagan y Toni muy de vez cuando. Cuando miré en la galería a Clara a los ojos casi me cautivó su mirada, intensa, fresca y decidida en los ojos pardos, ni claros ni oscuros. En las horas siguientes ella se confirmó como una persona ambigua y perdida. Llegamos a la cafetería-tetería, se llamaba Macaronesia. No me sonó a nada árabe, recordé que con ese nombre los griegos bautizaron a los archipiélagos del Atlántico frente a la Península Ibérica y África. Entramos.

Al entrar sonaba una canción muy conocida para mí, You´ve got to hide your love away de mis admirados The Beatles. Siempre he admirado a la gente que tiene algo que decir, y los cuatro de Liverpool tenían mucho que decir. Me sentí como en casa, por el momento.

Hola Clara. ¿Qué vais a tomar? —preguntó el camarero una vez nos sentamos a una mesa muy baja. El mini taburete era demasiado bajo, mi altura provocó que me encorvara incómodamente.

Una botella de Chivas, Alfredo, por favor.

Muy bien, enseguida la traigo —Con aire distinguido y elegante el camarero dio media vuelta…

Por favor, ¿podemos fumar? —pregunté antes de que se fuera.

No señor, pueden fumar en pipa de agua y en la terraza —se marchó.

Me quedé pensativo, no me gustaba fumar en la calle, la legislación había arrancado de cuajo la eucaristía entre la bebida y el tabaco, esa simbiosis casi religiosa estaba destinada a la calle, a vagabundear exhalando humo como un perro rabioso machacado a patadas por los niños en la puerta del colegio. Y tampoco me apetecía salir a la terraza.

No pasa nada, iremos a fumar a la calle, Aníbal.

Claro —dije abriendo la botella de malta escocés. Serví los vasos con hielo.

Hablamos largo rato, bebimos, comenzábamos a achisparnos, Clara bebía a mi paso.

¿Te gusta la literatura? —pregunté cogiendo un cigarro y encendiéndolo.

Aníbal no fumes, nos van a llamar la atención —dijo en voz baja con rostro avergonzado porque yo me saltaba las reglas estúpidas de los que tienen un palo metido por el culo.

No te preocupes, lo único que puede ser es que ese camarero estirado venga hecho un basilisco a tocarme las narices —Pensé decir cojones, pero afiné el tiro, Clara parecía de esas personas que odian los tacos. No era el momento de decirlos.

Y como por arte de magia el hombrecillo distinguido vino hacia mí, me dijo: —Señor, no se puede fumar como le dije antes. —Ya lo sé, pero me apetece fumar con el sabor del Chivas. ¿Algún problema? —expuse mirándolo a los ojos en tono desafiante.

Sí, lo hay. Está prohibido fumar —A esas alturas todos los clientes nos miraban.

¿Por qué? ¿Lo dice usted, su jefe, un político? Debe saber usted que voy a fumar, nos acabaremos la botella y nos iremos.

Debe saber usted que eso no pasará. Lo siento, Clara, pero tenéis que iros o que se vaya el señor —La verdad que esos hombrecillos que no pierden la compostura no me parecen humanos, creo que en lugar de ser paridos fueron cagados por alguna máquina de un Mundo Feliz* (Obra distópica del escritor británico Aldous Huxley).

Aníbal, déjalo ya. Vámonos —propuso Clara. La miré a los ojos y realmente estaba apenada por mi comportamiento, bajé los pies a la tierra por ella, no nos conocíamos y tenía que aflojar la cuerda. Me disculpé con el hombrecillo, seguimos charlando y bebiendo, pero eso sí, acabé el cigarrillo y lo terminé sin encender otro. De alguna manera me salí con la mía.

Disculpa, pero hay leyes tan absurdas capaces de joder el momento más placentero y maravilloso. Por nada del mundo rompería este momento contigo por salir a la calle a fumar, así que mejor fumar aquí.

Ja, ja, ja, eres muy diferente, Aníbal —Silencio, nuestras miradas se cruzaban, creo que llegaron a follarse en ese instante. —Retomando tu pregunta, sí me gusta la literatura. Me gusta leer, todas las noches leo sentada en el sofá con una copa de vino.

Su delicadeza al hablar, los gestos, la mirada, su forma de mover los labios me provocaban ternura, me provocaba besarla, follarme su mente y luego tras infinidad de orgasmos introducirme en su coño y rascarle la matriz con las uñas de los pies.

Pues, realmente creía que los artistas plásticos no leéis, que solo admiráis pintura y ese rollo.

No hombre. Leer me inspira, leo e imagino las escenas. Muchos de mis cuadros son composiciones de lecturas.

Mirándola dibujaba y perfilaba sus labios con mis ojos.

—«Mientras más cultiva el hombre las artes, menos se empalma» —susurré mientras miraba a Clara.

Esa frase es de Henry Miller, ¿Trópico de Cáncer? —Su mirada cambió de ambigua a jovial, de escrutadora a vivaz. Me miraba con intensidad, jubilosa al escuchar de mis labios la frase de Harry* (Apodo o sobrenombre del escritor Henry Miller).

Sí, es de Trópico de Cáncer. La he recitado pensando en tu exposición. Me ha parecido que los hombres que admiraban tu obra son incapaces de empalmarse. La frase de Harry invita a pensar en el arte, los culturetas, los «entendidos». No los soporto ni los soportaré.

Conozco entendidos como tú dices que les gusta la obra de Miller, pero es gente muy pedante. Yo tampoco los soporto —La risa nos concedió un momento de humanidad entre la profundidad que estaba tomando la conversación.

Aníbal, te voy a hacer una pregunta tonta… —Silencio, y yo dije —no la hagas si es tonta —La formuló.

¿A qué te dedicas? —preguntó como si estuviera incómoda, advertí que no era una mujer de tópicos, pero sí de trópicos.

Ja, ja, ja, si te soy sincero no me gusta que me pregunten ese tipo de cosas, pero reconozco que es necesario hacerlas para conocer a quién tienes delante. He tenido muchos trabajos, de algo hay que comer, ahora soy una especie de vigilante de seguridad, pero como todo en la vida hay un pero. Soy escritor —abrió los ojos, puede que se sorprendiera por mi aspecto tan corriente o por mi forma de hablar, puede que fuera eso.

Me gusta la gente que dedica su tiempo al arte, es fascinante, ¿no crees?

Bueno, pocas cosas me fascinan, la verdad. Aún sigue fascinándome la música de The Beatles o la obra de Henry Miller. Y reconozco que esta noche me ha fascinado tu obra.

Oh, gracias. ¿Qué parte te ha gustado más, la de color o la de blanco y negro?

A esas alturas estábamos completamente borrachos, el camarero hizo una seña a Clara diciendo que podíamos fumar. Solo estábamos nosotros en el local.

Cuando he entrado en la galería y he empezado a mirar las fotos, he clasificado la exposición como una parte de luz y otra oscura. La que más me ha fascinado ha sido la oscura, las fotografías en blanco y negro me han cautivado. Lo que me sorprende es la pericia que tienes para fotografiarte y posar, es fascinante —No podía dejar de mirar sus ojos, el color blanquecino de la piel, los labios. Se notaba que Clara tenía clase, no era una de las que me había podido tirar en mis 40 años de vida.

Bueno, puedo programar el disparo, posar y la cámara hace la foto, si no me gusta el resultado la repito, pero sí, es un trabajo largo y pesado, aunque me encanta hacerlo.

Eres una exhibicionista, los artistas lo sois. Aunque yo también me exhibo o me he exhibido cuando publiqué mis dos libros, bueno, los autopubliqué —me miró como queriendo adivinar algo en mí.

En parte creo que sí lo soy, sino no me expondría en la galería, desnuda y tal como soy físicamente. ¿Hace mucho que publicaste?

Hace unos años, fueron dos libros de relatos cortos, eróticos con mucha crítica social.

¿Cómo se llaman?

No vale la pena ni mencionarlos, no estoy orgulloso de haberlos publicado. La botella se está acabando.

Sí, y es tarde, debo pasar por la galería e ir a casa.

Y yo mañana por la noche trabajo, creo que debo descansar —dije desganado, quería seguir la charla.

Bueno, te estoy observando y eres bastante fotogénico, ¿me dejarías fotografiarte? —preguntó convencida de que aceptaría.

¿Por qué crees que soy fotogénico? —Rizaba el rizo.

Aparte de que eres guapo, dentro de esa pose, tu cara de malo, hay algo en tí que la cámara captará. Lo percibo, Aníbal.

¿Cuándo quieres hacerlas?

«Sólo el latido al unísono del sexo y del corazón puede crear el éxtasis» — recitó con la mirada perdida, vislumbraba una belleza herética en ese momento. Clara me fascinó como mujer a partir de esas palabras.

Delta de Venus, querida Clara.

Sí, me encanta Anaïs. ¿Puedo confesarte algo?

Sí, adelante.

Desde la universidad todo el mundo me llama Anaïs, es mi diva, es mi escritora preferida, y no solo como escritora, como mujer me enamoró. Llegó el momento en que aburría a todos hablando de Anaïs, y que acabaron llamándome así.

No entiendo por qué a la gente le puede cansar hablar de literatura, es absurdo. A veces se hace realidad el absurdismo de Camus. ¿Lo has leído? —nos miramos sabiendo que ya estaba llegando la hora de irnos.

Te lo diré si aceptas que te invite a una copa de champán en mi casa, si no aceptas no te lo diré —lo dijo muy seria, aunque con un tono irónico en los ojos y la boca.

En ese caso, acepto. Cuando quieras.

Llamó al camarero que a esas alturas estaba muy aburrido de tenernos allí. Clara pagó la cuenta, le dijo al camarero que pidiera un taxi. Nos marchamos.

Ya en la calle…

Has dicho que debías volver a la galería —dije subiendo las solapas de mi abrigo.

Mañana los llamaré, creo que se han vendido casi todos —Y lo dijo así, que creída, pero se lo podía permitir. La verdad que sí tenía cierta similitud con la escritora hispano-cubana* (En algunas biografías sobre Anaïs Nin dicen que es medio francesa y cubana y en otras hispano cubana. He elegido una de ellas para la ocasión).

No dije nada, solo la miré con mis ojos azules, emborrachados, llenos de arte, llenos de conocimiento. ¿Me podría empalmar con tanto arte?

El taxi llegó, en pocos minutos llegamos al hogar de Clara. Pagué la carrera, no era plan de sacarle el dinero a la perdedora de la apuesta. Vivía en un piso pequeño a pocos minutos del centro, allí comía, dormía, follaba y creaba. Entré tras ella, el número doce estaba bien, me gustan los números pares, es como que esos números te dan seguridad, no sé. Tenía el piso lleno de su obra, algunas estaban colgadas, otras apoyadas en la pared y otras en el suelo, me deleité con su desorden ordenado, me dio confianza. Mientras fue al dormitorio me dejé guiar por el instinto, los pies me llevaron al estudio donde trabajaba. Miré por encima, la cámara en el trípode, un sofá de piel antiguo, una mesita a un lado del sofá, los cachivaches que digo yo que usaría en la labor de sacar fotos del alma. Me quedé mirando en el trasfondo de la imagen de la espalda de Clara, desnuda, frente a la ventana, la cama a un lado, deshecha, el trasero estaba mudo, los brazos sí hablaban recogiendo el cabello a la altura de la nuca. La belleza con la que impregnaba las obras me sedujo hasta el punto de olvidar el tiempo que podía estar con ella.

Aníbal, ven, siéntate aquí —invitó. Fui a su lado en el pequeño salón-cocina, me senté en el sofá delante del televisor. La botella de champán y las copas estaban en la mesita de cristal entre el sofá y el televisor. La descorchó con maestría, sonreímos porque salió el líquido disparado mojándonos, las miradas se cruzaron durante un instante. Nos quedamos un minuto escaso así, sirvió las copas, me retrepé en el sofá. Me invitó a fumar, encendió el mío y yo el suyo.

Tienes una mirada penetrante, Aníbal. Espera —Se levantó rápidamente y en un pis pás llegó con la cámara. La miré tomarla, lo hacía con parsimonia, como el cura toma el cáliz en la misa. Acariciaba con sus dedos cortos y gorditos la herramienta para que hiciera un trabajo exquisito cuando disparara. Tomé la copa, le di un trago muy breve y dando una calada al cigarrillo hizo la primera foto.

Mira a la cámara como me has mirado hace un momento sentado en el sofá —Intenté recordarlo y lo hice, en esa postura echó unas cuantas fotos. Me pidió que anduviera por la casa como si fuera mía. Hizo otras tantas. Me quedé en el quicio de la puerta del dormitorio apoyado con el hombro en la madera del marco; vino hacia mí disparando como si estuviera poseída por el momento sin poder parar. Miraba al objetivo como si quisiera follármelo o comérmelo. —Ven —De la mano me llevó dentro de la habitación. —Túmbate en la cama —Obedecí. Me estaba divirtiendo lo de ser modelo. Hice unas cuantas poses y se sentó a mi lado en la cama, dejó la cámara encima del colchón enfundado por un edredón nórdico, seguramente lo compró en un centro comercial de esos que están tan de moda. Nos miramos lánguidos, cándidos también. El deseo cortaba el aire, aunque no me apetecía follar con ella, era mucho más que eso. En ese momento no lo supe, pero unas horas después supe por uno de esos pensamientos fugaces que Clara se había follado mi mente. Yo tardé un poco más en follarme la suya, era una mujer difícil de penetrar, aunque creí que ya lo había hecho. La coraza que contenía su pecho era muy fuerte, pero yo, paciente y amante de las buenas conversaciones y el alcohol esperé. Sencillamente quería darle lo mismo que me estaba dando. Fue por el champán, bebimos sentados encima de la cama, fumamos, hablamos intensamente de la profundidad de la imagen y de la palabra.

Ahora te respondo a la pregunta sobre Camus, sí lo he leído. ¿Qué te parece su filosofía?

Acertada en cualquier tiempo. Aunque creo que se hacía demasiadas pajas mentales, pero sí, el mundo es absurdo. Estamos sumidos en un absurdismo perpetuo en este país mediocre, gobernado por mediocres —No parábamos de reír, nos reíamos del país, de sus amigos, de los míos, hasta de nosotros mismos. La crisis nos parecía una broma que los políticos decidieron gastarnos para comprobar nuestro aguante, sus admiradores eran enanos de feria saltando de lado a lado, los marchantes de arte fueron durante un momento proxenetas enseñando el culo y enseñando al artista a dejarse violar. Los editores, falsos vendedores de profetas con la picha fláccida y segregando semen de arriba abajo. Y los lectores, pobres ignorantes deseosos de leer algo que los sacara de la inmundicia de sus aburridas vidas. El tiempo pasaba sin tenerlo en cuenta, descorchamos otra botella y otra más, la conversación estaba siendo eterna…

¡Son las seis, Aníbal! Estoy tan cómoda contigo que se ha pasado el tiempo volando. Te puedes quedar a dormir si quieres.

Vale, dormiré en el sofá, déjame una manta —dije porque sabía que quería cerrar los ojos y asimilar cuánto habíamos experimentado durante la noche. Fui al sofá, me quedé en calzoncillos, me acosté y cerré los ojos. Ella cerró la puerta del dormitorio. Estuve un rato pensando en Clara, Clara, no le va ese nombre, le va mucho más Anaïs. Le pega con la clase que tiene, el buen gusto se nota en este piso, se nota en sus maneras refinadas, en su forma de hablar, en la exquisitez de las palabras escogidas, y cómo no, las lecturas que ha elegido como compañeras de vida. Sí, Anaïs tiene un gusto exquisito.

Al día siguiente me desperté con el olor a café recién hecho, miré hacia la cocina y allí estaba ella, con una bata de color blanco transparente por encima de la rodilla haciendo el desayuno. Bostecé.

Buenos días, Aníbal —dijo con una dulzura especial en la voz.

Buenos días. Ese café huele a gloria.

Pues ven y toma uno. También hay tostadas —dijo mirándome con una sonrisa de sus labios en forma de corazón. Antes fui al baño a lavarme la cara, las legañas me molestaban. Me senté a la mesa, bebí café, lo necesitaba.

No pareces uno de esos tipos que van a las galerías, ¿por qué fuiste a la mía?

La verdad es que estaba paseando y me encontré con la galería, vi el cartel de la exposición y entré. Fue muy trivial, lo mejor pasa por casualidad —respondí mirando qué mermelada tomar con la tostada.

Y aquí estamos después de una noche de alcohol y una conversación muy reveladora.

Sí, estoy descubriendo a una mujer elegante y fascinante y muy inteligente. Tanto que no sé si estoy a la altura, noto algo nuevo.

¿Qué notas, Aníbal? —Joder aquella mujer sabía seducir a un tío como yo. Estaba despertando.

Te lo diré si me permites invitarte a una botella.

Será un placer. Anoche me dormí con la frase que dijiste de Henry Miller, «mientras más cultiva el hombre el arte, menos se empalma». No pareces de los que cultivas el arte, aunque dices que lees y lees libros muy duros y al mismo tiempo apasionantes. Libros llenos de vida, muerte, nacimientos, resurrecciones, hecatombes.

Nadie o casi nadie aparenta lo que es en realidad. Por ejemplo, tú pareces una mujer frívola y superficial y para nada lo eres. Es una sorpresa grata.

Gracias, Aníbal —lo agradeció con una gracia tal que me empalmé. En toda la noche me había empalmado.

Solté la taza de café, encendí un cigarrillo, con la misma mano con la que fumaba acaricié su mejilla, el humo dibujaba el trazo de mis dedos en la piel de Anaïs, de lado a lado de la mejilla mi pulgar dibujaba círculos, uno encima del otro sin saber adónde iban. Ella sonrió levemente mirándome a los ojos, con su mano acarició la mía en su mejilla. El momento fue eterno, tanto que se consumió el cigarro.

«Los jinetes cabalgaban sobre la lluvia, la serpiente movía su cuerpo delante de los cascos de los equinos. Fuerte voz la de la lluvia, lacónicos jinetes empapados de vida o tal vez de muerte. Cabalgad la serpiente, cabalgad a través de la lluvia hasta llegar al cielo azul y esclarecido. Cabalgad» —recité sin dejar de acariciar su mejilla y con la mirada intentando penetrar su alma.

Precioso, sublime, inspirador. Mi muro acaba de caer, Aníbal.

¿Qué te inspira, Anaïs? —Al llamarla así su rostro cambió, mucho más felina, mucho más femenina y regocijada en lo que emanaba el momento.

Me inspira pensar…, la pobreza, la modernidad, el exceso, mucho exceso. El trabajo duro sin recompensa; y de tus labios me inspira fuerza, sabiduría, religiones e idiomas extinguidos y placer, placer desmedido que emana de tu boca hacia mis oídos. Quiero más, Henry, empáchame de tus letras en tu voz —Y como un lacayo obediente le recité algún poema y algún fragmento de algún relato, pero la verdad improvisé mucho, no tengo tan buena memoria.

—«La casa de la carretera estaba triste, el viejo estaba tirado en el asfalto, el coche ardiendo, los demás yacían ensangrentados, muertos, las almas intentaban entrar de nuevo en los cuerpos, pero no podían, no podían», Anaïs —La miré a los ojos sin soltar su mano. —¿Sabes? Anoche mientras me fotografiabas experimenté lo que tú ahora mismo, nos hemos follado la mente, Anaïs.

Eres el primero que me penetra la mente con tanta calidez y exquisitez.

Tú eres la primera que lo hace.

Una vez dicho lo sentido, una vez puestas las cartas sobre el tapete nos besamos con candor y delicadeza en los labios. Después del beso nos miramos, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Me tumbó en la cama mirándome a los ojos. Se sentó a horcajadas sobre mí, sin dejar de mirarme desabrochó mi cinturón y el botón del vaquero, bajó la cremallera.

No eres de los que cultivan el arte, me voy a perder en tus ojos contigo dentro —Y de una estocada bien firme se la metió. Me cabalgó, me folló a su estilo, yo no le importaba, lo que verdaderamente le importaba era ampliar el placer experimentado en la mente hacia el cuerpo, era su mente, era su coño, era mi picha otorgándole lo que deseaba, placer y más placer.

Dormimos tras el coito, nos despertamos al mediodía. Hicimos algo de comer, decidí saltarme el trabajo de aquella noche, para nada deseaba salir de la burbuja placentera de aquel mundo que estábamos creando, a la mierda el mundo real y feliz, me dije. No me preguntó por mi trabajo, ella no mencionó el suyo, éramos los dos y nuestras almas vilmente folladas.

Continuará…

Martes, tres de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Juan y la luna

La luz de la luna entraba por la ventana de la alcoba, mecía el tiempo en la solemnidad de sus miradas. Como en una burbuja Dania iluminaba la estancia recostada en el calor del pecho de su amado Juan. Dania siempre amó a Juan desde la primera vez que lo vio siendo un niño. Él la descubrió colgada en el cielo una noche de verano entre los brazos de su madre. Le preguntó qué era aquel círculo blanco. Aquella circunferencia casi perfecta, bella, asombraba la niñez del pequeño Juan.

En su pantalón guardó durante años la foto que realizó de Dania con el telescopio de su padre. La muerte se llevó al padre en plena adolescencia, y le dejó aquel enorme artilugio para vigilar a los seres de otro planeta, eso le decía entre dientes cuando «perdió» la cabeza.

Con los años Juan aprendió a comunicarse con Dania, en la oscuridad a través del cristal la observaba iluminar todo lo que sus ojos veían.

Luna-Dania nunca quiso enamorarse desde que la maldición la convirtió en Astro. Guardaba su candor de los ojos del mundo, sólo se iluminaba para él cuando más la necesitaba. Como humana Dania se enamoró de manera terrible de un hombre, del que nunca tuvo que enamorarse, pero así es el amor. Amó al hombre equivocado, un pescador. Por las noches pescaba alumbrado por Luna, la paz del océano lo mecía. Una noche convertida Luna en mujer nadó hasta la barca del pescador, vivieron un amor prohibido. Belzebú vio a los amantes aquella noche cálida, la deseó; ella lo rechazó sin saber que aquello se convertiría en hechizo. A los ojos del padre Sol el amor naciente y floreciente se convirtió en condena. La poseyó el amor por el hombre prohibido, hechizada y maldita vigila desde la atalaya al pequeño Juan. La maldición la condenó a iluminar desde el cielo la Tierra que siempre había amado. El desencanto se coló por sus poros y quiso desnudar su cuerpo para toda la humanidad convertida en el Astro más bonito de todos.

Lo vio crecer, caer, levantarse, llorar, decepcionarse, y luchar por vivir sin que ella pudiera abrazarlo ni besarlo. Allí, en el firmamento, estaría vigilante cada noche para toda la eternidad. Su pena ardía en su cara más oculta.

Sin quererlo ni pensarlo Luna influyó en los sueños de Juan. Cuando el niño pasó a ser un mozo apuesto, el pensamiento del Astro aderezó las noches del mozalbete mientras soñaba. El ardor de su cuerpo encharcaba sus sábanas, soñaba con mujeres de tez blanca y sedosa. En los sueños la marmórea piel de esas mujeres lo enloquecían, despertaba excitado, sudoroso, reprimiendo el deseo de poseer a la mujer de sus sueños. Ansioso se despertaba a menudo en la noche, y ya no lograba dormir.

Amargo era no saber donde se encontraba aquella mujer que atormentaba en la intimidad al pobre Juan, no lograba encontrar a la mujer de sus sueños. Por las calles la buscaba mirando los ojos de las mujeres de piel blanca. En cualquier lugar la buscaba. La luna, lloraba cada noche viendo los sueños de su amado, ¡no podía más!, ansiaba  volver a ser humana e ir a sus brazos cuanto antes.

Una tarde encontró a Sol antes de ponerse tras las montañas, y le suplicó ayuda. Sol aceptó la petición de Dania solo por siete días y así pudo bajar a la Tierra en la noche fría veraniega. De nuevo, con piernas y cuerpo femenino emergió de la playa a la espera de su amado Juan.

¡Mira eso! exclamó asombrado un amigo de Juan.

Y él la vio como en el sueño, era aquella muchacha. Los ojos de Juan se llenaron de la visión de aquella figura hechizante, imaginada en las calurosas y agónicas noches de verano, por fin tenía delante a la mujer de sus sueños. El vello se le erizó.

Sin hablar se miraron, él se acercó a la orilla donde ella estaba, de pie, desnuda, parecía tener frío. El cabello rubio y liso le tapaba los senos y parte de la espalda.

Te he buscado toda mi vida —susurró apartándole un mechón de la cara y atrayéndola hacia él.

Lo sé, mi amor… Y aquí estoy dijo acomodándose en su pecho.

En ese instante solo ellos estaban en el mundo. Cayeron sobre la arena abrazados y unidos por un eterno beso. La plácida arena los abrazó mientras el beso los unía rindiéndose al deseo. El candor de Dania embrujó a Juan dejándose amar por su quimera.

Te amo, te he amado siempre —susurró Juan al oído de su amada.

Calla Juan, ámame, por favor, no tenemos mucho tiempo —pidió Dania rodeándolo por la nuca con sus brazos.

Juan nunca había besado ni conocido mujer, se reservaba para la quimera de piel blanca de sus sueños. El beso aceleró el pulso de él y los ardores de ella, y así las manos fueron cubriendo los cuerpos en una sinfonía bajo la sombra oscura del cielo. Se amaron siete días y siete noches. El octavo día, antes de que Juan despertara Dania voló hacia el cielo estrellado en el momento justo del alba.

Cuentan los viejos que Juan buscó a Dania por los siete mares en los cinco continentes, prodigó su vida en encontrar lo que tenía todas las noches ante sus ojos. Así me lo contó mi abuelo una noche de verano con el cielo despejado mirándo a Luna.

Lunes, dos de enero de dos mil diecisiete.

Región de Murcia.

Pedro Molina.












Heridos VI

La lluvia cesó de golpe, las inundaciones colmaban los telediarios, los desperfectos materiales fueron muchísimos y algún que otro desaparecido en las riadas. Durante ese mes lluvioiso la vida de Marcos se agitó con la pasión de Helena, el amor nació fuertemente en ambos, pero cada cual lo sentía a su manera. El noviazgo con su hijo Carlos tambaleó la idea de Marcos de tener algo más que sábanas con la morena peinada al estilo francés. La noticia del casamiento de los jóvenes fue acogida por la familia de buen grado y con júbilo por Eloísa, la madre y mujer. Por otro lado Marcos se emborrachó aquella noche maldiciendo el día que conoció a Helena y mucho más maldijo el día que engendró a su anodino hijo. Los celos lo reconcomían, deseaba matar a Helena con sus manos, estrangularla como a Desdémona, así aniquilaría de raíz el dolor insoportable en su alma. Aunque por otro lado Helena le dijo en una ocasión que la única manera de estar con él era casándose con Carlos. Pero Marcos no quería compartirla con nadie, odiaba pensar que otro hombre la tocara, la besara, la penetrara. La quería poseer solo él; ella le contó su historia, él sabía que ella despreciaba la posesión y que era incapaz de amar a un solo hombre, él estaba ciego en su empeño de tenerla para él solo. ¿Y quiénes somos para poseer a nadie y pedirle exclusividad y menos aún fidelidad? Eso no se compra con un buen polvo y cariño, se gana día a día. La vida no es tan fácil, señores.

Con un pequeño bocado en los labios Helena se despidió de Nick, el inglés de boca empiñonada y pantalones de tweed. No hicieron el amor, pero el sentimiento estaba ahí. Hablaron de la marcha a Escocia, Helena quería huir, quería marchar y que los dos hombres la olvidaran, pero…

—Estoy harta de huir, Nick. Quiero hechar raíces, quiero formar una familia y olvidarme de mi pasado. Deseo ser una mujer normal con un marido abnegado, una casa, hijos y una posición. No iremos a Escocia, me quedo, me casaré con Carlos —expuso con palabras convincentes.

—¿Estás segura? ¿Qué vas a hacer con Marcos? —preguntó el amigo, preocupado, tomando las manos de la joven morena en el quicio de la puerta de su apartamento.

—Ay, Marcos, mi dolor de cabeza, la pasión en el hombre maduro. Lo amo, Nick. No voy a poder dejarlo, mi felicidad está en amarlos a ambos. Cueste lo que cueste. Me tengo que ir.

Se despieron con otro beso de amor antiguo. La vio perderse por la calle entre la muchedumbre bañada por el sol.

Acercábase la fecha de la pedida de mano, mientras tanto Marcos atendía su negocio acaudalándose cada día más. Y Eloísa, ay, cuan incauta era, pobre mujer. Ignorante de todo lo acaecido entre su marido y su futura nuera agasajaba al hombre en cuidados y sexo. Desde la vuelta de Marcos de Japón la intensidad marital había crecido casi un cien por cien. Los amantes no habían vuelto a verse desde la noche que regresó el empresario, tampoco volvieron a comunicarse.

Una llamada, una voz al aparato, otra voz, masculina, al otro lado de la línea; el viernes próximo cenaría toda la familia en la mansión de Eloísa y Marcos para que Carlos pidiera formalmente la mano de Helena. La futura prometida, al no estar en contacto con su padre, sería Nick el encargado de prometerla en matrimonio.

En la cercanía de la firma del contrato matrimonial Carlos y Helena pasaban la noche en casa de la joven morena. En la cama el cornudo se acercó a la infiel, la acarició con los labios en la nuca, la abrazó y ella, en señal de gratitud sonrió, acarició sus manos y bajando una de sus manos llegó a tocar el miembro viril, lo acarició despacio hasta ponerlo en guardia. Se dio la vuelta, lo montó a horcajadas y le susurró que se zambullera dentro de ella. Le otorgó a Carlos un goce distinto, sintióse dichoso por la plenitud sensual, lo agasajó de cariños y movimientos felinos hasta que él derramó su esencia en el ser de Helena. Luego, como en todas las incursiones sensuales se bañó. Con Marcos nunca se bañaba, dejaba en su piel la impronta del sexo recién hecho. ¿Le tendría asco al pobre Carlos?

Marcos tenía que salir fuera de la ciudad un día y una noche por trabajo, no iría solo. Su secretaria Candela lo acompañaría para atender la oficina desde el ordenador portátil vía Internet; y cómo no, para tomar notas e informar de todos los movimientos comerciales de la competencia. Candela, aparte de ser secretaria estaba curtida en los negocios y Marcos confiaba en ella. Él siempre viajaba solo, pero desde el regreso de Tokio necesitaba compañía, se sentía deprimido por el comportamiento de la amante y porque como ya sabemos ella iba a ser su nuera, y él no podía hacer nada para impedirlo, no porque él no lo deseara, sino porque Helena no quería que hiciera nada. Pensó en la compañía sosegada y silenciosa de Eloísa, pero la desechó porque debía atender la casa y a la adolescente Carlota. Tampoco es que lo ilusionara estar con su mujer en plena faena laboral, fuera de la mansión y de las relaciones de familiares y amigos no le gustaba estar acompañado de su esposa.

La noche antes de salir de viaje Marcos estuvo esperando dentro de su Mercedes 500 a que su hijo saliera de la casa de Helena, hasta la una de la madrugada estuvo. Desistió porque Carlos no aparecía por la calle para regresar a su piso de soltero. Desilusionado, cansado de esperar arrancó el motor y se marchó. Mientras conducía pensaba si Helena había decidido dejarlo en favor de su hijo, pensaba si ella jugaba con él o con los dos, cavilaba por qué una mujer podía ser tan cruel con un hombre. «¿Por qué dijo que era incapaz de amar a un solo hombre? ¿Por qué necesitará amar siempre a dos como me dijo?». No le apetecía llegar a casa en ese estado colérico, no quería que su mujer lo viera así; entre cavilaciones decidió hacer escala en un prostíbulo de carretera. Desviose hacia la autovía del norteste y en la salida 80 salió de la carretera para incorporarse a la vía de servicio donde una ristra de chicas de todos los colores esperaban a un cliente con los bolsillos llenos de oro. Estacionó el coche, respiró hondo, discurrió, recordó la última noche con Helena. La crudeza conque la folló, deseaba estrangularla con la picha dentro, pero no lo hizo. Se maldijo por su cobardía.

Entró al local, la música latina, las luces de colores, los clientes, todo el compendio estaba servido en lo que podría ser una bacanal o una desilusión. Acodado en la barra pidió un Cardhu con hielo, en un santiamén llegó la primera chica, la segunda, la tercera, hasta una cuarta desechó. Lo miraban extrañadas, ¿cómo un hombre como ese tan bien plantado y con apariencia de tener dinero no quería entrar con ninguna? Cuando iba por el segundo whisky vio acercarse a una chica muy parecida a Helena, o quizá él proyectaba la imagen de la joven morena en la prostituta. La llamó mediante una seña, la invitó a tomar una copa, rieron, ella le hacía carantoñas, le daba besitos en los labios, le magreaba el paquete, hasta que Marcos asqueado de la conversación vacía y sin sentido que mantenía con ella le agarró la mano retirándosela de su entrepierna. Acabó el Cardhu y salió por la puerta como alma que lleva el diablo. Marcos se sentía tan vacío y deprimido que cualquier situación podía encolerizarlo. Condujo a toda velocidad hasta casa, puso a prueba la potencia del Mercedes.

Antes de levantarse para comenzar el día viajando folló con saña a Eloísa, quizá quisiera descargar su ira en la vagina de su esposa, y lo consiguió. No hay como una vagina conocida para resarcirse, ¿verdad? Desayunó en compañía de la compañera incondicional, la besó en la frente y los labios y maleta en mano puso el motor en marcha para recoger a Candela en la puerta de su casa. A las ocho en punto la secretaria accedió al habitáculo del vehículo, se saludaron cortésmente y se dirigieron al lugar de las intensas reuniones de trabajo en una ciudad del sur. Pararon unas dos horas después, tomaron café y siguieron la ruta prevista. No hablaban mucho, solamente algún comentario de trabajo o de la circulación en la carretera. Muy poco sabía Marcos de su empleada y ella lo mismo de su jefe. Mientras conducía pensaba en Helena, en su blanca piel, en el color carbón de su cabello, en sus labios rojo pálido, en las arrugas de la risa alrededor de sus ojos, en las curvas meneándose como gatita encima de él, pensaba en su dentadura perfectamente alienada y blanqueda cuando le mordía un dedo.

Unodós unodós*, dosuno dosuno, atrás, adelante, adelante, atrás. Marcha uno, marcha dos, mirada a la derecha, mirada a la izquierda, cambio de emisora de radio.

—¿Fumas? —preguntó Marcos a Candela.

—Sí.

—¿Te importaría encender dos?

—Claro que no —afirmó ella decidida.

Fumaban, charlaban sobre la marca de cigarrillos que ambos fumaban.

—¿Has estado alguna vez en Córdoba? —preguntó él.

—No, aunque por lo que he visto en fotos es preciosa.

—Lo es, te encantará. Aunque vamos por trabajo, pero si tenemos un par de horas daremos un paseo si no te importa.

—No me importa —dijo Candela mirando a Marcos.

A la hora de comer llegaron a Córdoba, comieron en el restaurante del hotel.

—A las cuatro nos reunimos con el cliente. Tú serás la encargada de presentar los productos en el proyector. Yo observaré las caras de los clientes. Los llamo clientes aunque no lo sean todavía. Es mi manera de familiarizarme con ellos y ser más cercano —expuso mientras cortaba el entrecot de ternera de su plato.

—Vale, tengo estudiado todo el catálogo y nuestra manera de operar. No te preocupes lo haré bien.

La miró con aprobación, incluso con respeto. Marcos siempre respetaba a sus empleados, sabía muy bien que eran parte primordial para que su empresa funcionara a la perfección.

La reunión fue un éxito, los futuros clientes quedaron prendados por la presentación y la calidad de los cítricos y hortalizas. Al día siguiente irían a las instalaciones de los clientes. Marcos no trataba con cualquiera. Quería que los compradores trataran la mercancía con el mismo mimo que él en su empresa.

—Esta noche cenamos juntos, Candela. Tenemos que celebrar que hacemos un buen equipo —Ella sonrió, nunca la habían felicitado por su trabajo con una cena.

—Voy a mi habitación a ducharme y echarme un poco, estoy bastante cansado. A las nueve nos vemos en el recibidor del hotel.

Se despidieron al llegar al hotel, cada uno se dirigió a su habitación.

Mientras tanto, en Murcia Helena trabajaba y hacía el amor con Carlos. Pareciera que quería desgastarlo a base de sexo, atontarlo o enamorarlo aún más para que no sintiera cuando su coño fuera penetrado por el pene de Marcos. Y entre plato y plato del menú veía a Nick, tomaban café, se confesaban y vuelta a empezar.

Marcos llegó al encuentro con la secretaria, Candela ya estaba esperando.

—Vamos a un restaurante aquí cerca que se llama Bodegas Mezquita, es de comida tradicional cordobesa —dijo muy cortés. Candela inició el paso.

Candela hablaba poco, estaba metida en su caparazón o zona de confort. Había vivido demasiado para dejarse llevar por la buena educación o la cortesía. Con la única persona con la que se abría completamente era con su amiga Julia. Paseando llegaron al local típico andaluz. Entraron. La mesa estaba reservada, a Marcos le gustaba salir siempre con la mesa reservada, poco juego a la sorpresa dejaba el empresario. Pidieron salmorejo de cereza de manzana y queso cordobés de primero, de segundo churrasco para cada uno y vino tinto de acompañamiento. Como sucede siempre que se come el cuerpo y el alma se relajan. Candela se retrepó en la silla cómodamente, charlaban distendidamente. Después de la cena y el postre, a Marcos se le ocurrió tomar algo en la cafetería del hotel. Llegaron caminando, pero mucho más relajados y habladores que una hora antes. Marcos pidió una botella de champán francés, Candela se sintió halagada, preñada de agasajos por un día cansado, pero muy satisfactorio laboralmente.

—Espero que te guste el champán —dijo el empresario.

—No lo he probado nunca, siempre he tomado cava.

—Entonces es tu primera vez. Brindemos por nuestro éxito, Candela —propuso él mirando a su acompañante directamente a los ojos.

Marcos pidió que les llevaran la botella y las copas a la terraza, deseaban fumar. Charlaron sobre el día siguiente, hablaron de cerrar el negocio y marcharse a casa lo más pronto posible.

—¿Cuánto tiempo estás trabajando en la empresa? —preguntó él.

—Casi un año.

—¿Estás a gusto? ¿Existe algo que desees cambiar en tu trabajo?

—No, todo es perfecto. Antes era funcionaria, pero lo dejé por la monotonía del trabajo. Estoy muy feliz trabajando contigo —dijo apurando su copa.

Acto seguido Marcos rellenó la copa de Candela y la suya propia. La relajación dio comienzo a más complicidad, hacía mucho que Candela no se «abría» así en una conversación con un hombre, y menos aún con su jefe.

El tiempo pasó sin que lo advirtieran…, estaban muy cómodos.

—Es muy tarde. Vaya, he perdido la noción del tiempo —dijo Candela sorprendida al mirar su teléfono móvil.

—Sí, es muy tarde. ¿Nos retiramos? —preguntó mirando su móvil. Tenía cinco llamadas perdidas de Eloísa. Lo tenía en silencio desde la reunión y había olvidado mirarlo. —Y encima tengo cinco llamadas de mi mujer. La he olvidado por completo.

Guardó el teléfono para llamar a su esposa desde la habitación.

—Hemos estado a gusto. Eres un caballero, Marcos —halagó admirando al hombre tan varonil que tenía enfrente.

—Sí, lo hemos estado. Ha sido un placer y más aún es un placer tenerte en mi equipo. Vamos a descansar que mañana tenemos que levantarnos temprano. A las ocho de la mañana nos vemos aquí mismo, desayunaremos e iremos a las instalaciones del cliente —La miró, no había reparado en los ojos color ámbar de la secretaria.

—¿Vamos? —invitó Marcos levantándose. Candela se levantó y él le puso el abrigo por encima de los hombros. Ella lo agradeció sonriendo muy cómoda.

Se despidieron en el ascensor con un cálido beso en ambas mejillas. ¿Es posible que alguno de los dos sintiera el calor del beso más cerca de los labios? ¿Deseaban besarse y acabar la noche en la alcoba? Esta noche no lo sabremos, quizá mañana.

*: Guiño del autor a la novela La naranja mecánica del escritor Anthony Burguess.

Continuará…

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Viernes, treinta de diciembre de dos mil dieciséis.

Región de Murcia.

Pedro Molina.

Sinfonía de carretera

«Aquella mañana era soleada y fría, típica mañana de primavera en aquel cerro. Salí al porche con una taza de café en la mano, mientras bebía tenía la mente no sé donde, miraba mi coche, un viejo coche de la General Motors, rojo, con un motor potente con la tapicería desgastada y roída. Tenía una lista de recados para hacer, no muy larga, pero debía hacerlos.

Monté en mi viejo coche, arranqué y me dispuse a conducir por el pedregoso camino hacia la carretera que rodeaba la montaña. Por aquella carretera solía haber poco tráfico, el asfalto estaba descuidado; aquella parte de Chile estaba dejada de la mano de Dios y de los hombres, pero era un buen lugar para vivir si deseabas soledad y naturaleza. No tenía vecinos en dos kilómetros a la redonda. Llegué a la gasolinera más cercana, a unos siete kilómetros de mi desvencijada cabaña. Eché gasolina, compré un paquete de bud´s muy frías y un cartón de cigarrillos americanos. Me dirigí al norte, en una hora estuve en la capital del país, Santiago de Chile. No me gustaba ir al centro, me quedaba en las afueras donde estaba la acción que necesitaba. Aparqué en la puerta de una ferretería…

Hola, señor Haze, ¿qué se le ofrece? —me preguntó el ferretero. No había ningún cliente en la tienda, no parecía irle muy bien el negocio, pero el dueño tenía cara de ser un hombre feliz. Lo que me gustaba de aquella gente es que vivían con poco y eran felices, no son como los europeos.

Buenos días. Voy a necesitar abono natural, un par de guantes de trabajo y comida para perros, gracias Wilson.

Fue a buscar el pedido, pagué en efectivo y me largué. Dejé lo que compré en el asiento trasero del coche y fui a tomar algo al bar anexo a la ferretería.

A las diez de la mañana no había mucho movimiento en el bar, no era una cafetería donde sirven café, era un bar de borrachos. Al entrar la penumbra abrió mis ojos como a un felino, se adaptaron rápido a la semioscuridad. Ni música, ni limpieza, ni nadie agradable. Los clientes me miraban como si fuera un bicho raro, aunque el camarero me conocía de servirme de vez en cuando. Me senté al final de la barra, conmigo había cinco tipos en el bar, con el camarero seis.

Buenos días, ¿qué va a tomar?

Una cerveza, por favor —Saqué mis cigarros americanos, encendí uno y esperé mi cerveza. El tipo más próximo a mí miró la cajetilla de cigarrillos, así que le ofrecí uno, casi al instante tuve que regalar cinco cigarrillos más, el efecto contagio, ya saben. El bar tenía tres o cuatro mesas, la puerta se abrió, la luz me cegó al mirar hacia la entrada. Al cerrarse la puerta detrás de la figura que entró vislumbré a una muchacha menuda, se notaba que no tenía ni dieciocho años, pero era más guapa que cualquiera de los estábamos allí. Se sentó a una mesa, el camarero le sirvió una cerveza como la mía. La miré de soslayo, llevaba un vestido corto de flores, tenía el pelo largo, rizado, muy negro, su piel era de color caoba, igual que sus ojos, entre miel y caoba. Nunca me han atraído las mujeres rellenitas, pero aquella chavala estaba estupenda con sus dos o tres kilos de más. Bebió el primer trago de su cerveza muy despacio, tardó en tragar el líquido, sus labios aprisionaban el cristal del vaso de medio litro, parecía como si lo adorara o no quisiera soltarla.

Nuestras miradas se interceptaron, encajaron justo cuando el movimiento del cuello giraba en la dirección deseada, nuestros ojos. Tenía la mirada ardiente, en ese instante recordé Lolita, sí, Lolita, del escritor ruso Nabokov. Nínfula, nínfulas, pubescentes o pre adolescentes llenas de fuego y pasión, niñas adelantadas a su edad, conquistadoras de hombres maduros, conquistadoras de los deseos más oscuros para conseguir sus fines. Las nínfulas son como las Nereidas de la mitología griega, es imposible escapar a su belleza, te atrapan, te seducen hasta conseguir de ti lo que quieren. Seguimos mirándonos eternamente, los segundos parecían horas y los minutos días enteros. Apuré mi cerveza, la pagué y me largué del bar echando una ojeada a la joven de mirada seductora. La luz del sol me cegó, saqué las gafas de sol del bolsillo interior de mi cazadora gastada de cuero barato, la compré en un mercadillo cercano. Entré en el coche, antes de arrancar el motor, la adolescente estaba en la puerta del bar mirando hacia mí, los rayos del sol realzaban su figura, estaba rodeada de un aura de luz casi celestial, no recuerdo lo que hice, no sé si la llamé con un gesto, pero de repente estaba frente a la puerta del acompañante del coche, le abrí la puerta alargando el brazo derecho. Entró y arranqué. De reojo miraba furtivamente sus muslos, se subió el vestido al entrar en el coche, quería que la viera, quería que la deseara, y la deseaba, aunque no me sentía excitado. Al tomar la carretera de la costa me miró, no hablábamos, solo estábamos en el mismo coche, no sabía que iba a pasar, lo intuía, pero no lo sabía, ni quería saberlo, la vida es una aventura maravillosa que hay que descubrir, siempre me he dejado seducir por los acontecimientos de mi vida.

¿Quieres una cerveza? —le pregunté.

Sí —respondió con voz aterciopelada, cantarina.

En el asiento de atrás hay un paquete de cervezas.

Se deslizó como una pantera al asiento trasero, volvió a la posición inicial, abrió la lata y bebió, se le derramó un poco por el canalillo, lamió sus labios con la lengua.

¿Quieres? —me preguntó.

Asentí y me dio ella misma un sorbo.

Dejó la lata en el posavasos del salpicadero, me miró, ronroneó no sé qué, se acercó a mí, besó mi oreja izquierda, su mano agarró mi entrepierna, la apretaba suavemente, seguía mordisqueando mi oreja, y sí, ahora sí me sentía excitado, estaba muy cachondo, la verdad. Bajó la cremallera del vaquero, introdujo su diminuta mano, comenzó a masajearme, cerré los ojos un segundo y cuando los abrí vi un claro en la cuneta y aparqué el coche allí, a plena luz del día. En ese momento me daba igual, la excitación tenía mi cabeza embotada, como si la sangre no recorriera las cañerías de mi cerebro. Al apagar el motor comenzamos a besarnos, ¡que bien besaba la condenada! Su lengua inundaba mi boca, en esos momentos mi polla estaba a punto de estallar, toda mi sangre estaba ahí abajo. La sacó, la movía lentamente, no cesábamos de besarnos, de devorarnos la boca. Acaricaba sus pequeñas tetas, me montó con sumo cuidado sin despegar nuestras bocas, de repente se la introdujo, gemió en mi boca al sentirme abrirla como si de un capullo de rosa se tratara. Se movía lentamente, saboreando mi virilidad, su vagina atrapaba la picha, la succionaba, la ordeñaba con maestría. Al son de la cabalgada sus pezones estaban en mi boca, los besaba, los lamía, los mordía y con más fuerza me follaba, se estaba volviendo loca. Cuando le apretaba el culo con todas mis fuerzas noté que se corría y su lluvia inundó mis muslos, fue una delicia sentirla tan húmeda y excitada. No la dejé parar, quería darle lo que vino a buscar. Cogí el relevo, la movía desde su culo, la llevaba a mi antojo porque deseaba darle mi orgasmo. Nos mirábamos, sus labios carnosos estaban hinchados, tenía el cabello alborotado, sudaba, sudábamos y seguimos besándonos con fiereza. Antes de llenarla de mi hombría pensé en la luz nueva que veía ante mis ojos, hacía mucho que no tenía sexo tan fuerte, tan rabioso.

Dámelo —me susurró al oído.

Siempre me ha puesto a cien que me pidan en susurros mi esencia a borbotones. Sin parar de devorarnos aceleré su cuerpo y ¡zas! me corrí en su vagina bestialmente, bufé, grité, me abrazó delicadamente y me dejé en sus brazos».

Me siento un poco celosa.

No debes estarlo, Fran, tú y yo no somos pareja.

Lo sé, pero tengo celos de esa joven, te la follaste y te sentiste mejor que nunca, ¿verdad?

Me sentí bien, me sentí libre. Y me gustó —dije mientras acariciaba su cabello dentro de aquella enorme bañera en la casa de mi acompañante.

Fran, Francesca, estaba casada y tenía dos hijos, un niño y una niña, y un marido que no la satisfacía como ella deseaba.

Somos amantes y somos amigos, compartimos mucho, y eso no va a cambiar…, por lo menos por mi parte —expuse para calmarla un poco.

Eres todo un caballero, es imposible que me enoje contigo; a veces, como ahora, me enamoras por momentos —Con esas palabras se dio la vuelta y me besó, me besó con mucha fuerza y pasión, dando paso al goce prohibido en aquella bañera en el límite de la tarde.

Esa noche regresé tarde a casa, Fran y yo cenamos juntos, estábamos solos por alguna razón que no me importó en ese momento. Mi perro, Maxi, me esperaba meneando el rabo, es lo mejor de tener un perro, te espera y cuando vuelves te contagia su alegría, su fidelidad es totalmente incondicional.

Cruzarme una vez a la semana con mi amante juvenil sin nombre se convirtió en costumbre, nos veíamos en el bar y salíamos juntos en mi coche, y en una cuneta le dábamos al asunto. Estuvimos así un tiempo, tenía un coño muy prieto, era muy difícil contener la eyaculación en aquella vagina tan succionadora y tan estrecha.

¿Cómo te llamas? —le pregunté una mañana después del sexo.

Manuela, ¿y tú? —La chica tenía una manera abrumadora de afrontar las cosas, no se justificaba por nada, ni se excusaba, simplemente se dejaba llevar, me parecía sumamente atractiva su forma de ser.

Me llamo Aníbal. ¿Tienes que volver pronto a casa?

No, ¿dónde me vas a llevar?

Venimos a esta cuneta todas las semanas, echamos un polvo o dos, bebemos cerveza, casi no hablamos y te llevo de vuelta a la ciudad. Me gustaría invitarte a comer.

Me encantaría, Aníbal. Ah, no te lo he dicho, no te preocupes por correrte dentro, enfermé de niña y me vaciaron, no puedo tener hijos.

Aquello provocó que mi corazón diera un vuelco, me sentí mal por ella, tan joven y estéril por una enfermedad. Me abstuve de preguntar más acerca del tema. Arranqué mi viejo coche en dirección a mi casa.

Llegamos a casa, después de los saludos de Maxi hacia nosotros pudimos entrar. A Manuela le gustaban los animales, no paraba de acariciar a Maxi, y el perro se lo pasaba pipa con ella, era buena niña. Manuela se empeñó en hacer la comida, me echó literalmente de la cocina; mientras me tomé un par de cervezas sentado en una vieja hamaca en la puerta de casa. Comimos, bebimos más cerveza. La miraba sentada frente a mí con aquel vestido de flores, sudábamos, hacía calor, le brillaba la piel por el sudor, su mirada era tan excitante y sensual que mi mente estaba siendo inundada de imágenes de no sé cuantos rombos*. (* Calificación del cine de adultos en España durante el franquismo).

¿Qué te apetece hacer? —le pregunté sabiendo más o menos que quería.

Me apetece hacerlo en tu cama, el coche está bien, pero quiero en la cama —Acto seguido se levantó y se sentó en la mesa, puso sus pies en mis rodillas, y uno de ellos viajó hasta mi entrepierna, frotando el pequeño pie ahí abajo por encima del vaquero. Yo, acariaba el pie hasta el tobillo, siempre jugábamos y esa vez el juego fue más excitante. Mi mano subía despacio, mientras Manuela mordía su labio inferior y masajeaba con su pie mi crecido paquete. Mi mano llegó al interior de los muslos, la piel era suave, se erizó y sonreí. En aquel momento me levanté y la tomé en volandas hasta mi dormitorio. La dejé en el suelo, de pie, tan menuda, tenía las carnes apretadas, y mientras nos devorábamos por la boca. La apretaba contra mí y la alzaba un palmo del suelo. La empotré contra la pared, la sostenía en el aire, me abrazaba con fuerza y sus piernas me rodeaban por la cintura, con un movimiento maestro saqué mi espada y la clavé con bestialidad con toda la fuerza que reuní. Así era mi relación con Manuela, una bestialidad.

No estaba enamorado de Manuela y mucho menos de Fran. Creo que nunca me he enamorado. Solo necesitaba cariño momentáneo, sentir el calor de la hembra a mi lado antes, durante y después del sexo. Creo que nunca he hecho el amor follando, pero sí lo he hecho con la mirada, caricias y palabras lisonjeras para hacerlas caer ante mí. Me veo como un dios, me veo como Dionisos o Apolo provocando orgasmos y ríos de lava pasional entre los muslos de mi amante, solo son muescas en mi revólver, solo eso.

Si yo quiero te puedo volver loco de amor por mí —me dijo Fran en uno de tantos encuentros que tuvimos. Esa vez no fue en su casa, fue en la mía. Yo recolectaba patatas y ella apareció en su camioneta con verdura y carne para hacer de comer.

No me vas a volver loco de nada por ti, no te preocupes, yo controlo —expuse alcanzando el paquete de Lucky Strike de la mesita de noche, lo encendí y dije:

No me enamorado nunca, el amor que tengo es para mis letras, sean buenas o no son las únicas que siempre están conmigo.

Bueno, si no me gustaras no estaría aquí contigo. Creo que me gustas demasiado, más de lo que me puedo permitir.

A lo que yo respondí:

No lo hagas, no te lo permitas. No somos pareja ni lo vamos a ser, solo somos dos adultos que se atraen y se lo pasan bien follando y hablando. Si tu marido supiera follarte como deseas no estaríamos aquí hablando de esta gilipollez.

¿Te parece una gilipollez esta conversación? No me hagas daño, Aníbal, no seas cruel conmigo.

No soy cruel, digo la verdad, Fran. Nos gustamos sí, nos atraemos sí, somos dos personas infieles que han tenido la suerte de encontrarse para compartir sus desdichas y fluidos. Me encanta tu belleza oriunda de aquí, me pone como una moto tu manera de ser, de hablar, tus gestos, mira…—le dije apuntando al falo, estaba duro como una piedra, estar hablando así con ella me excitaba. Y claro, le dimos un buen rato al asunto. No se podía desperdiciar aquello.

Estuve en Chile como tres años, tiempo suficiente para intentar escribir algo para publicar, pero nada de lo que escribía merecía la pena, estaba acabado, eso creía yo. Quizá la soledad me había vuelto un ermitaño, pero más follador que nunca, más alcohólico. Necesitaba un maldito cambio de vida y actitud. Fran estaba bien, era una amante cojonuda, pero necesitaba llenar la casa de algo o alguien más. Así que invité a Manuela a vivir conmigo, aceptó. Fue un año maravilloso, vivir con alguien más joven da vitalidad y sentido a la vida. Durante ese período escribí mucho más que en los dos años que estuve en el país sudamericano. Supongo que fue por la compañía de Manuela; el sexo desenfrenado, su ignorancia infantil me encantaba y yo, intentaba enseñarle todo lo que sabía. Al cabo de un año ya era una mujer y quería saber más y estudiar. La animé a ir a la ciudad y matricularse para el examen del título escolar. Creo que hice un buen trabajo con ella, no soporto la ignorancia perpetua durante mucho tiempo a mi lado. Una vez estuvo preparada me largué de allí. Huí sin mediar palabra una madrugada bastante fría. Arranqué el coche y me largué a toda pastilla por el camino de tierra. Dejé a Maxi al cuidado de Manuela, habría sido una crueldad dejarla totalmente sola.

Jueves, veinte y nueve de diciembre de dos mil dieciséis.

Región de Murcia.

Pedro Molina.